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Jueves, 30 de octubre de 2014

Padres de la Iglesia

De Enciclopedia Católica

Contenido

Introducción

En el Nuevo Testamento se usa la palabra “Padre” para designar a un maestro de cosas espirituales, por cuyos medios el alma del hombre renace a imagen de Cristo: “Pues aunque hayáis tenido diez mil pedagogos en Cristo, no habéis tenido muchos padres. He sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús. Os ruego, pues, que seáis mis imitadores, como yo lo soy de Cristo.” (1 Cor. 4,15.16; cf. Gal. 4,19). Parece ser que a los primeros maestros del cristianismo se les llamaba colectivamente “los Padres” (2 Pedro 3,4).

De este modo San Ireneo define que un maestro es un padre, y un discípulo es un hijo (IV, 41,2), y lo mismo dice Clemente de Alejandría (Stromata I.1.1). Un obispo es enfáticamente un “padre en Cristo”, porque en tiempos primitivos, era él quien bautizaba al rebaño y porque era el principal maestro de su iglesia. Pero los primeros Padres, tales como San Hegesipo, San Ireneo y Tertuliano, también lo consideran recipiente de la tradición de sus predecesores en la sede, y consecuentemente, como el testigo y representante de la fe de la Iglesia ante el catolicismo y el mundo. De ahí que la expresión “los Padres” viene naturalmente a ser aplicada a los santos obispos de una edad precedente, ya sea de la última generación o anterior, dado que son los padres ante cuya rodilla la Iglesia actual ha aprendido su creencia. También se aplica de forma eminente a los obispos que se reúnen en concilio, “los padres de Nicea”, “los Padres de Trento”. Así los Padres han aprendido de los Padres y en último recurso, de los Apóstoles, a quienes a veces se les llama Padres en este sentido: San León hablando a los romanos sobre el Príncipe de los Apóstoles les dice “son vuestros Padres”; San Hilario de Arles los llama sancti patres, Clemente de Alejandría dice que sus maestros de Grecia, Jonia, Coele-Siria, Egipto, el Oriente, Asiria y Palestina respectivamente, le han entregado la tradición de la bendita enseñanza de San Pedro, Santiago, Juan, y San Pablo, y que la recibió “como el hijo del padre”.

Se deduce que, como nuestros propios padres son los predecesores que nos han enseñado, así también los Padres de toda la Iglesia son especialmente los primeros maestros, quienes la instruyeron en las enseñanzas de los Apóstoles durante su infancia y primeros años. Es difícil definir la primera época de la Iglesia, o la época de los Padres. Es hábito común detener el estudio de la Iglesia primitiva en el Concilio de Calcedonia en el año 451. “Los Padres” deben sin duda incluir en Occidente a San Gregorio I (Magno) (m. 604), y en Oriente a San Juan Damasceno (murió aproximadamente en el año 754). Con frecuencia se dice que San Bernardo (m. 1153) fue el último de los Padres y la “Patrología Latina” de Migne se extiende hasta Papa Inocencio III, deteniéndose sólo en los límites del siglo XIII, mientras que su ”Patrologia Graeca” va tan lejos como el Concilio de Florencia (1438-9). Estos límites son evidentemente demasiado amplios. Sería mejor considerar que el gran mérito de Bernardo como escritor radica en su parecido en estilo y materia a los más grandes entre los Padres, a pesar de la diferencia de época. San Isidoro de Sevilla (m. 636) y San Beda el Venerable (m. 735) pueden ser clasificados entre los Padres, aunque se puede decir que nacieron fuera del debido tiempo, como lo fue San Teodoro el Estudita en Oriente.

Apelación a los Padres

El uso del término Padres ha sido continuo, aun así al principio no pudo ser empleado en el sentido moderno preciso de Padres de la Iglesia. En los tiempos primitivos, la expresión se refería a los escritores recientes en aquel entonces. Aún hoy es empleado para aquellos escritores que son antiguos para nosotros, pero ya no en el mismo sentido a escritores que son recientes hoy día. Las apelaciones a los Padres son una subdivisión de las apelaciones a la tradición. En la primera mitad del siglo II, comenzaron las apelaciones a la época sub-apostólica: San Papías apeló a los presbíteros, y a través de ellos, a los Apóstoles. Medio siglo después, San Ireneo suplementó este método apelando a la tradición transmitida en cada Iglesia por la sucesión de sus obispos (Adv. Haer, III, 1-3), y Tertuliano afianza este argumento al observar que, como todas las Iglesias concuerdan, su tradición es segura, porque no pudieron todas haberse extraviado al azar dentro del mismo error (Praescr. XXVIII). La apelación es por ende a las Iglesias y a sus obispos, al ser los obispos los exponentes autoritativos de la doctrina de sus Iglesias. Tan tarde como en el año 341, los obispos del Concilio de la Dedicación en Antioquía declararon: “No somos seguidores de Arrio; porque ¿cómo podemos nosotros como obispos, ser discípulos de un sacerdote?”.

Sin embargo, poco a poco, según se extinguían las apelaciones a los presbíteros, iba surgiendo por el lado de las apelaciones a las Iglesias, un tercer método: la costumbre de apelar a los maestros cristianos quienes no necesariamente eran obispos. Mientras, sin la Iglesia, las escuelas gnósticas fueron sustituidas por iglesias, dentro de la Iglesia, las escuelas católicas crecían. Filósofos como San Justino y la mayoría de los numerosos apologistas del siglo II razonaban sobre la religión, y la gran escuela catequética de Alejandría reunía a los más renombrados. Grandes obispos y santos como San Dionisio de Alejandría, San Gregorio Taumaturgo del Ponto, Firmiliano de Capadocia y San Alejandro de Jerusalén estaban orgullosos de ser discípulos del sacerdote Orígenes. El obispo Cipriano pedía diariamente las obras del sacerdote Tertuliano con las palabras “Denme al maestro”. Para el antiguo uso de la palabra homoousion el patriarca San Atanasio se refiere no solamente a los dos Dionisios, sino al sacerdote Teognosto. Sin embargo, estos sacerdotes-maestros no eran aún llamados Padres, y los más grandes entre ellos, Tertuliano, Clemente, Orígenes, San Hipólito, Novaciano, Luciano, estuvieron matizados con la herejía; dos de ellos se tornaron antipapas; uno es el padre del arrianismo; otro fue condenado por un concilio general. En cada caso podemos aplicar las palabras de Tertuliano citadas por San Hilario: "Sequenti errore detraxit scriptis probabilibus auctoritatem" (Comm. en Mat., v, 1, citado por San Vicente de Lérins, 2.4).

Una cuarta forma de apelación fue mejor fundamentada y con un valor más duradero. Eventualmente parecía que tanto obispos como sacerdotes eran falibles. En el siglo II los obispos eran ortodoxos; en el III a menudo se los consideraba deficientes. En el IV, eran los líderes de cismas y herejías, en los problemas melecianos y donatistas y de la gran lucha arriana, en la cual pocos se mantuvieron firmes ante la insidiosa persecución de Constancio. Se llegó a ver que los verdaderos Padres de la Iglesia eran aquellos maestros católicos que habían perseverado en su comunión, y cuyas enseñanzas se han reconocido como ortodoxas. Así fue como sucedió que de los cuatro “Doctores Latinos”, uno de ellos no es obispo. Otros dos Padres que no eran obispos han sido declarados Doctores de la Iglesia (Beda y San Juan Damasceno) mientras que entre los doctores fuera del período patrístico encontramos otros dos sacerdotes, el incomparable San Bernardo y el más grande de todos los teólogos, Santo Tomás de Aquino. No, muy pocos escritores tuvieron tan gran autoridad en las escuelas de la Edad Media como el laico Boecio, muchas de cuyas definiciones son aún comunes en la teología.

Similarmente (podemos notar de pasada) el nombre “Padre” que perteneció originalmente a los obispos, ha sido delegado a los sacerdotes, especialmente como ministros del Sacramento de la Penitencia. Hoy día es una forma de dirigirse a todos los sacerdotes en España, Irlanda y, en años recientes, en Inglaterra y los Estados Unidos.

Papas o Pappas, Papa era un término de respeto para los obispos eminentes (por ejemplo, en cartas a San Cipriano y a San Agustín---ninguno de estos escritores parecen haberlo usado al dirigirse a otros obispos, excepto cuando San Agustín escribe a Roma). Eventualmente, el término fue reservado para los obispos de Roma y Alejandría; sin embargo, en Oriente, todo sacerdote es un “pope”. La palabra aramea abbe fue usada desde tiempos primitivos para los superiores de casas religiosas. Aunque debido al abuso de otorgar abadías in commendam a seculares, se convirtió en un titulo de cortesía para todos los clérigos seculares, incluso seminaristas en Italia y especialmente en Francia, donde se le llama “padre” a todos los religiosos que son sacerdotes.

San Basilio el Grande dijo que “sólo aceptamos lo que nos han enseñado los santos Padres”; y agrega que “en su Iglesia de Cesarea, hace tiempo que se implantó la fe de los santos Padres de Nicea”. (Ep. CXL, 2). San Gregorio Nacianceno declara que se afirma en la enseñanza que oyó de los santos oráculos y fue enseñado por los santos Padres. Estos santos capadocios parecen haber sido los primeros en apelar a una cadena real de Padres. Recurrir a uno o dos era suficientemente común; pero ni siquiera el docto Eusebio había pensado en una larga cadena de autoridades. San Basilio, por ejemplo, (De Spir. S., II, 29), cita para la fórmula “con el Espíritu Santo” en la doxología, el ejemplo de San Ireneo, Clemente y San Dionisio de Alejandría, Papa San Dionisio, Eusebio de Cesarea, Orígenes, Julio Africano, y para las preces lucerariae que se dicen al encender las lámparas, a Atenágoras, San Gregorio Taumaturgo, Firmiliano, Melecio.

En el siglo V este método se convirtió en una costumbre estereotipada. San Jerónimo es tal vez el primer escritor en intentar establecer su interpretación de un texto por un hilo de exégetas (Ep. CXII, ad Aug.). Paulino, el diácono y biógrafo de San Ambrosio, en el libelo que presentó contra los pelagianos al Papa San Zósimo en el año 417, cita a Cipriano, Ambrosio, Gregorio Nacianceno y los decretos del último Papa Inocencio. En el año 420, San Agustín cita a Cipriano y a Ambrosio contra los mismos herejes (C. duas Epp. Pel., IV). Julián de Eclana citó a Crisóstomo y a San Basilio; San Agustín les responde en el 421 (Contra Julianum, I) con Ireneo, Cipriano, Reticio, Olimpio, Hilario, Ambrosio, los decretos de los concilios africanos, y sobre todo a los Papas Inocencio y Zósimo. En un famoso pasaje él argumenta que estos escritores occidentales son más que suficientes, pero como Juliano había apelado a Oriente, a Oriente debía irse, y el santo agrega a Gregorio Nacianceno, Basilio, el Sínodo de Dióspolis, Crisóstomo. A éstos agrega a Jerónimo (c. XXXIV): “Tampoco debes pensar Jerónimo, porque el era sacerdote, que debe ser menospreciado” y agrega un panegírico. Esto es gracioso si recordamos que Jerónimo en un estado de irritación, quince años antes, había escrito a Agustín (Ep. CXLII) "No estimules contra mí al tonto grupo de los ignorantes, que te veneran como obispo, y te reciben con el honor debido a un prelado cuando tú predicas en la Iglesia, mientras que piensan poco en mí, un hombre viejo casi decrépito, en mi monasterio en la soledad del campo”.

En el segundo libro “Contra Julianum”, San Agustín nuevamente cita con frecuencia a Ambrosio y Cipriano, Gregorio Nacianceno, Hilario, y Crisóstomo; en II, 37, recapitula los nueve nombres (omitiendo concilios y Papas), y agregan (III, 32) a Inocente y Jerónimo. Unos pocos años después, los semipelagianos del sur de la Galia, dirigidos por San Hilario de Arles, San Vicente de Lérins, y Juan Casiano rehusaron aceptar el severo punto de vista de San Agustín sobre la predestinación porque "contrarium putant patrum opinioni et ecclesiastico sensui". Su oponente, Tiro Próspero de Aquitania, quien intentó convertirlo al agustinianismo, se queja: "Obstinationem suam vetustate defendunt" (Ep. inter Atig. CCXXV, 2), y decían que ningún escritor eclesiástico nunca antes había interpretado a los Romanos como lo hizo San Agustín---lo cual fue probablemente bastante verdadero. El interés en esta actitud estriba en el hecho que era, aunque no nuevo, por lo menos más definida que cualquiera otra apelación a la antigüedad.

Durante la mayor parte del siglo IV, la controversia con los arrianos se había volcado sobre las Escritura]]s y las apelaciones a la autoridad pasada eran pocas. Pero la apelación a los Padres nunca fue el más imponente loci theologici, porque no podían ser fácilmente organizados de manera de formar una prueba absolutamente conclusiva. Por otro lado, hasta finales del siglo IV, prácticamente no había ninguna definición infalible disponible, excepto las condenas a las herejías, principalmente por los Papas. Por el tiempo que la reacción arriana bajo Flavio Valente causó que los conservadores de Oriente tendieran hacia la ortodoxia, y preparó la restauración de la ortodoxia al poder por Teodosio I, las decisiones nicenas comenzaron a ser consideradas como sacrosantas y ese concilio comenzó a ser exaltado a una posición única sobre todos los otros. Para el año 430, la fecha a la que hemos llegado, el Credo que hoy decimos en Misa era venerado en Oriente, ya sea correcta o erróneamente, como obra de los 150 Padres de Constantinopla en el año 381, y hubo también nuevas decisiones Papales, especialmente la “tractoria” del Papa Zósimo, la cual en el 418 había sido enviada a todos los obispos del mundo para su firma.

Era a la autoridad viva, cuya idea había llegado al foro, a la que estaba apelando San Próspero en su controversia con la escuela Lerinense. Cuando fue a la Galia, en el año 431 como legado papal, justo después de la muerte de San Agustín, respondió a sus objeciones, no reiterando los argumentos más duros del santo, sino llevando consigo una carta del Papa Celestino, en la cual se elogiaba a San Agustín al punto de haber sido considerado por los predecesores del Papa “inter magistros optimos”. A nadie se le permite despreciarlo, aunque no se dice que se debe seguir cada una de sus palabras. Los perturbadores habían apelado a la Santa Sede y la respuesta fue: “Desinar incessere novitas vetustatem” (¡Que la novedad cese de atacar a la antigüedad!). Se le agregó un apéndice, no de las opiniones de los antiguos Padres, sino de Papas recientes, ya que los mismos monjes que pensaron que San Agustín había ido demasiado lejos, profesaron (dice el apéndice) “que sólo seguían y aprobaban lo que la mas santa Sede del Bendito Apóstol Pedro sancionó y enseñó por el ministerio de sus prelados”. Por ende, sigue una lista de “juicios de los gobernantes de la Iglesia Romana”, a las cuales se les agregan algunas sentencias de los concilios africanos, “que ciertamente los obispos apostólicos hicieron suyas una vez aprobadas”. A estas “inviolabiles sanctiones” (que en términos generales podemos considerar “declaraciones infalibles”) se les agregaron oraciones usadas en los sacramentos “ut legem credendi lex statuat supplicandi"---una frase frecuentemente citada erróneamente---y en conclusión, se declara que estos testimonios de la Sede Apostólica son suficientes, “de manera que consideramos como no católico todo lo que parezca ser contrario a las decisiones que hemos citado”. Así las decisiones de la Sede Apostólica son puestas en un nivel muy diferente a las opiniones de San Agustín, al igual que este santo siempre estableció una aguda distinción entre las resoluciones de los concilios africanos o los extractos de los Padres por un lado, y los decretos de los Papas Inocente y Zósimo por el otro.

Tres años después, un famoso documento sobre la tradición y su uso emanó de la Escuela Lerinese, el “Commonitorium” de San Vicente. Aceptó la carta del Papa Celestino muy cordialmente y la citó como testigo autoritativo e irresistible de su propia doctrina que donde quod ubique o universitas sea incierta, debemos volver a quod semper, o antiquitas. Nada pudo estar más acorde a su propósito que las palabras del Papa: "Desinat incessere novitas vetustatem" El mismo año en que escribió Celestino se celebró el Concilio de Éfeso, cuyas actas tenía San Vicente frente a sí, y es claro que consideró autoridades decisivas tanto al Papa como al concilio. Era necesario establecer esto, antes de volverse a su famoso canon, quod ubique, quod semper, quod ab omnibus de otro modo, universitas, antiquitas, consensio. No era un criterio nuevo, de otro modo habría cometido suicidio por su misma expresión, pero nunca la doctrina había sido tan admirablemente expresada ni tan limpiamente explicada, ni tan adecuadamente ejemplificada. Vicente define incluso la ley de la evolución del dogma en un lenguaje que difícilmente puede ser superado en exactitud y vigor. El triple examen de San Vicente es totalmente mal interpretado si es tomado como una regla de fe ordinaria. Como todos los católicos, el tomó como regla ordinaria el magisterio vivo de la Iglesia, y asumió que la decisión formal en casos de duda radicaba en la Sede Apostólica o en un concilio general. Pero aparecen casos de duda cuando tal decisión no está disponible. Entonces es cuando se deben aplicar los tres exámenes, no simultáneamente pero, si es necesario, sucesivamente.

Cuando se encuentra un error en algún rincón de la Iglesia, entonces la primera prueba, universitas, quod ubique, es una refutación incontestable, ni tampoco hay necesidad de un examen posterior (III, 7, 8). Pero si un error ataca a toda la Iglesia, entonces se apela a la antiquitas, quod semper, esto es, un consenso existente previo a la aparición de la novedad. Aún así, en el período previo uno o dos maestros, incluso hombres de gran fama, pudieron haber errado. Entonces acudimos al quod ab omnibus, consensio, a los muchos contra los pocos (si es posible a un concilio general; si no, a un examen de los escritos). Esos pocos son una prueba de fe “ut tentet vos Dominus Deus vester” (Deut. 13,1ss). Así Tertuliano fue un magna tentatio; así también Orígenes---sin duda la más grande tentación de todas. Debemos saber que siempre que un hombre introduce algo nuevo o no escuchado antes, más allá y contra todos los santos, eso no pertenece a la religión, sino a la tentación (XX, 49). ¿Quiénes son los “santos” a quienes apelamos? la respuesta es una definición de “Padres de la Iglesia” que dio San Vicente con precisión inimitable: "Inter se majorem consulat interrogetque sententias, eorum dumtaxat qui, diversis licet temporibus et locis, in unius tamen ecclesiae Catholicae communione et fide permanentes, magistri probabiles exstiterunt; et quicquid non unus aut duo tantum, sed omnes pariter uno eodemque consensu aperte, frequenter, perseveranter tenuisse, scripsisse, docuisse cognoverit, id sibi quoque intelligat absque ulla dubitatione credendum" (III, 8). Esta declaración precisa nos define cuál es la forma correcta de apelar a los Padres, y las palabras itálicas explican perfectamente qué es un “Padre”: “Solo aquéllos que, aunque en diversos tiempos y lugares, aún perseveran en el tiempo en comunión y fe con la única Iglesia Católica, han sido maestros aprobados.”

Los teólogos modernos obtienen el mismo resultado en sus definiciones; por ejemplo, Josef Fessler define lo que constituye a un “Padre”:

Los criterios por los cuales juzgamos si un escritor es un “Padre” o no lo es, son los siguientes:

  • Citado por un concilio general, o
  • En actos públicos de los Papas dirigidos a la Iglesia o concernientes a la fe;
  • Encomio en el Martirologio Romano como “sanctitate et doctrina insignis”;
  • Lectura pública en las Iglesias en los primeros siglos;
  • Citas, con alabanzas, como una autoridad en relación a la fe por alguno de los Padres más famosos.

Aunque pertenecen a la Iglesia, los autores primitivos que no cumplen este estándar son simplemente escritores eclesiásticos ("Patrologia", ed. Jungmann, ch. I, #11). Por otro lado, cuando la apelación no es a la autoridad del escritor, sino que su testimonio se requiere solamente para la creencia de su tiempo, si un escritor es tan bueno como otro, y si se cita a un Padre con este propósito, no se cita tanto como Padre, sino meramente como un testigo que conoce bien los hechos. Por lo tanto, las obras de los escritores eclesiales que no sólo son desaprobadas, sino incluso heréticas, son a menudo tan valiosas para la historia del dogma como aquéllas de los Padres. Por otro lado, el testimonio de un Padre es ocasionalmente de gran peso para la doctrina cuando es considerado individualmente, si éste enseña un tema en que la Iglesia lo reconoce como una autoridad especial; por ejemplo, San Atanasio sobre la Divinidad del Hijo, San Agustín, sobre la Santísima Trinidad, etc.

Hay unos pocos casos donde un concilio general ha aprobado la obra de un Padre, los más importantes fueron las dos cartas de San Cirilo de Alejandría leídas en el Concilio de Éfeso. Pero la autoridad de Padres individuales considerada en sí misma, dice Franzelin (De traditione, thesis XV), “no es infalible o perentoria; aunque la piedad y la sana razón concuerdan que las opiniones teológicas de tales individuos no se deben tratar a la ligera, y no deben interpretarse sin gran precaución en un sentido que choca con la doctrina común de otros Padres”. La razón es suficientemente clara; eran hombres santos, de los que no se debe presumir que trataran de desviarse de la doctrina de la Iglesia, y, por lo tanto, sus dudosas declaraciones se deben considerar en el mejor de los sentidos de los cuales eran capaces. Si no pueden ser explicadas en un sentido ortodoxo, debemos admitir que ni el más grande esta inmunes a la ignorancia, al error accidental o a la oscuridad. Pero sobre el uso de los Padres en materias teológicas, se debe consultar el artículo Tradición y Magisterio vivo y los tratados dogmáticos ordinarios sobre ese asunto, y aquí sólo es propio considerar el desarrollo histórico de su uso.

El tema nunca se trató como parte de la teología dogmática hasta el surgimiento en el siglo XVI de lo que hoy día se llama comúnmente “Teología fundamentalis”, cuyos fundadores fueron Melchor Cano y Belarmino. El primero contiene una discusión sobre el uso de los Padres al decidir sobre asuntos de fe (De locis theologicis, VII). Los reformadores protestantes atacaron la autoridad de los Padres. El más famoso de estos oponentes es Dalbeus (Jean Daillé, 1594-1670, "Traité de l'emploi des saints Pères", 1632; en latín "De usu Patrum", 1656). Pero sus objeciones se olvidaron desde hace mucho tiempo.

Habiendo trazado el desarrollo del uso de los Padres hasta el período de su apelación frecuente y de su declaración formal por San Vicente de Lérins, sería bueno dar una ojeada a la continuación de esta práctica. Vimos que, en el año 431, era posible para San Vicente (en un libro que ha sido muy irrazonablemente considerado como una mera polémica contra San Agustín---una noción ampliamente refutada por el uso que se hizo en ella de la carta del Papa San Celestino) definir el significado y método de las apelaciones patrísticas, las cuales son muy comunes desde entonces. En el Concilio de Éfeso, (año 431) tal como señala San Vicente, San Cirilo presentó una serie de citas de los Padres, tôn hagiôtatôn kai hosiôtatôn paterôn kai episkopôn diaphorôn marturôn, las cuales se leyeron sobre la moción de San Flaviano, obispo de Filippi. Eran de San Pedro de Alejandría, mártir, Atanasio, Papas Julio y Félix (falsificaciones) Teófilo, Cipriano, Ambrosio, Gregorio Nacianceno, Basilio, San Gregorio de Niza, Ático, Anfiloquio de Iconio.

Por otro lado, cuando en 449 en Constantinopla San Flaviano juzgó a Eutiques, éste se negó a aceptar a los Padres o a los concilios como autoridades, limitándose a la Sagrada Escritura, la cual fue una posición que horrorizó a sus jueces (vea Eutiques). Al año siguiente, San León envió a sus legados, Abundio y Asterio, a Constantinopla con una lista de testimonios de Hilario, Atanasio, Ambrosio, Agustín, Crisóstomo, Teófilo, Gregorio Nacianceno, Basilio y Cirilo de Alejandría, los cuales fueron firmados en esa ciudad, pero no fueron presentados al Concilio de Calcedonia en el año siguiente. De allí en adelante se fijó la costumbre, y resulta innecesario dar ejemplos. Sin embargo, el del Sexto Concilio General en el año 680 es importante: El Papa San Agatón envió una larga serie de extractos desde Roma, y el líder de los monotelitas, Macario de Antioquia, presentó otro. Ambos grupos fueron muy cuidadosamente verificados desde la biblioteca del Patriarcado de Constantinopla y sellados.

Debe notarse notar que en tales casos nunca se creyó necesario rastrear una doctrina a los primeros antiguos; San Vicente exigió la prueba de la creencia de la Iglesia antes que apareciera la duda---esta es su noción de antiquitas; y en conformidad con este punto de vista, los Padres citados por concilios y Papas y Padres son en su mayoría, recientes (Petavio, De Incarn., XIV, 15, 2-5).

En los últimos años del siglo V un famoso documento, atribuido a los Papas Gelasio y Hormisdas, agrega a los decretos de San Dámaso del año 382 una lista de libros aprobados y otra de los no aprobados. En su forma presente, la lista de Padres aprobados incluye a: San Cipriano de Cartago, San Gregorio Nacianceno, San Basilio el Grande, San Atanasio, San Juan Crisóstomo, Teófilo de Antioquía, San Hilario de Arles, San Cirilo de Alejandría (faltante en un manuscrito), San Ambrosio, San Agustín, San Jerónimo, Próspero, San León I Magno ("toda iota" del tomo a San Flaviano será aceptada bajo anatema); y "también todos los tratados de todos los Padres ortodoxos quienes no se desviaron en nada de la comunión de la santa Iglesia Romana, y que no se separaron de su fe y predicación, sino que por la gracia de Dios fueron partícipes en su comunión hasta el final de sus vidas; también deben ser recibidas con veneración las cartas decretales, las cuales los muy benditos Papas emitieron en distintos tiempos al ser consultados por varios Padres”. Se elogió a Paulo Orosio, Sedulio y Juvenco.

Se rechazó a Rufino y a Orígenes. La “Historia” y la “Crónica” de Eusebio no fueron condenadas del todo, aunque en otra parte de la lista aparecen como “apócrifas” con Tertuliano, Lactancio, Julio Africano, Comodiano, Clemente de Alejandría, Arnobio, Juan Casiano, San Victorino de Pettau, Fausto y las obras de los herejes y documentos bíblicos falsificados.

Los Padres posteriores utilizaron constantemente los escritos de los más tempranos. Por ejemplo, San Cesáreo de Arles extrajo libremente de los sermones de San Agustín y los incorporó en colecciones propias; San Gregorio el Grande se basó extensamente en San Agustín; San Isidoro de Pelusio descansó sobre todos sus predecesores; la gran obra de [San Juan Damasceno]] es una síntesis de la teología patrística. Los sermones de San Beda son un “cento” de los más grandes Padres. Eugipio hizo una selección de los escritos de San Agustín que estuvo muy en boga. Casiodoro hizo una colección de comentarios selectos de varios escritores sobre todos los libros de las Sagradas Escrituras. San Benito recomendó especialmente el estudio patrístico y sus hijos observaron su consejo: "Ad perfectionem conversationis qui festinat, sunt doctrinae sanctorum Patrum, quarum observatio perducat hominem ad celsitudinem perfectionis… quis liber sanctorum catholicorum Patrum hoc non resonat, ut recto cursu perveniamus ad creatorem nostrum?" (Sanet Regula, LXXIII). La Florilegia y Catenae se tornaron comunes desde el siglo V en adelante. La mayoría son anónimos, pero los de Oriente que llevan el nombre de Oecumenius son bien conocidos. Los más famosos de todos durante la Edad Media fueron la "Glossa ordinaria" atribuida a Walafrid Strabo. Todavía se usa la "Catena aurea" de Santo Tomás de Aquino. (Ver Catenae y el valioso material coleccionado por Turner en Hastings, Diccionario de la Biblia, V, 521)

San Agustín fue reconocido tempranamente como el primero de los Padres occidentales, con San Ambrosio y San Jerónimo a su lado. Luego se agregó San Gregorio I Magno y estos cuatro se convirtieron en los “Doctores Latinos”. San León, de algún modo el más grande de los teólogos, fue excluido, tanto debido a la exigüidad de sus escritos y por el hecho que sus escritos tuvieron una muy alta autoridad como declaraciones papales.

En Oriente, San Juan Crisóstomo siempre fue el más popular, ya que fue el más prolífico de los Padres. Con el gran San Basilio, padre del monacato, y San Gregorio Nacianceno, famoso por la pureza de su fe, constituyeron un triunvirato llamado “los tres jerarcas”, familiar en el arte bizantino hasta nuestros días. Los orientales añadieron a San Atanasio a ese grupo, de manera que cuatro pudieran responder a cuatro (Ver Doctores de la Iglesia).

Se puede observar que muchos de los escritores rechazados en la lista gelasiana vivieron y murieron en comunión católica, aunque la incorrección en algunas partes de sus escritos, por ejemplo, el error del semipelagianismo atribuido a Juan Casiano y Fausto, el milenarismo de la conclusión del comentario sobre el Apocalipsis de San Victorino (San Jerónimo emitió una edición expurgada, la única impresa hasta ahora), la incorrección del perdido “Hypotyposes” de Clemente y así sucesivamente, evitaron que estos escritores fueran llamados, como dijo Jerónimo de Hilario, "inoffenso pede percurritur". Como todas las doctrinas más importantes de la Iglesia (excepto aquella del Canon y la inspiración de las Escrituras), pueden ser probadas, o al menos ilustradas a partir de las Escrituras, el oficio más amplio de la tradición es la interpretación de las Escrituras, y la autoridad de los Padres es en esto de gran importancia. Sin embargo, es sólo necesario seguirla cuando todos están de acuerdo: "Nemo… contra unanimum consensum Patrum ipsam Scripturam sacram interpretari audeat", dice el Concilio de Trento; y el Credo de Pío IV reza similarmente: "…nec eam unquam nisi juxta unanimum consensum Patrum accipiam et interpretabor". El Concilio Vaticano I hace eco del de Trento: "nemini licere… contra unanimum sensum Patrum ipsam Scripturam sacram interpretari."

Por supuesto, no se espera el consenso de los Padres en asuntos menores: "Quae tamen antiqua sanctorum patrum consensio non in omnibus divinae legis quaestiunculis, sed solum certe praecipue in fidei regula magno nobis studio et investiganda est et sequenda" (Vicente, XXVIII, 72). Este no es el método, agrega San Vicente de Lérins, contra las herejías muy difundidas e inveteradas, sino más bien contra errores, para ser aplicado directamente cuando aparecen. Difícilmente pudiera darse un mejor ejemplo que la forma en que el Concilio de Frankfort (794) refutó el adopcionismo, ni nadie pudo mejor expresar mejor el principio que los Padres del Concilio: "Tenete vos intra terminos Patrum, et nolite novas versare quaestiunculas; ad nihilum enim valent nisi ad subversionem audientium. Sufficit enim vobis sanctorum Patrum vestigia sequi, et illorum dicta firma tenere fide. Illi enim in Domino nostri exstiterunt doctores in fide et ductores ad vitam; quorum et sapientia Spiritu Dei plena libris legitur inscripta, et vita meritorum miraculis clara et sanctissima; quorum animae apud Deum Dei Filium, D.N.J.C. pro magno pietatis labore regnant in caelis. Hos ergo tota animi virtute, toto caritatis affectu sequimini, beatissimi fratres, ut horum inconcussa firmitate doctrinis adhaerentes, consortium aeternae beatitudinis… cum illis habere mereamini in caelis" ("Synodica ad Episc." en Mansi, XIII, 897-8).

Y un excelente acto de fe en la tradición de la Iglesia es aquel de Carlomagno (ibid., 902) realizado en la misma ocasión: "Apostolicae sedi et antiquis ab initio nascentis ecclesiae et catholicis traditionibus tota mentis intentione, tota cordis alacritate, me conjungo. Quicquid in illorum legitur libris, qui divino Spiritu afflati, toti orbi a Deo Christo dati sunt doctores, indubitanter teneo; hoc ad salutem animae meae sufficere credens, quod sacratissimae evangelicae veritatis pandit historia, quod apostolica in suis epistolis confirmat auctoritas, quod eximii Sacrae Scripturae tractatores et praecipui Christianae fidei doctores ad perpetuam posteris scriptum reliquerunt memoriam."

Clasificación de los Escritos Patrísticos

Con el objeto de tener una clara visión del período patrístico, se puede categorizar a los Padres de varias maneras. El método favorito es por períodos: los Padres ante-nicenos hasta el año 325; los Grandes Padres del siglo IV y mitad del quinto (325-451); y los Padres posteriores. Una división más obvia es entre orientales y occidentales, y los orientales incluirán escritores en griego, siríaco, armenio y copto. Una conveniente división en grupos más pequeños será por períodos, nacionalidades y carácter de los escritos; pues en Oriente y en Occidente había muchas razas y algunos de los escritores eclesiásticos eran apologistas, algunos predicadores, historiadores, comentaristas y así sucesivamente.

A. Luego de (1) los Padres Apostólicos vinieron en el siglo II (2) los apologistas griegos, seguidos por (3) los apologistas occidentales algo después, (4) los herejes gnósticos y marcionitas con sus Escrituras apócrifas y (5) las respuestas de los católicos.

B. El siglo III nos dejó (1) los escritores alejandrinos de la escuela catequética, (2) los escritores del Asia Menor y (3) Palestina, y los primeros escritores occidentales, (4) en Roma, San Hipólito (en griego) y Novaciano, (5) los grandes escritores africanos y algunos otros.

C. El siglo IV comienza con (1) las obras apologéticas e históricas de Eusebio de Cesarea, con quien podemos clasificar a San Cirilo de Jerusalén y San Epifanio, (2) los escritores alejandrinos, San Atanasio, Dídimo el Ciego y otros, (3) los capadocios, (4) los antioquenos, (5) los escritores sirios. En Occidente tenemos (6) los opuestos al arrianismo, (7) los italianos, incluyendo a San Jerónimo, (8) los africanos y (9) los escritores españoles y galos.

D. El siglo V nos entregó (1) la controversia nestoriana, (2) el eutiquianismo, incluyendo al occidental San León; (3) los historiadores. En Occidente (4) la Escuela de Lérins, (5) y las cartas de los Papas

E. Los siglos VI y VII, nos entregan nombres menos importantes, por lo que deben ser agrupados en una forma más mecánica.(1) En Occidente y (2) en Oriente.

Los Padres Apostólicos y el siglo II

(1) Si consideramos estos grupos en detalle, encontraremos las cartas de los Padres Apostólicos, San Clemente, San Ignacio de Antioquía y San Policarpo, venerables no sólo por su antigüedad, sino por una cierta simplicidad y nobleza de pensamiento y estilo que es muy conmovedor para el lector. Sus citas del Nuevo Testamento son bastante libres. Ofrecen una muy importante información al historiador, aunque de algún modo en cantidades homeopáticas. A estos agregamos el Didajé, probablemente el más antiguo de todos; la curiosa epístola que alegoriza el anti-semitismo que conocemos bajo el nombre de Epístola de Bernabé; el Pastor de Hermas, una más bien sosa serie de visiones principalmente conectadas con la penitencia y el perdón, compuesta por el hermano del Papa San Pío I, y por mucho tiempo anexo al Nuevo Testamento con importancia casi canónica. Las obras de San Papías, el discípulo de San Juan y Aristión, están perdidas salvo algunos fragmentos.

(2) Los apologistas son en su mayoría filosóficos en su tratamiento del cristianismo. Algunas de sus obras eran presentadas a emperadores con el objeto de sosegar las persecuciones. No siempre debemos aceptar el punto de vista dado a foráneos por los apologistas, como representación de todo el cristianismo que conocían y practicaban. Se han perdido para nosotros las apologías de Cuadrato a Adriano, de Aristo de Pella a los judíos, de Miltiades, de Apolinar de Hierápolis, y de San Melitón de Sardes; pero aún poseemos varias de la mayor importancia. Aquella de Arístides de Atenas fue presentada a Antonino Pío y versa principalmente del conocimiento del Dios verdadero. La refinada apología de San Justino con sus apéndices es sobre todo interesante por su descripción de la liturgia en Roma c.150. Sus argumentos contra los judíos se encuentran en el muy bien compuesto “Diálogo con Trifón” donde habla de la autoría apostólica del Apocalipsis de una manera que es de suma importancia en la boca de un hombre que fue convertido en Éfeso algún tiempo antes del año 132. La “Apología” del discípulo sirio de Justino, Tatiano, es una obra menos conciliadora y su autor cayó en herejía. Atenágoras, un ateniense (c.177) dirigió a Marco Aurelio y Cómodo una elocuente refutación de las absurdas calumnias contra los cristianos. Teófilo, obispo de Antioquía, más o menos en la misma fecha, escribió tres libros de apología dirigidos a un cierto Autolico.

(3) Todas estas obras son de una considerable habilidad literaria. Este no es el caso de la gran apología latina que les sigue muy de cerca en fecha, la “Apologeticus” de Tertuliano, que se encuentra en el lenguaje tosco e intraducible afectado por su autor. Sin embargo, es una obra de extraordinario genio, muy por encima del resto en interés y valor e incomparable en su energía y osadía. Su vehemente “Ad Scapulam” es una advertencia dirigida a un procónsul perseguidor. "Adversus Judaeos" es un título que se explica por sí mismo. Los otros apologistas latinos son posteriores. El "Octavios" de Minucio Félix es tan pulido y gentil, como es áspero Tertuliano. Su fecha es incierta. Si el "Apologeticus " fue muy bien calculado para infundir fortaleza en los cristianos perseguidos, el "Octavius" fue muy probablemente para impresionar al inquisidor pagano como si se atraparan más moscas con miel que con vinagre. Junto a estas obras, debemos mencionar el más tardío Lactancio, el más perfecto de todos en su forma literaria ("Divinae Institutiones", c. 305-10, y "De Mortibus persecutorum", c. 314). Las apologías griegas, probablemente posteriores al siglo II, son las “Irrisiones” de Hermias, y la muy bella “Carta a Diogneto”.

(4) La mayoría de los escritos heréticos del siglo II están perdidos. Los gnósticos tenían escuelas y filosofaban; sus escritores fueron numerosos. Algunas obras curiosas han llegado hasta nosotros en copto. La carta de Ptolomeo a Flora en San Epifanio es casi el único fragmento griego de importancia real. Marción fundó no solo una escuela, sino una iglesia y su Nuevo Testamento, que consiste en San Lucas y San Pablo, está preservado de algún modo en las obras escritas contra él por Tertuliano y Epifanio. De los escritos de los montanistas griegos y de otros herejes anteriores, no queda casi nada. Los gnósticos compusieron una cantidad de Evangelios apócrifos mezclados con hechos de Apóstoles individuales, grandes porciones de los cuales se conservan, la mayoría en fragmentos, en revisiones latinas, o en versiones siríacas, coptas, arábigas o eslavas. A éstos se debe agregar aquellas muy conocidas falsificaciones como las cartas de Pablo a Séneca, y el Apocalipsis de Pedro, del cual recientemente se ha encontrado un fragmento en el Fayum.

(5) La literatura católica característica del siglo II fue las respuestas a los ataques de los herejes, seguido por las apologías contra los perseguidores paganos por un lado y los judíos por el otro. El "Sintagma" de San Justino contra todas las herejías está perdida. Más antiguo aún, San Papías (ya mencionado) había dirigido sus esfuerzos en refutar los nacientes errores, y la misma preocupación se ve en San Ignacio y San Policarpo. San Hegesipo, un judío converso de Palestina, viajó a Corinto y Roma, donde se quedó desde el pontificado de Aniceto hasta el de Eleuterio (c. 160-180) con la intención de refutar las novedades de los gnósticos y marcionistas a través de la apelación a la tradición. Su obra está perdida. Pero la gran obra de San Ireneo (c. 180) contra las herejías se encuentra en Papías, Hegesipo y Justino, y nos da, a partir de una cuidadosa investigación, una descripción de los muchos sistemas gnósticos, junto con su refutación. Su apelación es menor a las Escrituras que a la tradición, la cual toda la Iglesia Católica ha recibido y transmitido desde los apóstoles, a través del ministerio de sucesivos obispos y particularmente a la tradición de la Iglesia Romana, fundada por San Pedro y San Pablo.

Al lado de Ireneo, debemos colocar al latino Tertuliano cuyo libro “De las Prescripciones contra los Herejes” no sólo es una obra maestra de argumento, sino es casi tan efectiva contra las herejías modernas como contra aquellas de la Iglesia primitiva. Es un testigo de extraordinaria importancia para los principios de la tradición invariable que la Iglesia Católica siempre ha profesado y para la creencia primitiva que la Sagrada Escritura debe ser interpretada por la Iglesia y no por la industria privada. Cita a Ireneo en esta obra, y sus polémicos libros contra los valentinianos y los marcionistas toman prestado libremente de ese santo. Él es el menos persuasivo de los dos porque es muy abrupto, demasiado astuto, demasiado ansioso por la más leve ventaja controversial, sin pensar en las fáciles respuestas que pueden darse. A veces, prefiere el ingenio o el golpe duro al argumento sólido. En este período, las controversias estaban comenzando dentro de la Iglesia, y la más importante era la cuestión sobre si la Pascua podría celebrarse en un día laborable (vea Controversia Pascual). Otro asunto candente en Roma, al terminar el siglo, era la duda de si las profecías de los montanistas debían ser aprobadas, y sin embargo otra, en los primeros años del siglo III, era la controversia con un grupo de oponentes del montanismo (así parece) quienes negaban la autenticidad de los escritos de San Juan, un error bastante nuevo en aquellos días.

Siglo III

(1) Ya en el siglo II la Iglesia de Alejandría mostraba la nota del conocimiento, junto con el hábito prestado de los judíos alejandrinos, especialmente Filo Judeo, de una interpretación alegorizante de las Escrituras. Esta última característica se encuentra en la “Epístola de Bernabé” la cual puede ser de origen alejandrino. Panteno fue el primero en hacer famosa la escuela catequética de la ciudad. No existen escritos suyo, pero su pupilo Clemente (m. 214), quien enseñó en la escuela con Panteno (c. 180) y como su director (c.180-202) dejó una considerable cantidad de algo largas disquisiciones que versaban sobre mitología, teología mística, educación, observancias sociales y todas las otras cosas del cielo y de la tierra. Fue seguido por el gran Orígenes, cuya fama se extendió a lo largo y ancho e incluso entre los paganos. Lo que queda de sus obras, aunque llenaban varios volúmenes, está en gran parte sólo en traducciones libres al latín, y guarda poca relación con la vasta cantidad que ha perecido. Los alejandrinos se aferraban tan firmemente como los católicos a la tradición como regla de fe, por lo menos en teoría, pero más allá de la tradición se daban a la especulación, de modo que las “Hypotyposes” de Clemente se han perdido casi en su totalidad debido a los errores que encontró lugar en ellos, y las obras de Orígenes cayeron bajo la proscripción de la Iglesia, aunque su autor vivió la vida de un santo, y murió, poco después de la persecución de Decio, por los sufrimientos que había sobrellevado en ella.

Los discípulos de Orígenes eran muchos y eminentes. La biblioteca fundada por uno de ellos, San Alejandro de Jerusalén, fue preciosa más tarde para Eusebio. Los más famosos de la escuela fueron San Dionisio de Alejandría “el Grande” y San Gregorio Taumaturgo en el Ponto, conocido como el Hacedor de Milagros, quien como San Nonoso en Occidente, se dice que movió una montaña una corta distancia con sus oraciones. Queda muy poco de los escritos de estos dos santos.

(2) El montanismo y la Controversia Pascual rebajaron al Asia Menor de la posición de liderazgo que tuvo en el siglo II a un rango muy inferior en el III. Además de San Gregorio, San Metodio de Olimpo al final de aquel siglo fue un escritor pulido y un oponente del origenismo---su nombre es consecuentemente ignorado sin mención por el historiador origenista, Eusebio. Tenemos su “Banquete” en griego, y algunas obras menores en eslavo antiguo.

(3) Antioquía era la sede líder sobre el “Oriente” incluidas Siria y Mesopotamia, como también Palestina y Fenicia, pero nunca ésta formó un patriarcado compacto como el de Alejandría. Debemos agrupar aquí escritores que no tienen conexión entre sí ni en materia ni en estilo. Julio Africano vivió en Emaús y compuso una cronografía, desde la cual se han conservado para nosotros las listas episcopales de Roma, Alejandría y Antioquía, y una gran cantidad de otras materias, en la versión de San Jerónimo de la Crónica de Eusebio y en los cronógrafos bizantinos. Dos cartas suyas son de interés, pero los fragmentos de su “kestoi” o “Cercos” no tienen valor eclesial; contienen mucha materia curiosa y mucha que es objetable. En la segunda mitad del siglo III, tal vez hacia el final, Luciano, quien fue martirizado en Nicomedia en el 312, estableció una gran escuela en Antioquía. Se dice que fue excomulgado bajo tres obispos, pero si esto es cierto había sido restituido mucho tiempo antes del tiempo de su martirio. Es bastante incierto si compartió los errores de Pablo de Samosata (obispo de Antioquía, depuesto por herejía en 268-9). En todo caso, el fue---aunque sin intención--- – el padre del arrianismo y sus pupilos fueron los líderes de aquella herejía: Eusebio de Nicomedia, Arrio mismo, con Menofanto de Éfeso, Atanasio de Anazarbo, y los únicos dos obispos que rehusaron firmar el nuevo credo en el Primer Concilio de Nicea, Teognis de Nicea y Maris de Calcedonia, además del escandaloso obispo Leoncio de Antioquía y el sofista Asterio. En Cesarea, un centro origenista, floreció bajo otro mártir, San Pánfilo de Cesarea, quien con sus amigos Eusebio, un cierto Amonio y otros, coleccionaron las obras de Orígenes en una famosa biblioteca, corrigieron la “Hexapla” de Orígenes y editaron muchos de los textos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

(4) No hemos oído de escritos en Roma excepto en griego, hasta la mención de algunas pequeñas obras en latín del Papa San Víctor I, las que todavía existían en el tiempo de Jerónimo. San Hipólito, un sacerdote romano escribió desde el año 200 al 235 y siempre en griego aunque en Cartago Tertuliano había estado escribiendo antes de esto en latín. Si Hipólito es el autor de “Philosophumena”, él era un antipapa, y lleno de enemistad irracional hacia su rival el Papa San Calixto I; su teología dice que el Verbo procede de Dios por Su Voluntad, distinto a El en substancia, y convirtiéndose en Hijo al convertirse en hombre. No hay nada romano en la teología de esta obra; más bien se conecta con los apologistas griegos. Una gran parte de un largo comentario sobre Daniel y una obra contra Noeto son los únicos restos de este escritor, quien fue rápidamente olvidado en Occidente, aunque fragmentos de sus obras se encuentran en todas las lenguas Orientales. Han sobrevivido partes de su cronografía, tal vez su última obra. Otro antipapa romano, Novaciano, escribió en prosa ponderada y estudiada con finales métricos. Algunas de sus obras han llegado a nosotros bajo el nombre de San Cipriano de Cartago. Como Hipólito, tomó sus rigurosos puntos de vista como pretexto para su cisma. A diferencia de Hipólito, es bastante ortodoxo en su obra principal “De Trinitate”.

(5) Ya mencionamos las obras apologéticas de Tertuliano. Escribió las primeras cuando era un sacerdote de la Iglesia de Cartago, aunque por el año 200 terminó por creer en los profetas montanistas de Frigia y encabezó un cisma montanista en Cartago. Muchos de sus tratados fueron escritos para defender su posición y sus doctrinas rigoristas, y lo hace con considerable violencia y con la argumentación astuta y arrojada que le es natural. El plácido flujo de la elocuencia de San Cipriano (Obispo de Cartago, 249-58) es un gran contraste con aquella de su “maestro”. Los pocos tratados y gran cantidad de correspondencia de este santo son todas relativas a cuestiones y necesidades locales y evade toda teología especulativa. De lo anterior nos hemos iluminado sobre el estado de la Iglesia, sobre su gobierno y sobre un número de interesantes materias eclesiales y sociales. En todo el período patrístico, no hay nada, con la excepción de la Historia de Eusebio, que nos diga tanto sobre la Iglesia primitiva como el pequeño volumen que contiene las obras de San Cipriano. A fines del siglo, Arnobio, un converso de mediana edad como Cipriano, y como otros africanos, Tertuliano, Cipriano, Lactancio y Agustín, un ex retórico, compusieron una apología aburrida. Lactancio nos lleva al siglo IV. Era un escritor elegante y elocuente, pero tal como Arnobio, no era un cristiano bien instruido.

Siglo IV

(1) El siglo IV es la gran época de los Padres. Cuando Constantino tenía doce años de edad, publicó su edicto de tolerancia y comenzó una nueva era en la religión cristiana. Fue introducida por Eusebio de Cesarea, con sus grandes obras apologéticas “Praeparatio Evangelica” y “Demonstratio Evangelica”, las cuales muestra el trascendente mérito del cristianismo y sus todavía mayores obras históricas, la “Crónica” (El original griego está perdido) y su “Historia” la cual reunió los fragmentos de la era de las persecuciones y nos ha preservado más de la mitad de todo lo que sabemos hoy sobre los heroicos tiempos de la fe. En teología, Eusebio fue seguidor de Orígenes, aunque él rechazó la eternidad de la Creación y del Logos, de modo que pudo ver a los arrianos con considerable cordialidad. La forma original del romance seudo Clementino, con sus largos y tediosos diálogos, parecen ser una obra del mismo comienzo del siglo contra los nuevos desarrollos del paganismo, y fue escrito ya sea en la costa de Fenicia o no muy lejos tierra adentro en la vecindad de Siria. Las respuestas a los más grandes ataques paganos, aquel de Porfirio, se tornaron mas frecuentes luego del renacimiento pagano bajo Juliano (361-3) y ocuparon los trabajos de muchos escritores famosos. San Cirilo de Jerusalén nos dejó una serie completa de instrucciones a los catecúmenos y los bautizados, de este modo nos entrega un conocimiento exacto de las enseñanzas religiosas impartidas al pueblo en una importante Iglesia de Oriente a mediados del siglo IV. Un palestino de la segunda mitad del siglo, San Epifanio, fue obispo de Salamina en Chipre y escribió una erudita historia de todas las herejías. Desafortunadamente, no fue preciso y más adelante creó grandes dificultades al no nombrar a sus autoridades. Fue amigo de San Jerónimo, y un oponente inflexible del origenismo

(2) El sacerdote alejandrino Arrio, no fue producto de la escuela catequética de aquella ciudad, sino de la escuela de Luciano de Antioquía. La tendencia alejandrina era bastante opuesta a la antioquena, y el obispo alejandrino, Alejandro, condenó a Arrio en cartas que aún existen desde donde reunimos la tradición de la Iglesia Alejandrina. En ellas no hay rastros de origenismo, cuya sede había estado por mucho tiempo en Cesarea de Palestina, en la sucesión Teoctisto, Pánfilo, Eusebio. La tradición de Alejandría fue más bien aquella que Dionisio el Grande había recibido del Papa San Dionisio. Tres años después del Primer Concilio de Nicea (325), San Atanasio comenzó su largo episcopado de 45 años. Sus escritos no son muy voluminosos, pues eran o teología controversial o memorias apologéticas de sus propios problemas, pero su valor teológico e histórico es enorme, debido al rol de liderazgo tomado por este verdaderamente gran hombre en los cincuenta años de lucha contra el arrianismo. La cabeza de la escuela catequética durante este medio siglo fue Dídimo el Ciego, un atanasiano en su doctrina del Hijo y bastante más claro incluso que su patriarca en su doctrina de la Santísima Trinidad, aunque en muchos otros puntos llevó consigo la tradición origenista. Aquí se debe mencionar a propósito a un escritor más tardío, Sinesio de Cirene, un hombre de hábitos filosóficos y literarios, que mostró energía y piedad sincera como un obispo, a pesar del carácter más bien pagano de su cultura. Sus cartas son de gran interés.

(3) La segunda mitad del siglo fue ilustrada por una famosa tríada en Capadocia, San Basilio, su hermano San Gregorio de Niza y su amigo San Gregorio Nacianceno. Fueron los principales obreros en el regreso a la ortodoxia de Oriente. Su doctrina de la Trinidad es un avance incluso sobre aquella de Dídimo y está muy cerca, sin dudas, a la doctrina romana que más tarde fue incluida en el Credo de Atanasio. Pero a Oriente le tomó un largo tiempo asimilar el significado completo del punto de vista ortodoxo. San Basilio demostró gran paciencia con aquellos que habían avanzado menos en el recto camino que él mismo e incluso atemperó su lenguaje para reconciliarlos. En cuanto a fama de santidad casi ninguno de los Padres lo igualó, salvo San Gregorio Taumaturgo o San Agustín. Practicó un ascetismo extraordinario y en su familia todos eran santos. Compuso una regla para los monjes que se ha mantenido prácticamente la única en Oriente. San Gregorio Nacianceno tenía mucho menos carácter pero iguales habilidades y conocimiento, con mayor elocuencia. El amor de Orígenes, que persuadió a los amigos en su juventud a publicar un libro de extractos de sus escritos, tuvo muy poca influencia en su teología posterior; en particular, la de San Gregorio es célebre por su exactitud o incluso inerrancia. San Gregorio de Niza, por otro lado, está lleno de origenismo. La cultura clásica y la forma literaria de los capadocios, unidos a la santidad y ortodoxia, los hace un grupo único en la historia eclesiástica.

(4) La escuela antioquena del siglo IV pareció haberse entregado al arrianismo, hasta los tiempos de la muerte de los grandes alejandrinos, Atanasio y Dídimo, cuando estaba recién reviviendo no meramente a la ortodoxia sino a una florescencia con la cual superaría la reciente gloria de Alejandría e incluso la de Capadocia. Diodoro, un monje de Antioquía y luego obispo de Tarso, era un leal defensor de la doctrina nicena y un gran escritor, aunque la mayor parte de sus obras han perecido. Su amigo, Teodoro de Mopsuestia, era un juicioso y culto comentador en el sentido antioqueno literal, pero desafortunadamente su oposición a la herejía de Apolinar de Laodicea (el Joven) lo llevó al extremo opuesto, al nestorianismo---ciertamente el pupilo Nestorio apenas fue tan lejos como su maestro Teodoro. Pero luego Nestorio se resistió al juicio de la Iglesia, mientras que Teodoro murió en comunión católica y fue amigo de los santos, incluyendo a la coronadora gloria de la escuela de Antioquía, San Juan Crisóstomo, cuyos grandes sermones fueron predicados en Antioquía, antes que fuera obispo de Constantinopla. Crisóstomo es, por supuesto, el más importante de los Padres griegos, el primero de todos los comentadores, y el primero de todos los oradores en el Oriente u Occidente. Por un tiempo, fue un ermitaño, y se mantuvo asceta durante su vida; fue también un ferviente reformador social. Su grandeza de carácter lo hace merecedor de un lugar al lado de San Basilio y San Atanasio.

Según Basilio y Gregorio Nacianceno fueron formados en la oratoria por el cristiano Prohaeresio, así también lo fue Crisóstomo por el orador pagano Libanio. En el Gregorio clásico podemos encontrar a veces al retórico; en Crisóstomo, nunca; sus increíbles talentos naturales le ahorraron la necesidad de recurrir a la asistencia del arte, y aunque le precedió un aprendizaje, se perdió en el flujo de pensamiento enérgico y torrente de palabras. No teme a repetir ni a olvidar las reglas, porque nunca deseó ser admirado sino persuadir e instruir; aunque incluso un hombre tan grande tuvo sus limitaciones. No tenía interés especulativo en la filosofía ni en la teología, aunque era lo suficientemente docto para ser absolutamente ortodoxo. Fue un hombre santo y práctico, de tal modo que sus pensamientos están llenos de piedad, belleza y sabiduría; aunque no fue un pensador. Ninguno de los Padres ha sido tan imitado ni leído; aunque hay poco en sus escritos que se pueda decir que moldeara su propio tiempo o el futuro, y no podría ni por un instante competir con Orígenes o Agustín por el primer lugar entre los escritores eclesiásticos.

(5) En el siglo IV Siria produjo un gran escritor, San Efrén, diácono de Edesa (306-73). La mayoría de sus escritos son poesía; sus comentarios están en prosa, pero los restos de éstos son escasos. Sus homilías e himnos están todos en métrica y son de una gran belleza; tan tierna y amorosa piedad es muy difícil de encontrar en los Padres. Las veintitrés homilías de Afraates (326-7) un obispo de Mesopotamia, son de gran interés.

(6) San Hilario de Poitiers es el más famoso de los primeros oponentes del arrianismo en Occidente. Escribió comentarios y obras polémicas, incluyendo el gran tratado “De Trinitate” y una obra histórica perdida. Su estilo es afectadamente comprometido y oscuro, aunque sin embargo es un teólogo de considerable mérito. El mismo nombre de su tratado sobre la Santísima Trinidad demuestra que consideró el dogma bajo el punto de vista occidental de una Trinidad en Unidad, pero usó extensamente las obras de Orígenes, San Atanasio y otros orientales. Su exégesis es del tipo alegórico. Hasta su día, el único gran Padre latino fue San Cipriano de Cartago y San Hilario de Arles no tuvo rival en su propia generación. Lucifer, obispo de Calaris en Cerdeña fue un rudo controversista que escribió de manera muy popular y casi falto de educación. El español Gregorio de Illiberis, del sur de España, sólo hoy recibe lo debido, puesto que Dom A. Wilmart restauró para él en 1908 el importante llamado "Tractatus Orígenesis de libris SS. Scripturae", el cual él y Batiffol habían publicado en 1900 como obras genuinas de Orígenes traducidas por San Victorino de Pettau. Los comentarios y obras anti arrianas de Cayo Mario Victorino, retórico convertido, no tuvieron éxito. San Eusebio de Vercelli sólo nos dejó unas cuantas cartas. La fecha de los cortos discursos de San Zeno de Verona es incierta. Son de gran interés la refinada carta del Papa San Julio I a los arrianos y algunas cartas del Papa Liberio y del Papa San Dámaso I.

El mayor oponente del arrianismo en Occidente fue San Ambrosio (m. 397). Su santidad y sus grandes acciones lo hacen una de las más imponentes figuras del período patrístico. Desafortunadamente el estilo de sus escritos es a menudo desagradable, al ser afectado e intrincado, sin ser correcto o artístico. Su exégesis no es meramente del tipo alegórico más extremo, sino tan imaginativo que a veces parece absurdo. Y, sin embargo, cuando está desprevenido, habla con elocuencia genuina y conmovedora; produce apotegmas de admirable brevedad, y sin ser un teólogo profundo, muestra una maravillosa profundidad en su pensamiento moral, ascético y materias devocionales. Así como su carácter exige nuestra entusiasta admiración, así también sus escritos se ganan nuestro respetuoso afecto, a pesar de sus bastante irritantes defectos. Es fácil ver que es muy erudito en los clásicos y los escritores cristianos de Oriente y Occidente, aunque sus mejores pensamientos son todos propios.

(7) En Roma un escritor original, extraño y docto compuso un comentario sobre las Epístolas de San Pablo y una serie de preguntas sobre el Antiguo y Nuevo Testamentos. Usualmente se le conoce como Ambrosiastro, y tal vez pudo haber sido un judío converso llamado Isaac, quien luego apostató. El Papa San Dámaso I escribió versos que son pobre como poesía pero interesantes porque proveen información sobre los mártires y las catacumbas. Durante un tiempo su secretario fue San Jerónimo, panonio de nacimiento, y romano por bautismo. Este sabio Padre, "Doctor maximus in Sacris Scripturis", es bien conocido por nosotros, porque casi todo lo que escribió es una revelación de sí mismo. Relata al lector sus inclinaciones y antipatías, sus entusiasmos e irritaciones, sus amistades y enemistades. Si a menudo está fuera de sí, es muy humano, muy afectuoso, muy asceta, muy devoto de la ortodoxia y de muchos modos de un carácter muy amable; porque si es rápido en ofenderse, es fácil en apaciguarse, es laborioso mas allá de la capacidad ordinaria y es contra la herejía que a menudo se enciende su ira. Vivió toda la última parte de su vida en un retiro en Belén, rodeado de sus amados discípulos, cuya incansable devoción muestra que el santo no era de ningún modo un diamante en bruto, alguien podría decir, un ogro, como se le representa a menudo. No le gustaba la filosofía y rara vez se dio tiempo para pensar, pero leyó y escribió incesantemente. Sus muchos comentarios son breves y precisos, llenos de información y producto de una amplia lectura. Su gran obra fue la traducción del Antiguo Testamento del hebreo al latín. Continuó las obras textuales de Orígenes, Pánfilo y Eusebio y su revisión de los Evangelios Latinos demuestran el uso de manuscritos griegos admirablemente puros, aunque pareciera haber gastado menos esfuerzo en el resto del Nuevo Testamento. Atacó las herejías con mayor claridad, con toda la vivacidad, y con mucha más elocuencia y eficiencia que Tertuliano. Usó las mismas armas contra cualquiera que lo atacara y especialmente contra su amigo Rufino, durante su pasajero período hostil.

Si él es sólo “quizás” el más docto de los Padres, está mas allá de duda que es el escritor en prosa más grande entre todos ellos. No podemos comparar su energía y habilidades con la originalidad y cultura de Cicerón o con la delicada perfección de Platón, pero ninguno de ellos o ningún otro escritor pueden compararse con Jerónimo en su propia esfera. No intenta vuelos de la imaginación, entonación musical, ni coloración de las palabras; no tiene un lenguaje melifluo como Cipriano ni torrente de frases como Crisóstomo; es un escritor, no un orador, y un escritor erudito y clásico. Aunque sus cartas, por su fuerza y vividez impactante, por su punto e inteligencia, por su tersa expresión, nunca fueron ni serán escritas. No hay sentido de esfuerzo y aunque nos sentimos que el lenguaje debió haber sido estudiado, raramente nos atrevemos a llamarlo lenguaje estudiado, porque Jerónimo conoce el extraño secreto de pulir sus armas de acero mientras están al fuego blanco, y de lanzarlo antes que se enfríen. Era un peligroso adversario, y tenía pocos escrúpulos en tomar toda la ventaja posible. Tenía el desafortunado defecto de su extraordinaria prontitud, de su extremada inexactitud y sus declaraciones históricas necesitan un cuidadoso control. Sus biografías de los ermitaños, sus palabras sobre la vida monástica, la virginidad, la fe romana, nuestra Bendita Señora, las reliquias de los santos, han ejercido gran influencia. Se conoce desde hace poco tiempo que fue un predicador; los pequeños discursos improvisados publicados por Dom Mona están llenos de su irreprensible personalidad y su descuidada erudición.

(8) África, ocupada en una batalla propia, desconocía el problema arriano. El donatismo (311-411) fue por largo tiempo principalísimo en Numidia y a veces en otras partes. La mayoría de los escritos de los donatistas han perecido. Cerca del 370 San Optato publicó una obra controversial efectiva contra ellos. Un controversista aún mayor, San Agustín, continuó el ataque con un éxito tan maravilloso, que el inveterado cisma tuvo prácticamente su final veinte años antes de la muerte del santo. Tan afortunado evento volvió los ojos de toda la cristiandad al brillante protagonista de los católicos africanos, quien ya había asestado demoledores golpes a los escritores maniqueos latinos. Desde 417 hasta su muerte en 431, se involucró en un conflicto aún mayor, con la herejía filosófica y naturalista de Pelagio y Celestio, En ésta fue ayudado al principio por el anciano Jerónimo; los Papas condenaron a los innovadores y el emperador legisló contra ellos. Si San Agustín tiene la fama única de haber destruido tres herejías, es porque era tan ansioso en persuadir como en refutar. Fue quizás el mayor controversista que el mundo ha visto jamás. Además de esto, no sólo era el mayor filósofo entre los Padres, sino que fue el único gran filósofo. Sus obras puramente teológicas, especialmente su “De Trinitate” son insuperables en profundidad, comprensión y claridad, entre los escritores eclesiásticos primitivos, ya sean orientales u occidentales. Como teólogo filosófico no tuvo superior, excepto a su propio hijo y discípulo, Santo Tomás de Aquino. Probablemente es correcto decir que ninguno, excepto Aristóteles, ha ejercido tan vasta, profunda y beneficiosa influencia sobre el pensamiento europeo.

Agustín mismo era platónico en todos los sentidos. Como comentador, se preocupó poco por la letra, y todo por el espíritu, pero su armonía de los Evangelios demuestra que pudo cuidar la historia y el detalle. Las tendencias alegorizantes que heredó de Ambrosio, su padre espiritual, lo llevó a veces a extravagancias, aunque más a menudo se eleva que comenta y su “In Genesim ad litteram” y sus tratados sobre los Salmos y sobre San Juan son obras de extraordinario poder e interés, y bastante merecedoras, en un estilo totalmente diferente, de categorizarlas con Crisóstomo sobre Mateo. San Agustín era un profesor de retórica antes de su maravillosa conversión; pero como San Cipriano, e incluso más que San Cipriano, como cristiano puso a un lado todos los artífices de la oratoria que conocía muy bien. Retuvo la corrección en la gramática y el perfecto buen gusto, junto con el poder de hablar y escribir con facilidad en un estilo de simplicidad y dignidad magistrales aunque casi con sencillez coloquial.

Nada pudo ser más individual que este estilo de San Agustín, donde habla al lector o a Dios con perfecta apertura y con una asombrosa y casi siempre exasperante sutileza de pensamiento. Tenía el poder de considerar totalmente un tema y terminarlo completamente, y estaba demasiado consciente para no usar este talento al extremo. De espíritu abierto y precavido, era también un erudito. Llegó a dominar el lenguaje griego sólo al final de su vida, con el objeto de familiarizarse con las obras de los Padres orientales. Su “De Civitate Dei” demuestra abundancia de lectura; más aún, lo coloca en el primer lugar entre los apologistas. Antes de su muerte (431) fue objeto de extraordinaria veneración. Fundó un monasterio en Tagaste, el cual le suplió obispos a África, y vivió en Hipona una vida común con su clero, a la cual los Canónigos y Canonesas Regulares de tiempos posteriores siempre vieron como su modelo. La gran Orden de Predicadores, los agustinos y un sinnúmero de congregaciones de monjas aún lo ven como su padre y legislador. Sus obras devocionales han estado en boga en segundo lugar después de las de otro de sus hijos espirituales, Tomás de Kempis. Tuvo en su vida reputación de obrar milagros y su santidad se percibe en todos sus escritos, y se respira en la historia de su vida. Se ha señalado que en este polifacético obispo hay cierta simetría que lo hizo casi un modelo intachable de hombre santo, sabio y activo. Es bueno recordar que fue esencialmente un penitente.

(9) En España, el gran poeta Prudencio superó a todos sus predecesores, de los cuales el mejor había sido Juvenco y el casi pagano retórico Ausonio. Los curiosos tratados del hereje español Prisciliano fueron descubiertos solo en 1889. En la Galia, se debe mencionar a Rufino de Aquilea como el más libre traductor de Orígenes, etc., y de la “Historia” de Eusebio, la cual continuó hasta su propia época. En el Sur de Italia, su amigo San Paulino de Nola nos dejó píos poemas y elaboradas cartas.

Siglo V

D. (1) Loof recopiló los fragmentos de los escritos de Nestorio. Algunos de ellos, fueron preservados por un discípulo de San Agustín, Mario Mercator, quien hizo dos colecciones de documentos en relación al nestorianismo y el pelagianismo respectivamente. El gran adversario de Nestorio, San Cirilo de Alejandría, tuvo por opositor a un escritor aún más grande, Teodoreto, obispo de Ciro. Cirilo es un escritor muy prolífico, y sus largos comentarios sobre la vena mística Alejandrina, no le interesa mucho a los lectores modernos. Pero sus tratados y cartas principales sobre el asunto nestoriano, lo muestran como un teólogo que tuvo una profunda visión espiritual al significado de la Encarnación y sus efectos sobre la raza humana---la elevación del hombre a la unión con Dios. Vemos aquí la influencia del ascetismo egipcio de San Antonio el Grande (cuya vida fue escrita por San Atanasio) y de Macario (uno de los cuales dejó algunas valiosas obras en griego) y San Pacomio, de su propio tiempo. En sus sistemas ascéticos, la unión con Dios a través de la contemplación era naturalmente la meta a la vista, pero uno se sorprende de cuan poco meditaban sobre la vida y Pasión de Cristo. No se omite, pero la tendencia como con San Cirilo y con los monofisitas quienes creyeron seguirlo, es pensar mas bien en la Divinidad que en la Humanidad. La escuela antioquena había exagerado la tendencia contraria, fuera de la oposición al apolinarismo, que hacía la humanidad de Cristo incompleta, y pensaron más del hombre unido a Dios que de Dios hecho hombre.

Teodoreto, indudablemente, evitó los excesos de Teodoro y Nestorio, y León por fin aceptó su doctrina como ortodoxa, a pesar de su anterior persistente defensa de Nestorio. Su historia de los monjes es menos valiosa que los escritos anteriores de testigos---Paladio en el Oriente, y Rufino y después Casiano en Occidente. Pero la “Historia” de Teodoreto como continuación de la de Eusebio contiene información valiosa. Sus escritos apologéticos y controversiales son las obras de un buen teólogo. Sus obras maestras son sus obras exegéticas, las cuales no son ni oratoria como las de Crisóstomo, ni exageradamente literales como las de Teodoro. Con él culminó dignamente la gran escuela de Antioquía, como la alejandrina con San Cirilo. Junto con estos grandes hombres, se puede mencionar al director espiritual de San Cirilo, San Isidoro de Pelusio, cuyas dos mil cartas tratan principalmente con la exégesis alegórica, los comentarios sobre San Marcos por Víctor de Antioquía y la introducción a la interpretación de la Escritura por el monje Adrián, un manual del método antioqueno.

(2) La controversia eutiquiana no produjo grandes obras en Oriente. Las obras de los monofisitas que han sobrevivido están en versiones siríacas o coptas.

(3) Los dos historiadores de Constantinopla, Sócrates y Sozomeno, a pesar de sus errores, contienen alguna información preciada, pues muchas de las fuentes que utilizaron se han perdido para nosotros. Con Teodoreto, su contemporáneo, formaron una tríada justo a mediados del siglo. San Nilo de Sinaí es el más importante entre muchos escritores ascéticos.

(4) San Sulpicio Severo, un noble galicano, discípulo y biógrafo del gran San Martín de Tours, fue un erudito clásico, quien demostró ser un escritor elegante en su “Historia Eclesiástica”. La escuela de Lérins, produjo muchos escritores además de San Vicente. Podemos mencionar a Euquerio, Fausto y el gran San Cesáreo de Arles (543). Otros escritores galicanos fueron Salviano, San Sidonio Apolinario, Genadio, San Avito de Viena y Juliano Pomerio.

(5) En Occidente, la serie de decretales papales comenzaron con el Papa San Siricio (384-98). Se ha conservado gran cantidad de cartas de los Papas más importantes. Aquellas del sabio Papa San Inocencio I (401-17), el impetuoso Zósimo (417-8) y el severo Celestino son, probablemente, los más importantes en la primera mitad del siglo; en la segunda mitad, las de Hilario, Simplicio y sobre todo, del sabio Papa San Gelasio I (492-6). A mediados del siglo tenemos a San León, el más grande de los primeros Papas, cuya firmeza y santidad salvaron a Roma de Atila, y a los romanos de Genserico. Pudo haber sido inflexible en el enunciado de un principio; fue condescendiente al condonar las faltas de disciplina en pro de la paz, además de ser un hábil diplomático. Sus sermones y cartas dogmáticas en su larga correspondencia nos lo muestran como el más lúcido de los teólogos. Claro en su expresión, no por superficialidad, sino porque pensaba clara y profundamente. Navegó entre el nestorianismo y el eutiquianismo, sin utilizar distinciones sutiles o argumentos elaborados, sino realizando simples definiciones con palabras precisas. Condenó el monotelismo por anticipación. Su estilo era cuidadoso, con cadencias métricas. Su majestuoso ritmo y sus sonoras conclusiones vistieron al lenguaje latino con un nuevo esplendor y dignidad.

Siglo VI

E. (1). En el siglo VI la gran correspondencia del Papa San Hormisdas es del más gran interés. Aquel siglo concluyó con el Papa San Gregorio I el Grande, cuyo famoso “Registrum” excede en volumen por varias veces las colecciones de cartas de otros Papas anteriores. Las Epístolas son muy variadas y arrojan luz sobre los varios intereses de la vida del gran Papa y de los varios eventos en el Oriente y Occidente de su época. Sus “Morales sobre el Libro de Job” no es un comentario literal sino que pretende sólo ilustrar el sentido moral que subyace en el texto. Con toda la extrañeza que presenta a las nociones modernas, es una obra plena de sabiduría e instrucción. Son de especial interés las advertencias de San Gregorio sobre la vida espiritual y sobre la contemplación. Como teólogo su originalidad radica en que combina toda la teología tradicional de Occidente sin agregarle nada. Comúnmente, sigue a Agustín como teólogo, comentador y predicador. Sus sermones son admirablemente prácticos; son modelos de lo que debe ser un buen sermón. Después de San Gregorio, hubo algunos grandes Papas cuyas cartas son dignas de estudio, tales como las de Nicolás I y Juan VIII; pero éstos y muchos otros escritores posteriores de Occidente pertenecen propiamente al período medieval. San Gregorio de Tours es ciertamente medieval, aunque el erudito Beda es bastante patrístico. Su gran historia es la más fidedigna y perfecta historia que podemos encontrar en los primeros siglos.

(2) En Oriente, la última mitad del siglo V fue muy estéril; el siglo VI no fue mucho mejor. La importancia de San Leoncio de Bizancio (m. 543) para la historia del dogma sólo ha sido considerada últimamente. Los poetas y hagiógrafos, cronistas, canonistas y escritores ascéticos se sucedían unos a otros; las catenas a modo de comentarios eran la orden del día. Debemos nombrar a Máximo Confesor, Anastasio del Monte Sinaí y Andrés de Cesarea. El primero de éstos comentó sobre las obras del seudo Dionisio el Pseudo-Areopagita, la cual probablemente había visto la luz hacia fines del siglo V. San Juan Damasceno (c. 750) concluye el período patrístico con sus polémicas contra las herejías, sus escritos exegéticos y ascéticos, sus bellos himnos y sobre todo su “Fuente de Sabiduría”, la cual es un compendio de teología patrística y una especie de anticipación al escolasticismo. Sin dudas, las “Summae Theologicae” de la Edad Media se basaron en las “Sentencias” de Pedro Lombardo, quien tomó el esqueleto de su obra del último de los Padres griegos (San Juan Damasceno) .

Características de los Escritos patrísticos

Comentarios

Hemos visto que la escuela literal de exégesis tiene su hogar en Antioquía, mientras que la escuela alegórica era alejandrina, y todo Occidente en general siguió el método alegórico, mezclando el literalismo con ella en varios grados. Los escritores de la escuela antioquena del siglo IV, tales como Teodoro de Heraclea y Eusebio de Emesa, se perdieron debido a la sospecha de arrianismo, y el cargo de nestorianismo causó la desaparición de la mayor parte los comentarios de Diodoro de Tarso y Teodoro de Mopsuestia. La escuela alejandrina ha perdido aún más, pues del gran Orígenes no quedan sino fragmentos y en versiones no confiables. Los grandes de Antioquía, Crisóstomo y Teodoreto tienen una comprensión real del sentido del texto sagrado. Lo tratan con reverencia y amor y sus explicaciones tienen un valor profundo porque el lenguaje del Nuevo Testamento era su propia lengua, de manera que los modernos no podemos descuidar sus comentarios. Por el contrario, Orígenes el plasmador del tipo de comentario alegórico, quien había heredado la tradición filónica de los judíos alejandrinos, era esencialmente irreverente con los autores inspirados. Para él, el Antiguo Testamento estaba lleno de errores, mentiras y blasfemias, en cuanto a la letra concernía, y su defensa de él contra los paganos, los gnósticos, y especialmente los marcionistas, era sólo para puntualizar al significado espiritual. Teóricamente, distinguía un sentido triple, el somático, el psíquico y el neumático, siguiendo la tricotomía de San Pablo; pero en la práctica otorgó principalmente el espiritual como opuesto al corporal o literal.

A veces San Agustín defiende el Antiguo Testamento contra los maniqueos en el mismo estilo y ocasionalmente de un modo no tan convincente, pero con gran moderación y reserva. En su “De Genesi ad litteram”, con su usual brillante originalidad, había desarrollado un método mucho más efectivo, y demuestra que las objeciones traídas contra la verdad de los primeros capítulos del libro invariablemente descansan sobre la asunción infundada que el objetor ha encontrado el verdadero significado del texto. Pero Orígenes aplicó su método, aunque parcialmente, incluso al Nuevo Testamento y consideraba a los Evangelistas como a veces falsos en la letra, pero como guardando la verdad en un significado espiritual escondido. En este punto el buen sentido de los cristianos evito que le siguieran. Pero el brillante ejemplo que dio al desenfrenarse en la fantástica exégesis que su método alentó, tuvo una influencia desafortunada. Es aficionado a dar una variedad de explicaciones a un solo texto, y su promesa de no sostener nada que no pueda ser probado desde las Escrituras, se torna ilusorio cuando muestra con ejemplos que cualquier parte de las Escrituras puede significar cualquier cosa que a él le plazca.

El genio reverente de los escritores posteriores y especialmente de los occidentales, prefería representar la alegoría como el verdadero significado del escritor sagrado, la que les parecía ser la más obvia. En sus bellas obras sobre los Salmos San Ambrosio y San Agustín más bien espiritualizan o moralizan antes que alegorizar, y sus interpretaciones imaginativas son principalmente de eventos, acciones, números, etc. Pero casi toda interpretación alegórica es tan arbitraria y depende tanto del capricho del exégeta que es difícil reconciliarla con la reverencia, sin embargo, uno podría quedar maravillado por la belleza de mucha de ella. El ingenioso autor de las pseudo-clementinas excogitó una forma alternativa de defender el Antiguo Testamento: afirma que ha sido depravado e interpolado. El saber de San Jerónimo hizo única su exégesis; frecuentemente provee explicaciones alternativas y se refiere a los autores que las han adoptado. Desde mediados del siglo V en adelante, comentarios de segunda mano son universales tanto en Oriente como en Occidente y la originalidad desaparece casi por completo. Andrés de Cesarea es quizás la excepción, pues comentó sobre el libro que escasamente ha sido leído en el Oriente, el Apocalipsis.

No faltaron discusiones del método. Clemente de Alejandría da “los métodos tradicionales”, el literal, típico, moral y profético. La tradición viene obviamente del rabinismo y debemos admitir que tiene a su favor la práctica de San Mateo y San Pablo. San Agustín teorizó sobre este asunto incluso más que Orígenes. En su “De Doctrina Cristiana” provee elaboradas reglas de exégesis. En otras partes distingue cuatro sentidos de la Escritura: histórico, aetiológico (económico), analógico (donde el Nuevo Testamento explica el Antiguo Testamento) y alegórico (“De Util. Cred.”, 3; cf “De Vera Rel”, 50). El libro de reglas compuesto por el donatista Ticonio tiene una analogía en los “cánones” más pequeños de las Epístolas de San Pablo por Prisciliano. Adrián de Antioquia fue mencionado más arriba. El Papa San Gregorio I Magno compara las Escrituras con un río tan poco profundo que un cordero puede caminar en él, tan profundo que un elefante puede flotar (Pref. "Morales sobre Job”). Distingue el sentido histórico o literal, el moral y el alegórico o típico. Si los Padres occidentales son imaginativos, aun así esto es mejor que el extremo literalismo de Teodoro de Mopsuestia, quien rehusó alegorizar incluso el Cantar de los Cantares.

Predicadores

Tenemos sermones de la Iglesia Griega mucho mas antiguos que de la Latina. Ciertamente, Sozomeno nos dice que, hasta su época (c. 450), no habían sermones públicos en las iglesias en Roma, lo cual parece casi increíble. Sin embargo, los sermones de San León son ciertamente los primeros predicados en Roma que nos han llegado, pues los de [[San Hipólito estaban todos en griego; a no ser que la homilía “Adversus Alcatores” sea un sermón de un antipapa novaciano. La series de predicadores latinos comenzó a mediados del siglo IV y La llamada “Segunda Epístola de San Clemente” es una homilía perteneciente posiblemente al siglo II. Muchos de los comentarios de Orígenes son una serie de sermones, como es el caso luego con todos los comentarios de Crisóstomo y muchos de los de San Agustín.

En muchos casos los tratados se componen de una serie de sermones, como, por ejemplo, es el caso de algunos de los de San Ambrosio, quien al parecer reescribió sus sermones luego de pronunciados. El “De Sacramentis” puede ser posiblemente la versión de un escritor taquígrafo de la serie que el santo mismo editó bajo el título “De Misteriis”. De todos modos el “De Sacramentis” (ya sea o no de San Ambrosio) tiene una frescura y candor que ciertamente no aparece en el “De Mysteriis” auténtico. Similarmente la gran serie de sermones predicados por San Crisóstomo en Antioquía fueron evidentemente escritos o corregidos por su propia mano, pero los que pronunció en Constantinopla o fueron corregidos rápidamente o no del todo. Sus sermones sobre los Hechos, que nos han llegado en dos textos bastante distintos en los manuscritos, probablemente los conocemos sólo en las formas en que fueron tomados por dos diferentes taquígrafos. San Gregorio Nacianceno se queja de la inoportunidad de aquellos taquígrafos (Orat. XXXII), como San Jerónimo lo hace de su incapacidad (Ep. LXXI, 5). Evidentemente su arte estaba altamente perfeccionado, y nos han llegado algunos de estos especimenes. Eran empleados oficialmente en los concilios (por ejemplo, oímos de ellos en la gran conferencia con los donatistas en Cartago en el año 411). Parece ser que muchos o la mayoría de los obispos en el Concilio de Éfeso (449) tenían sus propios taquígrafos con ellos. El método de tomar notas y de amplificar se ilustra a partir de las Actas del Concilio de Constantinopla del 27 de abril de 449, en el cual se examinaron las minutas que habían tomado los taquígrafos en el concilio realizado unas pocas semanas antes.

Muchos de los sermones de San Agustín son ciertamente de notas taquigráficas. No tenemos certeza respecto a los otros, porque el estilo de los escritos es tan coloquial que es difícil llegar a algún criterio. Los sermones de San Jerónimo en Belén, publicados por Dom Morin, vienen de informes taquigráficos y los discursos mismos eran conferencias improvisadas sobre las porciones de los Salmos o de los Evangelios que habián sido cantados en la liturgia. El orador a menudo era claramente precedido por otro sacerdote, y en el Día de Navidad en Occidente, el cual sólo guardaba su comunidad, el obispo estaba presente y hablaba al final. De hecho, el peregrino Ætheria nos relata que en el siglo IV en Jerusalén todos los sacerdotes presentes hablaban en turnos, si así lo decidían, y el obispo lo hacía al final. Tales comentarios improvisados estaban realmente lejos de los discursos oratorios de San Gregorio Nacianceno, de los encumbrados vuelos de Crisóstomo, del torrente de repeticiones que caracteriza los cortos sermones de San Pedro Crisólogo, de las diáfanas frases de Máximo de Turín, y los ritmos ponderados de León el Grande. No es necesario describir aquí la elocuencia de estos Padres. En Occidente, podemos agregar en el siglo cuarto a San Gaudencio de Brescia; algunas pequeñas colecciones de interesantes sermones aparecen en el siglo V; el VI abre con las numerosas colecciones hechas por San Cesáreo para uso de los predicadores. Prácticamente no hay edición de las obras de este eminente y práctico obispo. El Papa San Gregorio I (aparte de algunas fantásticas exégesis) es el predicador más práctico de Occidente. Nadie puede ser más admirable para ser imitado que San Crisóstomo. Los escritores de estilo más florido están menos seguros de ser copiados. El estilo de San Agustín es demasiado personal como para ser un ejemplo, y muy pocos han sido tan eruditos, tan grandes y preparados, que se puedan aventurar a hablar tan simplemente como lo hace él a menudo.

Escritores

Los Padres no pertenecen al período estrictamente clásico del lenguaje griego ni latín; pero esto no implica que escribieran mal latín o griego. La forma conversacional del “coiné” o dialecto griego común, el cual se encuentra en el Nuevo Testamento y en muchos papiros, no es el lenguaje de los Padres, excepto de los muy antiguos. Pues los Padres griegos escriben en un estilo más clásico que la mayoría de los escritores del Nuevo Testamento; ninguno de ellos usa el griego vulgar o sin gramática, mientras que algunos imitan el ático clásico, por ejemplo, los capadocios y Sinesio. Los Padres latinos a menudo son menos clásicos. Tertuliano fue un Carlyle latino; conocía el griego y escribió libros en esa lengua e intentó introducir términos eclesiásticos al latín. El “Ad Donatum” de San Cipriano, probablemente su primer escrito cristiano, muestra una preciosidad apuleyana que evitó en todas sus demás obras, pero la cual su biógrafo Poncio ha imitado y exagerado. Hombres como Jerónimo y Agustín quienes tenían un conocimiento acabado de la literatura clásica, no podrían usar trucos de estilo, y cultivaron una manera que pudo haber sido correcta, aunque simple y al grano; sin embargo, su estilo no pudo haber sido el que fue sino por sus estudios previos, pues el latín hablado de todos los siglos patrísticos fue muy diferente al escrito.

Tenemos ejemplos de la lengua vulgar aquí y allá en las cartas del Papa San Cornelio según editadas por Mario Mercator, en el siglo III, o en la Regla de San Benito en Wölfflin o en las ediciones de Dom Mona en el VI. En el último encontramos modernismos tales como “cor murmurantem”, “post quibus”, “cum responsoria sua”, lo cual muestra cómo la confusión de géneros y casos de los clásicos fueron desapareciendo hacia una simplicidad de italiano más razonable. Alguno de los Padres usan los finales rítmicos de los “cursos” en su prosa; algunos tienen los finales acentuados posteriores, los cuales fueron corrupciones de las prosódicas correctas. Ejemplos familiares de lo anterior están en las más antiguas oraciones Colectas de la Misa; del último el Te Deum es un caso obvio.

Oriente y Occidente

Antes de hablar de las características teológicas de los Padres, debemos tomar en cuenta la gran división del Imperio Romano en dos lenguajes, pues el lenguaje es el gran separador. Cuando dos emperadores dividieron el Imperio, no fue precisamente de acuerdo al lenguaje; ni las divisiones eclesiásticas fueron más exactas, dado que la gran provincia de Ilírico, incluyendo Macedonia y toda Grecia, estuvo más vinculada a Occidente por lo menos durante una gran parte del período patrístico, y era gobernada por el arzobispo de Tesalónica, no como su exarca o patriarca, sino como legado papal. Pero al considerar las producciones literarias de la época, debemos clasificarlas como latinas o griegas, y esto es lo que denotamos aquí por Occidente y Oriente.

La comprensión de las relaciones entre griegos y latinos es a menudo oscura por ciertas predisposiciones. Hablamos del “inmutable Oriente”, de los filosóficos griegos como opuestos a los prácticos romanos, del reposado pensamiento de la mente oriental contra la rapidez y la clasificación metódica que caracteriza la inteligencia occidental. Todo esto es bastante desorientador y es importante volver a los hechos. En primer lugar, el Oriente se convirtió mucho más rápidamente que Occidente. Cuando Constantino hizo del cristianismo la religión establecida de ambos imperios desde el año 323 en adelante, existía un notable contraste entre los dos. En Occidentr el paganismo tenía en todas partes una gran mayoría, excepto posiblemente en África. Pero en el mundo griego, el cristianismo era bastante igual a las antiguas religiones en influencia y números; en las grandes ciudades incluso podría ser predominante, y algunos pueblos eran prácticamente cristianos. Debe ser sustancialmente cierta la historia relatada por San Gregorio Taumaturgo, que encontró sólo diesisiete cristianos en Neocesarea cuando se convirtió en obispo, y que dejó la misma ciudad con sólo diesisiete paganos cuando murió (c. 270-5). Tal historia en Occidente podría ser absurda. Las villas en los países latinos se mantuvieron firmes por mucho tiempo, y los paganos retuvieron el culto a los antiguos dioses incluso después de que fueron nominalmente cristianizados. Por el contrario, en Frigia villas completas eran cristianas mucho antes de Constantino, aunque es cierto que en otros sitios algunos pueblos eran todavía paganos en el tiempo de Juliano, de lo cual Gaza en Palestina es un ejemplo; pero luego Maiouma, el puerto de Gaza, se convirtió al cristianismo.

Debemos señalar, entre otras, dos consecuencias de esta rápida evangelización del Oriente. En primer lugar, mientras el lento progreso de Occidente fue favorable a la preservación de la inmutable tradición, la rápida conversión del Oriente estuvo acompañada por un ágil desarrollo el cual, en la esfera del dogma, fue precipitado, desigual y lleno de errores. En segundo lugar, incluso durante la época heroica de la persecución, la religión oriental participó del mal que Occidente sintió tan profundamente después de Constantino, es decir, en la agrupación en la Iglesia de multitudes que estaban sólo medio cristianizados, porque era lo que estaba de moda o porque se veían parte de las bellezas de la nueva religión y de los absurdos de la antigua. Realmente tenemos escritores cristianos en Oriente y Occidente, tales como Arnobio, y en alguna medida Lactancio y Julio Africano, que muestran que sólo estaban medio instruidos en la fe. Este debió ser mayormente el caso entre la gente en Oriente. En Oriente se consideró menos la tradición y la fe era menos profunda que en las comunidades occidentales más pequeñas. Además, los escritores latinos comenzaron en África con Tertuliano justo antes del siglo III, en Roma con Novaciano justo a mediados del siglo III, y en España y la Galia no hasta el IV. Pero Oriente tuvo escritores en el siglo I y numerosos en el II; había escuelas gnósticas y cristianas en los siglos II y III. Ciertamento hubo escritores griegos en Roma en los dos primeros siglos y parte del III, pero fueron olvidados cuando la Iglesia Romana se latinizó; los escritores latinos no citan a Clemente ni a Hermas; olvidaron completamente a San Hipólito, excepto su crónica y su nombre se tornó simplemente un tema legendario.

Aunque Roma fue poderosa y venerada en el siglo II, y aunque su tradición permaneció intacta, el rompimiento en su literatura fue completo. La literatura latina es, por lo tanto un siglo y medio más joven que la griega; sin duda es prácticamente dos siglos y medio más joven. Tertuliano estuvo solo y se volvió un hereje. Hasta medidaos del siglo IV había aparecido sólo un Padre para la disertación espiritual de los cristianos latinos educados y es natural que la versometría, editada (quizás semi oficialmente) bajo el Papa Liberio para el control de los precios de los libros, produjo las obras de San Cipriano así como también los libros de la Biblia Latina. Esta posición única de San Cipriano fue incluso reconocida a principios del siglo V. Desde Cipriano (m. 258) a Hilario hubo escasamente un libro latino que pudiera ser recomendado para lectura popular excepto el "De mortibus persecutorum", de Lactancio y en él no había teología del todo. Incluso un poco después, los comentarios de Victorino el Retórico no tenían valor y los de Isaac el Judío (¿) eran extraños. El único período vigoroso de la literatura latina es sólo el siglo que termina con León (m. 461). Durante aquel siglo, Roma había sido repetidamente capturada o amenazada por los bárbaros; los vándalos arrianos, además de devastar Italia y Galia, habían casi destruido el catolicismo de España y África; la Bretaña cristiana había sido asesinada en la invasión inglesa. No obstante, Occidente había sido capaz de rivalizar con Oriente en rendimiento y en elocuencia e incluso superarlo en conocimientos, profundidad y variedad. La hermana mayor sabía poco de éstas producciones, pero Occidente estaba provista con un considerable cuerpo de traducciones del griego, incluso en el siglo IV. En el siglo VI, Casiodoro se preocupó de aumentar la cantidad, lo cual dio a los latinos una mayor perspectiva, e incluso se resistió con vigor persistente el decaimiento del aprendizaje que Casiodoro y Agapito no pudieron remediar, y el cual el Papa San Agatón deploró tan humildemente en su carta al concilio griego de 680.

En Constantinopla, los medios de instrucción eran abundantes, y existían muchos autores; sin embargo, hubo una declinación gradual hasta el siglo XV. Los escritores más notables son como destellos en medio de ascuas moribundas. Había cronistas y cronógrafos, aunque con escasa originalidad. Incluso el monasterio de Studion es apenas un despertar literario. En Oriente no hay entusiasmo como el de Casiodoro, de Isidoro, de Alcuino, en medio de un mundo bárbaro. Focio tenía excelentes bibliotecas a su disposición, sin embargo Beda era un erudito mayor y probablemente sabía más de Oriente que Focio sabía de Occidente. Las industriosas escuelas irlandesas que propagaban el saber en todas partes de Europa no tenían paralelo en el mundo Oriental. Fue sólo después del siglo V que el Oriente comenzó a ser “inmutable”. Y en la medida que el vínculo con Occidente creció menos y menos continuamente, su teología y literatura se tornaron más y más momificadas; mientras que el mundo latino floreció de nuevo con un San Anselmo, con un perspicaz Agustín, un Bernardo, rival de Crisóstomo, un Aquino, príncipe de los teólogos.

Por lo tanto, vemos en los primeros siglos un movimiento doble, del cual debemos hablar en forma separada: un movimiento oriental de teología, por el cual el Occidente impuso sus dogmas sobre el reticente Oriente, y un movimiento occidental sobre asuntos mas prácticos---organización, liturgia, ascética, devoción--- por el cual Occidente asimiló la rápida evolución de los griegos. Primero, consideremos el movimiento teológico.

Teología

A través del siglo segundo, la porción Griega de la Cristiandad engendró herejías. La multitud de escuelas Gnósticas intentó introducir todo tipo de elementos extraños a la Cristiandad. Aquellos que enseñaron y les creyeron no comenzaron de una creencia en la Trinidad y la Encarnación tal como nosotros estamos acotumbrados. Marión no formó una escuela sino una Iglesia; su Cristología estaba muy alejada de la tradición. Los montanistas provocaron un cisma el cual conservó las creencias y prácticas tradicionales, pero afirmaron una nueva revelación. Los líderes de todos los nuevos puntos de vista llegaron a Roma e intentaron ganar allí una base; todos fueron condenados y excomunicados. Al final del siglo, Roma tenía todo el Este concordando con su tradicional regla que la Pascua de Resurrección debía celebrarse un Domingo. Las Iglesias del Asia Menor tenían una costumbre diferente. Uno de sus obispos protestó. Aunque parece ser que se sometieron casi de inmediato. En las primeras décadas del siglo tercero, Roma imparcialmente repelió herejías opuestas, aquellas que identificaban las tres Personas de la Santísima Trinidad sólo con una distinción modal (Monaruistas, Sebelianos, “Patripasianos”) y aquellos que, por el contrario, hicieron de Cristo un mero hombre o al parecer atribuían al Verbo de Dios un ser distinto de aquel del Padre. Esta última concepción, para nuestra sorpresa, es asumida, al parecer, por los primeros Griegos apologistas, aunque en variado lenguaje; Atenágoras (quien como ateniense pudo haber tenido relación con Occidente) es el único que afirma la Unidad de la Trinidad. Hipólito (de alguna manera diverso en la “Contra Neitum” y en la “Philosophumena” si ambas son suyas) enseñó la misma división del Hijo del Padre como tradicional y el registra que el Papa Calixto lo condenó por Diteísta. Como muchos otros, Orígen hace la procesión del Verbo dependiente de Su oficio de Creador; Y si es lo suficientemente ortodoxo como para hacer la procesión, eterna y necesaria, esto es solo porque ve a la Creación misma como necesaria y eterna. Su pupilo, Dionisio de Alejandría, al combatir a los Sabelinos, quien no admitió una distinción real en la Divinidad, manifestó la característica debilidad de la teología Griega, aunque algunos de sus propios Egipcios estaban mas en lo correcto que su patriarca y apelaron a Roma. El Alejandrino escuchó al Romano Dionisio, en todo respetó la inmutable tradición e intachable ortodoxia de la Sede de Pedro; su apología acepta la palabra "consubstancial", y explica, sin sincera duda, que nunca ha querido decir otra cosa; pero tuvo que aprender a ver más claramente sin reconocer cuan desafortunadamente puso en palabras sus argumentos anteriores.

El no estaba presente cuando un concilio, principalmente de Origenistas, justamente condenó a Pablo de Samosata (268); y estos obispos, sosteniendo el punto de vista tradicional de Oriente, rehusaron usar la palabra “consubstancial” por ser muy Sabelina. Los Arianos, discípulos de Luciano, rechazaron (como lo hizo el mas moderado Eusebio de Cesarea) la eternidad de la Creación, y fueron lo suficientemente lógicos como para argumentar que consecuentemente “hubo (antes del tiempo) cuando el Verbo no era” y que El fue una criatura. Todo el Cristianismo se horrorizó; pero Oriente fue rápidamente aplacado con vagas explicaciones y luego de Nicea, el Arianismo real, desenmascarado, difícilmente se mostró por cerca de cuarenta años. El punto más alto de ortodoxia que Oriente pudo alcanzar es mostrado en las admirables disertaciones de San Cirilo de Jerusalem. Hay un solo Dios, - enseñó – que es el Padre, y Su Hijo es igual a El en todo, y el Espíritu Santo es adorado con Ellos; no podemos separarlos en nuestra adoración. Pero el no se pregunta cómo es que no hay tres Dioses; no usará la palabra niceana “consubstancial” y nunca sugiere que hay una Divinidad común a las tres Personas. Si vemos a los Latinos, todo es diferente. El monoteísmo esencial del Cristianismo no es guardado en Occidente con sólo decir que hay “un Dios el Padre” como en todos los credos Orientales, sino que los teólogos enseñan la unidad de la esencia divina, en la cual subsisten tres Personas. Si Tertuliano y Novaciano usan el lenguaje subordinacionista del Hijo (tal vez prestado de Oriente) tiene poca consecuencia si lo comparamos con su doctrina principal, que hay una sustancia del Padre y del Hijo. Calixto excomulgó igualmente a aquellos que negaron la distinción de Personas, y a aquellos que rehusaron afirmar la unidad sustancial. El Papa Dionisio estaba impresionado que su homónimo no usara la palabra “consustancial”- esto es mas de sesenta años antes de Nicea. En aquel gran concilio un obispo occidental tuvo el primer lugar con dos sacerdotes romanos, y el resultado de la discusión es que la palabra romana “consustancial” se impone sobre todas las demás. En Oriente, el concilio logra una conspiración de silencio; los Orientales no usarían la palabra. Incluso Alejandría, que había mantenido la doctrina de Dionisio de Roma, no está convencida que la política era buena, y Atanasio gasta su vida luchando por Nicea, aunque raramente usa la palabra crucial. Tomó medio siglo a los Orientales digerirlo; y cuando lo hicieron, no sacaron todo el provecho de su significado. Es curioso cuan poco interés, incluso de Atanasio por la Unidad de la Trinidad, la cual raramente menciona excepto al citar al Dionisio; es Didymus y los Cappadocianos que parafrasearon la doctrina Trinitaria hasta cierto dado el punto que con los siglos fuera consagrada – tres hipóstasis, una usia; aunque esto es meramente la traducción convencional de la antigua fórmula Latina, aunque nueva para Oriente. Si volvemos a los tres siglos, el segundo, tercero y cuarto de los que hemos estado hablando, podemos ver que la Iglesia griego-parlante enseñó la Divinidad del Hijo y Tres Personas inseparables, y un Dios, el Padre, sin ser filosóficamente capaces de armonizar estas concepciones. Los intentos que se hicieron, fueron a veces condenados como herejía en la unica dirección o la otra, o a lo más, llegaron a explicaciones insatisfactorias y erróneas, tales como la distinción del logos endiathetos y el logos prophorikos o la afirmación de la eternidad de la Creación. La Iglesia Latina siempre preservó la simple tradición de tres Personas distintas y una Esencia divina. Debemos juzgar a los Orientales de haber comenzado de una tradición menos perfecta, porque sería muy duro acusarlos de perversión voluntaria. Pero muestran su amor por distinciones sutiles al mismo tiempo queda desnudo su deseo de comprensión filosófica. La gente común hablaba de teología en las calles; aunque los teólogos profesionales no veían que la raíz de la religión fuera la unidad de Dios y eso, al parecer es mejor ser un Sabelino que un Semi-Ariano, Hay algo mitológico en sus concepciones, incluso en el caso de Origen aunque, sin embargo fuera un pensador importante en comparación con otros antiguos. Sus concepciones del Cristianismo dominaron Oriente por algún tiempo, pero un Cristiano Origenista no podría haber influenciado al mundo moderno.

La concepción Latina de la doctrina teológica, por otro lado, no era por ningún motivo una mera adherencia a una tradición incomprendida. Los Latinos en cada controversia en estos siglos primitivos comprendieron el punto principal y lo preservaron ante todos los peligros. Nunca, por un instante permitieron que la unidad de Dios se oscureciera. La igualdad del Hijo y su consustancialidad fueron consideradas necesarias a aquella unidad. La idea Platónica de la necesidad de un mediador entre el Dios trascendente y la Creación no los enredó, porque lo tenían muy claro como para suponer que pudiera haber nada a medio camino entre lo finito y lo infinito. En una palabra, los Latinos son filósofos y los orientales no. El Este puede especular y disputar sobre teología pero no pueden atrapar una gran visión. De acuerdo a esto que fue en Occidente, luego que los problemas fueron superados, que la doctrina Trinitaria fue completamente sistematizada por Agustín; en Occidente fue formulado el credo Atanasio. La misma historia se repite en el siglo quinto. La herejía filosófica de Pelagio nació en Occidente y sólo en Occidente pudo ser exorcizada. Las escuelas de Antioquia y Alejandría, cada una insistía sobre un lado de la cuestión de la unión de las dos Naturalezas en la Encarnación; un Escuela cayó en el Nestorianismo, la otra en el Eutyquianismo, aunque los líderes fueran ortodoxos. Pero ni Cirilo ni el gran Theodoret fueron capaces de levantarse sobre la controversia y expresan las dos verdades complementarias en una doctrina consistente. Sostenían lo que San Leo sostuvo; aunque, omitieron sus interminables argumentos y pruebas, el escritor Latino puso en palabras la verdadera doctrina de una vez por todas, porque la consideraba filosóficamente. No es sorpresa que el mas popular de los Padres orientales haya siempre sido el no teologo Crisóstomo, mientras que el mas popular de los Padres Occidentales es el filósofo Agustín. Desde que Oriente fue seccionado de Occidente, no contribuyó en nada a la dilucidación y desarrollo del dogma y cuando estuvieron unidos, su contribución fue mayormente el poner dificultades que Occidente tuvo que desenredar. Pero Occidente ha continuado sin cesar su trabajo de exposición y evolución. Luego del siglo quinto no hay mucho desarrollo o definición en el período patrístico; los dogmas definidos, necesitaron solo una referencia a la antigüedad. Pero una y otra vez, Roma debió imponer sus dogmas sobre Bizancio – 519, 680 y 786 son fechas famosas que toda la Iglesia Oriental tuvo que aceptar un documento papal por el bien de la reunificación, y los intervalos entre estas fechas entregaron menos instancias. La Iglesia Oriental siempre ha poseído una creencia tradicional en la tradición romana y en el deber de recurrir a la Sede de Pedro; los Arianos lo expresaron cuando escribieron al Papa Julius lamentando la interferencia- Roma – decían – era “la metrópolis de la fe desde el principio”. En los siglos sexto, séptimo y octavo, la lección había sido completamente aprendida y Oriente proclamó las prerrogativas papales y apeló a ellas con un fervor cuya experiencia ha enseñado ser apropiada. En una reseña como esta, no se pueden tomar en consideración todos los elementos. Es obvio que la teología oriental tuvo una gran y variada influencia sobre la Cristiandad Latina. Pero la verdad esencial es que Occidente pensó mas claramente que Oriente, al tiempo que preservó con mayor fidelidad una tradición mas explícita en relación a los dogmas cardinales y que Occidente impuso sus doctrinas y definiciones sobre Oriente y repetidamente, si fue necesario reafirmó y se les reimpusieron.

Disciplina, Liturgia, Ascética

De acuerdo a la tradición, la multiplicación de obispados, de modo que cada ciudad tuviera su propio obispado, comenzó en la provincia de Asia bajo la dirección de San Juan. El desarrollo no fue parejo. Debió haber habido una sede en Egispo a fines del siglo segundo, aunque había una gran cantidad en todas las provincias del Asia Menor y una gran cantidad en Fenicia y Palestina. Agrupados bajo sedes metropolitanas comenzó en aquel siglo en Oriente, y en el siglo tercero, esta organización fue reconocida como materia supuesta. Sobre las metropolitanas, estaban los patriarcas. Este método de agrupación fue divulgado en Occidente. Al principio Africa tenía las sedes más numerosas; en la mitad del siglo tercero había alrededor de cien, y pronto aumentaron a más de cuatro veces ese número. Pero cada provincia de Africa no tenía una sede metropolitana; solo una presidencia fue de acuerdo al obispo mayor, excepto en Proconsularis, donde Cártago era la metrópolis de la provincia y su obispo era el primero en todo Africa. Sus derechos son indefinidos, aunque su influencia fue grande. Aunque Roma estaba cerca, y el papa ciertamente tenía mucho más poder que el actual, como también mayor derecho reconocido que el primado; vemos esto en los tiempos de Tertuliano, y se mantiene cierto a pesar de la resistencia de Cipriano. Los otros paises, Italia, España, Galia, fueron gradualmente organizados de acuerdo al modelo Griego y fue adoptada la metrópolis Griega, el patriarcado. Los Concilios fueron realizados al principio en Occidente. Pero los canones disciplinarios fueron decretados primero en Oriente. Los Concilios más grandes de San Cipriano, no pasaron ningún cánon y este santo consideró que cada obispo era responsable sólo ante Dios por el gobierno de su diócesis; en otras palabras, no conoció ley canónica. La fundación de la ley canónica está en los canones de los concilios de Oriente, los cuales abren la colección Occidental. A pesar de esto, no necesitamos suponer que Oriente fuese más regular, o mejor gobernado que Occidente, donde los papas guadaban orden y justicia. Pero Oriente tenía comunidades más grandes, y se desarrollaron más completamente, y por lo tanto, surgió más temprano la necesidad de comprometerse con reglas definitivas por escrito.

El gusto florido de Oriente, pronto decoró la liturgia con bellas carnosidades. Muchas de tales excelentes prácticas llegaron hasta Occidente; los ritos Latinos prestaron oraciones y canciones, antífonas, cantos antifonales, el uso del allelluya, de la doxología, etc. Si Oriente adoptó el día de Navidad Latina, Occidente no solo importó la Epifanía Griega, sino fiesta tras fiesta en los siglos cuarto, quinto, sexto y séptimo. Occidente se unió en la devoción a los mártires orientales. El honor y amor especial a Nuestra Señora es al principio característico de Oriente (excepto Antioquía) y luego conquistó Occidente. El precintar los cuerpos de los santos como reliquias con propósitos devocionales, se divulgó por todo Occidente desde Oriente; solo Roma se mantuvo fuera hasta el tiempo de San Gregorio el Grande, contra lo que pudo pensarse como una irreverencia en lugar de un honor a los santos. Si los tres primeros siglos están llenos de peregrinaciones a Roma desde Oriente, aun desde el siglo cuarto hacia delante, Occidente de unió a Oriente en hacer de Jerusalem el objetivo principal de tales viajes píos; y estos viajeros trajeron consigo muchos conocimientos desde Oriente a las más alejadas partes de Occidente.

El Monasticismo comenzó en Agripto con Pablo y Antonio, y se diseminó desde Egipto hasta Siria; San Atanasio trajo el conocimiento de el hacia Occidente y el monaquismo Occidental de Jerónimo y Agustín, de Honoratus y Martín, de Benedicto y Columba siempre miró hacia Oriente, a Antonio y Pacomius e Hilarion y sobretodo a Basilio, por sus modelos mas perfectos. La edifición de la literatura en la forma de las vidas de los santos comenzó con Atanasio y fue imitada por Jerónimo. Pero los escritores Latinos, Rufinus y Casiano, dieron cuenta del monaquismo Oriental y Palladius y los escritores griegos posteriores fueron tempranamente traducidos al Latin. Pronto, sin duda habían vidas de santos Latinos de las cuales aquella de San Martín fue la mas famosa aunque el año 600 casi había llegado cuando San Gregorio el Grande sintió aún que era necesario protestar que se podían encontrar tan buenas en Italia como en Egipto y Siria, y publicó sus diálogos para probar su punto, entregando así una edificante historia de su propio pais para poner de lado las viejas historias de los monjes. Aquí estaría fuera de lugar entrar en los detalles de estos temas. Se ha dicho suficiente para mostrar que Occidente prestó, con simplicidad de mente abierta y humildad, del viejo Oriente, todo tipo de formas prácticas y utiles en asuntos eclesiales y en la vida Cristiana. La recíproca influencia en asuntos prácticos de Occidente sobre Oriente era naturalmente, muy poca.

Materiales Históricos

Los principales historiadores antiguos del período patrístico fueron mencionados con anterioridad. No siempre pueden ser completamente creibles. Los continuadores de Eusebio, esto es, Rufinus, Sócrates, Sozomen, Theodoret, no pueden ser comparados con el mismo Eusebio, porque este industrioso prelado afortunadamente nos ha legado en vez, una colección de invaluables materiales, más que una historia. Su “vida” o mejor “Panegírico de Constantito” es menos afortunado por su contenido que por sus omisiones políticas. Eusebio encontró sus materiales en la biblioteca de Pamfilo en Cesarea y aún más en aquella dejada por el Obispo Alejandro en Jerusalem. Cita colecciones de documentos mas antiguos, las cartas de Dionisio de Corintio, Dionisio de Alejandría, Serapión de Antioquia, algunas de las epístolas enviadas al Papa Victor por concilios todo lo largo de la Iglesia, además de utilizar a más antiguos escritores de historias o memorias tales como Papias, Hegesippus, Apollonius, un anónimo oponente de los Montanistas, el “Pequeño Laberinto” de Hipólito (¿), etc. Los principales agregados que podemos hacer a estos preciosos remanentes son, primero, San Ireneo sobre las herejías; luego, las obras de Tertuliano, llenas de valiosa información sobre las controversias de su propio tiempo y lugar y las costumbres de la Iglesia Occidental, y otra información menos valiosa sobre materias más tempranas – menos valiosas, porque Tertuliano es singularmente descuidado y deficiente en su sentido histórico. Luego, poseemos la correspondencia de San Cipriano, comprendiendo cartas de concilios Africanos, de San Cornelio y otros, además aquellas del santo mismo. A toda esta información fragmentaria podemos agregar mucho de San Epifanio, algo de San Jerónimo y también de Photius y cronógrafos Bizantinos. Toda la evidencia Ante-Niceana ha sido catalogada con una gran industria por Harnack con la ayuda de Preuschen y otros en un libro de 1021 páginas, el primer volumen de su invaluable “Historia de la Literatura Cristiana Antigua” A mediados del siglo cuarto, el libro de San Epifanio sobre herejías es erudito pero confuso; es bastante molesto pensar cuan util pudo haber sido que su pío autor hubiese citado sus autoridades por su nombre, como lo hizo Eusebio. Como es, podemos con dificultad, si del todo, descubrir ya sea que sus fuentes son confiables o no. Las vidas de hombres ilustrados de San Jerónimo, son descuidadamente unidas, principalmente desde Eusebio, pero con información adicional de gran valor donde podemos confiar en su precisión. Gennadius de Marsella continuó su obra con gran beneficio para nosotros. Los catalogadores occidentales de herejías, tales como Philastrius, Praedestinatus, y San Agustin, son menos útiles.

Las colecciones de documentos son de la más importante materia de todas. En la controversia Ariana, las colecciones publicadas por San Atanasio en sus obras apologetas son autoridades de primera línea. De aquellas, unidas por San Hilario solo sobrevivieron fragmentos. Otro dossier por el Homoiousian Sabinus, Obispo de Heraclea, fue conocido por Sócrates y podemos seguir su uso por el. Una colección de documentos conectados con los orígenes del donatismo fue hecho el principio del siglo cuarto, y fue anexado por San Optatus a su gran obra. Desafortunadamente, sólo se preservó una parte de ella; pero mucha de la materia perdida es citada por Optatus y Agustín. Un pupilo de San Agustín, Marius Mercator, sucede que estaba en Constantinopla durante la controversia Nestoriana, y formó una interesante colección de pièces justificatives. Reunió un set a cartas correspondientes en relación a controversia Pelagiana. Ireneo, Obispo de Tiro, amasó documentos en conexión con el Nestorianismo, como un informe en su propia defensa. Estos han sido preservados para nosotros como respuesta de un oponente, quien ha agregado un gran número. Otro tipo de colección es aquella de cartas. Las de San Isidoro y San Agustín son inmensamente numerosas, pero contienen poco de historia. Hay mucha mas materia histórica en aquellas (por ejemplo) de San Ambrosio y Jerónimo, Basilio y Crisóstomo. Son numerosas aquellas de los papas y de valor de primera línea; y las grandes colecciones de ellas tambièn contienen cartas dirigidas a los papas. La correspondencia de Leo y de Mormisdas es muy completa. Además de estas colecciones de cartas papales y de decretos, tenemos colecciones separadas de las cuales dos son importantes, la Colectio Avellana y aquella de Esteban de Larisa.

Los Concilios entregan otra fuente importante de historia. Aquellos de Nicea, Sarina, Constantinopla, no nos dejaron Actas, solo algunas cartas y cánones. De los últimos concilios ecuménicos no tenemos solo las Actas detalladas, sino tambien un nùmero de cartas conectadas con ellas. Muchos concilios mas pequeños se han preservados en colecciones posteriores; aquellas hechas por Ferrandus de Cártago y Dionisio el Pequeño merecen atención especial. En muchos casos, las Actas de un concilio son preservadas por otro en el cual son leídas. Por ejemplo en el año 418, un Concilio en Cártago recitó todos los cánones de los concilios plenarios a Africanos anteriores en presencia del pegado papal; El Concilio de Chalcedón incorporó todas las Actras de la primera sesión del Concilio Robber de Éfeso, y las Actas de esa sesión contenían las Actas de dos sínodos de Constantinopla. Las últimas sesiones del Concilio Robber (preservadas solo en Siriaco) contienen un número de documentos en relación a consultas y juicios de prelados. Mucha información de varios tipos han sido derivadas de años anteriores de fuentes Sirías y Cóptas, e incluso de Arabico, Armenio, Persa, Etiopía y Slavonia. No es necesario hablar aquí de los escritos patrísticos como fuentes de nuestro conocimiento de la organiuzación de la Iglesia, geografía eclesiástica, liturgias, ley canónica y procedimientos, arquieología, etc. Sin embargo, las fuentes son, mas o menos las mismas para todos estos aspectos como historia propia.

Estudio Patrístico

Editores de los Padres

Las historias mas antiguas de la literatura patrística están contenidas en la obra de Eusebio y de Jerome "De viris illustribus". Le siguieron Gennadius, quien continuó a Eusebio, por San Isidoro de Sevilla y por San Ildefonso de Toledo. En la Edad Media el más conocido es Sigebert del monasterio de Gembloux (m. 1112), y Trithemius, Abbot de Sponheim y de Würzburg (d. 1516). Entre éstos apareció un monje anónimo de Melk (Mellicensis, c. 1135) y Honorio de Autun (1122-5). Editores antiguos no son escasos; por ejemplo muchas obras anónimas, como el Seudo – Clementino y las Constitutiones Apostólicas habían sido remodeladas mas de una vez; las traducciones de Orígen (Jerónimo, Rufinus y personas desconocidas) recortaron, alteraron, agregaron; San Jerónimo publicó una edición expuragada de Victoninus “Sobre el Apocalipsis”. Pánfilo hizo una lista de los escritos de Orígen y Possidius hizo lo mismo sobre aquellos de Agustín. Las grandes ediciones de los Padres, comenzaron cuando la imprenta se hizo común. Uno de los editores mas antiguos fue Faber Stapulensis (Lefèvre d'Estaples), cuya edición de Dionisio el Areopagita fue publicado el año 1498. El Belga Pamèle (1536-87) publicó mucho. El controversial Feuardent, un Franciscano (1539-1610) hizo algunas buenas ediciones. El siglo dieciséis produjo obras de historia gigantezcas. El Protestante “Centuriators” de Magdeburg describió trece siglos en tanto volúmenes como fueron necesarios (1559-74). El Cardenal Baronius (1538-1607) replicó con su famoso “Annales Acclesiastici” alcanzando el año 1198 (12 vols. 1588-1607). Margguerin de la Bigne, un doctor de la Sorbona (1546-89) publicó su “Biblioteca veterum Patrum” (9 vols. 1577-9) para asistir en la refutación de “Centuriators”.

Los grandes editores Jesuítas eran casi del siglo diecisiete; Gretserus (1562-1625), Fronto Ducaeus (Fronton du Duc, 1558-1624), Andreas Schott (1552-1629), eran editores diligentes de los Padres Griegos. El celebrado Sirmond (1559-1651) continuó publicando a los Padres Griegos y concilios y mucho más desde la edad de 51 hasta los 92. Denis Petau (Petavius, 1583-1652) editó a los Padres Griegos, escribió una cronología y produjo un incomparable libro de teología histórica. "De theologicis dogmatibus" (1044). A estos, debemos agregar el asceta Halloiz (1572-1656) el inescrupuloso Chifflet (1592-1682) y Jean Garnier, el historiador de los Pelagianos (m. 1681). La obras mas grande de la Sociedad de Jesús, es la publicación del “Acta Sanctorum” la cual ha llegado hasta principios de Noviembre en 64 volúmenes. Fue planificada por Rosweyde (1570-1629) como una gran colección de vida de santos; pero el fundador de la obra como nosotros la tenemos, es el famoso John van Bolland (1596-1665). Se unió en 1643 por Henschenius y Papebrochius (1628-1714) y por ende, la Sociedad de los Bollandistas comenzó y continuó a pesar de la supresión de los Jesuitas, hasta la Revolución Francesa de 1794. Fue felizmente revivida en 1836 (Ver BOLLANDISTAS). Otros editores Catòlicos fueron Gerhard Voss (d. 1609), Albaspinaeus (De l'Aubespine, Obispo de Orléans, 1579-1630), Rigault (1577-1654), y Cotelier, doctor de la Sorbonne doctor Cotelier (1629-86). El Domínico Combéfis (1605-79) editó a los Padres Griegos, agregando dos volúmenes a la colección de la Bigne y hizo colecciones de sermones patrísticos. El laico Velasius (de Valois, 1603-70) fue de gran eminencia.

Entre los Protestantes, debemos mencionar al controversial Clericus (Le Clerc, 1657-1736); Obispo Fell de Oxford (1625-86), el editor de Cipriano, con quien debe ser clasificado el Obispo Pearson y Dodwell; Grabe (1666-1711), un Prusiano establecido en Inglaterra; el VçCalvinista Basnage (1653-1723). El famoso Gallican Etienne Baluze (1630-1718), fué un editor muy trabajador. El Franciscano Provenzal, Pagi, publicó un invaluable comentario sobre Baronius en 1689-1705. Pero el logro histórico mas grande fue aquel de un sacerdote secular, Louis Le Nain de Tillemont, cuya "Histoire des Empereurs" (6 vols., 1690) y "Mémoires pour servir à l'histoire ecclésiastique des six premiers siècles" (16 vols., 1693) nunca han sido superadas o igualadas. Otros historiadores son el Cardenal H. Noris (1631-1704); Natalis Alexander (1639-1725) un domínico; Fleury (en Francés, 1690-1719). A Estos debemos agregar el Arzobispo Protestante Usher de Dublin (1580-1656), y muchos canonistas, tales como Van Espen, Du Pin, La Marca, y Christianus Lupus. El Orador Tomasen escribió sobre antiguedades Cristianas (1619-95); el inglés Bingham compuso una gran obra sobre el mismo tema (1708-22). Holstein (1596-1661), un convertido del Protestantismo, fué un bibliotecario del Vaticano y publicó colecciones de documentos. El Orador J. Morin (1597-1659) publicó una famosa obra sobre la historia de las órdenes Sagradas y uno confuso sobre la penitencia. El más importante de los teólogos patrísticos entre los Protestantes ingleses, es el Obispo Bull, quien escribió una respuesta a los puntos de vista de Petavius sobre el desarrollo del dogma titulado “Defensio fidei Nicaenae” (1685). El Girego Leo Allatius (1586-1669) custodio de la Biblioteca Vaticana, fue casi un segundo Bessarion. Escribió sobre el dogma y sobre las obras eclesiásticas de los Griegos. Un siglo después, el Maronita J.S. Assemani (1687-1768) publicó entre otras obras, una “Biblioteca Orientalis” y una edición de Efrem Syrus. Su sobrino editó una inmensa colección de liturgias. El más importante lituriologista del siglo XVII es el Bendito Cardenal Tomáis, un Theatino (1649-1713, beatificado en 1803), el tipo de un santamente sabio.

Los grandes Benedictinos, forman un grupo por sí mismos, porque (aparte de Dom Calmet, un erudito biblico y Dom Ceillier, quien perteneció a la Congregación de San Vannes) todos eran de la congregación de San Maur, los hombres doctos de los cuales fueron dibujados en la Abadía de Saint Germain-des-Prés en Paris. Dom Luc d'Achéry (1605-85) es el fundaador ("Spicilegium", 13 vols.) ; Dom Mabillon (1632-1707) es el nombre más grande, pero estaba principalmente ocupado con la temprana Edad Media. Bernard de Montfaucon (1655-1741) tuvo casi la misma fama (Atanasius, Hexapla de Origen, Chrysostomo, Antiquities, Palaeografía). Dom Coustant (1654-1721) fue el principal colaborador, al parecer, en la gran edición de San Agustín (1679-1700; también cartas de los Papas, Hilario). Dom Garet (Cassiodoro, 1679), Du Friche (San Ambrosio, 1686-90), Martianay (San Jerónimo, 1693-1706, menos exitoso), Delarue (Origen, 1733-59), Maran (con Toutée, Cirilo de Jerusalem, 1720; solo, los Apologetas, 1742; Gregorio Nazianceno, incompleto), Massuet (Irenaeus, 1710), Sta.-Marta (Gregorio el Grande, 1705), Julien Garnier (San Basilio, 1721-2), Ruinart (Acta Martyrum sincera, 1689, Victor Vitensis, 1694, y Gregorio de Tours y Fredegar, 1699), son nombres muy bien conocidos. Las obras de Martène (1654-1739) sobre ritos monásticos y eclasiales (1690 y 1700-2) y su colección de anecdotas (1700, 1717, and 1724-33) son muy voluminosas; fue asistido por Durand. Las grandes obras históricas de los Benedictinos de San Maur no necesitan ser mencionadas aquí, pero la edición de Dom Sabatier de la Antigua Biblia Latina, y la nueva edición de los glosarios de Du Cange deben ser notados. Para ver los grandes editores de colecciones de concilios, ver bajo los nombres mencionados en la bibliografía del artículo CONCILIOS.

En el siglo XVIII debe ser considerado el Arzobispo Potter (1674-1747, Clemente de Alejandría). En Roma Arévalo (Isidoro de Sevilla, 1797-1803); Gallandi, un Orador Veneciano (Bibliotheca veterum Patrum, 1765-81). Los sabios Veroneses forman un notable grupo. Del historiador Maffei (para nuestro propósito su "anecdota de Cassiodorus" debe ser considerada, 1702), Vallarsi (San Jeronimo, 1734-42, una gran obra, y Rufinus, 1745), los hermanos Ballerini (San Zeno, 1739; San Leo, 1753-7, una producción bastante notable) sin dejar de mencionar a Bianchini, quien publicó codigos de los Evangelios del Latín Antiguo, y el Domínico Mansi, Arzobispo de Lucca, quien re-editó a Baronius, Fabricius, Thomassinus, Baluze, etc., así como también la "Collectio Amplissima" de concilios. Un sumario general, nos muestra a los Jesuítas tomando el liderazgo, c. 1590-1650, y los trabajos Benedictinos por los años 1680-1750. Los franceses siempre estuvieron en primer lugar. Hay algunos pocos nombres de eminencia en la Inglaterra Protestante; unos pocos en Alemania; Italia toma el liderazgo en la segunda mitad del siglo XVIII. Las grandes historias literarias de Bellarmino, Fabricius, Du Pin, Cave, Oudin, Schram, Lumper, Ziegelbauer, y Schoenemann podrán ser encontradas mas adelante en la bibliografía. La primera mitad del siglo XIX fue singularmente infructuoso de estudios patrísticos; sin embargo, hubieron señales del comienzo de una nueva era en la cual Alemania toma la cabeza. La segunda mitad del siglo XIX fue excepcional y poco a poco prolífico. Es imposible enumerar los principales editores y críticos. Nueva materia fue vertida por el Cardenal Mai (1782-1854) y el Cardenal Pitra (1812- 89), ambos prefectos de la Biblioteca Vaticana. Parece que no se encontraron mas obras inéditas, pero se hacen frecuentes descubrimientos aislados hasta ahora; las bibliotecas orientales, tales como aquellas del monte Athos y Patmos, Constantinopla, y Jerusalem, y el monte Sinai, han arrojado tesoros desconocidos mientras que los Sirios, Coptos, Armenios, etc, nos han provisto de muchas perdidas supuestamente irrecuperables. Las arenas de Egipto nos han dado algo, pero no mucho a la patrología.

La mayor dádiva en la forma de editar han sido las dos grandes patrologías de Abbé Migne (1800-75). Este hombre enérgico puso las obras de todos los Padres Latinos y Griegos dentro de una accesible obra "Patrologia Latina" (222 vols., incluidos 4 vols. De índices) y la "Patrologia Graeca" (161 vols).

Los Atelieres Católicos que encontró que produjeron talla en madera, cuadros, organos, etc, aunque la impresión era un trabajo especial. Los talleres fueron destruídos por un incendio desastroso en 1868, y recomenzar el trabajo fue imposible por la guerra Franco-Germana. La "Monumenta Germaniae", comenzó por el bibliotecario Berlinés Pertz, fue continuado con vigor bajo el mas celebrado docto del siglo, Theodor Mommsen. Pequeñas colecciones de obras patrísticas son catalogadas más abajo. Una nueva edición de Padres Latinos fue comenzada en los sesenta por la Academia de Viena. Los volúmenes publicados hasta hoy han sido uniformemente obras confiables las cuales no llaman a ningún entusiasmo particular. Al rango presente de progreso se necesitaran algunos siglos para una gran obra. La Academia de Berlín ha comenzado una tarea mas modesta, la re-edición de los escritores Griegos Ante-Niceanos y la energía de Adolf Harnack asegura una rápida publicación y real éxito. El mismo infatigable estudiante, con von Gebhardt, edita una serie de "Texte und Untersuchungen", el cual tiene por una parte de su objeto ser un órgano de los editores Berlineses de los Padres. Las series contienen muchos estudios valiosos, con mucho que pudo ser difícilmente publicado en otros países.

Las series Cambridge de “Textos y Estudios” son más nuevas y proceden mas lentamente, pero mantienen un nivel bastante alto. Debemos mencionar también el “Studdi e Testi” Italiano, en el cual Mercati y Pio Franchi de' Cavalieri colaboran. En Inglaterra, a pesar del leve renacimiento del interés por estudios patrísticos causado por un Movimiento de Oxford, la cantidad de obras no ha sido grande. De eruditos, tal vez Newman es realmente el primero en las cuestiones teológicas. Como críticos, la Escuela Cambridge, Westcott, Hort, y sobretodo Lightfoot, son segundo a ninguno. Pero la cantidad editada ha sido muy pequeña, y el excelente "Diccionario de Biografía Cristiana" es la única gran obra publicada. Hasta 1898 no había absolutamente ningún órgano de estudios patrísticos, y al "Journal of Theological Studies" fundado en ese año, le ha sido difícil sobrevivir financieramente sin la ayuda de la Prensa Universitaria de Oxford. Aunque ha habido un aumento en el interés por estas materias en los últimos años, ambos, entre los Protestantes y Católicos, en Inglaterra y en los Estados Unidos. Últimamente, Francia está llevando, una vez más, la delantera y está muy cerca del nivel de Alemania incluso en resultados. En los últimos cincuenta años, la arqueología ha agregado mucho a los estudios patrísticos; en esta esfera, el nombre mas grande es aquel de De Rossi.

El Estudio de los Padres

A continuación se mencionan las ayudas para su estudio, tales como patrologías, información léxica e historias literarias.


Bibliografía:

COLECCIONES: Las principales colecciones de los Padres son como sigue: DE LA BIGNE, Bibliotheca SS. PP. (5 vols. fol., París, 1575, y App., 1579; 4ta ed., 10 vols., 1624, con Auctarium, 2 vols., 1624, y Supl., 1639, 5ta y 6ta ed., 17 vols. fol., 1644 y 1654); esta gran obra es un suplemento de mas de 200 escritos a las ediciones hasta entonces publicadas de los Padres hasta entonces publicadas; ed. agrandada por UNIV. DE COLONIA (Colonia, 1618, 14 vols., y Ap., 1622); la ed. De Colonia agrandada por 100 escritos, en 27 vols. en folio (Lyons, 1677). COMBEFIS, Graeco-Latinae Patrum Bibliothecae novum Auctarium (2 vols., París, 1648), y Auctarium novissimum (2 vols., París, 1672); D'Achéry, Veterum aliquot scriptorum Spicilegium (13 vols. 4to, París, 1655-77, y 3 vols. fol., 1723), la mayoría de los escritos más tardíos que el período patrístico, como lo es también el caso con BALUZE, Miscellanea (7 vols. 8vo, París, 1678-1715); re-ed. por MANSI (4 vols. fol., Lucca, 1761-4); SIRMOND, Opera varia nunc primum collecta (5 vols. fol., París, 1696, y Venecia, 1728); MURATORIO, Anecdota de la Libr. Ambrosiana en Milán (4 vols. 4to, Milán, 1697-8; Padua, 1713); IDEM, Anecdota graeca (Padua, 1709); GRABE, Especilegio de los Padres de los siglos I y II (Oxford, 1698-9, 1700, y aumentada, 1714); GALLANDI, Bibl. vet. PP., edición aumentada de la ed. De Lyons de la Bigne (14 vols. fol., Venice, 1765-88, e índice publ. en Bolonia, 1863)---casi todo el contenido está reimpreso en MIGNE; OBERTHÜR, SS. Patrum opera polemica de veriate religionis christ. c. Gent. et Jud. (21 vols. 8vo, Würzburg, 1777-94); IDEM, Opera omnia SS. Patrum Latinorum (13 vols., Würzburg, 1789-91); ROUTH, Reliquiae sacrae, siglos II y III (4 vols., Oxford, 1814-18; en 5 vols., 1846-8); IDEM, Scriptorum eccl. opuscula praeipua (2 vols., Oxford, 1832, 3er vol., 1858); MAT, Scriptorum veterum nova collectio (asunto no publ. de los manuscritos del Vaticano., 10 vols. 4to, 1825-38); IDEM, Spicileqium Romanum (10 vols. Svo, Roma, 1839-44); IDEM, Nova Patrum Bibtiotheca (7 vols. 4to, Roma, 1844-54; vol. 8 completados por COZZA-LUZI, 1871, vol. 9 por COZZA-LUZI, 1888, App. ad opera ed. ab A. Maio, Roma, 1871, App. altera, 1871). Unos pocos escritos ecl. en MAI's Classici auctores (10 vols., Roma, 1828-38); CAILLAU, Collectio selecta SS. Ecclesia Patrum (133 vols. en. 8vo, París, 1829-42); GERSDORF, Bibl. Patrum eccl. lat. selecta (13 vols., Leipzig, 1838-47); la Bibliotheca Patrum de Oxford alcanzó 10 vols. (Oxford, 1838-55); PITRA, Spicilegium Solesmense (4 vols. 4to, París, 1852-8). El número de estas variadas colecciones, en adición a las obras de los grandes Padres, hicieron difícil obtener un grupo completo de escritos patrísticos. MIGNE suplió la necesidad al recopilar casi todos los anteriores (excepto el final de la última obra mencionada, y los últimos volúmenes de Mais) en sus ediciones completas: Patrologiae cursus completus, Series latine (a Innocent III, A.D. 1300, 221 vols. 4to, incluyendo cuatro volúmenes de índices, 1844-55), Series graeco-latine (al Concilio de Florencia, A.D. 1438-9, 161 vols. 4to, 1857-66, y otro raro volumen de adiciones, 1866); la Series graece fue también publicada, sólo en latín, en 81 vols.; no hay índice en la Serie gracia; una lista alfabética de contenido por SCHOLAREOS (Atenas, 1879, útil); otras publicaciones, no incluidas en Migne, por PITRA, son Juris ecclesiastici Graecarum hist. et monum. (2 vols., Roma, 1864-8); Analecta sacra (6 vols., numerados I, II, III, IV, VI, VIII, París, 1876-84); Analecta sacra et classica (París, 1888); Analecta novissima, medieval (2 vols., 1885-8); la nueva edición de los Padres Latinos se llama Corpus scriptorum ecclesiasticorum latinorum, editum consilio et impensis Academiae litterarum Caesarea Vindobonensis (Viena, 1866, 8vo, en progreso); y de los Padres Griegos: Die griechischen christlichen Schriftsteller der ersten drei Jahrhunderten, herausgegeben von der Kirchenvätter-Kommission den Königl. preussiechen Akad. den Wise. (Berlín, 1897, larga 8va, en progreso). De la Monumenta Germaniae historica, una parte, los Auctores antiquissimi (Berlín, 1877-98), contiene obras del siglo XI que se conectan con la patrología. Colecciones modernas pequeñas son HURTER, SS. Patrum opuscula selecta, con unas pocas buenas notas (Innebruck, 1ra. serie, 48 vols., 1868-85, 2da serie, 6 vols.. 1884-92) -- estos pequeños libros han sido merecidamente populares; KRÜGER, Semmlung ausgewählter kirchen- und dogmengeschichtlicher Quellenechriften (Friburgo, 1891-); RAUSCHEN, Florilegium patristicum, de los siglos I y II (3 fasc., Bonn, 1904-5); textos patrísticos de Cambridge (I, The Five Theol. Orat. of Greg. Naz., ed. MASON, 1899; II, The Catech. Or. of Greg. Nyssen., ed. SRAWLEY, 1903; Dionysius Alex., ed. FELTRE, 1904, en progreso); VIZZINI, Bibl. SS. PP. Theologiae tironibus et universo clero accomodata (Roma, 1901- en progreso); LIETZMANN, Kleine Texte, für theol. Vorlesungen und Uebungen (han aparecido veintiseis números de 16 págs. Cada uno, Bonn, 1902- en progreso); una edición en inglés del mismo (Cambridge, 1903-); Textes et documents pour l'étude historique du chrietienisme, ed. HEMMER Y LEJAY (textos, trad. al francés, y notas, París, en progreso -- una serie admirable).

INITIA:-- Para los escritores griegos y latinos hasta Eusebio vea el índice de HARNACK, Gesch. der altchr. Litt., I; para los escritores latinos de los primeos seis siglos, AUMERS, Initia libronum PP. lat. (Viena, 1865); y hasta 1200, VATASSO, Initia PP. aliorumque scriptorum sect, lat. (2 vols., imprenta del Vaticano, 1906-8).

HISTORIAS LITERARIAS: El primero es BELLARMINE, De Scriptoribus ecclesiasticis (Roma, 1613, impresa a menudo con adiciones por LABBE, París, 1660, y por OUDEN, París, 1686); DE PIN, Bibliothèque universelle des auteurs eccles. (61 vols. 8vo, o 19 vols. 4to, París, 1686, etc.); ése fue severamente criticado por el benedictino PETITDIDIER y por el oratoriano SIMON (Critique de la Bibl. des auteurs eccl. publ. pen ill. E. Dupin, París, 1730), y la obra de Du Pin fue puesta en el Índice en 1757; FABACCEUS, Bibliotheca Graece, sive edititia Scriptorum veterum Graecorum (Hamburgo, 1705-28, 14 vols.; nueva ed. por HARLES, Hamburgo, 1790-1809, 12 vols., comprende no totalmente 11 vols de la ed. Original; índice a esta ed., Leipzig, 1838) -- esta gran obra es realmente una vasta colección de materiales; Fabricio fue un protestant (m. 1736); él hizo una pequeña colección de la lit. latina hist., Bibl. Latina, sive non. scr. vett, latt. (1697, 1708, 1712, etc., ed. por ERNESTI, 3 vols., Leipzig, 1773-4), y una continuación para la Edad Media (1734-6, 5 vols.); el conjunto fue re-editado por MANSI (6 vols., Padua, 1754, y Florencia, 1858-9); LE NOURRY, Apparatus ad Biblioth. Max. vett. Patr. (2 vols. fol., París, 1703-15), trata sobre los Padres Griegos del siglo II y sobre los apologistas latinos; CEILLIER, Hist. générale des auteurs sacrés et ecclés. (desde Moisés hasta 1248, 23 vols., París, 1729-63; Table gén. des Met., por RONDET, París, 1782; nueva ed. 16 vols., París, 1858-69); SCHRAM, Analysis Operum SS. PP. et Scriptorum eccles. (Vienna, 1780-96, 18 vols., una obra valiosa); LUMPER, Hist. Theologico-critica de vitâ scriptis atque doctrina SS. PP. at scr. eccl. trium primorum saec. (Vienna, 1783-99, 13 vols.; una compilación, pero muy buena); el anglicano CAVE publicó una obra de buena calidad, Scriptorum eccl. historia literaria (Londres, 1688; mejor ed., Oxford, 1740-3); OUDIN, un premostratense que se volvió protestante, Commentarius de Scriptoribus eccl. (basado en Bellarmine, 3 vols. fol., Leipzig, 1722). Sobre las ediciones de los Padres Latinos, SCHOENEMANN, Bibliotheca historico-litteraria Patrum Latinorum a Tert, ad Greg. M. at Isid. Hisp. (2 vols., Leipzig, 1792-4).

PATROLOGIAS (obras menores): GERHARD, Patrología (Jena, 1653); HÜLSEMANN, Patrología (Leipzig, 1670); OLEARIO, Abacus Patrologicus (Jena, 1673); estos son libros protestantes pasadso de moda. Obras católicas alemanas son: GOLDWITZER, Bibliographie der Kirchenväter und Kirchenlehrer (Landshut, 1828); IDEM, Patrologie verbunden mi Patristik (Nuremberg, 1833-4); la más antigua distinción en Alemania entre patrología, el conocimiento de los Padres y su uso, y patrística, la ciencia de la teología de los Padres, está ahora algo anticuada; BUSSE, Grundriss der chr. Lit. (Münster, 1828-9); MÖHLER, Patrologie, una importante obra póstuma de este gran hombre, donde da los tres primeros siglos (Ratisbona, 1840); PERMANEDER, Bibliotheca patristica (2 vols., Landshut, 1841-4); FESSLER, Institutiones Patrologiae (Innsbruck, 1851), una nueva edición por JUNGMANN es muy valiosa (Innsbruck, 1890-6); ALZOG, Grundriss der Patrologie (Friburgo im Br., 1866 y 1888); la misma en francés por BELET (París, 1867); NIRSCHL, Handbuch der Patrologie und Patristik (Mainz, 1881-5); RESBÁNYAY, Compendium Patrologiae et Patristicae (Funfkirchen en Hungría, 1894); CARVAJAL, Institutiones Patrologiae (Oviedo, 1906); BARDENHEWER, Patrología (Friburgo im Br., 1894; nueva ed. 1901) -- este es hasta el presente el mejor panfleto; el autor era un profesor en la facultad de teología católica de la Univ. de Munich; una trad. al francés por GODET Y VERSCHAFFEL, Les Pères de l'Église (3 vols., París, 1899); una trad. al italiano por A. MERCATI (Roma, 1903); y una traducción al inglés con la bibliografía actualizada por SHAHAN (Friburgo im Br. Y San Luis, 1908); obras menores, insuficientes para estudiantes avanzados, pero excelentes para propósitos ordinarios, son: SCHMID, Grundlinien der Patrologie (1879; 4ta ed., Friburgo im Br., 1895); una trad. al inglés revisada por SCHOBEL (Friburgo, 1900); SWETE de Cambridge, Estudio Patrístico (Londres, 1902).

HISTORIAS DE LOS PADRES: Es innecesario catalogar aquí todas las historias generales de la Iglesia, grandes y pequeñas, de Baronio en adelante; será suficiente dar algunas de las que tratan especialmente con los Padres y con la literatura eclesiástica. La primera y principal es la incomparable obra de TILLEMONT, Mémoires pour servir à l'histoire eccl. des six premiers siècles (París, 1693-1712, 16 vols., y otras ediciones); MARÉCHAL, Concordance des SS. Pères de l'Eglise, Grecs at Latins, una armonía de su teología (2 vols., París, 1739); BÄHR, Die christlich-römische Litteratur (4to vol. de Gesch. der römischen Litt., Karlsruhe, 1837; una nueva edición de la primera parte, 1872); SCHANZ, Gesch. der röm. Litt., Parte III (Munich, 1896), 117-324; EBERT, Gech. der christlich-lateinischen Litt. (Leipzig, 1874; 2da ed., 1889); Anciennes littératunes chrétiennes (in Bibliothèque de l'enseignement de l'hist. eccl., París): I; BATIFFOL, La littérature grecque, un bosquejo muy útil (4ta ed., 1908), II; DUVAL, La littérature syriaque (3ra ed., 1908); LECLERCQ, L'Afrique chrétienne (en la misma Bibl. de l'ens. da l'h. eccl., 2da ed., París, 1904); IDEM, L'Espagne chrétienne (2da. ed., 1906); BATIFFOL, L'église naissante et le Catholicisme, un relato apologético muy bueno sobre el desarrollo de la Iglesia desde el testimonio de los Padres de los primeros tres siglos (París, 1909); de las historias generales la mejor es la de Ducesesrese, Hist. ancienne eta tEglisa (han aparecido 2 vols. París, 1906-7); finalmente, ocupa el primer lugar entre las historias de los Padres una obra a ser completada en seis volúmenes, BARDENHEWER, Geschichte der altkirchlichen Litteratur (I a 200 d.C., Friburgo im Br., 1902; II a 300 d.C., 1903). Los siguientes son protestantes: NEWMAN, La Iglesia de los Padres (Londres, 1840, etc.); DONALDSON, Una historia crítica de la literatura cristiana… al Concilio de Nicea: I; Los Padres Apostólicos II y III; Los Apologistas (Londres, 1864-6 -- poco simpático); BRICHY, La Época de los Padres (2 vols., Londres, 1903); ZÖCKLER, Gesch. der theologischen Litt. (Patristik) (Nördlingen, 1889); CRUTTWELL, Historia Literaria del Cristianismo Primitivo… Período Niceno (2 vols., Londres, 1893); KRÜGER, Gesch. der altchristlichen Litt, in den ersten 3 Jahrh. (Friburgo im Br. y Leipzig, 1895-7); tr. GILLET (Nueva York, 1897), esta es la mejor historia protestante moderna. Los siguiente consiste de materiales:: A. HARNACK, Gechichte der altchr. Litt, bis Eusebius, I, Die Ueberlieferung (Leipzig, 1893; este volumen enumera todas las obras conocidas de cada escritor, y todas las referencias antiguas a ellos, y notas a los manuscritos); II, 1 (1897), y II, 2 (1904), Die Chronologie, discute la época de cada escrito; DRUMBACHER trata sobre el último período griego en Geschichte der byzantinischen Litt. 527-1453 (2da. ed. con la ayuda de EHRHARD, Munich, 1897). Se debe añadir la siguiente serie de estudios recopilada: Textd und Untersuschungen zur Geschichte der altchristlichen Litt., ed. VON GEBHARDT AND A. HARNAcK (1ra serie, 15 vols., Leipzig, 1883-97, 2da serie, Neue Folge, 14 vols., 1897-1907, en progreso) -- los editores son ahora HARNACK Y SCHMIDT; ROBINSON, Textos y Estudios (Cambridge, 1891 -- en progreso); EHRHARD Y MÜLLER, Strassburger theologische Studien (12 vols., Friburgo im Br., 1894 -- en progreso); EHRHARD Y KIRSCH, Forschungen zur christl. Litt. und Dogmengeschichte (7 vols., Paderborn, en progreso); La Pensée chrétienne (París, en progreso); Studii e Testi (Imprenta del Vaticano, en progreso). De las historias de desarrollo del dogma, HARNACK, Dogmengeschichte (3 vols., 3ra ed., 1894-7, se está imprimiendo una nueva edición; trad. al francés, París, 1898; trad. al inglés, 7 vols., Edimburgo, 1894-9), una obra bastante inteligente y vistosa; LOOFS, Leitfaden zum Studium der D. G. (Halle, 1889; 3ra ed., 1893); SEEBERG, Lehrb. der D. G. (2 vols., Erlangen, 1895), protestante conservador; IDEM, Grundriss der D. G. (1900; 2da ed., 1905), una obra más pequeña: SCHWANE, Dogmengeschichte, Católico (2da ed., 1892, etc.; trd. Al francés, París, 1903-4); BETHUNE-BAKER, Introducción a la Historia de la Doctrina (Londres, 1903); TIXERONT, Histoire des Dogmas: I, La théologie anti-nicéenne (París, 1905 -- excelente); y otras.

FILOLÓGICAS: Para el griego común del primer período vea MOULTON, Gramática del N. T. Griego: I, Prolegómena (3ra. ed., Edimburgo, 1909), y referencias; sobre la literatura griega, A.D. 1-250, SCHMIDT, Den Atticismus von Dion. Hal. bis auf den zweiten Philostratus (4 vols., Stuttgart, 1887-9); THUMB, Die griechieche Sprache im Zeitalter des Hellenismus (Strasburgo, 1901). Además del Tesauro de ESTEFANO (última ed.., 8 vols., fol., París, 1831-65) y lexicones de griego clásico y bíblico, diccionarios especiales de griego tardío son DU CANGE, Glossarium ad scriptores mediae et infimae graecitatis (2 vols., Lyons, 1688, y nueva ed., Breslan, 1890-1); SÓFOCLES, Lexicón Griego de los Períodos Romano y Bizantino, 146-1100 (3ra ed., Nueva York, 1888); las palabras faltantes en Estéfano y en Sófocles aparecen en KUMANUDES (S. A. Koumanoudes), Sunagôgê lexeôn athêsauristôn en tois heggênikois lexikois (Atenas, 1883); notas generales sobe el griego bizantino en KNUMBACHER, op. cit. Sobre el latín patrístico, KOFFMANE, Gesch. des Kinchenlateins: I, Entstehung . . . bis auf Augustinus-Hieronymus (Breslau, 1879-81); NORDEN, Die antika Kunstprosa (Leipzig, 1898), II; hay un gran número de estudios del lenguaje de Padres particulares [por ej., HOPPE sobre Tertuliano (1897); WATSON (1896) y BAYARD (1902) sobre Cipriano; GOELTZER sobre Jerónimo (1884); REGNER sobre Agustín (1886), etc.], e índices latinitatis a los volúmenes del Corpus de Viena PP. latt.; TRAUBE, Quellen and Untensuchungen zur lat. Phil. des Mittelalters, I (Munich, 1906); se hallará mucho en Archiv für lat. Lexicographie, ed. WÖLFFLIN (Munich, comenzó 1884).

TRADUCCIONES: Biblioteca de los Padres de la Santa Iglesia Católica, traducida por miembros del Cap. inglés (por PUSEY, NEWMAN, etc.), (45 vols., Oxford, 1832-). ROBERTS Y DONALDSON, La Biblioteca Cristiana Ante-Nicena (24 vols., Edimburgo, 1866-72; nueva ed. por COXE, Buffalo, 1884-6, con la excelente Sinopsis Bibliográfica de RICHARDSON como Supl., 1887); SCHAFF Y WAGE, Biblioteca Selecta de Padres Nicenos y Ante-Nicenos de la Iglesia Cristiana, con buenas notas (14 vols., Buffalo y Nueva York, 1886-90, y 2da serie, 1900, en progreso).

ENCICLOPEDIAS Y DICCIONARIOS: SUICER, Thesaurus ecclesiasticus, a patribus graecis ordine alphabetico exhibens quaecumqua phrases, ritus, dogmata, haereses et hujusmodi alia spectant (2 vols., Amsterdam, 1682; y de nuevo en 1728; y Utrecht, 1746); HOFFMANNS, Bibliographisches Lexicon der gesammten Litt. der Griechen (3 vols., 2da ed., Leipzig, 1838-45); los artículos sobre los primeros Padres y herejías en la Enciclopedia Británica (8va ed.) son, muchos de ellos por Harnack y todavía dignos de leerse; WETZER Y WELTE, Kirchenlex., ed. HERGENRÖTHER, y luego por KAULEN y otros, 12 vols., un volumen de índice (Friburgo im Br., 1882-1903); HERZOG, Realencylopädie für prot. Theol. und Kirche, 3ra ed. por HAUCK (21 vols., 1896-1908); VACANT Y MANGENOT, Dicc. de Teol. Cat. (París, en progreso); CABROL, Dict. d'archéologie chr. et de liturgie (París, en progreso); BAUDRILLART, Dict. d'hist. at de géogr. ecclésiastiques (París, en progreso); SMITH Y WACE, Diccionario de Biografía Cristiana, es muy completo y valioso (4 vols., Londres, 1877-87).

LIBROS DE REFERENCIA GENERALES: ITTIG, De Bibliothecis et Catenis Patrum, da el contenido de las colecciones más antiguas de los Padres que se enumeró arriba (Leipzig, 1707); IDEM, Schediasma de auctoribus qui de scriptoribus ecclesiasticis egerunt (Leipzig, 1711); DOWLING, Notitia scriptorum SS. PP. . . . quae in collectionibus Anecdotorum post annum MDCC in lucem editis continentur (a continuación de ITTIG's De Bibl. et Cat., Oxford, 1839); una obra moderna admirable es EHRHARD, Die alt christliche Litt, und ihre Erforschung seit 1880: I, Allgemeine Uebersicht, 1880-4 (Friburgo im Br., 1894); II, lit Ante-Nicena, 1884-1900 (1900); las bibliografías en las obras de HARNACK y de BARDENHEWER (vea arriba) son excelentes; para el período ante-niceno vea RICHARDSON, Sinopsis Bibliográfica (en volumen extra de los Padres ante-nicenos, Buffalo, 1887); para el período completo. CHEVALIER, Répertoire des sources historiques du moyen-âge: Bio-bibliographie, da los nombres de personas (2da ed., París, 1905-07); Topo-bibliographie da los nombres de lugares y temas (2da ed., París, 1894-1903); el progreso por año se registra en HOLTZMANN Y KRÜGER's Theologischer Jahresbericht desde 1881; KROLL Y GURLITT, Jahresbericht für kleseische Alterthumewissenschaft (ambos protestantes); BIHLMEYER, Hagiagraphischer Jahresbericht para 1904-6 (Kempten y Munich, 1908). Una muy completa bibliografía aparece trimestralmente en la Revue d'hist. eccl. (Lovaina, desde 1900), con índice al final del año; en esta publicación se hallarán los nombres de todas las Revistas que tratan sobre asuntos patrísticos.

Fuente: Chapman, John. "Fathers of the Church." The Catholic Encyclopedia. Vol. 6. New York: Robert Appleton Company, 1909. <http://www.newadvent.org/cathen/06001a.htm>.

Traducido por Carolina Eyzaguirre Arroyo. L H M.