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Lunes, 23 de octubre de 2017

San Cesáreo de Arles

De Enciclopedia Católica

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San Cesáreo de Arles, obispo, administrador, predicador, teólogo; nació en Chalons, Borgoña, entre el 470-71; murió en Arles el 27 de agosto de 543, de acuerdo con Malnory. Entró al monasterio de Lérins siendo aún muy joven, pero su salud desmejoró y el abad le envió a Arles para que se recuperara. Allí se ganó el cariño y la estima del obispo, Aeono, que lo hizo ordenar diácono y sacerdote. A la muerte de este obispo, Cesáreo fue elegido por unanimidad como su sucesor (502 ó 503). Gobernó la sede de Arles durante cuarenta años con coraje apostólico y prudencia, y se destaca en la historia de ese período infeliz como el obispo más importante de la Galia.

Su ciudad episcopal, cerca de la desembocadura del Ródano y cerca de Marsella, conserva todavía su antigua importancia en la vida social, comercial e industrial de la Galia, y el mundo mediterráneo en general; como centro político, por otra parte, fue objeto de todas las vicisitudes que en las primeras décadas del siglo VI cayeron en suerte a los visigodos y ostrogodos, Borgoña y los francos. Con el tiempo (538) los francos, bajo el rey Childeberto, obtuvieron pleno dominio de la antigua Galia. Durante el largo conflicto, sin embargo, Cesáreo fue más de una vez el objeto de sospecha por parte de los bárbaros. Bajo Alarico II fue acusado de intención traicionera de entregar la ciudad a los borgoñones, y sin examen o juicio fue exiliado a Burdeos. Pronto, sin embargo, el rey visigodo cedió y dejó a Cesáreo libre para convocar al importante Concilio de Agde (506), mientras que en cooperación armoniosa con la jerarquía católica y el clero él mismo publicó la famosa adaptación del derecho romano conocido como el “Breviarium Alarici", que con el tiempo se convirtió en el código civil de la Galia.

De nuevo en 508, después del sitio de Arles, los victoriosos ostrogodos sospecharon que Cesáreo había conspirado para entregar la ciudad al asedio de los francos y borgoñones, por lo cual lo deportaron temporalmente. Finalmente, en 513, se vio obligado a comparecer ante el rey Teodorico en Rávena, el cual quedó, sin embargo, profundamente impresionado por Cesáreo, le exculpó, y trató al santo obispo con mucha distinción. Este último aprovechó la ocasión para visitar al Papa Símaco en Roma. El Papa le confirió el palio, y se dice que fue la primera ocasión en que se le concedía a cualquier obispo occidental. También concedió al clero de Arles el uso de la dalmática peculiar al clero romano, lo confirmó como metropolitano, y renovó para él personalmente (11 de junio de 514) la dignidad de vicario de la sede apostólica en la Galia, más o menos regularmente ocupado por sus predecesores (vea vicario apostólico, Tesalónica), con lo cual la sede apostólica obtuvo en el sur de la Galia ---que todavía era romana en el lenguaje, temperamento, ley y organización social--- un colaborador inteligente y dedicado que hizo mucho para confirmar la autoridad pontificia, no solo en su propia provincia, sino también en todo el resto de la Galia.

Utilizó su cargo de vicario para convocar la importante serie de concilios relacionados para siempre con su nombre, presididos por él, y cuyos decretos son, en parte o en su totalidad, su propia composición. Estos son cinco: Arles (524), Carpentras (527), Orange (II) y Vaison (529) y Marsella (533); este último convocado para juzgar a un obispo, Contumelioso de Riez, un adúltero confeso, pero que logró después obtener un indulto del Papa Agapito, con el argumento de procedimiento irregular; se desconoce el resultado final de este caso. Los otros concilios, cuyo texto se puede leer en la traducción de Clark de la "Historia de los Concilios" de Hefele (Edimburgo, 1876-1896), son de vital importancia para la vida religiosa y eclesiástica futura de los nuevos reinos bárbaros de Occidente. No pocas disposiciones importantes se incorporaron luego a la ley tradicional o escrita de la Iglesia de Occidente, por ejemplo, sobre la naturaleza y la seguridad de la propiedad eclesiástica, la certeza de la ayuda para el clero parroquial, la educación de los eclesiásticos, la simple y frecuente predicación de la Palabra de Dios, especialmente en parroquias rurales, etc.

Ya Cesáreo había elaborado un famoso resumen de las primeras colecciones canónicas conocidas por los historiadores del derecho canónico como el "Statuta Ecclesise Antiqua", por el descuido de un copista medieval atribuido erróneamente al Cuarto Concilio de Cartago (418), pero por Malnory (abajo, 53-62, 291-93) resultó ser la compilación de Cesáreo, después de que los hermanos Ballerini los hubiesen situado en el siglo V, y Maassen hubiese señalado a Arles como el lugar de la compilación. Los ricos archivos de la Iglesia de Arles, mucho antes de que fuese un centro de la administración imperial en Occidente y de la dirección papal, le permitió reunir, en la línea divisoria entre lo antiguo y lo nuevo, este valioso resumen, o espéculo (speculum), de la vida cristiana antigua en el Occidente romano, a su manera, un equivalente de las Constituciones Apostólicas y de los Cánones Apostólicos (vea Cánones Apostólicos) para el Oriente cristiano. Si añadimos a estos concilios su propio mencionado Concilio de Agde, los de Gerona, Zaragoza, Valencia y Lérida en España (516-524), y los de Epaone (517) y Orleans (538, 541) en la Galia (influenciado por Cesáreo, Malnory, 115, 117), tenemos un retrato documental contemporáneo de un gran legislador y reformador eclesiástico galo-romano cuyo código cristiano apuntaba a y consiguió dos cosas: una disciplina firme pero compasiva y humanitaria de los clérigos y laicos, y la estabilidad y decencia de la vida eclesiástica, tanto clerical como monástica.

Para una mente católica el antedicho Segundo Concilio de Orange refleja crédito especial para Cesáreo, pues en él se condenó la falsa doctrina sobre la gracia conocida como semipelagianismo. Hay buenas razones para creer que los decretos del concilio (Hefele, ad. An. 529; P.L., XXXIX, 1142-1152) representan la obra (de otro modo perdida) "De gratiâ et libero arbitrio" que Genadio (De vir. ill., c. 86) atribuye a Cesáreo, y la que él dice fue aprobada y ampliamente difundida por Félix IV (526-530). Cabe señalar que en el prefacio a las actas del concilio, los Padres dicen que están reunidos por la sugerencia y la autoridad de la sede apostólica, de la que han recibido ciertas proposiciones o decretos (capitula), reunidos por los antiguos Padres a partir de las Escrituras respecto al asunto en sus manos; como cuestión de hecho, los decretos del concilio se toman casi palabra por palabra, dice De la Bigne (op. cit, 1145-1146.) de San Agustín. Por último, la confirmación de los decretos doctrinales del Concilio por Bonifacio II (25 de enero de 531) los hizo autoritativos en la Iglesia Universal.

Cesáreo, sin embargo, fue más conocido en su época, y todavía se le recuerda mejor, como un popular predicador, el primer gran Volksprediger de los cristianos, cuyos sermones todavía se conservan. Cierto número de estos discursos, más o menos cuarenta, se ocupan de temas del Antiguo Testamento, y siguen la tipología predominante popularizada por San Agustín; buscan por todas partes un sentido místico, pero evitan toda pompa y sutilezas retóricas, y obtienen mucho del admirable comentario sobre los Salmos "Enarrationes in Psalmos", de San Agustín. Al igual que los discursos morales ", Admonitiones", son bastante breves (su límite usual era de quince minutos), claros y sencillos en el lenguaje, ricos en imágenes y alusiones tomadas de la vida cotidiana del habitante de la ciudad o el campesino, el mar, el mercado , la viña, el redil de las ovejas, el suelo, y reflejan en un centenar de formas la todavía vigorosa vida romana de la Galia meridional, donde todavía se hablaba griego en Arles, y donde los comerciantes asiáticos aún rondaban el delta del Ródano. El sermón de Cesáreo abre generalmente con una introducción fácil y familiar, ofrece unas cuantas verdades simples enunciadas en forma amena y práctica, y cierra con una recapitulación. La mayoría de los sermones tratan sobre los principios de la moral cristiana, las sanciones divinas: el infierno y el purgatorio (para este último ver Malnory, 185-86), las diversas clases de pecadores, y los vicios principales de su época y entorno: vicio público, adulterio y concubinato, la embriaguez, el abandono de la Misa, el amor a la riqueza (consistente en tierras), las numerosas supervivencias de un paganismo que sólo estaba recién superado. En ellos se reproduce la vida popular de la Provincia, a menudo con una precisión fotográfica, y muchas veces con ingenuo buen carácter. Estos sermones son un tesoro valioso para los estudiantes de la historia, ya sean de derecho canónico, historia del dogma, disciplina o liturgia.

Muchos de estos sermones fueron a menudo copiados con las obras de San Agustín, cuyo texto, como se dijo, a menudo reproducían. El editio princeps es el de Gilberto Cognato Nozareno (Basilea, 1558), e incluye cuarenta sermones, de los cuales, de acuerdo con Arnold (vea abajo, 492), sólo unos veinte y cuatro eran seguramente genuinos. Los grandes mauristas, Coustant y Blanc-pain, dejaron en claro su título a 103, los que imprimieron en el apéndice del quinto volumen de la edición benedictina de San Agustín (PL, LXVII, 1041-90, 1121-25). Casimiro Oudin, el ex premonstratense y familiarizado en su época de católico con los mauristas mencionados, planeaba (1722) llevar a cabo una edición especial de los sermones y escritos de Cesáreo, la primera de las cuales calculaba como en número de 158. Los editores benedictinos de la "Histoire Littéraire de la France" (III, 200-217) certifican como seguramente genuinos 122 ó 123. Josef Fessler, obispo de Sankt Pölten, había planeado una edición de San Cesáreo, pero la muerte lo sorprendió (1872), y sus materiales pasaron a los benedictinos de Maredsous en Bélgica, quienes confiaron esta tarea tan importante a Dom Germain Morin. En la "Revue Bénédictine" (febrero de 1893) dio a conocer los principios y el método para su nueva edición. Varios otros ensayos de la misma pluma y en el mismo lugar representan el más selecto conocimiento moderno sobre el tema.

En la historia de la vida monástica y las reformas en la Galia, Cesáreo ocupa un lugar de honor entre San Martín de Tours y San Honorato de Lerins por un lado, y San Columbano por el otro; mientras que él es un contemporáneo de San Benito, y de hecho le sobrevivió sólo unos pocos meses. Compuso dos reglas, una para los hombres ("Ad Monachos"), y la otro para las mujeres ("ad Virgines"), tanto en Migne (PL, LXVII, 1099 ss., 1103 ss.) reimpresas a partir de Holstein-Brockie ("Codex regularum monasticarum ", Augsburgo, 1759). La regla para los monjes se basa en la de Lerins, según transmitida por la tradición oral, pero añade el importante elemento de la estabilidad de la profesión (ut usque ad mortem suam ibi perseveret. c. i), una renuncia legal de su propiedad, y una comunidad más perfecta de los bienes. Esta regla pronto dio paso a la regla de Columbano, y con esta último, con el tiempo a la Regla de San Benito.

La regla para monjas, sin embargo, tuvo un destino diferente. "Fue la obra de toda su vida", dice Malnory (257) y en ella derramó toda su prudencia, sensibilidad, experiencia y visión de futuro. Toma mucho de la famosa Epístola CCXI de San Agustín y de Juan Casiano; sin embargo, fue la primera regla elaborada para mujeres que viven en una comunidad perfecta, y ha permanecido como el modelo de todas las demás. Incluso hoy en día, dice Malnory (263), "reúne todas las condiciones necesarias para un convento de monjas de clausura de observancia estricta". Su propia hermana, Santa Cesárea, fue colocada a la cabeza del monasterio (el primero construido en los famosos Aliscamps, fuera de las murallas de Arles, y después trasladado al interior de la ciudad), que a la muerte del santo fundador contaba con doscientas monjas. Asombró a sus contemporáneos, que lo consideraban como un arca de salvación para las mujeres en aquellos tiempos tormentosos, y le arrancó al Papa Hormisdas un grito de admiración, conservado para nosotros en la carta por la que, a petición de Cesáreo, aprobó y confirmó esta nueva obra (super clericorum et monasteriorum excubias consuetas puellarum quoque Dei choros noviter instituisse te, P.L., LXVII, 1285).

El Papa también confirmó la exención total de la abadesa y sus monjas de toda autoridad episcopal; los futuros obispos sólo podían visitarlas de vez en cuando, en el ejercicio de sus deberes pastorales, o en caso de grave violación de la regla. Las elecciones, la constitución, la administración interna, incluso la elección del sacerdote celebrante se le confió en exclusiva a la comunidad de acuerdo con la regla que Cesáreo no dejaba de perfeccionar en todo momento; en el "Recapitulatio" que finalmente añadió (y en su testamento) insiste de nuevo en la exención casi total del monasterio, como si esta libertad de todo control externo o interferencia le pareciesen imprescindibles. Al entrar las monjas hacían una promesa solemne de permanecer hasta la muerte; por otra parte, a petición de éste, el Papa Símaco invalidó el matrimonio de cualquier monja profesa (Malnory, 264). El mobiliario del convento era de los más sencillos, y no se les permitían pinturas (una disposición después distorsionada a favor de la iconoclasia).

Sus principales ocupaciones eran la hilatura de lana, la fabricación de sus propios vestidos, el cuidado del monasterio, aparte de la oración y la meditación. Cabe señalar, sin embargo, que el obispo siempre proveía para el copiado de las Escrituras (inter psalmos et jejunia, vigilias quoque ac lections libros divinos pulchre scriptitent virgines Christi), bajo la dirección de Cesárea. En el transcurso del siglo VI la regla de las monjas se adaptó en otras partes de la Galia a los monasterios de hombres, mientras que numerosos monasterios de mujeres la adoptaron abiertamente, por ejemplo, la famosa Abadía de la Santa Cruz de Poitiers, fundada por San Radegundo. Su extensión se vio favorecida también por el hecho de que no pocos de sus discípulos llegaron a ser obispos y abades, y como tales, naturalmente, introdujeron el ideal de vida religiosa creada por su venerado maestro.

Cuando se acercaba su fin, hizo su testamento (Testamentum), con todo el formalismo del derecho romano, a favor de sus queridas monjas (PL, LXVII, 1139-40; Baronio, Ann Eccl., ad. An. 308, no. 25), encomendando su regla y el afecto a su sucesor, y le dejó a su hermana, Cesárea, como un recuerdo especial, un gran manto que ella había hecho para él (mantum majorem quem de cannabe fecit). La autenticidad de este curioso y valioso documento ha sido puesta en duda, pero sin razón suficiente. Es aceptado por Malnory, y ha sido reeditado por Dom Morin (Revue Bénédictine, 1896, XVI, 433-43, 486). Cesáreo fue un monje perfecto en la silla episcopal, y sus contemporáneos lo reverenciaban como tal (ordine et officio clericus; humilitate, charitate, obedientia, cruce monachus permanet---Vita Caesarii, I, 5). Fue un pastor piadoso y pacífico en medio de la barbarie y la guerra, generoso y caritativo hasta el extremo, sin embargo, un gran benefactor de la Iglesia, consciente de los indefensos, delicado en el trato con los ricos y poderosos, en toda su vida un modelo de discurso y acción católica.

Podemos añadir que él fue el primero en introducir en su catedral las horas de tercia, sexta y nona; también enriqueció con himnos la salmodia de cada hora.


Bibliografía: MORIN en Revue Bénédictine (Maredsous, 1891-1908), passim; LEJAY, St. Césaire d'Arles in Revue du Clergé français (París, 1895), IV, 97, 487, y Revue biblique (París, 1895), IV, 593; MALNORY, St. Césaire Evêque d'Arles (París, 1894), bibliografía; ARNOLD (no-católico), Caesarius von Arelate und die gallische Kirche seiner Zeit (Leipzig, 1894). Para el largo conflict respect a la primacía de Galia, entre las Iglesias de Arles y Vienne, vea GUNDLACH, Der Streit der Bisthümer Arles und Vienne um den Primatus Galliarum in Neues Archiv (1888-90), XIV, 251, XIV, 9, 233; DUCHESNE, La primatie d'Arles, in Mém. de la Soc. des Antiquaires de France (1891-92), II, 155; SCHMITZ, Der Vikariat von Arles in Hist. Jahrbuch (1891), XII, 11, 245. Para la historia general de la Iglesia de Arles en este period, vea DU PORT, Histoire de l'Église d'Arles, tirée des meilleurs auteurs (París, 1690); SAXIUS, Pontificium Arelatense (Aix-en-Provence, 1629); TRICHAUD, Hist. de la sainte église d'Arles (N'mes-Paris, 1856); y para la vida política y social del período, FAURIEL, Hist. de la Gaule méridionale sous les conquérants germains (París, 1856); DAHN, Könige der Germanen (Leipzig, 1885).

Fuente: Shahan, Thomas. "St. Caesarius of Arles." The Catholic Encyclopedia. Vol. 3. New York: Robert Appleton Company, 1908. 23 Dec. 2012 <http://www.newadvent.org/cathen/03135b.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina