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Lunes, 23 de octubre de 2017

La Galia cristiana

De Enciclopedia Católica

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La Iglesia de la Galia apareció por primera vez en la historia en relación con la persecución de Lyon bajo Marco Aurelio (177). Los habitantes paganos se levantaron contra los cristianos, y cuarenta y ocho mártires sufrieron la muerte bajo diversas torturas. Entre ellos había niños, como la esclava Blandina y Póntico, un joven de quince años. Cada posición social tuvo miembros entre los primeros mártires de la Iglesia de la Galia: la aristocracia estuvo representada por Vetio Epágatos; la clase profesional, por Atalo de Pérgamo, un médico; un neófito Maturo murió junto a Potino, obispo de Lyon, y Santo, diácono de Vienne. Los cristianos de Lyon y Vienne, en una carta a sus hermanos de Esmirna, dan un relato de esta persecución, y la carta, conservada por Eusebio (Hist. Eccl., V, I-IV), es una de las joyas de la literatura cristiana. En este documento, la Iglesia de Lyon parece ser la única iglesia organizada en esa época en la Galia. La de Vienne parece haber sido dependiente de ella y, a juzgar por casos similares, probablemente era administrada por un diácono.

Cómo y donde el cristianismo ganó por primera vez un punto de apoyo en la Galia es puramente una cuestión de conjeturas. Lo más probable es que los primeros misioneros llegaron por mar, tocaron en Marsella, y avanzaron hasta el Ródano hasta que establecieron la religión en Lyon, la metrópolis y el centro de comunicación de todo el país. El firme establecimiento del cristianismo en la Galia se debió sin duda a los misioneros de Asia. Potino fue discípulo de San Policarpo, obispo de Esmirna, así como también su sucesor, Ireneo. En la época de Ireneo, Lyon era todavía el centro de la Iglesia en la Galia. Eusebio habla de las cartas escritas por las Iglesias de Galia de los cuales Ireneo es el obispo (Hist. Eccl., V.23). Estas cartas fueron escritas con motivo del segundo evento que llevó a la Iglesia de la Galia a la prominencia. La Pascua no se celebraba el mismo día en todas las comunidades cristianas; a finales del siglo II el Papa Víctor quiso universalizar el uso romano y excomulgó a las Iglesias de Asia. Ireneo intervino para restaurar la paz. Casi al mismo tiempo, en una inscripción mística encontrada en Autun, un tal Pectorio celebraba en verso griego el Ichthys o pez, símbolo de la Eucaristía. Un tercer evento en el que aparecen los obispos de la Galia es la controversia novaciana. San Cipriano (254) (Ep. LXVIII) menciona a Faustino, obispo de Lyon, y otros colegas en la Galia frente a Novaciano, mientras que Marciano de Arles le era favorable.

No hay disponible ninguna otra información positiva acerca de la Iglesia de la Galia hasta el siglo IV. Dos grupos de narraciones, sin embargo, intentan llenar los vacíos. Por un lado, una serie de leyendas locales remontan la fundación de las principales sedes a los Apóstoles. A principios del siglo VI encontramos a San Cesáreo, obispo de Arles, acreditando estas historias; sin importar el anacronismo, él menciona al primer obispo de Vaison, Dafno, cuya firma aparece en el Concilio de Arles (314), como discípulo de los Apóstoles (Lejay, Le role théologique de Cesaire d'Arles, p. 5). Cien años antes, uno de sus predecesores, Patroclo, basó varios reclamos de su Iglesia en el hecho de que San Trófimo, fundador de la Iglesia de Arles, fue discípulo de los Apóstoles. Tales afirmaciones fueron sin duda halagadoras para la vanidad local; durante la Edad Media y en los tiempos más recientes, crecieron muchas leyendas en apoyo de ellos. La evangelización de la Galia ha sido atribuida a menudo a los misioneros enviados desde Roma por San Clemente, una teoría que ha inspirado toda una serie de narraciones falsas y falsificaciones, con los que la historia es abrumada.

Más fe se le puede dar a una declaración de San Gregorio de Tours en su "Historia Francorum" (I, XXVIII), en la que se basó el segundo grupo de narraciones acerca de la evangelización de la Galia. Según él, en el año 250 Roma envió a siete obispos, quienes fundaron tantas iglesias en las Galias: Gatiano, la Iglesia de Tours; Trófimo, la de Arles; Pablo, la de Narbona; Saturnino, la de Toulouse; Dionisio, la de París, Austremonio (Estremonio); la de Auvergne (Clermont); y Marcial, la de Limoges. Los historiadores serios han aceptado la declaración de Gregorio con más o menos reservas. Sin embargo, a pesar de que Gregorio, un sucesor posterior de Gatiano, pudo haber tenido acceso a la información sobre los inicios de su iglesia, no hay que olvidar que un intervalo de 300 años le separa de los sucesos y crónicas; por otra parte, esta declaración suya implica algunas dificultades cronológicas graves, de las cuales él mismo era consciente, por ejemplo, en el caso de los obispos de París. Lo más que se puede decir de él es que se hace eco de una tradición contemporánea, que representa el punto de vista general del siglo VI en lugar de los hechos reales. Es imposible decir cuánta leyenda se mezcla con la realidad.

A mediados del siglo III, según da testimonio San Cipriano, había varias iglesias organizadas en la Galia, las cuales sufrieron poco de la gran persecución. Constancio Cloro, el padre de Constantino, no era hostil al cristianismo, y poco después del cese de la persecución los obispos del mundo latino se reunieron en Arles (314). Sus firmas, que aún existen, demuestran que en ese entonces existían las siguientes sedes: Vienne, Marsella, Arles, Orange, Vaison, Apt, Niza, Lyon, Autun, Colonia, Trier, Reims, Ruán, Burdeos, Gabali y Eauze. También debemos admitir la existencia de las sedes de Toulouse, Narbona, Clermont, Bourges y París. Esta fecha marca el comienzo de una nueva era en la historia de la Iglesia de la Galia. Las ciudades se habían ganado para la nueva fe; la obra de evangelización se había extendido y continuó durante los siglos IV y V.

Sin embargo, las clases cultas permanecían fieles a las viejas tradiciones. Ausonio era cristiano, pero da tan poca evidencia de ello que el hecho ha sido cuestionado. Profesor y humanista, vivía en los recuerdos del pasado. Su discípulo Paulino entró a la vida religiosa, por lo que, sin embargo, el mundo de las letras se escandalizó profundamente; tanto es así, de hecho, que Paulino tuvo que escribirle a Ausonio para justificarse. En el mismo período había retóricos paganos que celebraban en las escuelas, como en Autun, las virtudes y los hechos de los emperadores cristianos. A finales del siglo V, sin embargo, la mayoría de eruditos en la Galia eran cristianos. Generación tras generación, se produjo el cambio. Salviano, el apologista de fuego (murió cerca del 492), era hijo de padres paganos. Hilario de Poitiers, Sulpicio Severo (el Salustio cristiano), Paulino de Nola, y Sidonio Apolinario se esforzaron por reconciliar la Iglesia con el mundo de las letras. Sidonio mismo no está del todo libre de las sugerencias del paganismo transmitidas por la tradición. En la Galia, como en todas partes, surgió la cuestión de si el Evangelio podía adaptarse a la cultura literaria; la discusión llegó a su fin con las invasiones de los bárbaros.

No es menos cierto que el progreso del cristianismo había sido principalmente en las ciudades a través de todo el Imperio. Los parajes campestres eran todavía plazas fuertes de la idolatría, que en la Galia se sostenía por una doble tradición: la antigua religión gálica y el paganismo greco-romano todavía tenían fervientes defensores. Más que eso, entre la población galo-romana estaba muy en boga el uso de hechizos y encantamientos para la cura de la enfermedad, o con ocasión de una muerte; la gente adoraba los riachuelos y los árboles, creían en las hadas, en ciertos días se vestían con pieles de animales y recurrían a la magia y a la práctica de la adivinación. Algunas de estas costumbres eran supervivencias de tradiciones muy antiguas, que habían llegado a lo largo del período celta y romano, y no hay duda de que en ocasiones recibieron la huella de las creencias galas y greco-romana. Su origen real se debe buscar, por supuesto, más atrás en la misma oscuridad en la que están envueltos los comienzos del folclore.

Todavía persiste este conjunto de creencias populares, fantasías y supersticiones, y fue el principal obstáculo que encontraron los misioneros en los lugares rurales. San Martín, originario de Panonia, obispo de Tours, y fundador de monasterios, llevó a cabo sobre todo en la Galia central una cruzada contra esta idolatría rural. En una ocasión, cuando estaba talando un árbol sagrado en la vecindad de Autun, un campesino lo atacó, y él tuvo un escape casi milagroso. Además de San Martín, otros predicadores populares atravesaron los distritos rurales, por ejemplo Victricio, obispo de Ruán, otro soldado convertido, también discípulos de Martin, especialmente San Martin de Brives. Pero sus esfuerzos dispersos e intermitentes no hicieron ningún efecto duradero en las mentes de los campesinos.

Alrededor del año 395 un retórico galo representó una escena en la que los campesinos discutían la mortalidad entre sus rebaños. Uno de ellos exalta la virtud de la Señal de la Cruz, "el signo de ese Dios que es el único adorado en las grandes ciudades" (Riese, Anthologia Latina, no. 893, v 105). Esta expresión, sin embargo, es demasiado fuerte, ya que en ese periodo una sola iglesia era suficiente para la población cristiana de Trier. Sin embargo, las zonas rurales continuaron siendo las más refractarias. A principios del siglo V, tuvo lugar en la vecindad de Autun la procesión del carro de Cibeles para bendecir la cosecha. En el siglo VI, en la ciudad de Arles, una de las regiones donde el cristianismo había ganado su punto de apoyo más fuerte y más temprano, el obispo Cesáreo todavía estaba luchando contra las supersticiones populares, y algunos de sus sermones están aún en nuestras fuentes informativas sobre el folclore.

Los recién establecidos monasterios ayudaron mucho a la cristianización de las clases más bajas. En la Galia, como en otros lugares, los ascetas cristianos vivían en el mundo y mantenían su libertad personal. La práctica de la vida religiosa en común fue introducida por San Martín (murió cerca de 397) y Casiano (murió cerca de 435). Martin estableció cerca de Tours el "grand monastère", es decir, Marmoutier, donde en un principio los monjes vivían en cuevas o chozas de madera separadas. Un poco más tarde Casiano fundó dos monasterios en Marsella (415). Había visitado anteriormente a los monjes de Oriente, y especialmente Egipto, y habían traído sus métodos, que adaptó a las circunstancias de la vida galorromana. A través de dos de sus obras, "De institutis coenobiorum" y "Collationes XXIV", se convirtió en el doctor del ascetismo gálico. Casi al mismo tiempo Honorato fundó un famoso monasterio sobre la pequeña isla de Lerins (Lerinum) cerca de Marsella, destinado a convertirse en un centro de la vida cristiana e influencia eclesiástica.

Sedes episcopales de la Galia fueron a menudo objeto de competencia y de avaricia, y se estaban convirtiendo rápidamente en propiedad de algunas familias aristocráticas, cuyos representantes en el episcopado no eran tan sabios y rectos como Germán de Auxerre o Sidonio Apolinario. Lerins emprendió la obra de reformar el episcopado, y colocó a muchos de sus propios hijos a la cabeza de diócesis: Honorato, Hilario y Cesáreo de Arlés; Euquerio en Lyon, y sus hijos Salonio y Veranio en Ginebra y Vence, respectivamente; Lupus en Troyes, Máximo y Fausto en Riez. Lerins también se convirtió en una escuela de misticismo y teología y difundió sus ideas religiosas por medio de obras útiles sobre dogma, polémica, y hagiografía. En las Galias se fundaron otros monasterios, por ejemplo, Grigny cerca de Vienne, Ile Barbe en Lyon, Reome (más tarde conocido como Moutier-Saint-Jean), Morvan, Saint-Claude en la Jura, Chinon, Loches, etc. Sin embargo, es posible que algunas de estas fundaciones pertenezcan al período siguiente. Los monjes no habían comenzado todavía a vivir de acuerdo a una regla fija y codificada. Para tales constituciones escritas debemos esperar la época de Cesáreo de Arles.

El monacato no se estableció sin oposición. Rutilio Namaciano, un pagano, denunció a los monjes de Lerins como una cría de noctámbulos; incluso el esfuerzo por hacer de la castidad la virtud central del cristianismo encontró mucha resistencia, y los enemigos de Prisciliano, en particular, estaban imbuidos de esta hostilidad hasta cierto grado. También fue una de las objeciones planteadas por Vigilancio de Calagurris, el sacerdote español a quien San Jerónimo denunció con tanto vigor. Vigilancio había pasado mucho tiempo en la Galia y parece que murió allí. La ley del celibato eclesiástico era menos estricta, en general, y se hacía cumplir menos que en Italia, especialmente en Roma. La serie de concilios galos antes de la época merovingia dan testimonio del estado indeciso de la disciplina en ese momento, y también de la continua lucha por un código disciplinario fijo.

La Iglesia en la Galia pasó por tres crisis dogmáticas. Sus obispos parecen haber estado muy preocupados por el arrianismo; por regla general se aferraban a la doctrina de Nicea, a pesar de unas pocas defecciones temporales o parciales. Atanasio, que había sido exiliado a Trier (336-38), ejerció una poderosa influencia sobre el episcopado de Galia; uno de los grandes campeones de la ortodoxia en Occidente fue Hilario de Poitiers, quien también sufrió el exilio por su constancia. El priscilianismo tuvo un mayor dominio sobre las masas de fieles. Fue sobre todo un método, un ideal de vida cristiana, que hizo un llamamiento a todos, incluso a las mujeres. Fue condenado (380) en el sínodo de Zaragoza, donde estuvieron presente los obispos de Burdeos y Agen; no obstante, se extendió rápidamente en el centro de la Galia, y Eauze, en particular, fue una fortaleza.

Cuando en el año 385 el usurpador Máximo asesinó a Prisciliano y sus amigos, San Martín vacilaba sobre la manera de actuar, pero rechazó con horror la comunión con los obispos que habían condenado a los desgraciados. El priscilianismo, de hecho, estaba más o menos ligado a la causa del ascetismo en general. Finalmente, los obispos y monjes de las Galias estuvieron mucho tiempo divididos sobre el pelagianismo. Próculo, obispo de Marsella, había obligado a Leporio, discípulo de Pelagio, a abandonar la Galia; pero no pasó mucho tiempo hasta que Marsella y Lérins, dirigidas por Casiano, Vicente y Fausto, se convirtieron en caldo de cultivo de una enseñanza opuesta a la de San Agustín y conocida como semipelagianismo. Próspero de Aquitania escribió contra ella y se vio obligado a refugiarse en Roma. No fue hasta principios del siglo VI, que la enseñanza de Agustín triunfó, cuando un monje de Lérins, Cesáreo de Arles, un discípulo casi servil de Agustín, hizo que fuera adoptada por el Concilio de Orange (529).

Roma intervino en la lucha final. No sabemos mucho acerca de las relaciones anteriores entre los obispos de la Galia y el Papa. La posición de Ireneo en la Controversia Pascual muestra un grado considerable de independencia; sin embargo, Ireneo proclamó la primacía de la Sede de Roma. A mediados del siglo III el Papa hizo un llamamiento con el fin de resolver las dificultades en la Iglesia de la Galia y de deponer a un obispo errado (Cipriano, Epist. LXVIII). En el Concilio de Arles (314) estuvieron presente los obispos de la Galia con los de Bretaña, España, África, incluso Italia; el Papa Silvestre envió delegados para representarlo. Era en cierto modo un concilio de Occidente. Durante todo ese siglo, sin embargo, el episcopado de la Galia no tenía cabeza, y los obispos se agrupaban de acuerdo a los lazos de amistad o localidad. Todavía no existían los metropolitanos, y cuando se necesitaba asesoramiento se consultaba a Milán.

"La autoridad tradicional", dice Duchesne, "en todos los asuntos de disciplina continuó siendo la antigua Iglesia de Roma; en la práctica, sin embargo, el Concilio de Milán decidía en caso de conflicto". Entonces los Papas tomaron la situación en sus mano, y en el año 417 el Papa Zósimo nombró a Patroclo, obispo de Arles, su vicario o delegado en la Galia, y estipuló que se le debían referir todas las disputas. Por otra parte, ningún eclesiástico galo podía tener acceso al Papa sin cartas testimoniales del obispo de Arles. Esta primacía de Arles sufrió altibajos bajo los Papas siguientes. Gozó de un último período de esplendor, bajo Cesáreo, pero después de su tiempo le confería al ocupante sólo un título honorífico. Sin embargo, a consecuencia de la amplia autoridad de Arles en los siglos V y VI, la disciplina canónica se desarrolló más rápidamente allí, y el "Libri canonum" que estuvo pronto en boga en el sur de la Galia fueron modelados como los de la Iglesia de Arles. Hacia el final de este período Cesáreo asistió a una serie de concilios, con lo cual obtuvo un cierto reconocimiento como legislador para la Iglesia merovingia.

Sin embargo, los bárbaros estaban en camino. La gran invasión de 407 hizo a los godos los amos de todo el país al sur del Loira, con la excepción de Bourges y Clermont, que no cayeron en sus manos hasta 475; Arles sucumbió en el 480. Entonces el reino visigodo se organizó en la secta arriana, y al principio hostil al catolicismo. Poco a poco las necesidades de la vida impusieron una política de moderación. El Concilio de Agde, realmente un concilio nacional de la Galia visigoda (506), y en el que Cesáreo fue dominante, es una evidencia del nuevo temperamento de ambas partes. Las actas de este concilio siguen muy de cerca los principios establecidos en el "Alarici Breviarium", un resumen del Código de Teodocio elaborado por Alarico II, el rey visigodo, para sus súbditos galo-romanos ---y el cual contó con la aprobación de los obispos católicos de su reino. Entre 410 y 413 los borgoñones se habían asentado cerca de Maguncia; en el 475 ya habían llegado más al sur a lo largo del Ródano, y por esa época se volvieron arrianos. Los francos, que pronto serían dueños de toda la Galia, dejaron la vecindad de Tournai, derrotaron a Siagrio en 486, y establecieron su poder hasta el Loira. En 507, destruyeron el reino visigodo, y en 534 el de los borgoñones; al conquistar Arles en el 536 tuvieron éxito en el resto del gran estado creado por el genio del rey Teodorico; con ellos comenzó una nueva era (vea LOS FRANCOS).

La transición de un régimen a otro se hizo posible gracias a los obispos de la Galia, los cuales habían desempeñado con frecuencia un papel benéfico como intermediarios con las autoridades romanas. Antes de las invasiones bárbaras, fueron los verdaderos campeones del pueblo. De hecho, se creyó durante mucho tiempo que habían sido investidos con poderes especiales y con el título oficial de defensores civitatum (defensores de los Estados). Si bien ellos nunca llevaron oficialmente este título, el error popular fue sólo formal y superficial. Obispos como Sidonio Apolinario, Avito, Germán de Auxerre, Cesáreo de Arles, fueron verdaderamente los defensores de su patria. Mientras que las antiguas instituciones cívicas se tambaleaban a su caída, ellos sostuvieron el edificio social. A través de sus esfuerzos los bárbaros se fusionaron con la población nativa, e introdujeron en ella el germen de una vida nueva y vigorosa. Por último, los obispos fueron los guardianes de las tradiciones clásicas de la literatura latina y la cultura romana, y mucho antes de la aparición del monacato había sido el pilar del aprendizaje. A lo largo de los siglos VI y VII se copiaron manuscritos de la Biblia y los Padres para satisfacer las necesidades del culto, la enseñanza eclesiástica y la vida católica. Los únicos edificios contemporáneos que muestran rastros de estilos clásicos o bizantinos son edificios religiosos. Por todo esto y por mucho más, los obispos de la Galia se merecen el título de "los hacedores de Francia".


Bibliografía: Después de los escritos de EUSEBIO DE CESAREA, SULPICIO SEVERO, PAULINO DE NOLA, SALVIANO, GREGORIO DE TOURS, etc., nuestra principal fuente de información es el material epigráfico publicado por LE BLANT, Inscriptions chrétiennes de la Gaule antérieures au VIIIe siècle (París, 1858-85), con un suplemento (1897); IDEM, Les sarcophages chrétiens de la Gaule (París, 1896). SIRMOND AND LALANDE, Concilia antigua Galliae (4 vols., fol., 1629-66); también los catálogos o listas de obispos conservados en muchas diócesis y edtiados por DELISLE en Histoire littéraire de la France, XXIX.

Obras generales dedicadas a la historia y estudio del cristianismo tienen capítulos sobre la Iglesia en Galia. Obras de referencia especiales: DUCHESNE, Fastes épiscopaux de l'ancienne Gaule, I (1894; 2da. ed., 1907), II (1900); HOUTIN, La controverse de 1'apostolicité des églises de France au XIXe siècle (París, 1901); Analecta Bollandiana, XIX, 354; MORIN, Saint Lazare et saint Maximin in Mémoires de la société des antiquaires de France, LIX (París, 1898); AUBÉ in Revue historique, VII (1878) 152-64; HAVET, Les origines de saint Denis in Bibliothèque de l'Ecole des Chartes (París, 1890), p. 25; DUFOURCQ, La christianisation des foules dans l'Empire romain in Revue d'histoire et de littérature religieuses, IV (París, 1899), 239; AMPÈRE, Histoire littéraire de la France avant le XIIe siècle, I and II (París, 1839); ROGER, L'enseignement des lettres classiques en Gaule d'Ausone à Alcuin (París, 1905); IMBART DE LA TOUR, Les paroisses rurales du IVe au XIe siècle (París, 1900); BABUT, Priscillien et 1e priscillianisme (Paris, 1909); DUFOURCQ, Le mouvement légendaire lérinien in Etude sur les "Gesta Martirium" romains, II (París, 1907); DUCHESNE, Origines du culte chrétien (París, 1889), 32, 84; IDEM, La première collection romaine des décrétales in Atti del secondo congresso d'archeologia cristiana (Roma, 1902), 159; ARNOLD, Caesarius von Arelate und die gallische Kirche seiner Zeit (Leipzig, 1894); MALNORY, Césaire, évêque d'Arles (París, 1894); CHÉNON, Le "Defensor Civitatis" in Nouvelle revue historique du droit français (1889), 551; CHATELAIN, Uncialis scriptura (París, 1902); ENLART Manuel d'archéologie française, I (París, 1902). Para una literatura más extensa vea MONOD, Bibliographie de L'histoire de France (París, 1888); MOLINIER, Les sources de l'histoire de France, Pt. I: Epoque primitive, Mérovingiens et Carolingiene (París, 1902).

Fuente: Lejay, Paul. "Christian Gaul." The Catholic Encyclopedia. Vol. 6. New York: Robert Appleton Company, 1909. 21 Dec. 2012 <http://www.newadvent.org/cathen/06395b.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina.