Herramientas personales
En la EC encontrarás artículos autorizados
sobre la fe católica
Domingo, 22 de octubre de 2017

Antonino Pío

De Enciclopedia Católica

Saltar a: navegación, buscar

(TITO ÆLIO HADRIANO ANTONINO PIO).

Emperador romano (138-161), nació el 18 de septiembre del año 86 d.C. en Lanuvio, a corta distancia de Roma y murió en Lorio el 7 de marzo de 161.

Pasó la mayor parte de su juventud en Lorio que estaba a sólo 12 millas de Roma. Más tarde construyó allí una villa a la que se retiraba con frecuencia para descansar de las preocupaciones del imperio y en la que murió a los setenta y cinco años. Su carrera inicial fue la que normalmente seguían los hijos de las familias senatoriales. Entró muy joven a la vida pública y luego de ejercer el oficio de pretor, se convirtió en cónsul en 120, a la edad de treinta y cuatro años. Poco después de expirar su consulado, Adriano lo eligió como uno de los cuatro varones de rango consular que colocó en los cuatro distritos judiciales en los que estaba entonces dividida Italia. No se puede decidir con exactitud la duración y el carácter de este oficio. Antonino fue después procónsul en Asia donde sus notables cualidades administrativas atrajeron la atención del emperador que le admitió al "Consilium Principis” a su vuelta a Roma. Tras la muerte de Lucio Ælio Cómodo Vero, Adriano adoptó a Antonino como su sucesor con la condición de que él, a su vez, adoptase como sus hijos y sucesores a Marco Annio Vero (Marco Aurelio Antonino) y Ælio Lucio Vero. En su adopción (25 de febrero de 138) Antonino cambió su nombre a Tito Ælio Adriano Antonino. Compartió el poder imperial con Adriano hasta su muerte, el 10 de julio, fecha en que quedó como emperador único.

Los historiadores en general alaban el carácter de Antonino y el éxito y bendiciones de su reinado (para un juicio más bien desfavorable, vea Schiller, Geschichte der röm. Kaiserzeit, II, 138). Su concepto de los deberes de su oficio era elevado y noble y el ejercicio de ese poder casi ilimitado puesto en sus manos lo distingue como un hombre completamente dedicado a los intereses de la humanidad. En su vida privada y en la administración de su corte llevó una simplicidad verdaderamente estoica, sin excesos ni extravagancias. Su reinado fue sin duda el más pacífico y próspero en la historia de Roma. No se iniciaron guerras, excepto las necesarias para guardar las fronteras del Imperio contra la invasión o para reprimir las insurrecciones. Los conflictos con los bereberes de África y algunas de las tribus germanas y tauro-escitas fueron simplemente expediciones punitivas para prevenir futuras invasiones en el territorio romano. La efímera insurrección en Egipto y la de los judíos en Armenia y Palestina fueron rápidamente suprimidas. La Pax Romana se mantuvo durante años en todo el Imperio y trajo bienestar y felicidad probablemente a 150,000,000 de personas cuyos intereses y seguridad estaban salvaguardados por un ejército de 350,000 soldados. La única extensión del territorio romano ocurrió en Bretaña donde se construyó un nuevo muro en las montañas de Caledonia entre el Forth y el Clyde, mucho más al norte que la muralla de Adriano.

La paz y prosperidad internas no fueron menos notables que la ausencia de guerra. Florecieron el comercio y el intercambio, se abrieron nuevas rutas, se construyeron nuevos caminos a través del Imperio de manera que todas las partes estuvieran conectadas con la capital. La notable vida municipal en este período, cuando nuevas y florecientes ciudades cubrían el mundo romano, se revela en las numerosas inscripciones que registran la generosidad de ricos mecenas o la actividad de los ciudadanos libres. A pesar de la tradicional hostilidad de Roma a la formación de clubes y sociedades, gremios y organizaciones de todas clases concebibles, principalmente con propósitos filantrópicos, surgieron muchas por todas partes. Por medio de estas asociaciones las clases más pobres estaban en algún sentido aseguradas contra la pobreza y tenían la certeza de recibir un entierro decente. La actividad del emperador no se limitaba a los actos oficiales; movimientos privados para el socorro de los pobres y de los huérfanos recibieron su generoso apoyo. El alcance de las instituciones alimentarias de reinados anteriores fue ampliado y el establecimiento de instituciones caritativas tal como las "Puellæ Faustinianæ", es una indicación segura de un ablandamiento general de los modales y un sentido humanitario más verdadero.

El período fue también de considerable actividad literaria y científica, aunque el movimiento artístico general de esta época fue decididamente del tipo “rococó”. La influencia más duradera de la vida y reinado de Antonino fue la que ejerció en el campo del derecho. Cinco grandes jurisconsultos estoicos, Vinidio Vero, Salvio Valente, Volusio Mæciano, Ulpio Marcelo y Diavoleno fueron consejeros permanentes del emperador y bajo su protección insuflaron a la legislación romana un espíritu más tolerante y clemente que efectivamente salvaguardaba a los débiles y a los desprotegidos, esclavos, pupilos y huérfanos contra la agresión de los poderosos. No se remodeló el sistema legal completo, pero bajo Antonino se le dio un impulso en la dirección que más tarde produjo el período dorado de la jurisprudencia romana bajo Septimio Severo, Caracalla y Alejandro Severo.

En cuanto a religión, Antonino era profundamente devoto al culto tradicional del Imperio. No tenía el escepticismo de Adriano ni el ciego fanatismo de su sucesor (Marco Aurelio Antonino. Quizás como consecuencia la superstición y el culto a las nuevas deidades se multiplicaron bajo su administración. En su trato con los cristianos, Antonino no fue más allá de mantener los procedimientos establecidos por Trajano, aunque su firme devoción a los dioses nacionales no falló en hacer un contraste desfavorable con la conducta de los cristianos. En los documentos de esa época hay muy pocas indicaciones de la actitud del emperador hacia sus súbditos cristianos. El más valioso es el del obispo cristiano San Melitón de Sardes (Eusebio, Hist. de la Igl., IV.26.10). En su “Apología” a Marco Aurelio habla de “cartas” dirigidas por Antonino a los de Larisa, a los tesalonicenses, a los atenienses y a todos los griegos prohibiendo todo motín tumultuoso contra los cristianos. La mayoría de los críticos ahora consideran el edicto que se encuentra en Eusebio (op. cit., IV.13) como una falsificación hecha en la segunda mitad del siglo II. Tillemont y Wieseler defienden su autenticidad. “Habla en términos admirativos de la inocencia de los cristianos, declara infundados los cargos contra ellos, invita a los hombres a admirar la firmeza y fe con que se enfrentan a los terremotos y otras calamidades que llevaron a otros a la desesperación, le adscribe la persecución a la envidia que sintieron los hombres contra aquellos que eran más verdaderos adoradores de Dios que ellos mismos”. Este pensamiento estaba en completa conformidad con el espíritu de la legislación existente según establecida por Trajano e interpretada por Adriano; que las autoridades no debían tolerar ninguna clase de acción extra-judicial de parte de la gente contra los cristianos.

La muerte de San Policarpo, obispo de Esmirna, en el año 155 ó 156, muestra cómo un procónsul romano, aunque conocía cual era su deber, se dejó arrastrar por el clamor popular. En el caso del procónsul Prudencio (Tertuliano., Ad. Scap., IX) vemos cuán ineficaces eran los clamores populares frente a una administración fuerte y cuan eficientemente se salvaguardaron los intereses de los cristianos, excepto cuando había evidencia real en un tribunal en pleno. No hay duda, sin embargo, de que sí hubo persecución durante el reinado de Antonino y que muchos cristianos murieron. Las páginas de los apologistas contemporáneos, aunque carecen de detalles, recogen pruebas suficientes de que la pena capital se aplicaba con frecuencia. La actitud pasiva de Antonino tuvo no poca influencia en el desarrollo interno del cristianismo. La herejía surgía por todas partes y para fortalecer los lazos de disciplina y moralidad y reforzar la unidad de doctrina era necesario el esfuerzo común. La actitud tolerante del emperador hizo posible una amplia y vigorosa actividad por parte de los obispos cristianos, una de cuyas evidencias es la institución de sínodos o concilios de los líderes cristianos, primero realizados a gran escala, y que describe largamente Eusebio en su Historia de la Iglesia. De esta manera, se puede decir, que el emperador contribuyó al desarrollo de la unidad cristiana.


Bibliografía: Los datos conocidos de la vida de Antonino Pío se encuentran en los Scriptores Historiæ Augustæ (ed PETER), y en AURELIO VICTOR, Meditaciones de Marco Aurelio, y en las fuentes que se hallan normalmente en todas las historias del periodo, e.g. GIBBON, Ascenso y Caída del Imperio Romano (una excesiva y elocuente pintura contemporánea de la prosperidad civil de Roma); ALLARD, Histoire des Persécutions (París, 1890); NEWMANN, (inconclusa) Descripción de las Relaciones entre el Estado Imperial y el Cristianismo (Leipzig, 1890); RENAN, Marc-Aurèle (París, 1890); LACOUR-GAYET, Antonin le Pieux et son temps (París, 1886); SMITH, Dicc. de Biogr. Griegas y Romanas (Londres, 1890), I, 210-212; RAMSEY, La Iglesia y el Imperio Romano antes de 170 d.C. (Nueva York, 1893); DILL, La Sociedad Romana desde Nerón hasta Marco Aurelio (New York, 1905).

Fuente: Healy, Patrick. "Antoninus Pius." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. <http://www.newadvent.org/cathen/01586a.htm>.

Traducido por Pedro Royo. L H M.