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Viernes, 20 de octubre de 2017

Marcionitas

De Enciclopedia Católica

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Secta herética fundada en 144 d.C. en Roma por Marción y que continuó en Occidente por 300 años, pero en Oriente algunos siglos más, especialmente fuera del Imperio Bizantino. Ellos rechazaban los escritos del Antiguo Testamento y enseñaban que Jesucristo no era el Hijo del Dios de los judíos, sino el Hijo del Dios Bueno, que era diferente del Dios de la antigua alianza. Ellos anticiparon el dualismo más consistente del maniqueísmo y fueron finalmente absorbidos por éste. Ya que surgieron en la misma infancia del cristianismo y adoptaron desde el principio una firme organización eclesiástica, paralela a la de la Iglesia Católica, fueron quizás el enemigo más poderoso que el cristianismo ha conocido jamás.

Vida de Marción

Marción era hijo del obispo de Sinope en Ponto, nació cerca de 110 d.C., evidentemente de padres adinerados. Rodón y Tertuliano, que escribieron cerca de una generación después de su muerte, lo describen como nautes, nauclerus, dueño de barcos. San Epifanio (Haeres., XLII, II) relata que Marción en su juventud declaraba que llevaría una vida de castidad y ascetismo, pero a pesar de sus intenciones, cayó en el pecado con una doncella. En consecuencia su padre, el obispo, lo expulsó de la Iglesia. Él le suplicó a su padre la reconciliación, es decir, ser admitido a la penitencia eclesiástica, pero el obispo se mantuvo firme en su negativa. No pudiendo resistir las burlas y desprecios de sus compueblanos, secretamente dejó Sinope y viajó a Roma. La historia del pecado de Marción es rechazada por muchos eruditos modernos (por ejemplo, G. Krüger) como una pieza de chisme malicioso el cual se dice que le gustaba a Epifanio; otros ven en la joven doncella una metáfora de la Iglesia, la entonces joven novia de Cristo, a quien Marción violó con su herejía, aunque había hecho grandes profesiones de castidad y austeridad corporal. Ningún escritor eclesiástico primitivo ha presentado ninguna acusación de impureza contra Marción, y su austeridad parece reconocida como un hecho.

San Ireneo establece que Marción floreció bajo el Papa San Aniceto (c. 155-166) [invaluit sub Aniceto]. Aunque este período puede marcar el mayor éxito de Marción en Roma, es cierto que él llegó allí más temprano, cerca de 140 d.C. después de la muerte del Papa San Higinio, quien murió en ese año y aparentemente antes de la accesión del Papa San Pío I. San Epifanio dice que Marción trató de ser admitido a la Iglesia Romana pero se le negó. La razón que se le daba era que no podían admitir a uno que había sido expulsado por su propio obispo sin previa autorización de esa autoridad. La historia ha sido asimismo señalada como extremadamente improbable, implicando, como lo hace, que la Iglesia Romana se declaraba incompetente para pasar sobre la decisión de un obispo local en el Ponto. Se debe tener en mente, sin embargo, que Marción llegó a Roma estando la sede vacante “después de la muerte de Higinio”, y que tal respuesta suena bastante natural en los labios de presbíteros que estaban todavía sin un obispo.

Además, es obvio que Marción ya había sido consagrado obispo. Un laico no podía haber discutido sobre las Escrituras con los presbíteros como él lo hacía, ni podía amenazar poco después de su arribo: “Dividiré su Iglesia y causaré dentro de ella una división que durará para siempre”, como se dice que hizo Marción; un laico no pudo haber fundado una institución tan vasta y universal, cuya principal característica era ser episcopal; a un laico no se pudieron haber referido orgullosamente sus discípulos como su primer obispo, un reclamo que no fue discutido por ninguno de sus adversarios, aunque se escribieron muchas y extensas obras contra ellos; un laico no hubiese sido expulsado permanentemente de la Iglesia por su propio padre sin esperanza de reconciliación, a pesar de sus ruegos, por un pecado de fornicación, ni después se hubiese vuelto un objeto de risa para sus compueblanos paganos, si aceptamos la historia de Epifanio. Un laico no se hubiese sentido contrariado por no ser nombrado Obispo poco después de llegar a una ciudad cuya sede estaba vacante, como se dice que se sintió Marción a su llegada a Roma tras la muerte del Papa Higinio.

Esta historia se ha mantenido como la cúspide del absurdo y así sería, si ignorásemos el hecho de que Marción era un obispo, y que según Tertuliano (De praeser., XXX) él le regaló a la comunidad romana doscientos mil sestercios poco después de su llegada. Este extraordinario regalo de 1,400 liras ($7,000), una gran suma para esos días, puede ser atribuido al primer fervor de fe, pero es por lo menos naturalmente adscrita a una esperanza viviente. Le devolvieron el dinero después de su ruptura con la Iglesia. Esto de nuevo es más natural si fue hecho con una condición tácita, que si fue sólo producto de la pura caridad. Por último, el informe de que Marción a su llegada a Roma tenía que hacer o renovar una confesión de fe (Tert., "De Praeser.," XXX; "Adv. Mar.", I, XX; "de carne Christi", II) encaja mejor con la suposición de que era un obispo, pero podría ser, como señala G. Krüger, extraño si hubiese sido un laico.

Podemos dar por sentado entonces que Marción era obispo, probablemente ayudante o sufragáneo de su padre en Sinope. Habiendo reñido con su padre, y siendo un navegante, dueño de barcos y un gran viajero, él viajó a Roma donde ya debía ser conocido y donde su riqueza le podía obtener influencia y posición. Si Tertuliano supone que él fue admitido a la Iglesia Romana y San Epifanio dice que a él se le negó a admisión, las dos declaraciones pueden ser fácilmente reconciliadas si entendemos la primera como una mera membresía o comunión, y la última como la aceptación de sus reclamos. Su dignidad episcopal ha sido mencionada por lo menos por dos escritores tempranos, quienes hablan de él como habiendo “de obispo pasado a ser un apóstata " (San Optato de Milevis, IV, V), y de sus seguidores al ser llamados como un obispo en lugar de ser llamados cristianos como Cristo (Adamantius, "Dial.", I, ed. Sande Bakhuysen). Se dice que Marción le preguntó a los presbíteros sobre una explicación de Mateo 9,16-17, la cual evidentemente él deseaba entender como que expresaba una incompatibilidad del Nuevo Testamento con el Antiguo, pero el cual ellos interpretaban en un sentido ortodoxo.

Su ruptura final con la Iglesia ocurrió en el otoño de 144, pues los marcionitas contaban ciento quince años y seis meses desde el tiempo de Cristo hasta el comienzo de su secta. Tertuliano habla en términos generales de cien años y más. Marción parece haber hecho causa común con Cerdo, el gnóstico sirio, que estaba en Roma en ese tiempo; parece poco probable que su doctrina se derivara realmente de la de los gnósticos. San Ireneo relata (Contra Herejías III.3) que en un encuentro con [[San Policarpo) en Roma, Marción le preguntó: “¿Tú me reconoces?”, y aquél le contestó: “Te reconozco como el primogénito de Satanás”. Este encuentro debe haber ocurrido en 154, en cuyo tiempo Marción había desarrollado una gran y exitosa actividad, pues San Justino en su primera Apología (escrita cerca de 150) dice que la herejía de Marción estaba diseminada por todas partes. Esta media docena de años le parece a algunos como un período de tiempo muy corto para tan prodigioso éxito y ellos creen que Marción estuvo activo en Asia Menor mucho antes de venir a Roma. Clemente de Alejandría (Stromata VII.7.106) le llama el viejo contemporáneo de Basílides y Valentino, pero si es así, debe haber sido un hombre de mediana edad cuando vino a Roma, y es posible su propaganda previa en Oriente. Esta opinión es favorecida por el hecho de que la Crónica de Edesa sitúa el comienzo del marcionismo en 138. Tertuliano relata en 207 (la fecha de su Adv. Marc., IV, IV) que Marción practicaba la penitencia y aceptaba como condición para su readmisión a la Iglesia el traer de vuelta al redil a los que había hecho descarriar, pero la muerte le impidió llevar esto a cabo. No se conoce la fecha exacta de su muerte.

Doctrina y disciplina

Debemos distinguir entre la doctrina de Marción mismo y la de sus seguidores. Marción no era un soñador gnóstico. Él quería un cristianismo sin trabas e impoluto mediante su asociación con el judaísmo. El cristianismo era la nueva alianza pura y simple. A él le interesaban poco las preguntas abstractas sobre el origen del mal o sobre la esencia de la Divinidad, pero el Antiguo Testamento, por su crudeza y crueldad, era un escándalo para los fieles y un obstáculo para los gentiles refinados e intelectuales, y por tal razón debía ser dejado a un lado. Removió los dos grandes obstáculos en su camino con medidas drásticas. Él tenía que explicar la existencia del Antiguo Testamento y los explicó al postular una deidad secundaria, un demiurgo que era dios en cierto sentido, pero no el Dios supremo; él era justo, rígidamente justo, tenía sus buenas cualidades, pero no era el dios bueno, el cual era el Padre de Nuestro Señor Jesucristo. La relación metafísica entre estos dos dioses le molestaba poco a Marción; él no sabía nada sobre la emanación divina, eones, sicigias, principios del bien y el mal eternamente opuestos. Él podía ser casi un maniqueo en la práctica, pero en teoría no había logrado la absoluta consistencia que logró Mani un siglo después.

En segundo lugar, Marción tenía que explicar los pasajes del Nuevo Testamento que apoyaban el Antiguo. Decididamente eliminó todos los textos que eran contrarios a su dogma; de hecho, creó su propio Nuevo Testamento que admitía sólo un Evangelio, una mutilación de San Lucas, y un apostolicón que contenía diez epístolas de San Pablo. El manto de San Pablo había caído sobre los hombros de Marción en su lucha con los judaizantes. Los católicos de su tiempo eran sólo los judaizantes del siglo anterior. El evangelio paulino puro se había corrompido y Marción, no obscuramente, insinuaba que aún los apóstoles pilares Pedro, Santiago y Juan habían traicionado su confianza. Amaba hablar de “falsos apóstoles” y dejaba a sus oyentes inferir quiénes eran. Una vez se deshizo completamente del Antiguo Testamento, ya no deseaba cambiar nada más. El hacía su puramente Iglesia del Nuevo Testamento tan parecida a la Iglesia Católica como fuese posible, consistente con su puritanismo hondamente asentado.

La primera descripción de la doctrina de Marción data de San Justino: “Con la ayuda del diablo Marción ha contribuido en cada país a la blasfemia y a la negación a reconocer al Creador de todo el mundo como Dios.” Él reconoce otro dios quien, porque es esencialmente más grande (que el hacedor del mundo o demiurgo) ha hecho hazañas más grandes que él (hos onta meizona ta meizona para touton pepikeni). El Dios supremo es hagathos, justo y recto. El Dios bueno es todo amor, el dios inferior le da lugar a la ira feroz. Aunque menor que el Dios bueno, aún el Dios justo, como creador del mundo, tiene su esfera de actividad independiente. Ellos no son opuestos a Ormusz y Ahriman, aunque el dios bueno interfiere a favor de los hombres, porque Él solo es sabio y todopoderoso y ama la misericordia más que el castigo. Ciertamente todos los hombres fueron creados por el Demiurgo, pero por elección especial el escogió al pueblo judío como suyo propio y así se convirtió en el dios de los judíos.

Su perspectiva teológica se limita a la Biblia, su lucha con la Iglesia Católica parece una batalla con textos y nada más. El Antiguo Testamento es bastante cierto, Moisés y los Profetas son mensajeros del Demiurgo, el Mesías judío no tiene nada que ver con el Cristo de Dios. El Invisible, el Indescriptible, el Buen Dios (aoratos akatanomastos agathos theos), antes desconocido tanto para el creador como para sus criaturas, se ha revelado él mismo en Cristo. No se sabe hasta donde Marción admitía una Trinidad de personas en la suprema Divinidad; Cristo es ciertamente el Hijo de Dios, pero Él es también simplemente “Dios” sin más cualificaciones; de hecho el evangelio de Marción comenzaba con las palabras “en el décimo quinto año del emperador Tiberio Dios descendió a Cafarnaún y enseñó en el Sabbath”. Sin embargo, esta manipulación del texto del evangelio tan atrevida y caprichosa, por lo menos era un espléndido testimonio de que en los círculos cristianos de la primera mitad del siglo II la Divinidad de Cristo era un dogma central. Sin embargo para Marción Cristo era el Dios Manifiesto, no el Dios Encarnado. Su cristología es la de los docetas rechazando la historia inspirada de la Infancia, de hecho, ninguna infancia de Cristo; el Salvador de Marción es un “Deus ex machina” del cual Tertuliano burlonamente dice: “De pronto Hijo, de pronto Enviado, de pronto Cristo!”.

Marción no admitía ninguna profecía del advenimiento de Cristo; los profetas judíos predijeron un mesías judío solamente, y dicho mesías no había aparecido todavía. Marción utilizaba la historia de los tres ángeles, que comieron, bebieron y conversaron con Abraham aunque no tenían cuerpo humano, como una ilustración de la vida de Cristo (Adv. Marc., III, IX). Tertuliano dice (ibid.) que cuando Apeles y los sucesores de Marción comenzaron a creer que Cristo tenía ciertamente un cuerpo real, no por nacimiento sino adquirido de los elementos, Marción hubiese preferido aceptar incluso un nacimiento putativo que un cuerpo real. No sabemos si esto es una burla de Tertuliano o fue un cambio real en los sentimientos de Marción. Para Marción la materia y la carne no son esencialmente malas, pero son cosas despreciables, una mera producción del Demiurgo, y era inconcebible que Dios de veras los hubiese hecho su propiedad.

La vida de Cristo en la tierra fue un continuo contraste con la conducta del Demiurgo. Algunos de los contrastes fueron ingeniosamente preparados: el Demiurgo enviaba osos para devorar a los niños por diversiones pueriles (2 Rey. 2,23-24)---Cristo mandó a los niños a ir hacia Él y los acariciaba y los bendecía; el Demiurgo en su ley declaraba impuros a los leprosos y los desterraba---pero Cristo los tocaba y los sanaba. La pasión y muerte putativa de Cristo fue obra del Demiurgo, quien lo envió al infierno en venganza porque Cristo abolió la ley judía. Pero aún en el infierno Cristo venció al Demiurgo al exhortar a los espíritus en el Limbo y por su Resurrección. El fundó el verdadero reino del Buen Dios. San Epifanio (Haer., XLII, 4) dice que los marcionitas creían que en el limbo Cristo le dio la salvación a Caín, a Coré, Datán y Abirón, Esaú y a los gentiles, pero dejó en la condenación a todos los santos del Antiguo Testamento. Esto puede haber sido enseñado por algunos marcionitas del siglo IV, pero no era la enseñanza de Marción mismo, quien no tenía tendencias antinomianas. Marción negaba la resurrección del cuerpo, “porque la carne y la sangre no heredarán el reino de Dios”, y negaba la segunda venida de Cristo para juzgar a los vivos y a los muertos, pues el Dios bueno, siendo todo bondad, no castiga a aquéllos que lo rechazan; Él simplemente se los deja al Demiurgo, quien los echará al fuego eterno.

Respecto a la disciplina, el punto principal de diferencia consiste en su rechazo del matrimonio, es decir, él bautizaba a todos los que no estaban casados: vírgenes, viudas, célibes y eunucos (Tert., "Adv. Marc.", I, XXIX); todos los demás permanecían catecúmenos. Por otro lado, en el culto marcionita la ausencia de división entre los catecúmenos y los bautizados sobresaltaba a los cristianos ortodoxos, pero Marción lo defendía enfáticamente con su apelación a Gálatas 6,6. Según Tertuliano (Adv. Marc., I, XIV) él usaba agua en el bautismo, ungía a sus fieles con aceite y le daba leche y miel a los catecúmenos y hasta ahí seguía las prácticas ortodoxas, aunque, decía Tertuliano, todas estas cosas eran “elementos despreciables del Creador.” Los marcionitas deben haber sido unos ayunadores excesivos para provocar el ridículo de Tertuliano en sus días montanistas. San Epifanio dice que ellos ayunaban el sábado en un espíritu de oposición al Dios judío, que hacía del sábado un día de regocijo. Ésta, sin embargo, debe haber sido meramente una costumbre occidental adoptada por ellos.

Historia

El destino del marcionismo fue desviarse casi inmediatamente de las ideas de su fundador hacia el mero gnosticismo. El creador de Marción o dios judío era una concepción demasiado inconsistente e ilógica, era un dios inferior al Dios bueno aunque era independiente; él era justo, pero aún así no era bueno; sus escritos eran verdaderos y aun así debían descartarse; él había creado a todos los hombres y los había hecho buenos, y aun así ellos no tenían que servirle ni rendirle culto. Los seguidores de Marción buscaban ser más lógicos y postularon tres principios: bueno, justo y malvado, oponiendo los primeros dos al último; o un principio solo, el dios justo siendo una mera creación del dios bueno. La primera opinión era sostenida por Syneros y Lucano o Luciano. Del primero no se sabe nada aparte de la mención que hace Rodón de él; del segundo se posee más información, y Epifanio dedicó un capítulo completo a refutarlo. Sin embargo, ambos, Orígenes y Epifanio parecen saber de la secta de Lucano por rumores; probablemente ya se había extinguido hacia el final del siglo III.

Tertuliano (De Resur., Carn., II) dice que él superó a Marción negando la resurrección no sólo del cuerpo, sino también del alma, admitiendo sólo la resurrección de algún tertium quid (pneuma como opuesto al psyche?). Tertuliano dice que él tenía en mente las enseñanzas de Lucano cuando escribió su “De Anima”. Es posible que Lucano enseñara la transmigración de las almas; según Epifanio algunos marcionitas de su tiempo sostenían eso. Aunque la secta particular de Lucano se extinguió pronto, la doctrina comprendida en los tres principios fue largamente sostenida por los marcionitas. En el tiempo de San Hipólito (c. 225) era mantenida por un asirio llamado Prepón, quien escribió en su defensa una obra llamada “Bardesanes el Armenio” (Hipp., “Adv. Haer.”, VII, XXXI). Adamancio en su “Diálogo” (vea más abajo) introduce una doctrina marcionita de tres principios, probablemente ficticia, y Epifanio evidentemente la presenta como la prominente doctrina marcionita de su tiempo (374).

La doctrina de Un Principio solo, en la cual el dios judío es una criatura, era sostenida por el notorio Apeles, aunque en un tiempo fue discípulo de Marción mismo, se convirtió más en gnóstico que marcionita. Él estaba acompañado por una chica llamada Filumena, una especie de clarividente aficionada a la magia, y que reclamaba tener visiones frecuentes de Cristo y San Pablo, que aparecían en forma de niños. Tertuliano llama prostituta a esta Filumena, y acusa a Apeles de impureza, pero Rodón, que había conocido a Apeles personalmente, se refiere a él como “venerable en conducta y edad”. Tertuliano a menudo lo ataca en sus escritos ("De Praeser.," LXVII; "Adv. Marc.," III, g. 11, IV, 17) e incluso escribió una obra contra él: "Adversus Apelleiacos", que desafortunadamente se perdió, aunque una vez San Hipólito y San Agustín la conocieron. Algunos fragmentos de Apeles han sido reunidos por A. Harnack (primero en "Texte u. Unters.", VI, 3, 1890, y luego ibid., XX, o nueva ser., V, 3, 1900), quien escribió, "De Apelles Gnosi Monarchica" (Leipzig, 1874), aunque Apeles enfáticamente repudió los dos dioses de Marción y reconocía "Un Dios bueno, un Principio y un Poder indescriptible" (akatanomastos).

Este “Santo y Buen Dios de arriba”, según él, no se daba cuenta de lo que pasa acá abajo, pero hizo a otro dios que creó el mundo. Ni este dios-creador es la única emanación del Dios Supremo; hay un ángel de fuego, o dios de fuego ("Igneus Praeses mali" según Tertuliano, “De Carne”, VIII) que intervenía con las almas de los hombres; había un dios judío, dios de la ley, que presumiblemente escribió el Antiguo Testamento, la cual Apeles tildaba de una producción mentirosa. Sin embargo, posiblemente, el dios de fuego y el dios de la ley eran sólo manifestaciones del dios creador. Apeles escribió una extensa obra llamada Syllogismoi para probar la no confiabilidad del Antiguo Testamento, del cual Orígenes cita un fragmento característico (In Gen., II, II). Del antidocetismo de Apeles se ha hablado arriba.

Sólo se conoce el nombre de otros seguidores de Marción. Los marcionitas diferían de los cristianos gnósticos en que ellos consideraban ilegal negar su religión en tiempos de persecución, compitiendo noblemente con los católicos en derramar su sangre por el nombre de Cristo. Los mártires marcionitas son mencionados frecuentemente en la “Historia de la Iglesia” de Eusebio (IV.15; IV.46; V.16; V.21; VII.12). Su número e influencia parece siempre haber sido menos en Occidente que en Oriente, y en Oriente pronto se extinguieron. Sin embargo, Epifanio, testifica que en Oriente en 374 d.C. ellos habían engañado a “un gran número de hombres” y que se hallaban “no sólo en Roma e Italia, sino en Egipto, Palestina, Arabia, Siria, Chipre, la Tebaida e incluso en Persia.” Y Teodoreto, obispo de Ciro en la Provincia del Éufrates de 423 a 458, en su carta a Domno, el patriarca de Antioquía, relata con orgullo haber convertido a un millar de marcionitas en su diócesis.

No lejos de la diócesis de Teodoreto, cerca de Damasco, se encontró una inscripción de una iglesia marcionita, la cual mostraba que en 318-319 d.C. los marcionitas poseían libertad de culto (Le Boss and Waddington, "Inscr. Grec.", Paris, 1870). Constantino (Eusebio "Vita", III, LXIV) prohibió todo culto público y privado del marcionismo. Aunque los adversarios de los paulicianos siempre los designaban como maniqueos, y aunque su adopción de los principios maniqueos es innegable, aun así, según Petrus Siculus, quien vivió entre los paulicianos (868-869) en Tribike y es por lo tanto un testigo confiable, su fundador, Constantino el armenio, al recibir el evangelio de Marción y el Apostolicón de un diácono en Siria, se los entregó a sus seguidores, los que por lo menos al principio lo tuvieron como su Biblia y repudiaron todos los escritos de Mani. La impugnación del marcionismo por el arcipreste armenio Eznic en el siglo V muestra que los marcionistas eran aún numerosos en Armenia para ese tiempo (Eznik, "Refutación de las Sectas", IV, Ger. tr., J. M. Schmid, Viena, 1900). Ermoni sostiene que la descripción de Eznik de la doctrina marcionita todavía representa su forma antigua, pero esto no es reconocido por otros estudiosos ("Marcion dans la littérat. Arménienne" in "Revue de l'Or. Chrét.", I)

Mutilación del Nuevo Testamento

El nombre de Marción aparece prominentemente en la discusión de dos importantes asuntos, el del Credo de los Apóstoles y el del Canon del Nuevo Testamento. Eruditos modernos afirman que el Credo de los Apóstoles fue redactado en la Iglesia Romana en oposición al marcionismo (cf. F. Kattenbusch, "Das Apost. Symbol.", Leipzig, 1900; A.C. McGiffert, "El Credo de los Apóstoles", Nueva York, 1902). Omitiendo este punto, la actitud de Marción hacia el Nuevo Testamento debe ser explicada en más detalle. Su doctrina central era la oposición del Antiguo Testamento al Nuevo, e ilustró ampliamente esta doctrina en su gran obra (perdida), Antítesis, o “Contrastes”. Sin embargo, para hacer el contraste perfecto él tuvo que omitir muchos de los escritos del Nuevo Testamento y manipular el resto. Escogió uno de los cuatro evangelios, y aceptó sólo diez de las epístolas de San Pablo. El evangelio de Marción estaba basado en nuestro San Lucas canónico con omisión de los dos primeros capítulos. El texto ha sido restaurado lo más posible por Th. Zahn, "Geschichte d. N.T. Kanons", II, 456-494, de todas las fuentes disponibles especialmente San Epifanio, que hizo una colección de 78 pasajes. Los cambios de Marción consistían principalmente en omisiones donde él modificaba el texto. Las modificaciones son leves, por ejemplo: "Yo te doy gracias, Padre, Dios de Cielo y tierra,” es cambiado por “Yo te doy gracias, Padre, Dios del cielo”. “Oh, tontos y duros de corazón para creer en todo lo que los profetas han hablado”, es cambiado a “ Oh, tontos y duros de corazón para creer en todo lo que yo les he dicho.” Algunas veces hizo pequeñas adiciones: “Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo” (la acusación de los judíos ante Pilato, Lc. 23,2) recibió la adición “y destruyendo la ley y los profetas.”

Un proceso similar se siguió con las Epístolas de San Pablo. Al omitir una sola preposición en Efesios 3,9-10, Marción inventó un texto a favor de su doctrina: “el misterio que desde el principio del mundo ha sido escondido del Dios que creó todas las cosas” (omitiendo en antes de Dios). Por más hábilmente que se hicieron los cambios, los católicos continuaron presionando a Marción aun con los textos que él retuvo en su Nuevo Testamento, de ahí la continua necesidad de más modificaciones.

Las Epístolas de San Pablo que aceptó eran primero que nada, los Gálatas, la cual él consideraba la constitución del marcionismo, luego Corintios 1 y II, Romanos, Tesalonicenses 1 y 2, Efesios (la cual, sin embargo, él conocía bajo el nombre de Laodicianos), Colosenses, Filipenses y Filemón. Excluyó las epístolas pastorales, las epístolas católicas, Hebreos y Apocalipsis, así como los Hechos de los Apóstoles. Recientemente De Bruyne ("Revue Benedictine", 1907, 1-16) ha hecho un buen caso para suponer que los cortos prefacios a las epístolas paulinas, que fueron una vez atribuidos a Pelagio y otros, fueron extraídas como la Biblia marcionita y aumentadas con encabezados católicos para las epístolas faltantes.

Escritores Anti-Marcionitas

(1) San Justino el mártir (150) se refiere a los marcionitas en su primera Apología; él escribió un tratado especial contra ellos. Sin embargo, éste mencionado por San Ireneo como Syntagma pros Markiona, se ha perdido. Ireneo (Haer., IV, VI, 2) cita pasajes cortos de Justino que contienen la oración: “No le hubiera creído al Señor mismo si él hubiera anunciado a otro que el Creador”; también, V, 26, 2.

(2) San Ireneo (cerca de 176) trató de escribir una obra especial refutando a Marción, pero nunca cumplió su propósito. (Haer., I, 27, 4; III, 12, 13); sin embargo, él se refiere a Marción una y otra vez en su gran obra Contra Herejías, especialmente en III, 4, 2; III, 27, 2; IV, 38, 2 sq.; III, 11, 7, 25, 3.

(3) Rodón (180-192) escribió un tratado contra Marción, dedicado a Callistión, el cual ya no existe pero Eusebio se refiere a él y da algunos extractos. (Historia de la Iglesia V.13).

(4) Tertuliano, nuestra principal fuente de información, escribió su “Contra Marción” (cinco libros) en 207, y se refiere a Marción en muchas de sus obras; "De Praescriptione", "De Carne Christi", "De Resurrectione Carnis", and "De Anima". Su obra contra Apeles se perdió.

(5) Pseudo-Tertuliano, (posiblemente comodiano. Vea H. Waitz, "Ps. Tert. Gedicht ad M.", Darmstadt, 1901) escribió un extenso poema contra Marción en hexámetros ramplones, el cual es muy valioso. También existe el corto tratado contra todas las herejías (cerca de 240 d.C.) de Pseudo-Tertuliano (posiblemente Victorino de Pettau).

(6) Adamancio: es incierto si éste es un personaje real o sólo un seudónimo. Su diálogo "De Recta in Deum Fide", a menudo ha sido atribuido a Orígenes, pero está fuera de toda duda que él no es el autor. La obra probablemente fue escrita cerca de 300 d.C. Fue escrita originalmente en griego y traducida por Rufino y es una refutación del marcionismo y valentinianismo. La primera mitad está dirigida contra el marcionismo, el cual es defendido por Megetio (el cual sostiene los tres principios) y Marco (que defiende dos). (Berlín ed. De los Padres por Sande Bakhuysen, Leipzig, 1901).

(7) San Hipólito de Roma (c. 220) habla de Marción en su “Refutación de todas las Herejías”, libro VII, cap. 17-26; y X, 15)

(8) San Epifanio escribió su obra contra las herejías en 374, y es la segunda fuente principal de información en su Cap. XLII-XLIV. Él es muy valioso para la reconstrucción del texto de la Biblia de Marción, pues él da 78 y 40 pasajes del Nuevo Testamento de Marción donde difiere del nuestro y añada una corta refutación en cada caso.

(9) San Efrén (373) sustenta en muchos de sus escritos una polémica contra Marción, como en su "Comentario sobre el Diatesseron" (J.R. Harris, "Fragmentos de Com. on Diates.", Londres, 1895) y en sus “Sermones Métricos” (ed. romana, Vol II, 437-560, y el Efrén de Overbeek, etc., Opera Selecta).

(10) Eznik, un arcipreste armenio, o posiblemente Obispo de Bagrawand (478) escribió una "Refutación de las Sectas", del cual el Libro IV es una refutación de Marción. Traducido al alemán, J.M. Schmid, Viena, 1900.


Bibliografía: Meyboom. Marcion en de Marcioneten (Leyden, 1888); Idem, Het Christendom der tweede Eeuw (Groningen, 1897); Krueger, artículo extenso en Hauck, Real Encyclop. der Prot. Theol., XII, 1903; s.v.; Harnack, Gescichte der altchrist Lit., I, 191-197, 839-840; Texte und untersuchung, VI, 3 pp., 109-120; XX, 3, pp. 93-100 (1900); 2nd II, 2, 537; Bardenhewer, Gesch. der altkirchl. lit. II (1902); Zahn, Geschichte des N.T. Kanons, I y II (1888); Das Apost. Symbol. (Leipzig, 1893); Hilgenfeld, Ketzergeschichte des Ur-Christenhums (Leipzig, 1884).

Fuente: Arendzen, John. "Marcionites." The Catholic Encyclopedia. Vol. 9. New York: Robert Appleton Company, 1910. <http://www.newadvent.org/cathen/09645c.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina.