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Domingo, 22 de octubre de 2017

Epístola de Bernabé

De Enciclopedia Católica

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Autoridades para el Texto y Ediciones

Hay una triple tradición del texto griego de este documento. Hasta 1843 se conocían ocho manuscritos de la Epístola de Bernabé existentes en las bibliotecas occidentales, todos los cuales se derivaban de una fuente común, y ninguno de ellos tenía los capítulos I-V, 7a. Desde entonces se han descubierto dos manuscritos completos de los textos que son independientes uno de otro y del grupo precedente de textos, a saber: el famoso Códice Sinaítico de la Biblia (siglo IV), en el cual la Epístola de Bernabé y “El Pastor” (de Hermas) aparecen después de los libros del Nuevo Testamento, y el Códice Jerusalén (siglo XI), que incluye el Didache. Hay también una antigua versión latina de los primeros diecisiete capítulos la cual es, quizás, de fines del siglo IV (St. Petersburgo, Q., I, 39). Esta versión es muy libre y apenas puede servir para la restauración del texto. Lo mismo es cierto para las citas de la epístola en los escritos de Clemente de Alejandría u Orígenes, y otros. La autoridad para el texto es el Códice Sinaítico.

Contenido

La Epístola de Bernabé no contiene ninguna pista sobre su autor ni para quiénes fue escrita. Su objetivo es impartir a sus lectores la perfecta sabiduría (gnosis), que es un conocimiento exacto de la economía de la [[salvación). Se compone de dos partes, cuyo tema de ambas se anuncia en los versos 6 y 7 del primer capítulo. La primera parte (caps. I-V,4) es exhortativa; en los malos días que están ocurriendo en los cuales el fin del mundo y el Juicio aparecerán, los fieles, libres de las ataduras de la ley ceremonial judía, deben practicar las virtudes y huir del pecado.

La segunda parte (caps. V, 5-XVII) es más especulativa, aunque tiende, debido a la naturaleza del argumento, a establecer la libertad de los cristianos respecto a las regulaciones mosaicas. El autor desea que sus lectores comprendan la naturaleza real del Antiguo Testamento. Él muestra cómo las ordenanzas de la Ley deben ser entendidas como refiriéndose alegóricamente a las virtudes e instituciones cristianas, y él se detiene para aclarar por medio de una serie de explicaciones simbólicas, que a menudo son singulares, cómo el Antiguo Testamento prefigura a Cristo, su Pasión, su Iglesia, etc. Antes de concluir (cap. XXI) el autor repite y amplía las exhortaciones de la primera parte de la epístola al tomar de otro documento (el Didache o su fuente) la descripción de los dos caminos, el camino de la luz y el de las tinieblas (XVIII-XX).

Uso de la Alegoría

La epístola se caracteriza por el uso de una alegoría exagerada. En este particular el autor va mucho más allá de [[San Pablo, el autor de la Epístola a los Hebreos, y San Ignacio de Antioquía. No satisfecho con considerar que la historia e instituciones judías contienen tipos del cristianismo, él pone completamente a un lado el carácter histórico transitorio de la vieja religión. Según muchos eruditos él enseña que nunca se intentó que los preceptos de la Ley debieran ser observados en su sentido literal, que los judíos nunca tuvieron una alianza con Dios, que la circuncisión fue obra del Diablo, etc.; así él representa un punto de vista único en la lucha contra el judaísmo. Se podría decir más exactamente que él condena el ejercicio de culto de los judíos en su totalidad porque en su opinión, los judíos no sabían elevarse al significado espiritual y típico que tenía Dios en mente al darles la Ley. Es la observancia puramente material de las ordenanzas ceremoniales, cuyo cumplimiento literal no era suficiente, que el autor que son obra del Diablo, y según él, los judíos nunca recibieron la alianza divina porque nunca entendieron su naturaleza (caps. VII, 3, 11, IX, 7; X, 10; XIV).

Intención

La Epístola de Bernabé no es una polémica. El autor no le presta atención al paganismo. Aunque toca en diferentes puntos que tuvo relaciones con las doctrinas de los gnósticos, aun así él no tiene conocimiento de estos últimos. La manera perfectamente compuesta en la cual expone la sabiduría que desea impartir muestra que otra, la sabiduría herética (gnosis) no está en sus pensamientos. Además, el modo en que habla del Antiguo Testamento no sería explicable si él hubiese conocido el uso erróneo que un Basílides o un Marción podían hacer de él. Asimismo, no había nada en las teorías judaizantes para alarmar su fe. Él habla del judaísmo sólo en abstracto, y nada en la carta excita la sospecha de que los miembros de su rebaño estuvieron expuestos al peligro de caer de nuevo bajo el yugo de la Ley. En la carta no se describe ninguna situación clara. En resumen, se podría considerar más como las especulaciones pacíficas de un catequista que como los gritos de alarma de un pastor. En consecuencia, no se puede admitir que el autor haya deseado tomar parte en la lucha contra los judaizantes ni en Jerusalén ni en Roma.

Fecha

Esta discusión abstracta del judaísmo es signo de una época cuando las controversias judaizantes eran ya cosa del pasado en el cuerpo principal de la Iglesia. Al establecer la fecha de la carta a menudo se hace referencia a los versos 3-5 del capítulo 4, donde el escritor, se cree, encuentra el cumplimiento de la profecía de Daniel (Dan. 7,7 ss.) en la sucesión de los emperadores romanos de su tiempo. Comenzando con esto, algunos críticos colocan la composición de la epístola en el reinado de Vespasiano, otros en el de Domiciano, y aun otros en el reinado de Nerva. Pero no hay nada para probar que el autor considera la profecía como ya cumplida. Además, él habría tomada las palabras de la profecía para significar una serie de reinos en lugar de una línea de reyes. Por lo tanto, es necesario volver a los versos 3-5 del capítulo XVI. En él se hace referencia a la orden dada por Adriano en 130 d.C para la reconstrucción, en honor a Júpiter, del Templo de Jerusalén, que había sido destruido por tito. Adriano también le había prohibido a los judíos practicar la circuncisión, a lo cual alude el autor de la carta (cap. IX,4). En consecuencia, la epístola debe haber sido escrita en 130-131 d.C.

Características Generales

En lo que le aconteció a Jerusalén y al Templo el autor vio la refutación de los errores de los judíos, o más bien de los ebionitas, pues a estos últimos que tiene en mente cuando su lenguaje se vuelve más definido (caps. Iv, 4, 6; V, 5; XII, 10; XVI,1). Su rebaño no está en peligro de caer en estos errores. Por lo tanto, nunca los ataca directamente. Simplemente toma ventaja de la oportunidad que los acontecimientos le ofrecen para dar sus opiniones en cuanto a la posición y naturaleza del judaísmo y su Ley. De ahí la epístola, en su carácter general, es más como un tratado u homilía que una carta. Sin embargo, la forma epistolar no es completamente ficticia. El autor no le está escribiendo a los cristianos en general, sino a una iglesia en particular en la cual ejerció el oficio de didaskalos y de la que se encuentra separado (ch. I, 2, 4; XXI, 7, 9).

Desde el punto de vista literario la Epístola de Bernabé no tiene méritos. El estilo es tedioso, pobre en expresión, deficiente en claridad, en elegancia, en corrección. La lógica del autor es débil, y su asunto no está bajo su control; de este hecho surgen las numerosas digresiones. Sin embargo, estas digresiones no brindan razón para dudar de la integridad de la carta, o para considerar interpolaciones ya sea capítulos completos, o cierto número consecutivo de versos o partes de versos en cada capítulo. Un estudioso, Wehofer, pensó que había descubierto en el arreglo de la epístola, una adherencia a las leyes de la estrofa semítica. Pero el fenómeno encontrado se halla en todos los autores que hilvanan sus pensamientos sin ser capaces de subordinar el argumento a las reglas del estilo literario.

Desde el punto de vista dogmático la principal importancia de la epístola es en su relación a la historia del Canon de las Escrituras. De hecho, cita el Evangelio según san Mateo como Escritura (cap. 4,14), e incluso reconoce como en el Canon de los Libros Sagrados (gegraptai), junto con la colección de escritos judíos, la colección de los cristianos (cap. V,2), cuyo contenido, sin embargo, no puede ser determinado. El autor considera que varios libros apócrifos pertenecen al Antiguo Testamento---probablemente Esdras IV (cap. XII, 1) y sin duda Henoc (cap. IV,3; XVI,5). En su cristología, su soteriología y su doctrina respecto a la justificación el autor desarrolla las ideas de San Pablo con originalidad. Se ha dicho erróneamente que él considera al Cristo pre-existente sólo como un espíritu de la imagen de Dios. Sin afirmar explícitamente la consubstancialidad y la filiación verdadera, él evidentemente reconoce la naturaleza divina de Cristo desde antes de la Creación. Las descripciones escatológicas son decididamente moderadas. Es un milenarista, pero al hablar del Jucio inminente él sólo expresa una vaga creencia de que el final se acerca.

Nacionalidad del Autor e Historia de la Epístola

El carácter extremadamente alegórico de la exégesis lleva a la suposición de que el autor de la carta era alejandrino. Su modo de colocarse a sí mismo y a sus lectores en oposición a los judíos hace imposible creer que ya sea él o la mayor parte de sus lectores fueran de origen judío. Además, no siempre está familiarizado con los ritos mosaicos (cf. cap. VII). La historia de la epístola confirma su origen alejandrino. Hasta el siglo IV sólo los alejandrinos la conocían, y en su Iglesia la carta tenía el honor de ser leída públicamente. La manera en que Clemente de Alejandría y Orígenes se refieren a la carta confirma la creencia que, cerca del año 200 d.C., incluso en Alejandría la Epístola de Bernabé no era considerada por todos como un escrito inspirado.


Fuente: Ladeuze, Paulin. "Epistle of Barnabas." The Catholic Encyclopedia. Vol. 2. New York: Robert Appleton Company, 1907. <http://www.newadvent.org/cathen/02299a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina