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Martes, 17 de octubre de 2017

San Máximo de Constantinopla

De Enciclopedia Católica

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Conocido como el “Teólogo” y como “Máximo Confesor”, nació en Constantinopla alrededor del año 580; murió en el exilio el 13 de agosto de 662. Fue uno de los nombres principales en la controversia monotelita y de los principales doctores de la teología de la Encarnación y del misticismo ascético, y notable como testigo del respeto que la Iglesia Griega le tenía al papado en esa época. Este gran hombre perteneció a una noble familia de Constantinopla. Llegó a ser primer secretario del emperador Heraclio, quien le apreciaba mucho, pero él dejó el mundo y se entregó a la contemplación en un monasterio de Crisópolis, frente a Constantinopla. Allí se convirtió en abad, pero parece que dejó este retiro debido a su inseguridad por los ataques hostiles.

Hablaba del asceta palestino San Sofronio, luego patriarca de Jerusalén, como su amo, padre y maestro (Ep. 13), de modo que probablemente pasó algún tiempo con él, y estuvo con él y otros monjes en África durante los preparativos que culminaron con la “unión acuosa” por la cual Ciro de Alejandría, el patriarca, reconcilió a cierto número de monofisitas con la Iglesia al rechazar la doctrina de las “dos operaciones” en Cristo. (Vea Monotelismo y Monotelitas). La primera acción conocida de San Máximo a este respecto es una carta que envió a Pirro, entonces abad de Crisópolis, amigo y partidario de Sergio, patriarca de Constantinopla, favorecedor de la expresión monotelita “dos operaciones”. Como la carta dice que le había ocasionado un largo viaje a los monjes que la llevaron, quizás ya San Máximo estaba en África cuando la escribió. Pirro había publicado una obra sobre la Encarnación, por la cual San Máximo le hace una alabanza bastante grosera, como una introducción a la pregunta (la cual pone con mucha inseguridad y muchas excusas) de qué Pirro quiso decir por una “energeia” o “energema”. Máximo está claramente ansioso por lograr que él se retracte o que explique la errónea expresión, sin exasperarlo con contradicciones.

La “Ectesis” de Heraclio fue publicada en 638, y Sergio y el Papa Honorio I murieron ese mismo año. Una carta de Máximo nos dice, conocido de buena tinta de sus amigos en Constantinopla, que los apocrisiarios romanos que había ido allí a obtener la confirmación imperial para el recién electo Papa Severino, fueron abordados por el clero de Constantinopla con la demanda que debían prometer obtener la firma del Papa para la Ectesis, de lo contrario, ellos no recibirían ayuda en el asunto para el cual habían hecho tan largo viaje:

“Habiendo descubierto el contenido del documento, pues al negarse habrían causado que la primera y Madre de las Iglesias, y la ciudad, se quedaran por mucho tiempo en la viudez, contestaron tranquilamente: ‘No podemos actuar con autoridad sobre este asunto, pues hemos recibido una comisión que ejecutar, no una orden para una profesión de fe. Pero les aseguramos que le presentaremos el documento mismo y le contaremos al que será consagrado todo lo que ustedes nos han presentado, y si él lo juzga correcto, le pediremos que estampe su firma en él. Pero no pongan ningún obstáculo en nuestro camino ni nos hagan violencia al retrasarnos y mantenernos aquí. Pues nadie tiene el derecho de usar violencia especialmente cuando es cuestión de fe. Pues en esto incluso los más débiles se vuelven poderosos y los dóciles se vuelven guerreros, y al confortar el alma con la Palabra de Dios se robustece contra los más grandes ataques. ¿Cuánto más en el caso del clero e Iglesia de los romanos, que desde antiguo hasta ahora, como la más antigua de las Iglesias bajo el sol, preside sobre todos? Habiendo seguramente recibido esto canónicamente, tanto de los concilios como de los Apóstoles, como de los príncipes de éstos, y siendo contados en su compañía, ella no está sujeta a escritos o emisión de documentos sinodales, debido a la eminencia de su pontificado, aun en todas estas cosas todos están sujetas a ella según la ley sacerdotal.’ Y así cuando sin miedo y con toda la santa y apropiada confianza, aquellos ministros de la verdadera firme e inconmovible roca, es decir, de la más grande y Apostólica Iglesia de Roma, le habían contestado así al clero de la ciudad real, parecieron haberlos consolidado y haber actuado prudentemente, de modo que los otros se volvieron humildes y modestos, mientras que dieron a conocer su ortodoxia y pureza de su propia fe desde el principio. Pero los de Constantinopla, admirando su piedad, pensaron que tal acción debía ser recompensada; y cesaron de insistir con el documento, y prometieron esforzarse y procurar que el emperador emitiera la orden respecto a la elección papal. También me enviaron copia del antedicho documento. Explican en él la causa por guardar silencio sobre las operaciones naturales en Cristo nuestro Dios, que es, en sus naturalezas, de las cuales y en las cuales se cree que Él está, y cómo en el futuro no se mencionarán ni una ni dos. Sólo es permisible confesar que las (obras) divinas y humanas procedían de la misma Palabra de Dios encarnada, y deben ser atribuidas a una y la misma (persona).”

Este pasaje no llama todavía a la prohibición de las “dos operaciones” por el nombre de herejía y no menciona la “única Voluntad” confesada en el Ectesis. Pero da claramente la opinión de San Máximo que el más pequeño punto de fe se debe sostener aún a riesgo de la propia vida, y demuestra la amplia admisión hecha en Constantinopla, antes que las luchas comenzaran, de las prerrogativas de Roma.

Cuando en 641 el Papa Juan IV escribió su defensa del Papa Honorio, San Máximo le hizo eco en una carta a Marino, un sacerdote de Chipre. Él declara que cuando Honorio confesó una voluntad de nuestro Señor, sólo quiso negar que Cristo tuvo una voluntad según la carne, de concupiscencia, puesto que Él fue concebido y nació sin la mancha del pecado. Máximo apela al testimonio del abad Juan Simpono, quien escribió la carta para Honorio. Pirro había sucedido a Sergio, pero fue desterrado al ascender al trono el emperador Constante en 642. Máximo entonces le escribió una carta al patricio Pedro, aparentemente gobernador de Siria y Palestina, quien le había escrito respecto a Pirro, a quien ahora llama simplemente abad. Pirro estaba en Palestina y Pedro le había impedido exponer sus opiniones heréticas. Pirro había declarado que estaba listo para satisfacer a Máximo en cuanto a su ortodoxia. La carta dice que él le habría escrito antes a Pedro “pero tenía miedo de ser sospechoso de transgredir las santas leyes si lo hubiese hecho sin conocer la voluntad de la muy Santa Sede de los hombres apostólicos, que guían acertadamente toda la plenitud de la Iglesia católica, y la gobiernan con orden según la Ley Divina.

El nuevo Ectesis era peor que las viejas herejías---Pirro y su predecesor habían acusado a Sofronio de error---ellos persuadieron a Heraclio de dar su nombre a la Ectesis:

“ellos no se han conformado al sentido de la Sede Apostólica, y lo que es risible, o más bien lamentable, como prueba su ignorancia, no han dudado en mentir contra la Sede Apstólica misma… pero han reclamado que el gran Honorio estaba de su lado… ¿Qué hizo el divino Honorio, y después de él el anciano Severino, y Juan que le sucedió? Todavía más, ¿qué súplica no ha hecho el santo Papa actual? ¿Acaso Oriente y Occidente completo no han traído sus lágrimas, lamentos, obsecraciones, deprecaciones, tanto ante Dios con sus oraciones como ante los hombres en sus cartas? Si la Sede Romana reconoce que Pirro es no sólo un réprobo sino un hereje, es ciertamente claro que todo el que anatematice a los que han rechazado a Pirro, anatematizan la sede de Roma, esto es, anatematiza a la Iglesia Católica. Necesito apenas añadir que él se excomulga a sí mismo también, si él realmente esta en comunión con la Sede Romana y la Iglesia de Dios. No es correcto que uno que ha sido condenado y expulsado por la Sede Apostólica de la ciudad de Roma por sus opiniones erróneas deba ser nombrado con cualquier clase de honor, hasta que sea recibido por ella, que haya regresado a ella---no, a Nuestro Señor---mediante una confesión piadosa y por la fe ortodoxa, por la cual puede recibir la santidad y el título de santo… Que se apresure antes que todo a satisfacer a la Sede Romana, pues si ella está satisfecha todos concordarán en llamarlo piadoso y ortodoxo. Pues sólo habla en vano quien piensa que puede persuadir o entrampar a personas como yo mismo, y no satisface ni le implora al Santo Papa de la muy santa Iglesia de los romanos, esto es, la Sede Apostólica, la cual del Hijo de Dios Encarnado mismo, y también de todos los sínodos, según los santos cánones y definiciones, ha recibido dominio universal y supremo, autoridad y poder de atar y desatar sobre todas las santas Iglesias de Dios que están dispersas por el mundo entero---pues a través de ella el Verbo que está sobre todos los poderes celestiales ata y desata en el Cielo también. Pues si él piensa que debe satisfacer a otros, y falla en implorar al muy bendito Papa romano, está actuando como un hombre cuando es acusado de homicidio u algún otro crimen, que no se apresura a probar su inocencia al juez designado por ley, sino que sólo inútilmente y sin ganancia hace lo imposible por demostrarle su inocencia a individuos privados, que no tienen poder para absolverlo.”

Pirro pensaba que podría recuperar su sede con la ayuda del Papa. Vino a África y en julio de 645 se realizó una discusión pública entre él y Máximo, en presencia del gobernador Gregorio (llamado Jorge en los manuscritos de San Máximo), que era amigo y mantenía correspondencia con el santo. Las minutas son interesantes. Pirro argumenta que dos voluntades deben implicar dos Personas dispuestas; Máximo le replica que en ese caso debe haber tres voluntades en la Santísima Trinidad. Él demuestra que la voluntad pertenece a la Naturaleza, y distingue entre la voluntad como una facultad y la voluntad como un acto de la facultad. Pirro entonces admite las dos voluntades, debido a las dos naturalezas, pero añade que debemos confesar una voluntad debido a la perfecta unión. Máximo replica que esto nos debe llevar a confesar una naturaleza debido a la perfecta unión. Cita entonces muchos pasajes de la Escritura para las dos voluntades y las dos operaciones. Pirro presenta a Honorio y a Vigilio Máximo defiende a Honorio del cargo de enseñar las dos voluntades, y niega que Vigilio haya recibido la carta de Menas, cuya autenticidad se asume. Se queja de la mutabilidad de Sergio. Por último se discute la famosa “nueva operación teándrica” de Dionisio el Pseudo-Areopagita y Máximo la explica y la defiende. Entonces Pirro se entrega y consiente en ir a Roma, donde de hecho condenó sus enseñanzas anteriores, y se reconcilió con la Iglesia y con el Papa. Pero la revuelta de Gregorio, que lo hizo emperador de África, pero fue derrotado en 647, trajo a Máximo a desgracia en la corte, y destruyó la esperanza de restaurar a Pirro como patriarca ortodoxo. Después que la Ectesis fue retirada, y el Tipo, “Typos” substituido por el del emperador Constante, San Máximo estuvo presente en el gran concilio lateranense efectuado por San Martín a su pedido en 649. Él escribió desde Roma (donde permaneció varios años):

“Las extremidades de la tierra, y todo en cada parte de ella que pura y correctamente confiesan al Señor miran directamente hacia la muy santa Iglesia Romana y su confesión y fe, como si fuera a un sol de luz inagotable, esperando de ella el brillante resplandor de los sagrados dogmas de nuestros Padres según los cuales los seis sagrados e inspirados concilios han decretadi pura y piadosamente, declarando muy expresamente el símbolo de fe. Pues desde la venida del Verbo Encarnado entre nosotros, todas las Iglesias en todas partes del mundo han considerado sólo a la más grande Iglesia como su base y fundamento, viendo que según la promesa de Cristo nuestro Salvador las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, que tiene las llaves de una confesión recta y fe en Él, que abre la verdadera y única religión a los que se acercan con piedad, y calla y cierra todas las bocas heréticas que hablan injusticia contra la Muy Alta.”

El Papa Martín fue sacado de Roma en 653, y murió por el mal trato en Inkerman en marzo de 655. Fue probablemente más tarde ese año que un oficial llamado Gregorio vino a Roma a tratar que el Eugenio recibiera el Tipo. Vino a la celda de San Máximo, quien argumentó con él y denunció el Tipo. Como el santo fue reconocido como el líder de los ortodoxos occidentales, fue enviado a Constantinopla a finales de 655 (no, como se ha establecido, al mismo tiempo que San Martín). Tenía en ese entonces setenta y cinco años de edad. Anastasio Bibliotecario conservó las actas de sus juicios. Fue acusado de conspirar con el usurpador Gregorio, junto con el Papa Teodoro I y se decía que había causado la pérdida del imperio de Egipto, Alejandría, Pentápolis y África. Él se negó a la comunión con la Sede de Constantinopla, porque

“porque han echado fuera los cuatro santos concilios por las proposiciones hechas en Alejandría, por la Ectesis y por el tipo… y porque los dogmas que afirmaron en las proposiciones los condenaron en la Ectesis, y lo que proclamaron en la Ectesis lo anularon en el tipo, y en casa ocasión se deponían ellos mismos. Yo me qué pregunto ¿Qué misterios celebran ellos, que se han condenado ellos mismos y han sido condenados por los romanos y por el sínodo (lateranense), y despojados de su dignidad sacerdotal?”

Él no creía la declaración de que los enviados del Papa habían aceptado la confesión de “dos voluntades debido a la diversidad y una voluntad debido a la unión,” y señalaba que la unión al no ser una substancia no podía tener voluntad. Escribió sobre esto a su discípulo el abad Anastasio, quien pudo enviar una carta para advertir a “los hombres de la antigua Roma firmes como roca” de la confesión engañosa que el patriarca Pedro le estaba enviando al Papa. El primer día del juicio se realizó una reunión del clero, y convencieron al emperador de enviar a Máximo a Bizia en Tracia, y a sus discípulos, el abad Anastasio y Anastasio el apocrisiario papal, a Perberis y Mesembria.

Sufrieron mucho de hambre y frío. El 24 de septiembre de 656 Teodosio, obispo de Cesarea en Bitinia, visitó a Máximo por órdenes del emperador, acompañado de sus cónsules, Teodosio y Paulo. El santo confundió a sus visitantes con la autoridad de los Padres, y declaró que él nunca aceptaría el Tipo. El obispo entonces replicó: “Te declaramos como respuesta que si entras a la comunión, nuestro amo el emperador anulará el Tipo.” Máximo contestó que el Ectesis, aunque derrotado, no había sido repudiado y que los cánones del Concilio de Letrán debían ser aceptados formalmente antes de que él pudiera comulgar. El obispo bizantino insistió desvergonzadamente: “El sínodo es inválido, puesto que fue efectuado sin la orden del emperador.” Máximo redarguyó: “Si no es la fe piadosa, sino la orden del emperador la que valida los sínodos, que acepten los sínodos que se realizaron contra el Homoousion en Tiro, en Antioquía, en Seléucida y el Concilio Ladrón de Éfeso.”

El obispo está listo para consentir con las dos voluntades y las dos operaciones: pero San Máximo le dice que él mismo es un monje y no puede recibir su declaración---el obispo, y también el emperador, y el patriarca y su sínodo, deben enviar una súplica al Papa. Entonces todos irrumpen en gozo y lágrimas, y se arrodillan y oran, y besan los Evangelios y el Crucifijo y la imagen de la Madre de Dios, y todos se abrazan. Pero el cónsul dudó: “Piensas tú”, dijo él, “que el emperador enviará una súplica a Roma?” “Sí”, dijo el abad, “si él se humilla a sí mismo como Dios se humilló a sí mismo.” El obispo le dio dinero y una túnica, pero el obispo de Bizia se apropió de la túnica. El 8 de septiembre el abad fue enviado honorablemente a Rhegium, y dos días después los patricios llegaron con gran ceremonia con el obispo Teodosio y le rindieron al santo gran honor si aceptaba el Tipo y comulgaba con el emperador. Máximo se volvió solemnemente al obispo y le recordó el Día del Juicio. “Que debo hacer yo si el emperador toma otra opinión? Susurró el miserable hombre. El abad quedó sorprendido y dio una palmada. El patricio Epifanio declaró que ahora todos aceptaban las dos voluntades y las dos operaciones, y que ahora el Tipo era sólo un compromiso. Máximo reiteró la opinión de Roma que prohibir el uso de una expresión era negarla. A la siguiente mañana, 19 de septiembre, el santo fue despojado de su dinero e incluso de su pobre bulto de ropa, y fue conducido a Salembria, y de ahí a Perberis (Perbera).

Seis años después, en 662, Máximo y los dos Anastasios fueron llevados a juicio en Constantinopla. Fueron anatematizados y con ellos San Martín y San Sofronio. El prefecto ordenó que se les golpeara, se les cortaran las lenguas y cercenaran las manos derechas, para exhibirlos así mutilados en todos los barrios de la ciudad, y para enviarlos a exilio perpetuo y prisión. Una larga carta del romano Anastasio nos cuenta del sufrimiento en su viaje a Colchis donde los encarcelaron en diferentes fortalezas. Nos dice que San Máximo previó en una visión el día de su muerte, y que luces milagrosas aparecían por las noches en su tumba. El monje Anastasio había muerto el mes anterior; el romano vivió hasta el año 666.

Así San Máximo murió por la ortodoxia y obediencia a Roma. Siempre ha sido considerado uno de los principales escritores teológicos de la Iglesia Griega, y ha obtenido el honorable título de “el Teólogo”. Se puede decir que él completó y cerró la serie de escritos patrísticos sobre la Encarnación, según son resumidos por San Juan Damasceno. Desafortunadamente su estilo es muy obscuro, pero es muy preciso en sus pensamientos y profundamente instruido sobre los Padres. Sus obras exegéticas explican la Sagrada Escritura alegóricamente. Tenemos comentarios sobre el salmo 59, sobre la oración de Señor, y un número de explicaciones de diferentes textos, los cuales están destinados principalmente para el uso de monjes, y tratan mucho sobre la teología mística. Más declaradamente místicas son sus “Escolias” sobre Dionisio el Pseudo-Areopagita sus explicaciones de las dificultades en Dionisio y San Gregorio Nacianceno y su “Ambigua” sobre San Gregorio. Esta última obra fue traducida al latín por Escoto Erigena a pedidos de Carlos el Calvo. Los escritos polémicos incluyen tratados cortos contra el monofisismo, y una más importante serie contra los monotelitas, a cuyo lado se debe situar las cartas y la disputa con Pirro.

Sus numerosos escritos ascéticos han recibido siempre gran honor en los monasterios orientales. El más conocido es un hermoso diálogo entre un abad y un monje joven sobre la vida espiritual; también hay varias colecciones de sententiae, éticas y devocionales, para el uso del claustro. La “Mystagogia” es una explicación del simbolismo eclesiástico, de importancia para la historia litúrgica. Se conservan tres himnos y una obra cronológica (publicada en el “Uranologium” de Petavio, París, 1630, y en P.G., XIX). Algunos escritos existen sólo en manuscritos. La obra literaria de San Máximo tuvo un amplio alcance. Él fue esencialmente un monje, un contemplativo, un místico, completamente a gusto con el platonismo de Dionisio. Pero también fue un dialéctico agudo, un teólogo escolástico, un controversista. Su influencia en ambas líneas ha sido muy grande. Su principal enseñanza puede ser resumida bajo dos títulos, la unión de Dios con la humanidad por medio de la Encarnación, y la unión del hombre con Dios por la práctica de la perfección y la contemplación. El Martirologio Romano conmemora a San Máximo el 13 de agosto, y en el Menologio Griego el 21 de enero y 12 y 13 de agosto. Su oficio griego aparece en Combefis (P.G., XC, 206).

Una edición completa de sus obras fue comenzada por el dominico François Combefis. Dos volúmenes aparecieron (París, 1675), pero falta la tercera. En la reimpresión de Migne (P.G., XC-XCI) está añadida la "De Locis difficilibus Dionysii et Gregorii", de la edición de Oehler (Halle, 1857), y los himnos de Daniel "Thesaurus Hymnolog." III. Anastasio Bibliotecario conservó algunas cartas y otros documentos en latín en su "Collectanea" (P.L., CXXIX, y Mansi, X). La "Scholia" sobre Dionisio el Pseudo-Areopagita están impresas con las obras de este último (P.G., IV). La antigua "Vita et certamen" (P.G., XC, Acta SS., 13 de agosto) no es contemporánea y no puede ser confiable.


Fuente: Chapman, John. "St. Maximus of Constantinople." The Catholic Encyclopedia. Vol. 10. New York: Robert Appleton Company, 1911. <http://www.newadvent.org/cathen/10078b.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina