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Martes, 23 de enero de 2018

Anatema

De Enciclopedia Católica

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(Griego anathema; literalmente, colocado en alto, suspendido, poner aparte).

Término que anteriormente denotaba ofrendas hechas a la divinidad que se suspendían del techo o paredes de los templos con el propósito de exponerlas a la vista. Así según su etimología, anathema significa una cosa ofrecida a Dios; en el Antiguo y Nuevo Testamentos se usa a veces en este sentido. En Judit 16,18 se dice que Judit, habiendo tomado todas las armas de Holofernes, que el pueblo le había concedido, y las cortinas de su cama que ella misma había traído, y las ofreció al Señor como anatema de desprecio. En 2 Macabeos 9,16 Antíoco promete adornar con los más preciosos regalos (anathemata) el templo que había saqueado; y en Lucas 21,5 se hace mención del templo construido de piedras preciosas y adornado con ricos regalos (anathemata). Como los objetos odiosos también se exponían a la vista, por ejemplo, la cabeza de un criminal o de un enemigo, o sus brazos o despojos, la palabra anathema vino a significar una cosa odiada, o execrable, dedicada al aborrecimiento o destrucción pública. “Para entender la palabra anatema”, dice Vigoroux, “primero debemos remontarnos al verdadero significado de herem , del cual es equivalente. Herem viene de la palabra haram, cortar, separar, maldecir, e indica lo que es maldito y condenado a ser cortado o exterminado, ya sea una persona o una cosa, y en consecuencia, aquello que le está prohibido usar al hombre.” Ese es el sentido de anatema en el siguiente pasaje del Deuteronomio 7,26: “no debes meter en tu casa una cosa abominable, pues te harías anatema como ella. Las tendrás por cosa horrenda y abominable, porque son anatema.” Naciones, individuos, animales y objetos inanimados podían constituirse en anatema, es decir, maldito y condenado a la destrucción. Fue así que el pueblo habitante de la Tierra Prometida era anatema, como dice Moisés (Deut. 7,1-2): “Cuando… Yahveh tu Dios los haya arrojado delante de ti, los destruirás.”

Cuando el Señor anatematizaba un pueblo, éste tenía que ser exterminado completamente. Saúl fue rechazado por Dios por haber perdonado a Agag, rey de los amalecitas, en medio de gran parte del botín (1 Sam. 15,9-23). Cualquiera que perdonase algo perteneciente a un hombre que había sido declarado anatema, se volvía él mismo anatema. He ahí la historia de Akán quien tomó los despojos de Jericó: “El anatema está en medio de ti, oh, Israel, no podrás sostenerte delante de tus enemigos hasta que no extirpéis el anatema de entre vosotros.” (Josué 7,11). Akán, con su familia y sus rebaños, fueron lapidados hasta morir. A veces era una ciudad el objeto del anatema. Cuando éste era riguroso, todos los habitantes debían ser exterminados, la ciudad quemada y se les negaba permiso incluso para reconstruirla, y sus riquezas se ofrecían a Yahveh. Este fue el destino de Jericó (Jos. 6,17). Si el anatema es menos estricto, todos los habitantes son ejecutados, pero los rebaños se podían dividir entre los vencedores (Jos. 8,27). La obligación de matar a todos los habitantes en ocasiones admitía excepciones en el caso de doncellas que permanecían cautivas en manos de los conquistadores (Núm. 31,18). La severidad del anatema en el Antiguo Testamento se explica por la necesidad de preservar al pueblo judío y protegerlo de la idolatría que profesaban los vecinos paganos.

En el Nuevo Testamento anatema ya no conlleva la muerte, sino la pérdida de bienes o exclusión de la sociedad de los fieles. San Pablo usa frecuentemente esa palabra en ese último sentido. En la Epístola a los Romanos (9,3) él dice: “Pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza según la carne”, es decir, “Desearía estar separado y ser rechazado por Cristo, si por ese medio lograra la salvación para mis hermanos.” Y de nuevo, usando la palabra en el mismo sentido, él dice (Gál. 1,9); “Si alguno os anuncia un evangelio distinto del que habéis recibido, ¡sea anatema!” Pero el que está separado de Dios está unido al diablo, lo cual explica por qué San Pablo algunas veces en lugar de anatematizar a una persona se la entrega a Satanás (1 Tim. 1,20; 1 Cor. 5,5). Anatema significa también estar abrumado con maldiciones, como en 1 Cor. 16,22: “El que no quiera al Señor, ¡sea anatema!”.

En una fecha temprana la Iglesia adoptó la palabra anathema para denotar la exclusión de un pecador de la sociedad de los fieles; pero el anatema se pronunciaba principalmente contra los herejes. Todos los concilios, desde el Primer Concilio de Nicea al Concilio Vaticano II, han parafraseado sus cánones dogmáticos: “Si alguno dice… sea anatema”. Sin embargo, aunque durante los primeros siglos el anatema no parecía diferir de la sentencia de excomunión, comenzando con el siglo VI se hizo una distinción entre los dos. Un Concilio de Tours decretó que luego de tres amonestaciones se recitara en coro el Salmo 108(107) contra el usurpador de los bienes de la Iglesia, que caiga en la maldición de Judas Iscariote, y “que no sólo sea excomulgado, sino anatematizado, y que sea golpeado con la espada de los cielos”. Esta distinción fue introducida a los cánones de la Iglesia, como se prueba por la carta del Papa Juan VIII (872-82) encontrada en el Decreto de Graciano (c. III, q. V, c. XII): “Sepan que Engeltrudis no sólo está bajo la sentencia de excomunión, que la separa de la sociedad de los hermanos, sino también bajo anatema, que la separa del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.”

Esta distinción se halla en las primeras Decretales, en el capítulo Cum non ab homine. En el mismo capítulo, el décimo de las Decretales II, tit. I, el Papa Celestino III (1191-98), hablando de las medidas necesarias para proceder contra un clérigo culpable de robo, homicidio, perjurio u otros crímenes, dice: “Si luego de haber sido depuesto de su oficio, se vuelve incorregible, primero será excomulgado; pero si persevera en su contumacia, deberá ser golpeado con la espada del anatema; pero si sumergido en lo profundo del abismo, llega al punto que desprecia estas penalidades, debe ser entregado al brazo secular.” En un período posterior, Gregorio IX (1227-41), Lb. V, tit. XXXIX, cap. LIX, Si quem, distingue entre excomunión menor, o la que implica exclusión sólo de los Sacramentos, y excomunión mayor, la que implica la exclusión de la sociedad de los fieles. Declaró que en todos los textos que se menciona la excomunión se trata de la excomunión mayor. Desde ese tiempo no ha habido diferencia entre la excomunión mayor y el anatema, excepto el mayor o menor grado de ceremonia al pronunciar la sentencia de excomunión.

El anatema permanece como una excomunión mayor que se promulga con mayor [[solemnidad]. El Papa San Zacarías (741-52) redactó una fórmula para esta ceremonia en el capítulo Debent duodecim sacerdotes, Causa XI, quest. III. El Pontifical Romano la reproduce en el capítulo Ordo excommunicandi et absolvendi, distinguiendo tres clases de excomunión: la menor, incurrida anteriormente por una persona que mantenía comunicación con alguien bajo sentencia de excomunión; la mayor, pronunciada por el Papa al leer una sentencia; y anatema, o la penalidad incurrida por crímenes de orden grave, y promulgada solemnemente por el Papa. Al emitir esta sentencia el Papa se viste con amito, estola y una capa pluvial violeta, usa su mitra, y es ayudado por doce sacerdotes vestidos en sobrepelliz y sosteniendo velas en las manos. Toma su asiento frente al altar o en algún lugar adecuado, y pronuncia la fórmula de anatema que finaliza con estas palabras: “Por lo cual en el nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, del bendito San Pedro, príncipe de los Apóstoles, y de todos los santos, en virtud del poder que se nos ha dado de atar y desatar en el cielo y en la tierra, privamos a N. mismo y a todos sus cómplices y a todos sus favorecedores de la Comunión del Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor, lo separamos de la sociedad de todos los cristianos, lo excluimos del seno de nuestra Santa Madre la Iglesia en el cielo y en la tierra, lo declaramos excomulgado y anatematizado y lo juzgamos condenado al fuego eterno con Satanás y sus ángeles y todos los réprobos, mientras que no rompa los grilletes del demonio, haga penitencia y satisfaga a la Iglesia; lo entregamos a Satanás para que mortifique se cuerpo, que su alma se salve el día del juicio.” A lo que todos los presentes responden: “Fiat, fiat, fiat.” El Papa y los doce sacerdotes lanzan al piso las velas encendidas que habían estado sosteniendo, y le notifican por escrito a los sacerdotes y obispos vecinos el nombre del excomulgado y la causa de su excomunión, para que no tengan comunicación con él. Aunque es entregado a Satanás y sus ángeles, todavía puede, e incluso está obligado a arrepentirse. El Pontifical da la forma de absolverlo y reconciliarlo con la Iglesia. La promulgación del anatema con tal solemnidad está bien calculada para infundir terror a los criminales y traerlos al estado de arrepentimiento, especialmente si la Iglesia le añade la ceremonia del Maranatha.

Al final de la Primera Epístola a los Corintios, 16,22, San Pablo dice. “Si un hombre no ama a Nuestro Señor, sea anatema, maranatha”, lo cual significa, “Ven Señor”. Pero los comentadores han considerado esta expresión como una fórmula de excomunión muy severa entre los judíos. Sin embargo, esta opinión no es apoyada por Vigouroux, "Dict. de la Bible" (s.v. Anathème). En la Iglesia Latina, Maranatha se ha vuelto una fórmula de anatema muy solemne, por la cual el criminal es excomulgado, abandonado al juicio de Dios, y rechazado del seno de la Iglesia hasta la venida del Señor. Un ejemplo de tal anatema se halla en estas palabras del Papa San Silverio (536-38): “Si alguien en lo sucesivo engaña a un obispo de tal manera, sea anatema maranatha ante Dios y sus santos ángeles.” El [[Papa Benedicto XIV) (1740-58--De Synodo diocesana X, I) cita el anatema maranatha formulado por los Padres del Cuarto Concilio de Toledo contra los culpables del crimen de alta traición: “El que ose despreciar nuestra decisión, que sea golpeado con anatema maranatha, es decir, que sea maldito en la venida del Señor, que tenga su lugar con Judas Iscariote, él y sus compañeros. Amén.” Hay mención frecuente de este anatema maranatha en las Bulas de erección de las abadías y otras edificaciones eclesiásticas. Aun así el anatema maranatha es una censura el criminal puede ser absuelto; aunque es entregado a Satanás y sus ángeles, la Iglesia, en virtud del Poder de las Llaves, puede recibirlo de nuevo a la comunión de los fieles. Más que eso, es en vista de dicho propósito que toma medidas tan rigurosas contra él, para que por la mortificación de su cuerpo su alma se pueda salvar en el último día. La Iglesia, animada por el espíritu de Dios, no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Esto explica el porque de las muy severas y terribles fórmulas de excomunión, conteniendo todos los rigores del Maranatha tienen, como por regla, cláusulas como ésta: “A menos que se arrepienta, o dé satisfacción, o se corrija.”


Bibliografía: VIGOUROUX in Dict. de la Bible, s.v. Anethème; VACANT in Dict. de théol. cath., s.v. Anathème; VON SCHERER in Kirchenlex., 2d ed., I, 794-798; BENEDICT XIV, De Synodo Dioecesanâ, x, i.

Fuente: Gignac, Joseph. "Anathema." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. <http://www.newadvent.org/cathen/01455e.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina.