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Miércoles, 1 de octubre de 2014

Tertuliano

De Enciclopedia Católica

Quinto Septimio Florencio Tertuliano

Escritor eclesiástico de los siglos II y III. Nació probablemente hacia el 160 en Cartago, y era hijo de un centurión en el servicio proconsular. Fue evidentemente un abogado de profesión en los tribunales de justicia, ya que demuestra un alto conocimiento de los procedimientos y términos de la ley romana, aunque es dudoso que él sea el mismo jurista llamado Tertuliano que aparece en las Pandectas. Sabía el griego así como el latín, y escribió tratados en griego que no nos han llegado. Fue pagano hasta mediados de su vida, había compartido los prejuicios paganos contra el cristianismo, y se había dedicado como otros a placeres vergonzosos. Su conversión no fue más tarde del año 197, y pudo haber sido antes. Abrazó la fe cristiana con todo el fervor de su naturaleza impetuosa. Fue ordenado sacerdote, sin duda de la Iglesia de Cartago.

Monceaux, seguido por D’Ales, consideran que compuso sus primeros escritos cuando todavía era laico, y si eso es cierto, entonces la fecha de su ordenación fue cerca del año 200. Las fechas de sus escritos existentes fluctúan desde la apologética en el 197 hasta el ataque a un obispo que probablemente fue el Papa Calixto (después del 218). Se unió a los montanistas después del año 206 y se separa definitivamente de la Iglesia alrededor del 211 (Harnack) o del 213 (Monceaux). Después de haber escrito con mayor virulencia contra la Iglesia que incluso contra los paganos y los perseguidores, se separó de los montanistas y fundó una secta propia. El resto de los tertualinistas fueron reconciliados con la Iglesia por San Agustín. Algunos de las obras de Tertuliano tratan sobre puntos especiales de creencia o disciplina. De acuerdo a San Jerónimo, Tertuliano vivió hasta una edad muy avanzada.

Tertuliano publicó en el año 197 un discurso corto, “A los Mártires”, y sus dos grandes obras apologéticas, “Ad Nationes” y “Apologeticus”. El primero ha sido considerado como un esquema completo para el segundo; pero es más certero decir que la segunda obra tiene un propósito diferente, a pesar de que ambas tienen muchos tópicos en común, los mismos argumentos se presentan de la misma manera con los mismos ejemplos, e incluso las mismas frases. La apelación a las naciones sufre debido a su transmisión en un solo códice, en el cual debemos deplorar la omisión de varias palabras y aun de algunas líneas. El estilo de Tertuliano es bastante difícil aun sin estas causas adicionales de oscuridad. Pero, el texto de “Ad Nationes” debió haber sido siempre más áspero que el de “Apologeticus”, el cual es una obra más cuidadosa así como más perfecta, y que contiene más material debido a su mejor arreglo, los mismos tópicos mejor ordenados, y es aproximadamente de la misma extensión que los dos libros de “Ad nationes”.

“Ad Nationes” tiene por único objeto refutar las calumnias en contra de los cristianos. En primer lugar, prueba que se basan únicamente en odio irracional, el procedimiento del juicio es ilógico; la ofensa no es otra cosa que el nombre de cristiano, que debía ser más bien un título de honor; no se presenta prueba alguna de crímenes, sólo rumores; el primer perseguidor fue Nerón, el peor de los emperadores. En segundo lugar, refuta los cargos individuales; Tertuliano reta al lector a no creer en algo tan contrario a la naturaleza como las acusaciones de infanticidio e incesto. Los cristianos no son la causa de los terremotos, las inundaciones y las hambrunas, ya que éstas sucedieron mucho antes del cristianismo. Los paganos desprecian a sus propios dioses, los deportan, prohíben su culto, se burlan de ellos en el teatro; los poetas narran historias horribles de ellos; ellos eran solamente hombres y hombres malos.

“Vosotros decís que nosotros adoramos la cabeza de un asno”, continúa, “pero vosotros adoráis a una gran variedad de animales; vuestros dioses son imágenes hechas en un marco de cruz, de tal manera que vosotros adoráis cruces. Vosotros decís que nosotros adoramos al sol, vosotros también lo adoráis. Un cierto judío pregonaba sobre una caricatura de una criatura mitad asno y mitad cabro, como nuestro dios; pero vosotros realmente adoráis pedazos de animales. En cuanto al infanticidio, vosotros exponéis a vuestros propios niños y matáis al no nacido. Vuestra lujuria promiscua os expone al peligro de incesto, de lo cual vosotros nos acusáis. Nosotros no juramos por el genio de César, pero somos leales, ya que oramos por él, mientras que vosotros os rebeláis. César no quiere ser un dios, él prefiere estar vivo. Vosotros decís que es por terquedad que despreciamos la muerte; pero desde antiguo ese desprecio a la muerte era considerado una virtud heroica. Muchos entre vosotros retáis a la muerte por ganancia o apuestas; pero nosotros lo hacemos porque creemos en el juicio. Finalmente, hacednos justicia, examinad nuestro caso, y cambiad de opinión.”

El libro segundo consiste en su totalidad en un ataque a los dioses de los paganos; los ordenó en clases de acuerdo a Varro. No fue, insiste el apologista, debido a la multitud de dioses que creció el Imperio.

De este fiero llamado y acusación surgió una obra más importante, el “Apologeticus”, dirigida a los gobernantes del Imperio y a los administradores de justicia. La obra anterior atacaba prejuicios populares; la nueva es una imitación de las apologías griegas, y tenía como objeto intentar asegurar mejoras en el tratamiento a los cristianos mediante una alteración a la ley o su administración. Tertuliano no puede reprimir su invectiva; sin embargo desea ser conciliador, y se desboca a pesar de su argumento, en lugar de ser su esencia como antes. Comienza de nuevo con un llamado a la razón. “No hay testigos”, alega, “para probar nuestros crímenes; Trajano le ordenó a Plinio que no nos buscase, pero aun así a castigarnos si nos dábamos a conocer, --- ¡qué paralogismo! El procedimiento en sí es todavía más extraño: en lugar de torturarnos hasta que confesemos, somos torturados hasta que reneguemos.” Hasta este momento el “Ad Naciones” queda simplemente desarrollado y fortalecido.

Luego, después de un sumario condensado del segundo libro sobre los dioses paganos, Tertuliano comienza en el capítulo XVII una exposición de la creencia de los cristianos en un solo Dios, el Creador, invisible, infinito, de quien el alma humana, que por su naturaleza se inclina al cristianismo, da testimonio. Los diluvios y los incendios han sido sus mensajeros. Nosotros tenemos un testimonio, añade, a partir de nuestros libros sagrados, que son más antiguos que todos vuestros dioses. El cumplimiento de la profecía es la prueba de que son divinos. Luego explica que Cristo es Dios, la Palabra de Dios, nacido de una Virgen: relata sus dos venidas, sus milagros, Pasión, Resurrección, y sus cuarenta días con los discípulos. Los discípulos difunden su doctrina por todo el mundo; Nerón la sembró con sangre en Roma. Cuando eran torturados los cristianos gritaban, “Nosotros adoramos a Dios por medio de Cristo”. Los demonios lo reconocen y agitan a los hombres contra nosotros.

A continuación, discute la lealtad al Cesar más extensamente que antes. Qué fácil sería para los cristianos tomar venganza cuando el populacho se rebela: “Nosotros somos de ayer, sin embargo, llenamos vuestras ciudades, islas, fuertes, pueblos, consejos, así como los campos, tribus, decurias, el palacio, el senado, el foro, solamente os hemos dejado vuestros templos”. Podríamos emigrar y dejaros en vergüenza y desolación. Debemos ser al menos tolerados, pues ¿qué somos? ---somos un cuerpo unido por la comunidad de religión, de disciplina y de esperanza. Nos reunimos para orar, incluso por los emperadores y las autoridades, para escuchar las lecturas de los Libros Sagrados y las exhortaciones. Juzgamos y separamos a los que cometen crímenes. Tenemos ancianos de probada virtud que nos presiden. Nuestro fondo común se reabastece por donaciones voluntarias cada mes, y se gasta, no en glotonería, sino en los pobres y afligidos. Nos echan en cara esta [[caridad] como si fuese una desgracia; vean, se dice, cómo se aman entre sí. Nos llamamos hermanos entre nosotros; vosotros sois también nuestros hermanos por naturaleza, pero sois malos hermanos. Se nos acusa de todas las calamidades; sin embargo, vivimos con vosotros, no evadimos ninguna profesión, solamente la de asesinos, hechiceros y cosas semejantes. Vosotros excusáis a los filósofos aunque su conducta es menos admirable que la nuestra. Ellos reconocen que nuestras enseñanzas son más antiguas que las de ellos, ya que nada es más antiguo que la verdad. La resurrección de la que os burláis tiene muchos paralelos en la naturaleza. Vosotros nos consideráis locos y nosotros nos regocijamos de ello. Conquistamos por nuestra muerte. Preguntad por la causa de nuestra constancia. Creemos que este martirio es la remisión de todas las ofensas, y que aquel que es condenado por vuestros tribunales es absuelto ante Dios.”

Presenta todos estos puntos con infinito ingenio y mordacidad. Las faltas son obvias. El efecto sobre los paganos pudo haber sido más de irritación que de convencimiento. Su misma brevedad resulta en oscuridad. Pero todo amante de la elocuencia, y habían muchos en esos días, se habrían regocijado con placer epicúreo la fiesta de ingeniosa exhortación y recóndito aprendizaje. Las acometidas son tan rápidas que nos resulta difícil comprender su peligrosidad antes de que sean renovadas abundantemente, con algunas veces algún golpe como una porra para variar el efecto. El estilo es compacto como el de Tácito, pero observa cuidadosamente el cierre métrico, al contrario de la regla de Tácito; y ese maravilloso hacedor de frases es superado por su sucesor cristiano con frases preciosas que serán citadas mientras dure el mundo. ¿Quién no conoce el anima naturaliter Christiana (alma cristiana por naturaleza); el Vide, inquiunt, ut invicem se diligent (Ved, exclaman, como se aman entre sí); y el Semen est sanguis Christianorum (la sangre de los cristianos es semilla)? Probablemente fue en esa misma época Tertuliano desarrolló su tesis del “Testimonio del Alma” sobre la existencia de un solo Dios, en su pequeño libro que lleva ese título. Con su elocuencia habitual, desarrolla la idea de que el lenguaje corriente nos inspira a usar expresiones como “Dios conceda” o “Si Dios quiere”, “Dios bendice”, “Dios ve”, “Qué Dios se lo pague”. El alma testifica también de los diablos, de justa venganza, y de su propia inmortalidad.

Dos o tres años más tarde (alrededor del año 200) Tertuliano asaltó nuevamente la herejía con un tratado aún más brillante, que, a diferencia del “Apologeticus”, no es únicamente para su propia época, sino que para todos los tiempos. Se llama “Liber de praescriptione haereticorum”. Ahora prescripción significa el derecho sobre algo, obtenido por su uso prolongado. En la ley romana el significado era más amplio; significaba el cortar bruscamente una pregunta con la negativa de oír el argumento del contrario, basándose en un punto anterior que le corta el fundamento bajo sus pies. Así trata Tertuliano con las herejías; no sirve de nada oír o refutar sus argumentos, porque ya existen pruebas anteriores de modo que no vale la pena ni oírlas. Las herejías, comienza Tertuliano, no deben sorprendernos, puesto que ellas fueron profetizadas. Los herejes utilizan el texto “Buscad y encontraréis”, pero esto no fue dicho a los cristianos; nosotros tenemos una regla de fe que debe aceptarse sin cuestionamiento. “Permitid que la curiosidad dé lugar a la fe y la vanagloria ceda su lugar a la salvación”, así Tertuliano parodia una línea de Cicerón. Los herejes argumentan a partir de las Escrituras; pero, primero, se nos prohíbe relacionarnos con un hereje después que se le ha dado la primera reprimenda, y segundo, las discusiones resultan sólo en blasfemia por un lado y en indignación por el otro, mientras que el oyente se retira más confundido que cuando llegó. La pregunta real es “¿A quién pertenece la fe?, ¿De quién son las Escrituras?, ¿Por quién, por medio de quién, cuándo y a quién se le ha transmitido la disciplina por medio de la cual somos cristianos? La respuesta es sencilla: Cristo envió a sus Apóstoles, quienes fundaron iglesias en cada ciudad, de las cuales las otras han tomado la tradición de la fe y la semilla de la doctrina y diariamente toman para convertirse en Iglesias, de tal manera que ellas son también apostólicas en el sentido de que son el fruto de iglesias apostólicas. Todas ellas son esa Iglesia que los Apóstoles fundaron, siempre y cuando se observe la paz y la comunión [dum est illis communicatio pacis et appellatio fraternitatis et contesseratio hospitalitatis]. Por lo tanto este es el testimonio de la verdad “Nosotros estamos en comunión con las Iglesias Apostólicas”

Los herejes contestarán que los Apóstoles no conocían toda la verdad. ¿Podría haber algo desconocido para Pedro, quien fue llamado la roca sobre la cual se construiría la Iglesia?, o ¿para Juan, que descansó en el pecho del Señor? Pero ellos dirán que las Iglesias se han equivocado. Algunas indudablemente se fueron por el mal camino, y fueron corregidas por el Apóstol; y para otras no tuvo más que elogios. “Pero, admitamos que todas se han equivocado. ¿Es creíble que todas estas grandes Iglesias se hayan equivocado coincidiendo en la misma fe?” Admitiendo este absurdo, entonces ¡todos los bautismos, dones espirituales, milagros, martirios, han sido en vano hasta que por fin aparecieron Marción y Valentino! La verdad será más joven que el error; pues ambos heresiarcas son de ayer, y eran todavía católicos en Roma durante el episcopado de Eleuterio (este nombre es un desliz o una falsa variante). De todas formas, las herejías son novedades y no tienen continuidad con la enseñanza de Cristo. Tal vez algunos herejes puedan reclamar antigüedad apostólica. Nosotros le respondemos: Que publiquen los orígenes de sus iglesias y que nos muestren el catálogo de sus obispos hasta ahora, desde los Apóstoles o desde algún obispo ungido por los Apóstoles, tal como los de Esmirna cuentan desde Policarpo y Juan, y los romanos desde Clemente y Pedro; que los herejes inventen algo que se iguale a esto. ¿Por qué? porque sus errores fueron denunciados por los Apóstoles hace mucho tiempo.

Finalmente (36), Tertuliano menciona ciertas Iglesias apostólicas, señalando especialmente a Roma, cuyo testimonio es el más cercano a la mano, ---¡Iglesia feliz, por la cual los Apóstoles derramaron todas sus enseñanzas junto con toda su sangre, donde Pedro sufrió una muerte igual a la de su Maestro, donde Pablo fue coronado con un final semejante al del Bautista, donde Juan fue sumergido en aceite hirviendo sin que sufriera daño! Se resume La regla de fe romana, sin duda a partir del viejo credo romano, el mismo que nuestro actual Credo de los Apóstoles, salvo por algunas pequeñas adiciones en este último; casi el mismo resumen se da en el capítulo XIII, y se encuentra en “De virginibus velandis” (cap. 1). Evidentemente Tertuliano evita mencionar las palabras exactas, que solamente se enseñaban a los catecúmenos poco antes del bautismo. La totalidad de estos argumentos luminosos se basan en los primeros capítulos del tercer libro de San Ireneo, pero su vigorosa exposición es tan de Tertuliano como su exhaustiva y convincente lógica. Nunca él se mostró menos violento y menos oscuro. El llamado a las Iglesias apostólicas era incontestable en sus días; el resto de sus argumentos son todavía válidos.

Pertenecen también a la época católica de Tertuliano una serie de obras cortas dirigidas a los catecúmenos, que se sitúan entre los años 200 y 206. “De spectaculis” explica y probablemente exagera la imposibilidad para un cristiano de asistir a algún espectáculo pagano, aun a carreras o espectáculos teatrales, sin ya sea ofender su fe participando en idolatría o sin despertar sus pasiones. Algunos sitúan la “De idolatria” en una fecha más tardía, pero sin duda está estrechamente vinculada con la obra anterior. Explica que está prohibida la fabricación de ídolos, e igualmente la astrología, la venta de incienso, etc. Un maestro de escuela no puede eludir la corrupción. Un cristiano no puede ser soldado. A la pregunta, ¿Cómo voy a vivir entonces? Tertuliano responde que la fe no teme al hambre; que si por la fe debemos ofrendar nuestra vida ¿cuánto más nuestra vida? “De baptismo” es una instrucción sobre la necesidad del bautismo y sobre sus efectos; está dirigida contra una maestra del error que pertenecía a la secta de Gayo (tal vez el anti- montanista). Sabemos que regularmente el bautismo era conferido por el obispo, pero con su consentimiento podía también ser administrado por sacerdotes, diáconos e incluso laicos. El tiempo apropiado para conferirlo era Pascua y Pentecostés. La preparación se hacía mediante el ayuno, vigilias y oraciones. La Confirmación se confería inmediatamente después por unción e imposición de manos. “De paenitentia” se mencionará más adelante. “De oratione” contiene una exposición de La Oración del Señor, totius evangelii breviarium. "De cultu feminarum" es una instrucción sobre la modestia y sencillez en el vestir; Tertuliano goza detallando y ridiculizando las extravagancias del arreglo femenino.

Además de estas obras didácticas para los catecúmenos, Tertuliano escribió en la misma época dos libros, “Ad uxorem” en el primero de los cuales le ruega a su esposa que, cuando él muera, ella no se case de nuevo, ya que no es apropiado para un cristiano; mientras que en el segundo libro le manda que si se casa, se case con un cristiano, pues uno no debe juntarse con los paganos. Su pequeño libro sobre la paciencia es conmovedor, pues el autor admite que es una imprudencia de su parte disertar sobre una virtud de la que él tan claramente carece. Su libro contra los judíos contiene una curiosa cronología, usada para probar el cumplimiento de la profecía de las setenta semanas de Daniel. La segunda mitad del libro es casi idéntica con parte del tercer libro contra Marción. Parece que Tertuliano utilizó de nuevo lo que había escrito en una versión anterior de dicha obra, que data de esta época. "Adversus Hermogenem" es contra un cierto Hermógenes, un pintor (¿de ídolos?) que enseñaba que Dios creó el mundo de una materia pre-existente. Tertuliano reduce su argumento ad absurdum, y establece la creación de la nada basándose en la Escritura y la razón.

La siguiente etapa de la actividad literaria de Tertuliano muestra claras evidencias de opiniones montanistas, sin embargo, todavía no había roto formalmente con la Iglesia, la cual no había condenado aún la nueva profecía. Montano y las profetisas Priscila y Maximila habían muerto hacía mucho tiempo, cuando Tertuliano se convirtió en creyente en sus inspiraciones. Afirmaba que las palabras de Montano eran las del Paráclito, y característicamente exageraba su importancia. Le encontramos entonces cayendo en el rigorismo y condenando absolutamente las segundas nupcias y el perdón de ciertos pecados, e insistiendo en nuevos ayunos. Sus enseñanzas habían sido siempre excesivas en su severidad; ahora positivamente se deleita en la dureza. Harnack y D’Alès consideran a “De Virginibus velandis” como la primera obra de esta época; aunque Monceaux y otros la colocan en una época más tardía debido a su tono irritado.

Sabemos que Cartago estaba dividido por una disputa sobre si las vírgenes debían utilizar velo sobre la cara; Tertuliano y los pro-montanistas afirmaban que sí. Este libro había sido precedido por un escrito griego sobre el mismo tópico. Tertuliano afirma que la Regla de Fe es inalterable, pero que la disciplina es progresiva. Cita un sueño a favor del uso del velo, en una fecha que puede ser el año 206. Poco tiempo después, Tertuliano publicó su obra más extensa existente: 5 volúmenes contra Marción. Un primer borrador había sido escrito mucho tiempo antes; una segunda recensión se había publicado, aún no terminada, sin el consentimiento del escritor; el primer libro de la edición final fue terminado en el 207, décimo quinto año de Severo. El último volumen puede ser de unos años más tarde. Esta controversia es muy importante para nuestro conocimiento de la doctrina de Marción, cuya refutación a partir de su propio Nuevo Testamento, que consistía únicamente del Evangelio según San Lucas y las Epístolas Paulinas, nos permite reconstruir la mayor parte del texto bíblico del hereje. El resultado puede verse en "Geschichte des N. T. Kanons" de Zahn, II, 455-524. Le siguió una obra contra los valentinianos, la cual se basa principalmente en el primer libro de San Ireneo.

En 209, apareció el pequeño libro “De pallio”. Tertuliano había llamado la atención adoptando el palio griego, la vestimenta distintiva de los filósofos, y defiende su conducta en un ingenioso panfleto. Un libro extenso, “De anima” expone la psicología de Tertuliano. Describe muy bien la unidad del alma; enseña que es espiritual, pero no admite para nada una inmaterialidad en toda la extensión de su significado, ---incluso Dios es corpus. Escribió dos obras contra el docetismo de los gnósticos: “De carne Christi” y “De resurrectione carnis”. En ellas enfatiza la realidad del Cuerpo de Cristo y su nacimiento virginal, y enseña una Resurrección corporal. Pero aparentemente niega la virginidad in partu de María, la Madre de Cristo, aunque la afirma ante-partum. Le dirige una exhortación a un converso viudo aconsejándole evitar un segundo matrimonio, que lo considera equivalente a la fornicación. Esta obra, "De exhortatione castitatis", implica que el escritor todavía no se había separado de la Iglesia.

El mismo rigorismo excesivo aparece en "De corona", en la cual Tertuliano defiende a un soldado que se había negado a usar una guirnalda sobre su cabeza cuando recibió el donativo dado al ejército en la accesión al Imperio de Caracalla y Geta en 211. El hombre había sido degradado y encarcelado. Muchos cristianos consideraban su acción extravagante y rehusaban considerarlo como mártir. Tertuliano declara, no solamente, que utilizar la corona hubiera sido idolatría, sino que afirma que ningún cristiano puede ser soldado sin comprometer su fe. La siguiente obra en orden es el "Scorpiace", o antídoto para la picadura del escorpión, dirigida contra la enseñanza de los valentinianos de que Dios no puede aprobar el martirio, ya que Él no quiere la muerte del hombre; ellos incluso permitían el acto externo de idolatría. Tertuliano demuestra que Dios desea la fortaleza de los mártires y su victoria sobre la tentación; él prueba por medio de la Escritura el deber de sufrir la muerte por la fe y las grandes promesas ofrecidas por este heroísmo. Al año 212 pertenece la carta abierta "Ad scapulam", dirigida al pro-cónsul de África que estaba reanudando la persecución, que habían cesado desde el 203. Le advierte solemnemente de la retribución que alcanza a los perseguidores.

La separación formal de Tertuliano de la Iglesia de Cartago parece haber sido ya sea en 211 o al final de 212, lo más tarde. Harnack fija la primera fecha basándose en la estrecha relación entre "De corona" de 211 con "De fuga", que debe, él piensa, haber seguido inmediatamente a "De corona". Es seguro que "De fuga in persecutione" fue escrita después de la separación. Condena la fuga en tiempos de persecución, ya que la Divina Providencia quiere el sufrimiento. Tertuliano no había propuesto esta doctrina intolerable durante sus días de católicos. Ahora llama a los católicos "Psychici", en oposición a los “espirituales” montanistas. No se menciona la causa de su cisma. Es improbable que él haya dejado la Iglesia voluntariamente. Parece, más bien, que cuando finalmente Roma desaprobó las profecías montanistas, la Iglesia de Cartago excomulgó, por lo menos, a los más violentos de sus adherentes.

Después de "De fuga" viene "De monogamia" (en el que se censura aún más severamente la perversidad del segundo matrimonio) y "De jejunio", una defensa de los ayunos de los montanistas. Es muy importante "Adversus Prazean", una obra dogmático. Práxeas no había permitido, de acuerdo a Tertuliano, que el Papa reconociera la profecía montanista; Tertuliano le ataca tildándole de monarquano, y desarrolla su propia doctrina de la Santísima Trinidad. (Ver monarquianos y Práxeas). La última obra del apasionado cismático parece ser "De pudicitia", si es una protesta, como se cree generalmente, contra un decreto del Papa San Calixto I, en el cual se publicó el perdón de los adúlteros y fornicadores, por la intercesión de los mártires, después de cumplir la debida penitencia. Sin embargo, Monceaux todavía defiende el argumento, que era más común antes que ahora, que el decreto en cuestión fue promulgado por un obispo de Cartago. En cualquiera de los casos, el que Tertuliano lo atribuyese a un supuesto episcopus episcoporum y pontifex maximus meramente atestigua su carácter definitivo. Es incierta la identificación de este decreto con la más amplia relajación de la disciplina por la que San Hipólito reprocha a Calixto.

Debe considerarse detalladamente el argumento de Tertuliano, ya que su testimonio para el antiguo sistema de penitencia es de primera importancia. Como católico, dirigió "De paenitentia" a los catecúmenos como una exhortación al arrepentimiento previo al bautismo. Además de ese sacramento él menciona, con una expresión de renuencia, una “última esperanza", una segunda tabla de salvación, después de la cual no hay otra. Este es el remedio grave de “exomologesis”, una confesión que implica una larga penitencia en cilicio y cenizas para la remisión de los pecados post-bautismales. En "De pudicitia" los montanistas ahora declaran que no hay perdón para los pecados más graves, precisamente aquellos para los cuales se necesita la “exomologesis”. Algunos críticos modernos, tales como Funk y Turmel entre los católicos, dicen que Tertuliano no cambió realmente su opinión sobre este punto, entre la escritura de ambos tratados. Se señala que en "De paenitentia" no se menciona la restauración del penitente a la comunión; debe hacer penitencia, pero sin esperanza de perdón en esta vida; no se le administra ningún sacramento, y la satisfacción de los pecados dura toda la vida. Esta opinión es imposible. Tertuliano declara en "De pudicitia" que ha cambiado de opinión y espera ser criticado por su inconsistencia. Implica que él sostenía esa relajación, como la que ahora está atacando, para ser legal. De cualquier manera, en "De paen.” compara el bautismo con la “exomologesis”, y asume que esta última tiene el mismo efecto que el primero, obviamente, el perdón de los pecados en esta vida. Nunca menciona la comunión, ya que se dirige a los catecúmenos; pero si la exomologesis no restaura eventualmente todos los privilegios cristianos, no habría razón para temer que la mención de ella podría actuar como un estímulo para pecar, pues una penitencia de por vida no es una perspectiva tranquilizadora. No menciona la duración, evidentemente porque la duración dependía de la naturaleza del pecado y del juicio del obispo; si la muerte hubiese sido el término, esto se habría expresado enfáticamente. Finalmente, y esto es conclusivo, no se podía insistir en que se pudiera imponer una segunda penitencia, si toda penitencia era de por vida.

Para entender plenamente la doctrina de Tertuliano debemos conocer su división del pecado en tres clases: Primeramente están los terribles pecados de idolatría, blasfemia, homicidio, adulterio, fornicación, falso testimonio, fraude, (Adv. Marc., IV, IX; en "De Pud." sustituye apostasía por falso testimonio y añade vicios contra natura). Como montanista los llama imperdonables. Entre éstos y los meros pecados veniales están los modica o media (De Pud.., I), pecados, menos graves, pero todavía serios, que enumera en "De Pud.", XIX: "Pecados que se cometen diariamente, a los cuales todos estamos sujetos, ¿a quién no le ocurre, disgustarse sin causa y luego de la puesta del sol, o pegarle a alguien, o maldecir fácilmente, o jurar a la ligera, o romper un contrato, o mentir por vergüenza o por necesidad? ¡Cuántas tentaciones sufrimos en los negocios, en los deberes, en el comercio, en la comida, la vista y el oído! De modo que, si no hubiera perdón para estos actos, nadie se salvaría. Por consecuencia, habrá perdón para estos pecados mediante la oración de Cristo al Padre” " (De Pud., XIX).

Otra lista (De pud., 7) representa los pecados que pueden distinguir a una oveja perdida de una que ya está muerta: “El creyente está perdido si asiste a las carreras de carruajes, o combates de gladiadores, o al teatro impuro, o a exhibiciones de atletas, o juegos, o fiestas en alguna solemnidad secular, o si se ha ejercido algún arte que de algún modo sirva a la idolatría, o si ha caído en alguna negación de la fe o en una blasfemia”. Para estos pecados hay perdón, a pesar de que el pecador se ha extraviado del redil. ¿Cómo se obtiene el perdón? Lo sabemos sólo incidentalmente a partir de sus palabras. “Ese tipo de penitencia que es consecuencia de la fe, que puede ya sea, obtener el perdón del obispo por pecados menores, o de Dios solamente por aquellos que son imperdonables” (On Pud. 18). Así, Tertuliano admite el poder de los obispos para perdonar todos los pecados menos los imperdonables. La absolución que él admite para pecados frecuentes no estaba obviamente limitada a una sola vez, sino que debía haber sido repetida frecuentemente. Esta ni siquiera se menciona en "De paen", la cual trata únicamente sobre el bautismo y la penitencia pública para los pecados más graves. De nuevo, en "De pudicitia", Tertuliano repudia su propia enseñanza anterior de que Cristo le dejó las llaves a su Iglesia por medio de Pedro (Scorpiace, 10); ahora declara (De pud., 21), que el regalo fue para Pedro personalmente, y que no puede ser reclamado por la Iglesia de los "Psychici". El espiritual tiene el derecho de perdonar, pero el Paráclito dijo: “La Iglesia tiene el poder de perdonar los pecados, pero Yo no lo haré, no sea que pequen de nuevo”.

Por lo tanto, el sistema de la Iglesia de Cartago en tiempos de Tertuliano era claramente esta: Aquellos que cometían pecados graves se confesaban con el obispo y él los absolvía después de la debida penitencia ordenada y realizada, a menos que a su juicio el caso fuese tan grave fuese obligatorio imponer una penitencia pública. Esta penitencia pública se permitía sólo una vez; se imponía por largos períodos, algunas veces hasta la hora de la muerte, pero al final de ella, se prometía perdón y restauración. A veces el período se reducía por la oración de los mártires.

De las obras perdidas de Tertuliano la más importante es su defensa de la manera de profetizar de los [[montanismo | montanistas, "De ecstasi", en seis volúmenes, con un séptimo volumen en contra de Apolonio. A las opiniones peculiares de Tertuliano que ya hemos explicado, hay que añadir algunas más. No le interesaba la filosofía: los filósofos son los “patriarcas de los herejes.” Su noción de que todas las cosas, espíritus puros e incluso Dios, debían ser cuerpos, se explica por su ignorancia de la terminología filosófica. Sin embargo, del alma humana, dice en realidad, que la vio en una visión como ¡tierna, ligera, y del color del aire! Todas nuestras almas estaban contenidas en Adán, y se nos transmitieron con la mancha del pecado original ---una forma ingeniosa pero burda de traducianismo.

Su enseñanza trinitaria es inconsistente, al ser una amalgama de la doctrina romana con la de San Justino. Tertuliano tiene la formula verdadera para la Santísima Trinidad, tres Personae, una Substantia. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son numéricamente distintos, y cada uno de ellos es Dios; son de una substancia (homoousion), un estado y un poder. Hasta ahí la doctrina es correctamente nicena. Pero, al lado de ésta aparece la opinión griega que más tarde se convertiría en el arrianismo: que la unidad debe buscarse no en la Esencia sino en el origen de las Personas. Tertuliano dice que en Dios había razón (ratio) desde toda la eternidad, y en la razón el Verbo (Sermo), no distinto de Dios, sino in vulva cordis. Para el propósito de la creación, la Palabra recibió un nacimiento perfecto como Hijo. Hubo un tiempo en que no había Hijo ni pecado, cuando Dios no era ni Padre ni Juez. Tertuliano no tiene influencia griega en su cristología, y es puramente romano. Como muchos de los Padres Latinos, habla no de dos naturalezas sino de dos Substancias en una Persona, unidas sin confusión y distintas en sus operaciones. De esa manera, condena anticipadamente las herejías nestoriana, monofisita y monotelista. Pero, aparentemente enseña que María, la Madre de Dios, tuvo otros hijos. Sin embargo, hace de ella la segunda Eva, quien por su obediencia borró la desobediencia de la primera Eva.

La doctrina de Tertuliano sobre la Sagrada Eucaristía ha sido ampliamente discutida, especialmente las palabras: Acceptum panem et distributum discipulis corpus suum illum fecit, hoc est corpus meum dicendo, id est, figura corporis mei. Una reflexión sobre su contexto demuestra que sólo es posible una interpretación. Tertuliano está probando que Nuestro Señor mismo explicó en Jer. 11,19 (mittamus lignum in panem ejus) que el pan se refería a su propio cuerpo, cuando Él dijo: “Este es mi Cuerpo”, es decir, que el pan era el símbolo de su Cuerpo. No se puede deducir nada ya sea a favor o en contra de la Presencia Real; ya que Tertuliano no explica si el pan es el símbolo del Cuerpo presente o ausente. El contexto sugiere el primer sentido. Otro pasaje es Panem, quo ipsum corpus suum repraesentat. Este pasaje puede significar “El pan que representa su Cuerpo” o “presenta, hace presente". D’Ales ha calculado que el sentido de presentación a la imaginación ocurre siete veces en los textos de Tertuliano, y el sentido moral semejante (presentación por imagen, etc.) ocurre doce veces, mientras que el sentido de apariencia física ocurre treinta y tres veces. En el ya mencionado tratado contra Marción sólo se halla el sentido físico, y catorce veces. Una afirmación más directa de la Presencia Real es Corpus ejus in pane censetur (De orat., VI). En relación a la gracia dada, ofrece algunas expresiones muy bellas, tales como, Itaque petendo panem quotidianum, perpetuitatem postulamus in Christo et individuitatem a corpore ejus (Al pedir por el pan cotidiano, nosotros pedimos la perpetuidad en Cristo y la indivisibilidad de su Cuerpo ---Ibid).

Un pasaje famoso acerca de los Sacramentos del Bautismo, Unción de los enfermos, Confirmación, Orden y Eucaristía es: Caro abluitur ut anima maculetur; caro ungitur ut anima consecretur; caro signatur ut et anima muniatur; caro manus impositione adumbratur ut et anima spiritu illuminetur; caro corpore et sanguine Christi vescitur ut et anima de Deo saginetur (Se lava la carne, para poder limpiar el alma; la carne se unge, para poder consagrar el alma; se signa la carne (con la Cruz), para que el alma, pueda ser fortificada también; la carne se cubre con la imposición de manos, para que el alma también se pueda iluminar por el Espíritu; la carne se alimenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, para que el alma también pueda tener su porción de Dios ---"Deres. Carnis.” VIII). Tertuliano da testimonio de la práctica de la comunión diaria, y la reserva de la Sagrada Eucaristía por personas privadas con este propósito. ¿Qué pensará el marido pagano de este alimento que toman los cristianos antes que todos los otros alimentos? “Si sabe que es Pan, ¿no pensaría que es solamente lo que se llama?” Esto significa no solamente la Presencia Real, sino la transubstanciación.

Los días de estación eran los miércoles y los viernes, no sabemos en qué otros días se ofrecía la Santa Misa. Algunos pensaban que la Sagrada Comunión rompía el ayuno en los días de estación. Tertuliano explica “Cuando has recibido y reservado el Cuerpo del Señor, habrás asistido al Sacrificio y habrás cumplido el deber del ayuno también” (De oratione, XIX). Es famosa la lista que hace Tertuliano de las costumbres que se observaban por tradición apostólica, a pesar de no estar en la Escritura (De cor., III): las renuncias bautismales y la alimentación con leche y miel , el ayuno antes de la Comunión, los sufragios por los difuntos (Misas) en el día de su aniversario, no ayunar o arrodillarse en el Día del Señor y entre Pascua y Pentecostés, ansiedad por la caída al suelo de cualquier partícula o gota de la Sagrada Eucaristía, el hacerse la Señal de la Cruz continuamente durante el día.

El canon del Antiguo Testamento de Tertuliano incluía los libros deuterocanónicos, ya que él los cita en sus escritos. También cita el Libro de Enoc como inspirado, y piensa que aquellos que lo rechazan están equivocados. Parece que también reconocía el 4 Esdras y la Sibila, aunque admite que hay muchas falsificaciones sibilinas. Del Nuevo Testamento reconoce los cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las Epístolas de San Pablo, la Primera de Pedro (Ad Ponticos), la Primera de Juan, la de Judas y el Apocalipsis. No conoce ni la Epístola de Santiago ni la Segunda de Pedro, pero no podemos afirmar que desconociera la Segunda y Tercera Cartas de Juan. Atribuye la Epístola a los Hebreos a San Bernabé. Rechaza el “Pastor” de Hermas y dice que muchos concilios de los "Psychici" también lo habían rechazado.

Tertuliano era erudito, pero descuidado en sus aseveraciones históricas. Cita a Varro y a un escritor médico, Sorano de Éfeso, y evidentemente había leído mucha literatura pagana. Cita a San Ireneo, San Justino, Melquíades y San Proclo. Probablemente, conocía parte de los escritos de Clemente de Alejandría. Tertuliano es el primero de los escritores teológicos latinos. No podemos asegurar en qué magnitud debió haber inventado un idioma teológico y haber acuñado nuevas expresiones. Es el primer testigo de la existencia de una Biblia Latina, a pesar de que frecuentemente traducía, de una Biblia en griego, mientras escribía. Zahn niega que él hubiese poseído una traducción latina de la Biblia, sin embargo, su opinión ha sido comúnmente rechazada, ya que Santa Perpetua tenía una en Cartago en 203.


Fuente: Chapman, John. "Tertullian." The Catholic Encyclopedia. Vol. 14. New York: Robert Appleton Company, 1912. <http://www.newadvent.org/cathen/14520c.htm>.

Traducido por Edgar J. Pereira Deshon. rc