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Sábado, 1 de noviembre de 2014

San Juan Damasceno

De Enciclopedia Católica

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Nació en Damasco hacia el año 676; murió en algún momento entre los años 754 y 787. La única biografía existente del santo es la de Juan, patriarca de Jerusalén, que data del siglo X (P.G. XCIV, 429-90). Esta vida es la única fuente de la que han sido extraídos los materiales de todas sus notas biográficas. Es extremadamente insatisfactoria desde el punto de vista de la crítica histórica. Sus principales características son una exasperante falta de detalles, una pronunciada tendencia legendaria y un estilo ampuloso. Probablemente el nombre del padre de Juan fue Mansur. Lo poco que se sabe de él indica que fue un cristiano auténtico al que el ambiente infiel no afectó en su fervor religioso. Aparentemente su adhesión a la verdad cristiana no constituía ofensa a los ojos de sus compatriotas sarracenos, pues parece haber gozado de su estima en grado eminente, y ejecutado los deberes de principal funcionario financiero del califa, Abdul Malek. El autor de su biografía sólo registra el nombre de dos de sus hijos, Juan y su medio hermano Cosmas. Cuando el futuro apologista hubo alcanzado la edad de veintitrés años, su padre buscó un tutor cristiano capaz de dar a sus hijos la mejor educación que permitía la época, en lo cual fue singularmente afortunado. Estando un día en la plaza del mercado descubrió entre los cautivos tomados en una reciente expedición a las costas de Italia a un monje siciliano llamado Cosmas. La investigación le demostró que era un hombre de profunda y amplia erudición. Por medio de la influencia del califa, Mansur consiguió la libertad del cautivo y lo nombró tutor de sus hijos. Bajo la tutela de Cosmas, Juan hizo tan rápidos progresos que, en el lenguaje entusiasta de su biógrafo, pronto igualó a Diofanto en álgebra y a Euclides en geometría. Iguales progresos hizo en música, astronomía y teología.

A la muerte de su padre, Juan Damasceno fue hecho “protosymbulus” o principal concejal de Damasco. Fue durante su incumbencia en este cargo cuando la Iglesia de Oriente comenzó a verse agitada por los primeros rumores de la herejía iconoclasta. En 726, a pesar de las protestas de Germano, patriarca de Constantinopla, León el Isáurico publicó su primer edicto contra la veneración de imágenes. Desde su seguro refugio en la corte del califa, Juan Damasceno inmediatamente se unió a sus opositores, en defensa de esta antigua tradición de los cristianos. No sólo se opuso personalmente al monarca bizantino, sino que promovió la resistencia del pueblo. En 730 el Isáurico publicó un segundo edicto, en el que no sólo prohibía la veneración de las imágenes, sino que incluso impedía su exhibición en lugares públicos. A este decreto real replicó el Damasceno con un vigor aún mayor que antes, y mediante la adopción de un estilo más sencillo puso el punto de vista cristiano de la controversia al alcance de la gente de la calle. Una tercera carta subrayaba lo que ya había dicho y advertía al emperador de que tuviera cuidado con las consecuencias de su ilegal acción. Naturalmente, estas poderosas apologías suscitaron la ira del emperador bizantino. Al no poder alcanzar al escritor mediante la fuerza física, buscó destruirlo con una estrategia. Habiendo conseguido una carta autógrafa escrita por Juan Damasceno, falsificó una carta, de letra exactamente igual, dando a entender que había sido escrita por Juan al Isáurico, y en la que ofrecía entregar en sus manos la ciudad de Damasco, la cual le envió al califa. No obstante la formal declaración de inocencia del consejero, aquél la aceptó como genuina y ordenó que se cercenara por la muñeca la mano que la escribió. La sentencia fue ejecutada, pero, según su biógrafo, por intervención de la Santísima Virgen, la mano amputada fue milagrosamente restaurada.

El califa, convencido ahora de la inocencia de Juan, lo habría repuesto con gusto en su anterior cargo, pero el Damasceno había oído una llamada a una vida superior, y con su hermanastro entró en el monasterio de San Sabas, a unas dieciocho millas al sudeste de Jerusalén. Tras la habitual probación, Juan V, Patriarca de Jerusalén, le confirió el ministerio del sacerdocio. En el pseudo Concilio de Constantinopla (A.D. 754) reunido por orden de Constantino Coprónimo, el sucesor de León, confirmó los principios de los iconoclastas y anatematizó por su nombre a los que se habían opuesto a ellos de manera destacada. Pero la mayor parte del rencor del concilio se reservó para Juan de Damasco. Se le llamó “maldito favorecedor de los sarracenos”, “traicionero adorador de imágenes”, “ofensor de Jesucristo”, “maestro de impiedad” y “mal intérprete de las Escrituras”. Por orden del emperador su nombre fue escrito “Manzer” (“Manzeros”, bastardo). Pero el Segundo Concilio de Nicea (Séptimo Concilio General en 787) hizo abundantes rectificaciones a los insultos de sus enemigos, y San Teófanes, escribiendo en 813, nos dice que sus amigos lo apodaron Crisorroas (corriente de oro) por sus dotes oratorias. En el pontificado de León XIII fue incluido entre los Doctores de la Iglesia. Su fiesta se celebra el 27 de marzo.

Juan de Damasco fue el último de los Padres griegos. Su genio no fue para el desarrollo teológico original, sino para la compilación de carácter enciclopédico. De hecho, el estado de pleno desarrollo al que había sido llevado el pensamiento teológico por los grandes escritores griegos y los concilios le dejaban poco más que la labor de un enciclopedista; y esta obra la realizó de manera tal que mereció la gratitud de todas las épocas posteriores. Algunos le consideran el precursor de los escolásticos, mientras que otros lo consideran como el primer escolástico, y a su “De fide orthodoxa” como la primera obra del escolasticismo. También los árabes deben no poco de la fama de su filosofía a su inspiración. La más importante y mejor conocida de todas sus obras es aquella a la que el propio autor dio el nombre de “Fuente de sabiduría” (pege gnoseos). Esta obra se ha tenido siempre en la máxima estima tanto por la Iglesia Católica como por la Griega. Su mérito no es el de la originalidad, pues el autor afirma, al final del segundo capítulo de la “Dialéctica”, que no es su propósito exponer sus propias opiniones, sino más bien cotejar y resumir en una única obra las opiniones de los grandes escritores eclesiásticos anteriores a él. Se le concede un interés especial porque es el primer intento de una “summa theologica” que ha llegado hasta nosotros.

La “Fuente de la sabiduría” se divide en tres partes, a saber, “Capítulos filosóficos” (Kephalaia philosophika), “Referente a la herejía” (peri aipeseon), y “Una exacta exposición de la fe ortodoxa” (Ikdosis akribes tes ortodoxou pisteos). El título del primer libro es en cierto modo demasiado comprehensivo para su contenido y por consiguiente se le llama más comúnmente “Dialéctica”. Con excepción de los quince capítulos que tratan exclusivamente de lógica, tiene principalmente que ver con la ontología de Aristóteles. Es en gran medida un sumario de las Categorías de Aristóteles junto con la “Isagoga”de Porfirio (Eisagoge eis tas kategorias). La intención de Juan Damasceno parece haber sido dar a sus lectores únicamente el conocimiento filosófico que era necesario para comprender las partes siguientes de la “Fuente de la sabiduría”. Por más de una razón la “Dialéctica” es una obra de interés inusual. En primer lugar es un listado de la terminología técnica utilizada por los Padres griegos, no sólo contra los herejes, sino también en la exposición de la fe en beneficio de los cristianos. Es interesante, también, debido a que es una exposición parcial del “Organon”, y la aplicación de sus métodos a la teología católica un siglo antes de que hiciera su aparición la primera traducción arábiga de Aristóteles. La segunda parte, “Referente a la herejía”, es poco más que la copia de una obra similar de San Epifanio, puesta al día por Juan Damasceno. De hecho el autor niega expresamente su originalidad, excepto en los capítulos dedicados al islamismo, la iconoclasia y los aposquitas. A la lista de ochenta herejías que forman el “Panarion” de Epifanio, añadió veinte herejías que habían brotado desde su época. Al tratar del islamismo, ataca vigorosamente las prácticas inmorales de Mahoma y las corruptas enseñanzas incluidas en el Corán para legalizar los delitos del profeta. Como Epifanio, acaba la obra con una ferviente profesión de fe. La autoría de Juan sobre este libro se ha discutido, debido a que el autor, al tratar sobre el arrianismo, habla de Arrio, que murió cuatro siglos antes de la época del Damasceno, como viviendo aún y causando la ruina espiritual de su pueblo. La solución de la dificultad se encuentra en el hecho de que Juan Damasceno no resumió el contenido del “Panarion”, sino que lo copió literalmente. De ahí que el pasaje mencionado esté en los términos exactos de Epifanio, que fue contemporáneo de Arrio.

“Referente a la Fe Ortodoxa”, el tercer libro de la “Fuente de la Sabiduría”, es el más importante de los escritos de Juan Damasceno y una de las más notables obras de la antigüedad cristiana. Su autoridad ha sido siempre grande entre los teólogos de Oriente y Occidente. Aquí, de nuevo, el autor modestamente rechaza toda pretensión de originalidad---cualquier propósito de intentar una nueva exposición de la verdad doctrinal. Se asigna a sí mismo la tarea menos pretenciosa de recoger en una sola obra las opiniones de los autores antiguos dispersas por muchos volúmenes, y de sistematizarlas y relacionarlas en un conjunto lógico. No es poco el crédito a Juan de Damasco que fuera capaz de dar a la Iglesia en el siglo VIII su primer resumen de opiniones teológicas relacionadas. Por orden del Papa Eugenio III, en 1150 Burgundio de Pisa lo tradujo al latín poco antes que apareciera el “Libro de Sentencias” de Pedro Lombardo. Esta traducción fue utilizada por Pedro Lombardo y Santo Tomás de Aquino, así como por otros teólogos, hasta que los humanistas la desecharon por otra más elegante. El autor sigue el mismo orden que Teodoreto de Ciro en su “Resumen de Doctrina Cristiana”. Pero, mientras que imita el plan general de Teodoreto, no hace uso de su método. Cita, no sólo de las páginas de la Sagrada Escritura, sino también de los escritos de los Padres. Como resultado, su obra es un inagotable tesoro de tradición que se convirtió en el estándar para los grandes escolásticos que vinieron después. En particular extrae generosamente de San Gregorio Nacianceno, cuyas obras parece haber absorbido, de San Basilio el Grande, de San Gregorio de Niza, de San Cirilo de Alejandría, de León, San Atanasio, San Juan Crisóstomo y San Epifanio. La obra se divide en cuatro libros, cuya división, sin embargo, es arbitraria, no contemplada por el autor ni justificada por el manuscrito griego. Es probablemente obra de un traductor latino que pretendía acomodarla al estilo de los cuatro libros de las “Sentencias” de Pedro Lombardo.

El primer libro de “La Fe Ortodoxa” trata de la esencia y existencia de Dios, la naturaleza y atributos de Dios y la Santísima Trinidad. Como evidencia de la existencia de Dios cita la concurrencia de opiniones entre los iluminados por la Revelación y los que sólo tienen la luz de la razón para guiarse. Con la misma finalidad emplea el argumento sacado de la mutabilidad de las cosas creadas y el de su designio. En el segundo libro, al tratar sobre mundo físico, resume todas las opiniones de su época, sin comprometerse, sin embargo, con ninguna de ellas. En el mismo tratado revela un conocimiento global de la astronomía de su tiempo. Aquí también se dedica espacio a la consideración de la naturaleza de los ángeles y los demonios, el Paraíso Terrenal, las propiedades de la naturaleza humana, la presciencia de Dios, y la predestinación. Al tratar sobre el hombre (c. XXVII) da lo que se ha llamado acertadamente “psicología en embrión”. Contrariamente a las enseñanzas de Plotino, el maestro de Porfirio, identifica mente y alma.

En el tercer libro se discute con gran habilidad acerca de la personalidad y doble naturaleza de Cristo. Esto conduce a la consideración de la herejía monofisita. En relación con esto trata de la añadidura de Pedro Fullo al “Trisagio”, y combate la interpretación de Anastasio de este antiguo himno. Este último, que era abad del monasterio de San Eutimio en Palestina, refería el “Trisagio” sólo a la Segunda Persona de la Trinidad. En su carta “Respecto al Trisagio”, Juan Damasceno alega que el himno no se aplica sólo al Hijo, sino a cada Persona de la Santísima Trinidad. Este libro también contiene una enérgica defensa del derecho de la Santísima Virgen al título de “Theotokos”. Se enfrenta vigorosamente con Nestorio por intentar sustituir el título de “Madre de Dios” por el de “Madre de Cristo”. En el cuarto libro se discuten las Escrituras. Al asignar veintidós libros al Canon del Antiguo Testamento está tratando del Canon hebreo, y no del cristiano, tal cómo lo encuentra en una obra de Epifanio, “De ponderibus et mensuris”. Su tratamiento en este libro de la Presencia Real es especialmente satisfactorio. El capítulo diecinueve contiene un poderoso alegato en pro de la veneración de las imágenes.

El tratado “Contra los Jacobitas”, se escribió a petición de Pedro, metropolitano de Damasco, quien le impuso la tarea de reconciliar a la fe al obispo jacobita. Es una dura polémica contra los jacobitas, que es como se llamaban los monofisitas de Siria. También escribió contra los maniqueos y los monotelitas. El “Folleto referente al juicio recto” es poco más que una profesión de fe, confirmada por argumentos que exponen los misterios de la fe, especialmente la Trinidad y la Encarnación. Aunque Juan de Damasco escribió voluminosamente sobre las Escrituras, como en el caso de tantos de sus escritos, su obra lleva escasamente la marca de la originalidad. Sus “Pasajes selectos” (Loci selecti), como él mismo admite, están tomados en gran medida de las homilías de San Juan Crisóstomo y añadidas como comentarios a textos de las Epístolas de San Pablo. El comentario sobre las Epístolas a los Efesios, Filipenses, Colosenses y Tesalonicenses está tomado de San Cirilo de Alejandría. Los “Paralelos sagrados” (Sacra parallela) es una especie de concordancia tópica que trata principalmente de Dios, el hombre, las virtudes y los vicios.

Bajo el título general de “Homilías” escribió catorce discursos. El sermón sobre la Transfiguración, el cual Le Quien afirma que se pronunció en la iglesia del Monte Tabor, es de excelencia mayor de la habitual. Se caracteriza por la elocuencia dramática, la vívida descripción, y la riqueza de imaginería. En él discurre sobre su tópico favorito, la doble naturaleza de Cristo, cita los textos clásicos de las Escrituras en testimonio de la primacía de San Pedro, y atestigua la doctrina católica de la Penitencia sacramental. En su sermón sobre el Sábado Santo diserta sobre el deber pascual y la Presencia Real. La Anunciación es el texto de un sermón, que ahora existe sólo en la versión latina de un texto arábigo, en el que atribuye diversas bendiciones a la intercesión de la Santísima Virgen. El segundo de sus tres sermones sobre la Asunción es especialmente notable por su relato detallado de la traslación del cuerpo de la Santísima Virgen al cielo, un relato, advierte, que se basa en la tradición más antigua y digna de confianza.

Tanto Liddledale como Neale consideran a Juan de Damasco como el príncipe de los autores de himnos griego. Sus himnos aparecen en los “Carmina” de la edición de Le Quien. Los “cánones” sobre la Navidad, Epifanía y Pentecostés están escritos en trímetros yámbicos. Tres de sus himnos se han hecho ampliamente conocidos y admirados en su versión inglesa---“Esas moradas eternas”, “Venid fieles, elevad el ánimo”, y “Este es el día de la Resurrección”. El más famoso de los cánones es el de Pascua. Es un canto de triunfo y de acción de gracias – el “Te Deum” de la Iglesia Griega. Es una opinión tradicional, últimamente controvertida, que Juan Damasceno compuso el “Octoëchos”, que contiene los himnos litúrgicos utilizados por la Iglesia Griega en sus servicios dominicales. Gerbet, en su “Historia de la Música Sacra”, le acredita de haber hecho para Oriente lo que Gregorio Magno llevó a cabo en Occidente---la sustitución por notas y otros caracteres musicales por las letras del alfabeto para indicar cantidades musicales. Es cierto que adaptó la música coral a las finalidades de la Liturgia.

Entre las diversas obras que se atribuyen dudosamente a Juan Damasceno la más importante es la novela titulada “Barlaam y Josafat”. A lo largo de la Edad Media gozó de una amplísima popularidad en todos los idiomas. No se considera auténtica por Lequien, y el descubrimiento de una versión siríaca de la “Apología de Arístides” demuestra que lo que equivale a dieciséis páginas impresas de ella fue tomada directamente de Arístides. El panegírico de Santa Bárbara, aunque aceptado por Le Quien como genuino, es rechazado por muchos otros. El tratado titulado “Referente a los que han muerto en la Fe” es rechazado como espurio por Suárez, Belarmino y Le Quien, no sólo por sus discrepancias doctrinales, sino también por su carácter fabuloso. La primera edición griega de las obras de Juan Damasceno fue la de la “Exacta exposición de la Fe Ortodoxa” publicada en Verona (1531) bajo los auspicios de Gian Matteo Giberti, obispo de Verona. Otra edición griega de la misma obra se publicó en Moldavia (1715) por Ioan Epnesinus. También se imprimió una edición latina en París (1507), por Jacobus Faber. Henry Gravius, O.P., publicó una edición latina en Colonia (1546) que contenía las siguientes obras: “Dialéctica”, “Instrucción elemental y dogmática”, “Referente a las dos voluntades y operaciones”, y “Referente a la herejía”. Una edición greco-latina con una introducción de Mark Hopper hizo su aparición en Basilea (1548). Una edición similar, pero mucho más completa se publicó en el mismo lugar en 1575. Otra edición latina, que constituye una colección parcial de las obras del autor es la de Michel Lequien, O.P., publicada en París (1717) y Venecia (1748). A la reimpresión de esta edición, P.G., XCIV-XCVI (París, 1864), Migne ha añadido un suplemento de obras atribuidas por algunos a la autoría de Juan Damasceno.

[N. del T: Tras la reforma del calendario romano llevada a cabo por Pablo VI después del Concilio Vaticano II, la fiesta de San Juan Damasceno se trasladó al 4 de diciembre.]


Fuente: O'Connor, John Bonaventure. "St. John Damascene." The Catholic Encyclopedia. Vol. 8. New York: Robert Appleton Company, 1910. <http://www.newadvent.org/cathen/08459b.htm>.

Traducido por Francisco Vázquez. L H M