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Viernes, 21 de septiembre de 2018

Bendición

De Enciclopedia Católica

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Introducción

En su acepción más amplia la palabra bendición tiene una variedad de significados en las Sagradas Escrituras:

  • (1) Se ha tomado en un sentido que es sinónimo de alabanza; así el salmista “Bendeciré a Yahveh en todo tiempo, sin cesar en mi boca su alabanza” (Sal. 34(33),1).
  • (2) Se usa para expresar un deseo o anhelo que toda la buena fortuna, especialmente de un tipo espiritual o sobrenatural, vaya con la persona o cosa, como cuando David dijo: “¡dichoso tú, que todo te irá bien!” (Sal. 128(127),2).
  • (3) Significa la santificación o dedicación de una persona o cosa para algún propósito sagrado: “Cristo tomó pan y lo bendijo, lo partió…” (Mateo 26,26).

El propósito presente no es tratar sobre todos estos varios significados. Viniendo, pues, a su sentido estrictamente litúrgico y restringido, la bendición puede ser descrita como un rito, que consiste en una ceremonia y oraciones realizadas en nombre y con la autoridad de la Iglesia por un ministro debidamente cualificado, por el que se santifican las personas o cosas como dedicadas al servicio divino, o por el cual se invocan sobre ellos ciertas muestras de favor divino.

Antigüedad

La costumbre de bendecir se remonta a los tiempos más primitivos. En la mañana de la creación, al finalizar cada jornada de trabajo, Dios bendecía a los seres vivos que salían de sus manos, ordenándoles que creciesen y se multiplicasen y llenasen la tierra (Génesis 1 - 2). Cuando Noé salió del arca, recibió la bendición de Dios (Gén. 9,1), y transmitió este patrimonio a sus hijos, Sem y Jafet, para la posteridad. Las páginas del Antiguo Testamento testifican abundantemente del alto grado en que prevaleció la práctica de bendecir en épocas patriarcales. El jefe de cada tribu y familia parecía ser privilegiado al concederla con una unción y fecundidad especiales, y los sacerdotes por expreso mandato de Dios solían administrarla al pueblo. “Así habéis de bendecir a los israelitas. Les diréis: Yahveh te bendiga y te guarde; ilumine Yahveh su rostro sobre ti… y te conceda la paz.” (Números 6,23-26).

Ese gran valor que se atribuía a las bendiciones se ve desde la estrategia adoptada por Rebecca para asegurar la bendición de Jacob a su hijo favorito. En la estimación general, se considera como un signo de complacencia divina y como una forma segura de conseguir la benevolencia, la paz y la protección de Dios. La Nueva Ley vio la adopción de este rito por Nuestro Divino Señor y sus apóstoles, y así, elevado, ennoblecido, y consagrado por tan alto y santo uso, que llegó en una etapa muy temprana de la historia de la Iglesia a asumir una forma definida y concreta como el principal de sus sacramentales.

Ministro

Entonces, dado que las bendiciones, en el sentido en que se están considerando, son totalmente una institución eclesiástica, la Iglesia tiene el poder de determinar quién tendrá el derecho y el deber de conferirlas. Ella ha hecho esto al confiar su administración a los que han recibido las órdenes sacerdotales. El único caso en el que uno inferior a un sacerdote tiene la facultad de bendecir, es cuando el diácono bendice el cirio pascual en las ceremonias del Sábado Santo. Esta excepción es más aparente que real. Pues en el caso citado el diácono actúa a modo de diputado y, además, utiliza los granos de incienso ya bendecidos por el celebrante. Entonces, los sacerdotes son los ministros ordinarios de las bendiciones, y esto es sólo en la conveniencia de las cosas puesto que ellos son ordenados, como dicen las palabras del Pontifical: "ut quæcumque benedixerint benedicantur, et quacumque consecraverint consecrentur" (Que todo lo que ellos bendigan quede bendecido, y lo que consagren quede consagrado). Por lo tanto, cuando se representa a los laicos y las mujeres bendiciendo a los demás, se ha de entender que se trata de un acto de voluntad por su parte, un anhelo o deseo por la prosperidad espiritual o temporal del otro, una petición a Dios que no tiene nada para recomendarla, sino los méritos de la santidad personal. Los saludos ordinarios que se realizan entre cristianos y católicos, impregnados con deseos mutuos de una parte de la gracia celestial, no deben ser confundidos con las bendiciones litúrgicas.

San Gregorio definitivamente fue el primero que enseñó que los ángeles se dividen en jerarquías u órdenes, cada uno con su propio papel que desempeñar en la economía de la creación. Del mismo modo la Iglesia reconoce los distintos órdenes o grados entre sus ministros, asignándole a algunos funciones más altas que a otros. El funcionamiento de esta idea se ve en el caso del otorgamiento de bendiciones. Pues si bien es cierto que un sacerdote las confiere normalmente, algunas de las bendiciones están reservadas al Sumo Pontífice, algunas a los [obispo]]s y algunas a los [[parroquia |párrocos] y religiosos. La primera clase no es muy amplia. El Papa se reserva para sí mismo el derecho de bendecir el palio para los arzobispos, el Agnus-Dei, la Rosa Dorada, la Espada Real y también dar la bendición a personas a las cuales se les otorga una indulgencia de algunos días. Él puede, y en el último caso lo hace a menudo, delegar a otros a darlas.

A los obispos les corresponde el privilegio de bendecir a los abades en su instalación, a los sacerdotes en su ordenación y a las vírgenes en su consagración; bendecir las iglesias, los cementerios, los oratorios y todos los artículos a usarse en relación con el altar, tales como cálices, vestimentas y ropa, estandartes militares, soldados, armas y espadas; y de impartir todas las bendiciones que requieren los Óleos Sagrados. Algunos de éstos pueden, por delegación, ser realizadas por inferiores.

De las bendiciones que los sacerdotes están generalmente encargados de conceder, algunas están restringidos a aquellos que tienen jurisdicción externa, como rectores o párrocos, y otras son una prerrogativa exclusiva de las personas que pertenecen a una orden religiosa. Hay una regla, también, por la cual un inferior no puede bendecir a un superior o incluso ejercer las facultades ordinarias en su presencia. Por ejemplo, el sacerdote que celebra una Misa en la que preside un obispo, no ha de dar la bendición final sin el permiso del prelado. Para esta curiosa costumbre los autores citan un texto de la [|Epístola a los Hebreos]] (7,7): "…es incuestionable que el inferior recibe la bendición del superior”. Parecería estirar demasiado el pasaje al decir que provee un argumento para sostener que un ministro inferior no puede bendecir a aquel que es su superior en rango o dignidad, pues el texto simplemente enuncia un incidente de uso común, o significa que el inferior, por el hecho de que bendice, es el mayor, ya que actúa como representante de Dios.

Objetos

La gama de objetos que se encuentran bajo la influencia de la bendición de la Iglesia es tan amplio como los intereses espirituales y temporales de sus hijos. Todas las criaturas inferiores se han hecho para servir al hombre y contribuir a sus necesidades. Entonces, como no se debe dejar de hacer nada para mejorar su utilidad a estos fines, se colocan de algún modo bajo la providencia directa de Dios. “Porque todo lo que Dios ha creado es bueno…” como dice San Pablo, “pues queda santificado por la Palabra de Dios y la oración” (1 Tim. 4,4-5). Existe también la reflexión de que los efectos de la caída se extendieron a los objetos inanimados de la creación, estropeando en cierto modo el objetivo original de su existencia y haciéndolos, en manos de los malos espíritus, instrumentos listos para la comisión de la maldad. En la Epístola a los Romanos San Pablo describe la naturaleza inanimada, asolada por la maldición primigenia, gimiendo con dolores de parto y esperando ansiosamente su liberación de la esclavitud. “Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió en la esperanza…” (8,19-20). A partir de esto se puede ver fácilmente cuán muy razonable es la ansiedad de la Iglesia por que todas las cosas que se utilizan en la vida diaria y particularmente en el servicio de la religión, sean rescatadas de las influencias contaminantes y sean dotadas con una potencia para el bien.

Las principales bendiciones litúrgicas reconocidas y sancionadas por la Iglesia aparecen en el Ritual romano y en el Pontifical. El Misal, además de la bendición que se da al final de la Misa, contiene sólo aquellas bendiciones asociadas con las grandes funciones incidentales a ciertos días del año, tal como la bendición de las palmas y las cenizas. En el Pontifical se encuentran las bendiciones que son realizadas de jure por los obispos, tal como la bendición solemne de las personas ya mencionadas, las formas para bendecir los reyes, emperadores y príncipes en su coronación, y aquellas mencionadas antes de prerrogativa episcopal.

El gran tesoro de bendiciones eclesiásticas es el Ritual Romano.

Fórmulas para bendecir personas

Primero viene una bendición para los peregrinos a Tierra Santa, a su salida y a su regreso, que contienen bellas oraciones y alusiones adecuadas a los Reyes Magos viajando a través del desierto árabe bajo la guía de la estrella, a Abraham dejando su propio país y volviendo sus ojos hacia la tierra distante de Canaán, al ángel acompañando al joven Tobías, y finalmente, una petición a Dios para que les provea a los caminantes consuelo en su viaje, sombra para los calores veraniegos, refugio para la tormenta y abrigo seguro. Luego siguen las bendiciones con agua bendita para las personas antes de la Misa, para un adulto enfermo, para cierto número de personas enfermas, una para una mujer próxima a dar a luz y otra para después del parto, bendiciones para los infantes, para los niños que llegan al uso de razón y para los que llegan a los años de discernimiento, para los niños al ser presentados a la Iglesia, para que puedan llevar buenas vidas cristianas, para los niños y niñas en la Fiesta de la Santa Infancia, para que crezcan imitando las virtudes del Salvador y alcancen la salvación bajo su guía.

Bendiciones para cosas

(1) Además de las bendiciones ya mencionadas para los artículos destinados a los propósitos del altar, el Ritual Romano tiene fórmulas para bendiciones de cruces, imágenes de Nuestro Señor, de la Santísima Virgen y de los santos, órganos para iglesias, banderas procesionales, campanas nuevas para usos eclesiásticos y para otros propósitos, traje y cíngulos usados en honor de Nuestra Señora y de otros santos, custodias, relicarios, vasos para los Santos Óleos, ornamentos de iglesia, hábitos clericales, medallas, pinturas y cruces para el viacrucis, rosarios de todos los tipos reconocidos, agua, velas, el Trisagion de la Santísima Trinidad, los diferentes escapularios de Nuestra Señora, de Nuestro Señor, de la Santísima Trinidad, de San José, San Miguel Arcángel y otros santos. Muchos de los objetos enumerados como, por ejemplo, los rosarios y escapularios, reciben lo que se llama bendición indulgenciada, es decir, por el uso piadoso de ellos se les permite a las personas ganar una indulgencia.

(2) Los siguientes artículos comestibles tienen bendiciones asignadas a ellos: el cordero pascual, huevos, aceite, vino, manteca, queso, mantequilla, sal corriente y agua, que se usa como antídoto contra la rabia. También hay una forma para todo lo que sea comestible. Los frutos de la tierra, tales como uvas, maíz y la cosecha almacenada, semillas que se ponen dentro de la tierra, vino y la vendimia, hierbas y pastos, que todos en un lenguaje adecuado y apropiado queden "santificados por la palabra de Dios y la oración".

(3) Se puede conferir bendiciones sobre los animales inferiores que contribuyen a los requisitos razonables de la familia humana con el fin de que se aumente la medida de su utilidad. Así, las aves del cielo, las bestias del campo, las abejas que le ofrecen al hombre tales ejemplos de laboriosidad, caballos y bueyes atados al yugo y otras bestias de carga están incluidos en los formularios del Ritual. Se invoca al Creador para que les conceda la fuerza a los animales de carga y salud para llevar su peso, y si son atacados por una enfermedad o plaga, para que obtengan la liberación.

(4) El Ritual tiene bendiciones para casas y escuelas y para la colocación de sus piedras angulares; para establos para los animales inferiores y todos los demás edificios de cualquier tipo para el que no hay una fórmula especial a la mano. También hay una bendición especial para la cámara nupcial.

(5) Por último cosas inanimadas que ayudan a las necesidades equitativas y conveniencia de la sociedad pueden recibir de la Iglesia el sello de su bendición antes de ser enviados camino a realizar sus tareas asignadas. Tales son, por ejemplo, los buques nuevos, nuevos ferrocarriles con trenes y carruajes, puentes nuevos, fuentes, pozos, molinos harineros, hornos de cal, hornos de fundición, telégrafos, máquinas de vapor, máquinas para la producción de electricidad. Los muchos accidentes graves que se producen explican la preocupación de la Iglesia por aquellos cuyas vidas están expuestas al peligro por esas distintas fuentes.

Eficacia

Esta información se limitará a las bendiciones aprobados por la Iglesia. Como se ha dicho, el valor de una bendición dada por una persona privada en su propio nombre será proporcional a su aceptabilidad ante Dios por razón de sus méritos y santidad individuales. Por otro lado, la bendición impartida con la sanción de la Iglesia tiene todo el peso de la autoridad que lleva la voz de aquella que es la bienamada esposa de Cristo, suplicando en nombre de sus hijos. Por lo tanto, toda la eficacia de estas bendiciones, en la medida en que son litúrgicas y eclesiásticas, se deriva de las oraciones e invocaciones de la Iglesia hechas en su nombre por sus ministros.

Las bendiciones se pueden dividir en dos clases, a saber: invocadoras y constitutivas. Las primeras son aquellas en las que se invoca la benignidad divina sobre las personas o las cosas, para atraer sobre ellas algún bien temporal o espiritual, sin cambiar su condición anterior. A esta clase pertenecen las bendiciones dadas a niños y a artículos comestibles. La segunda clase se llama así porque delegan permanentemente personas o cosas al servicio divino al impartirles algún carácter sagrado, por el cual asumen una relación espiritual nueva y distinta. Tales son las bendiciones dadas a los religiosos en su profesión, a las iglesias y cálices en su consagración. En este caso, se concede una cierta calidad de sacralidad en virtud de la cual las personas o las cosas se vuelven inviolablemente sagradas de modo que no puedan ser despojadas de su carácter religioso o ser entregadas a usos profanos.

Además, los teólogos distinguen las bendiciones de un tipo intermedio, por las cuales las cosas se convierten en instrumentos especiales de la salvación sin que al mismo tiempo se vuelvan irrevocablemente sagradas, como la sal, velas, etc. Las bendiciones no son sacramentos; no son de institución divina; no confieren la gracia santificante; y no producen sus efectos en virtud del rito mismo, o ex opere operato. Son sacramentales y, como tal, producen los siguientes efectos específicos:

  • (1) Excitación de emociones piadosas y afectos del corazón, y por medio de éstos, la remisión del pecado venial y del castigo temporal debido a él;
  • (2) liberación de los poderes de los malos espíritus;
  • (3) preservación y restauración de la salud física;
  • (4) varios otros beneficios

Todos estos efectos no son necesariamente inherentes a toda bendición; algunos son causados por una sola fórmula, y otros por otra, de acuerdo con las intenciones de la Iglesia. Tampoco se debe considerar que estos efectos son producidos infaliblemente, excepto en la medida en que la impetración de la Iglesia tiene este atributo. La veneración religiosa, por lo tanto, en la cual los fieles consideran las bendiciones no tiene mancha de superstición, ya que depende por completo de los sufragios que la Iglesia ofrece a Dios para que las personas que usan las cosas que bendice puedan derivar de ellos ciertas ventajas sobrenaturales. Se alegan casos en las vidas de los santos donde se han obrado milagros por las bendiciones de hombres y mujeres santos. No hay ninguna razón para limitar la interferencia milagrosa de Dios a los primeros tiempos de la historia de la Iglesia, y la Iglesia no acepta estos maravillosos sucesos menos que la evidencia en apoyo de su autenticidad sea absolutamente irreprochable.

Rito Usado al Administrarla

Antes de que un ministro proceda a impartir una bendición debe primero estar seguro de que está debidamente capacitado para darla, ya sea por sus poderes ordinarios o delegados. Luego debe utilizar el rito prescrito. Como regla general, para las bendiciones simples del Ritual serán suficientes la sotana, el sobrepelliz y la estola del color requerido. Debe haber un clérigo disponible para llevar el agua bendita o incienso si es requerido. o para encender una vela. Las bendiciones se dan normalmente en una iglesia; pero, en caso de ser necesario, se pueden administrar legalmente en otros lugares de acuerdo con las exigencias del lugar o de otras circunstancias o privilegios, y sin ninguna vestimenta sagrada.


Fuente: Morrisroe, Patrick. "Blessing." The Catholic Encyclopedia. Vol. 2, pp. 599-602. New York: Robert Appleton Company, 1907. 22 Sept. 2016 <http://www.newadvent.org/cathen/02599b.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina