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Sábado, 29 de abril de 2017

Honor

De Enciclopedia Católica

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El honor puede definirse como el respetuoso reconocimiento mediante la palabra o el gesto del mérito o posición de otro. Así yo muestro honor a otro dándole su título si tiene uno, y quitándome el sombrero ante él, o cediéndole un lugar de precedencia. Así expreso mi sentimiento de su valía, y al mismo tiempo reconozco mi propia inferioridad ante él.

Es correcto y apropiado que se rindan muestras de honor a cualquier clase de dignidad, si no hay razón especial para lo contrario, y estamos obligados a honrar a los que se sitúan en cualquier relación de superioridad con respecto a nosotros mismos. Primero y principal, debemos honrar a Dios dándole culto como nuestro primer principio y último fin, fuente infinita de todo lo que somos y tenemos. Honramos a los ángeles y a los santos a causa de los dones y gracias concedidos a ellos por Dios. Honramos a nuestros padres, de los que hemos recibido nuestro ser terrenal, y a los que debemos nuestra educación y preparación para la batalla de la vida. Nuestros gobernantes, temporales y espirituales, tienen una justa pretensión a nuestro honor por razón de la autoridad que han recibido de Dios sobre nosotros. Honramos a los mayores por su presunta sabiduría, virtud, y experiencia. Siempre debemos honrar el valor moral dondequiera lo encontremos, y podemos honrar a las personas de talento superior, que están dotadas de gran belleza, fuerza, y habilidad, los bien nacidos, e incluso a los ricos y poderosos, pues la riqueza y el poder pueden, y deben, ser instrumentos de virtud y bienestar.

Entre los bienes que son exteriores al hombre el honor se sitúa en primer lugar, por encima de la riqueza y el poder. Es lo que específicamente damos a Dios, la máxima recompensa que podemos otorgar a la virtud, y es lo que los hombres aprecian más naturalmente. El Apóstol nos ordena honrar a quien se debe honor, y así, negarlo o deshonrar a quien se debe honor es un pecado contra la justicia, e implica la obligación de hacer una restitución satisfactoria. Si simplemente hemos descuidado nuestro deber a este respecto, debemos repararlo cultivando más asiduamente a la persona perjudicada por nuestro descuido. Si hemos sido culpables de inferir un insulto público a otro, debemos brindarle una satisfacción igualmente pública; si el insulto fue privado, debemos dar la apropiada reparación en privado, de forma que la persona perjudicada sea satisfecha razonablemente. Los que tienen autoridad en la Iglesia o el Estado, y otorgan honores públicos, están obligados por la virtud específica de la justicia distributiva a conceder los honores según el mérito. Si incumplen esta obligación, son culpables del pecado específico de acepción de personas. El bien común de la Iglesia requiere específicamente que los que son más dignos sean promovidos a dignidades superiores como el cardenalato o episcopado, y por la misma razón hay obligación grave de promover a los más dignos antes que a los menos dignos a beneficios eclesiásticos que lleven consigo la cura de almas. Según la opinión más probable esto mismo es válido para la promoción a beneficios a los que no se añade la cura de almas, aunque S. Alfonso admite que la opinión contraria es probable, supuesto que la persona favorecida sea al menos digna del honor aunque menos digna que su rival. Cuando se celebra un examen para decidir quién entre varios candidatos ha de ser elegido para un puesto de honor, hay una obligación aún más estricta de elegir a aquél que las pruebas demuestren que es – siendo igual lo demás—el más digno del puesto. Sobre la base de que, cuando se incumple esta obligación, no sólo se viola la justicia distributiva, como en los casos anteriores, sino la justicia conmutativa también, la opinión común sostiene que si uno que por examen prueba ser más digno es postergado, tiene derecho a compensación por el perjuicio que ha sufrido. Muchos, sin embargo, niegan la obligación de restituir en materia de beneficios incluso en este caso, sobre la base de que, aunque se celebre un examen para probar la adecuación, aun así no incluye un pacto estricto por el que los que confieren el beneficio se obligan a sí mismos en estricta justicia a concedérselo al más digno. Está claro que los responsables del nombramiento de una persona inadecuada a un puesto de superioridad son también responsables del daño que cause su inadecuación. Los principios antedichos han sido expuestos por los teólogos para la resolución de cuestiones relacionadas con la provisión de beneficios eclesiásticos, pero son aplicables a otros nombramientos similares, tanto eclesiásticos como civiles.

Una cuestión de gran interés en la historia de la religión y la moral, y de primaria importancia en el ascetismo cristiano, se debe tratar aquí. Hemos visto que el honor es no sólo un bien, sino que es el principal de los bienes externos que el hombre puede disfrutar. Santo Tomás de Aquino y los teólogos católicos están de acuerdo en esto con Aristóteles. Hemos visto también que, según la doctrina católica, todos están obligados a rendir honor a quien el honor es debido. De esto se sigue que no es moralmente malo buscar el honor con la debida moderación y el motivo apropiado. Y aun así Cristo reprochó severamente a los Fariseos por gustar de los primeros puestos en los banquetes, los primeros asientos en las sinagogas, los saludos en el mercado, y los títulos honoríficos. Dijo a sus discípulos que no se llamaran Rabbí, Padre, o Maestro, como los Fariseos; el mayor entre sus discípulos debía ser el servidor de todos; y el que se exaltara sería humillado, y el que se humillara sería exaltado.

Aquí damos con la característica distintiva de la moral cristiana en cuanto se distingue de la ética pagana. El tipo ideal de humanidad en el sistema de Aristóteles se nos diseña en la célebre descripción del hombre magnánimo. El hombre magnánimo se describe como quien, siendo realmente capaz de grandes cosas, se tiene a sí mismo por digno de ellas. Pues el que se considera así digno más allá de sus méritos reales es un tonto, y un hombre que posea cualquier virtud no puede ser un tonto o demostrar falta de entendimiento. Por otro lado, el que se tiene a sí mismo por menos de sus méritos es un pusilánime, sin que importe que los méritos que menosprecia sean grandes, moderados, o pequeños. Los méritos, por tanto, del hombre magnánimo son excepcionales pero en su conducta observa el justo medio. Pues él se siente a sí mismo digno de su méritos exactos, mientras que los demás o sobreestiman o subestiman sus propios méritos. Y puesto que no sólo es capaz de grandes cosas sino que también se tiene por digno de ellas – o más bien, en realidad, de las mayores cosas – se deduce que hay algún objeto que debe dedicársele a él. Ahora bien este objeto es el honor, pues es el mayor de todos los bienes externos. Pero el hombre magnánimo, puesto que sus méritos son los máximos posibles, debe estar entre los hombres óptimos, pues cuanto mejor hombre sea mayores serán sus méritos, y los hombres óptimos tendrán los méritos máximos. La verdadera magnanimidad, por tanto, no puede sino implicar virtud; o, más bien, el criterio de la magnanimidad es la perfección conjunta de todas las virtudes individuales. La magnanimidad, entonces, parecería ser la corona, por así decir, de todas las virtudes; pues no sólo implica su existencia, sino que también intensifica su esplendor. Es con el honor entonces, y con el deshonor con los que el hombre magnánimo se relaciona más específicamente. Y donde reciba un gran honor, y eso de hombres íntegros, se complacerá en ello, aunque su complacencia no será excesiva, puesto que en suma ha obtenido lo que se merece, si no, tal vez, menos –puesto que no se encuentra el honor adecuado a la virtud perfecta. No será sin embargo menos recibir tal honor de hombres íntegros, puesto que ellos no tienen mayor recompensa que ofrecerle. Pero el honor rendido por la gente vulgar, y en ocasiones sin importancia, lo despreciará de manera absoluta, pues no estará a la medida de sus méritos. Ahora bien el hombre magnánimo desprecia a sus prójimos justamente, pues su estimación siempre es correcta; pero la mayoría de los hombres desprecia a sus compañeros por motivos insuficientes. También le gusta conceder un favor, pero siente vergüenza de recibirlo, pues lo primero es prueba de superioridad, lo segundo de inferioridad. Además, parecería que el magnánimo se acuerda de aquellos a los que ha hecho un favor, pero no de aquellos de quienes lo ha recibido. Pues el que ha recibido un favor se encuentra en una posición inferior a la del que lo ha concedido, mientras que el hombre magnánimo desea una posición de superioridad. Y así oye con placer hablar de los favores que ha concedido, pero con disgusto de los que ha recibido.

Estos son los rasgos principales de este célebre retrato en cuanto se relacionan con el asunto que estamos tratando. Aristóteles completa los detalles del retrato con minuciosa exactitud, es obvio que se extiende en él con amoroso cuidado, como supremo ideal de su sistema ético. Y aun así, cuando lo leemos ahora, la descripción tiene en sí misma un elemento ridículo. Si el hombre magnánimo de Aristóteles apareciera hoy en cualquier sociedad decente, pronto se le daría a entender que se tomaba a sí mismo demasiado en serio, y se burlarían de él despiadadamente hasta que rebajara algo sus pretensiones. En realidad, es un consumado retrato de noble orgullo lo que el pagano nos pinta, y el Cristianismo nos enseña que todo orgullo es mentira. La naturaleza humana, incluso en lo mejor y más noble, es, después de todo, algo pobre, e incluso vil, como nos dice el ascetismo cristiano. Entonces, ¿estaba simplemente equivocado Aristóteles en su doctrina relativa a la magnanimidad? De ninguna manera. Santo Tomás acepta su enseñanza referente a esta virtud, pero, para evitar que se convierta en orgullo, la atempera con la doctrina de la humildad cristiana. La doctrina cristiana une todo lo que es verdadero y noble en la descripción de Aristóteles de la magnanimidad con lo que la revelación y la experiencia nos enseñan igualmente referente a la fragilidad y condición pecadora del hombre. El resultado es la dulzura, la verdad, y habitual fuerza del carácter supremo cristiano. En vez del autosatisfecho Arístides o Pericles, tenemos un San Pablo, un San Francisco de Asís, o un San Francisco Javier. El gran santo cristiano está penetrado de un sentido de su propia debilidad e indignidad separado de la gracia de Dios. Esto le impide creerse digno de cualquier cosa excepto del castigo por sus pecados e infidelidad a la gracia. Nunca desprecia a su prójimo, sino que estima a todos los hombres más que a sí mismo. Si se le deja, prefiere, como San Pedro de Alcántara, ser despreciado de los hombres y sufrir por Cristo. Pero si la gloria de Dios y el bien de sus hermanos los hombres lo requiere, el santo cristiano está preparado para abandonar su oscuridad. Sabe que lo puede todo en Aquél que le conforta. Con increíble energía, constancia, y absoluto olvido de sí, obra maravillas sin medios aparentes. Si se le conceden honores sabe como aceptarlos y referirlos a Dios si son para su servicio. De otro modo los desprecia como hace con las riquezas, y prefiere ser pobre y despreciado con Aquél que fue manso y humilde de corazón.

En contraposición a la doctrina pagana de Aristóteles y a la egoísta mundanidad de los Fariseos, la actitud cristiana hacia los honores puede expresarse en pocas palabras. El honor, al ser el homenaje debido a la dignidad es el principal de los bienes externos que el hombre puede disfrutar. Puede buscarse legítimamente, pero puesto que toda dignidad es de Dios, y el hombre no tiene nada por sí mismo sino el pecado, debe referirse a Dios y buscado sólo por amor a Él o por el bien del prójimo. Los honores, como las riquezas, son dones peligrosos, y es digno de alabanza renunciar a ellos por amor de Aquél que fue pobre y despreciado por nuestra salvación.

ARISTÓTELES, Ética a Nicómaco; SANTO TOMÁS, Summa; SAN ALFONSO DE LIGORIO, Theologia Moralis (Turín, 1823); SAN IGNACIO DE LOYOLA, Ejercicios Espirituales; LESSIUS, De Justitia et Jure (Venecia, 1625).

T. SLATER Transcrito por Joseph P. Thomas Traducido por Francisco Vázquez