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Domingo, 20 de agosto de 2017

Católico

De Enciclopedia Católica

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Definición

La palabra católico (katholikos de katholou---a través de todo, es decir, universal) aparece en los clásicos griegos, por ejemplo, en Aristóteles y Polibio, y los Padres de la Iglesia la usaron libremente en lo que podemos llamar su sentido primitivo y no eclesiástico. Así encontramos tales frases como “la resurrección católica” (San Justino Mártir), “la bondad católica de Dios” (Tertuliano), “los cuatro vientos católicos” (San Ireneo), donde podemos ahora hablar de “la resurrección general, “la bondad universal o absoluta de Dios”, “los cuatro vientos principales”, etc. Parece que en este uso la palabra se opone a merikos (parcial) o idios (particular), y todavía sobrevive un ejemplo familiar de esta concepción en la antigua frase “Epístolas Católicas”, como aplicado a las Epístolas de San Pedro, San Judas, etc., que fueron llamadas así porque estaban dirigidas no a comunidades locales particulares, sino a la Iglesia completa.

Desarrollo Histórico del Término

La combinación “la Iglesia Católica” (he katholike ekklesia) se halla por primera vez en la carta que escribió San Ignacio de Antioquía a los de Esmirna cerca del año 110 d.C. La palabra dice: “Dondequiera que esté el obispo, dejen que esté la gente, incluso como donde esté Jesús, ahí está la Iglesia universal [katholike].” Sin embargo, en vista del contexto, prevalece alguna diferencia de opinión sobre la connotación precisa de la palabra en itálicas, y Kattenbusch, el profesor protestante de teología en Giessen, está preparado para interpretar la primera aparición de la frase en el sentido de mia mone, la “una y única” Iglesia [Das apostolische Symbolum (1900), II, 922]. Desde este tiempo en adelante hallamos el significado técnico de la palabra católico en aumento frecuente tanto en Oriente como en Occidente, hasta que a principios del siglo IV parece que suplantó casi completamente al significado general y primitivo. Los ejemplos anteriores fueron recopilados por Caspari (Quellen zur Geschichte des Taufsymbols, etc., III, 149 ss.). Muchos de ellos todavía aceptan el significado “universal”. La referencia (c. 155) al “obispo de la iglesia católica en Esmirna” (Carta sobre el martirio de San Policarpo, XVI), una frase que necesariamente presupone un uso más técnico de la palabra, se debe a la interpolación, según opinión de algunos críticos. Por otro lado, este sentido aparece indudablemente más de una vez en el Canon Muratorio (c. 180), donde, por ejemplo, se dice de ciertos escritos heréticos que ellos “no pueden ser recibidos en la Iglesia Católica”. Un poco después, Clemente de Alejandría habla muy claramente. “Decimos”, declara él, “que tanto en substancia como en apariencia, tanto en origen como en desarrollo, la primitiva y católica Iglesia es la única, que concuerda como lo hace en la unidad de una sola fe” (Stromata, VII, XVII; P. G., IX, 552). Por este y otros pasajes que se pueden citar, el uso técnico parece haber estado claramente establecido a principios del siglo III. En este sentido la palabra implica la sana doctrina como opuesta a la herejía, y la unidad de organización como opuesta al cisma (Lightfoot, Padres Apostólicos, Parte II, vol. I, 414 ss. Y 621 ss.; II, 310-312).

De hecho, “católico” pronto se volvió en muchos casos un mero apelativo---el nombre propio, en otras palabras, de la verdadera Iglesia fundada por Cristo, justo como ahora hablamos frecuentemente de la Iglesia Ortodoxa cuando nos referimos a la iglesia establecida del Imperio Ruso, sin referirnos a la etimología del título así usado. Fue probablemente en este sentido que el español San Paciano (Ep. I ad Sempron.) escribe, cerca del año 370: "Christianus mihi nonem est, catholicus cognomen", y es digno de señalar que en varias exposiciones latinas tempranas del Credo, principalmente el de Nicetas de Remesiana, el cual data de alrededor del 375 (ed. Burn, 1905, p. LXX), la palabra católico en el Credo, aunque en ese tiempo sin duda se apareaba con las palabras Santa Iglesia, no sugiere comentario especial. Incluso en San Cipriano de Cartago (c. 252) es difícil determinar hasta dónde él usa la palabra católico significativamente, y hasta donde como un mero nombre. El título, por ejemplo, de su larga obra es “Sobre la unidad de la Iglesia Católica”, y hallamos frecuentemente en sus escritos frases tales como catholica fides (Ep. XXV; ed. Hartel, II, 538); catholica unitas (Ep. XXV, p. 600); catholica regula (Ep. LXX, p. 767), etc. La única idea clara subyacente en todas es ortodoxia como puesta a herejía, y Kattenbusch no vacila en admitir que en Cipriano es donde primero vemos como católico y romano vinieron eventualmente a ser considerados como términos intercambiables. (Cf. Harnack, Dogmengeschichte, II, 149-168.) Además se debe notar que la palabra Catholica se usaba a veces substantivamente como el equivalente de ecclesia Catholica. Un ejemplo de esto se halla en el Canon Muratorio, otro aparentemente en Tertuliano (De Praescrip, XXX), y muchos otros aparecen en una fecha posterior, particularmente entre los escritores africanos.

Entre los griegos era natural que mientras “católico” servía como la descripción distintiva de la única Iglesia, nunca se perdió de vista completamente el significado etimológico de la palabra. Así en los “Discursos Catequéticos” de San Cirilo de Jerusalén” (c. 347) él insiste por un lado (Sec. 26); “Y si estás viviendo en alguna ciudad, pregunta no simplemente dónde está la casa del Señor---pues las sectas de lo profano también intentan llamar casa del Señor a sus guaridas---no meramente donde está la iglesia, sino dónde está la Iglesia Católica, pues ése es el nombre peculiar del santo cuerpo de nuestra Madre de todos.” Por otro lado, cuando se discute la palabra “católico”, que ya aparece en su forma en el credo bautismal, San Cirilo señala (Sec. 23): “Ahora ella (la Iglesia) es llamada católica porque está por todo el mundo, de un lado a otro de la tierra”; pero luego tendremos ocasión de citar este pasaje más en detalle.

Sin embargo, no puede haber duda que fue la lucha con los donatistas lo que primero sacó fuera el significado teológico pleno del epíteto católico y lo entregó a los escolásticos como una posesión permanente. Cuando los donatistas reclamaron representar a la única verdadera Iglesia de Cristo, y formularon ciertas marcas de la Iglesia que profesaban encontrar en su propio cuerpo, no podía dejar de impactar a sus oponentes ortodoxos que el título católico, por el cual la Iglesia de Cristo fue universalmente conocida, confrontaba un examen mucho más seguro y que éste era completamente inaplicable a una secta que estaba confinada a un pequeño rincón del mundo. Contrario a todos los herejes anteriores, los donatistas no se descarriaron basándose en ninguna cuestión cristológica; sino que lo que estaba defectuosa era su concepción de la organización y disciplina eclesiásticas. Por lo tanto, para refutarlos San Agustín (c. 400) y San Optato (c. 370) gradualmente desarrollaron una teoría más o menos definida de la Iglesia y sus señales. Estos doctores insistieron particularmente sobre la señal de catolicidad, y señalaron que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento representaban a la Iglesia como extendida sobre toda la tierra. (Vea Turmel, "Histoire de la theologie positive, 1904, I, 162-166, con las referencias dadas ahí). Además, San Agustín insistió sobre el consenso de los cristianos en el uso del nombre “católico”. “Lo quieran o no”, dice él, “los herejes tienen que llamar católica a la Iglesia Católica” ("De vera religione", XII). “Aunque todos los herejes quieren llamarse católicos, si cualquiera pregunta dónde está el lugar de culto, ninguno de ellos se atrevería a señalar su propio conventículo” (Contra Epistolam quam vocant Fundamenti, IV). De los expositores posteriores de esta misma tesis el más famoso es San Vicente de Lérins (c. 434). Su precepto de catolicidad es “lo que se ha creído por doquier, siempre y por todos”. “Esto”, añade él, “es la definición propia y verdadera de católico” (Commonitorium, I, II).

Aunque la creencia en la “Santa Iglesia” fue incluida en la forma primitiva del Credo romano, la palabra católico no parece haber sido añadida al Credo dondequiera en Occidente hasta el siglo IV. Kattenbusch cree que nuestra forma existente se halló primero en la “Exhortatio” que él atribuye a Gregorio de Eliberis (c. 360). Sin embargo, es posible que el Credo que luego imprimió Dom Morin (Revue Bénédictine, 1904, p. 3) sea de una fecha aún más temprana. En cualquier caso la frase “Creo en la Santa Iglesia Católica” aparece en la forma comentada por Nicetas de Remesiana (c. 375).

Respecto al uso moderno de esta palabra, Católica Romana es la designación usada en los decretos legislativos de la Inglaterra protestante, pero católico es el que se usa comúnmente en el continente de Europa, especialmente en los países latinos. Ciertamente, los historiadores de todas las escuelas, por lo menos en obsequio a la brevedad, frecuentemente contrastan católico y protestante, sin ninguna cualificación. En Inglaterra, desde mediados del siglo XVI, se han hecho protestas indignadas contra la “usurpación exclusiva y arrogante” del nombre “católica” por la Iglesia de Roma. El archidiácono protestante Philpot, quien fue condenado a muerte en 1555, se reafirmó obstinadamente sobre este punto (vea la edición de sus obras publicada por la Sociedad Parker); y entre muchas controversias similares de fecha posterior se puede mencionar la que ocurrió entre el Dr. William Bishop, luego vicario apostólico, y el Dr. Abbot, luego obispo de Salisbury, respecto al “Catholicke Deformed”, la cual hizo estragos entre 1599 a 1614. Según algunos, tales combinaciones como católico romano, o anglo católico, envuelven una contradicción de términos. (Vea el obispo anglicano de Carlisle en “The Hibbert Journal”, enero de 1908, p. 287). Desde aproximadamente el año 1580, además del término papista, usado con intenciones oprobiosas, los seguidores de la antigua religión eran a menudo llamados “romish” (despectivo para romano) o católicos romanos. En 1585 Sir William Harbert publicó una “Carta a un Romano Alegadamente Católico”, y en 1587 se imprimió en Londres un libro italiano respecto a las diferentes doctrinas “dei Protestanti vceri e Cattolici Romani”; ni parece que los católicos siempre objetaran dicha apelación, sino que a veces la usaban ellos mismos.

Por otro lado, escritores protestantes a menudo describían a sus oponentes simplemente como “católicos”; un ejemplo conspicuo es el “Pseudomártir” del Dr. John Donne, impreso en 1610. Además, al menos en aras de la brevedad, ambas partes han discutido tales asuntos candentes como “emancipación católica” sin ningún prefijo calificativo. En relación con este asunto, debemos llamar la atención a una opinión anglicana común representada en una obra de referencia tan popular como el “Diccionario Eclesiástico” de Hook (1854), s.v. “Católico”---“Dejemos al miembro de la Iglesia de Inglaterra afirmar su derecho al nombre de católico, puesto que es la única persona en Inglaterra que tiene el derecho a tal nombre. El romanista inglés es un cismático romano y no un católico.” Blunt desarrolla ulteriormente la idea en su “Diccionario de Sectas y Herejías” (1874), donde define el término “católicos romanos” como “una secta organizada por los jesuitas a partir de las reliquias del partido mariano durante el reinado de la Reina Isabel”. Una opinión anterior y menos extrema se halla en la obra “Ensayos Críticos e Históricos” de Newman, publicada por él cuando aún era anglicano (vea Núm. 9, “La Catolicidad de la Iglesia Anglicana”). La propia nota del cardenal sobre este ensayo se puede leer ventajosamente en la última edición revisada.

Significado Teológico

Hasta aquí hemos estado considerando sólo la historia y significado del adjetivo “católico”. Ahora vamos a su sentido teológico según ha sido enfatizado y formalizado por teólogos recientes. Sin duda que la enumeración de las cuatro “señales” precisas que distinguen a la Iglesia de las sectas es de desarrollo relativamente reciente, pero la concepción de algunas de tales pruebas externas, según señaladas arriba, está basada sobre el lenguaje de San Agustín, San Optato y otros, en sus controversias con los herejes de su tiempo. En un famoso pasaje del tratado “Contra Epistolam quam vocant Fundamenti” de San Agustín, dirigido contra los donatistas, el santo doctor declara que además de la aceptabilidad intrínseca de su doctrina “hay muchas otras cosas que más justamente me mantienen dentro del seno de la Iglesia”, y luego de indicar el acuerdo en la fe entre sus miembros, o como debemos decir, su Unidad, así como “la sucesión de sacerdotes desde la instalación de San Pedro el Apóstol, a quien el Señor después de su Resurrección le confió que alimentara sus ovejas, hasta el episcopado presente”, en otras palabras la cualidad que llamamos apostolicidad. San Agustín continúa en un pasaje citado en parte previamente, “Por último me mantiene allí el mismo nombre de católico que no sin razón se adhiere tan fuertemente a la Iglesia en medio de las herejías que la rodean, que aunque todos los herejes de buena gana se llamaran católicos, aún así si algún extraño les preguntara donde se realiza el servicio católico, ninguno de ellos se atrevería a señalar a su propio conventículo” (Corpus Scrip. Eccles. Lat., XXV, Pt. I, 196).

Fue muy natural que la situación creada por las controversias del siglo XVI llevara a una determinación más exacta de estas “señales”. Los teólogos ingleses como Stapleton (Principiorum Fidei Doctrinalium Demonstratio, Bk. IV, cc. III ss.) y Sander (De Visibili Monarchia, Bk. VIII, cap. XL) fueron los primeros en insistir sobre este aspecto de la cuestión entre las Iglesias, y eruditos extranjeros como Belarmino, quien se enfrascó en los mismos debates, fácilmente captaron el tono de ellos. Sander distinguió seis prerrogativas de la Iglesia instituida por Cristo. Stapleton reconoció dos atributos principales según aparecen en las promesas de Jesucristo---a saber, universalidad en espacio y perpetuidad en tiempo---y de éstas dedujo las otras señales visibles. Belarmino, comenzando con el nombre católico, enumeró catorce otras cualidades verificadas en la historia externa de la institución que reclama ese título (De Conciliis, Bk. IV, cap. III). Se debe señalar que en todos estos variados esquemas a la universalidad de la Iglesia se le dio un lugar principal entre sus marcas. Sin embargo, ya en el siglo XV el teólogo Juan Torquemada había establecido el total de las notas de la Iglesia como cuatro, y este arreglo más simple, basado en las palabras familiares del Credo de la Misa (Et unam, sanctam, catholicam et apostolicam Ecclesiam), eventualmente ganó aceptación universal. Por ejemplo, fue adoptado en el"Catechismus ad Parochos", el cual, según un decreto del Concilio de Trento fue redactado y publicado en 1566 con las más alta sanción oficial (vea doctrina cristiana). En este documento autoritativo leemos:

“La tercera señal de la Iglesia es que ella es católica, esto es, universal; y es llamada católica justamente porque como dice San Agustín, ‘ella es difundida por el esplendor de una sola fe desde donde sale el sol hasta el ocaso’. A diferencia de las repúblicas de institución humana, o los conventículos de los herejes, ella no se circunscribe a los límites de ningún reino, ni está confinada a los miembros de ninguna sociedad de hombres, sino que abraza en la amplitud de su amor a toda la humanidad, ya sean bárbaros o escitas, esclavos u hombres libres, hombres o mujeres.”

En confirmación de esto, se citan varios pasajes proféticos de la Sagrada Escritura, luego de lo cual el Catecismo prosigue: “A esta Iglesia, construida sobre el fundamento de los Apóstoles y profetas (Efesios 2,20) pertenecen todos los fieles que han existido desde Adán hasta el día presente, o los que existirán en la profesión de la verdadera fe hasta el fin de los tiempos, todos los cuales se fundan y levantan sobre la única piedra angular, Cristo, que los hizo a todos uno y anunció la paz a los de cerca y a los de lejos. También es llamada universal porque todos los que desean la salvación eterna deben pegarse a ella y abrazarla, como los que entraron al arca para escapar al peligro del Diluvio. Por lo tanto, éste se debe enseñar como el criterio más justo para distinguir la Iglesia verdadera de la falsa.

Esta múltiple y algo confusa presentación de la nota de catolicidad sin duda encuentra su garantía en la igualmente amplia interpretación de algunos de los primeros Padres. Así por ejemplo, San Cirilo de Jerusalén dice: “La Iglesia es llamada católica porque está difundida a través del mundo entero [es decir, el mundo habitable, oikoumenes] desde un extremo al otro de la tierra, y porque ella enseña universalmente y sin cesar todas las verdades de la fe que todos los hombres deben conocer, ya sean sobre cosas visibles o invisibles, celestiales o terrenales; además porque ella trae bajo el verdadero servicio del yugo de Dios a todas las razas de hombres, a los poderosos y a los humildes, a los instruidos y a los simples; y finalmente porque ella atiende y sana toda clase de pecado cometido por cuerpo o alma y porque no hay forma de virtud, ya sea de palabra u obra o en don sobrenatural de cualquier clase que sea, que ella no posea como propio.”(Cateches., XVIII, 23; P. G., XXXIII, 1043). En términos similares habla San Isidoro de Sevilla (De Offic., Lb. I), entre los Padres de Occidente, y también se puede apelar sin duda a otra gran variedad de otras explicaciones.

Pero de todas estas variadas interpretaciones, las cuales después de todo no son consistentes entre sí, y las cuales son sólo características de una forma de exégesis que se complacía en la multiplicidad, se hace casi invariablemente prominente una concepción de catolicidad. Esta es la idea de la difusión local real de la Iglesia, y éste es también el aspecto sobre el que han insistido más los teólogos, gracias sin duda a la influencia de la controversia protestante. Algunos maestros herejes y cismáticos prácticamente se han negado a reconocer la catolicidad como un atributo esencial de la Iglesia de Cristo, y en la versión luterana del Credo de los Apóstoles, por ejemplo, la palabra “católico” (“Creo en la Santa Iglesia Católica) es sustituida por “cristiana”. Pero en la mayoría de las profesiones de fe protestantes se ha retenido el parafraseo del original, y los representantes de estos varios matices de opinión se esfuerzas por hallar una interpretación de la frase que es de todos modos consistente con los hechos geográficos e históricos. (Para éstos vea el artículo cristiandad.)

La mayoría, incluyendo muchos de los teólogos anglicanos más antiguos (por ejemplo, Pearson sobre el Credo), han estado satisfechos con poner énfasis en algún matiz o forma sobre el diseño del Fundador de la Iglesia que su Evangelio debe ser predicado por todo al ancho mundo. Esta difusión de jure sirve su propósito lo suficiente como justificación para la retención de la palabra católico en el Credo, pero los seguidores de esta opinión son por necesidad llevados a aceptar que la catolicidad así entendida no puede servir como un criterio visible por el cual se deba distinguir a la verdadera Iglesia de las sectas cismáticas. Estos cuerpos protestantes que no rechazan del todo la idea de “notas” distintivas de la verdadera Iglesia en su mayoría recurren consecuentemente sobre la predicación honesta de la palabra de Dios y la administración regular de los Sacramentos como el único criterio (Vea la “Confesión de Augsburgo]]”, Art. 7, etc.). Pero tales notas como éstas, que pueden ser reclamadas por diferentes cuerpos religiosos con aparente igualdad de derecho, son prácticamente inoperantes, y, como han señalada comúnmente los controversistas católicos, la pregunta sólo se resuelve con la discusión de la naturaleza de la Unidad de la Iglesia bajo otra forma. Lo mismo puede decirse de esa amplia clase de maestros protestantes que ven en todas las comuniones cristianas sinceras ramas de la única Iglesia Católica con Cristo como su cabeza invisible. Tomadas colectivamente, estas varias ramas reclaman difusión mundial de facto así como de jure. Pero claramente, aquí de nuevo la principal pregunta en cuestión es en cuanto a la naturaleza de la unidad de la Iglesia, y el lector que desee proseguir con este asunto más profundamente debe referirse a los artículos la Iglesia y Unidad

Contra éstas y otras interpretaciones prevalecientes entre protestantes desde la Reforma hasta tiempos recientes, los teólogos escolásticos de los últimos siglos se han acostumbrada a presentar la concepción de la nota de catolicidad en varias proposiciones formales, de las cuales los elementos más esenciales son los siguientes: La verdadera Iglesia de Cristo, como se nos revela en las profecías, en el Nuevo Testamento y en los escritos de los Padres de los primeros seis siglos, es un cuerpo que pose la prerrogativa de catolicidad, es decir, de difusión general, no sólo como un asunto de derecho, sino de un hecho real. Además, esta difusión no es sólo sucesiva,---es decir, que una parte del mundo tras otra a través del curso de las épocas sean traídas en contacto con el Evangelio---pero es tal que la Iglesia debe ser descrita permanentemente como extendida a través del mundo. Además, como esta difusión general es una propiedad que ninguna otra asociación religiosa puede reclamar, estamos autorizados a decir que la catolicidad es una señal distintiva de la verdadera Iglesia de Cristo.

Por esto se puede ver que el punto que se enfatiza es el de la difusión local real, y apenas se puede negar que tanto los argumentos bíblicos como patrísticos aducidos por Belarmino, Thomassin, Alexander Natalis, Pierre Nicole y otros, para tomar sólo unos cuantos nombres prominentes, proporcionan fuerte justificación para la reclamación. El argumento bíblico parece haber sido desarrollado primero por San Optato de Mileve contra los donatistas, y fue igualmente empleado por San Agustín cuando entró a la controversia unos pocos años después. Aduciendo una gran cantidad de pasajes de los Salmos [por ejemplo, los Salmos 2 y 122(121)], con Daniel (cap. 2), Isaías por ejemplo 54,3) y otros escritores proféticos, los Padres y los teólogos modernos asimismo llaman la atención sobre el retrato que se presenta en ellos del Reino de Cristo el Mesías como algo difundido gloriosa y conspicuamente a través del mundo, por ejemplo, “Le daré a ustedes a los gentiles por herencia y las más distantes posesiones de la tierra como posesión”, “Regirá de mar a mar”, “Todas las naciones le servirán”, etc.

Además, en combinación con éstas debemos notar las instrucciones del Señor y sus promesas: “Vayan y enseñen a todas las naciones”, “Serán mis testigos hasta en los confines de la tierra” (Hechos 1,8), o las palabras de San Pablo citando el Salmo 18, “¡Cierto que sí! Por toda la tierra se ha difundido su voz y hasta los confines de la tierra sus palabras.” (Rom. 10,18), etc. Pero la fuerza real del argumento descansa en la evidencia patrística, pues tales palabras de la Escritura como las anteriores, son citadas e interpretadas, no sólo por uno o dos, sino por un gran número de Padres diferentes, tanto de Oriente como de Occidente, y casi siempre en tales términos que son consistentes sólo con la difusión real sobre regiones que para ellos representaban, moralmente hablando, el mundo entero. Ciertamente es particularmente importante notar que en muchos de estos pasajes patrísticos, al insistir sobre la extensión local de la Iglesia, el escritor implica claramente que esta difusión es relativa y no absoluta, que ciertamente será general, pero en un sentido moral, no físico ni matemático. Así San Agustín (Epist. CXCIX; P.L., XXXIII, 922, 923) explica que las naciones que no formaban parte del Imperio Romano ya se habían unido a la Iglesia, que estaba fructificando y aumentando por todo el mundo. Pero añade que siempre habrá necesidad y espacio para que aún crezca más; y luego de citar a Romanos 10,14 añade:

“Por lo tanto, en esas naciones donde la Iglesia es aún desconocida, todavía tiene que hallar su lugar (in quibus ergo gentibus nondum est ecclesia, oportet ut sit), no sólo de modo que todos los se hallen allí se conviertan en creyentes, pues es a todas las naciones que se le promete, y no a todos los hombres de todas las naciones… De otro modo, ¿cómo se cumplirá la profecía) ‘Ustedes serán odiados a causa de mi nombre’, a menos que entre todas las naciones haya de los que odian y de los que son odiados.”

Por último, se debe decir que entre algunos confundidos pensadores de la comunión anglicana, como también entre ciertos representantes de opiniones modernistas, se ha puesto en boga una interpretación de la catolicidad de la Iglesia que tiene poca relación con cualquier cosa que se haya visto hasta aquí. Comenzando con la concepción familiar en locuciones tales como “un hombre de gustos católicos”, denotando un hombre que excluye de sus simpatías los intereses no racionales. Estos escritores nos podrían persuadir de que una iglesia católica significa o podría significar una iglesia dotada con comprensión ilimitada, es decir, que está preparada para dar la bienvenida y asimilar todas las opiniones honestamente sostenidas, aunque sean contradictorias. A esto se debe contestar que la idea es absolutamente ajena a la connotación de la frase Iglesia Católica según la podemos rastrear hasta los escritos de los Padres. Tomar un término consagrado por siglos de uso y darle un significado completamente nuevo, con el cual ni siquiera hubiesen soñado los que lo tenían constantemente en sus labios, es decir una cosa sumamente engañosa. Si esta comprensión y elasticidad de creencia es considerada una cualidad deseable, de todos modos dejemos que adquiera un nombre nuevo propio, pero es deshonesto dar la impresión a los ignorantes o crédulos, que esta es la idea que hombres devotos de todas las épocas han ido a tientas, y que le ha sido dejado a los pensadores de nuestro tiempo evolucionar del nombre católica su significado real y verdadero.

Lejos de la idea de una substancia nebulosa y absorbente que imperceptiblemente se degrada en el medio que la rodea, la concepción de los Padres era que la Iglesia Católica fue separada de todo lo de afuera por la más claramente definida de las líneas. Su función principal, también podríamos decir, fue colocarse en oposición aguda a todos los que amenazaban su principio vital de unidad y estabilidad. Es cierto que los escritores patrísticos a veces pueden jugar con la palabra “católico”, y desarrollar su sugerencia etimológica con miras a la erudición o la edificación, pero la única connotación sobre la que insisten, como una cuestión de significado serio, es la idea de la difusión a través de todo el mundo.

San Agustín, de hecho, en su carta a Vincencio (Ep. XCIII, en "Corpus Scrip. Eccles. Lat.", XXXIV, p. 468) protesta que él no sólo argumenta por el nombre. “No afirmo” declara igualmente, “que la Iglesia debe extenderse a través todo el mundo simplemente porque se le llama Católica. Baso mi prueba de su difusión en las promesas de Dios y en los oráculos de la Sagrada Escritura. Pero el santo, al mismo tiempo deja claro que la sugerencia de que la Iglesia fue llamada “católica” debido a que observaba todos los Mandamientos de Dios y administraba todos los Sacramentos se originó con los donatistas, y da a entender que esta era una opinión con la que él mismo no concurría. Una vez más la demostración de la unidad de la Iglesia, construida sobre una base dogmática, es fundamental, y el lector debe remitirse al artículo la Iglesia. El obispo anglicano de Carlisle, en un artículo publicado en el Diario Hibbert para enero de 1908, y titulado "La Iglesia Católica, ¿qué es?", Parece tener la fórmula moderna, católica = comprehensiva, a sus más amplios extremos. No parece dejarse ningún principio de la cohesión salvo este, que la Iglesia católica es la que no prohíbe nada. El obispo la concibe, al parecer, como una institución que Cristo invistió con poder ilimitado para añadir a su número, pero sin poder para expulsar. Seguramente debe estar claro que el sentido común práctico se pronuncia contra tal concepción con no menos fuerza que las sencillas palabras de nuestro Señor en el Evangelio o la actitud consistente de los Padres.


Bibliografía: En adición a las referencias dadas en el curso del artículo, vea WILHELM Y SCANNELL, Manual de Teología Católica (1898), II, 351-4; KRAUS, Real-Encycklopadie der christlichen Alterthumer (Friburgo, 1882), s.v. Catholicus; MAZZELLA, De Religione et Ecclesia (Roma, 1885); SCHANZ, Una Apología Cristiana (tr. Dublin, 1891); MOUREAU, in Dict. de theol, cath., s.v. Catholicite; BILLOT, De Sacra Traditione (Roma, 1904), 72-134; SEMERIA, Dogma, Gerarchia e Culto (Roma, 1902), 235-257; TURMEL, Histoire de theologie positive (París, 1906), II, 117; NEWMAN, Essays Historical and Critical, Essay ix, with note.

Para la opinión protestante vea la última (HAUCK) edición de HERZOG, Realencyklopadie fur protestantische Theologie und Kirche, s.v. Kirche; HARNACK, History of Dogma (tr. Londres, 1896), II; PEARSON, Exposición del Credo; FAIRBAIRN, Catolicismo, Romano y Anglicano (Londres, 1899).

Fuente: Thurston, Herbert. "Catholic." The Catholic Encyclopedia. Vol. 3. New York: Robert Appleton Company, 1908. <http://www.newadvent.org/cathen/03449a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina