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Lunes, 29 de mayo de 2017

Predestinación

De Enciclopedia Católica

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Predestinación (Latín præ, destinare), en su más amplio sentido es un decreto divino por el que Dios, debido a su infalible presciencia del futuro, ha elegido y ordenado desde la eternidad todos los eventos que ocurren en el tiempo, especialmente los que proceden directamente o al menos están influidos por la voluntad libre del hombre. Incluye todos los hechos históricos, como por ejemplo, la aparición de Napoleón o la fundación de los Estados Unidos, y particularmente momentos decisivos en la historia de la salvación sobrenatural, como la misión de Moisés y de los Profetas o la elección de María para ser madre de Dios. Tomada en este sentido general, predestinación coincide claramente con Divina Providencia y con el gobierno del mundo, que no cae dentro de propósito de este artículo. (ver DIVINA PROVIDENCIA).

Noción de Predestinación

La teología restringe el término a esos decretos divinos que hacen referencia al fin sobrenatural de los seres racionales, especialmente del hombre. Considerando que no todos los hombres logran su fin sobrenatural en el cielo, sino que hay muchos eternamente perdidos por su propia culpa, debe haber una doble predestinación: (a) una al cielo para todos los que mueren en estado de gracia; (b) otra a las penas del infierno para todos los que parten en pecado o con el descontento de Dios. Sin embargo, según los usos actuales a los que nos adherimos en el curso del artículo, es mejor llamar al último decreto de “reprobación” divina, de manera que el término predestinación se reserva para el decreto divino de la felicidad de los elegidos.

A. Al Cielo

La noción de predestinación comprende dos elementos esenciales: El conocimiento anterior infalible de Dios (præscientia), y Su decreto inmutable (decretum) de felicidad eterna. El teólogo que, siguiendo los pasos de los pelagianos, limitara la actividad divina a conocimiento eterno y excluyera la divina voluntad, caería inmediatamente en el Deísmo, que afirma que Dios, habiendo creado todas las cosas, deja al hombre y al universo a su suerte, desistiendo de interferir activamente. Aunque los dones puramente naturales de Dios, como descender de padres piadosos, buena educación y la guía providencial de la carrera externa del hombre, pueden también llamarse efectos de la predestinación, sin embargo, estrictamente hablando, el término implica solamente aquellas buenas cosas que están en la esfera sobrenatural, como la gracia santificante, todas las gracias actuales, y entre ellas, en particular las que conllevan la perseverancia final y la muerte feliz. Puesto que en realidad solo llegan al cielo aquellos que mueren en estado de justificación o gracia santificante, todos éstos y sólo éstos deben ser contados entre los predestinados, en el sentido estricto.

De esto se sigue que debemos incluir entre ellos también a los niños que mueren en la gracia bautismal., así como los adultos que, después de una vida manchada por pecado, se convierten en su lecho de muerte. Lo mismo es verdad para a los numeroso predestinados que, aunque fuera de la luz de la verdadera iglesia de Cristo, sin embargo parten de esta vida en estado de gracia como catecúmenos, protestantes de buena fe, cismáticos, judíos, mahometanos y paganos. Los afortunados católicos que al final de una larga vida están aun vestidos con la inocencia bautismal o que después de muchas caídas en pecado mortal perseveran hasta el fin, no están predestinados más firmemente, pero son favorecidos de forma más significativa que las categorías de personas citadas.

Pero aun cuando se tiene en cuanta solamente el fin sobrenatural, el término predestinación no siempre es utilizado por los teólogos en un sentido unívoco. Esto no debe asombrarnos, viendo que la predestinación puede incluir cosas completamente diferentes. Si se toma en su sentido adecuado (prædestinatio adæquata o completa), entonces se refiere tanto a la gracia y la gloria como un todo, incluyendo no solo la elección a la gloria como fin, sino también la elección a la gracia como medio, la vocación a la fe, justificación y perseverancia final con al que una muerte feliz está inseparablemente unida. Esto es lo que significan las palabras de S. Agustín (De dono persever., xxxv): "Prædestinatio nihil est aliud quam præscientia et præparatio beneficiorum, quibus certissime liberantur [i.e.salvantur], quicunque liberantur" (Predestición no es otra cosa que el conocimiento previo y la previa preparación de esos dones gratuitos que hacen cierta la salvación de los que se salvan).

Pero los dos conceptos de gracia y Gloria pueden ser separados y cada uno de ellos puede ser considerado objeto de predestinación especial. El resultado es la llamada predestinación inadecuada (prædestinatio inadæquata o incompleta), ya a la gracia solo o a la gloria solo. Como S. Pablo, también agustín habla de una elección a la gracia aparte de la gloria celestial (loc. cit., xix): "Prædestinatio est gratiæ præparatio, gratia vero jam ipsa donatio." Sin embargo es evidente que esta (inadecuada) predestinación no excluye la posibilidad de que uno elegido para la gracia, fe y justificación vaya a pesar de todo al infierno. Por ello podemos dejarlo aparte, puesto que en el fondo es simplemente otro término para la universalidad de la voluntad salifica de Dios y de la distribución de la gracia entre los hombres (ver GRACIA).

De forma semejante la elección sólo para la gloria, es decir, sin tener en cuenta los meritos anteriores a través de la gracia, debe ser designada como predestinación (inadecuada). Aunque la posibilidad de ésta última enseguida está clara para la mente que reflexiona, sin embargo es fuertemente contestada por la mayoría de los teólogos como se verá más adelante (en sect. III). Parece pues claro, por estas explicaciones que el dogma real de la elección eterna se preocupa solo de la predestinación adecuada, que abarca tanto la gracia como la gloria y cuya esencia define Santo Tomás (I, Q. xxiii, a. 2) como: "Præparatio gratiæ in præsenti et gloriæ in futuro" (preparación, preordenación de la gracia en el presente y de la gloria en el futuro.)

Para enfatizar cuán misteriosa e inaccesible es la elección divina, el Concilio de Trento llama a la predestinación “misterio oculto”. Que la predestinación es un misterio sublime está claro no solo por el hecho de que las profundidades del consejo divino no pueden ser ni imaginadas, y externamente visible en lo desigual de la elección divina. El criterio desigual por el que la gracia bautismal es distribuida entre los niños y las gracias eficaces entre los adultos está oculto para nosotros por un velo impenetrable. Si pudiéramos atisbar las razones de esta desigualdad, inmediatamente tendíamos la clave para la solución del misterio. ¿Por qué este niño es bautizado y no el del vecino? ¿Por qué el apóstol Pedro se levantó después de su caída y perseveró hasta su muerte mientras Judas Iscariote, apóstol como él, se colgó y así frustró su salvación? Aunque sea correcta la repuesta de que Judas se fue hacia la perdición por su libre voluntad, mientras que Pedro cooperó fielmente con la gracia de la conversión que se le ofrecía, esto no aclara el enigma, ya que se puede seguir preguntando ¿Por qué Dios no le dio a Judas la misma gracia eficaz, la infaliblemente victoriosa gracia de la conversión como a S. Pedro, cuyo blasfema negación del Señor era un pecado no menos grave que el del traidor Judas? A éstas u otras cuestiones parecidas, la única respuesta razonable es la palabra de S. Agustín (loc. cit., 21): "Inscrutabilia sunt judicia Dei" (los juicios de Dios son inescrutables).

B. Al Infierno

La contrapartida a la predestinación de los buenos es la reprobación de los malvados o el eterno decreto de Dios de arrojar al infierno a todos los hombres a los que El previó que morirían en el estado de pecado mortal, como enemigos suyos. Este plan de reprobación divina puede ser concebido como absoluto e incondicional y como hipotético y condicional, según que se considere como pendiente o independiente del infalible conocimiento del pecado, razón real de la reprobación. Si entendemos que la condenación eterna es un decreto absoluto incondicional de Dios, su posibilidad teológica se afirma o niega según que la pregunta se conteste de forma positiva o negativa, si implica una reprobación positiva o solo una negativa. La diferencia conceptual entre las dos clases de reprobación está en que la reprobación negativa implica meramente la voluntad absoluta de no conceder la felicidad del cielo mientras que la reprobación negativa significa la voluntad absoluta de condenar al infierno. En otras palabras, los que son reprobados solo negativamente están entre los no predestinados desde toda la eternidad; los que son reprobados positivamente están directamente predestinaos al infierno desde toda la eternidad y han sido creados para este fin.

Fue Calvino quien elaboró la doctrina repulsiva de que un decreto absoluto de Dios desde toda la eternidad destinó positivamente a parte de la humanidad al infierno y para conseguir este fin de forma efectiva, también al pecado. Los católicos que defienden una reprobación incondicional se escapan del la herejía solamente poniendo un restricción doble s sus hipótesis :(a) que el castigo del infierno puede, con el tiempo, ser afligido solamente por los pecados y desde toda la eternidad puede decretarse solamente debido a la malicia pre-vista, mientras que el pecado en sí no se ha de ver como el puro efecto de la absoluta voluntad divina, sino solamente como el resultado del permiso divino; (b) que el plan eterno de Dios nunca puede tener la intención de de una reprobación positiva al infierno, son solamente una reprobación negativa, es decir, una exclusión del cielo. Estas restricciones son requeridas evidentemente por la formulación del concepto mismo, puesto que los atributos de la santidad y justicia divinas deben mantenerse invioladas ( ver DIOS).

Consiguientemente, si consideramos que la santidad de Dios nunca le permitirá querer el pecado positivamente aunque El ve de antemano en su decreto permisivo con certeza infalible y que su justicia puede preordenar y con el tiempo infligir realmente como castigo el infierno, solamente por razones del pecado previsto, podemos entender la definición de reprobación eterna dada por Pedro Lombardo (I. Sent., dist. 40): "Est præscientia iniquitatis quorundam et præparatio damnationis eorundem" (es el conocimiento previo de la maldad de algunos hombres y la preordenación de su condena). Cf. Scheeben, "Mysterien des Christentums" (2ª ed., Freiburg, 1898), 98—103.


El Dogma Católico

Dejando las controversias teológicas para la siguiente sección, aquí se trata sólo de los artículos de fe relacionados a la predestinación y la reprobación, cuya negación supondría una herejía.

La Predestinación de los Elegidos

Aquel que pone la razón de la predestinación exclusivamente ya en el hombre ya en Dios acabaría inevitablemente sacando conclusiones heréticas sobre la elección eterna. En un caso sobre el último fin y en el otro en los medios para ese fin. Nótese que no hablamos de la “causa” de la predestinación, que sería o la causa eficiente (Dios) o la causa instrumental (gracia) o la causa final (honor de Dios) o la primera causa meritoria, sino de la razón o motivo que indujo a Dios desde toda la eternidad a elegir a ciertos individuos concretos a la gracia y a la gloria. La principal cuestión es esta: ¿El merito natural del hombre ejerce alguna influencia en la elección divina a la gracia y a la gloria? Si recordamos el dogma de la absoluta gratuidad de la gracia cristiana, nuestra respuesta debe ser totalmente negativa(ver GRACIA). A la pregunta sobre si la predestinación divina no toma al menos en consideración las buenas obras sobrenaturales, la Iglesia contesta con la doctrina de que el cielo no es dado a los elegidos por un pacto de Dios puramente arbitrario, sino que es también el premio de los meritos personales de los justificados (ver MERITO). Los que, como los Pelagianos, buscan la razón de la predestinación solamente en las buenas obras naturales del hombre, evidentemente cometen un error de juicio sobre la naturaleza del cielo cristiano que es un destino totalmente sobrenatural. Puesto que lo pelagianos ponen toda la economía de la salvación en una base puramente natural, ven las predestinación en particular no como una gracia especial y mucho menos como la gracia suprema, sino como un premio por un merito natural.

Los Semipelagianos, despreciaban también la gratuidad y el carácter estrictamente sobrenatural de la felicidad eterna, puesto que atribuían el principio de la fe (initium fidei) y la perseverancia final (donum perseverantiœ) al ejercicio de los dones naturales del hombre y no a la iniciativa de prevención de la gracia. Esta es una clase de herejía que rehusando de Dios y su gracia hace que la salvación del hombre dependa de él solo. Pero no son menos graves los errores el os que caen un segundo grupo haciendo a Dios el único responsable de todo y anulando la libre cooperación de la voluntad para obtener la felicidad eterna. Esto es lo que hacen los que defienden el Predestinacionismo, incorporado en su forma más pura al Calvinismo y al Jansenismo. Los que buscan la razón de la predestinación en la voluntad absoluta de Dios se ven forzados lógicamente a admitir una gracia eficaz irresistible (gratia irresistibilis), par anegar la libertad de la voluntad cuando está influida por la gracia y a rechazar totalmente los meritos sobrenaturales (como razón secundaria de la felicidad eterna). Y puesto que en este sistema, la condenación eterna, además, halla su explicación exclusivamente en la voluntad divina, se sigue la concupiscencia actúa en la voluntad pecadora con fuerza irresistible y que no hay voluntad libre para pecar y que los deméritos no pueden ser al causa de la condenación eterna.

Entre estos dos extremos, el dogma católico sobre la predestinación mantiene la regla de oro, porque ve la felicidad eterna primariamente como la obra de Dios y de su gracia, pero secundariamente como el fruto del premio a las acciones meritorias de los predestinados. El proceso de la predestinación consiste en los siguientes cinco pasos: (a) la primera gracia de la vocación, especialmente la fe como el principio, fundamento y raíz de la justificación ;(b) unas ciertas gracias adicionales, gracias actuales, para lograr con éxito la justificación; (c) la justificación en si misma como principio del estado de gracia y amor; (d)la perseverancia final o al menos la gracia de una feliz muerte; (e) por fin, la admisión a la felicidad eterna. Si es una verdad revelada que hay muchos que, siguiendo este camino, buscan y encuentran su salvación eterna con infalible certeza, entonces la existencia de una predestinación divina queda probada. (cf. Mateo 25:34; Apocalipsis 20:15). S. Pablo dice muy explícitamente (Rom. 8:28 ss.): "Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene; de aquellos que han sido llamados según su designio. Pues a los que antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos; y a los que predestinó, a esos también los llamó; y a los que llamó a esos también los justificó; a los que justificó, a ésos también los glorificó.” (Ver Efes. 1:4-11) Además del pre-conocimiento y la pre-ordenación eternos el Apóstol menciona varios pasos en la predestinación: “vocación”, “justificación” y “glorificación”. Esta creencia ha sido fielmente preservada por la Tradición a lo largo de los siglos, especialmente desde el tiempo de Agustín.

Hay otras cualidades de la predestinación que hay que tener en cuenta porque son importantes e interesantes desde el punto de vista teológico: su inmutabilidad, que el número de los predestinados está fijado, y su incertidumbre individual. (1).La primera cualidad, la inmutabilidad del decreto Divino se basa tanto en el preconocimiento infalible de Dios de que ciertos y determinados individuos dejarán esta vida en el estado de Gracia y en la inmutable voluntad de Dios de dar precisamente a esos hombres y no a otros la felicidad eterna como premio por sus méritos sobrenaturales. Consecuentemente todo el futuro número de miembros del cielo, hasta su detalles más ínfimos, con todas las diferencias de medidas de gracia y varios grados de felicidad, ha sido invariablemente fijado desde toda la eternidad. Y no podía ser de otra manera. Porque si fuera posible que un individuo predestinado fuera después de todo arrojado al infierno o que uno no predestinado llegara al cielo, entonces Dios se habría equivocado en su conocimiento anterior de los sucesos fututos; dejaría de ser omnisciente. De ahí que Dios pastor, dice de sus ovejas (Juan 10:28): “Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano”. Pero debemos tener cuidado con la inamovilidad de la predestinación ya como algo fatalístico, como el kismet mahometano o como un pretexto conveniente para la pasiva resignación ante el destino.

El conocimiento infalible de Dios no puede forzar al hombre en una coerción inevitable por la simple razón de que en el fondo no es otra cosa que la visión eterna de la futura actualidad histórica. Dios pre-ve la actividad libre de un hombre precisamente tal como ese individuo quier darle forma. Todo aquello que promueva la obra de nuestra salvación , ya sean nuestras propias oraciones y buenas obras o las oraciones de otros en nuestro favor está eo ipso incluido en el conocimiento infalible de Dios y por consiguiente en el esquema de la predestinación. (cf. Sto. Thomas, I, Q. xxiii, a. 8). En ese sentido práctico, es donde se originaron las máximas ascéticas (falsamente atribuidas a S. Agustín): "Si non es prædestinatus, fac ut prædestineris" (si no estás predestinado, actúa de manera que lo estés). La teología, es cierto, no puede probar estrictamente este dicho a no ser que el decreto original de predestinación sea concebido como primer decreto hipotético que después cambia a un decreto absoluto e irrevocable por las oraciones, buenas obras y perseverancia de aquel que está predestinado, según las palabras del Apóstol (“Pedro 1:10):”Por tanto, hermanos, poned el mayor empeño en afianzar vuestra vocación y vuestra elección”).

El conocimiento previo inerrable de Dios y el pre-ordenamiento se designa en la Biblia con la bella figura del “Libro de la Vida” (liber vitæ, to biblion tes zoes). Este libro de la vida es una lista que contiene los nombres de todos los elegidos y no admite añadiduras y borraduras. En el Antiguo Testamento.

Este símbolo fue tomado del Antiguo Testamento ( Exodo 32:32; Psalmos 68:29) por el Nuevo Testamento y su apóstol Pablo (Lucas 10:20; Hebreos 12:23), y agrandado por Juan en el Apocalipsis [Apoc., xxi, 27: "Nada profano …sino solamente los inscritos en el libro de la vida del Cordero” (Apocalipsis 13:8; 20:15)]. La explicación correcta de este libro simbólico, la da S, Agustín: (Ciudad de Dios XX,13): "Præscientia Dei quæ non potest falli, liber vitæ est" (la presciencia de Dios que no puede errar, es el libro de la vida). Sin embargo, según la Biblia, existe un Segundo y más voluminoso libro en el que están no solo los nombres de los elegidos, sino también los nombres de todos los fieles de la tierra. Tal libro metafórico se supone siempre que se insinúa la posibilidad de que un nombre, aunque inscrito, puede ser borrado de nuevo (Apoc., iii, 5: "…y no borraré su nombre del libro de la vida”(Exodo 32:33)]. El nombre será borrado sin misericordia cuando un cristiano se hunde en la infidelidad o en el ateismo y muere en pecado. Finalmente hay una tercera clase de libros en los que se escriben los hechos de los malvados y los crímenes de los pecadores individuales y por el que los réprobos serán juzgados en el último día para ser arrojados al infierno ( Apoc.20:12):”…fueron abiertos unos libros…y los muertos fueron juzgados según lo escrito en los libros conforme a sus obras”.

Fue este gran simbolismo de la divina omnisciencia lo que inspiró el conmovedor verso del Diaes Irae, según el cual todos seremos juzgados según ese libro “Liber scriptus proferetur: in quo totum continetur". Respecto al libro de la vida , ver Sto. Tomás I, Q. xxiv, a. 1—3, y Heinrich-Gutberlet, "Dogmat. Theologie", VIII (Maguncia, 1897), seccion 453.

(2) La segunda cualidad de la predestinación, lo definitivo del número de elegidos, se sigue naturalmente de la primera. Porque si el consejo eterno de Dios respecto a los predestinados es invariable, entonces el número de los predestinados debe igualmente ser invariable y definido, sin estar sujeto ni a añadidos ni a cancelaciones. Algo indefinido en el número implicaría eo ipso una falta de certeza en el conocimiento de Dios y destruiría Su omnisciencia. Más aún la misma naturaleza de la omnisciencia demanda no solo el número abstracto de los elegidos sino también que los individuos, con su nombre y su carrera entera en la tierra, estén presentes en la mente divina desde toda la eternidad. Naturalmente, la curiosidad humana desea tener infamación sobre el número absoluto de elegidos así como del número relativo. ¿Cómo estimar el número absoluto? Sería una pérdida de tiempo inútil intentar calcular y averiguar cuantos millones o billones hay de predestinados. Sto. Tomás (I, Q. xxiii, a. 7) menciona la opinión de algunos teólogos de que habrá el mismo número de hombres salvados que de ángeles caídos, mientras que otros mantenían el número de predestinados será igual al de ángeles fieles.

Por fin hubo optimistas que, combinando estas dos opiniones en una tercera decían que el número total de elegidos será igual que las innumerables miríadas de espíritus rechazados. Pero hasta si concediéramos que el principio de nuestros cálculos es correcto, ningún matemático sería capaz de lograr un número absoluto sobre base tan vaga, puesto que el número de ángeles y demonios nos es desconocido. De aquí que la mejor respuesta es decir que “sólo Dios sabe el número de sus elegidos”. Por número relativo se quiere decir la relación numérica entre los predestinados y los réprobos. ¿Se salvará o se perderá la mayoría de la raza humana?, ¿la mitad salvada y la mitad condenada? En este asunto la opinión de los rigoristas se opone a la de los optimistas que tienen opiniones más suaves. Señalando varios textos de la Biblia (Mat 7:14; 22:14) y dichos de los grandes doctores espirituales, los rigoristas defienden como probable la tesis de que no solo la mayoría de los cristianos, sino que hasta la mayoría de los católicos serán condenados eternamente. El sermón de Massillon sobre el menor número de los elegidos tiene un tono casi repulsivo. Pero hasta Santo Tomás (loc. cit., a. 7) afirmó: "Pauciores sunt qui salvantur" (son menos los que se salvan). El jesuita P. Castelein, ("Le rigorisme, le nombre des élus et la doctrine du salut", 2nd ed., Brussels, 1899) impugnaba esta teoría con argumentos de peso. Se le opuso el redentorista P. Godts ("De paucitate salvandorum quid docuerunt sancti", 3rd ed., Brussels, 1899).

Que el numero de los elegidos no puede ser tan pequeño es evidente por el Apocalipsis (vii, 9). Cuando se oye a los rigoristas, se siente un tentado a repetir la amarga observación de Dieringer: ¿"Puede ser que la iglesia exista en esto momento solo para poblar el infierno? La verdad es que ni lo uno ni lo otro se puede probar por la Escritura ni por la Tradición ni unos ni otros (cf. Heinrich-Gutberlet, "Dogmat. Theologie", Maguncia 1897, VIII, 363 ss.). Por para completar estas dos fuentes de argumentos sacados de la razón podemos defender como probable con seguridad la opinión de que la mayoría de los cristianos, especialmente los católicos, se salvarán. Si añadimos a estos la abrumadora mayoría de no-cristianos (judíos, mahometanos, paganos), entonces Gener ("Theol. dogmat. scholast.", Roma, 1767, II, 242 ss.) tiene probablemente razón cuando asume que la salvación de la mitad de la humanidad , para que no se pueda decir en ofensa a la divina majestad y su clemencia que el futuro reino de Satán es más grande que el de Cristo (cf. W. Schneider, "Das andere Leben", 9ª ed., Paderborn, 1908, 476 ss.)

(3) La tercera cualidad de la predestinación, su incertidumbre individual, está íntimamente relacionada su inmutabilidad objetiva. No sabemos si estamos incluidos entre los predestinados o no. Todo lo que repodemos decir es: Solo Dios lo sabe. Cuando los Reformadores, confundiendo la predestinación con la absoluta certeza de la salvación, exigían a los cristianos una fe inamovible en su propia predestinación si querían salvarse, el concilio de Trento opuso es esta presuntuosa creencia el canon (Sess. VI, can. xv): "S. q. d., hominem renatum et justificatum teneri ex fide ad credendum, se certo esse in numero prædestinatorum, anathema sit" (si alguien dijera que el hombre regenerado y justificado está obligado por fe a creer que está entre el número de los predestinados, sea anatema). En verdad, tal presunción no solo es irracional sino también contrario a las Escrituras (1 Corinthians 4:4; 9:27; 10:12; Filip 2:12).

Solo una revelación privada como la que se concedió al buen ladrón en la cruz podría darnos la certeza de la fe: de ahí que el Concilio de Trento insista (loc. cit., cap. xii): "Nam nisi ex speciali revelatione sciri non potest, quos Deus sibi elegerit" (porque aparte de una revelación especial, no se puede saber a quién ha elegido Dios). Sin embargo, la Iglesia condena solamente la asunción blasfema que presume de una certeza como la de la fe en materia de predestinación. Decir que existen signos probables de predestinación que excluyen toda la ansiedad excesiva no va contra sus enseñanzas. Los siguientes son alguna de los criterios establecidos por los teólogos: pureza de corazón, gusto en la oración , paciencia en el sufrimiento, frecuente recepción de los sacramentos, amor de Cristo y de su Iglesia, devoción a al madre de Dios etc.

La Reprobación de los Malvados

Calvino enseñó una predestinación positiva e incondicional de los réprobos no solo al infierno, sino también al pecado (Instit., III, c. xxi, xxiii, xxiv). Sus seguidores en Holanda se dividieron en dos sectas, los Supralapsarios y los Infralapsarios. Estos últimos consideraban el pecado original como motivo de una condenación positiva, mientras que los primeros (con Calvino) no consideraban este factor y derivaban el decreto divino de reprobación de la voluntad inescrutable de Dios únicamente. El Infralapsarianismo también era defendido por Jansenio (De gratia Christi, l. X, c. ii, xi ss.), que enseñaba que Dios había pre-ordenado de entre la massa damnata de la humanidad una parte para la felicidad eterna y otra para la pena eterna, decretando al mismo tiempo negar a los positivamente condenados las gracias necesarias por las que pudieran convertirse y guardar los mandamientos; por esta razón, decía, Cristo murió solamente por los predestinados (Denzinger, "Enchiridion", n. 1092-6).

Contra tales enseñanzas blasfemas el segundo sínodo de Orange ,en 529 y de nuevo el Concilio de Trento, había pronunciado el anatema eclesiástico (Denzinger, nn. 200, 827). Esta condenación estaba perfectamente justificada, porque la herejía del Predestinacionismo, en directa oposición a los más claros textos de la Escritura, negaba la universalidad de la voluntad salvífica de Dios así como la redención por medio de Cristo. (cf. Sabiduría 11:24 ss.; 1 Tim. 2:1 ss.), anulaba la misericordia de Dios hacia el pecador endurecido (Ezequiel 33:11; Rom. 2:4; 2 Pedro 3:9), hacia desaparecer la libertad de la voluntad para hacer el bien o el mal y por ello el merito de las buenas acciones y la culpa de las malas, y finalmente destruía los atributos divinos de sabiduría, justicia, veracidad, bondad y santidad.

El verdadero espíritu de la Biblia Debía haber sido suficiente para disuadir a Calvino de la falsa explicación de Rom. ix y a su sucesor Beza del maltrato exegético de I Pedro ii, 7—8. Después de sopesar todos los textos bíblicos que tratan de la reprobación eterna, un exégeta protestante llega a la conclusión: “no hay una elección al infierno paralela a la elección a la gracia; por el contrario, el juicio pronunciado sobre el impenitente supone la culpa humana…Solo después de que se haya rechazado la salvación de Cristo sigue la reprobación “ ("Realencyk. für prot. Theol.", XV, 586, Leipzig, 1904).

Respecto a los Padres de la Iglesia solo S. Agustín parece causar dificultades en la prueba de la Tradición… De hecho tanto Calvino como Jansenio afirman que está de acuerdo con ellos. En esta cuestión. No es este el lugar para examinar su doctrina sobre la reprobación; pero no hay duda de que sus obras contienen expresiones que, por decir lo menos, pueden ser interpretadas en el sentido de una reprobación negativa. Probablemente con la intención de rebajar el tono de las palabras de su maestro, S. Próspero en su apología contra Vicente Lerin (Resp. ad 12 obj. Vincent.), explicaba así el espíritu de Agustín:”Voluntate exierunt, voluntate ceciderunt, et quia præsciti sunt casuri, non sunt prædestinati; essent autem prædestinati, si essent reversuri et in sanctitate remansuri, ac per hoc prædestinatio Dei multis est causa standi, nemini est causa labendi" (salieron por su propia voluntad; por su propia voluntad cayeron y porque su caida era conocida de antemano, no estaban predestinados; estarían predestinados, sin embargo, si fueran a volver y a perseverar en la santidad; de aquí que la predestinación de Dios es para muchos la pause de la perseverancia y para nadie la causa de la caida). Respecto a la tradición de Petavius, "De Deo", X, 7 ss.; Jacquin en "Revue de l'histoire ecclésiastique", 1904, 266 ss.; 1906, 269 ss.; 725 ss.

Podemos ahora resumir brevemente toda la doctrina católica, que está en armonía con nuestra razón así como con nuestros sentimientos morales Según las decisiones doctrinales de sínodos particulares y generales, Dios, infaliblemente pre-ve e inmutablemente pre-ordena desde la eternidad todos los futuros sucesos (Denzinger, n. 1784), pero no existe la necesidad fatalística y la libertad humana permanece intacta (Denz., n. 607). En consecuencia, el hombre es libre si acepta la gracia y hace el bien o si la rechaza y hace el mal (Denz., n. 797). Así como Dios quiere que todos los hombres, sin exceptuar ninguno, obtengan la felicidad eterna, así también Cristo murió por todos (Denz., n. 794), no solo por los predestinados (Denz., n. 1096), o por los fieles (Denz., n. 1294), aunque es verdad que en realidad no todos aprovechan los beneficios de la redención (Denz., n. 795). Aunque Dios pre-ordenó tanto la felicidad eterna y las buenas obras de los elegidos (Denz., n. 322), sin embargo por otra parte no predestinó a nadie positivamente al infierno, y mucho menos al pecado (Denz., nn. 200, 816). Consiguientemente así como nadie se salva contra su voluntad (Denz., n. 1363), tampoco los reprobados perecerán solamente por su maldad (Denz., nn. 318, 321). Dios previó las penas eternas de los impíos desde toda la eternidad y preordenó este castigo por sus pecados (Denz., n. 322), aunque El no deja de ofrecer la gracia de la conversión los pecadores (Denz., n. 807), ni siquiera a los que no están predestinados (Denz., n. 827). Mientras viven en la tierra, los réprobos pueden ser contados como verdaderos cristianos y miembros de la Iglesia, de la misma forma que los predestinados pueden estás fuera de la cristiandad y de la iglesia (Denz., nn. 628, 631). Sin una revelación especial, nadie puede saber con certeza que pertenece al número de los elegidos (Denz., nn. 805 ss., 825 ss.).

Controversias Teológicas

Debido a las infalibles decisiones tomadas por la iglesia, toda teoría ortodoxa sobre la predestinación y la reprobación debe estar dentro de los límites marcados por las siguientes tesis: (a) Al menos en el orden de la ejecución en el tiempo (in ordine executionis) las obras meritorias de los predestinados son la causa parcial de su felicidad eterna; (b) el infierno no puede, ni en el orden de la intención (in ordine intentionis) haber sido decretado positivamente para los condenados, aunque se les inflija con el tiempo como el castigo justo de dos malas obras; (c) no hay en absoluto predestinación al pecado como medio de la condenación eterna. Guiados por estos principio, trataremos en un breve esquema y examinaremos, las tres teorías producidas por los teólogos católicos.

La Teoría de la Predestinación ante Prævisa Merita

Esta teoría defendida por todos los tomistas y unos pocos molinistas (como Belarmino, Francisco Suárez, Francisco de Lugo), afirman que Dios, por un decreto absoluto y sin tener en cuenta ningún merito futuro sobrenatural, predestinó desde toda la eternidad a c8ertos hombres a la gloria del cielo y como consecuencia de este decreto, decidió darles la gracia necesaria para su cumplimiento. En el orden del tiempo, sin embargo, el decreto divino se lleva a cabo en orden inverso, recibiendo primero el predestinado las gracias preparadas para el caso y finalmente la gloria del cielo como premio por sus buenas obras. Esta teoría está caracterizada por dos elementos: primero, lo absoluto del decreto eterno y segundo, el revertir la relación de la gracia y de la gloria en los dos órdenes diferentes de la intención divina (ordo intentionis) y la ejecución en el tiempo (ordo executionis). Porque mientras la gracia ( y el merito), en el orden de la intención eterna, no es otra cosa que el resultado o efecto de la gloria decretada absolutamente, sin embargo, en el orden de la ejecución, se convierte en la razón y causa parcial de la felicidad eterna, como requiere el dogma de la meritoriedad de las buenas obras. (Ver MERITO). Es más, la gloria celestial es la primera cosa querida en el orden de la intención eterna y después se convierte en la razón o motivo de las gracias ofrecidas, mientras que en el orden de la ejecución debe concebirse como el resultado o efecto de los meritos sobrenaturales. Esta concesión es importante, puesto que sin ella la teoría sería intrínsecamente imposible y teológicamente insostenible.

¿Pero donde están las pruebas positivas? La teoría puede encontrar pruebas decisivas en la Escritura solamente suponiendo que la predestinación a la gloria celestial se menciona inequívocamente en la Biblia como el motivo divino para la concesión de gracias especiales a los elegidos. Ahora bien, aunque hay varios textos (por ejemplo. Mat.24:22 ss.; Hechos 13:48, y otros) que pueden ser interpretados, sin forzarlos, en este sentido, sin embargo esos pasajes pierden su fuerza ante el hecho de que otras explicaciones, que no faltan, son posibles y aun más probables. El capítulo noveno de la Epístola a los Romanos, en particular, es mencionado por los defensores de la predestinación absoluta como el pasaje “clásico” en el que S. Pablo parece representar la felicidad eterna de los elegidos no solo como una obra de la misericordia pura de Dios , sino como un acto de la voluntad más arbitraria, de manera que gracia, fe, justificación deben ser vistas como efectos puros de un decreto divino absoluto (cf. Rom. 9:18: "Así pues usa de misericordia con quien quiere y endurece a quien quiere").

Pero es bastante atrevido citar uno d los más difíciles y oscuros pasajes de la Biblia como “texto clásico” y a continuación basar en él un argumento de atrevida especulación. Para ser más específicos, es imposible dibujar los detalles de una pintura en la que el apóstol compara a Dios con el alfarero que tiene poder sobre el barro…O ¿es que el alfarero no es dueño de hacer de una misma masa objetos para usos nobles y otros para usos despreciables? (Rom. 9:21)”, sin caer en la blasfemia calvinista de que Dios predestine a algunos hombres al infierno y al pecado de la misma manera que pre-elige positivamente a otros a la vida eternal.

No es admisible leer en el pensamiento del apóstol un reprobación negativa de ciertos hombres, porque la primera intención de la Epístola a los Romanos es insistir en la gratuidad de la vocación al cristianismo y rechazar la presunción judía de que la posesión de la ley Mosaica y la descendencia carnal de Abraham dio a los judíos una preferencia esencial sobre los paganos. Pero la Epístola nada tiene que ver con la especulación sobre si la libre vocación a la gracia debe ser considerada como el resultado necesario de la predestinación eterna a la gloria celestial [cf. Franzelin, "De Deo uno", thes. lxv (Roma, 1883)].

Es igualmente difícil encontrar en los escritos de los padres un argumento sólido para la predestinación absoluta. El único que se puede citar que tiene algún parecido a la verdad es S. Agustín, quien permanece casi solo entre sus predecesores y sucesores. Ni siquiera sus más fieles discípulos, Próspero y Fulgencio, siguieron a su maestro en todas sus exageraciones.

Pero un problema tan profundo y misterioso, que no pertenece a la sustancia de la fe y que, por utilizar la expresión del papa Celestino I (m 432), se ocupa de profundiores difficilioresque partes incurrentium quæstionum (cf. Denz., n. 142), no puede decidirse con la sula autoridad de Agustín. Más aun, la verdadera opinión del doctor africano es una cuestión disputada entre los mejores autores, de manera que todas las partes afirman que Agustín está de acuerdo con opiniones tan encontradas y dispares [cf. O. Rottmanner, "Der Augustinismus" (Munich, 1892); Pfülf, "Zur Prädestinationslehre des hl. Augustinus" en "Innsbrucker Zeitschrift für kath. Theologie", 1893, 483 ss.]. Y respecto al fracasado intento de Gonet y Billuart de probar con un argumento de razón la predestinación absoluta ante prævisa merita", ver Pohle, "Dogmatik", II, 4th ed., Paderborn, 1909, 443 ss.

La Teoría de la Reprobación Negativa de los Malvados

Lo que nos impide más claramente abrazar la teoría recién discutida no es el hecho de que no puede probarse dogmáticamente desde la Escritura ni desde la Tradición, sino la necesidad lógica que nos obliga, de asociar una absoluta predestinación a la gloria con una reprobación igualmente absoluta, aunque no sea sino negativa. Los bien intencionados esfuerzos de algunos teólogos (por ejemplo Billot) para distinguir entre los dos conceptos, y así escapar de las malas consecuencias de la reprobación negativa, no pueden ocultar en un análisis más profundo la vulnerabilidad de tales artificios lógicos. De ahí que los primeros partidarios de la predestinación absoluta nunca negaran que su teoría les obligaba a asumir para los condenados, una reprobación negativa – es decir, asumir que, aunque no positivamente predestinados al infierno, sin embargo están absolutamente predestinados a no ir al cielo (ver arriba I, B).

Mientras que para los Tomistas era fácil poner esta teoría en armonía lógica con su præmotio physica, los pocos Molinistas se las veían y se las deseaban para trata de armonizar la reprobación negativa con su scientia media. Para disfrazar la dureza y crueldad de la decreto Divino, los teólogos inventaron expresiones más o menos paliativas, diciendo que la reprobación negativa es la voluntad absoluta de Dios de “ignorar” a priori a los no predestinados, de “no tenerlos en cuenta”, de “no elegirlos”, de no “admitirlos en absoluto” al cielo. Solo Gonet tuvo la valentía de llamar a las cosas por su nombre:”exclusión del cielo” (exclusio a gloria). En otro aspecto, además, los seguidores de la reprobación negativa no están de acuerdo entre ellos mismos, en lo que respecta a cual sea el motivo de la reprobación Divina. Los rigoristas (como Álvarez, Estius, Sylvius) ven el motivo en la voluntad soberana de Dios quien, sin tener en cuenta los posibles pecados y deméritos, determinó a priori mantener a los no predestinados fuera del cielo, aunque no los creó para el infierno.

Una segunda opinión , más suave ( la de Lemos, Gotti, Gonet), apelando a la doctrina agustiniana de la massa damnata, halla la razón última de la exclusión del cielo en el pecado original, en el que Dios pudo, sin ser injusto, dejar a cuantos considere oportuno.

La tercera y aún más suave opinión (Goudin, Graveson, Billuart) deriva la reprobación no de la exclusión directa del cielo sino de la omisión de una “elección efectiva al cielo”; representan a Dios como decretando ante prævisa merita , dejando a los no9 predestinados en su debilidad pecadora, sin negarles las gracias necesarias suficientes, así perecerían infaliblemente (cf. "Innsbrucker Zeitschrift für kath. Theologie", 1879, 203 ss.)

Cualquier postura que tomemos sobre la probabilidad interna del al reprobación negativa es incompatible con la certeza dogmática de la universalidad y sinceridad de la voluntad salvífica de Dios, puesto que la predestinación absoluta de los elegidos es al mismo tiempo la absoluta voluntad de Dios “de no elegir” a priori al resto de la humanidad (Suárez) o, lo que viene a ser lo mismo, “excluirles del cielo” (Gonet), en otras palabras no salvarles. Mientras que ciertos Tomistas (Báñez, Álvarez, Gonet) aceptan esta conclusión hasta degradas la “"voluntas salvífica" a una inefectiva "velleritas", que entra en conflicto con doctrinas evidentes de la revelación, Francisco Suárez se esfuerza para salvaguardar la sinceridad de la voluntad salvífica de Dios, hasta hacia aquellos que son reprobados negativamente. Pero en vano. ¿Cómo puede llamarse seria y sincera esa voluntad de salvar que ha decretado desde la eternidad la imposibilidad metafísica de la salvación? El que ha sido reprobado negativamente puede agotarse en sus esfuerzos para salvarse, pero inútilmente. Más aun, para realizar infaliblemente el decreto, Dios está obligado a frustrar la felicidad eterna de todos los excluidos del cielo y preocuparse de que mueren en pecado. ¿Es este el lenguaje con el que nos habla la Escritura? No: allí encontramos a un padre amoroso preocupado “no queriendo que algunos perezcan sino que todos lleguen a la conversión “(2 P.D. 3:9) Lessius dice correctamente que sería indiferente para él si estaba entre los réprobos positiva o negativamente, porque, en cualquier caso, su condenación eterna sería cierta. La razón de esto es que en la presente economía la exclusión del cielo significa para los adultos prácticamente la misma cosa que la condenación. No existe un estado intermedio, una felicidad meramente natural.

Teoría de la Predestinación Post Prævisa Merita

Esta teoría defendida por los primeros escolásticos (Alexandro de Hales, Alberto Magno), así como por la mayoría de los Molinistas y recomendad con calor por S. Francisco de Sales “como la opinión más verdadera y más atractiva”, propone como su más importante distinción que está libre de la necesidad lógica de mantener la reprobación negativa. Difiere de la predestinación ante prævisa merita en dos puntos: primero, rechaza el decreto absoluta y asume una predestinación hipotética a la gloria; en segundo lugar, no revierte la sucesión de gracia y gloria en los dos órdenes de la eterna intención y de la ejecución en el tiempo. Este decreto hipotético diría así: Justamente como en el tiempo la felicidad eterna de pende del mérito como condición, así Yo planifiqué el cielo desde toda la eternidad solamente para el mérito previsto.—Solamente por razón del infalible pre-conocimiento de estos méritos el decreto hipotético se cambia a un decreto absoluto: ésos y no otros se salvarán.

Esta postura no solo salvaguarda la universalidad y sinceridad del al voluntad salvífica de Dios sino que coincido admirablemente con las enseñanzas de S. Pablo (cf. 2 Tim 4:8), que sabe que: “Desde Ahora me aguarda la corona de la justicia (reposita est, apokeitai) que aquel día me entregará (reddet, apodosei) el Señor, el justo juez y no solamente a mi sino también a todos los que hayan esperado con amor su Manifestación”.

Y aun está más clara la conclusión de la sentencia del juez universal ( (Mat 25:34 ss.): “Venid benditos de mi padre, recibid la herencia del reino preparado para vosotros desde al creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, etc.”. Como la “posesión “ del reino de los cielos con el tiempo está ligada a las obras de misericordia, como condición, así la “preparación “ para el reino de los cielos en la eternidad , es decir, predestinación par ala gloria se concibe como dependiente del pre-conocimiento de que se realizarán las buenas obras. La misma conclusión se sigue de la sentencia paralela de condenación (Mat.25:41 ss.): “Apartaos de mi, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles, porque tuve hambre y no me disteis de comer etc. Es evidente que “el eterno fuego del infierno” solo pudo haber sido preparado desde toda la eternidad para el pecado y el demérito, es decir, para la negación de la caridad cristiana, en el mismo sentido en el que se infringe en el tiempo.

Concluyendo “a pari”, debemos decir lo mismo de la felicidad eterna. La explicación está espléndidamente confirmada por los Padres griegos. Hablando en general, los griegos son los principales defensores de la predestinación condicional, dependiente de los meritos pre-vistos. Los latinos también tienen una postura unánime, siendo S. Agustín el único discrepante en occidente. S. Hilario (In Ps. lxiv, n. 5) expresamente describe la elección eterna como precedente de “la elección del mérito” (ex meriti delectu), y S. Ambrosio enseña en sus paráfrasis de Rom., iii, 29 (De fide, V, vi, 83): "Non enim ante prædestinavit quam præscivit, sed quorum merita præscivit, eorum præmia prædestinavit" (no predestinó antes de saber de antemano, excepto a aquellos cuyos meritos previo, a esos los predestinó al premio). Para terminar, nadie nos puede acusar de atrevimiento si afirmamos que la teoría presentada aquí tiene una base más irme en la Escritura y en la Tradición que la opinión opuesta.


Bibliografía: Además de las obras citadas, Pedro Lombardo, Sent., I, dist. 40-41: STO. TOMAS, I, Q. xxiii; RUIZ, De prædest. et reprobatione (Lyon, 1828); RAMÍREZ, De præd. et reprob. (2 vols., Alcalá, 1702); PETAVIUS, De Deo, IX—X; IDEM, De incarnatione, XIII; LESSIUS, De perfectionibus moribusque divinis, XIV, 2; IDEM, De præd. et reprob., Opusc. II (Paris, 1878); TOURNELY, De Deo, qq. 22-23; SCHRADER, Commentarii de prædestinatione (Vienna, 1865); HOSSE, De notionibus providentiæ prædestinationisque in ipsa Sacra Scriptura exhibitis (Bonn, 1868); BALTZER, Des hl. Augustinus Lehre über Prädestination und Reprobation (Viena, 1871); MANNENS, De voluntate Dei salvifica et prædestinatione (Lovaina 1883); WEBER, Kritische Gesch. der Exegese des 9 Kap. des Römerbriefes (Würzburg, 1889). Además de estas monografías, FRANZELIN, De Deo uno (Roma 1883); OSWALD, Die Lehre von der Gnade, d. i. Gnade, Rechtfertigung, Gnadenwahl (Paderborn, 1885); SIMAR, Dogmatik, II, section 126 (Freiburg, 1899); TEPE, Institut. theol., III (Paris, 1896); SCHEEBEN-ATZBERGER, Dogmatik, IV (Freiburg, 1903); PESCH, Præl. Dogmat., II (Freiburg, 1906); VAN NOORT, De gratia Christi (Amsterdam, 1908); P0HLE, Dogmatik, II (Paderborn, 1909).

Fuente: Pohle, Joseph. "Predestination." The Catholic Encyclopedia. Vol. 12. New York: Robert Appleton Company, 1911. <http://www.newadvent.org/cathen/12378a.htm>.

Traducido por Pedro Royo