Herramientas personales
En la EC encontrarás artículos autorizados
sobre la fe católica
Domingo, 23 de septiembre de 2018

San Ignacio de Antioquía

De Enciclopedia Católica

Saltar a: navegación, buscar
San ignacio antioquia.jpg
SAN IGNACIO DE ANTIOQUÍA1.jpg
Icono-griego-del-siglo-XIV-Monasterio-Vatopedi-Monte-Athos.jpg

Su Vida

También llamado Teóforo (ho Theophoros); nació en Siria hacia el año 50; murió en Roma entre el año 98 y el 117.

Más de uno de los primeros autores eclesiásticos han hado crédito, aparentemente sin buenas razones, a la leyenda de que Ignacio fue el niño a quien el Salvador tomó en sus brazos, como se describe en Marcos 9,35. También se cree, y con gran probabilidad, que, con su amigo San Policarpo, estuvo entre los oyentes del Apóstol San Juan. Si incluimos a San Pedro, Ignacio fue el tercer obispo de Antioquía e inmediato sucesor de Evodio ( Eusebio, “Hist. Eccl.”, II, III, 22). Teodoreto (“Dial. Inmutab.”, I, IV, 33a, París, 1642) es la autoridad para la afirmación de que San Pedro nombró a Ignacio para la sede de Antioquía. San Juan Crisóstomo le atribuye especial énfasis al honor conferido al mártir al recibir su consagración episcopal de manos de los mismos Apóstoles (“Hom. en S. Ign.”, IV, 587). Alejandro Natalis cita a Teodoreto al mismo efecto (III, XII, art. XVI, p. 53).

El obispo de Antioquía poseyó en grado eminente todas las excelentes cualidades de pastor ideal y verdadero soldado de Cristo. De acuerdo con ello, cuando la tormenta de la persecución de Domiciano estalló en su pleno furor sobre los cristianos de Siria, encontró a su fiel dirigente preparado y vigilante. Fue infatigable en su vigilancia e incansable en sus esfuerzos por inspirar esperanza y alentar a los débiles de su grey contra el terror de la persecución. La restauración de la paz, aunque fue de corta duración, le confortó en gran manera. Pero no se regocijó por sí mismo, pues el gran deseo omnipresente de su alma caballerosa era poder recibir la plenitud del discipulado de Cristo por medio del martirio. Su deseo no iba a permanecer largo tiempo insatisfecho. Asociado con los escritos de San Ignacio hay una obra titulada “Martyrium Ignatii”, que pretende ser el relato de un testigo presencial del martirio de San Ignacio y los hechos conducentes al mismo. En esta obra, que críticos protestantes tan competentes como Pearson y Ussher consideran como genuina, se registra fielmente, para edificación de la Iglesia de Antioquía, la historia completa de ese accidentado viaje de Siria a Roma. Es ciertamente muy antigua y se considera que fue escrita por Filón, diácono de Tarso y Reo Agatopo, un sirio, que acompañó a Ignacio a Roma. Generalmente se admite, incluso por los que la consideran auténtica, que esta obra ha sido muy interpolada. Su versión más fiable es la que se encuentra en el “Martirium Colbertinum”, la cual cierra la recensión mixta y se llama así porque su testimonio más antiguo es el Códice Colbertino (París) del siglo X.

Según estas Actas, en el noveno año de su reinado, Trajano, emocionado con la victoria sobre los escitas y los dacios, pretendió perfeccionar la universalidad de su dominio por una especie de conquista religiosa. Decretó, por tanto, que los cristianos se unieran a sus vecinos paganos en el culto a los dioses. Se amenazó con una persecución general, y se anunció la muerte como pena para todos los que rehusaran ofrecer el sacrificio prescrito. Advertido inmediatamente del peligro que amenazaba, Ignacio se proveyó de todos los medios a su alcance para frustrar los propósitos del emperador. El éxito de sus celosos esfuerzos no permaneció oculto mucho tiempo a los perseguidores de la Iglesia. Pronto fue detenido y conducido ante Trajano, que estaba entonces residiendo en Antioquía. Acusado por el propio emperador de violar el edicto imperial, y de incitar a otros a similares transgresiones, Ignacio dio valientemente testimonio de la fe de Cristo. Si creemos el relato que se da en el “Martyrium”, su declaración ante Trajano se caracterizó por la inspirada elocuencia, el sublime valor, e incluso un espíritu de exultación. Incapaz de apreciar los motivos que lo animaban, el emperador ordenó que lo encadenaran y llevaran a Roma, para convertirse allí en pasto de las fieras y espectáculo para el pueblo.

Por su Carta a los Romanos (par. 5) colegimos que las pruebas de este viaje a Roma fueron grandes: “Incluso desde Siria a Roma luché con bestias salvajes, por tierra y mar, de noche y de día, estando atado entre diez leopardos, hasta una compañía de soldados, que sólo se volvían peores cuando eran tratados amablemente”. Pese a todo esto, su viaje fue una especie de triunfo. Noticias de su destino, de su paradero y de su probable itinerario le habían precedido velozmente. En varios lugares a lo largo de la ruta sus correligionarios cristianos le saludaban con palabras de consuelo y de homenaje reverente. Es probable que en su camino a Roma embarcara en Seleucia, en Siria, el puerto más próximo a Antioquía, o bien hasta Tarso, en Cilicia, o Attalia en Pamfilia, y de allí, como colegimos por sus cartas, viajó por tierra a través del Asia Menor. En Laodicea, en el río Licos, donde se presentaba una encrucijada, sus guardias eligieron la ruta más septentrional, que llevó al futuro mártir a través de Filadelfia y Sardes, y finalmente a Esmirna, donde era obispo San Policarpo, su condiscípulo en la escuela de San Juan. La estancia en Esmirna, que fue prolongada, les dio a los representantes de las diversas comunidades cristianas de Asia Menor una oportunidad de saludar al ilustre prisionero, y ofrecerle el homenaje de las Iglesias que representaban. Vinieron delegaciones de las congregaciones de Éfeso, Magnesia y Tralles para consolarlo. A cada una de estas comunidades cristianas dirigió cartas desde Esmirna, exhortándolas a la obediencia a sus respectivos obispos, y advirtiéndoles que evitaran la contaminación de la herejía. Estas cartas respiran el espíritu de caridad cristiana, celo apostólico y solicitud pastoral. Mientras que aún estaba allí también escribió a los cristianos de Roma, pidiéndoles que no hicieran nada para privarle de la oportunidad del martirio.

Desde Esmirna sus captores le llevaron a Troya, desde la cual envió cartas a los cristianos de Filadelfia y Esmirna y a Policarpo. Aparte de estas cartas, Ignacio había previsto dirigir otras a las comunidades cristiana del Asia Menor, invitándolas a hacer expresión pública de su simpatía con los hermanos de Antioquía, pero el cambio de planes de sus guardias, que exigía una apresurada partida de Troya, frustró su propósito, y se vio obligado a contentarse con delegar esta función en su amigo Policarpo. En Troya tomaron un barco para Neápolis, desde cuyo lugar el viaje les llevó por tierra a través de Macedonia e Iliria. El siguiente puerto de embarque fue probablemente Dyrrhachium (Durazzo). Es imposible de determinar si al haber llegado a las costas del Adriático completó su viaje por tierra o por mar. No mucho después de su llegada a Roma obtuvo su muy codiciada corona de martirio en el anfiteatro de Flavio. Las reliquias del santo mártir fueron llevadas de vuelta a Antioquía por el diácono Filón de Cilicia, y Rheus Agathopus, un sirio, y fueron enterradas fuera de las puertas no lejos del hermoso suburbio de Dafne. Más tarde fueron trasladadas por el emperador Teodosio II al Tiqueo, o Templo de la Fortuna que se convirtió entonces en una iglesia cristiana bajo el patrocinio del mártir cuyas reliquias albergaba. En el año 637 fueron trasladadas a San Clemente de Roma, donde descansan ahora. La Iglesia celebra la fiesta de San Ignacio el 1 de febrero.

El carácter de San Ignacio, como se deduce de sus propios escritos y de los que se conservan de sus contemporáneos, es el de un verdadero atleta de Cristo. El triple honor de apóstol, obispo y mártir fue bien merecido por este enérgico soldado de la fe. Una entusiasta devoción al deber, un apasionado amor al sacrificio, y una temeridad absoluta en la defensa de la verdad cristiana, fueron sus principales características. El celo por el bienestar espiritual de los que estaban a su cargo alienta desde cada línea de sus escritos. Siempre vigilante para que no se infectaran por las herejías rampantes de aquellos primeros tiempos; rezando por ellos, para que su fe y su ánimo no les faltara a la hora de la persecución; exhortándoles constantemente a una obediencia sin fallos a sus obispos; enseñándoles a todos la verdad católica; al suspirar con ansia por la corona del martirio, para que su propia sangre pudiera fructificar en gracias adicionales en las almas de su grey, demuestra ser en todos sentidos un verdadero pastor de almas, el buen pastor que da su vida por su oveja.

Colecciones

La colección más antigua de los escritos de San Ignacio que se sabe que ha existido fue la utilizada por el historiador Eusebio en la primera mitad del siglo IV, pero que desafortunadamente ya no existe. Estaba compuesta de las siete cartas escritas por Ignacio mientras estaba de camino a Roma. Estas cartas iban dirigidas a los cristianos

  • de Éfeso (Pros Ephesious);
  • de Magnesia (Magnesieusin);
  • de Tralles (Trallianois);
  • de Roma (Pros Romaious);
  • de Filadelfia (Philadelpheusin);
  • de Esmirna (Smyrnaiois); y
  • a Policarpo (Pros Polykarpon).

Encontramos estas siete mencionadas no sólo por Eusebio (“Hist. eccl.”, III, XXXVI) sino también por San Jerónimo (De viris illust., c. XVI). De las colecciones posteriores de las cartas de Ignacio que se han conservado, la más antigua se conoce como la “recensión larga”. Esta colección, cuyo autor es desconocido, data de la última parte del siglo IV. Contiene las siete cartas genuinas y seis espurias, pero incluso las epístolas genuinas están muy interpoladas para añadir peso a las opiniones personales de su autor. Por esta razón no son capaces de dar testimonio de la forma original. Las cartas espurias de esta recensión son las que pretenden ser de Ignacio

  • a María de Cassobola (Pros Marian Kassoboliten);
  • a los tarsos (Pros tous en tarso);
  • a los filipenses (Pros Philippesious);
  • a los antioquenos (Pros Antiocheis);
  • a Herón, un diácono de Antioquía (Pros Erona diakonon Antiocheias). Asociada con las anteriores está
  • una carta de María de Cassobola a Ignacio.

Es extremadamente probable que la interpolación de las genuinas, la añadidura de las espurias y la unión de ambas en la recensión larga sea la obra de un apolinarista de Siria o Egipto, que escribió hacia el comienzo del siglo V. Funk lo identifica con el compilador de las Constituciones Apostólicas, que salieron de Siria en la primera parte del mismo siglo. Posteriormente se añadió a esta colección un panegírico sobre San Ignacio titulado “Laus Heronis”. Aunque en el original estaba probablemente escrito en griego, ahora sólo se conoce en textos latinos y coptos. Hay también una tercera recensión, designada por Funk como la “colección mixta”. La época de su origen puede ser determinada sólo vagamente como estando entre la de la colección conocida por Eusebio y la recensión larga. Aparte de las siete cartas genuinas de Ignacio en su forma original, también contiene las seis espurias, con la excepción de la dirigida a los filipenses.

En esta colección se encuentra también el “Martyrium Colbertinum”. El original griego de esta recensión se contiene en un único códice, el famoso manuscrito Mediceo-Laurenciano de Florencia. Este códice está incompleto, al faltar la carta a los Romanos que, sin embargo, se encuentra asociada al “Martyrium Colbertinum” en el Códice Colbertino, de París. La colección mixta está considerada como la más fiable de todas para determinar cuál era el texto auténtico de las cartas genuinas de Ignacio. Hay también una antigua versión latina que es una traducción inusualmente exacta de la griega. Los críticos se inclinan generalmente a considerar esta versión como una traducción de algún manuscrito griego del mismo tipo que el del Códice Mediceo. Esta versión debe su descubrimiento al arzobispo Ussher, de Irlanda, que la encontró en dos manuscritos en bibliotecas inglesas y la publicó en 1644. Fue obra de Robert Grosseteste, un fraile franciscano y obispo de Lincoln (c. 1250). La versión original siríaca nos ha llegado en su integridad sólo en una traducción armenia. También contiene las siete cartas genuinas y las seis espurias. Esta colección en el original siríaco sería inestimable para determinar el texto exacto de Ignacio, si existiera, por la razón de que no puede haber sido posterior al siglo IV o V. Las deficiencias de la versión armenia se suplen en parte por una recensión abreviada en el original siríaco. Este resumen contiene las tres cartas genuinas a los Efesios, a los Romanos y a Policarpo. El manuscrito fue descubierto por Cureton en una colección de manuscritos siríacos obtenida en 1843 del monasterio de Santa María Deípara en el desierto de Nitria. También hay tres cartas que están sólo en latín. Dos de las tres pretenden ser de Ignacio al Apóstol San Juan, y una a la Santísima Virgen, con su respuesta a la misma. Son probablemente de origen occidental, no datando de más allá del siglo XII.

La Controversia

A intervalos durante los últimos siglos se ha producido una acalorada controversia entre los estudiosos de la patrística respecto a la autenticidad de las cartas de Ignacio. Cada recensión particular ha tenido sus apologistas y sus oponentes. Cada una ha sido favorecida con la exclusión de todas las demás, y todas, a su vez, han sido colectivamente rechazadas, especialmente por los correligionarios de Calvino. El propio reformador, en un lenguaje tan violento como no crítico (Instituciones, 1-3), repudia in globo las cartas que tan absolutamente desacreditan sus peculiares opiniones sobre el gobierno de la Iglesia. La convincente evidencia que las cartas aportan al origen divino de la doctrina católica no conduce a predisponer a los críticos no católicos a su favor, de hecho, ha añadido no poco al calor de la controversia. En general, los estudiosos católicos y anglicanos se alinean a favor de las cartas escritas a los efesios, a los de Magnesia, a los de Tralles, a los romanos, a los de Filadelfia, a los de Esmirna, y a Policarpo; mientras que los presbiterianos, como regla general, y quizá a priori, repudian todo lo que reclama la autoría de Ignacio.

Las dos cartas al Apóstol San Juan y la dirigida a la Santísima Virgen, que existen sólo en latín, son reconocidas unánimemente como espurias. El gran conjunto de críticos que reconocen la autenticidad de las cartas de Ignacio limitan su aprobación a las mencionadas por Eusebio y San Jerónimo. Las otras seis no son defendidas por ninguno de los primeros Padres. La mayoría de los que reconocen la autoría de Ignacio de las siete cartas lo hacen condicionalmente, rechazando lo que consideran interpolaciones evidentes en estas cartas. En 1623, cuando la controversia estaba en su punto culminante, Vedelius expresó esta última opinión publicando en Ginebra una edición de las cartas de Ignacio en las que las siete cartas genuinas se ponían aparte de las cinco espurias. En las cartas genuinas indicaba lo que consideraba como interpolaciones. El reformador Dallaeus, en Ginebra, en 1666, publicó una obra titulada “De scriptis quae sub Dionysii Aerop. et Ignatii Antioch. nominibus circumferuntur”, en la que (lib. II) ponía en cuestión la autenticidad de todas las siete cartas. A esto replicó enérgicamente el anglicano Pearson en una obra llamada “Vindiciae epistolarum S. Ignatii”, publicada en Cambridge, en 1672. Tan convincentes fueron los argumentos aducidos en esta erudita obra que durante doscientos años la controversia permaneció cerrada a favor del carácter genuino de las siete cartas. La discusión fue reabierta por el descubrimiento de Cureton (1843) de la versión abreviada siríaca, que contenía las cartas de Ignacio a los Efesios, a los romanos y a Policarpo. En una obra titulada “Vindiciae Ignatianae” (Londres, 1846), defendió la posición de que sólo las cartas contenidas en su recensión abreviada siríaca, y en la forma contenida en ella, eran genuinas, y que todas las demás estaban interpoladas o claramente falsificadas. Esta posición fue vigorosamente combatida por varios críticos británicos y alemanes, incluyendo los católicos Denzinger y Hefele, que defendieron con éxito el carácter genuino de las siete epístolas íntegras. Generalmente se admite ahora que la versión abreviada siríaca de Cureton es sólo un resumen del original.

Aunque apenas se pueda decir que haya actualmente un acuerdo unánime sobre el asunto, la mejor crítica moderna apoya la autenticidad de las siete cartas mencionadas por Eusebio. Incluso críticos no católicos tan eminentes como Zahn, Lightfoot y Harnack sostienen esta opinión. Tal vez la mejor evidencia de su autenticidad debe encontrarse en la carta de San Policarpo a los Filipenses, que menciona cada una de ellas por su nombre. Como íntimo amigo de Ignacio, Policarpo, escribiendo poco después de la muerte del mártir, da testimonio contemporáneo de la autenticidad de estas cartas, salvo, en realidad, que la misma de Policarpo sea considerada como interpolada o falsificada. Cuando, además, tomamos en consideración el pasaje de San Ireneo (Adv. Haer., V, XXVIII, 4) que se encuentra en el original griego de Eusebio (Hist. eccl., III, XXXVI), en el que se refiere a la carta a los romanos (IV, I) con las siguientes palabras: “Tal como dijo uno de nuestros hermanos, condenado a las fieras salvajes en martirio por su fe”, la evidencia de autenticidad se hace inevitable. La novela de Luciano de Samosata, “De morte peregrini”, escrita en 167, da un incontestable testimonio de que el autor no sólo estaba familiarizado con las cartas de Ignacio, sino que incluso hizo uso de ellas. Harnack, que no siempre está tan predispuesto, describe estas pruebas como “un testimonio tan fuerte del carácter genuino de las epístolas como cualquiera pueda concebir” (Expositor, ser. 3, III, p. 11).

Contenido de las Cartas

Apenas es posible exagerar la importancia del testimonio que las cartas de Ignacio ofrecen del carácter dogmático del cristianismo apostólico. El obispo mártir de Antioquía constituye un eslabón muy importante entre los Apóstoles y los Padres de la Iglesia primitiva. Al recibir de los mismos Apóstoles, cuyo oyente fue, no sólo la sustancia de la revelación, sino también su propia interpretación inspirada de ella; morando, por así decir, en el mismo nacimiento de la fuente de la verdad del Evangelio, su testimonio debe aportar consigo el máximo peso y pide la más seria consideración. El cardenal Newman no exageró la cuestión cuando dijo (“La Teología de las siete cartas de San Ignacio”, en “Esbozos históricos”, I, Londres, 1890) que “todo el sistema de la doctrina católica puede descubrirse, al menos en esbozo, por no decir íntegro en partes, en el curso de sus siete epístolas”.

Entre las muchas doctrinas católicas que se encuentran en las cartas están las siguientes:

  • la Iglesia fue establecida divinamente como una sociedad visible, cuyo fin es la salvación de las almas, y los que se separan de ella se aíslan de Dios (Philad., c. III); *la jerarquía de la Iglesia fue instituida por Cristo (introd. a Philad.; Ephes., c. VI);
  • el triple carácter de la jerarquía (Magn., c. VI);
  • el orden del episcopado superior por autoridad divina al del sacerdocio (Magn., c. VI, c. XIII; Smyrn., c. VIII; Trall., c. III);
  • la unidad de la Iglesia (Trall., c. VI; Philad., c. III; Magn., c. XIII);
  • la santidad de la Iglesia (Smyrn., Ephes., Magn., Trall., y Rom.);
  • la catolicidad de la Iglesia (Smyrn., c. VIII);
  • la infalibilidad de la Iglesia (Philad., c. III; Ephes., cc. XVI, XVII);
  • la doctrina de la Eucaristía (Smyrn., c. VIII), palabra que encontramos por primera vez aplicada al Santísimo Sacramento, igual que en Smyrn., VIII, encontramos por primera vez la frase “Iglesia Católica”, usada para designar a todos los cristianos;
  • la Encarnación (Ephes., c. XVIII); la virtud sobrenatural de la virginidad, ya muy estimada y hecha objeto de un voto (Polyc., c. V);
  • el carácter religioso del matrimonio (Polyc., c. V);
  • el valor de la oración en común (Ephes., c. XIII);
  • la primacía de la Sede de Roma (Rom., introd.). Además, denuncia en principio la doctrina protestante del juicio privado en asuntos de religión (Philad., c. iii). La herejía que condena principalmente es el docetismo; las herejías judaizantes tampoco escapan a su vigorosa condena.

Ediciones

Las cuatro cartas encontradas sólo en latín fueron impresas en París en 1495. La versión latina común de once cartas, junto con una carta de Policarpo y algunas supuestas obras de Dionisio el Pseudo-Areopagita, fueron impresas en París en 1498, por Lefèvre d'Etaples. Otra edición de las siete cartas genuinas y las seis espurias, incluyendo la de María de Cassobola, fue editada por Symphorianus Champerius, de Lyon, París, 1516. Valentinus Paceus publicó una edición griega de doce cartas (Dillingen, 1557). Una edición similar fue sacada a la luz en Zurich en 1559, por Andrew Gesner; una versión latina de la obra de John Brunner la acompañaba. Ambas ediciones usaron el texto griego de la recensión larga. En 1644 el arzobispo Ussher editó las cartas de Ignacio y San Policarpo. La versión latina común, con tres de las cuatro cartas latinas, se le adjuntó. También contenía la versión latina de once cartas tomadas de los manuscritos de Ussher. En 1646 Isaac Voss publicó en Amsterdam una edición del famoso Códice Mediceo en Florencia. Ussher sacó a la luz otra edición en 1647, titulada "Appendix Ignatiana", que contenía el texto griego de las epístolas genuinas y la versión latina del "Martyrium Ignatii".

En 1672 apareció en París la edición de Cotelier, conteniendo todas las cartas, las genuinas y las supuestas, de Ignacio, con las de los demás Padres Apostólicos. Le Clerc imprimió una nueva edición de esta obra en Amberes in 1698. Se reimprimió en Venecia, 1765-1767, y en París por Migne en 1857. La Carta a los Romanos se publicó a partir del "Martyrium Colbertinum" en París, por Ruinart, en 1689. En 1724 Le Clerc sacó a la luz en Amsterdam una segunda edición de los "Patres Apostolici" de Cotelier, que contiene todas las cartas, tanto las genuinas como las espurias, en versiones griega y latina. También incluye las cartas de María de Cassobola y las que pretenden ser de la Santísima Virgen en el "Martyrium Ignatii", la "Vindiciae Ignatianae" de Pearson, y varias disertaciones. La primera edición de la versión armenia se publicó en Constantinopla en 1783. En 1839 Hefele editó las cartas de Ignacio en una obra titulada "Opera Patrum Apostolicorum", que apareció en Tubingen. Migne sacó su texto de la tercera edición de esta obra (Tubingen, 1847). Bardenhewer designa las siguientes como las mejores ediciones: Zahn, "Ignatii et Polycarpi epistulae martyria, fragmenta" en "Patr. apostol. opp. rec.", ed. por de Gebhardt, Harnack, Zahn, fasc. II, Leipzig, 1876; Funk, "Opp. Patr. apostol.", I, Tubingen, 1878, 1887, 1901; Lightfoot, "The Apostolic Fathers", parte II, Londres, 1885, 1889; una versión inglesa de las cartas se encuentra en los "Apostolic Fathers" de Lightfoot, Londres, 1907, de la que se han tomado todas las menciones de las cartas en (el original de) este artículo y al que remiten todas las citas.


Fuente: O'Connor, John Bonaventure. "St. Ignatius of Antioch." The Catholic Encyclopedia. Vol. 7. New York: Robert Appleton Company, 1910. <http://www.newadvent.org/cathen/07644a.htm>.

Traducido por Francisco Vázquez. lhm


Enlaces Relacionados

[1] Exégesis Patrística: La escuela de Antioquía

[2] Biblioteca portátil de Padres y Doctores de la Iglesia. (Tomo V)

[3] Biblioteca portátil de Padres y Doctores de la Iglesia. Tomo I