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Lunes, 24 de septiembre de 2018

Rabí y rabinismo

De Enciclopedia Católica

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La condición especial que prevaleció en Palestina después de que la Restauración llevó a la gradualmente ascendente importancia del Templo y del sacerdocio que lo ministraba. El espíritu de la reforma de Esdras duró más que el reformador y sobrevivió en la autoridad que de ahí en adelante se le adjudicó a la Ley, una autoridad que poco a poco opacó el prestigio del Templo y del propio sacerdocio; y tendió a poner de relieve a los maestros y expositores de la Ley: los escribas (Sopherim). Originalmente, la palabra scribe significaba "escribiente"; pero rápidamente se aceptó como algo natural que el escriba que copia la Ley conoce mejor la Ley, y es su exponente más cualificado; en consecuencia la palabra pasó a significar más de lo que implica etimológicamente. El conocimiento de la Ley se convirtió en el principal pasaporte a la fama y la popularidad.

Los primeros escribas, como Esdras, que llegó a ser aclamado como el modelo del "escriba versado" (es decir, hábil) de la Ley de Moisés (Esd. 7,6), eran sacerdotes; pero con el tiempo una gran cantidad de profesores laicos llegaron a engrosar las filas de los escribas. Como poco a poco el hechizo de la moda helenística cayó sobre el sacerdocio, los escribas laicos se encontraron cada vez más como los únicos guardianes y exponentes de la Ley. Cuando los fariseos comenzaron a ser reconocidos como una secta distinta (alrededor de 150 a.C.), por regla general, los escribas se adhirieron a ellos como los observadores más escrupulosos de la Ley (aunque Mc. 2,16, Lc. 5,30 y Hch. 23,9 parecen indicar que algunos escribas pertenecían al partido de los saduceos). En cualquier caso, desde ese momento en adelante, los escribas fueron aceptados como los maestros acreditados del pueblo. Hasta la caída de Jerusalén, se congregaban principalmente en Judea; pero en los últimos tiempos se oye hablar de su presencia en el norte de Palestina, incluso en Roma, y en todos los centros importantes de la diáspora.

Desde los primeros tiempos los escribas parecen haber concebido una opinión elevada de sus méritos: "La sabiduría [el conocimiento] del escriba se adquiere en los ratos de sosiego, el que se libera de negocios se hará sabio. ¿Cómo va a hacerse sabio el que empuña el arado, y se gloría de tener por lanza el aguijón, el que conduce bueyes, los arrea en sus trabajos y no sabe hablar más que de novillos?” (así hebreo; Eclo. 38,24-25). Evidentemente, el escribano en su propia estimación pertenecía a una casta superior. Y así fue entendido por la gente que, después del tiempo de Hillel, introdujo la costumbre de saludarlos como "rabí". La palabra, derivada del hebreo rab, "grande", originalmente parece haber sido equivalente a "mi señor"; cuando se convirtió en el título distintivo de los escribas, la fuerza específica de su pronombre se perdió, y "rabí" se utilizó mucho como nuestro "doctor". Por Mt. 23,7 sabemos que este título estaba lejos de ser desagradable a los oídos de los escribas. En realidad un alumno nunca lo omitiría cuando le hablaba de o a su maestro (Berach., XXVII, 1), y se convirtió en uso universal el nunca mencionar el nombre de un doctor de la Ley, sin el prefijo "rabí". Más aún, con el fin de mostrarle mayor honor a la persona, este título se intensificó a "rabán", "raboní", de modo que con el correr del tiempo la costumbre estableció una especie de jerarquía entre estas diversas formas: "rabí", dijeron los doctores, "es más que rab, rabán más que rabí, y el nombre propio más que rabán". La última parte de esta regulación tradicional tiene particularmente a la vista a los dos grandes doctores Hillel y Shammai, siempre designados por sus nombres propios no calificados; los sucesores de Hillel, como Gamaliel, llevaban el título de rabán, y así lo fue también por excepción Johanan ben Zakai; a los doctores palestinos se les conoce comúnmente como “rabí Fulano de tal”, sin embargo, el rabino Judas el Santo, que compuso la Mishná, con frecuencia es llamado simplemente rabí (par excellence): de la misma manera, rab, sin el nombre propio, designa a Abba Arika (m. 247 d.C.), el fundador de la Escuela de Sora; mientras que rab es el título prefijado a los nombres de los amoras de Babilonia.

La Ley, por supuesto, debe ser el estudio exclusivo de un rabino, ya que es la única fuente del conocimiento religioso, la perfecta encarnación de la voluntad de Dios y la única regla coercitiva de la vida cotidiana del pueblo. Pero la Ley no cubre explícitamente todos los casos posibles, sin embargo, ya que es una Ley dada por Dios, debe, en la mente del sabio rabino, participar en la infinitud del Legislador Divino; por lo tanto, no sólo las sentencias, sino las palabras individuales, incluso el número de letras, más aún, las "jotas y las tildes", debe tener sentido, ya que Dios las quiso a cada una de ellas, y dado que en todo lo que Él hace actúa por una razón: así la Ley se aplica a todas las ocurrencias posibles. De ahí surgió en las escuelas esa inmensa masa de enseñanza de inferencia adeducida de la palabra escrita, de acuerdo con las reglas de un proceso especial de razonamiento, transmitida por generaciones en las enseñanzas esotéricas de los fieles escribas como la interpretación oficial de la Ley, y finalmente puesta por escrito, sobre todo en el Mishná y el Talmud.

En virtud de esta vegetación parasitaria de la enseñanza tradicional la propia Ley misma gradualmente llegó a estar casi completamente perdida de vista y ahogada; y, sin embargo, cada palabra que designaba la tradición estaba calculada para recordar al rabino de la conexión de esta tradición con la Ley. Misná significa "repetición de la Ley": sus fuentes fueron los dichos del tanaíta o doctores “repetidores”; un baraitha es un dicho de algún doctor anterior no incluido en la Misná; los baraithoth están recogidos ya sea en la Tosefta (adición) o en la Ghemara (complemento); la Misná y la Ghemara constituyen el Talmud o “enseñanza” (de la Ley). Esta enseñanza es bien halaka (camino) o "derecho consuetudinario", o agada, "información", dada por o acerca de la Ley. Por lo tanto, se entiende que la Ley está en la raíz de toda tradición, aun cuando, en la práctica, tradición tan buena que hace nula la letra de la Ley (Mt. 15,1-6; Mc. 7,8-13); más aún, se habla de rabinos que pretenden demostrar con la propia Ley (Éx. 34,37) que las tradiciones orales se debe preferir a la palabra escrita (Megill., IV, 74d;. cf Sanhedr, XI, 3.). Estas tradiciones orales obtuvieron esta autoridad exagerada debido al origen que se les atribuyó. Por lo general, aparentan haber sido transmitidas desde Esdras, quien las recibió por inspiración divina, como sabiduría esotérica para ser impartida a los discípulos iniciados. Algunos reclamaban para ellas una antigüedad aún mayor, que se remonta a Moisés mismo (así al menos se entiende generalmente la primera frase de la "Pirqu Abhoth"; cf "Peah", tr Schwab, II, 37), incluso en parte a los doce patriarcas, Henoc y Adán. Este voluminoso cuerpo de tradiciones exegéticas, el sistema lógico según el cual se deducen las inferencias y las concepciones teológicas sobre las que descansa toda esta enseñanza oral, comúnmente se les designa como un todo con el nombre de rabinismo. Lo que se ha dicho más arriba sobre su base teológica puede ser suficiente para mostrar los dos errores radicales que yacen en el fondo del mismo: el infinito de las Escrituras, y la necesidad de interpretarlas en cada detalle, de acuerdo con la precisión severa que sólo es digna de Dios .

Unas palabras sobre los principios de la lógica rabínica podrían ser útiles para ayudar a formar un juicio de todo el sistema. La exégesis tradicional era de dos tipos. El primero, el halaka era legal y casuístico: la Halaka estaba tan "aislada de la Ley" que la hacía imposible; y el otro, la hagadá, fue ilustrativo y práctico, y abarcaba innumerables leyendas y alegorías destinadas a ilustrar y ampliar la historia bíblica, pero en realidad la obscurecía en un laberinto de invenciones ociosas y fantásticas. Hillel tiene el mérito de haber codificado las normas de la halaka; sus siete reglas originales fueron ampliadas más tarde a trece por el rabí Israel. Algunas de estas normas son excelentes, como cuando, por ejemplo, se afirma que el significado de una palabra está determinado por el contexto, y la oración por el alcance del pasaje (regla 12); otros, buenos en sí mismos, no toman en cuenta suficientemente las enormes diferencias de los tiempos que separan a los escritores inspirados y las condiciones religiosas y sociales desiguales que prevalecían en los diferentes períodos; otros, finalmente, son la expresión de un modo de razonamiento un tanto falaz. En su conjunto la halaka es un sistema artificial, alterado por su evidente propósito de ofrecer los medios de injertar la tradición en el tallo de la Escritura (Mielziner). El método hagada, aún más extravagante, fue elaborado por el rabí Eliezer en treinta y dos reglas, en el que es inútil detenerse extensamente.

A partir de la halaka y la hagada se derivó posteriormente el Peshat, o determinación del sentido literal, y el Sodh, o determinación del sentido místico o alegórico. El Peshat, utilizado en la antigüedad sólo en el Tárgum de Onkelos y en la versión griega de Aquila, adquirió prominencia más tarde, aparentemente debido a la influencia del aprendizaje árabe, especialmente entre los caraítas. El primer Sodh encontró el favor de los esenios y zelotes, pero alcanzó su pleno desarrollo sólo en el sistema cabalístico del siglo XIII. Si el árbol ha de ser juzgado por sus frutos, los caprichos de la cábala, el último término de la evolución natural de la hagadá, ponen en evidencia la falsedad de los principios básicos del método de la exégesis rabínica.


Bibliografía: BRIGGS, General Introduction to the Study of Holy Scripture (Edimburgo, 1899); EDERSHEIM, Life and Times of Jesus, the Messiah; ETHERIDGE, Jerusalén y Tiberíades, Sora y Córdova (1856); MIELZINER, Introduction to the Talmud (Cincinnati, 1894); CHIARINI, Le Talmud de Babylone, I (Leipzig, 1831); LAGRANGE, Le Messianinme chez les Juifs (París, 1909); STAPPER, Les idées religieuses en Palestine à l'époque de J.-C. (París, 1878); IDEM, La Palestine au temps de Jésus Christ (París, s. d.); WOGUE, Histoire de la Bible (París, 1881); BACHER, Die Agada der Tannaiten, I (2da. ed., 1909); II, 1890; IDEM, Die Agada der Palästinischen Amoräer, I (1892); II (1898); III (1899); IDEM, Die Agada der Babylonischen Amoräer (1878); HAUSRATH, Die Zeit Christi (Heidelberg, 1868-72); SCHÜRER, Gesch. des Judischen Volkes im Zeitalter Jesu Christi, I [(Leipzig), 4; WEBER, System der Altsynagogalen Palästinischen Theologie (Leipzig, 1880); HILL, De Hebræorum Rabbinis seu Magistris (Jena, 1746); WÄHNER, Antiquitates Ebræorum (Göttingen, 1743).

Fuente: Souvay, Charles. "Rabbi and Rabbinism." The Catholic Encyclopedia. Vol. 12. New York: Robert Appleton Company, 1911. 14 Jan. 2012 <http://www.newadvent.org/cathen/12617b.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina.