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Jueves, 27 de abril de 2017

Mente

De Enciclopedia Católica

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Introducción

(Griego, nous; latín, mens; alemán, Geist, Seele; francés, ame esprit).

La palabra mente ha sido usada con una variedad de significados, y encontramos una falta de fijeza en la connotación de los términos correspondientes en otros idiomas. Aristóteles nos dice que Anaxágoras, comparado con otros primeros filósofos griegos, apareció como un sobrio entre borrachos cuando introdujo nous, mente, como causa eficiente del orden general en el universo. Al tratar el tema del alma, el propio Aristóteles identifica nous con la facultad intelectual, que él concibe como en parte activa, en parte pasiva (Vea INTELECTO). Es el principio pensante, la energía más alta y más espiritual del alma, separable del cuerpo, e inmortal. La palabra latina, mens, fue empleada mucho en el mismo sentido.

Santo Tomás, que representa el uso escolástico general, deriva mens de metior (medir). Identifica mens con el alma humana vista como intelectual y haciendo abstracción desde las facultades orgánicas inferiores. Los ángeles o espíritus puros, pueden así ser llamados mentes (De Veritate, X, a. 1). Para Descartes el alma humana es simplemente mens, rescogitans, mente. Se halla en completa oposición al cuerpo y a la materia en general. Él rechaza las facultades vegetativas asignadas al alma por Aristóteles y los escolásticos, y explica mecánicamente esas funciones vitales. Los animales inferiores no poseen mente en ningún sentido; son para él meras máquinas.

Un uso temprano en inglés relaciona cercanamente la palabra mente con memoria, como en la frase "tener en mente". Una vez más se ha asociado con el lado volitivo de nuestra naturaleza, como en las frases "preocuparse por" y "tener mente para efectuar algo". No obstante, cuando se le restringe a una facultad particular, la tendencia general ha sido la de identificar la mente con el poder cognitivo y más especialmente con las facultades intelectuales. En este uso corresponde más estrechamente con el significado primario del latín mens, entendido como el principio pensante o juzgador. La mente también se concibe como un ser substancial, equivalente al mens escolástico, parcialmente identificado con, parcialmente distinguido del alma. Si definimos el alma como el principio dentro de mí, por el cual siento, pienso, deseo, y por el que mi cuerpo es animado, podemos proporcionar una definición de “mente” de aceptación bastante amplia simplemente omitiendo la última cláusula. Es decir, en este uso la mente designa el alma como la fuente de la vida, sentimientos, pensamiento y volición conscientes, siendo la abstracción hecha a partir las funciones vegetativas. Por otra parte el término “alma” enfatiza la nota de sustancialidad y la propiedad del principio vivificante.

En la literatura psicológica inglesa del siglo XIX de hecho ha mostrado una notable timidez respecto al uso del término "alma". Mientras que en el alemán en todo caso la palabra seele ha estado en la aceptación general entre los psicólogos, la gran mayoría de los escritores ingleses sobre la vida mental evitan por completo el uso de la palabra inglesa correspondiente, como aparentemente peligrosa para su reputación filosófica. Incluso los representantes más ortodoxos de la escuela escocesa boicotearon rigurosamente la palabra, de modo que "la naturaleza y atributos de la mente humana" llegase a ser reconocida como la designación correcta de la materia objeto de la psicología, incluso entre aquellos que creían en la realidad de un principio inmaterial, como la fuente de la vida consciente del hombre. Sin embargo, la propagación de la visión positivista o fenomenalista de la ciencia de la psicología ha resultado en una muy ampliamente adoptada identificación de la mente simplemente con los estados conscientes, haciendo caso omiso de cualquier principio o sujeto a los que estos estados pertenecen. En este sentido la mente es sólo la suma de los procesos conscientes o actividades del individuo con sus modos especiales de operación. Esto, sin embargo, es una concepción totalmente insuficiente de la mente.

Por supuesto, puede ser conveniente y bastante legítimo para algunos propósitos el investigar ciertas actividades u operaciones de esta mente o alma, sin plantear la cuestión fundamental de la naturaleza metafísica del principio o substancia que es la base y el origen de estos fenómenos; y también puede servir como una útil economía de lenguaje emplear el término “mente” simplemente para designar la vida mental como una corriente de la conciencia. Sin embargo, la adopción de esta fraseología no debe hacernos perder de vista el hecho de que junto con la acción está el agente, que subyacente a las formas de comportamiento mental está el ser que se comporta. La conexión de nuestra identidad personal permanente, o mejor dicho el ejercicio más simple de la memoria auto-consciente, nos obliga a reconocer la realidad de un principio permanente, el sujeto y el enlace que conecta los estados transitorios. La mente adecuadamente concebida debe hacer que incluya el sujeto o agente, junto con los estados o actividades, y debe ser el quehacer de una ciencia completa de la mente para investigar ambos.

Todo nuestro conocimiento racional de la naturaleza de la mente debe derivarse a partir del estudio de sus operaciones. En consecuencia la psicología metafísica o racional lógicamente sigue a la psicología empírica o fenomenal. La descripción, análisis y observación cuidadosa de las actividades de la mente conducen a nuestras conclusiones filosóficas sobre la naturaleza íntima de la materia y la fuente de esas actividades. Las principales propuestas respecto a la mente humana vista como un principio substancial que los filósofos católicos pretenden establecer a la luz de la razón son: su unidad permanente, su individualidad, su libertad, su simplicidad y su espiritualidad (Vea los artículos CONCIENCIA, INDIVIDUALIDAD, INTELECTO, ALMA.

Mente y Conciencia

En relación con la investigación de nuestras operaciones mentales surge la pregunta de si éstas han de considerarse coextensivas con la conciencia. ¿Hay procesos mentales inconscientes? El problema bajo diferentes formas ha ocupado la atención de los filósofos desde Leibniz hasta J.S. Mill, mientras que en los últimos años los fenómenos de hipnotismo, "personalidad múltiple" y formas anormales de vida mental han traído a mayor prominencia la cuestión de la relación entre los procesos inconscientes y los conscientes en el organismo humano. Parece que se ha establecido indiscutiblemente que todas las formas de la vida mental, la percepción, el pensamiento, el sentimiento y la voluntad se ven profundamente afectados en carácter por procesos nerviosos y por actividades vitales, que no surgen en los estratos de la vida consciente. Sin embargo, ha sido intensamente disputado si se le debería llamar estados mentales, o si deben ser concebidos como actos de la mente a los procesos inconscientes que afectan las conclusiones del intelecto y las resoluciones de la voluntad, pero que son en sí mismos bastante inconscientes. A favor de la doctrina de los procesos mentales inconscientes se ha presentado el hecho de que muchas de nuestras sensaciones ordinarias surgen de un conjunto de impresiones demasiado débiles individualmente para ser percibidas por separado, el hecho de que la atención puede revelarnos experiencias previamente inadvertidas, el hecho de que una cadena desapercibida de pensamientos puede dar lugar a recuerdos repentinos, y que en condiciones mentales anormales los pacientes hipnotizados, sonámbulos e histéricos a menudo logran hazañas intelectuales difíciles quedando al mismo tiempo totalmente inadvertidos de los pasos intermedios racionales que conducen a los resultados finales. Por otro lado se alega que la mayoría de esos fenómenos pueden explicarse por procesos meramente subconscientes que escapan a la atención y se olvidan; o, en todo caso, mediante cerebración inconsciente, la elaboración de procesos nerviosos puramente físicos sin ningún estado mental concomitante hasta que se alcance la situación cerebral final, cuando se evoca el acto mental correspondiente. Probablemente la disputa está basada, al menos en parte, en diferencias en la definición. Sin embargo, si se identifica la mente con el alma, y si a esta última se le permite ser el principio de la vida vegetativa, no habrá razón válida para negar que el principio de nuestra vida mental puede ser también el sujeto de actividades inconscientes. Pero si confinamos el término “mente” al alma, vista como consciente, o como el sujeto de las operaciones intelectuales, entonces, por definición excluimos los estados inconscientes de la esfera de la mente. Aun así, cualquier terminología que consideremos conveniente adoptar, queda el hecho de que nuestras operaciones puramente intelectuales están profundamente influenciados por cambios que ocurren debajo de la superficie de la conciencia.

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Origen de la Vida Mental

Una pregunta relacionada es la del carácter simple o compuesto de la conciencia. ¿Es la mente, o la vida consciente, una amalgama o producto de unidades que no son conscientes? Se ofrece una respuesta en la teoría "material mental" o "polvo mental". Esta es una deducción necesaria a partir de la extremadamente materialista hipótesis evolucionista cuando trata de explicar el origen de las mentes humanas en este universo. Según W. K. Clifford, quien inventó el término “material mental”, los que aceptan la evolución deben, en aras de la consistencia, asumir que cada partícula de materia en el universo lleva unida una pizca de sentimiento rudimentario o inteligencia, y “cuando las moléculas materiales se combinan para formar la membrana en la parte inferior de una medusa los elementos de la materia mental, que van junto con ellas se combinan para formar los inicios débiles de la sensibilidad. Cuando la materia toma la forma compleja del cerebro humano vivo, la correspondiente materia mental toma la forma de la conciencia humana, que tiene la inteligencia y la voluntad "(Discursos y escritos, 284). Spencer y otros evolucionistas consumados son llevados a una conclusión similar. Pero la verdadera inferencia es al contrario, que la incredibilidad de la conclusión demuestra lo insostenible de la forma materialista de la evolución que estos autores adoptan. No hay evidencia alguna de esta sustancia mental universal que postulan; es de carácter inconcebible. Como dice el profesor James, llamarlo conciencia "naciente" no es más que una sutileza verbal que no explica nada. Ninguna multiplicidad y ninguna agrupación o fusión de elementos inconscientes pueden concebirse como constituyentes de un acto de inteligencia consciente. La unidad y la sencillez que caracteriza a los actos más simples de la mente son incompatibles con dicha teoría.

Mente y Materia

La oposición de la mente y la materia nos pone cara a cara con la gran controversia del dualismo y el monismo. ¿Hay dos formas de ser en el universo esencial y radicalmente distintas? ¿O son simplemente diversas fases o aspectos de un sustrato subyacente común? Nuestra experiencia en todo caso parece que nos revela dos formas de realidad fundamentalmente contrastadas. Por un lado, nos enfrentamos con materia que ocupa espacio, sujeta a movimiento, dotada de inercia y resistencia, permanente indestructible y aparentemente independiente de nuestra observación. Por otro lado, existe nuestra propia mente, que se nos revela de inmediato en actos de conciencia simples y breves, que parecen haber nacido y luego aniquilados. A través de estos actos conscientes aprehendemos el mundo material. Todo nuestro conocimiento de ella depende de ellos, y en última instancia limitada por ellos. Por analogía le atribuimos mentes como la propia a otros organismos humanos. Un deseo de encontrar la unidad en la aparente multiplicidad de experiencia ha llevado a muchos pensadores a aceptar una explicación monista, en la que la aparente dualidad de la mente y la materia se reduce a un solo principio o sustrato subyacente.

El materialismo considera la materia misma, la substancia material del cuerpo, como este principio. Para el materialista, la mente, los sentimientos, pensamientos y voliciones son solo "funciones" o "aspectos" de la materia; la vida mental es un epiphenomenon, un subproducto en el funcionamiento del universo, que en modo alguno puede interferir con el curso de los cambios físicos o modificar el movimiento de cualquier partícula de materia en el mundo; de hecho, en estricta coherencia se debe afirmar que los sucesivos actos mentales no se influyen o condicionan entre sí, sino que los pensamientos y voliciones son meros apéndices accidentales de ciertos procesos nerviosos en el cerebro; y estos últimos son determinados exclusiva y completamente por los procesos materiales antecedentes. En otras palabras, la teoría materialista, considerada de forma consistente, conduce invariablemente a la sorprendente conclusión de que la mente humana no ha tenido ninguna influencia real en la historia de la raza humana.

Por otro lado, el monista idealista niega por completo la existencia de cualquier mundo material independiente fuera de la mente. Lejos de la mente ser un simple aspecto o epiphenomenon unido a la materia, el universo material es una creación de la mente y completamente dependiente de ella. Su esse es percipi. Sólo existe en y para la mente. Nuestras ideas son las únicas cosas de las que podemos estar realmente seguros. Y, de hecho, si nos viésemos obligados a adoptar el monismo, nos parece que podría haber poca duda acerca de la superioridad lógica de la posición idealista. Sin embargo, no hay ninguna compulsión filosófica para adoptar un monismo materialista o idealista. La convicción del sentido común de la humanidad, y la asunción de la ciencia física de que hay dos órdenes de seres en el universo, mente y materia, distintas, sin embargo interactuando e influyéndose entre sí, y la garantía de que la mente humana puede obtener un limitado aunque verdadero conocimiento del mundo material que existe realmente fuera e independientemente de ella, y que ocupa un espacio de tres dimensiones, este punto de vista, que es la enseñanza común de la filosofía escolástica y pensadores católicos, puede ser abundantemente justificada (Vea dualismo; Ley de Conservación de Energía).

Mente y Mecanismo

La mente también se contrasta con las teorías mecánicas como causa o explicación del orden del mundo. La afirmación de mente respecto a esto es equivalente a teleologismo, o idealismo en el sentido de que existe inteligencia y propósito que rigen el funcionamiento del universo. Este es el significado de la palabra en la conocida afirmación de Bacon: "Preferiría creer todas las fábulas en la Leyenda y el Alcoran antes que creer que este marco universal esté sin una mente" (Ensayos: Del ateísmo). Esa es, de hecho, la doctrina del teísmo. El mundo, según dado, exige una explicación racional de su carácter actual. Las explicaciones inmediatas de muchos, especialmente en la parte inorgánica y no viviente de él, pueden ser provistas por energías materiales que actúan de acuerdo con leyes conocidas. Pero la razón exige una explicación de todo el contenido de los seres vivos y conscientes así como de la materia inanimada y, además, insiste en llevar la investigación hacia atrás hasta que alcance una explicación final. Para esto es necesaria la mente, una causa inteligente. Incluso si el universo actual pudiese remontarse a una colección de átomos materiales, la colocación particular de estos átomos de la que resultó el presente cosmos, tendría que ser explicada porque en la teoría mecánica o materialista de la evolución, esa colocación original contenía este universo y ningún otro, y esa colocación particular clama por una razón suficiente justo tan inevitablemente como lo hace el resultado complejo presente. Si se nos dice que la explicación de una página de un periódico se encuentra en el contacto del papel con una placa de tipos, todavía estamos obligados a preguntar cómo sucedió la disposición particular de los tipos, y estamos seguros que la explicación suficiente depende en última instancia de la acción de la mente o ser inteligente.


Fuente: Maher, Michael. "Mind." The Catholic Encyclopedia. Vol. 10. New York: Robert Appleton Company, 1911. 5 Aug. 2016 <http://www.newadvent.org/cathen/10321a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina.