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Lunes, 13 de julio de 2020

Patriarca y Patriarcado

De Enciclopedia Católica

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Patriarca y Patriarcado: nombres de los más altos dignatarios eclesiásticos después del Papa, y de los territorios que gobiernan.

Origen del Término

Patriarca (griego patriarches; latín, patriarcha) significa el padre o jefe de una raza (patria, un clan o familia). La palabra aparece en los Setenta para nombrar a los jefes de las tribus (por ejemplo, 1 Crón. 24,31; 27,22, patriarchai ton phylon; cf. 2 Crón. 23,20 etc.); en el Nuevo Testamento (Heb. 7,4) se aplica a Abraham como una versión de su título “padre de muchas naciones” (Gén. 17,4), a David (Hch. 2,29) y a los doce hijos de Jacob (Hch. 7,8-9). Este último se convirtió en el significado especial de la palabra cuando se refiere a personajes bíblicos. Los jefes de las tribus eran los "Doce Patriarcas", aunque la palabra se utiliza también en un sentido más general para los padres de la Antigua Ley en general, por ejemplo, la invocación de la letanía: "Todos vosotros santos patriarcas y profetas".

En tiempos antiguos los nombres de los dignatarios cristianos a veces se tomaban de la vida civil (episkopos, diakonos), otras veces, de los judíos (presbyteros). El nombre patriarca es uno de esta última clase. Obispos de dignidad especial eran llamados patriarcas, al igual que los diáconos eran llamados levitas debido a que su lugar correspondía por analogía a los de la Antigua Ley. Todos estos títulos se convirtieron en términos técnicos, títulos oficiales, sólo de forma gradual. Al principio se utilizaban vagamente como nombres de honor sin ninguna connotación estricta; pero en todos esos casos existía la realidad antes de que se usase cualquier nombre especial. Había dignatarios eclesiásticos con todos los derechos y prerrogativas de los patriarcas en los tres primeros siglos; pero el título oficial no surge hasta más tarde. Como título de honor cristiano la palabra “patriarca” aparece por primera vez aplicada al Papa León I en una carta de Teodosio II (408-50; Mansi, VI, 68). Los obispos de la jurisdicción bizantina lo aplicaron a su jefe, Acacio (471-89; Evagrio, “H.E.”, III, 9); pero todavía era simplemente un epíteto honorable que se podía dar a cualquier venerable obispo. San Gregorio Nacianceno dice: “los obispos ancianos, o más correctamente, los patriarcas” (Orat., XLII, 23). Sócrates dice que los Padres de Constantinopla I (381) “nombraron patriarcas”, lo que significaba aparentemente metropolitanos de provincias (Hist. Ecl. V.8). Todavía para los siglos V y VI Celidonio de Besançon y Nicecio de Lyon son llamados patriarcas (Acta SS., feb., III, 742: Gregorio de Tours, “Hist. Franc.”, V, XX).

Entonces gradualmente —sin duda a partir de los siglos VIII y IX— la palabra se convierte en un título oficial utilizado de ahí en adelante sólo para denotar un rango definido en la jerarquía, la de los principales obispos que gobernaban sobre los metropolitanos como metropolitanos sobre sus obispos sufragáneos, y estando ellos mismos sujetos únicamente al primer patriarca de Roma. Durante estos primeros siglos el nombre aparece generalmente en conjunción con "arzobispo", "arzobispo y patriarca", como en el Código de Justiniano (Gelzer, "Der Streit über den Titel des Ökumene. Patriarchen" en "Jahrbuchfiir protesta. Theol." , 1887). La disputa acerca del patriarca ecuménico en el siglo VI (Vea Juan el Ayunador) muestra que incluso entonces el nombre recibía un sentido técnico. Desarrollos medievales y modernos posteriores, cismas y la creación de patriarcados titulares y los llamados “menores” han producido el resultado de que un gran número de personas ahora reclaman el título; pero en todos los casos connota la idea de un rango especial —el más alto, excepto entre los católicos que aceptan el aún mayor del Papa.

Patriarcado (griego, patriarcheia; latín, patriarchatus) es la palabra derivada que significa el oficio, sede, reino o, más a menudo, el territorio gobernado por el patriarca. Corresponde a episcopado y diócesis en relación al obispo

Los Tres Patriarcas

El derecho canónico más antiguo admitía sólo tres obispos como poseedores de lo que las edades posteriores llamaron derechos patriarcales: los obispos de Roma, Alejandría y Antioquía. Lógicamente, el sucesor de San Pedro ocupaba el lugar más alto y combinaba en su persona todas las dignidades. Él era no solo obispo, sino también metropolitano, primado y patriarca: metropolitano de la Provincia Romana, primado de Italia y el primero de los patriarcas. Tan pronto se organizó una jerarquía entre los obispos, el Obispo de Roma retuvo la autoridad y dignidad principales. El Papa combina las antedichas posiciones y cada una de ellas le da una relación especial con los fieles y los obispos en el territorio correspondiente. Como Papa, es la cabeza visible de toda la Iglesia; ningún cristiano está fuera de su jurisdicción papal.

Como obispo de Roma, es el obispo diocesano de esa diócesis solamente; como metropolitano gobierna la Provincia Romana; como primado gobierna a los obispos italianos; como patriarca gobierna sólo sobre Occidente. Como patriarca, el Romano Pontífice ha gobernado desde el principio sobre todos los países occidentales donde el latín fue una vez el idioma civilizado y sigue siendo la lengua litúrgica, donde el rito romano se utiliza ahora casi exclusivamente y donde prevalece el derecho canónico romano (por ejemplo, el celibato, nuestras reglas de ayuno y de abstinencia, etc.). Para los cristianos de Oriente es el supremo pontífice, no patriarca. De ahí que siempre haya habido una relación más estrecha entre los obispos occidentales y el Papa que entre él y sus hermanos orientales, así como hay una relación aún más cercana entre él y los obispos suburbanos de la provincia romana de la cual él es metropolitano. Muchas leyes que actualmente obedecemos no son leyes católicas universales sino las del patriarcado occidental.

Antes del Primer Concilio de Nicea (325) dos obispos orientales tenían la misma autoridad patriarcal sobre grandes territorios: los de Alejandría y los de Antioquía; es difícil decir exactamente cómo obtuvieron esta posición. Como cuestión de conveniencia obvia, la organización de provincias bajo metropolitanos siguió la organización del imperio organizado por Diocleciano (Fortescue, "Iglesia Oriental Ortodoxa", 21-23). En esta disposición, las ciudades más importantes en Oriente eran Alejandría en Egipto y Antioquía en Siria. Así el obispo de Alejandría se convirtió en el jefe de todos los obispos y metropolitanos egipcios; el obispo de Antioquía ocupó la misma posición sobre Siria y, al mismo tiempo extendió su influencia sobre Asia Menor, Grecia y el resto de Oriente.

Diocleciano había dividido el Imperio en cuatro grandes prefecturas. Tres de estas (Italia, la Galia e Iliria) componían el patriarcado romano; la otra, la “oriental” (Præfectura Orientis) tenía cinco “diócesis” (civiles): Tracia, Asia, el Ponto, la Diócesis de Oriente y Egipto. Egipto formaba el patriarcado alejandrino. El patriarcado antioqueno constaba de la “Diócesis” civil de Oriente. Las otras tres divisiones civiles de Tracia, Asia y el Ponto probablemente se habrían desarrollado en patriarcados separados si no hubiese sido por el ascenso de Constantinopla (ibid.., 22-25). Más tarde se volvió una idea popular el relacionar a los tres patriarcados con el Príncipe de los Apóstoles. San Pedro también había reinado sobre Antioquía; él había fundado la Iglesia de Alejandría por su discípulo San Marcos. De todos modos, el Concilio de Nicea (325) reconoce el lugar supremo de los obispos de estas tres ciudades como una “costumbre antigua” (can. Vi). Roma, Alejandría y Antioquía fueron los tres patriarcados antiguos cuyo orden y posición únicos fueron perturbados por desarrollos posteriores.

Los Cinco Patriarcados

Cuando los peregrinos comenzaron a reunirse en la Ciudad Santa, el obispo de Jerusalén, custodio de los santuarios sagrados, comenzó a ser considerado como algo más que un mero sufragáneo de Cesarea. El Concilio de Nicea (325) le dio una primacía de honor, exceptuando, sin embargo, los derechos metropolíticos de Cesarea (can. VII). Juvenal de Jerusalén (420-58), luego de muchas disputas, logró finalmente cambiar esta posición ordinaria por un patriarcado real. El Concilio de Calcedonia (451) separó a Palestina y Arabia (Sinaí) de Antioquía y formó con ellas el patriarcado de Jerusalén (Ses. VII y VIII). Desde ese tiempo se ha considerado siempre a Jerusalén como la más pequeña y última de las sedes patriarcales.

Pero el cambio más grande, el que se topó con la mayor oposición, fue el ascenso de Constantinopla al rango patriarcal. Debido a que Constantino había convertido a Bizancio en la "Nueva Roma", su obispo, una vez el humilde sufragáneo de Heraclea, pensó que debía convertirse en segundo, si no casi igual, al obispo de la antigua Roma. Durante muchos siglos los Papas se opusieron a esta ambición, no porque cualquiera pensase en disputarles su primer lugar, sino debido a que estaban renuentes a cambiar el viejo orden de la jerarquía. En 381 el Concilio de Constantinopla declaró que: “El obispo de Constantinopla tendrá la primacía de honor después del obispo de Roma, porque es la Nueva Roma” (can. III). Los Papas (Dámaso, Gregorio el Grande) se negaron a confirmar este canon. Sin embargo, Constantinopla creció debido al favor del emperador, cuya política centralizadora encontró una dispuesta en la autoridad del obispo de su corte.

Calcedonia (451) estableció a Constantinopla como un patriarcado con jurisdicción sobre Asia Menor y Tracia y le dio el segundo lugar después de Roma (can. XXVIII). El Papa León I (440-61) se negó a admitir este canon, el cual fue aprobado en ausencia de sus legados; incluso durante siglos Roma se negó a concederle el segundo lugar a Constantinopla. No fue hasta el Cuarto Concilio de Letrán (1215) que se le concedió dicho lugar al patriarca latino de Constantinopla; en 1439 el Concilio de Florencia se lo concedió al patriarca griego. Sin embargo en Oriente el deseo del emperador fue lo suficientemente poderoso como para obtener el reconocimiento para su patriarca; a partir de Calcedonia debemos considerar a Constantinopla como práctica, sino legalmente, el segundo patriarcado (ibid.., 28-47). Así tenemos el nuevo orden de cinco patriarcas —Roma, Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén — el que parecía, especialmente para los teólogos orientales, un elemento esencial de la constitución de la Iglesia [vea (ibid.., 46-47) la carta de Pedro III de Antioquía, c. 1054].

Desarrollo Posterior

Para la época del gran cisma de Cerulario (1054) la gran Iglesia del Imperio conocía prácticamente solo estos cinco patriarcas, aunque en Occidente ya habían comenzado patriarcados “menores”. El Octavo Concilio General (869) había afirmado solemnemente su posición (can. XXI). El cisma, y otras distinciones que no habrían existido sin él, aumentaron considerablemente el número de obispos que reclamaban el título. Pero antes del gran cisma las anteriores separaciones nestoriana y monofisita habían dado lugar a la existencia de varios patriarcas heréticos. El estar bajo el gobierno de un patriarca había llegado a ser una condición normal y aparentemente necesaria para cualquier iglesia. Por lo tanto es natural que cuando estos herejes se separaban del patriarca católico debían tarde o temprano establecer rivales propios. Pero en la mayoría de los casos ellos no fueron ni consistentes ni lógicos.

En lugar de ser simplemente un título honorífico para los ocupantes de las cinco sedes principales, el nombre patriarca era considerado como si denotase un rango propio. Por lo tanto existía la idea de que uno podía ser patriarca de cualquier lugar. Entenderemos la confusión de esta idea si imaginamos alguna secta que establezca un Papa en Londres o Nueva York en oposición al Papa de Roma. Los nestorianos se separaron de Antioquía en el siglo V. Entonces llamaron patriarca a su catholicós (originalmente un vicario del pontífice antioqueno); aunque él nunca había reclamado ser patriarca de Antioquía, que por sí solo habría dado razón para su título. Se dice que Babai I (Babæus, 498-503) fue el primero que usurpó el título, como patriarca de Seléucida y Ctesifonte (Assemani, “Bibl. Orient.”, III, 427). Los coptos y jacobitas han sido más consistentes. Durante las largas disputas monofisitas (siglos V a VII) continuamente hubo patriarcas católicos o monofisitas alternados en Alejandría y Antioquía. Con el tiempo, desde la conquista musulmana de Egipto y Siria, se formaron líneas rivales. Así que hay una línea de patriarcas coptos de Alejandría y de patriarcas jacobitas de Antioquía como rivales de los melquitas. Pero en este caso, cada uno dice representar la línea antigua y se niega a reconocer a su rival, lo cual es una posición posible.

La Iglesia de Armenia cometió el mismo error que los nestorianos. Para 1911 tenía cuatro de los llamados patriarcas, de los cuales dos llevaban títulos de sedes que no podían bajo ningún concepto de antigüedad reclamar ser patriarcales en absoluto, y los otros dos ni siquiera pretendían descender de las líneas antiguas. El catholicós armenio de Etschmiadzin comenzó a llamarse a sí mismo patriarca sobre la misma base que el primado nestoriano —simplemente como cabeza de una iglesia grande e independiente, luego del cisma monofisita (Sínodo de Duin en 527). Es difícil decir en qué fecha asumió el título. Los escritores armenios llaman patriarcas a todos sus catholicoi desde San Gregorio el Iluminador (siglo IV). Sibernagl considera a Nerses I (353-73?) como primer patriarca (Verfassung u. gegenw. Bestand, 216). Pero el reclamo al rango patriarcal difícilmente podría haber sido hecho en un momento en que Armenia todavía estaba en unión con y sujeta a la sede de Cesarea. El título de catholicós no es local; él es "patriarca de todos los armenios." En 1461 Mohammed 2 estableció un patriarca armenio de Constantinopla para equilibrar el ortodoxo. Un cisma temporal entre los armenios resultó en un patriarcado de Sis, y en el siglo XVII, el obispo armenio de Jerusalén comenzó a llamarse a sí mismo patriarca. Está claro entonces cómo los armenios ignoran por completo lo que significa realmente ese título.

La próxima multiplicación de patriarcas se produjo por las Cruzadas. Los cruzados naturalmente se negaron a reconocer las pretensiones de las antiguas líneas patriarcales, ahora cismáticas, cuyos representantes, además, en la mayoría de los casos huyeron; de modo que ellos los sustituyeron por patriarcas latinos. El primer patriarca latino de Jerusalén fue Dagoberto de Pisa (1099-1107); el rival ortodoxo (Simón II) había huido a Chipre en 1099 y murió allí ese mismo año (para la lista de sus sucesores vea Le Quien, III, 1241.68). No fue hasta 1142 que los ortodoxos continuaron su interrumpida línea al elegir a Arsenio II, el cual, al igual que la mayoría de los patriarcas ortodoxos de esa época, vivía en Constantinopla. En Antioquía también los cruzados tuvieron escrúpulos contra dos patriarcas de ese mismo lugar. Tomaron la ciudad en 1098, pero mientras el patriarca ortodoxo (Juan IV) se mantuvo allí, ellos trataron de convertirlo al catolicismo en lugar de nombrar un rival. Sin embargo, cuando al final Juan IV huyó a Constantinopla, ellos consideraron que la sede estaba vacante, y el francés Bernardo, obispo de Artesia, fue elegido para ella (Vea la sucesión en Le Quien, III, 1154-84).

En 1167 Amaury II, rey de Jerusalén, capturó a Alejandría, como lo hizo Pedro I, rey de Chipre en 1365; sin embargo, en ambas ocasiones la ciudad fue devuelta a los musulmanes de inmediato. Tampoco había habitantes latinos para justificar el establecimiento de un patriarcado latino. Por otro lado, el patriarca ortodoxo, Nicolás I (c. 1210 – después de 1223; Le Quien, II, 490) estaba bien dispuesto hacia la reunión, le escribía cartas amistosas al Papa y fue invitado al Cuarto Concilio de Letrán (1215). Por lo tanto, había una razón especial para no establecerle un rival latino. Eventualmente se estableció un patriarcado latino más bien para completar lo que se había hecho en otros casos que por cualquier razón práctica. En 1310 el Clemente V nombró como primer patriarca latino de Alejandría al dominico Giles, patriarca de Grado. Un tal Atanasio latino anterior parece ser mítico (Le Quien, III, 1143). Para la lista de la línea de Giles vea Le Quien (III, 1141-1151).

Cuando la cuarta Cruzada tomó Constantinopla en 1204, el patriarca Juan X huyó a Nicea con el emperador, y Tomás Morosini fue nombrado patriarca latino para balancear al emperador latino (Le Quien. Se puede ver entonces que los cruzados actuaron correctamente desde su punto de vista; pero para cada sede el resultado fue líneas dobles que han continuado desde entonces. Las líneas ortodoxas continuaron; los patriarcas latinos gobernaron mientras los latinos ocuparon esas tierras. Cuando los reinos cruzados llegaron a su fin, estos continuaron como patriarcas titulares y han sido durante muchos años dignatarios de la corte papal. Solo el patrirca latino de Jerusalén fue devuelto en 1847 para ser jefe de todos los latinos en Palestina. Para esa época ya la gente estaba tan acostumbrada a ver diferentes patriarcas del mismo lugar gobernando cada uno su propia “nación” que esto parecía un proceso natural.

La formación de Iglesias Uniatas desde el siglo XVI aumentó de nuevo el número de patriarcas. Esta gente ya no podía obedecer las antiguas líneas cismáticas. Por otro lado cada grupo salió de una iglesia cismática correspondiente; estaban acostumbrados a un jefe de su propio rito, su propia "nación" en el sentido turco. La única manera parecía ser la de dar a cada uno un patriarca uniata correspondiente a su rival cismático. Además, en muchos casos la línea de patriarcas uniatas provenía de una sucesión disputada entre los cismáticos, cuando un reclamante se sometió a Roma y por lo tanto fue depuesto por la mayoría cismática. El más antiguo de estos patriarcados uniatas es el de los maronitas. En el 680 el patriarca de Antioquía, Macario, fue depuesto por el Sexto Concilio General por su monotelismo. Los monotelitas luego se agruparon en torno a Juan (m. 707), el hegumenus del monasterio maronita. Este fue el comienzo de la separada iglesia maronita (en esa época indudablemente monotelita). Juan se auto nombró patriarca de Antioquía para sus seguidores, quienes querían un jefe y no estaban en comunión ni con los jacobitas ni con los melquitas. En la época de las Cruzadas los maronitas se unieron a Roma (1182 y de nuevo en 1216). Se les permitió mantener su patriarca de Antioquía como jefe de su rito; pero de ninguna manera representa la antigua línea de San Pedro y San Ignacio.

El siguiente patriarcado uniata más antiguo es el de Babilonia para los caldeos (nestorianos convertidos), el cual comenzó con la sumisión del patriarca nestoriano, Juan Sulaga (m. 1555). Ha habido una complicada serie de rivalidades y cismas, cuyo final y curioso resultado es que al presente (1911) el patriarca uniata representa la antigua línea nestoriana, y su rival nestoriano la línea originalmente católica de Sulaga. El título “Babilonia” no se usó hasta que el Papa Inocencio XI lo confirió en 1681. El patriarcado melquita data de 1724 (Cirilo VI, 1724-1759). También comenzó con una sucesión controvertida a la antigua sede patriarcal de Antioquía; el ocupante melquita tiene muy buena pretensión de representar la línea antigua.

Las sedes bizantinas uniatas de Alejandría y Jerusalén al presente (1911) se consideran como únicas a la de Antioquía; el patriarca melquita usa los tres títulos (vea MELQUITAS). Los uniatas armenios tienen un patriarca que reside en Constantinopla, pero que no toma su título de esa ciudad. Su línea comenzó en 1739 con una elección disputada a Sis, uno de los patriarcados armenios secundarios. Se le llama Patriarca de Cilicia de los Armenios. En 1781, Ignacio Giarve, el obispo jacobita de Alepo, fue electo canónicamente como patriarca de Antioquía. Entonces hizo su sumisión a Roma y los obispos heréticos lo depusieron y escogieron como patriarca a un monofisita. La línea de patriarcas sirios uniatas de Antioquía desciende de Giarve. En 1895 el Papa León XIII erigió un patriarcado copto uniata de Alejandría para muchos coptos que en esa época se estaban convirtiendo al catolicismo.

Esto agota la lista de los patriarcas uniatas. En tres casos (los caldeos, melquitas y sirios) el patriarca uniata tiene, sobre bases puramente históricas, al menos tan buen, sino el mejor, reclamo como el rival cismático a representar la antigua sucesión. Por otro lado, la existencia de varios patriarcas católicos de la misma sede, por ejemplo, los titulares melquitas, jacobitas, maronitas y latinos de Antioquía, como una concesión al sentimiento nacional de los cristianos orientales, o en el caso del latino, una reliquia de las Cruzadas que arqueológicamente apenas se puede justificar.

Es curioso que no hay patriarca uniata de Constantinopla. Hubo durante un tiempo, aunque breve, un nuevo patriarcado entre los ortodoxos. En el siglo XVI la Iglesia de Rusia se había convertido en una rama muy grande y florecimiento de la comunión ortodoxa. El gobierno ruso entonces pensó que había llegado el momento de romper su dependencia de Constantinopla. En 1589 el zar Feodor I (1581-98) convirtió la sede metropolitana de Moscú en un patriarcado independiente. En 1591 los otros patriarcas reunidos en sínodo confirmaron su disposición y dieron a Moscú el quinto lugar, después de Jerusalén. Los teólogos ortodoxos estaban encantados de que se restaurase de este modo la sagrada pentarquía, el orden clásico de los cinco patriarcas; decían que Dios había levantado a Moscú para reemplazar a la caída Roma. Pero su alegría no duró mucho tiempo; sólo llegaron a gobernar diez patriarcas rusos. El último de estos, Adria, murió en 1700. Pedro el Grande no permitió que se eligiese un sucesor y en 1721 reemplazó el patriarcado por el Santo Sínodo Gobernante que ahora (a 1911) gobierna la Iglesia Rusa. Pero muchos rusos que resentían la tiranía del Estado sobre la Iglesia en su país, esperaban una restauración del patriarcado nacional como el primer paso hacia mejores cosas.

Para 1911 solo quedaba el llamado patriarcado "menor" en Occidente. En varios momentos ciertas sedes occidentales, también, han sido llamadas patriarcales. Pero hay una diferencia fundamental entre estas y cualquier patriarcado oriental. A saber, el Papa es patriarca de Occidente; todos los obispos occidentales de cualquier rango están sujetos no sólo a su jurisdicción papal sino también patriarcal. Pero un verdadero patriarca no puede estar sujeto a otro patriarca; ningún patriarca puede tener a otro bajo su jurisdicción patriarcal, al igual que un ordinario diocesano no puede tener a otro en su diócesis. Los patriarcas orientales reclaman independencia de cualquier otro patriarca como tal; los católicos obedecen al Papa como Papa, los ortodoxos reconocen la jefatura civil de Constantinopla; los armenios reconocen cierta primacía de honor en su catholicós. Pero en todos los casos la esencia de la dignidad de un patriarca es que no tiene ningún otro patriarca sobre él como patriarca. Por otra parte, nunca se ha supuesto que estos patriarcas occidentales menores estén exentos del patriarcado romano. Ellos nunca han tenido fragmentos cortados fuera de Roma para hacer patriarcado propios, como por ejemplo en Jerusalén que fue formado de una parte separada de Antioquía.

De hecho, ninguno de ellos ha tenido ningún patriarcado en absoluto. Se puede decir que el origen del título en Occidente fue una imitación del oriental. Pero legalmente la situación era totalmente diferente. Los patriarcados occidentales nunca han sido más que meros títulos que no conllevan jurisdicción de ninguna clase. El primero de ellos fue Aquilea en Iliria. Esta era una ciudad importante en los primeros siglos; la sede reclamaba haber sido fundada por San Marcos. Durante el gobierno de los godos en Italia (siglos V a VI) el obispo de Aquilea era llamado patriarca, aunque el nombre ciertamente no se utilizaba en ningún sentido técnico. Es un ejemplo más del significado más lato por el cual cualquier venerable obispo podía ser llamado así en épocas anteriores. Sin embargo, el obispo de Aquilea comenzó a utilizar su título honorífico en un sentido más definido. Aunque Iliria indudablemente pertenecía legalmente al patriarcado romano, fue durante mucho tiempo una fuente fructífera de disputa con Oriente (Orth. Eastern Church, 44-45); Aquilea en la frontera se creía con derecho a alguna clase de independencia de Roma o Constantinopla. Al principio los Papas se negaron a reconocer de ningún modo esta nueva pretensión. Luego vino la disputa de los Tres Capítulos.

Sin embargo, cuando el Papa Vigilio hubo cedido ante el Segundo Concilio de Constantinopla (553), cierto número de obispos italianos entraron a un cisma formal, guiados por Macedonio de Aquilea (539-56). Desde ese momento los obispos de Aquilea se llamaron a sí mismos patriarcas, como jefes de un partido cismático, hasta el 700. Paulino de Aquilea (557-71) trasladó su sede a Grado, una pequeña isla frente a Aquilea, y mantuvo, sin embargo, su antiguo título. Esta línea de obispos de Grado se volvió católica alrededor de 606; sus sufragáneos cismáticos entonces restauraron la antigua sede de Aquilea como un patriarcado cismático. Los Papas parecen haber permitido o tolerado el mismo título para los obispos de Aquilea-Grado. El Sínodo de Aquilea (700) finalmente acabó con el cisma.

Sin embargo, desde esa época hubo dos líneas de los llamados patriarcas, los de Aquilea y los de Grado (donde ahora el obispo mantenía solo el título de Grado). Ninguno tenía más que jurisdicción metropolítica. Ambos títulos ahora (1911) se funden con el del patriarca de Venecia. La sede de Venecia absorbió a Grado en el siglo XV. La ciudad de Aquilea fue destruida por un terremoto en 1348, pero la línea de patriarcas continuó en Udine. Así cayó totalmente bajo el poder de la República de Venecia; el patriarca fue siempre un veneciano. Finalmente, en 1751 Benedicto XIV cambió el título al de Patriarca de Venecia.

El descubrimiento de América añadió un vasto territorio a la Iglesia, sobre el que parecía natural que reinase un patriarca. En 1520 León X creó un "Patriarcado de las Indias Occidentales" entre el clero español. En 1572 Pío V unió este rango al cargo de capellán jefe del ejército español, pero también en este caso la dignidad era puramente titular. En 1644 Inocencio X le concedió alguna jurisdicción al patriarca, pero expresamente en su calidad de capellán. Él no tenía ingresos como patriarca y a menudo era también obispo de una diócesis española.

En 1716 Clemente XI erigió un patriarcado titular de Lisboa en la capilla del rey, en respuesta a una petición del rey Juan, quien, a cambio de ayuda en la lucha contra los turcos, quería un patriarca como el rey de España. La ciudad se dividió entre la jurisdicción del arzobispo de Lisboa y el nuevo patriarca. En 1740 Benedicto XIv unió el arzobispado al patriarcado. El Patriarca de Lisboa tiene ciertos privilegios de honor que hacen su corte una imitación de la del Papa. Su capítulo tiene tres órdenes como las del Colegio de Cardenales; él mismo se hace siempre cardenal en el primer consistorio después de su preconización y utiliza una tiara (sin las llaves) sobre sus brazos, pero solo tiene jurisdicción metropolítica sobre siete sufragáneos. Por último, en 1886 León XIII, como contrapeso al patriarcado de las Indias Occidentales, erigió un patriarcado titular de las Indias Orientales unido a la Arquidiócesis de Goa.

En varios momentos otros obispos occidentales han sido llamados patriarcas. En la Edad Media los de Lyon, Bourges, Canterbury, Toledo y Pisa fueron ocasionalmente llamados de ese modo. Pero nunca hubo ningún reclamo legal sobre estos títulos meramente honoríficos.

Patriarcas Existentes (a 1911)

A continuación una lista completa de todas las personas que para 1911 ostentaban el título:

CATÓLICOS:

El Papa como Patriarca de Occidente (esta es la forma más común: también aparece como “Patriarca de Roma” o “Patriarca Latino) gobierna toda Europa occidental desde Polonia hasta Iliria (la Península Balcánica), África al oeste de Egipto, todas las demás tierras (América, Australia) colonizadas por estas naciones y todos los misioneros y habitantes occidentales (latinos) en Oriente. En otras palabras, su jurisdicción patriarcal se extiende sobre todos los que usan los ritos occidentales (romano, ambrosiano, mozárabe) y sobre los uniatas bizantinos en Italia, Córcega y Sicilia. Como patriarca, puede celebrar sínodos patriarcales y a menudo hace leyes (tales como leyes rituales y nuestra forma de celibato clerical) solo para el patriarcado occidental.

Los patriarcas católicos uniatas son los siguientes:

Estos gobiernan a todos los miembros de su rito, excepto que el de los armenios no tiene jurisdicción en Austria o la Crimea, donde los obispos armenios de Lemberg y Artwin son exentos y están inmediatamente sujetos a la Santa Sede.

De los patriarcas latinos solo uno tiene jurisdicción: el patriarca latino de Jerusalén (sobre todos los latinos en Palestina y Chipre). Todos los demás son titulares, a saber: los patriarcas latinos de Constantinopla, Antioquía y Jerusalén, honra de la corte papal en Roma; los patriarcas “menores” de Venecia, Lisboa, las Indias Occidentales, las Indias Orientales. Cabe señalar que las listas romanas modernas (por ejemplo, la “Gerarchia Cattolica”) ignoran las diferencias entre los patriarcas titulares y los que tienen jurisdicción y cuentan a todos los que llevan el título de uno de los patriarcados más antiguos (Constantinopla, Alejandría, Antioquía, Jerusalén como mayores; todos los demás como menores (incluyendo a Babilonia y Cilicia).

NO CATÓLICOS:

Los patriarcas no católicos que llevan el título ahora (1911) son:

Los derechos, dignidad y deberes de los patriarcas forman parte del derecho canónico de cada iglesia, los cuales no son los mismos en todos los casos. Como principio general, se puede decir que el concepto fundamental es que un patriarca tiene la misma autoridad sobre sus metropolitanos que la que tiene sobre sus obispos sufragáneos. Además, un patriarca no está sujeto a otro patriarca, o más bien no está sujeto a la jurisdicción patriarcal de cualquiera. Pero hay una diferencia entre los católicos y los demás. Todos los católicos, incluyendo a los patriarcas, obedecen la suprema autoridad (papal) del Pontífice Romano; además debemos exceptuar de nuestra consideración los patriarcas simplemente titulares que no tienen autoridad en absoluto.

En el caso de las Iglesia Orientales el principio general es que un patriarca no está sujeto a ninguna autoridad viviente, salvo la de un posible concilio general. Pero también aquí hay que exceptuar a los armenios, cuyo catholicós tuvo durante muchos siglos autoridad sobre toda su iglesia muy similar a la del Papa. Ahora se ve disminuida; pero difícilmente se puede decir que los otros patriarcas son bastante independientes de él. Sólo él puede convocar sínodos nacionales. El patriarca (armenio) de Constantinopla ha usurpado la mayoría de estos derechos en el Imperio Turco. Uno de estos dos ordena todos los obispos. El patriarca de Sis ni siquiere puede consagrar el crisma, sino que lo recibe de Etschmiadzin.

Un caso algo similar es el de los ortodoxos. Desde la conquista turca el patriarca ecuménico ha sido el jefe civil de todos los ortodoxos en el Imperio Turco. Continuamente ha tratado y todavía en cierta medida trata de convertir su jefatura civil en la autoridad eclesiástica suprema, en definitiva, ser un Papa ortodoxo. Sus intentos son siempre rechazados con indignación por los otros patriarcas y las iglesias nacionales, pero no siempre con éxito. Mientras tanto él ha mantenido al menos una señal de autoridad. Sólo él consagra el crisma para todos los obispos ortodoxos, a excepción de los de Rusia y Rumania.

En el Oriente, el principio general es que el patriarca ordena a todos los obispos en su propio territorio. Esta es una señal de autoridad muy antigua en esos países. Es elegido por sus metropolitanos o sínodo (permanente), ordenado, por regla general, por sus propios sufragáneos, hace leyes y tiene ciertos derechos de confirmar o deponer a sus obispos, generalmente en conjunción con su sínodo, y puede convocar sínodos patriarcales (temporeros). La cuestión de la deposición de patriarcas entre los no católicos es difícil. Entre los ortodoxos, ellos han sido y son constantemente depuestos por sus metropolitanos o sínodo. Casi siempre se niegan a reconocer su deposición y resulta una lucha en la cual Constantinopla siempre trata de interferir. Eventualmente el turco la resuelve, generalmente a favor de la deposición, ya que consigue un gran soborno para el berat del nuevo patriarca. Los derechos y deberes especiales de los patriarcas de las diversas Iglesias Orientales se dan en Silbernagl (infra).

En la Iglesia Católica desde Eugenio IV (1431-47) los cardenales tienen precedencia sobre los patriarcas. Los patriarcas uniatas son elegidos por un sínodo de todos los obispos del patriarcado y son confirmados por la Santa Sede. Ellos deben enviar una profesión de fe al Papa y recibir el palio de sus manos. Sus derechos están resumidos en una Constitución de Benedicto XIV (“Apostólica”, 14 feb. 1742), a saber: convocar y presidir los sínodos patriarcales (cuyas actas deben ser confirmadas por Roma, ordenar a todos los obispos de su territorio y consagrar el crisma, enviar el omoforio a sus metropolitanos, recibir apelaciones contra los juicios de estos y recibir los diezmos de todo el ingreso episcopal; reunidos en sínodo pueden deponer a sus obispos.

Ellos portan su Cruz patriarcal no solo a través de su propio territorio, sino, por una concesión especial, por doquiera excepto en Roma. Todos tienen un representante permanente en Roma. Deben visitar todas sus diócesis cada tercer año y no pueden renunciar sin el consentimiento del Papa. La Bula “reversurus” de Pío X (1867) hizo leyes adicionales primero para el patriarca armenio; luego con modificaciones se han extendido a otros uniatas. La precedencia entre los patriarcas es determinada por el rango de su sede, de acuerdo al antiguo orden de los cinco patriarcados, seguidos por Cilicia, luego Babilonia. Entre varios titulares de la misma sede pero de diferentes ritos el orden es por la fecha de su preconización.

Los patriarcas latinos titulares tienen sólo ciertas prerrogativas ceremoniales. Las patriarchia romanas son cinco basílicas; una, la propia catedral del Papa, las otras, iglesias en las que los demás patriarcas oficiarían si viniesen a Roma, cerca de donde vivían. El patriarchium papal era originalmente el “Domus Pudentiana”; desde la Edad Media temprana es la Basílica de San Salvador en Letrán (San Juan de Letrán). Los otros son, o eran, la Basílica de San Pedro para Constantinopla, San Pablo Extramuros para Alejandría, Santa María la Mayor para Antioquía, San Lorenzo para Jerusalén. Estos son ahora solo títulos y memorias.


Bibliografía: LE QUIEN, Oriens christianus (París, 1740); BINGHAM, Origines ecclesiasticæ, I (Londres, 1708-22), 232 sq.; LÜBECK, Reichseinteilung u. kirchliche Hierarchie des Orients bis zum Ausgang des vierten Jahrhunderts (Münster, 1900); HINSCHIUS, System des katholischen Kirchenrechts, I (1869); KATTENBUSCH, Lehrbuch der vergleichenden Konfessionskunde, I (Friburgo, 1892); SILBERNAGL, Verfassung und gegenwärtiger Bestand sämtlicher Kirchen des Orients (Ratisbona, 1904); FORTESCUE, The Orthodox Eastern Church (Londres, 1907), i.

Fuente: Fortescue, Adrian. "Patriarch and Patriarchate." The Catholic Encyclopedia. Vol. 11, págs. 549-553. New York: Robert Appleton Company, 1911. 20 abril 2020 <http://www.newadvent.org/cathen/11549a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina.