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Viernes, 22 de febrero de 2019

Monacato Oriental antes del Concilio de Calcedonia

De Enciclopedia Católica

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Monacato Oriental antes del Concilio de Calcedonia (año 451 d.C.) : Egipto fue la madre patria del monacato cristiano. Surgió a la existencia allí a principios del siglo IV y en muy pocos años se esparció por todo el mundo cristiano. La rapidez del movimiento sólo era igualada por la durabilidad de sus resultados. Dentro de la vida de San Antonio el estado religioso se había convertido en lo que ha sido desde entonces, una de las características de la Iglesia Católica, con sus ideales, y lo que puede llamarse la base de su organización, determinados. Pero esto no fue todo. La simple enseñanza de los primeros monjes y ermitaños egipcios fijó de una vez y para siempre las líneas generales de la ciencia de la vida espiritual, o, en otras palabras, de la teología ascética. El estudio, por tanto, del monacato primitivo posee mucho más que un interés meramente anticuario. Tiene que ver con un movimiento cuya fuerza no se agota de ningún modo y que ha tenido una parte muy importante en la creación de las condiciones que prevalecen en la actualidad.

El primer capítulo en la historia del monacato es la vida de San Antonio que ya ha sido descrita (Vea SAN ANTONIO). La inauguración del movimiento monástico puede datarse ya sea cerca de 285, cuando San Antonio, insatisfecho con la vida del asceta ordinario, se fue al desierto, o cerca de 305, cuando organizó una especie de vida monástica para sus discípulos. Asceta es el término que los escritores sobre el monacato utilizan usualmente para designar a aquellos que en la época pre-monástica abandonaban el mundo según eran capaces. De los tres consejos evangélicos la castidad es el único que se puede practicar independientemente de las circunstancias externas. Naturalmente, por lo tanto, (comenzando con la época sub-apostólica), oímos primero de hombres y mujeres que llevaban una vida virginal (cf. Epístola de Clemente 38; Ignacio, “ad Polycarp.”, c.v.; Hermas, “Sim.”, IX, 30). Los apologistas señalaron triunfalmente a la castidad (Justino "Apol.", I, XV; Atenágoras, A Plea for the Christians 33; Minucio Félix, "Octav.", XXXI).

La pobreza voluntaria, en la completa renuncia a todas las propiedades mundanas, habría sido difícil antes que hubiese monasterios, pues las personas con riqueza a la que renunciar, generalmente hablando, no habrían sido criadas como capaces de ganarse su propio sustento. Aun así, tenemos los ejemplos de Orígenes, Cipriano y Pánfilo para mostrar que la cosa se hizo. Una práctica completa del último consejo evangélico (la obediencia) sólo podía ser realizada después de que el ideal monástico hubiese echado raíces y pasado más allá de la etapa puramente eremítica. El asceta ante-niceno habría sido un hombre que llevaba una vida de celibato, practicaba largos y frecuentes ayunos, se abstenía de carne y vino, y se sostenía, si podía, con alguna pequeña artesanía, y que de lo que ganaba guardaba para sí mismo sólo lo que era absolutamente necesario para su propio sustento, y daba el resto a los pobres. Si era un hombre educado, podía ser empleado por la Iglesia en tal capacidad como la de catequista. Muy a menudo usaba la ropa que marcaba al portador como un filósofo de una escuela austera.

En Egipto, en el momento en que San Antonio abrazó por primera vez la vida ascética, había un número de ascetas que vivían en chozas en las cercanías de los pueblos y aldeas. Cuando San Antonio murió (356 o 357), dos tipos de monacato florecieron en Egipto. Había pueblos o colonias de ermitaños (el tipo eremítico), y monasterios en los que se llevaba una vida comunitaria (el tipo cenobítico). Un breve repaso de los primeros capítulos de la "Historia Lausiaca" de Paladio servirá como una descripción del tipo eremítico.

Paladio era un monje de Palestina que, en 388, se fue a Egipto a beber de la fuente original del espíritu del monacato. Al desembarcar en Alejandría se puso en manos de un sacerdote llamado Isidoro, quien en su juventud había sido un ermitaño en Nitria y ahora aparentemente dirigía un hospicio en Alejandría sin abandonar de ningún modo su austeridad de vida. Por consejo de Isidoro, se colocó bajo la dirección de un ermitaño llamado Doroteo, que vivía a seis millas fuera de Alejandría, con el que había de pasar tres años de aprendizaje para dominar sus pasiones y para luego volver donde Isidoro a recibir mayor conocimiento espiritual. Este Doroteo pasaba todo el día recogiendo piedras para construir las celdas de otros ermitaños, y toda la noche tejiendo cuerdas de las hojas de palma. Nunca se acostaba a dormir, aunque a veces el sueño lo vencía mientras trabajaba o comía. Paladio, que parece haber vivido en su celda, se cercioró con los otros solitarios que este había sido su costumbre desde su juventud. La salud de Paladio se quebrantó antes de completar su tiempo con Doroteo, pero pasó tres años en Alejandría y su vecindad visitando las ermitas y familiarizándose con unos dos mil monjes.

De Alejandría pasó a Nitria, donde había una villa monástica que albergaba alrededor de cinco mil ermitaños. No había regla monástica de clase alguna. Algunos de los eremitas vivían solos, otras veces dos o más vivían juntos. Se reunían en la iglesia los sábados y domingos. La iglesia era servida por ocho sacerdotes de los cuales el más viejo siempre celebraba, predicaba y juzgaba, y los otros sólo ayudaban. Todos trabajaban en el tejido de lino. Había panaderías donde se hacía pan, no sólo para el pueblo, sino también para los solitarios que vivían en el desierto cercano. Había médicos. También se vendía vino. Se hospedaba a los extraños en una casa de huéspedes. Si sabía leer, se les prestaba libros. Podían quedarse todo el tiempo que quisiesen, pero después de una semana se les asignaba alguna clase de trabajo. Si a la hora de nona un hombre se paraba y escuchaba el sonido de la salmodia saliendo de las diferentes celdas, se podía imaginar, dice Paladio, que era arrebatado al paraíso. Pero aunque no había ninguna regla monástica en Nitria, había una ley municipal, cuyo símbolo exterior eran tres látigos suspendidos de tres palmas, uno para los monjes que fuesen culpables de alguna falta, otro para los ladrones que fuesen capturados merodeando y el tercero para los extraños que se portasen mal. Un poco más lejos en el desierto había un lugar llamado Celdas, o cellia, a donde se retiraban los más perfectos. Esto es descrito por el autor de la "Historia monachorum in Aegypto". Aquí los solitarios vivían en celdas tan lejos que estaban fuera de la vista y de oírse el uno al otro. Al igual que los de Nitra, sólo se reunían en la iglesia los sábados y domingos, para lo cual algunos de ellos tenían que recorrer una distancia de tres o cuatro millas. A menudo, su muerte era descubierta sólo por su ausencia de la iglesia.

En fuerte contraste con el individualismo de la vida eremítica estaba la rígida disciplina que prevalecía en los monasterios cenobíticos fundados por San Pacomio. Cuando, en el año 313, Constantino estaba en guerra con Majencio, Pacomio, todavía un pagano, fue reclutado por la fuerza junto con un número de otros jóvenes, y puesto a bordo de un buque para ser llevado por el Nilo hasta Alejandría. En algún pueblo en que la nave paró, los reclutas quedaron abrumados con la amabilidad de los cristianos. Pacomio de inmediato resolvió ser cristiano y llevó a cabo su resolución tan pronto como fue despedido del servicio militar. Comenzó como un asceta en un pequeño pueblo, tuvo su domicilio en un templo abandonado de Serapis y cultivó un jardín de cuyo producto vivía y daba limosnas. El hecho de que Pacomio tuvo su residencia en un antiguo templo de Serapis fue suficiente para una ingeniosa teoría de que él había sido originalmente un monje pagano. Este punto de vista está ahora bastante desacreditado.

Pacomio luego abrazó la vida eremítica y convenció a un viejo ermitaño llamado Palemón a que lo llevara como su discípulo y compartiera su celda con él. Cabe señalar que este tipo de discipulado, que, como ya hemos visto, fue intentado por por Paladio, era una cosa reconocida entre los ermitaños egipcios. Después dejó a Palemón y fundó su primer monasterio en Tabennisi cerca de Dendera. Antes de su muerte, en el 346, tenía bajo su dirección ocho o nueve grandes monasterios de hombres y dos de mujeres. Desde un punto de vista secular, un monasterio pacomiano era una comunidad industrial en la que se practicaba casi todo tipo de comercio. Esto, por supuesto, conllevaba mucha compra y venta, de modo que los monjes tenían naves propias en el Nilo, que transportan sus productos agrícolas y bienes manufacturados al mercado y traían lo que requerían los monasterios. Desde el punto de vista espiritual, el monje pacomiano era un ser religioso que vivía bajo una regla más severa que la de los trapenses, incluso cuando se toma en cuenta las diferencias en clima y raza.

Un monasterio pacomiano era un conjunto de edificios rodeados por una muralla. Los monjes eran distribuidos en casas, y cada casa contenía alrededor de cuarenta monjes. Tres o cuatro casas constituían una tribu. Podía haber de treinta a cuarenta casas en un monasterio. Había un abad sobre cada monasterio, y prebostes con funcionarios subordinados sobre cada casa. Los monjes eran divididos en casas de acuerdo con el trabajo que desempeñaban; así podía haber una casa para los carpinteros, una casa para los agricultores, y así sucesivamente. Pero parece que también se utilizaron otros medios de división, por ejemplo, oímos de una casa para los griegos. Los sábados y domingos todos los monjes se reunían en la iglesia para la Misa; los demás días se celebraban el Oficio y otros ejercicios espirituales en las casas.

“La idea fundamental de la regla de San Pacomio, escribe el abad Butler, “era establecer un nivel moderado de observancia (moderado en comparación con la vida que llevaban los ermitaños) que pudiese ser obligatorio para todos; y luego dejarla abierto a cada uno —y de hecho alentar a cada uno— para que fuese más allá del mínimo fijado, según fuese motivado por su fuerza, coraje y celo” (“Historia Lausiaca”, I, p. 236). Esto se ilustrado notablemente en las normas relativas a los alimentos. Según San Jerónimo, en el prólogo a su traducción de la "Regla de Pacomio", las mesas se colocaban dos veces al día, excepto los miércoles y viernes, que, fuera de las temporadas de Pascua y Pentecostés, eran días de ayuno. Algunos comían muy poco en la segunda comida; algunos en una u otra de las comidas se limitaban a un solo alimento; otros tomaban sólo un bocado de pan. Algunos se abstenían por completo de la comida comunitaria; a estos se les colocaba en sus celdas pan, agua y sal.

Pacomio nombró como su sucesor a un monje llamado Petronio, el cual murió a los pocos meses, tras haber nombrado como su sucesor a Horsiesi. En el tiempo de Horsiesi la orden se vio amenazada por un cisma. El abad de una de las casas, en lugar de enviar el producto del trabajo de sus monjes a la casa principal de la orden, donde se vendería y se distribuiría a las diferentes casas de acuerdo a sus necesidades, deseaba disponer de él para el beneficio único de su propio monasterio. Horsiesi, al verse incapaz de hacer frente a la situación, nombró como coadjutor a Teodoro, un discípulo predilecto de Pacomio. Cuando murió Teodoro, en el año 368, Horsiesi pudo reasumir el gobierno de la orden. Esta amenaza de cisma nos presenta con prominencia una característica relacionada con la fundación de Pacomio que nunca se volvió a ver de nuevo en Oriente y en Occidente sólo muchos siglos después. "Al igual que Citeaux en una época posterior, escribe el abad Butler, "casi de inmediato asume la forma de una congregación u orden totalmente organizada, con un superior general y un sistema de visitas y capítulos generales —en fin, toda la maquinaria de una gobierno centralizado, como no volvió a aparecer en el mundo monástico hasta que surgieron los cistercienses y las órdenes mendicantes en los siglos XII y XIII "(op. cit., 1, 235).

Hay que decir algunas palabras acerca de Schenoudi, o Schnoudi, o Senuti. Poco después de mediados del siglo IV, dos monjes, Pgol y Pschais, cambiaron sus monasterios eremíticos a cenobíticos. De este último no conocemos casi nada. Schenute, cuando era un niño de alrededor de nueve años, quedó bajo el cuidado de su tío Pgol. Ambos, Pgol y Schenute, eran reformadores: la regla de San Pacomio no era demasiado estricta para ellos. Schenute sucedió a su tío Pgol como cabeza del Monasterio Blanco de Atribis, y hasta su muerte (c. 453) no sólo fue el más grande de los líderes monásticos, sino uno de los hombres más importantes en Egipto. Le declaró la guerra a los herejes; desempeñó un rol prominente en la erradicación del paganismo; defendió la causa de los pobres contra los ricos. En una ocasión fue en persona a Constantinopla a quejarse de la tiranía de los funcionarios del gobierno.

En una ocasión veinte mil hombres, mujeres y niños se refugiaron en el Monasterio Blanco durante una invasión de los salvajes blemios de Etiopía, y Schenute mantuvo a todos los refugiados durante tres meses, proveyéndoles comida y ayuda médica. En otra ocasión rescató a cien cautivos y los envió a su hogar con comida, ropa y dinero para el viaje. La importancia de Schenute para la historia del monacato es pequeña, pero su influencia, grande como lo fue en su propio país, no se hizo sentir en otros lugares. Había dos obstáculos: el Alto Egipto era un país difícil y peligroso para los viajeros, y tal como penetró allí no sería probable que visitara un monasterio donde se hablaba casi nada, excepto copto. De acuerdo con el abad Cuthbert Butler, "Schenute nunca fue mencionado por ningún escritor griego o latino" (op. cit., 2, 204). Ha sido redescubierto en nuestro propio tiempo en los manuscritos coptos. Una descripción de las ruinas del Monasterio Blanco se puede hallar en “Monasterios de Levante” de Curzon, cap. XI. En la “Hist. of Egypt under Roman Rule” de Milne hay fotografías de la pared exterior y las ruinas de la iglesia.

En la parte II de la “Historia Lausiaca” de Cuthbert Butler hay un mapa del Egipto monástico. Un vistazo a ese mapa y a las notas que lo acompañan nos trae forzosamente a la mente un factor importante en la historia monástica. Con la excepción de un solo monasterio pacomiano en Canopo, cerca de Alejandría, los monasterios cenobíticos están en el sur, y confinados a un área relativamente pequeña. Los monasterios eremíticos, por el contrario, están en todas partes, y especialmente en el norte. Estos últimos estaban así más accesibles a los peregrinos que visitaban Egipto y así se convirtieron en los patrones o modelos para el resto del mundo cristiano. Fue el tipo de monacato eremítico, no el cenobítico, el que salió de Egipto.

El monacato se extendió en una fecha muy temprana a lo largo de la ruta del Éxodo y del desierto en el cual Israel peregrinó durante cuarenta años. Los solitarios tenían una especial predilección por los sitios de las Escrituras. En todo lugar reverenciado por la tradición que Silvia visitó (385 d.C.) se encontró con los monjes. La atracción del Monte Sinaí para los solitarios era irresistible, a pesar del peligro de cautiverio o de muerte a manos de los sarracenos. En el año 373 cierto número de ermitaños habitaban esta montaña, los cuales se sostenían con dátiles y otras frutas, tales como el pan que habían sido reservados para los sagrados misterios. Toda la semana vivían separados en sus celdas; se reunían en la iglesia el sábado por la noche y, después de pasar la noche en oración, recibían la Comunión el domingo por la mañana. En el año 373 cuarenta de ellos fueron masacrados, y ese mismo día otro grupo de solitarios en Raithe (se supone que sea Elim) fueron asesinados por una segunda banda de bárbaros. Estos acontecimientos fueron descritos por testigos oculares (Tillemont, "HT", 7, 573-80). En el Monte Sinaí se llevaba ese mismo tipo de vida, y sufrieron una experiencia similar unos veinte años más tarde, cuando San Nilo estaba allí.

San Hilarión, que durante un tiempo había sido discípulo de San Antonio, propagó el monaquismo del tipo eremítico primero en la vecindad de su natal ciudad de Gaza y luego en Chipre. Su amigo, San Epifanio, después de practicar la vida monástica en Egipto, fundó un monasterio cerca Eleuterópolis en Palestina, en algún lugar cerca del año 330 o quizás un poco más tarde.

Hubo numerosos monasterios en Jerusalén y sus alrededores en una fecha muy temprana. Para nombrar sólo unos pocos, allí estaba el monasterio del Monte de los Olivos, del que salió Paladio en su recorrido por los monasterios egipcios; allí también había dos monasterios para mujeres, construidos por Melania la Mayor y la Joven respectivamente. En Belén Santa Paula fundó tres monasterios para mujeres y uno para hombres alrededor del año 387. Además en Belén estaba el monasterio donde Casiano comenzó su vida religiosa unos años antes. Las lauras, que eran muy numerosas, formaban una característica conspicua en el monacato palestino. La primera parece haber sido fundada antes del 334 por San Caritón en Farán, a unas pocas millas de Jerusalén; más tarde ese mismo santo fundó dos más en Jericó y en Suca.

San Eutimio (473) fundó otro famoso en el valle del Cedrón. Cerca de Jericó estaba la laura gobernada por San Gerásimo (475). Afortunadamente se han conservado algunos detalles respecto a las reglas de esta laura en una muy antigua Vida de San Eutimio. Consistía de un cenobio donde novicios y otros menos aventajados practicaban la vida cenobítica. Había también setenta celdas para ermitaños, los cuales vivían y trabajaban solos en sus celdas cinco días a la semana. El sábado traían su trabajo al cenobio, donde, después de recibir la Sagrada Comunión el domingo, compartían alguna comida cocinada y un poco de vino. El resto de la semana su alimento era pan, dátiles y agua. Cuando alguno de ellos pedía que se le permitiera calentar alguna agua para poder cocinar y tener alguna lámpara para leer, se les contestaba que si deseaban vivir de tal modo, mejor se fueran a vivir al cenobio (Acta SS., 1 marzo 386,87).

Cuando San Juan Crisóstomo era un hombre joven, Antioquía estaba llena de ascetas y las montañas vecinas estaban pobladas de ermitaños. Tan grande fue el impulso que llevaba a los hombres a la vida solitaria que en algún momento hubo una protesta, que llegó casi a persecución, entre los cristianos así como los paganos, contra los que abrazaban esa condición. Esta fue la ocasión del tratado de San Crisóstomo contra los oponentes del monacato. En el primer libro trata sobre la culpa incurrida por ellos; el segundo y tercero iban dirigidos a un padre pagano y a uno cristiano respectivamente que se oponían al deseo de sus hijos a abrazar el estado monástico. La patética escena entre el santo y su madre, que él describe en el comienzo de la "De Sacertio", debe ser típica de lo que sucedía en muchos hogares cristianos. Él mismo hasta el momento cedió a los ruegos de su madre que se sintió satisfecho con la vida ascética en su casa hasta su muerte. Palestina y Antioquía basten como ejemplos de la rápida difusión del monaquismo fuera de Egipto. Hay abundante evidencia del fenómeno en todos los países entre el Mediterráneo y Mesopotamia; y Mesopotamia, según San Jerónimo, cuyo testimonio está ampliamente confirmado por otros autores, rivalizó con Egipto mismo en cuanto al número y la santidad de sus monjes (Comm., En Isaías, 5, XIX).

Llegamos ahora a un nombre segundo en importancia sólo al de San Antonio para la historia del monacato oriental. Antes de abrazar el estado monástico San Basilio el Grande hizo un estudio cuidadoso del monacato en Egipto, Palestina, Celesiria, y Mesopotamia. El resultado fue una decidida preferencia por la vida cenobítica. Fundó varios monasterios en el Ponto, uno de los cuales presidió él mismo durante un tiempo, y muy pronto se propagaron por Oriente monasterios modelados por el suyo. Sus monjes se juntaban para la "salmodia" y "genuflexiones" siete veces al día, de acuerdo con la "Septies in die laudem dixi tibi" (Sal. 119(118),164); a medianoche ("Media nocte surgebam“— Ibid., 62), por la tarde, en la mañana y al mediodía (Sal.55(54),18), a la hora tercia, a la hora de Pentecostés, y en la nona, la hora sagrada de la Pasión. Para completar el total de siete, la oración del mediodía se dividía en dos partes separadas por la comida comunitaria (Sermo "Asceticus", edición benedictina, 2, 321).

El ideal monástico de San Basilio se expone en una colección de sus escritos conocido como el "Asceticon", o "Ascetica", la más importante de las cuales son las "Regulae fusius tractatae”, una serie de respuestas a preguntas, en número de cincuenta y cinco, y la "Regulae brevius tractatae”, en la que se responde brevemente a trescientos trece preguntas. No debe suponerse que las "Regulae” forman una regla, aunque sería posiblemente una buena idea constituir una a partir de ellas. Son respuestas a preguntas que surgirían naturalmente entre personas que ya están en posesión de un marco de costumbres o tradiciones. A veces tratan de cuestiones prácticas, pero no pocas veces tratan sobre cuestiones relativas a la vida espiritual.

No sería fácil exagerar la influencia de San Basilio sobre el monacato primitivo: él suministró el tipo que finalmente prevaleció. Sin embargo, se deben tener en cuenta dos puntos de suma importancia que marcan la diferencia entre los monasterios de Oriente y Occidente: (1) Él no redactó una regla, sino que dio un modelo o patrón, lo cual es una cosa más elástica. (2) Él no fue el fundador de una orden religiosa. Ningún oriental lo fue, excepto San Pacomio. Una orden, según entendemos el término, es un producto puramente occidental. Un escritor, que ciertamente no subestima la influencia de San Basilio, escribe: "No es suficiente afirmar que la orden de Basilio es un mito. Hay que ir más lejos y renunciar a llamar basilios a los monjes bizantinos. Los más interesados nunca han tomado este título, y no conozco ningún escritor oriental que se lo haya otorgado jamás" (Pargoire en "Dict. d'Archéologie chretienne ", s.v. "Basile"). En una palabra, cada monasterio es una orden en sí mismo. Con San Basilio el monacato oriental alcanzó su etapa final —comunidades de monjes llevando una vida contemplativa y dedicándose completamente a la oración y al trabajo. La vida cenobítica se volvió continuamente la forma normal de la vocación religiosa, y la forma eremítica, la forma excepcional, que requiere una extensa formación previa.

Hablaremos ahora de los motivos sobre los que San Basilio basó su decisión —una decisión tan trascendental para la historia futura del monacato— a favor de la vida cenobítica. La vida con los demás es más conveniente porque, en primer lugar, incluso para el suministro de sus necesidades corporales, los hombres dependen unos de otros. Además, existe la ley de la caridad. El solitario se tiene en consideración sólo a sí mismo; sin embargo, "la caridad no se busca a sí misma". Además, el ermitaño no descubrirá igualmente sus defectos, ya que no hay nadie que lo corrija con mansedumbre y misericordia. Hay preceptos de caridad que sólo se pueden cumplir en la vida cenobítica. Los dones del Espíritu Santo no se dan todos a todos los hombres, sino que uno se le da a un hombre y otro a otro. No podemos ser partícipes de los dones no otorgados a nosotros mismos si vivimos por nosotros mismos.

El gran peligro para el solitario es la autocomplacencia; nadie lo pone a prueba, por lo que es incapaz de percibir sus errores o su progreso. ¿Cómo puede aprender humildad cuando no hay nadie a ser preferido antes que él? ¿O paciencia cuando no hay nadie ante quien ceder? ¿A quién lavaremos los pies? ¿Para quién seremos sirvientes? (Reg. Fus. Tract., Q. VII). Esta condena de la vida eremítica es interesante por lo que casi podría llamarse su docilidad. Uno esperaría al menos un cuadro morboso de los peligros que corría el solitario, el delirio, la melancolía culminante en la desesperación, las caídas morales y espirituales terribles, el abandono de la vocación religiosa por la vida de vicio, y así sucesivamente. Pero en lugar de esas cosas tenemos poco más de lo que equivale a desventajas y el riesgo de algo simple y clases de fracaso comunes, contra los cuales la vida común proporcionaba la mejor protección. Claramente San Basilio encontró poco que fuese trágico durante los dos años que estuvo investigando el monacato en Egipto, Mesopotamia y en otros lugares.

Podría suponerse que un veredicto tan inflexible contra la vida eremítica excitaría un conflicto feroz. Como cuestión de hecho, no hizo nada por el estilo. A fines del siglo IV Palestina comenzó a reemplazar a Egipto como el centro de la vida monástica, y en Palestina la laura y el monasterio estaban en perfecta armonía. El de San Gerásimo, a cuyo cenobio ya nos hemos referido, se puede tomar como un ejemplo típico. La autoridad de San Basilio era igual a la de San Antonio entre los líderes del monacato palestino; sin embargo, tomaron como cuestión de rutina que la vida en el laura era la más perfecta, aunque bajo circunstancias normales no se debía entrar a ella antes de haber recibido el aprendizaje en un cenobio. La paradoja no es tan grande como puede parecer a primera vista. El habitante del laura estaba bajo el mandato de un archimandrita o abad y así no estaba expuesto a los peligros del estado puramente eremítico.

El monacato había pasado así a formar parte de la vida de la Iglesia que se legisló sobre él especialmente en el Concilio de Calcedonia. No se podían erigir monasterios sin el permiso del obispo; los monjes recibirían el honor debido, pero no debían mezclarse con los asuntos de la Iglesia o el Estado. Debían estar sujetos al obispo, etc. (Can. IV). Los clérigos y monjes no servirían en la guerra o abrazarían una vida secular (Can. VII). Los monasterios no debían ser secularizados (Can. XXIV). (Vea el artículo Concilio de Calcedonia.

Según San Basilio, se debía escoger lugares solitarios para los lugares de los monasterios; sin embargo, ellos pronto encontraron su camino a las ciudades. De acuerdo a un estudioso, al menos quince monasterios se fundaron en Constantinopla en la época de Constantino el Grande; pero otros afirman que los tres más antiguos sólo se remontan a la época de Teodosio I (375-95). Para 518 había al menos cincuenta y cuatro monasterios en Constantinopla. Sus nombres y los de sus directores aparecen en una petición dirigida por los monjes de Constantinopla al Papa Hormisdas en 518.


Fuente: Bacchus, Francis Joseph. "Eastern Monasticism Before Chalcedon (A.D. 451)." The Catholic Encyclopedia. Vol. 10, pp. 464-467. New York: Robert Appleton Company, 1911. 25 Oct. 2016 <http://www.newadvent.org/cathen/10464a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina