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Martes, 31 de marzo de 2020

Diferencia entre revisiones de «Historia Eclesiástica»

De Enciclopedia Católica

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(Tercer Período)
(Fuentes de la Historia Eclesiástica)
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==Fuentes de la Historia Eclesiástica==
 
==Fuentes de la Historia Eclesiástica==
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Las fuentes históricas son aquellos productos humanos que originalmente estaban destinados o que —debido a su existencia, origen y otras condiciones— se ajustan de manera preeminente para proporcionar [[conocimiento]] y evidencia de hechos históricos. Las fuentes de la historia eclesiástica son, por lo tanto, cualquier cosa, ya sea por su objeto o por otras circunstancias, que pueda arrojar luz sobre los hechos que conforman la vida eclesiástica del pasado. Estas fuentes se dividen naturalmente en dos clases:
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::*(a)  Restos (''reliquiœ, Ueberreste'') o fuentes inmediatas, es decir, tales que prueban un hecho directamente, al ser ellas mismas parte o remanente del hecho.  A esta clase pertenecen los restos en el sentido más estricto de la palabra, por ejemplo, costumbres [[liturgia |litúrgicas]], instituciones eclesiásticas, [[Actas Canónicas |actas]] de los [[Papa]]s y [[concilio]]s, productos de [[Arte Eclesiástico |arte]], etc.; también monumentos establecidos para conmemorar eventos, por ejemplo, inscripciones. 
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::*(b) La [[Tradición y Magisterio Vivo |tradición]] o fuentes mediatas, es decir, las que se basan sobre las declaraciones de [[testigo]]s que comunican un evento a otros.  La tradición puede ser oral (narrativa y leyendas), escrita (escritos de autores particulares) o pictóricas ([[Pintura Religiosa |pinturas]], [[escultura |estatuas]]). 
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El tratamiento crítico de los dos tipos de fuentes difiere. Por lo general, es suficiente demostrar la [[auténtico |autenticidad]] e integridad de los "restos" para establecer la validez de su evidencia.  Al tratar con la tradición, por otro lado, debe [[prueba |probarse]] que el autor de la fuente en cuestión merece crédito, también que le fue posible conocer el hecho. Las fuentes se dividen además en:
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::*(a) de acuerdo a su origen, en ''divinas'' (los escritos sagrados canónicos) y ''humanas'' (todas las demás fuentes);
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::*(b) de acuerdo con la posición del autor, en ''públicas'' (tales como las que proceden de una [[persona]] oficial o magistrado, por ejemplo, escritos papales, [[decreto]]s de [[concilio]]s, cartas pastorales de [[obispo]]s, reglas de [[Vida Religiosa |órdenes]], etc.); y ''privadas'' (las que provienen de una persona que no ocupa un cargo público, o de un funcionario en su capacidad privada, por ejemplo, biografías, obras de escritores eclesiásticos, cartas privadas, etc.);
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::*(c)  de acuerdo a la [[religión]] del autor, en ''domésticas'' (de origen [[cristianismo |cristiano]]) y ''extranjeras'' (es decir, escritas por no cristianos);
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::* (d)  de acuerdo a la manera de transmisión, en ''escritas'' (inscripciones, actas públicas, escritos de todas clases) y ''no escritas'' (monumentos, historias de productos de arte, leyendas, etc.). 
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En los tiempos modernos las antedichas fuentes históricas han sido investigadas total y críticamente por numerosos eruditos y ahora están fácilmente accesibles a todos en buenas ediciones.  Aquí será suficiente un bosquejo muy general de estas fuentes (vea artículos especiales en esta Enciclopedia). 
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'''RESTOS''': 
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Los restos del pasado de [[la Iglesia]], que dan evidencia directa de hechos históricos, son los siguientes:
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::* (1) Inscripciones, es decir, textos escritos en material duradero, que estaban destinados a perpetuar el [[conocimiento]] de ciertos actos, o que describen el carácter y el propósito de un objeto en particular. Las [[Inscripciones Cristianas Primitivas |inscripciones]] [[cristianismo |cristianas]] de diferentes épocas y países ahora están disponibles en numerosas colecciones.
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::* (2) Monumentos erigidos con propósitos cristianos, especialmente [[tumba]]s, [[Edificaciones Eclesiásticas |edificios]] sagrados, [[monasterio]]s, [[hospitales]] para los enfermos y [[peregrinaciones |peregrinos]]; objetos usados en la liturgia o [[Devociones Privadas |devociones privadas]]. 
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::* (3) [[liturgia |Liturgias]], [[Ritual |rituales]], particularmente [[Libros Litúrgicos |libros litúrgicos]] de varias clases, que una vez se usaron en el servicio divino.
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::* (4) [[necrologías |Necrologías]] y libros de [[cofradía]]s usados en las [[oración |oraciones]] y servicios públicos para vivos y muertos. 
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::* (5) [[Actas Canónicas |Actas]] papales, [[Bulas y Breves |bulas y breves]] en gran medida editadas en los [[bularios |“Bullaria”]], [[''Regesta'' Papal |“Regesta”]] papales y colecciones eclesiástico nacionales especiales. 
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::* (6) Actas y [[decreto]]s de [[Concilios Generales |concilios generales]] y de [[sínodo]]s particulares. 
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::* (7)  Colecciones de decretos oficiales de las [[Congregaciones Romanas]], [[obispo]]s y otras [[jerarquía |autoridades]] eclesiásticas. 
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::* (8)  [[Regla de Fe |Reglas de fe]] (''Symbola fidei'') redactadas para el uso público de [[la Iglesia]], de las cuales se han hecho varias colecciones. 
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::* (9) Colecciones oficiales de [[Derecho Canónico |leyes eclesiásticas]] jurídicamente [[obligación |vinculantes]] para toda la Iglesia.
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::* (10) reglas y constituciones de [[Vida Religiosa |órdenes]] y congregaciones.
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::* (11) [[concordato |Concordatos]] entre el [[Autoridad Civil |poder secular]] y el [[jerarquía |eclesiástico]].
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::* (12) Las [[ley]]es civiles, ya que a menudo contienen asuntos relacionados con la [[religión]] o de [[interés]] eclesiástico.
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'''TRADICIÓN''': 
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Aquí hablamos de aquellas fuentes que se basan en la mera [[Tradición y Magisterio Vivo |tradición]] y que, a diferencia de los restos, no son parte del hecho. Son:
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::*(1) Colecciones de [[Actas de los Mártires |actas de los mártires]], de [[Leyendas de los Santos |leyendas]] y vidas de los [[Comunión de los Santos |santos]].
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::* (2) Colecciones de vidas de los [[Papa]]s ([[Liber Pontificalis]]) y de [[obispo]]s de iglesias particulares.
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::* (3) Obras de escritores eclesiásticos, las cuales contienen información acerca de eventos históricos; en alguna medida toda la literatura eclesiástica pertenece a esta categoría.
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::* (4) Obras eclesiástico-históricas, que toman más o menos el carácter de las fuentes, especialmente por la época en que vivieron sus autores.
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::* (5) Representaciones pictóricas ([[Pintura Religiosa |pinturas]], [[escultura]]s, etc.). 
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Las anteriores están accesibles en varias colecciones, en parte en ediciones de obras de autores particulares ([[Padres de la Iglesia]], [[Teología Dogmática |teólogos]], historiadores), en parte en colecciones históricas que contienen escritos de diferentes autores correlacionados en contenido, o en todas las fuentes escritas tradicionales para una región dada.
  
 
==Ciencias Auxiliares==
 
==Ciencias Auxiliares==

Revisión de 12:46 16 feb 2020

Naturaleza y Oficio

La historia eclesiástica es la investigación científica y la descripción metódica del desarrollo temporal de la Iglesia considerada como una institución fundada por Jesucristo y guiada por el Espíritu Santo para la salvación de la humanidad.

De manera general, el tema de la historia es todo lo que sufre cambios debido a su existencia en el tiempo y el espacio; más particularmente, sin embargo, es el desarrollo genético o natural de hechos, eventos, situaciones, que la historia contempla. El tema principal de la historia es el hombre, ya que los cambios externos en su vida afectan de cerca sus intereses intelectuales. Hablando objetivamente, la historia es el desarrollo genético de la mente humana y de la vida humana misma en sus diversos aspectos, tal como se presenta ante nosotros en una serie de hechos, ya sea que se refieran a individuos, a toda la raza humana, o a cualquiera de sus varios grupos. Vista subjetivamente, la historia es la apercepción y la descripción de este desarrollo y, en el sentido científico, la comprensión de este expuesto de manera metódica y sistemática.

La historia de la humanidad puede tener tantas divisiones como la vida humana tiene aspectos o lados. Su forma más noble es la historia de la religión, tal como se desarrolló en el pasado entre los diferentes grupos de la raza humana. La razón muestra que solo puede haber una religión verdadera, basada en el conocimiento verdadero y la adoración adecuada del único Dios. Gracias a la luz de la revelación, sabemos que esta única religión verdadera es la religión cristiana y, dado que existen diferentes formas de la religión cristiana, la religión verdadera es en particular la conocida como católica, concreta y visible en la Iglesia Católica. La historia del cristianismo, por lo tanto, o más propiamente la historia de la Iglesia Católica, es la parte más importante y edificante de la historia de la religión. Además, la historia de la religión es necesariamente una historia de asociaciones religiosas, ya que la vida específicamente humana, es decir, moral —y, por lo tanto, religiosa—, es necesariamente de carácter social. Cada religión, por lo tanto, apunta naturalmente a alguna forma de organización social, el cristianismo aún más, ya que es la religión más elevada y perfecta.

Hay tres etapas en la formación de las asociaciones religiosas:

(1) Las asociaciones religiosas de paganos, es decir, de aquellos que no tenían o no tienen un conocimiento claro del único Dios verdadero. Entre ellos, cada pueblo tiene sus propios dioses, la religión coincide con la nacionalidad y no vive una vida independiente, mientras que la asociación religiosa está estrechamente relacionada o más bien ligada al orden civil, y es, como este último, esencialmente particularista.
(2) La comunidad religiosa de los judíos. Aunque esta también estaba estrechamente relacionada con el gobierno teocrático del pueblo judío, y por lo tanto particularista y limitada a una nación, seguía siendo el custodio de la revelación divina.
(3) El cristianismo, que contiene la plenitud o perfección de la revelación divina, dada a conocer a la humanidad por el Hijo de Dios mismo. En él se realizan todos los prototipos que aparecen en el judaísmo. Por su propia naturaleza, es universal, destinada a todos los hombres y todas las edades. Difiere profundamente de todas las demás organizaciones, vive su propia vida independiente, posee en su plenitud toda la verdad religiosa y, en oposición a la religión judía, reconoce el espíritu de amor como su principio más elevado, y penetra y comprende toda la vida espiritual del hombre. Su culto es a la vez la forma más sublime y más pura de adoración divina. Difiere profundamente de todas las demás organizaciones, vive su propia vida independiente, posee en su plenitud toda la verdad religiosa y, en oposición a la religión judía, reconoce el espíritu de amor como su principio más elevado y penetra y comprende toda la vida espiritual del hombre. Es en todos los sentidos sin par entre las asociaciones humanas.

Los anales del cristianismo en su sentido más amplio ocasionalmente datan desde la creación del hombre, ya que se le hizo una revelación divina desde el principio. Sin embargo, dado que Cristo es el fundador de la religión perfecta que deriva su nombre de Él, y que Él estableció como una asociación libre e independiente y una posesión sublime común de toda la raza humana, el comienzo de la historia del cristianismo se puede tomar más naturalmente con la vida terrenal del Hijo de Dios. Sin embargo, el historiador debe lidiar con las edades que preceden a este período trascendental, en la medida en que prepararon a la humanidad para la venida de Cristo, y son una aclaración necesaria de aquellos factores que influyeron en el desarrollo histórico del cristianismo. (Vea LEY NATURAL; LEY DIVINA; DIOS).

La forma histórica externa del cristianismo, vista como la asociación religiosa de todos los fieles que creen en Cristo, es la Iglesia. Como la institución que el Hijo de Dios fundó para la realización en la tierra del Reino de Dios y para la santificación del hombre, la Iglesia tiene un doble elemento: el divino y el humano. El elemento divino comprende todas las verdades de fe que su Fundador le confió: —su legislación y los principios fundamentales de su organización como un instituto destinado a la guía de los fieles, la práctica del culto divino y la custodia de todos los medios por los que el hombre recibe y sostiene su vida sobrenatural (vea SACRAMENTOS; GRACIA).

El elemento humano en la Iglesia aparece en la forma en que el elemento divino se manifiesta a sí mismo con la cooperación del libre albedrío humano y bajo la influencia de factores terrenales. El elemento divino es inmutable y, estrictamente hablando, no cae dentro del alcance de la historia; el elemento humano, por otro lado, está sujeto a cambios y desarrollo, y es debido a que la Iglesia tiene una historia. El cambio aparece ante todo debido a la extensión de la Iglesia en todo el mundo desde su fundación. Durante esta expansión, se revelaron varias influencias, en parte desde dentro de la Iglesia, en parte desde afuera, como consecuencia de lo cual la expansión del cristianismo se vio obstaculizada o adelantada. La vida interior de la religión cristiana está influenciada por varios factores: la sinceridad moral, por ejemplo, y una realización seria de los objetivos de la Iglesia por parte de los cristianos promueven el logro de sus intereses; por otro lado, cuando un espíritu mundano y un bajo nivel de moralidad infectan a muchos de sus miembros, la acción de la Iglesia se ve gravemente impedida. Por consiguiente, aunque la enseñanza de la Iglesia es en sí misma inmutable en cuanto a su contenido material, considerada como revelación sobrenatural, todavía hay espacio para un desarrollo formal de nuestra aprehensión científica y la explicación de ella a través de nuestras facultades naturales. El desarrollo de la jerarquía y la constitución eclesiástica, del culto de la Iglesia, de la legislación y la disciplina que regulan las relaciones entre los miembros de la Iglesia y mantienen el orden, ofrecen no pocos cambios que son un tema apropiado para la investigación histórica.

Ahora estamos en condiciones de comprender el alcance de la historia eclesiástica. Consiste en la investigación científica y el tratamiento metódico de la vida de la Iglesia en todas sus manifestaciones desde el comienzo de su existencia hasta nuestros días entre las diversas divisiones de la humanidad alcanzadas hasta ahora por el cristianismo. Si bien la Iglesia sigue siendo esencialmente la misma a pesar de los cambios que sufre en el tiempo, estos cambios ayudan a exhibir más plenamente su vida interna y externa. En cuanto a esta última, la historia eclesiástica da a conocer en detalle la expansión local y temporal o la restricción de la Iglesia en varios países, e indica los factores que influyen en la misma (historia de las misiones, en su sentido más amplio), también la actitud que los estados individuales o los cuerpos políticos y otras asociaciones religiosas asumen hacia ella (historia de la política eclesiástica, de las herejías y su refutación, y de las relaciones de la Iglesia con las asociaciones religiosas no católicas).

Si nos volvemos a la vida interna de la Iglesia, la historia eclesiástica trata del desarrollo de la enseñanza eclesiástica, basada en el depósito de la fe sobrenatural original (historia del dogma, de la teología eclesiástica y de las ciencias eclesiásticas en general), del desarrollo del culto eclesiástico en sus diversas formas (historia de la liturgia), de la utilización de las artes en el servicio de la Iglesia, especialmente en relación con el culto (historia del arte eclesiástico), de las formas de gobierno eclesiástico y el ejercicio de las funciones eclesiásticas (historia de la jerarquía, de la constitución y ley de la Iglesia), de las diferentes formas de cultivar la vida religiosa perfecta (historia de las órdenes religiosas), de las manifestaciones de la vida y sentimientos religiosos entre las personas, y de las reglas disciplinarias por las cuales se conserva y cultiva la moralidad cristiana y por la cual se santifican los fieles (historia de la disciplina, vida religiosa, civilización cristiana).

Método y Características

El historiador eclesiástico debe aplicar los principios y las reglas generales del método histórico exactamente y en su totalidad, y debe aceptar en su valor apropiado todos los hechos que han demostrado ser ciertos. La piedra angular de toda ciencia histórica es el establecimiento cuidadoso de los hechos. El historiador eclesiástico logrará esto mediante un conocimiento completo y un tratamiento crítico de las fuentes. Una interpretación objetiva, razonable e imparcial de las fuentes, basada en las leyes de la crítica, es el primer principio del verdadero método de la historia eclesiástica. La instrucción sistemática en este campo se obtiene a través de las ciencias históricas generalmente conocidas como auxiliares o introductorias, es decir, paleografía, diplomática y crítica.

En segundo lugar, al discutir los hechos, la historia eclesiástica debe determinar y explicar la relación de causa y efecto en los eventos. No es suficiente simplemente establecer una cierta serie de eventos en su aspecto objetivo; el historiador también está obligado a dejar al descubierto sus causas y efectos. Tampoco es suficiente considerar solo aquellos factores que yacen en la superficie y son sugeridos por los eventos mismos, por así decirlo: se debe traer a la luz las causas internas, más profundas y reales. Según en el mundo físico no hay efecto sin una causa adecuada, así también en el mundo espiritual y moral cada fenómeno tiene su causa particular, y es a su vez la causa de otros fenómenos. En el mundo ético y religioso los hechos son la realización concreta o el resultado de ideas y fuerzas espirituales definidas, no solo en la vida del individuo, sino también en la de los grupos y asociaciones. Los individuos y grupos, sin excepción, son miembros de una raza humana creada para un destino sublime más allá de esta vida mortal. Así, la acción del individuo ejerce su influencia sobre el desarrollo de toda la raza humana, y es cierto de manera especial en la vida religiosa. Por lo tanto, la historia eclesiástica debe darnos una idea de esta vida moral y religiosa, y poner claramente ante nosotros el desarrollo de las ideas activas en ella, tal como aparecen tanto en el individuo como en los grupos de la raza humana.

Además, para descubrir completamente las causas realmente decisivas de un evento dado, el historiador debe tener en cuenta todas las fuerzas que concurren en producirlo. Esto es particularmente cierto en el libre albedrío del hombre, una consideración de gran importancia para formar un juicio sobre los fenómenos éticos. Se deduce que la influencia de individuos dados sobre el desarrollo de todo el cuerpo debe ser apreciada adecuadamente. Además, las ideas que alguna vez estuvieron en boga en las esferas religiosa, social y política, y que a menudo sobreviven en las masas populares, deben ser justamente apreciadas, ya que ayudan, aunque como regla imperceptible, a determinar los actos voluntarios de los individuos, y de ese modo preparar el camino para el trabajo de personas especialmente prominentes, y así hacer posible la influencia de los individuos sobre toda la raza. Por lo tanto, la historia científica de la Iglesia debe tener en cuenta tanto los factores individuales como los generales en su investigación de la conexión genética de los fenómenos externos, al mismo tiempo sin perder de vista la libertad de la voluntad del hombre. El historiador eclesiástico, además, de ninguna manera puede excluir la posibilidad de factores sobrenaturales. Que Dios no puede intervenir en el curso de la naturaleza y que, por lo tanto, los milagros son imposibles es una suposición que no ha sido ni puede ser probada, y que hace imposible una correcta apreciación de los hechos en su realidad objetiva. Aquí aparece la diferencia entre el punto de vista del historiador cristiano creyente, que tiene en cuenta no solo la existencia de Dios sino también las relaciones de las criaturas con Él, y el del historiador racionalista e infiel, que rechaza incluso la posibilidad de intervención divina en el curso de la ley natural.

La misma diferencia de principio aparece en la apreciación teleológica de los diversos fenómenos y su conexión causal. El historiador eclesiástico creyente no está satisfecho con establecer los hechos y determinar la relación interna de causa y efecto; él también estima el valor y la importancia de los eventos en su relación con el objeto de la Iglesia, cuyo único objetivo dado por Cristo es realizar la economía divina de la salvación para el individuo así como para toda la raza y sus grupos particulares. Sin embargo, este ideal no fue perseguido con igual intensidad en todo momento; hubo causas externas que a menudo ejercieron una gran influencia. En su juicio sobre tales eventos, el historiador cristiano tiene en cuenta el hecho de que el fundador de la Iglesia es el Hijo de Dios, y que la Iglesia fue instituida por Él para comunicar a con toda la raza humana, con la ayuda del Espíritu Santo, su salvación por medio de Cristo. Es desde este punto de vista que el historiador cristiano estima todos los eventos particulares en su relación con el fin o el propósito de la Iglesia. El historiador incrédulo, por otro lado, reconoce solo las fuerzas naturales tanto en el origen como a lo largo del desarrollo del cristianismo, y al rechazar la posibilidad de cualquier intervención sobrenatural, es incapaz de apreciar la obra de la Iglesia en la medida en que es el agente del designio divino.

Las consideraciones anteriores nos permiten también comprender en qué sentido la historia eclesiástica debe ser pragmática. El historiador eclesiástico aplica primero ese pragmatismo filosófico que rastrea la génesis de los eventos desde un punto de vista natural y a la luz de la filosofía de la historia, y trata de descubrir las ideas que subyacen o están encarnadas en ellos. Pero a esto debe agregarse el pragmatismo teológico, que se apoya en la verdad revelada sobrenatural, y se esfuerza por reconocer la agencia de Dios y su providencia, y así rastrear (en la medida de lo posible para la mente creada) el propósito eterno de Dios como se manifiesta en el tiempo. El historiador católico insiste en el carácter sobrenatural de la Iglesia, sus doctrinas, instituciones y estándares de vida, en la medida en que descansen en la revelación divina y reconozcan la guía continua de la Iglesia por el Espíritu Santo. Todo esto es para él realidad objetiva, verdad certera y el único fundamento del verdadero pragmatismo científico de la historia eclesiástica. Este punto de vista no obstaculiza ni debilita, sino que guía y confirma la comprensión histórica natural de los eventos, así como sus verdaderas investigaciones y tratamiento crítico. También incluye el reconocimiento pleno y el uso del método histórico científico. De hecho, la historia de la Iglesia exhibe más claramente una guía especial y la providencia de Dios.

Una característica final que la historia eclesiástica tiene en común con todas las demás especies de la historia es la imparcialidad. Esta consiste en liberarse de todo prejuicio infundado y personal contra personas o hechos, en una voluntad honesta de reconocer la verdad según la ha revelado la investigación concienzuda, y describir los hechos o eventos como fueron en realidad; en palabras de Cicerón, no afirmar ninguna falsedad y no ocultar ninguna verdad (ne quid falsi dicere audeat, ne quid veri dicere non audeat, "De Oratore", II, ix, 15). De ninguna manera consiste en dejar de lado esas verdades sobrenaturales que hemos llegado a conocer, o en quitar todas las convicciones religiosas. Exigir al historiador eclesiástico la ausencia de todos los puntos de vista antecedentes (Voraussetzungslosigkeit) no solo es completamente irracional, sino un delito contra la objetividad histórica. Podría mantenerse solo sobre la hipótesis "ignoramus et ignorabimus", es decir, que el fin de la investigación científica no es el descubrimiento de la verdad, sino simplemente la búsqueda de la verdad sin encontrarla nunca. Sin embargo, tal hipótesis es bastante imposible de defender, pues la afirmación de los escépticos y racionalistas de que la verdad sobrenatural, o incluso la verdad objetiva simple de cualquier tipo, está fuera de nuestro alcance, es en sí misma una hipótesis antecedente sobre la cual el historiador incrédulo basa su investigaciones Por lo tanto, es solo una imparcialidad simulada, que el historiador racionalista muestra cuando prescinde completamente de la religión y el carácter sobrenatural de la Iglesia.

División

El rico y abundante material para investigación científica que nos ofrece la larga vida de la Iglesia ha sido tratado de diversas maneras por los historiadores. Primero debemos mencionar las grandes obras exhaustivas de carácter universal, en las que se tiene en cuenta todo el desarrollo temporal de la Iglesia (historia eclesiástica universal); junto a estas obras encontramos numerosas investigaciones sobre individuos e instituciones particulares de la Iglesia (historia eclesiástica especial). Estas exposiciones particulares tratan la vida interna o externa de la Iglesia, como se ha explicado más arriba, y así conducen a una distinción entre la historia interna y externa. Sin embargo, hay muchas obras que deben considerar ambas fases de la vida religiosa; a esta clase pertenecen no solo las obras sobre la historia de la iglesia en general, sino también muchas cuyo ámbito se limita a esferas definidas (por ejemplo, historias de los Papas).

La historia eclesiástica especial cae naturalmente en tres clases principales. Primero nos encontramos con relatos de las vidas y la actividad de las personas (biografías) que fueron durante su vida de especial importancia para la vida de la Iglesia. Además, la historia eclesiástica especial trata sobre partes y divisiones particulares de la Iglesia de tal manera que se discute toda la historia de una parte determinada o solo se seleccionan características de ella. Así tenemos descripciones históricas de países individuales o partes de ellos, por ejemplo, diócesis, parroquias, monasterios, iglesias. A ella también pertenece la historia de las misiones, un tema de importancia trascendental. Finalmente, después de una selección de temas especiales de toda la masa de material (especialmente de la historia interna de la Iglesia), estos son investigados y tratados por separado. Así tenemos la historia de los Papas, los cardenales, los concilios, las colecciones de las vidas y las leyendas de los santos, la historia de las órdenes y las congregaciones; también de patrología, dogma, liturgia, culto, las leyes, constitución e instituciones sociales de la Iglesia.

Historia Universal de la Iglesia

El oficio de la historia eclesiástica universal es, como su nombre lo indica, exhibir una descripción equilibrada de todas las fases de la vida eclesiástica. La investigación y el tratamiento de los diversos fenómenos en la vida de la Iglesia proporcionan el material del cual se construye la historia universal de la iglesia. Primero debe tratar de la única Iglesia verdadera que, desde la época de los apóstoles, por su existencia ininterrumpida y sus atributos únicos, ha demostrado ser esa asociación cristiana que es la única en plena posesión de la verdad revelada: la Iglesia Católica. Además, debe tratar con esas otras asociaciones religiosas que pretenden ser la Iglesia de Cristo, pero en realidad se originaron a través de la separación de la verdadera Iglesia. El historiador católico no admite que las diversas formas de la religión cristiana puedan tomarse, en términos generales, como un todo conectado, ni las considera una y todas como intentos imperfectos de adaptar las enseñanzas e instituciones de Cristo a las necesidades cambiantes de los tiempos, ni como pasos progresivos hacia una futura unidad superior en la que solo debemos buscar el ideal perfecto del cristianismo. Solo hay una revelación divina que nos dio Cristo y solo una tradición eclesiástica basada en ella; por lo tanto, una sola Iglesia puede ser la verdadera, es decir, la Iglesia en la que se encuentra la antedicha revelación en su plenitud, y cuyas instituciones se han desarrollado sobre la base de esta revelación y bajo la guía del Espíritu Santo. Asumir la igualdad entre las diversas formas de la religión cristiana sería equivalente a una negación del origen divino y el carácter sobrenatural de la Iglesia.

Sin embargo, si bien la Iglesia Católica es el tema central de la historia eclesiástica universal, ella también debe considerar todas las demás formas de la religión cristiana, ya que se originaron por la secesión de la verdadera Iglesia y sus fundadores, en la medida en que cada forma se remonta a un fundador, fueron miembros externos de la Iglesia. Algunos de estos cuerpos separados aún conservan entre sus instituciones ciertas formas eclesiásticas que eran de uso común en el momento de su separación de la Iglesia, por lo que el conocimiento de tales instituciones es de alguna utilidad para los estudiantes de las condiciones eclesiásticas anteriores a la separación. Esto es cierto en una forma especial de las comunidades cristianas orientales, su liturgia y disciplina (Vea IGLESIAS ORIENTALES). Además, tales cuerpos cismáticos se convirtieron, por regla general, en enemigos acérrimos de la Iglesia; hostigaron y persiguieron a sus fieles seguidores y trataron de todas formas de inducirlos también a separarse. Surgieron nuevas discusiones doctrinales como resultado de estas secesiones, que terminaron generalmente en declaraciones más completas y exactas de la enseñanza cristiana, y hubo que adoptar nuevos métodos para anular los ataques realizados por los apóstatas contra la fe católica. De esta manera, las comunidades no católicas a menudo han influido indirectamente en el desarrollo de la vida interior de la Iglesia y el crecimiento de nuevas instituciones.

El vasto material que, desde estos puntos de vista, debe tratar una historia universal de la Iglesia, exige, por supuesto, un arreglo metódico. La historia eclesiástica generalmente se ha dividido en tres períodos principales, cada uno de los cuales se subdivide en épocas más cortas caracterizadas por cambios de una naturaleza menos universal:

Primer Período

La fundación de la Iglesia y el desarrollo de estándares fijos de vida eclesiástica dentro de los límites de la civilización grecorromana: —En este período, la extensión geográfica de la Iglesia se limita prácticamente a las tierras mediterráneas del Imperio Romano. Solo en unos pocos lugares, especialmente en Oriente, superó sus límites. La civilización grecorromana uniforme y universal que prevaleció allí fue un terreno propicio para el crecimiento de la nueva vida eclesiástica, que muestra tres fases principales:

(1) La fundación de la Iglesia por los apóstoles, esos pocos pero muy importantes años en los que los mensajeros del Reino de Dios, elegidos por Cristo mismo, establecieron el plan para todo el desarrollo posterior de la Iglesia (época apostólica).

(2) La expansión y formación interior de la Iglesia en medio de ataques más o menos violentos pero siempre persistentes por parte del gobierno romano (época de las persecuciones). En las diferentes provincias del Imperio Romano, y en Oriente, incluso más allá de sus límites, las comunidades cristianas surgieron a la vida guiadas originalmente por hombres que habían sido nombrados por los apóstoles y que continuaron su obra. Insignificantes al principio, estas comunidades aumentaron constantemente en membresía a pesar de la oposición igualmente constante del gobierno romano y sus intentos sanguinarios de represión. Fue entonces cuando la jerarquía eclesiástica, el culto y la vida religiosa asumieron formas fijas que condicionaron todo desarrollo posterior.

(3) La tercera época se caracteriza por una estrecha unión entre Iglesia y Estado, por la consecuente posición privilegiada del clero y la conversión completa del estado romano (el imperio cristiano). Las herejías respecto a la persona del Hijo de Dios encarnado traen al frente importantes preguntas dogmáticas. Los primeros grandes concilios pertenecen a esta época, así como la rica literatura eclesiástico-teológica de la antigüedad cristiana. Mientras tanto, la jerarquía eclesiástica y la administración se desarrollan más plenamente, la primacía de Roma se destaca notablemente como en la época anterior. El monacato introduce un factor nuevo e importante en la vida de la Iglesia. Las bellas artes se ponen al servicio de la Iglesia. En la mitad oriental del imperio, más tarde conocido como el Imperio Bizantino, este desarrollo continuó sin interrupciones; en Occidente, la invasión bárbara cambió radicalmente las condiciones políticas e impuso a la Iglesia la tarea urgente e importante de convertir y educar a las nuevas naciones occidentales, una tarea que ejecutó con gran éxito. Esto trajo un nuevo elemento a la vida de la Iglesia, tan importante que marca el comienzo de un nuevo período.

Segundo Período

La Iglesia como maestra y guía de los nuevos estados románicos, alemanes y eslavos de Europa, la secesión de la cristiandad oriental de la unidad eclesiástica y el derrocamiento final del Imperio Bizantino: —En este período ocurrieron eventos que durante un tiempo considerable afectaron en gran medida la vida eclesiástica. Se sugieren tres épocas principales.

(1) Los primeros siglos de esta época se caracterizan por el desarrollo de una estrecha unión entre el papado y la nueva sociedad occidental y por la separación de Oriente del centro de la unidad eclesiástica en Roma. La Iglesia llevó a cabo la gran obra de civilizar las naciones bárbaras de Europa. En consecuencia, su actividad fue muy polifacética, y obtuvo una influencia de gran alcance no solo en la vida religiosa, sino también política y social. A este respecto, la creación del Imperio Occidental. y sus relaciones con el Papa como jefe de la Iglesia fueron características de la posición de la Iglesia medieval. Es cierto que a esta alianza de los Papas con los carolingios siguió una profunda decadencia, la cual se manifestó no solo en roma, el centro de la Iglesia, donde la facciosa aristocracia romana usaba a los Papas como herramientas políticas, sino también en diferentes partes de Occidente. A través de la intervención del emperador alemán, los Papas retomaron su posición correcta, pero al mismo tiempo la influencia del poder secular en el gobierno de la Iglesia se volvió peligrosa e insoportable. La acción de Focio, el patriarca de Constantinopla, condujo a una ruptura con Roma, que estaba destinada a convertirse en definitiva.

(2) Una segunda parte de este período muestra cómo el Occidente cristiano se convirtió en la gran hermandad de pueblos bajo la guía suprema de una autoridad religiosa común. La vida popular en todas partes refleja este universalismo cristiano. En el conflicto con el poder secular, los Papas lograron llevar a cabo reformas eclesiásticas, y al mismo tiempo pusieron en marcha en Occidente el gran movimiento de las Cruzadas. Todos los intereses públicos se centraban en la vida eclesiástica. Los nobles y el pueblo, llenos del espíritu de fe, fomentaron vigorosamente los objetivos de la Iglesia a través de asociaciones poderosas. El papado se elevó al cenit de su poder, no solo en el ámbito religioso, sino también en el temporal. Las nuevas órdenes, particularmente las mendicantes, fomentaron una vida religiosa genuina en todos los niveles de la sociedad. Las universidades se convirtieron en los centros de una notable actividad intelectual, dedicada en su mayor parte al desarrollo de la teología. Se emprendió la construcción de magníficas iglesias en las ciudades y fue una evidencia inmediata del celo religioso y la vigorosa autoconfianza de los habitantes. Esta poderosa posición de la Iglesia y sus representantes conllevó, sin embargo, muchos peligros que surgieron por un lado de la creciente mundanalidad de la jerarquía, y por otro lado de la oposición a una centralización excesiva del gobierno eclesiástico en la curia papal, y el antagonismo de los príncipes y las naciones al poder político de los superiores eclesiásticos, particularmente los Papas.

(3) En consecuencia, una tercera época de este período está llena de reacciones contra los males de la época anterior, y con los malos resultados de la mundanalidad generalizada en la Iglesia y el declive de la vida sinceramente religiosa. Es cierto que el papado obtuvo una famosa victoria en su conflicto con el Hohenstaufen alemán, pero pronto cayó bajo la influencia de los reyes franceses, sufrió una grave pérdida de autoridad a través del Cisma Occidental y en los concilios de reforma (Constanza, Pisa, Basilea) se le hizo difícil detener una fuerte marea antipapal. Además, la autoridad civil se hizo más consciente de sí misma, de carácter más secular y con frecuencia hostil a la Iglesia; las intromisiones civiles en el dominio eclesiástico se multiplicaron. En general, las esferas de la autoridad espiritual y secular, los derechos de la Iglesia y los del Estado, no se definieron definitivamente hasta después de muchos conflictos, en su mayor parte perjudiciales para la Iglesia. El Renacimiento introdujo un elemento nuevo y secular a la vida intelectual; destronó de su supremacía los estudios eclesiásticos dominantes por largo tiempo, difundió ideas ampliamente paganas y materialistas, y opuso sus propios métodos a los del escolasticismo, que en muchos aspectos se había degenerado. Las nuevas herejías adquirieron un carácter más general. El llamado a la "reforma de la cabeza y los miembros", tan fuertemente expresado en los concilios de aquellos días, parecía justificar la creciente oposición a la autoridad eclesiástica. En los propios concilios, un constitucionalismo falso competía con la inmemorial primacía papal por la administración suprema de la Iglesia. Tantos fenómenos dolorosos sugieren la presencia de grandes abusos en la vida religiosa de Occidente. Simultáneamente, el Imperio Bizantino fue completamente derrocado por los turcos, el Islam se afianzó en el sudeste de Europa y amenazó a todo el Occidente cristiano.

Tercer Período

El colapso de la unidad religiosa entre las dos naciones occidentales, y la reforma desde dentro de la vida eclesiástica, realizada durante el conflicto contra la última de las grandes herejías: —La inmensa expansión geográfica de la Iglesia debido a la celosa actividad de sus misioneros a través de los cuales se ganó para la fe católica a América del Sur, parte de América del Norte y a muchos seguidores en Asia y África. También en este período, que llega a nuestro tiempo, discernimos correctamente varias épocas más cortas durante las cuales la vida eclesiástica se caracteriza por rasgos y fenómenos peculiares y distintivos.

(1) La vida civil de los diversos pueblos occidentales ya no se consideraba identificada con la vida y los objetivos de la Iglesia Universal. El protestantismo separó a naciones enteras, especialmente en Europa Central y del Norte, de la unidad eclesiástica y entró en un conflicto con la Iglesia que aún no ha terminado. Por otro lado, los fieles adherentes de la Iglesia estaban se unieron más estrechamente, mientras que el gran Concilio Ecuménico de Trento sentó una base firme para una reforma profunda en la vida interior o doméstica de la Iglesia, que pronto se realizó a través de la actividad de nuevas órdenes (especialmente los jesuitas) y a través de una extraordinaria serie de grandes santos. Los Papas volvieron a dedicarse exclusivamente a su misión religiosa y emprendieron las reformas católicas con gran energía. Los países occidentales recién descubiertos y las relaciones cambiadas entre Europa y las naciones orientales despertaron en muchos misioneros un celo muy activo por la conversión del mundo pagano. Los esfuerzos de estos mensajeros de la fe fueron coronados con tanto éxito que la Iglesia fue compensada en cierta medida por la defección en Europa.

(2) La época siguiente mostró nuevamente una disminución de la influencia eclesiástica y la vida religiosa. Desde mediados del siglo XVII, existen tres grandes asociaciones religiosas: la verdadera Iglesia Católica; la iglesia cismática griega, que encontró un poderoso protector en Rusia, junto con las iglesias cismáticas más pequeñas de Oriente; el protestantismo, que, sin embargo, nunca constituyó una asociación religiosa unida, sino que se dividió constantemente en numerosas sectas, aceptó la supremacía directa del poder secular y fue organizado por estos últimos en cada país como una iglesia nacional. Así se promovió grandemente el creciente absolutismo de los estados y los príncipes. En los países católicos también los príncipes trataron de usar a la Iglesia como un "instrumentum regni" y debilitar en la mayor medida posible la influencia del papado. La vida pública perdió constantemente su antiguo contacto saludable con una religión universal y poderosa. Además, una filosofía completamente infiel ahora dirigió sus ataques contra la revelación cristiana en general. El protestantismo engendró rápidamente una raza de no creyentes y librepensadores frívolos que difundieron por todos lados un escepticismo superficial. El resultado político de tantas influencias fatales fue la Revolución Francesa, que a su vez infligió las heridas más graves en la vida eclesiástica.

(3) Con el siglo XIX apareció el estado constitucional moderno basado en los principios de la libertad política más amplia. Aunque en las primeras décadas del siglo XIX la Iglesia se vio a menudo obstaculizada en su obra por la caída del antiguo sistema político, sin embargo, se aseguró la libertad bajo el nuevo gobierno popular nacional, desarrolló plenamente sus propias energías religiosas y en la mayoría de los países pudo exhibir un movimiento ascendente en todas las esferas de la vida religiosa. Grandes Papas guiaron este avance con mano fuerte a pesar de la pérdida de su poder secular. El Concilio Ecuménico del Vaticano, al definir la infalibilidad papal, apoyó con firmeza la autoridad eclesiástica contra un falso subjetivismo. La defección de los Viejos Católicos fue relativamente poco importante. Mientras que el protestantismo era la presa diaria de la infidelidad y perdía constantemente toda pretensión de ser considerado una religión basada en la revelación divina, la Iglesia Católica aparecía en su unidad compacta como el verdadero guardián del depósito de la fe no adulterado que su Fundador divino le confió originalmente. El conflicto es cada vez más activo entre la Iglesia, como defensora de la revelación sobrenatural y la infidelidad, que apunta a la supremacía en la vida pública, la política, las ciencias, la literatura y el arte. Los países no europeos comienzan a desempeñar un papel importante en el mundo y señalan nuevos campos de actividad eclesiástica. Los fieles católicos han aumentado tan rápidamente durante el siglo pasado, y la importancia varios países no europeos sobre la vida eclesiástica ha adquirido tales proporciones que la historia universal de la Iglesia se está convirtiendo cada vez más en una historia religiosa del mundo.

Los grandes puntos decisivos en el desarrollo histórico de la Iglesia no aparecieron repentinamente o sin causa justificada. Como regla, los diversos eventos importantes que ocurren dentro de las épocas más cortas eventualmente provocan un cambio de importancia universal para la vida de la Iglesia y nos obligan a reconocer la llegada de un nuevo período. Naturalmente, entre estos puntos cruciales prominentes hay intervalos de transición más cortos o largos, de modo que los límites exactos de los períodos principales son variamente establecidos por diferentes historiadores eclesiásticos, de acuerdo con la importancia que atribuyen separadamente a uno u otro de los antedichos eventos o situaciones trascendentales. La división entre el primer período y el segundo tiene su justificación en el hecho de que, debido a la caída del Imperio Romano de Occidente y a las relaciones entre la Iglesia y las nuevas naciones occidentales, surgieron esencialmente nuevas formas de vida, mientras que en el Oriente la cultura bizantina se había establecido firmemente.

Sin embargo, el punto de inflexión entre el viejo y el nuevo estado de cosas no siguió inmediatamente a la conversión de las tribus teutónicas; transcurrió un tiempo considerable antes de que la vida occidental se moviera fácilmente en todas sus nuevas formas. Algunos (Neander, Jacobi, Baur, etc.) consideran como el final del primer período el pontificado de Gregorio Magno en 590, o (Moeller, Müller), más generalmente, el final del siglo VI y mediados del VII. Otros, como (Döllinger, Kurtz) toman el Sexto Concilio General en 680, o (Alzog, Hergenröther, von Funk, Knöpfler), dicen que fue el Concilio In Trullo de 692, o el final del siglo VII. Otros cierran el primer período con San Bonifacio (Ritter, Niedner), o con la iconoclasia (Gieseler, Möhler), o con Carlomagno (Hefele, Hase, Weingarten). Para Occidente, Kraus considera el comienzo del siglo VII como el final del primer período; para Oriente, el final de ese mismo siglo. Hablando en general, sin embargo, parece más razonable aceptar el final del siglo VII como el cierre del primer período.

Del mismo modo, a lo largo de la línea divisoria entre el segundo y el tercer período, se encuentran eventos muy concurridos de gran importancia para la vida eclesiástica: el Renacimiento con su influencia sobre toda la vida intelectual, la conquista de Constantinopla por los turcos, el descubrimiento de América y los nuevos problemas que la Iglesia tuvo que resolver en consecuencia, la aparición de Lutero y la herejía del protestantismo, el Concilio de Trento con su influencia decisiva en la evolución de la vida interior de la Iglesia. Los historiadores protestantes consideran la aparición de Lutero como el comienzo del tercer período. Algunos autores católicos (por ejemplo, Kraus) cierran el segundo período a mediados del siglo XV; sin embargo, debe notarse que los nuevos factores históricos en la vida de la Iglesia que condicionan el tercer período se vuelven prominentes solo después del Concilio de Trento, en sí mismo un resultado importante del protestantismo. Parece, por lo tanto, aconsejable considerar el comienzo del siglo XVI como el comienzo del tercer período.

Tampoco los autores coinciden perfectamente en los puntos cruciales que se han de insertar dentro de los períodos principales. Es cierto que la conversión de Constantino el Grande afectó la vida de la Iglesia tan profundamente que el reinado de este primer emperador cristiano se acepta generalmente como la marca de una subdivisión en el primer período. En el segundo período, personalidades especialmente prominentes suelen marcar los límites de varias subdivisiones, por ejemplo, Carlomagno, Gregorio VII, Bonifacio VIII, aunque esto lleva a la subvaloración de otros factores importantes, por ejemplo, el cisma griego, las Cruzadas. Los escritores recientes (siglo XIX), por lo tanto, asumen otras líneas fronterizas que enfatizan las fuerzas activas en la vida de la Iglesia en lugar de las personalidades prominentes. Al subdividir el tercer período, se presenta la misma dificultad. Muchos historiadores consideran la Revolución Francesa a fines del siglo XVIII como un evento de suficiente importancia para exigir una nueva época; otros, más razonablemente quizás vean una línea de época distinta en el Tratado de Westfalia (1648), con el cual llegó a su fin la formación de grandes territorios protestantes.

RESUMEN:

A partir de las consideraciones anteriores, deducimos la siguiente disposición cronológica de la historia eclesiástica general:

Primer Período: Origen y desarrollo de la Iglesia en el antiguo mundo grecorromano (desde el nacimiento de Cristo hasta el cierre del siglo VII).

  • (a) Primera época: Fundación, expansión y formación de la Iglesia a pesar de la opresión del estado romano pagano (desde Cristo hasta el Edicto de Milán, 313).
  • (b) Segunda época: La Iglesia en cercana relación con el Imperio Cristiano-Romano (desde el Edicto de Milán hasta el Concilio in Trullo, 692).

Segundo Período: La Iglesia como guía de las naciones occidentales (desde el final del siglo VII hasta comienzo del XVI).

  • (a) Primera época: Los Papas en alianza con los carolingios, la decadencia de la vida religiosa en Occidente, el aislamiento de la Iglesia Bizantina y su ruptura final con Roma (desde el Concilio In Trullo hasta León IX, 1054).
  • (b) Segunda época: Reforma interior de la vida eclesiástica a través de los Papas, las Cruzadas, florecimiento de la vida religiosa y las ciencias, apogeo del poder político y eclesiástico del papado (desde 1054 hasta Bonifacio VIII, 1303).
  • (c) Tercera época: Decadencia del poder político y eclesiástico del papado; decadencia de la vida religiosa y clamor por reformas (desde 1303 hasta León X, 1521).

Tercer Período: La Iglesia después del colapso de la unidad en Occidente, lucha contra la herejía e infidelidad, expansión en países no europeos (desde comienzos del siglo XVI hasta nuestra época).

  • (a) Primera época: Origen y expansión del protestantismo; conflicto con esa herejía y reforma de la vida eclesiástica (desde 1521 hasta el Tratado de Westfalia, 1648).
  • (b) Segunda época: Opresión de la Iglesia por el estado absolutista, debilitamiento de la vida religiosa a través de la influencia de una emancipación intelectual falsa (desde 1648 hasta la Revolución Francesa, 1789).
  • (c) Tercera época: Opresión de la Iglesia por la Revolución; renovación de la vida eclesiástica y su lucha contra la infidelidad; progreso de la actividad misionera (desde 1789).

Respecto al tratamiento metódico del tema dentro de las divisiones principales, la mayoría de los escritores se esfuerzan por tratar las fases principales de la historia interna y externa de la Iglesia de tal manera que se asegure un arreglo lógico a lo largo de cada período. Las desviaciones de este método son excepcionales, como cuando Darras trata cada pontificado por separado. Sin embargo, este último método es algo demasiado mecánico y superficial, y en el caso de períodos prolongados se hace difícil mantener una comprensión clara de los hechos y apreciar su interconexión. Por lo tanto, escritores recientes (siglo XIX) apuntan a una división del asunto dentro de los diferentes períodos que pondrá más énfasis en las formas y expresiones importantes de la vida eclesiástica (Moeller, Muller, Kirsch en su revisión de Hergenröther). Los períodos más grandes se dividen en varias épocas más cortas, en cada una de las cuales se destaca el evento o situación más importante en la historia de la Iglesia, y se tratan otras fases de la vida eclesiástica, incluida la historia eclesiástica de los países individuales en relación con este tema central. El tema de cada período recibe así un tratamiento a la vez cronológico y lógico, y más acorde con el desarrollo histórico de los acontecimientos retratados. Las ganancias narrativas en lucidez y acabado artístico, en los períodos más cortos, el material histórico se capta más fácilmente, mientras que las fuerzas activas en todos los grandes movimientos aparecen en relieve más audaz. Es cierto que este método implica una cierta desigualdad en el tratamiento de las diversas fases de la vida eclesiástica, pero la misma desigualdad ya existía en la situación histórica descrita.

Fuentes de la Historia Eclesiástica

Las fuentes históricas son aquellos productos humanos que originalmente estaban destinados o que —debido a su existencia, origen y otras condiciones— se ajustan de manera preeminente para proporcionar conocimiento y evidencia de hechos históricos. Las fuentes de la historia eclesiástica son, por lo tanto, cualquier cosa, ya sea por su objeto o por otras circunstancias, que pueda arrojar luz sobre los hechos que conforman la vida eclesiástica del pasado. Estas fuentes se dividen naturalmente en dos clases:

  • (a) Restos (reliquiœ, Ueberreste) o fuentes inmediatas, es decir, tales que prueban un hecho directamente, al ser ellas mismas parte o remanente del hecho. A esta clase pertenecen los restos en el sentido más estricto de la palabra, por ejemplo, costumbres litúrgicas, instituciones eclesiásticas, actas de los Papas y concilios, productos de arte, etc.; también monumentos establecidos para conmemorar eventos, por ejemplo, inscripciones.
  • (b) La tradición o fuentes mediatas, es decir, las que se basan sobre las declaraciones de testigos que comunican un evento a otros. La tradición puede ser oral (narrativa y leyendas), escrita (escritos de autores particulares) o pictóricas (pinturas, estatuas).

El tratamiento crítico de los dos tipos de fuentes difiere. Por lo general, es suficiente demostrar la autenticidad e integridad de los "restos" para establecer la validez de su evidencia. Al tratar con la tradición, por otro lado, debe probarse que el autor de la fuente en cuestión merece crédito, también que le fue posible conocer el hecho. Las fuentes se dividen además en:

  • (a) de acuerdo a su origen, en divinas (los escritos sagrados canónicos) y humanas (todas las demás fuentes);
  • (b) de acuerdo con la posición del autor, en públicas (tales como las que proceden de una persona oficial o magistrado, por ejemplo, escritos papales, decretos de concilios, cartas pastorales de obispos, reglas de órdenes, etc.); y privadas (las que provienen de una persona que no ocupa un cargo público, o de un funcionario en su capacidad privada, por ejemplo, biografías, obras de escritores eclesiásticos, cartas privadas, etc.);
  • (c) de acuerdo a la religión del autor, en domésticas (de origen cristiano) y extranjeras (es decir, escritas por no cristianos);
  • (d) de acuerdo a la manera de transmisión, en escritas (inscripciones, actas públicas, escritos de todas clases) y no escritas (monumentos, historias de productos de arte, leyendas, etc.).

En los tiempos modernos las antedichas fuentes históricas han sido investigadas total y críticamente por numerosos eruditos y ahora están fácilmente accesibles a todos en buenas ediciones. Aquí será suficiente un bosquejo muy general de estas fuentes (vea artículos especiales en esta Enciclopedia).

RESTOS:

Los restos del pasado de la Iglesia, que dan evidencia directa de hechos históricos, son los siguientes:

TRADICIÓN:

Aquí hablamos de aquellas fuentes que se basan en la mera tradición y que, a diferencia de los restos, no son parte del hecho. Son:

  • (1) Colecciones de actas de los mártires, de leyendas y vidas de los santos.
  • (2) Colecciones de vidas de los Papas (Liber Pontificalis) y de obispos de iglesias particulares.
  • (3) Obras de escritores eclesiásticos, las cuales contienen información acerca de eventos históricos; en alguna medida toda la literatura eclesiástica pertenece a esta categoría.
  • (4) Obras eclesiástico-históricas, que toman más o menos el carácter de las fuentes, especialmente por la época en que vivieron sus autores.
  • (5) Representaciones pictóricas (pinturas, esculturas, etc.).

Las anteriores están accesibles en varias colecciones, en parte en ediciones de obras de autores particulares (Padres de la Iglesia, teólogos, historiadores), en parte en colecciones históricas que contienen escritos de diferentes autores correlacionados en contenido, o en todas las fuentes escritas tradicionales para una región dada.

Ciencias Auxiliares

Literatura de la Historia Eclesiástica

Historiadores Eclesiásticos del Primer Período

Historiadores Eclesiásticos del Segundo Período

Historiadores Eclesiásticos del Tercer Período

Bibliografía: FREEMAN, The Methods of Historical Study (Londres, 1886). BERNHEIM, Lehrbuch Der historischen Methode (34a. ed., Leipzig, 1903). MEISTER in Grundriss der Gesdhichtswissenschaft, vol. I, pt. I (Leipzig, 1906. DE SMEDT, Principes De la critique historique (Lieja, 1883). LANGLOIS Y SEIGNOBOS, Introduction aux études historiques (3ra. Ed., Parías, 1905). KNÖPFLER, Wert und Bedcutung des Stuidum der Krchengeschichte (Munich, 1894; cf. también SHCRORS, Hist. Jahrb., 1894, págs. 133-145). ERHARD, Stellung und Aufqabe der Kirchengeschichte en der Gegenwart (Stuttgart, 1898); DE SMEDT, Introductio generalis ad historiam ecclesiasticam critice tractandam (Ghent, 1876); NIRSCHL, Propädeutik der Kirchengeschichte (Maguncia, 1888); KIHN, Enzyklopädie und Methodologie der Theologie (Freiburg, im Br., 1892); HAGENBACH, Enzyclopädie und Methodologie der theologischen Wissenschaften (12th ed., Leipzig, 1889); HURTER, Nomenclator literarius theologiæ catholicæ (3rd ed., Innsbruck, 1903-); HERGENRÖTHER, Handbuch der allgemeinen Kirchengeschichte, I (4th ed. by KIRSCH, Freiburg im Br., 1902), Introduction; DELEHAYE, Les légendes hagiographiques (2da ed., Paris, 1906); FONCK, Wissenschaftliches Arbeiten. Beiträge zur Methodik des akademischen Studiums (Innsbruck, 1908).

Fuente: Kirsch, Johann Peter. "Ecclesiastical History." The Catholic Encyclopedia. Vol. 7, págs. 365-380. New York: Robert Appleton Company, 1910. 14 Feb. 2020 <http://www.newadvent.org/cathen/07365a.htm>.

Está siendo traducido por Luz María Hernández Medina