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Martes, 19 de octubre de 2021

San Luis IX

De Enciclopedia Católica

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San Luis IX fue rey de Francia, hijo de Luis VIII y Blanca de Castilla; nació en Poissy el 25 de abril de 1215; murió cerca de Túnez el 25 de agosto de 1270. Tenía once años cuando la muerte de Luis VIII lo hizo rey, y diecinueve cuando se casó con Margarita de Provenza, con quien tuvo once hijos.

La regencia de Blanca de Castilla (1226-1234) estuvo marcada por la victoriosa lucha de la Corona contra Raimundo VII en Languedoc, contra Pierre Mauclerc en Bretaña, contra Felipe Hurepel en la Isla de Francia y por indecisos combates contra Enrique III de Inglaterra. En este período de disturbios, el legado Frangipani apoyó poderosamente a la reina. Ya para 1225 Honorio III lo recomendó ante Luis VIII, y Frangipani se ganó para la causa francesa las simpatías de Gregorio IX, quien se inclinaba a escuchar a Enrique III, y mediante su intervención se decretó que todos los capítulos de las diócesis debían pagar a Blanca de Castilla los diezmos para la cruzada del sur. Fue el legado quien recibió la sumisión de Raimundo VII, conde de Languedoc, en París, frente a Notre-Dame, y esta sumisión puso fin a la guerra albigense y preparó la unión de las provincias del sur a Francia por el Tratado de París (abril 1229). La influencia de Blanca de Castilla sobre el gobierno se extendió mucho más allá de la minoría de San Luis. Incluso más tarde, en los asuntos públicos y cuando se recibía oficialmente a los embajadores, ella aparecía a su lado. Murió en 1253.

En los primeros años del gobierno personal del rey, la Corona tuvo que combatir una nueva rebelión contra el feudalismo, encabezada por el Conde de la Marche, en alianza con Enrique III. La victoria de San Luis sobre esta coalición en Taillebourg (1242) fue seguida por la Paz de Burdeos que anexó una parte de Saintonge al reino francés. Una de las características principales de San Luis fue mantener al día su administración como soberano nacional y el desempeño de sus deberes hacia la cristiandad; y aprovechando el respiro que le brindaba la Paz de Burdeos, dirigió sus pensamientos hacia una cruzada. Afectado por una terrible enfermedad en 1244, decidió tomar la cruz cuando llegó la noticia de que los turcomanos habían derrotado a los cristianos y los musulmanes habían invadido a Jerusalén. (Sobre las dos cruzadas de San Luis [1248-1249 y 1270] vea CRUZADAS.)

Entre las dos Cruzadas abrió negociaciones con Enrique III, que pensó que evitarían nuevos conflictos entre Francia e Inglaterra. El Tratado de París (28 mayo 1258) que San Luis firmó con el rey de Inglaterra después de cinco años de negociaciones, ha sido muy discutido. Mediante ese tratado, San Luis dio a Enrique III todos los feudos y dominios pertenecientes al rey de Francia en las diócesis de Limoges, Cahors y Périgueux; y en el caso de que Alfonso de Poitiers muriera sin descendencia, Saintonge y Agenais pasarían a manos de Enrique III. Por otro lado, Enrique III renunció a sus reclamos sobre Normandía, Anjou, Touraine, Maine, Poitou y prometió rendir homenaje al ducado de Guyenne. En general, se consideró y Joinville expresó la opinión de la gente, que San Luis hizo demasiadas concesiones territoriales a Enrique III; y muchos historiadores sostuvieron que si, por el contrario, San Luis hubiera llevado más lejos la guerra contra Enrique III, la Guerra de los Cien Años se habría evitado. Pero San Luis consideró que al hacer del ducado de Guyenne un feudo de la Corona de Francia estaba obteniendo una ventaja moral; y es un hecho indudable que el Tratado de París desagradó tanto a los ingleses como a los franceses.

En 1263, San Luis fue elegido árbitro en una diferencia que separaba a Enrique III de los barones ingleses: por el Dit d'Amiens (24 enero 1264) se declaró a favor de Enrique III contra los barones y anuló las Disposiciones de Oxford, por las cuales los barones habían intentado restringir la autoridad del rey. También fue en el período comprendido entre las dos Cruzadas que San Luis, por el Tratado de Corbeil, impuso al rey de Aragón el abandono de sus pretensiones sobre todos los feudos del Languedoc, excepto Montpellier, y la cesión de sus derechos sobre la Provenza ( 11 mayo 1258). Los tratados y arbitrajes prueban que San Luis fue sobre todo un amante de la paz, un rey que deseaba no solo poner fin a los conflictos, sino también eliminar las causas de nuevas guerras, y este espíritu de paz descansaba sobre la concepción cristiana.

Las relaciones de San Luis con la Iglesia de Francia y la corte papal han suscitado interpretaciones y opiniones muy divergentes. Sin embargo, todos los historiadores están de acuerdo en que San Luis y los sucesivos Papas se unieron para proteger al clero de Francia de las intromisiones o acoso de los barones y oficiales reales. Se reconoce igualmente que durante la ausencia de San Luis en la cruzada, Blanca de Castilla protegió al clero en 1251 del saqueo y los malos tratos de un misterioso viejo merodeador llamado el "Maestro Húngaro" que era seguido por una turba de hombres armados, llamados los "Pastoureaux" (pastorcillos). El "maestro húngaro" que se decía estaba aliado con los musulmanes murió en un enfrentamiento cerca de Villaneuve y toda la banda perseguida en todas direcciones fue dispersada y aniquilada.

Pero, ¿tomó San Luis medidas también para defender la independencia del clero contra el papado? Varios historiadores afirmaron una vez que sí lo hizo. Atribuyeron a San Luis una cierta ”pragmática sanción" de marzo de 1269, en la que prohibía la colación irregular de los beneficios eclesiásticos y la simonía y en la que interceptaba los tributos que la corte papal recibía del clero francés. Los galicanos de los siglos XVII y XVIII recurrieron a menudo a esta medida contra la Santa Sede; lo cierto es que fue una falsificación fabricada en el siglo XIV por jurisconsultos deseosos de dar a la Pragmática Sanción de Carlos VII un precedente digno de respeto. Esta llamada pragmática de Luis IX se presenta como un real decreto para la reforma de la Iglesia; San Luis nunca habría asumido así el derecho de proceder con autoridad con esta reforma. Cuando en 1246, un gran número de barones del norte y del oeste se aliaron contra el clero a quien acusaron de acumular demasiadas riquezas y de usurpar sus derechos, Inocencio IV llamó a Luis para que disolviera esta liga; no se sabe con certeza cómo actuó el rey en el asunto.

El 2 de mayo de 1247, cuando los obispos de Soissons y de Troyes, el archidiácono de Tours y el preboste de la catedral de Ruán enviaron al Papa una protesta contra sus impuestos, su preferencia por los italianos en la distribución de beneficios, contra los conflictos entre la jurisdicción papal y la jurisdicción de los ordinarios, el mariscal Ferri Pasté secundó sus quejas en nombre de San Luis. Poco después, estas quejas fueron reiteradas y detalladas en un extenso memorándum, cuyo texto ha sido preservado por el historiador Mateo París. No se sabe si San Luis puso su firma en él, pero en cualquier caso, este documento fue simplemente una solicitud pidiendo la supresión de los abusos, sin pretensiones de sentar principios de derecho público, como pretendía la Pragmática Sanción.

Los documentos prueban que San Luis no prestó oído a las quejas de su clero contra los emisarios de Urbano IV y Clemente IV; incluso permitió que en 1265 Clemente IV generalizara una costumbre según la cual el Papa debía eliminar los beneficios cuyos titulares murieran mientras residían en Roma. Dócil a los decretos del Cuarto Concilio de Letrán (1215), según los cuales los reyes no debían gravar las iglesias de su reino sin la autoridad del Papa, San Luis reclamó y obtuvo de los sucesivos Papas, en vista de la cruzada, el derecho a exigir del clero impuestos bastante gravosos. Una vez más esta idea fundamental de la cruzada, siempre presente en el pensamiento de San Luis, impulsó su actitud en general en la lucha entre el imperio y el Papa. Mientras el emperador Federico II y los sucesivos papas buscaban y disputaban el apoyo de Francia, la actitud de San Luis fue decidida y reservada a la vez.

Por un lado, no aceptó para su hermano Roberto de Artois la corona imperial que le ofreció Gregorio IX en 1240. En su correspondencia con Federico II continuó tratándolo como soberano, incluso después de que Inocencio IV, el 17 de julio de 1245 en el Concilio de Lyon, excomulgara y declarara desposeído de sus reinos a Federico. Pero por otro lado, en 1251, el rey obligó a Federico a liberar a los arzobispos franceses tomados prisioneros por los pisanos, los auxiliares del emperador, cuando se dirigían en una flota genovesa para asistir a un concilio general en Roma. En 1245, consultó extensamente, en Cluny, con Inocencio IV que se había refugiado en Lyon en diciembre de 1244, para escapar de las amenazas del emperador, y fue en esta reunión que se concedió la dispensa papal para el matrimonio de Carlos Anjou, hermano de Luis IX, con Beatriz, heredera de la Provenza; y fue entonces cuando Luis IX y Blanca de Castilla prometieron su apoyo a Inocencio IV. Finalmente, cuando en 1247 Federico II tomó medidas para capturar a Inocencio IV en Lyon, las medidas que tomó Luis para defender al Papa fueron una de las razones que hicieron que el emperador se retirara. San Luis consideró cada acto de hostilidad de cualquiera de las potencias como un obstáculo para lograr la cruzada.

En el Conflicto de las Investiduras, el rey se mantuvo en términos amistosos con ambos, sin permitir que el emperador hostigara al Papa y nunca excitó al Papa contra el emperador. En 1262, cuando Urbano ofreció a San Luis, para uno de sus hijos, el reino de Sicilia, un feudo de la Sede Apostólica, San Luis lo rechazó por consideración a la dinastía suaba que entonces reinaba. Pero cuando Carlos de Anjou aceptó la oferta de Urbano IV y fue a conquistar el reino de Sicilia, San Luis permitió que los caballeros más valientes de Francia se unieran a la expedición que destruyó el poder de los Hohenstaufens en Sicilia. El rey esperaba, sin duda, que la posesión de Sicilia por Carlos de Anjou sería ventajosa para la cruzada.

San Luis llevó una vida ejemplar, recordando constantemente las palabras de su madre: "Preferiría verte muerto a mis pies que culpable de un pecado mortal". Sus biógrafos nos han contado de las largas horas que pasaba en oración, ayuno y penitencia, sin que sus súbditos lo supieran. El rey francés era un gran amante de la justicia. La fantasía francesa todavía lo representa pronunciando juicios bajo el roble de Vincennes. Fue durante su reinado que la "corte del rey" (curia regis) se organizó en una corte regular de justicia, con expertos competentes y comisiones judiciales que actuaban en períodos regulares. Estas comisiones fueron llamadas parlamentos y la historia del "Dit d'Amiens" prueba que toda la cristiandad lo consideró voluntariamente como un poder judicial internacional. Sin embargo, es un error representarlo como un gran legislador; el documento conocido como "Etablissements de St. Louis" no fue un código elaborado por orden del rey, sino simplemente una colección de costumbres, redactada antes de 1273 por un jurista que expuso en este libro las costumbres de Orleans, Anjou, y Maine, a lo que añadió algunas ordenanzas de San Luis.

San Luis fue un mecenas de la arquitectura. La Sainte Chappelle, una joya arquitectónica, fue construida durante su reinado, y fue bajo su patrocinio que Roberto de la Sorbona fundó el "Collège de la Sorbonne", que se convirtió en la sede de la facultad teológica de París. Era conocido por su caridad. La paz y las bendiciones del reino nos llegan a través de los pobres, decía. Los mendigos eran alimentados de su mesa, comía sus sobras, les lavaba los pies, atendía las necesidades de los leprosos y diariamente alimentaba a más de cien pobres. Fundó muchos hospitales y casas: la Casa de los Felles-Dieu para prostitutas reformadas; el Quinze-Vingt para 300 ciegos (1254), hospitales de Pontoise, Vernon, Compiégne.

Los Enseignements (instrucciones escritas) que dejó a su hijo Felipe y a su hija Isabel, los discursos conservados por los testigos en las investigaciones judiciales previas a su canonización y las anécdotas de Joinville muestran que San Luis fue un hombre de sano sentido común, poseedor de energía infatigable, gentilmente amable, de buen sentido del humor y constantemente en guardia contra la tentación de ser imperioso. La caricatura que le hizo el enviado del conde de Gueldre: "devoto inútil, rey hipócrita" estaba muy lejos de la verdad. Por el contrario, tanto por sus cualidades personales como por su santidad, San Luis aumentó durante muchos siglos el prestigio de la monarquía francesa (vea FRANCIA). La canonización de San Luis fue proclamada en Orvieto en 1297 por Bonifacio VIII. De las investigaciones con vistas a la canonización, realizadas desde 1273 hasta 1297, sólo tenemos informes fragmentarios publicados por Delaborde ("Mémoires de la société de l'histoire de l'histoire de Paris et de l'Ilea de France", XXIII, 1896) y una serie de extractos recopilados por Guillaume de St. Pathus, confesor de la reina Margarita, bajo el título de "Vie Monseigneur Saint Loys" (París, 1899).


Fuente: Goyau, Georges. "St. Louis IX." The Catholic Encyclopedia. Vol. 9, págs. 368-370. New York: Robert Appleton Company, 1910. 30 agosto 2021 <http://www.newadvent.org/cathen/09368a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina