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Lunes, 27 de enero de 2020

Celibato del Clero

De Enciclopedia Católica

Revisión de 19:06 3 jul 2010 por Luz María Hernández Medina (Discusión | contribuciones) (Historia del celibato clerical)

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Definición

Celibato es la renuncia al matrimonio, implícita o explícita, que hacen los que reciben el Sacramento de las Órdenes en cualquiera de los grados más altos para la más perfecta observancia de la castidad. Como veremos, el carácter de esta renuncia es variamente entendido en la Iglesia Latina y en la Oriental. Hablando, por el momento, sólo de la cristiandad occidental, cuando los candidatos a las Órdenes se presentan para el grado de subdiácono, al comienzo de la ceremonia los obispos les advierte solemnemente sobre la gravedad de la obligación en que están incurriendo. Les dice:

"Ustedes deben considerar ansiosamente una y otra vez qué clase de carga es esta que están tomando sobre ustedes por su propia voluntad. Hasta aquí ustedes son libres. Aún pueden, si lo desean, regresar a las metas y deseos del mundo (licet vobis pro pro artitrio ad caecularia vota transire). Pero si ustedes reciben esta orden (la del subdiaconado) ya no será lícito volver atrás. Se les requerirá continuar al servicio de Dios, y con su ayuda observar la castidad y estar atado para siempre en el ministerio del altar, para servir a quien reinará.”

Al continuar adelante a pesar de esta advertencia, cuando se les invita a ello, y al cooperar en el resto del servicio de ordenación, se entiende que el candidato se obliga igualmente a un voto de castidad. A partir de ahora no puede contraer un matrimonio válido, y cualquier transgresión en materia de este voto no sólo es un grave pecado en sí, sino que incurre en la culpa adicional de sacrilegio.

Principios generales

Antes de pasar a la historia de esta observancia será conveniente tratar en primer lugar con ciertos principios generales involucrados. La ley del celibato ha sido objeto de frecuentes ataques, especialmente en los últimos años (vea, por ejemplo, H. C. Lea, History of Sacerdotal Celibacy, 3ra. Ed., 1907, en dos volúmenes), y es importante en primer lugar, para corregir ciertos prejuicios así creados. Aunque no encontramos en el Nuevo Testamento ninguna indicación de que el celibato se haya hecho obligatorio ya sea a los Apóstoles o a aquellos a quienes ellos ordenaron, tenemos amplio fundamento en el lenguaje de nuestro Salvador, y de San Pablo para mirar a la virginidad como la llamada más alta y, por inferencia, como la condición digna de aquellos que son separados para la obra del ministerio. En Mt. 19.12, Cristo claramente ensalza a aquellos que “por amor al Reino de los Cielos” se han mantenido al margen del estado matrimonial, aunque añade: "Quien pueda entender, que entienda.” San Pablo es aún más explícito.  :"Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo; más cada cual tiene de Dios su gracia particular, unos de una manera, otros de otra. No obstante, digo a los célibes y a las viudas: Bien les está quedarse como yo.” " Y más adelante: "Yo os quisiera ver libres de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está por tanto dividido. La mujer no casada, lo mismo que la doncella, se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. Mas la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido. Os digo esto para vuestro provecho, no para tenderos un lazo, sino para moveros a lo más digno y al trato asiduo con el Señor, sin división.” (1 Cor. 7,32-35).

Además, si bien aceptamos que el motivo al que se apela aquí es en cierta medida utilitario, probablemente estaríamos justificados en decir, con el distinguido canonista George Phillips, que el principio que subyace a la acción de la Iglesia en imponer el celibato a su clero no se limita a este aspecto utilitario, sino que va aún más profundo. Desde los primeros tiempos los discípulos personificaron y concibieron a la Iglesia como la Novia Virgen y como el cuerpo puro de Cristo, o también como la Virgen Madre (parthenos mëtër), y era claramente apropiado que esta Iglesia virgen debía ser atendido por un sacerdocio virgen. Entre judíos y paganos el sacerdocio era hereditario; sus funciones y poderes eran transmitidos por generación natural. Pero en la Iglesia de Cristo, como una antítesis de esto, el carácter sacerdotal era impartido por el Espíritu Santo en el Sacramento instituido divinamente del Orden. La virginidad es en consecuencia una prerrogativa especial del sacerdocio cristiano. La virginidad y el matrimonio son santos, pero de diferentes maneras. La convicción de que la virginidad posee una santidad más alta e intuiciones espirituales más claras parece ser un instinto plantado profundo en el corazón del hombre. Incluso en la Legislación de Moisés, donde el sacerdote engendraba hijos que heredaban sus funciones, sin embargo, se les ordenaba observar la continencia durante el período en el que servían en el Templo. Sin duda, una razón mística de este tipo no es un llamamiento a todos, pero tales consideraciones siempre han ocupado un lugar prominente en el pensamiento de los Padres de la Iglesia; como se ve, por ejemplo, en la advertencia muy comúnmente dirigida a subdiáconos de la Edad Media en el momento de su ordenación. "Con respecto a ellos le ha placido a nuestros Padres que los que manejan los sagrados misterios deben observar la ley de la continencia, como está escrito: ‘Sed limpios ustedes los que se ocupan de los vasos del Señor" (Maskell, Monumenta Ritualia, II, 242) .

Por otra parte, motivos como los que se hace hincapié en el pasaje citado de la Epístola a los Corintios son de un tipo que deben apelar a la inteligencia de todos. Cuanto más santo y eminente se representa el estado del matrimonio, más se justifica al sacerdote casado en dar el primer lugar en sus pensamientos a su esposa y familia y el segundo a su obra. Sería difícil encontrar un testimonio más irrecusable a este punto de vista que el del Dr. Döllinger. Ningún erudito de esta generación estuvo más íntimamente familiarizado con los caminos poco frecuentados de la historia medieval. Nadie podría haber proporcionado tanto material para una chronique scandaleuse como el que el Dr. Lea ha recopilado en su historia del celibato. Por otra parte, cuando el Dr. Döllinger cortó su conexión con la Iglesia después del Concilio Vaticano I, él no tenía absolutamente ningún motivo para modificar su juicio a favor de la disciplina tradicional de Roma, si no hubiera sido porque creía que la lección tanto del pasado como del presente era clara. Sin embargo, cuando los Viejos Católicos abolieron el celibato obligatorio para el sacerdocio, el Dr. Döllinger, como nos dice un íntimo amigo suyo, un anglicano, estaba "sumamente afligido" por la medida, y esto parece haber sido una de las principales cosas que le impidió cualquier participación formal en la comunión Católica Antigua. En referencia a este asunto le escribió al mismo amigo anglicano:

"Ustedes en Inglaterra no pueden entender cuán completamente arraigado está en nuestro pueblo el que un sacerdote es un hombre que se sacrifica por el bien de sus feligreses. No tiene hijos propios, a fin de que todos los hijos de la parroquia sean hijos suyos. Su gente sabe que sus pequeñas necesidades están satisfechas, y que él puede dedicar todo su tiempo y reflexión a ellos. Ellos saben que es de modo muy diferente con los pastores casados de los protestantes. Los ingresos del pastor pueden ser suficientes para sí mismo, pero no para su esposa e hijos también. Con el fin de mantenerlos él debe tomar otro trabajo, literario o académico y sólo puede dedicar a su pueblo una parte de su tiempo; y saben que cuando los intereses de su familia y los de su rebaño chocan, su familia es lo primero y su rebaño segundo. En pocas palabras, él tiene una profesión u oficio, una Gewerbe, más que una vocación; tiene que ganarse la vida. En casi todas las congregaciones católicas, un sacerdote casado se arruinaría; toda su influencia se iría. La gente no está en absoluto preparada para un cambio tan fundamental, y las circunstancias del clero no lo admiten. Es una resolución fatal." (A. Plummer en "El Expositor", diciembre de 1890, p. 470.)

Un testimonio prestado en esas circunstancias tiene más peso que el que tendrían largas explicaciones. Tampoco fue la única ocasión en que el historiador se expresó de ese modo. En 1876 Döllinger escribió en una carta a uno de sus amigos Viejos Católicos "Cuando un sacerdote ya no pueden dirigir al sacrificio personal lo que hace por el bien de su pueblo, entonces todo está perdido para él y para la causa que representa. Se hunde al nivel de los hombres que hacen de su trabajo un negocio [Er rangiert dann mit den Gewerbetreibenden]." (Vea Michael, Ignaz von Döllinger, ed. 1894, p. 249.)

Suponiendo siempre que el voto de celibato se mantenga fielmente, el poder que esta lección práctica de desinterés debe prestar a las exhortaciones del sacerdote al dirigirse a su pueblo es demasiado evidente para insistir en él. Innumerables observadores, protestantes y agnósticos, así como católicos, han dado testimonio del efecto así producido. Por otro lado, son bastante reales los obstáculos a las relaciones verdaderamente confidenciales y más especialmente a la confesión en el caso de los casados del clero ---aun cuando esta dificultad suele ser bastante injustamente exagerada en las muchas historias actuales de clérigos anglicanos que comparten los secretos de la confesión con sus esposas. Cuando el otrora famoso P. Hyacinth (M. Loyson) dejó la Iglesia y se casó, este fue el primer punto que sorprendió a un librepensador como George Sand. "¿Podrá el P. Hyacinth seguir oyendo confesiones?” escribió Ella. "Esa es la pregunta. ¿Es el secreto de confesión compatible con las confidencias mutuas del amor conyugal? Si yo fuera un católica, le diría a mis hijos: «No tengan secretos que les cueste demasiado contar y entonces no tendrán que temer a los chismes de la esposa del vicario. "

Una vez más, respecto a la labor misionera en países bárbaros, apenas hay que insistir en las ventajas que tiene un clero célibe, las cuales son libremente admitidas tanto por los observadores indiferentes como por los mismos misioneros no católicos. Los testimonios que se han reunido en una obra como “Children Missions” de Marshall se conjetura tal vez que, por su yuxtaposición, dan una imagen exagerada, mientras que el tono burlón del editor a veces hiere y repele; pero la acusación es sustancialmente correcta, y los materiales para la continuación de esta obra estándar, que han sido recogidos de fuentes recientes por el Rev. B. Solferstan, S.J., confirman en todos los aspectos el argumento principal de Marshall. Observadores muy cualificados, que son indiferentes o se oponen a la fe católica, hacen la admisión de que cualquier obra genuina de conversión que se haga, es realizada por los misioneros católicos cuya condición de célibes les permite vivir entre los indígenas como uno de ellos. Para hablar sólo de China, vea, por ejemplo, Stoddard: "Life of Isabella Bird" (1906), págs. 319-320; Arnot Reid, "Pekín to Petersburg" (1897), p. 73; Prof. E. H. Parker, "China Past and Present” (1903), págs. 95-96.

No hay que insistir en el costo comparativamente bajo de las misiones católicas con sus clérigos célibes. Para tomar un solo ejemplo, el difunto obispo anglicano Bickersteth, el muy respetado obispo del sur de Tokío, Japón, describe en una de sus cartas publicadas cómo tuvo "una conversación muy larga" con un vicario apostólico católico, que iba de camino a China. Tras lo cual Bickersteth señala que "los católicos romanos ciertamente pueden enseñarnos mucho por su disposición a soportar las dificultades. Este hombre y sus sacerdotes son a veces objeto de las privaciones más graves que yo pudiese temer. En Japón un sacerdote romano recibe una séptima parte de lo que la Sociedad Misionera de la Iglesia y la Sociedad para la Propagación del Evangelio le conceden a un diácono casado. Por supuesto que sólo pueden sustentarse de los alimentos del país. " (Vea "The Life and Letters of Edward Bickersteth”, 2da. ed., Londres, 1905, p. 214.)

Respecto una vez más al efecto sobre el trabajo de un sacerdote el siguiente testimonio sincero de un distinguido clérigo casado y profesor de Trinity College, Dublín, es muy llamativo. "Pero desde el punto de vista de la predicación", escribe el profesor Mahaffy, "no puede haber duda de que la vida matrimonial crea grandes dificultades y obstáculos. Las distracciones causadas por enfermedad y otras desgracias humanas aumentan necesariamente en proporción al número de miembros en la casa; y como el clero en todos los países tienden a tener familias numerosas el tiempo que podría ser usado en la meditación de sus discursos le es quitado por otros deberes y cuidados. Cuando el sacerdote católico termina su ronda diaria de deberes afuera, vuelve a la casa a un estudio tranquilo, donde no hay nada que perturbe sus pensamientos. El padre de familia es recibido en la puerta por la tropa de niños que le dan la bienvenida y reclaman su interés en todos sus pequeños asuntos. O bien los desacuerdos del hogar le reclaman como árbitro y su mente es perturbada no por la mera contemplación especulativa de los defectos y locuras de la humanidad, sino por su invasión real de su casa." (Mahaffy, The Decay of Modern Preaching, Londres, 1882, p. 42.)

Objeciones presentadas

A estas consideraciones generales se presentan las siguientes respuestas. En primer lugar, se afirma que el celibato es un mero artificio engañoso inventado para garantizar la sujeción del clero a la autoridad central de la Sede Romana. Escritores como Heigl (Das Cölibat, Berlín, 1902) sostienen que la privación del hogar y los lazos familiares tiende a robarle al sacerdote todos los sentimientos nacionales y de permanencia en el país, y por lo tanto le hacen una herramienta dócil en las manos de la autocracia espiritual de los Papas. El resumen histórico que sigue ayudará a hacer justicia a esta objeción. Pero por el momento, cabe destacar que San Dunstan, quien más que cualquier otro personaje en la historia temprana de Inglaterra se identifica con la causa de un clero célibe, fue arzobispo de Canterbury desde 960 a 988, un período durante el cual el papado fue sometido a la opresión y el desorden de la peor especie. De hecho, la práctica del celibato era casi universalmente ordenada mucho antes de que la energía firme del Papa Gregorio VII (Hildebrando) construyese lo que en los últimos años ha sido la moda en llamar la monarquía papal. Una vez más, el tono consistentemente nacionalista de tal cronista como Mateo París, para no hablar de muchos otros, nos permite ver cuán equivocado sería suponer que los célibes carecen de patriotismo o están inclinados a dejar de lado sus simpatías raciales en deferencia a los comandos del Papa. Y una lección similar podría extraerse del galicanismo del clero francés en el siglo XVII, que al parecer no era incompatible con la al menos ordinaria fidelidad a sus votos de la continencia.

Otra objeción que se ha alegado contra el celibato sacerdotal es que la reproducción de la especie es la función primaria y la ley de la naturaleza humana, y por lo tanto constituye un derecho inalienable del cual nadie puede privarse por ningún voto. En vista del hecho de que las condiciones sociales de todo tipo, así como la ley moral, obligan al celibato a millones de la raza, nadie se toma en serio esta objeción. Hasta donde se ha intentado una justificación de esta posición, se ha encontrado en la analogía del reino animal o vegetal, en los que la reproducción de su propia clase ha sido representada como el objeto principal de su existencia creada. Pero tal comparación aplicada a un ser intelectual como el hombre no es más que pueril, y si el argumento es recalcado podríamos responder que, como bien saben los horticultores, algunos de los más bellos y altamente desarrollados productos naturales de nuestros jardines, sólo pueden obtenerse en el sacrificio de su fertilidad. El argumento, si alguno, dice lo contrario. La única objeción seria contra la ley del celibato clerical es la dificultad que presenta su observancia para hombres que no tengan un carácter excepcionalmente fuerte y altos principios.

Escritores como el Dr. H.C. Lea y M. Chavard se han dado a recoger todos los excesos escandalosos que se han imputado contra un sacerdocio célibe desde el comienzo de la Edad Media. Ha sido su objetivo el mostrar que la observancia de la continencia en una vida muy expuesta está más allá de la fuerza del hombre promedio, y que en consecuencia obligar a la tropa del clero a esa ley es sólo abrir la puerta a irregularidades y abusos mucho más despectivos al carácter sacerdotal que lo que podría posiblemente ser la tolerancia del matrimonio honorable. Instan a que, en efecto, durante largos períodos de tiempo la ley se ha convertido en letra muerta en la mayor parte de la cristiandad, y que su único resultado ha sido la de obligar al sacerdote a seguir caminos de libertinaje e hipocresía que le han robado todo el poder para influir en los hombres para siempre. En cuanto a la evidencia histórica en que tales cargos se basan, probablemente, siempre habrá mucha diferencia de opinión. El ánimo anticlerical que impulsa a cierto tipo de mente a reunir juntos los escándalos, y deleitarse y exagerar sus detalles purulentos, es al menos tan marcado como la tendencia por parte de los apologistas de la Iglesia] de ignorar del todo estas páginas penosas de la historia. En cualquier caso, se puede decir en respuesta, que la observancia de la continencia con una fidelidad substancial por un clero numeroso, incluso durante siglos seguidos, ciertamente no está más allá de la fuerza de la naturaleza humana cuando se eleva por la oración y se fortalece por la gracia divina.

Por no hablar de países como Irlanda y Alemania, donde se podría afirmar que la mezcla con otros credos tiende a poner a prueba indebidamente el temple del clero católico, podríamos recurrir al ejemplo de Francia o Bélgica durante el siglo pasado. Ningún estudiante de historia sincero que revise este periodo vacilará en admitir que la inmensa mayoría de los miles de sacerdotes seculares en estos dos países han llevado vidas limpias e íntegras, de acuerdo con sus profesiones. Nos lo demuestran no sólo la buena fama de que han disfrutado ante todos los hombres moderados, el tono de los novelistas respetables que los han retratado en la ficción, el testimonio de los residentes extranjeros y la ocurrencia relativamente rara de escándalos, pero, lo que es más sorprendente de todo es que argumentamos a partir de las alabanzas rendidas a su integridad por antiguos socios que han roto su relación con la Iglesia Católica, hombres, por ejemplo, como M. Loyson (P. Jacinto) o M. Ernest Renan. Hablando de los extensos cargos de incontinencia formulados a menudo contra un sacerdocio célibe, M. Renan señala: "El hecho es que lo que comúnmente se dice sobre la moralidad del clero es, hasta donde va mi experiencia, absolutamente carente de fundamento. Pasé trece años de mi vida bajo la custodia de sacerdotes, y nunca vi la sombra de un escándalo [je n'ai pas vu l'ombre d'un scandale]; yo no he conocido sacerdotes, sino buenos sacerdotes. El confesionario posiblemente puede ser productivo de mal en algunos países, pero no vi rastro de él en mi vida como un eclesiástico "(Renan, Souvenirs d'Enfance et de Jeunesse, p. 139).

Del mismo modo M. Loyson, al pretender justificar su propio matrimonio, no intenta sugerir que la obligación del celibato estaba más allá de la fuerza del hombre común, o que el clero católico no vivía sino castamente. Por el contrario, escribe: "Estoy muy consciente del verdadero estado de nuestro clero. Conozco el sacrificio y las virtudes en sus filas." Su argumentación es que el sacerdote tiene que ser compatible con los intereses, los afectos, y los deberes de la naturaleza humana, lo cual parece significar que debería ser menos espiritual y más terrena”. "Es sólo", dice, "al alejarse de las tradiciones de un ascetismo ciego, y de una teocracia todavía más política que religiosa, que el sacerdote se convertirá una vez más en hombre y en ciudadano. Al mismo tiempo se encontrará más un verdadero sacerdote. " No estamos afirmando que el alto estándar moral manifiesto en el clero de Francia y Bélgica se encuentran en un grado igual de marcado en todo el mundo. Nuestro argumento es que la observancia del celibato no es sólo posible para unos pocos llamados a ser monjes y disfrutar de las salvaguardias de la vida monástica, sino que no está más allá de la fuerza de un gran cuerpo de hombres contados por decenas de miles, y reclutados, como lo son en su mayoría el clero de Francia y Bélgica, de las filas del campesinado trabajador. No tenemos ningún deseo de negar o paliar el nivel muy bajo de moral a la que en diferentes períodos de la historia del mundo, y en diferentes países que se llaman cristianos, se ha hundido en ocasiones el sacerdocio católico, pero tales escándalos no son más el efecto del celibato compulsorio que la prostitución, que está rampante en todas partes en nuestras grandes ciudades, es el efecto de nuestras leyes matrimoniales. Nosotros no abolimos el matrimonio cristiano porque una proporción tan grande de la humanidad no sea fiel a las restricciones que impone a la concupiscencia humana. Nadie en su corazón cree que las naciones civilizadas serían más limpias y puras, si se sustituyera la monogamia por la poligamia. Tampoco hay razón para suponer que habría menos escándalos y el clero sería más respetado, si a los sacerdotes católicos se les permitiese casarse.

Historia del celibato clerical

Primer período

Pasando ahora a la evolución histórica de la presente ley del celibato, necesariamente debemos comenzar con la instrucción de San Pablo (1 Tim. 3,2.12, y Tito I,6) que un obispo o un diácono debe ser "el marido de una sola mujer". Estos pasajes parecen fatales para cualquier argumento de que el celibato se hizo obligatorio para el clero desde el principio, pero por otro lado, el deseo del Apóstol de que otros hombres fuesen como él (1 Cor. 7,7-8, ya citado) excluye la inferencia de que él deseara que todos los ministros del Evangelio se casaran. Las palabras significan, sin lugar a dudas, que en aquellos días de divorcio frecuente, el candidato adecuado era un hombre que poseyera también, entre otras cualidades que San Pablo enuncia que probablemente harían respetar su autoridad, la estabilidad de carácter que se demostraba por la fidelidad a una mujer. La directriz es, por tanto, restrictiva, no por mandato; excluye a los hombres que se han casado más de una vez, pero no impone el matrimonio como una condición necesaria. Esta libertad de elección parece haber durado durante todo lo que podemos llamar, con Vacandard, el primer período de la legislación de la Iglesia, es decir, hasta cerca de la época de Constantino y el Primer Concilio de Nicea.

Algunos escritores, el más distinguido de los cuales fue el fallecido profesor Bickell, han hecho un intento vigoroso para demostrar que incluso en esta temprana fecha la Iglesia le exigía el celibato a todos sus ministros de los rangos superiores. Pero la opinión contraria, representada por tales estudiosos como Funk y Kraus, parece mucho mejor fundada y ha ganado la aceptación general en los últimos años. No se discute, por supuesto, que en todos los tiempos la virginidad era tenida en honor, y que en particular muchos del clero la practicaban o se separaban de sus esposas si ya estaban casados. Tertuliano comenta con admiración sobre el número de aquellos en las órdenes sagradas que han abrazado la continencia (De exhortatione castitatis, cap. XIII), mientras que Orígenes parece contrastar los descendientes espirituales de los sacerdotes de la Nueva Ley con los hijos naturales engendrados dentro del matrimonio por los sacerdotes de la Antigua (En Levit. Hom. VI, § 6). Es evidente, sin embargo, que no hay nada en esto o en un lenguaje similar que pudiese considerarse decisivo, y Bickell, en apoyo de su tesis, encontró necesario recurrir principalmente a los testimonios de los escritores de los siglos IV y V. Así, Eusebio declara que es conveniente que los sacerdotes y aquellos ocupados en el ministerio deben observar la continencia (Demonst. Ev., I, c. IX); y San Cirilo de Jerusalén insta a que el ministro del altar que sirve a Dios adecuadamente se mantenga distante de las mujeres (Cat. XII, 25). San Jerónimo además parece hablar de una costumbre generalmente observada cuando declara que los clérigos "a pesar de que pueden tener esposa, dejen de ser esposos".

Pero el pasaje al que se apela más confiadamente es uno de San Epifanio donde el santo doctor en primer lugar habla de la regla eclesiástica aceptada del sacerdocio (kanona tes hierosunēs) como algo creado por los Apóstoles (Haer., XLVIII, 9), y a continuación, en un pasaje posterior parece describir esta regla o canon en algunos detalles. "La Santa Iglesia", dice, "respeta la dignidad del sacerdocio a tal punto que no admite al diaconado, el sacerdocio, o el episcopado, ni siquiera al subdiaconato, a cualquier persona que aún viva en el matrimonio y engendre hijos. Ella acepta sólo al que si es casado renuncia a su mujer o si ha quedado viudo, especialmente en aquellos lugares donde se siguen estrictamente los cánones eclesiásticos." (Haer., LIX, 4). Epifanio continúa, sin embargo, explicando que hay localidades en las que los sacerdotes y diáconos siguen teniendo hijos, pero él se opone a la práctica como la más impropia e insiste que la Iglesia, bajo la guía del Espíritu Santo, siempre ha demostrado en el pasado su desaprobación a dicho proceder. Pero apenas es necesario insistir en que toda esta es una evidencia muy insuficiente (incluso cuando se complementa con algunas pocas citas de San Efrén y otros orientales) para apoyar la afirmación de que una norma general del celibato existía desde los tiempos apostólicos. Escritores del siglo IV eran propensos a describir muchas prácticas (por ejemplo, el ayuno cuaresmal de cuarenta días) como de institución apostólica que ciertamente no tenían ningún derecho a ser consideradas como tal. Por otro lado, hay hechos que indican lo contrario. La declaración de Clemente de Alejandría en una fecha anterior no está abierta a ninguna ambigüedad. Después de comentar los textos de San Pablo señalados anteriormente, y expresando su veneración por una vida de castidad, Clemente añade: "De todos modos, la Iglesia recibe plenamente al marido de una mujer independientemente de que sea sacerdote, diácono o laico, suponiendo siempre que utiliza su matrimonio inmaculadamente, y tal persona puede ser salvada en la generación de los hijos "(Strom., III, XIII).

No menos explícito es el testimonio dado por el historiador eclesiástico, Sócrates. Él declara que en las Iglesias Orientales ni los sacerdotes ni siquiera los obispos estaban obligados a separarse de sus esposas, aunque reconoció que en Tesalia y en Grecia se seguía una costumbre diferente (HE, Lb. V, cap. XXII). Además, en su relato del Concilio de Nicea (Libro I, cap. XI) Sócrates cuenta la historia de San Pafnucio que se levantó en la asamblea y se opuso a una ley a favor del celibato que consideraba demasiado rigurosa. Sería suficiente, pensó, que los que habían entrado previamente a su llamada sagrada debían abjurar del matrimonio de acuerdo con la antigua tradición de la Iglesia, pero que ninguno debía ser separado de ella a quien se había unido cuando aún no había sido ordenado. Y expresó estos sentimientos aunque él mismo no tenía experiencia del matrimonio. Algunos han tratado de desacreditar esta historia, pero casi todos los estudiosos modernos (en particular, el obispo Hefele, con su editor más reciente, Dom H. Leclercq) la aceptan sin reservas. El hecho de que la actitud del obispo Pafnucio difiere muy poco de la práctica actual de las Iglesias Orientales es sólo un punto fuerte a su favor. Debe notarse que estos testimonios son de origen oriental e indican, sin duda, la disciplina oriental imperante. Wernz expresa la opinión de que desde los primeros días de la Iglesia fue costumbre, si no ley, para los obispos, sacerdotes, y todos en las órdenes mayores, observar el celibato.

[Nota del Editor de New Advent: Estudios más recientes han fortalecido el caso para el carácter legendario de la historia de Pafnucio, y su posible origen en los círculos novacianistas. Según Winkelmann (1968), Stickler (1970) y Heid (1997), parece improbable que Pafnucio asistiese al concilio, y mucho menos que diera el discurso que se le atribuye. Vea Christian Cochini, The Apostolic Origins of Priestly Celibacy (San Francisco: Ignatius Press, 1990; edición original en francés, 1981), pp. 24-26, 44-46, 195-200 e índice; y Stefan Heid, Celibacy in the Early Church (Ignatius, 2000, edición original en inglés, 1997), pp. 15-19, 297-305 e índice.]

Segundo período

En Inglaterra

Situación actual

Ley del celibato en las Iglesias Orientales

Fuente: Thurston, Herbert. "Celibacy of the Clergy." The Catholic Encyclopedia. Vol. 3. New York: Robert Appleton Company, 1908. <http://www.newadvent.org/cathen/03481a.htm>.

Está siendoTraducido por Luz María Hernández Medina