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Viernes, 21 de septiembre de 2018

Nerón

De Enciclopedia Católica

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Nerón, el ultimo emperador romano (reinó 54-68) de la línea Julio-Claudia, era hijo de Domicio Ahenobarbo y Julia Agripina, sobrino del emperador Claudio. Después de la violenta muerte de su primera esposa, Valeria Mesalina, el emperador Claudio se casó con Julia, adoptó a su hijo Nerón y lo dio en matrimonio a su propia hija, Octavia. La madre de Nerón era capaz de cometer cualquier crimen con tal de ponerlo en el trono, y para prepararlo para este puesto nombró a L. Aneo Séneca como su tutor, y nombró al liberto Afranio Burro, un soldado rudo pero experimentado, como comandante de la guardia pretoriana. Estos hombres eran los consejeros y principales partidarios de Nerón en sus aspiraciones a emperador, tras la muerte súbita de Claudio.

Nerón nació en Antium el 15 de diciembre de 37 d.C., y tenía diecisiete años cuando se convirtió en emperador. Se consideraba a sí mismo un gran cantante y poeta. Todas las mejores disposiciones de su naturaleza habían sido sofocadas por su sensualidad y perversión moral. Agripina esperaba ser socia de su hijo en el gobierno, pero debido a su carácter autocrático, esto duró sólo un corto tiempo. Los primeros años del reinado de Nerón, bajo la dirección de Burro y Séneca, los verdaderos portadores del poder, fueron propicios en todo sentido. Una serie de regulaciones o bien derogaban o disminuían las dificultades de los impuestos directos, las arbitrariedades de la legislación y administración provincial, de modo que Roma y el imperio estaban encantados, y los primeros cinco años del gobierno de Nerón fueron estimados como los más felices de todos los tiempos, considerados por Trajano como los mejores de la era imperial.

Bajo Claudio, los armenios y los partos se habían revelado, y el procónsul había sido incapaz de defender el prestigio de las armas romanas. Séneca le aconsejó a Nerón afirmar sus derechos sobre Armenia y Domicio Córbulo fue llamado de Alemania y Bretaña para ir con tropas frescas a Capadocia y Galacia, donde el tomó por asalto las dos capitales armenias, Artaxata y Tigranocerta en 59 d.C. y puso sus cuarteles en la ciudad de Nisibis. El rey Tividates fue destronado, y Tigranes, el favorito de Nerón, fue hecho vasallo en su lugar. Pero la posición de Tigranes era insegura, y Vologeses, rey de los partos, que se había retirado previamente de Armenia y dado rehenes a los romanos, reavivó la guerra, derrotó al nuevo procónsul Pato, y lo obligó a recapitular. De nuevo Córbulo tomó el poder y reconoció a Tividates como rey con la condición que entregara su corona ante la imagen de Nerón, y reconociera su señorío sobre Armenia como concedida por Nerón; esto halagó tanto al emperador que, ascendiendo la tribuna en el foro romano, el mismo colocó la corona sobre la cabeza de Tividates.

Al mismo tiempo una peligrosa guerra estalló en Bretaña. Allí se habían construido sólidos campamentos y fortalezas durante los primeros años del reinado de Nerón, y el procónsul, Suetonio Paulino, había emprendido allí, como lo había hecho Córbulo en el pasado, el extender las fronteras de las conquistas romanas. Con la población nativa quejándose de impuestos excesivos, el reclutamiento, la avaricia de los oficiales romanos, vino de súbito la convocatoria de la heroica reina de los Iceni, Boudica, ordenando a sus tribus liberarse de la tiranía romana (61 d.C.). El procurador, Deciano Cato, había llevado a esta noble mujer a la desesperación por su odiosa y cruel codicia; y cuando esta opresión y la vergüenza de su propia violación y la de su hija llegó al conocimiento de su gente y de las tribus vecinas, se llenaron de ira y deseos de venganza. Los campamentos romanos fueron destruidos, las tropas sorprendidas y asesinadas, y más de 70,000 colonizadores pagaron la pena de su opresión con la pérdida del hogar y la vida. Londres fue quemado hasta los cimientos, y el procónsul, Suetonio Paulino, regresó lentamente en ayuda de los restantes colonizadores desde su incursión sobre la isla de Mona. A su llegada se realizó la batalla de Deva (Dee), en la cual Bretaña sucumbió a la disciplina romana, y fue de nuevo subyugada con la ayuda de tropas frescas provenientes de Alemania.

Después de la muerte de Claudio, Agripina mandó a envenenar a su viejo enemigo Narciso, el protector de Británico, y Junio Silano, debido a su parentesco juliano. Palas, el poderoso ministro de finanzas, y su más valiente seguidor, fue privado de su oficio, y su influencia personal en el gobierno fue constantemente disminuida. Para recuperar su poder, se acercó a la descuidada Octavia, y trató de hacer del impotente Británico un rival de su hijo; esto hizo que Nerón ordenase el asesinato de Británico, quien fue envenenado en un banquete en medio de su propia familia y amigos, Burro y Séneca ambos consintieron al crimen. Cuando Nerón había seducido a Popea Sabina, la esposa de su amigo Salvio Otón, ella resintió su papel de concubina y aspiró al de emperatriz. Esto trajo una crisis entre hijo y madre, pues con todos sus vicios Agripina nunca había carecido de una cierta dignidad exterior, y había expresado en su conducta los sentimientos del poder imperial. Ahora cuando a través del odio de Popea se comprometió a proteger los intereses de Octavia, a quien Nerón ciertamente debía su trono, el hijo determinó deshacerse de su madre. La invitó a una fiesta de placer en Baia, y el barco que la llevaría mar afuera estaba construido de tal forma para hundirse a propósito. Habiéndose frustrado este intento, él ordenó a sus ciudadanos que la apalearan hasta morir en su casa de campo (59 d.C). El informe se extendió en el extranjero de que Agripina había querido matar a su hijo, y Séneca deshonró su pluma a tal punto de escribirle al senado una breve condenando a la madre. Sólo un hombre de todo el senado tuvo el valor de dejar su asiento cuando esta carta era leída, Trasea Peto el filósofo. Burro murió en 62 d.C. y Séneca ya no fue capaz de hacerle resistencia a la influencia de Popea y de Sofonio Tigelino, prefecto de la guardia pretoriana. Se retiró a la vida privada, y se urdieron y cometieron nuevos crímenes.

Sulla y Plauto, sobrinos nietos de Augusto, estando en el exilio, fueron decapitados por orden de Nerón, y al ser anulado su matrimonio con Octavia, la desterró a Campaña. El populacho resintió profundamente el maltrato a Octavia, y los motines que ocurrieron en consecuencia sólo sirvieron para aumentar el miedo y el odio de Popea. Octavia fue enviada a la isla de Pandataria y allí fue decapitada. Popea ahora asumió el título de Augusta, se imprimió su imagen en la moneda del Estado Romano, y sus oponentes fueron asesinados mediante puñal o veneno. Nerón con sus compañeros se amotinaron por las noches a través de la ciudad, atacando a los hombres, asaltando a las mujeres, y llenó las posiciones vacantes en la corte imperial con la escoria de la ciudad. En la administración cívica se desató la extravagancia, en la corte se desenfrenó el lujo. Los déficits financieros crecían sobre la noche, las fortunas de los que habían sido condenados por la ley, de los libertos, de todos los pretendientes por nacimiento, llenaban el agotado fisco, y la moneda fue deliberadamente degradada. Todos los esfuerzos por poner fin a estos desastres fueron vanos, y la miseria general había llegado a su cima, cuando en 64 d.C ocurrió la terrible conflagración que quemó completamente tres, y parcialmente siete, de los catorce distritos en que se dividía Roma. Los autores más antiguos, Tácito y Suetonio, dicen claramente, y el testimonio de los escritores paganos y cristianos posteriores concurren con ellos, de que Nerón mismo dio la orden de prender fuego a la capital, y que el pueblo en general creyó esta versión. Nerón estaba en Antio cuando oyó que Roma estaba en llamas, se apresuró hacia allá, y se dice que subió a la torre de Mecenas, y mirando hacia el mar de llamas en que ardía Roma, cantó con su lira la canción de la ruina de Ilio.

En lugar de la vieja ciudad con sus estrechas y torcidas calles, Nerón planeó una nueva ciudad residencial, que se llamaría Neronia. Por seis días el fuego asoló las vecindades construidas tan cercanamente, y muchos miles perecieron en las llamas, innumerables obras de arte se perdieron en las ruinas. Informantes, sobornados para este propósito, declararon que los cristianos le habían prendido fuego a Roma. Su doctrina de la insignificancia de los bienes terrenales en comparación con las delicias del alma inmortal en el cielo era un reproche permanente al disoluto emperador. Comenzó una feroz persecución a través del imperio, y a través del robo y la confiscación, los cristianos fueron obligados en gran parte a pagar la construcción de la nueva Roma. En esta persecución fueron martirizados San Pedro y San Pablo en Roma en el año 67 d.C.

Los arquitectos imperiales planearon amplias calles y plazas, se levantaron casas de piedra donde antes estaban las de cal y madera; el Domus aurea, rodeado de maravillosos jardines y parques, mayores en extensión que las anteriores vecindades sorprendían a la gente por su esplendor y belleza. Para poder conseguir los cuantiosos fondos para esas vastas empresas, los templos fueron despojados de sus obras de arte, de sus ofrendas votivas en oro y plata, y justa o injustamente se confiscó las fortunas de las grandes familias. El descontento general así surgido resultó en la conspiración de Calpurnio Piso. El complot fue descubierto, y los conspiradores y sus familias y amigos fueron condenados a muerte. Entre los más notorios de ellos estaban Séneca, Lucano, Petronio y el estoico Trasea Peto, de quien Tácito dijo que era la virtud encarnada, y uno de los pocos cuya fortaleza y justicia nunca había sido ocultada en presencia del asesino César. Popea también, quién había sido brutalmente pateada por su esposo, murió poco después, junto con su hijo por nacer. Finalmente el emperador emprendió una gira de placer a través de la Baja Italia y Grecia; como actor, cantante y arpista se ganó el desprecio del mundo; amontonó sobre sus carrozas triunfales las coronas de victoria de los grandes juegos griegos, y así deshonró la dignidad de Roma a tal punto que Tácito por respeto a los poderosos ancestros del César ni siquiera menciona su nombre una sola vez.

Insurrecciones en las provincias y en Roma misma ahora presagiaban el inminente derrocamiento de la tiranía neroniana. Julio Vindex, procónsul de Galia Lugdunense, con el intento de dar a Galia un gobierno válido e independiente, levantó la bandera de la revuelta, y buscó una alianza con los procónsules de España y las provincias del Rin. Sulpicio Galba, Procónsul de Hispania Tarraconense, quien estaba listo para el cambio, concordó con los planes presentados a él, declaró que su fidelidad a Nerón había terminado y fue proclamado emperador por su propio ejército. A Verginio Rufo, procónsul de la Alta Alemania, sus tropas le ofrecieron el principado, y los guió contra el usurpador Vindex. Vindex fue derrotado en una batalla en Vesontio (Besançon) y se suicidó. En Roma los pretorianos---deslumbrados por las hazañas de Galba---desertaron de Nerón, el Senado lo declaró enemigo público, y lo sentenció a la muerte de un asesino común. Abandonado y fuera de la ley, se suicidó en la casa de uno de sus libertos, en junio de 68 d.C. Enseguida y por doquier Sulpicio Galba fue aceptado como emperador. La súbita desaparición de Nerón, cuyos enemigos habían extendido la noticia de que había huido a Oriente, dio pie a la leyenda posterior de que él estaba vivo aún y que regresaría para sentarse de nuevo en el trono imperial.

Bibliografía: SCHILLER, Gesch. der rom. Kaiser, I (Gotha, 1883); STIGLMAYER, Tacitus uber den Brand von Rom in Stimmen aus Maria Laach, LXXVIII (Freiburg, 1910), 2; VON DOMASZEWISICI, Gesch. der rom. Kaiser, II (Leipzig, 1909). Hoeber, Karl. "Nero." The Catholic Encyclopedia. Vol. 10. New York: Robert Appleton Company, 1911. <http://www.newadvent.org/cathen/10752c.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina