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Lunes, 27 de marzo de 2017

Secta

De Enciclopedia Católica

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Etimología y significado

La palabra “secta” no se deriva, como afirman algunos, de secare, cortar, dividir, sino de sequi, seguir (Skeat, “Etymological Dict.”, 3ra. Ed., Oxford, 1898, s.v.). En la lengua latina clásica secta significaba el modo de pensamiento, la manera de vida y, en un sentido más específico, designaba el partido político al que uno había jurado lealtad, o la escuela filosófica cuyos principios había abrazado. Etimológicamente el término no tiene ninguna connotación ofensiva.

En los Hechos de los Apóstoles se aplica, tanto en el latín de la Vulgata y en el Inglés de la Biblia de Douay a la tendencia religiosa con la que uno se ha identificado (24,5; 26,5; 28,22; 24,14). Las Epístolas del Nuevo Testamento lo aplican despectivamente a las divisiones dentro de las comunidades cristianas. La Epístola a los Gálatas (5,20) menciona entre las obras de la carne las "peleas, disensiones, sectas", y San Pedro en su Segunda Epístola (2,1) habla de los “falsos maestros que introducirán sectas perniciosas".

En el uso eclesiástico católico posterior se retuvo este significado (vea San Agustín, Reply to Faustus, XX.3); pero en la antigüedad cristiana y en la Edad Media el término fue de uso mucho menos frecuente que "herejía" o "cisma". Estas palabras fueron más específicas y, por lo tanto, más claras. Por otra parte, como “herejía” designaba directamente un error doctrinal sustancial, y “secta” se aplicaba a la asociación externa, la Iglesia, que siempre ha atribuido suma importancia a la solidez en la doctrina, naturalmente prefiere la denominación doctrinal.

Con el surgimiento del protestantismo y la consiguiente ruptura de la religión cristiana en numerosas denominaciones, el uso de la palabra secta se ha hecho frecuente entre los cristianos. Al presente, por lo general implica desaprobación en la mente del hablante o escritor. Sin embargo, ese no es necesariamente el caso como lo demuestra la expresión ampliamente usada para instituciones "sectarias" (por denominacional) y por la declaración de la conocida autoridad H. W. Lyon de que él no usa la palabra "en ningún sentido irritante" ("A Study of the Sects", Boston, 1891, p. 4). Esta extensión del término a todas las denominaciones cristianas resulta, sin duda, de la tendencia del mundo no católico moderno a considerar todas las diversas formas de cristianismo como la encarnación de las verdades reveladas y con el mismo derecho al reconocimiento. Algunas iglesias, sin embargo, todavía hacen una excepción a la aplicación del término a sí mismas debido a su implicación, a sus ojos, de inferioridad o depreciación. Las denominaciones protestantes que asumen tal actitud no saben cómo determinar los elementos esenciales de una secta.

En países como Inglaterra y Alemania, donde existen iglesias estatales, lo habitual es aplicar el nombre de "secta" a todos los disidentes. La obediencia a la autoridad civil en materia religiosa se convierte así en el prerrequisito necesario para un nombre religioso justo. En tierras donde no se reconoce oficialmente ninguna religión en particular, algunos protestantes consideran imposible la distinción entre Iglesia y secta (Loofs, "Symbolik", Leipzig, 1902, 74). Otros afirman que la predicación de la pura y sin mezcla Palabra de Dios, la administración legítima de los Sacramentos y la identificación histórica con la vida nacional de un pueblo le da derecho a una denominación a que se le considere como Iglesia; en ausencia de estos requisitos, no es más que una secta (Kalb, 592-94). Sin embargo, esto no resuelve la cuestión,}; pues, ¿qué autoridad entre los protestantes puede en última instancia y para su satisfacción general juzgar el carácter de la predicación o la forma en que se administran los sacramentos? Por otra parte, una religión histórica puede contener muchos elementos de falsedad. El paganismo romano estaba más estrechamente identificado con la vida de la nación que lo que lo estuvo cualquier religión cristiana ha existido, y aun así era un sistema religioso completamente defectuoso. Era un sistema no cristiano, pero, sin embargo, el ejemplo ilustra el punto en discusión; pues una religión verdadera o falsa va a seguir siéndolo independientemente de la asociación histórica posterior o el servicio nacional.

Para el católico la distinción entre Iglesia y secta no presenta ninguna dificultad. Para él, cualquier denominación cristiana que se ha establecido de manera independiente de su propia Iglesia es una secta. De acuerdo con la enseñanza católica, cualesquiera cristianos que se unen y se niegan a aceptar toda la doctrina o a reconocer la autoridad suprema de la Iglesia Católica, constituyen meramente un partido religioso bajo un liderazgo humano desautorizado. La Iglesia Católica es la única sociedad universal instituido por Jesucristo que tiene un derecho legítimo a la lealtad de todos los hombre]]s, aunque en realidad, esta lealtad es retenida por muchos debido a la ignorancia y al abuso del libre albedrío. Ella es la única guardiana de toda la enseñanza de Jesucristo, que debe ser aceptada en su totalidad por toda la humanidad. Sus miembros no constituyen una secta ni permiten que se les conozca como tal, porque no pertenecen a un partido llamado a la existencia por un líder humano, o a una escuela de pensamiento jurada a los dictados de un maestro mortal. Forman parte de una Iglesia que abarca todo el espacio y en cierto sentido, tanto el tiempo como la eternidad, ya que es militante, sufriente y triunfante.

Esta afirmación de que la religión católica es la única forma de cristianismo auténtica puede asustar a algunos por su exclusividad. Pero la verdad es necesariamente exclusiva; debe excluir el error así como necesariamente la luz es incompatible con la obscuridad. Como todas las denominaciones no católicas rechazan alguna verdad o verdades enseñadas por Cristo, o repudiar la autoridad instituida por Él en su Iglesia, en algún momento han sacrificado su doctrina esencial por el aprendizaje humano o su autoridad por el liderato humanamente constituido. El único camino lógico abierto a la Iglesia es que debe negarse a reconocer tales sociedades religiosas como organizaciones, como ella, de origen y autoridad divinos. Ninguna persona imparcial se sentirá ofendida por esto si recuerda que la fidelidad a su misión divina refuerza esta actitud intransigente sobre la autoridad eclesiástica. No es más que una afirmación práctica del principio de que la verdad divinamente revelada no puede y no debe ser sacrificada a la objeción y especulación humana. Pero mientras la Iglesia condena los errores de los no católicos, ella enseña la práctica de la justicia y la caridad hacia sus personas, repudia el uso de la violencia y la coacción para lograr su conversión y está siempre dispuesto a acoger de nuevo en el redil a personas que se han desviado del camino de la verdad.

Estudio histórico; causas; remedios al sectarismo

El reconocimiento por la Iglesia de las sectas que surgieron en el curso de su historia habría sido necesariamente fatal para ella y para cualquier organización religiosa consistente. Desde el momento en que elementos judíos y paganos amenazaron la pureza de su doctrina hasta los días de los errores modernistas, su historia habría sido sólo una larga acomodación a las nuevas y a veces contradictorias opiniones. El gnosticismo, el maniqueísmo, el arrianismo en los primeros días, y los albigenses, los husitas y el protestantismo de fecha posterior, por citar sólo una pocas herejías, habrían reclamado igual reconocimiento. Las distintas partes en las que las sectas suelen dividirse poco después de su separación de la Madre Iglesia hubieran tenido derecho, a su vez, a una consideración similar. No sólo el luteranismo, el calvinismo y los seguidores de Ulrico Zwinglio, sino todas las innumerables sectas que brotaron de ellos habrían tenido que ser consideradas como igualmente capaces de llevar a los hombres a Cristo y a la salvación. Sólo la existencia actual de miles y miles de denominaciones cristianas en todo el mundo ilustra suficientemente esta afirmación. Una Iglesia que adopta tal política de aprobación universal no es liberal, sino indiferente; no conduce sino que sigue y no se puede decir que tiene la misión docente entre los hombres.

Se pueden asignar numerosas causas generales para la división del cristianismo. Entre las principales estuvieron las controversias doctrinales, la desobediencia a las prescripciones disciplinarias y la insatisfacción con los abusos eclesiásticos reales o imaginarios. Las cuestiones políticas y el sentimiento nacional también tuvieron su participación en complicar la dificultad religiosa. Además razones de carácter personal y de las pasiones humanas no pocas veces obstaculizaron el ejercicio del juicio tan necesario en materia religiosa. Estas causas general, resultaron en el rechazo del principio vivificante de la autoridad sobrenatural que es el fundamento de toda unidad.

Es este el principio de una autoridad viva divinamente encargada de preservar e interpretar con autoridad la Revelación Divina, que es vínculo de unión entre los diferentes miembros de la Iglesia Católica. Al repudio de dicha autoridad se debió no sólo la separación inicial de los no católicos, sino también su posterior fracaso en preservar la unión entre ellos. El protestantismo, en particular, por su proclamación del derecho a la interpretación privada de las Sagradas Escrituras barrió de un golpe toda la autoridad viva y constituyó al individuo como autoridad suprema en asuntos doctrinales. Sus divisiones son, por lo tanto, naturales, y su herejía pruebas en desacuerdo con uno de sus principios fundamentales. Los desastrosos resultados de las muchas divisiones entre los cristianos se sienten profundamente hoy día y se manifiesta el anhelo por la unión. Sin embargo, los no católicos no tienen claro en qué forma se puede alcanzar el resultado deseado. Muchos ven la solución en el cristianismo no dogmático o sin denominaciones. Ellos creen que se deben pasar por alto los puntos de desacuerdo, y así se obtendrá una base común para la unión. Por lo tanto abogan por relegar las diferencias doctrinales e intentar levantar un cristianismo unido principalmente sobre una base moral. Este plan, sin embargo, descansa en una premisa falsa, ya que su minimiza, en un grado injustificado, la importancia de la enseñanza correcta y la sólida creencia y por lo tanto tiende a transformar el cristianismo en un mero código de ética. Desde la posición inferior asignada a los principios doctrinales no hay sino un paso para su rechazo parcial o total, y la ausencia de denominaciones, en lugar de ser un retorno a la unidad querida por Cristo, no puede sino resultar en la destrucción del cristianismo. No está en el rechazo ulterior de la verdad que las divisiones del cristianismo pueden ser sanadas, sino en la aceptación sincera de lo que ha sido descartado; el remedio está en el retorno de todos los disidentes a la Iglesia Católica.


Bibliografía: Autoridades católicas: BENSON, Non-Catholic Denominations (Nueva York, 1910); MÖHLER, Symbolism, tr. ROBERTSON, 3ra. ed. (Nueva York, s. d.); PETRE, The Fallacy of Undenominationalism in Catholic World, LXXXIV (1906-07), 640-46; DÖLLINGER, Kirche u. Kirchen (Munich, 1861); VON RUVILLE, Back to Holy Church, tr. SCHOETENSACK (Nueva York, 1911); una revista mensual católca dedicada especialmene a la unidad de la Iglesia es The Lamp (Garrison, Nueva York). Autoridades no católicas: CARROLL, The Religious Forces of the United States, in American Church Hist. Series I (Nueva York, 1893); KALB, Kirchen u. Sekten der Gegenwart (Stuttgart, 1907); KAWERAU, in Realencyklop. f. prot. Theol., 3ra. ed., s.v.; SEKTENWESEN en Deutschland; BLUNT, Dict. of Sects (Londres, 1874); MASON, A Study of Sectarianism in New Church Review, I (Boston, 1894), 366-82; MCBEE, An Eirenic Itinerary (Nueva York, 1911).

Fuente: Weber, Nicholas. "Sect and Sects." The Catholic Encyclopedia. Vol. 13. New York: Robert Appleton Company, 1912. <http://www.newadvent.org/cathen/13674a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina.