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Jueves, 29 de junio de 2017

Pasiones

De Enciclopedia Católica

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Vea también el artículo apetito.

Por el término pasiones hemos de entender aquí los movimientos del apetito sensitivo en el hombre que tienden a la consecución de algún bien real o aparente, o la evitación de algún mal. Cuanto más intenso es el objeto deseado o aborrecido, más vehemente es la pasión. San Pablo habla así de ellas: "Porque cuando estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas, excitadas por la ley, obraban en nuestros miembros, a fin de que produjéramos frutos de muerte.” (Rom. 7,5). Se les llama pasiones, ya que causan una transformación en la condición normal del cuerpo y sus órganos, que a menudo aparece externamente.

También se puede señalar que existe en el hombre un apetito racional, así como un apetito sensitivo. El apetito racional es la voluntad; y a sus actos de amor, alegría y tristeza se les llama pasiones sólo metafóricamente, debido a su semejanza con los actos del apetito sensitivo. Santo Tomás y los escolásticos las clasifican como sigue: El apetito sensitivo es doble, concupiscible e irascible, específicamente distintos debido a sus objetos. El objeto del concupiscible es un bien real o aparente y adecuado a la inclinación sensible. El objeto del apetito irascible es un bien calificado por alguna dificultad especial en su consecución.

Las principales pasiones son un total de once:

Para explicar las pasiones en su relación con la virtud, es necesario considerarlas primero en el orden moral. Algunos moralistas han enseñado que todas las pasiones son buenas si se mantienen sometidas, y son todas malas si son desenfrenadas. La verdad es que, en cuanto a la moral, las pasiones son indiferentes, es decir, ni buenas ni malas en sí mismas. Sólo en la medida en que son voluntarias caen bajo la ley moral. Sus movimientos a veces puede ser antecedentes a cualquier acto de la voluntad, o pueden ser tan fuertes que resistan todas las órdenes de la voluntad. Los sentimientos en relación con las pasiones pueden ser duraderos, y no siempre bajo el control de la voluntad, como por ejemplo los sentimientos de amor, tristeza, miedo e ira, según experimentados en el apetito sensitivo; pero nunca puede ser tan fuertes para forzar el consentimiento de nuestro libre albedrío a menos que primero arramblen con nuestra razón.

Estos movimientos involuntarios de las pasiones no son ni moralmente buenos ni moralmente malos. Se convierten en voluntarios en dos formas:

  • por el mandato de la voluntad, que puede ordenar a las facultades inferiores del apetito sensitivo y excitar sus emociones;
  • por la no resistencia, pues la voluntad puede resistir al negar su consentimiento a sus impulsos, y está obligada a resistir cuando sus insinuaciones son irracionales y desordenadas. Cuando son voluntarias, las pasiones pueden aumentar la intensidad de los actos de la voluntad, pero también pueden disminuir su moralidad al afectar su libertad.

En lo que se refiere a la virtud las pasiones pueden ser consideradas en las tres etapas de la vida espiritual:

  • en primer lugar, la adquisición;
  • en segundo lugar, su aumento;
  • en tercer lugar, su perfección.

Cuando son reguladas por la razón, y se someten al control de la voluntad, las pasiones pueden ser consideradas buenas y se utilizan como medio de adquisición y ejercicio de las virtudes. Cristo mismo, en quien no podía haber pecado ni sombra de imperfección, admitió su influencia, pues leemos que estuvo triste hasta la muerte (Marcos 14,34), que lloró por Jerusalén (Lucas 19,41), y que en la tumba de Lázaro se conmovió interiormente y se turbó (Juan 11,33). San Pablo nos manda a alegrarnos con los que están alegres y a llorar con los que lloran (Rom. 12,15). El apetito sensitivo es dado al hombre por Dios, y por lo tanto sus actos deben ser empleados en su servicio. El miedo a la muerte, al juicio y al infierno nos impulsan al arrepentimiento, y a los primeros esfuerzos por adquirir la virtud. Los pensamientos sobre la misericordia de Dios producen esperanza, gratitud y correspondencia. Las meditaciones sobre los sufrimientos de Cristo nos mueven al dolor por el pecado y a la compasión y amor por Él y sus sufrimientos.

Las virtudes morales son para regular las pasiones y las emplean como ayudantes en el progreso de la vida espiritual. Un hombre justo a veces experimenta una gran alegría, una gran esperanza y confianza, y otros sentimientos al realizar los deberes de piedad, y también gran dolor sensible, así como dolor en el alma, por sus pecados, y así es confirmado en su justicia. Él puede merecer constantemente al restringir y purificar sus pasiones. Los santos que han alcanzado el estado exaltado de la perfección, han conservado su capacidad para todas las emociones humanas y su sensibilidad ha quedado sujeta a las leyes ordinarias; pero en ellos el amor de Dios ha controlado las imágenes mentales que excitan las pasiones y dirige todas sus emociones a su servicio activo. Se ha dicho con razón que el santo muere y nace de nuevo: él muere a una vida agitada, distraída y sensual, mediante la templanza, continencia y austeridad, y nace a una vida nueva y transformada. Él pasa a través de lo que San Juan llama "la noche de los sentidos", tras lo cual los ojos se abren a una luz más clara. "El santo regresará más tarde a los objetos sensibles para disfrutar de ellos a su manera, pero mucho más intensamente que los demás hombres" (H. Joly, "Psicología de los Santos", 128). En consecuencia podemos entender cómo las pasiones y las emociones del apetito sensitivo puede ser dirigidas y dedicadas al servicio de Dios, y a la adquisición, aumento y la perfección de la virtud.

Todos admiten que las pasiones, si no se restringen, llevan al hombre más allá de los límites del deber y la honestidad, y lo sumergen en excesos pecaminosos. Las pasiones desenfrenadas causan toda la ruina moral y la mayoría de los males físicos y sociales que afligen al hombre.

Hay dos elementos adversos en el hombre que compiten por el dominio, y a los que San Pablo designa "la carne" y "el espíritu" (Gál. 5,17). Estos dos están a menudo en desacuerdo entre sí en cuanto a inclinaciones y deseos. Para establecer y preservar la armonía en el individuo, es necesario que gobierne el espíritu, y que la carne sea obediente a él. El espíritu tiene que liberarse de la tiranía de las pasiones de la carne. Debe liberarse por la renuncia a todas esas cosas ilícitas que anhela nuestra naturaleza inferior, de modo que se establezca y conserve el recto orden en las relaciones entre nuestra naturaleza superior e inferior. La carne y sus apetitos, si se le permite, tirarán todo a la confusión y desvirtuará ntoda nuestra naturaleza por el pecado y sus consecuencias. Por tanto, es deber del hombre controlarlos y regularlos mediante la razón y una voluntad fuerte ayudada por la gracia de Dios.


Fuente: Devine, Arthur. "Passions." The Catholic Encyclopedia. Vol. 11. New York: Robert Appleton Company, 1911. <http://www.newadvent.org/cathen/11534a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina. rc