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Martes, 30 de septiembre de 2014

Paráclito

De Enciclopedia Católica

Paráclito, consolador (latín Consolator; griego parakletos), una denominación del Espíritu Santo. La palabra en griego la cual, al menos como designación del Espíritu Santo, aparece sólo en el Evangelio según San Juan (14,16.26; 15,26; 16,7), ha sido variamente traducida como “abogado”, “intercesor”, “maestro”, “ayudante”, “consolador”. Esta última traducción, aunque difiere de la forma pasiva del griego, se justifica por el uso helenístico, una serie de versiones antiguas, la autoridad patrística y litúrgica, y las necesidades evidentes del contexto de Juan. Según San Juan la misión del Paráclito es morar con los discípulos después que Jesús les haya retirado su presencia visible; inculcarles internamente la enseñanza dada por Cristo exteriormente y hacerlos así testigos de la obra y doctrina del Salvador. No hay ninguna razón para limitar a los Apóstoles mismos la influencia consoladora del Paráclito, como había prometido en el Evangelio (Mt. 10,19; Mc. 13,11; Lc. 12,11; 21,14) y descrito en Hechos 2. En la mencionada declaración de Cristo, el cardenal Manning ve acertadamente una nueva dispensación, la del Espíritu de Dios, el Santificador. El Paráclito conforta a la Iglesia al garantizarle su inerrancia y al fomentar su santidad (vea la Iglesia). Consuela a cada alma individual de muchas maneras.

Dice San Bernardo (Parvi Sermones): De Spiritu Sancto testatur Scriptura quia procedit, spirat, inhabitat, replet, glorificat. Procedendo praedestinat; spirando vocat quos praedestinavit; inhabitando justificat quos vocavit; replendo accumulat meritis quos justificavit; glorificando ditat proemiis quos accumulavit meritis. Cada condición saludable, el poder y la acción, de hecho, toda la gama de nuestra salvación, entra dentro de la misión del Consolador. A sus extraordinarios efectos se les llama dones, frutos, bienaventuranzas. Su trabajo ordinario es la santificación con todo lo que conlleva, la gracia habitual, las virtudes infusas, la adopción y el derecho a la herencia celestial. “El amor de Dios”, dice San Pablo (Rom. 5,5), “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.” En ese pasaje el Paráclito es tanto el donante como el don, el dador de la gracia (donum creatum) y el don del Padre y del Hijo (donum increatum). San Pablo enseña repetidamente que el Espíritu Santo habita en nosotros (Rom. 8,9.11; 1 Cor. 3,16).

Esa morada del Paráclito en el alma justificada no debe entenderse como si fuera tarea exclusiva de la tercera persona ni como si constituyera la formalis causa de nuestra justificación. El alma, renovada interiormente por la gracia habitual, se convierte en la morada de las tres Personas de la Santísima Trinidad (Juan 14,23), sin embargo, esa morada es con razón consignada a la Tercera Persona, quien es el Espíritu de amor. Los teólogos católicos no concuerdan en cuanto al modo y explicación de la estancia del Espíritu Santo en el alma de los justos. Santo Tomás de Aquino (I, Q. XLIII, a. 3) propone el más bien vago y poco satisfactorio símil "sicut cognitum in cognoscente et amatum in amante”. Para Oberdöffer es una fuerza siempre en acción, que mantiene y desarrolla la gracia habitual en nosotros. Verani lo considera meramente una presencia objetiva, en el sentido de que el alma justificada es el objeto de una especial solicitud y amor de elección por parte del Paráclito. Forget, y en esto pretende poner de manifiesto el verdadero pensamiento de Santo Tomás, sugiere una especie de unión mística y cuasi experimental del alma con el Paráclito, que difiere en grado, pero no en especie de la visión intuitiva y el amor beatífico de los elegidos. En materia tan difícil, sólo podemos volver a las palabras de San Pablo (Rom. 8,15): «…recibísteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar ¡Abbá, Padre!.” La misión del Paráclito no le quita nada a la misión de Cristo. Cristo permanece en el cielo como nuestro parakletos o defensor (1 Juan 2,1). En este mundo, Él está con nosotros hasta la consumación del mundo (Mt. 27,20), pero Él está con nosotros por medio de su Espíritu de quien dice: "…si me voy os lo enviaré. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.” (Juan 16,7.14). Véase Espíritu Santo.


Fuente: Sollier, Joseph. "Paraclete." The Catholic Encyclopedia. Vol. 11. New York: Robert Appleton Company, 1911. <http://www.newadvent.org/cathen/11469a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina.