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Martes, 23 de enero de 2018

Idolatría

De Enciclopedia Católica

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(Gr. eidololatria.)
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Etimológicamente idolatría denota adoración Divina otorgada a una imagen, pero su significado ha sido extendido a toda adoración Divina otorgada a cualquier persona o cosa distinta del verdadero Dios. Sto. Tomás (Summa Theol., II-II, q. xciv) lo trata como una especie del género superstición, que es un vicio opuesto a la virtud de la religión y consiste en dar honor Divino (cultus) a cosas que no son Dios, o a Dios Mismo de una manera equivocada. La nota específica de la idolatría es su directa oposición al objeto primario de la adoración Divina; se confiere a una criatura la reverencia sólo debida a Dios. Se hace esto de diversas maneras. La criatura es a menudo representada por una imagen, un ídolo. “Algunos, mediante artes infames, hacen ciertas imágenes, las cuales, a través del poder del demonio, producen ciertos efectos de donde ellos piensan que esas imágenes contienen algo divino y como consecuencia de tal divinidad, son merecedores de adoración.” Esta era la opinión de Hermes Trismegistus. Otros otorgan honores Divinos no a las imágenes sino a las criaturas que ellas representan. Ambos tipos son insinuados por el Apóstol (Rom., I, 23-25), quien dice del primero: “Ellos cambiaron la gloria del Dios incorruptible a la copia de la imagen de hombre corruptible, y de pájaros, y de bestias cuadrúpedas, y de cosas rastreras”, y de la segunda: “Ellos adoran y sirven a la criatura en lugar de al Creador”. Estos adoradores de criaturas eran de tres tipos. Algunos sostenían que ciertos hombres eran dioses, y estos eran honrados a través de sus estatuas. e.g., Júpiter y Mercurio. Otros opinaban que todo el mundo era un Dios, Dios que era concebido como el alma racional del mundo corporal. Por tanto adoraban al mundo y a todas sus partes, el aire, el agua y todo el resto; sus ídolos, de acuerdo con Varro, como es reportado por San Agustín (De Civ. Dei, VIII, xxi, xxii), eran la expresión de esta creencia. Otros en tanto, seguidores de Platón, admitían un solo Dios supremo, causa de todas las cosas, y debajo de El ubicaban ciertas sustancias de Su creación y que participaban de Su Divinidad, estas sustancias eran llamadas por ellos dioses; y por debajo ponían las almas de cuerpos celestes y, otra vez debajo de estos los demonios los que, pensaban, eran una especie de seres vivientes aéreos (animalia). En el lugar más bajo de todos ubicaban las almas humanas, las que, de acuerdo con sus méritos o deméritos compartirían la sociedad ya con los dioses o con los demonios. A todos ellos atribuían adoración Divina, como dice San Agustín (De Civ. Dei, VIII, 14).

Existe una diferencia esencial entre la idolatría y la veneración de imágenes practicada en la Iglesia Católica, viz., que mientras el idólatra atribuye Divinidad o poderes Divinos a la imagen que reverencia, el Católico sabe “ que en las imágenes no hay divinidad ni virtud debido a la cual deban ser adoradas, que no se puede dirigir peticiones a ellas, y que no debe depositarse confianza en ellas. . . que el honor que se les brinda a ellos está referido a los objetos (prototypa) que representan, de modo tal que a través de las imágenes que besamos, y delante de las cuales nos descubrimos las cabezas y arrodillamos, adoramos a Cristo y veneramos a los santos cuya similitud representan” (Conc. find., Sess. XXV, "de invocatione Sanctorum").

ASPECTO MORAL

Considerada en si misma, la idolatría es mas grande de los pecados mortales. Esto es así, porque es, por definición, una invasión a la Soberanía de Dios sobre el mundo, un atentado a Su Divina Majestad, una rebelde ubicación de una criatura sobre el trono que pertenece solamente a El. Aún la simulación de idolatría, a fin de escapar de la muerte durante persecución, es un pecado mortal, debido a la perniciosa falsedad que involucra y el escándalo que causa. San Agustín dice, refiriéndose a Seneca quien, contra su mejor juicio, participó de adoraciones idólatras: “Él merece más ser condenado por hacer mendazmente lo que la gente creía que hacía sinceramente”. La culpa de la idolatría, sin embargo, no debe ser evaluada solamente por su naturaleza abstracta; la forma concreta que asume en la conciencia del pecador es el elemento realmente importante. Ningún pecado es mortal –i.e. excluye al hombre de alcanzar el fin para el cual fue creado—sin no fue cometido con claro conocimiento y libre determinación. Pero ¿cuan muchos, o cuan pocos, de los incontables millones de idólatras son, o han sido, capaces de distinguir entre el Creador de todas las cosas y Sus criaturas? y habiendo hecho la distinción ¿cuantos han sido lo suficientemente perversos para adorar a la criatura con preferencia al Creador? -- Es razonable, Cristiano, y caritativo suponer que los “falsos dioses” de los paganos eran, en sus conciencias, el único Dios verdadero que conocían, y que su adoración al ser correcta en su intención, se elevaba al único Dios verdadero, junto con la de los Judíos y los Cristianos a los que Él se les había revelado. “En el día en que Dios venga a juzgar los secretos de los hombres por Jesucristo. . . . .los gentiles que no hayan tenido la ley, serán juzgados por sus conciencias (Rom., ii, 14-16). Dios, que desea que todos los hombres se salven, y Cristo, que murió por todos los que pecaron en Adán, se sentirían frustrados en sus designios misericordiosos si el príncipe de este mundo se fuera a llevar a todos los idólatras.

CAUSAS

En sus formas mas groseras la idolatría ha sido tan alejada de la mente Cristianizada que no resulta una cuestión fácil explicar su origen. Su persistencia, después de haber ganado un primer paso y sus ramificaciones en innumerables variedades, son suficientemente explicadas por la necesidad moral impuesta sobre las generaciones más jóvenes de seguir el patrón de sus mayores con solamente desviaciones insignificantes hacia la derecha o izquierda. De esta forma las generaciones Cristianas se continúan con generaciones Cristianas; si aparecen sectas, son sectas Cristianas. La pregunta sobre el primer origen de la idolatría es respondida por Santo Tomas de esta forma: “La causa de la idolatría tiene dos aspectos: un artilugio de parte del hombre; consumado de parte de los demonios. Los hombres fueron primeramente llevados a la idolatría por afectos desordenados, en tanto otorgaron honores divino a alguien que amaron o veneraron mas allá de toda medida. Esta causa es indicada en Sabiduría, xiv, 15: ‘Porque un padre afligido por una amarga pena, se hizo a sí mismo una imagen de su hijo que fue tempranamente llevado; y entonces a aquel que hubo muerto como un hombre, el comenzó a adorarlo como a un dios…’, y xiv, 21: ‘El hombre sirviendo ya a su afecto o a su rey, les dio un nombre incomunicable a rocas y bosques’. Segundo: Por su natural amor por las representaciones artísticas: hombres incultos, viendo que las estatuas representaban graciosamente la figura del hombre, las adoraron como dioses. Así leemos en Sabiduría, xiii, 11 sq., 'Un artista, un carpintero cortó un árbol apropiado para el uso de su madera…. Y por su habilidad y arte lo modeló y lo hizo parecido a la imagen de un hombre . . . y entonces hizo oraciones para esto, preguntándose acerca de su sustancia y sus hijos o su matrimonio’. Tercero: Por su ignorancia del verdadero Dios: el hombre, no considerando la excelencia de Dios, atribuyo adoración divina a ciertas criaturas descollantes en belleza o virtud: Sabiduría, xiii, 1-2:' . . . . .ni aún atendiendo a los trabajos ha (el hombre) reconocido quien era el trabajador, pero imaginó que ya el fuego, o el viento o el aire súbito, o el circulo de las estrellas, o las grandes aguas, o el sol y la luna, eran los dioses que regían el mundo’. – La causa consumada de la idolatría fue la influencia de los demonios quienes se ofrecieron a si mismos a la adoración de los hombres errados, dándole respuestas desde los ídolos o haciendo cosas que parecían maravillosas a los hombres por lo que el Salmista dice (Salmos. xcv, 5): ‘Todos los dioses de los gentiles son demonios’ (II-II, Q. xciv, a. 4).

Las causas que el escritor de Sabiduría, probablemente un Judío Alejandrino viviente en el siglo segundo A.C., asigna a la idolatría prevaleciente en su tiempo y ambiente, son suficientes para considerarlos por origen de toda idolatría. El amor del hombre por las imágenes sensibles no es un capricho sino una necesidad de su mente. Nada está en el intelecto que no haya previamente pasado a través de sus sentidos. Todo pensamiento que trasciende la esfera del conocimiento sensorial directo es revestido de ropaje material, ya sea solamente una palabra o un símbolo matemático. Igualmente, el conocimiento impenetrable a nuestros sentidos, que nos llega por revelación, es comunicado y recibido a través de los sentidos externos o internos, y es posteriormente elaborado por comparación con nociones desarrollados desde las percepciones sensoriales; todos nuestro conocimiento de lo sobrenatural procede de su analogía con lo natural. Por ello, a todo lo largo del Viejo Testamento Dios se revela a Si Mismo en su similitud con el hombre, y en el Nuevo, el Hijo de Dios, asumiendo naturaleza humana, nos habla en parábolas y similitudes. Ahora, la mente humana, cuando está suficientemente madura para recibir la noción de Dios, está ya cargada con imaginería natural que viste la nueva idea. Es por sí mismo evidente que la limitada mente del hombre no puede representar, figurarse o concebir adecuadamente la perfección de Dios. Si es librado a sus propios recursos, el hombre desarrollará lenta e imperfectamente la oscura noción de un poder superior o supremo del cual dependerá su bienestar y con el cual puede reconciliarse u ofender. En este proceso interviene la segunda causa de la idolatría: la ignorancia. El Supremo Poder es aprehendido en las realizaciones y obras de la naturaleza, en el sol y las estrellas, en los campos fértiles, en los animales, en fantasiosas influencias invisibles, en hombres poderosos. Y allí, entre las causas secundarias, “el tanteo tras Dios” puede terminar en la adoración de bastones y piedras. San Pablo le dijo a los Atenienses que Dios había “guiñado en los tiempos de esta ignorancia” durante el cual ellos erigieron altares “Al Dios Desconocido”, lo que implica que El tuvo compasión de su ignorancia y les envió la luz de la verdad para recompensar sus buenas intenciones (Hechos, xvii, 22-31). Tan pronto como la oscuridad pagana ha ubicado su dios desconocido, amor y miedo, que no son sino manifestaciones del instinto de auto preservación, dio forma al culto al ídolo con sacrificios u otras practicas religiosas simpáticas. La ignorancia de la Primera Causa, la necesidad de imágenes para fijar concepciones más elevadas, el instinto de auto preservación – estas son las causas psicológicas de la idolatría.

IDOLATRIA EN ISRAEL

La adoración de un Dios es inculcada desde la primera a la última página de la Biblia. Por cuanto tiempo el hombre adoró a Dios en espíritu y verdad, en la fortaleza de la revelación trasmitida por Adán y subsecuentemente por Noé, es un problema insoluble. El monoteísmo, sin embargo, parece haber sido el punto de partida de todos los sistemas religiosos conocidos a través de documentos confiables. El Animismo, Totemismo, Fetichismo de las razas mas bajas; la adoración a la naturaleza, a los antepasados y al héroe de las naciones civilizadas son formas híbridas de religión, desarrolladas sobre las líneas psicológicas indicadas más arriba; todas son encarnaciones en las incultas o cultas mentes, y manifestaciones de una noción fundamental, por su nombre, que por encima del hombre hay un poder del cual el hombre depende para bien y para mal. El politeísmo nace de la confusión de las segundas causas con la Primera Causa, crece en proporción inversa al grado de facultades mentales; muere bajo la clara luz de la razón o de la revelación. La primera mención indudable de la idolatría en la Biblia se encuentra en el Génesis, xxxi, 19: "Raquel robó los ídolos de su padre (teraphim), y cuando Laban sobrepasó a Jacob en su huida e hizo la búsqueda de “sus dioses”, Raquel “rápidamente escondió los ídolos bajo las montura de un camello y se sentó sobre ellos” (xxxi, 34). Sin embargo Laban también adoraba el mismo Dios que Jacob, cuyas bendiciones reconocía (xxx, 27), y a quien él llamó para juzgar entre él y Jacob (xxxi, 53). Una práctica similar de reverencia al verdadero Dios mezclada con la adoración idólatra de las naciones circundantes se produce a través de toda la historia de Israel. Cuando Moisés se demora en bajar del monte santo, la gente, “juntándose contra Aaron, dice: Levántate, haznos dioses, que puedan ir delante de nosotros”. Y Aaron hizo un becerro fundido, “y ellos dijeron: Estos son tus dioses. Oh Israel, que te han traído desde la tierra de Egipto. Y…ellos le ofrecieron holocaustos, y víctimas de paz, y el pueblo se sentó a comer y beber y se levantaron a jugar” (Exodo, xxxii, 1 sqq.). En Settim “la gente cometió fornicación con las hijas de Moab,. . . y adoraron a sus dioses. E Israel fue iniciado en Baal-peor” (Números xxv 1-3). De Nuevo, después de la muerte de Josué, “los hijos de Israel. . . sirvieron a los baales . . . y siguieron a dioses extraños, a los dioses de los pueblos que los rodeaban” Jueces, ii, 11 sq.) . Cada vez que los hijos de Israel hicieron el mal a los ojos de Jehová, tuvieron una rápida retribución; fueron entregados a manos de sus enemigos. Sin embargo la idolatría permaneció como el pecado nacional hasta el tiempo de los Macabeos. Este llamativo hecho tiene por causa, primero, el natural esfuerzo del hombre de tomar contacto con el objeto de su adoración; el quiere dioses que vayan delate de él, fisibles, tangibles, fácilmente accesibles; en el caso de los Israelitas la estricta prohibición de adorar imágenes agregó a la idolatría la atracción de la fruta prohibida; en segundo lugar, el encanto de los placeres de la carne que se les ofrecía a los adoradores de divinidades extrañas; en tercer lugar, los matrimonios mixtos, ocasionalmente en gran escala, cuarto, las relaciones en paz, guerra y exilio con vecinos poderosos que atribuían su prosperidad a otros dioses distintos de Jehová. Los Israelitas menos ilustrados probablemente concebían al Dios de Abraham, Isaac y Jacob como “el Dios de ellos”, El que no presentaba reclamos de reglas universales. Si era así, ellos pueden haberse convertido frecuentemente en idólatras persiguiendo ventajas temporales. Pero por qué Dios permitió semejantes desviaciones de la verdad? Si en Su juicio la idolatría, como era practicada por los Judíos, es el mal inexcusable que parece a nuestro juicio, no hay respuesta satisfactoria para esta pregunta, es el eterno problema del pecado y del mal. Lo máximo que se puede decir es que el constantemente recurrente ciclo de pecado, castigo, arrepentimiento, perdón, era para Dios la ocasión de un magnificente despliegue de justicia, misericordia y magnanimidad; para el Pueblo Escogido un constante recordatorio de su necesidad del Redentor; para los miembros del Reino de Cristo un tipo de trato de Dios con los pecadores. También puede argumentarse que la idolatría en Israel tenía más el carácter de superstición ignorante que el de desacato a Jehová. Como las prácticas y devociones supersticiosas o cuasi- supersticiosas a las cuales son propensos aún los pueblos Cristianos, muchos de los cultos idólatras en Israel eran un exceso de piedad, más que un acto de impiedad, hacia el Poder Supremo claramente sentido pero débilmente entendido. La bien intencionada pero mal dirigida adoración nunca se convirtió en la religión de Israel; nunca fue más que una invasión temporal de prácticas religiosas externas, a menudo profundamente revestidas de la religión nacional, pero nunca subplantándola completamente. Como una última consideración, el castigo de la idolatría en Israel fue siempre nacional y temporal. Los profetas no sostuvieron eterna recompensa ni eternos tormentos como incentivos al fiel servicio de Dios. Y el Profeta de los profetas, Cristo el Juez, puede muy bien repetir desde el estrado del juicio las palabras que Él pronunció en la Cruz: “Padre perdónalos, porque no saben los que hacen”.

LA IDOLATRIA ENTRE LOS PAGANOS

Las causas que operan en la génesis de la idolatría han producido efectos tan variados y diversos como la familia humana misma. La idea original de Dios ha adoptado en la mente del hombre todas las distorsionadas y fantasiosas formas que puede asumir un líquido en una vasija, o la arcilla en las manos del alfarero. Al igual que, en el curso de las edades, el poder de curación ha sido atribuido a casi todas las sustancias y combinaciones de sustancias, del mismo modo el poder Divino ha sido ubicado en todas las cosas, y todas las cosas han sido consecuentemente adoradas. Ilustrativamente, puede ser considerada brevemente la adoración de los animales. Desde el principio y a través de toda su historia, el hombre se asocia con los animales de una especie más baja. Adán se encuentra rodeado de ellos en el Edén y Eva habla familiarmente a la serpiente. Los animales sacrificados ligan al hombre con Dios, desde el sacrificio de Abel al taurobolium hasta la última superstición de la Roma pagana. El chivo expiatorio carga consigo los pecados de la gente, el cordero pascual los redime. Son familiares a los Cristianos, el Cordero que quita los pecados del mundo, la paloma que representa el Espíritu Santo, el animal emblemático de los Evangelistas, el dragón de San Miguel y de San Jorge de Inglaterra, por mencionar solo algunos.

La mente pagana se ha movido por surcos similares. En el viejo Egipto encontramos al toro asociado con una cabeza de dios y recibiendo homenajes divinos – es imposible decidir si lo era como una representación especial, como una manifestación, un símbolo, o un receptáculo de la divinidad. Desde el siglo séptimo A.C. en adelante cada dios es representado con la cabeza de algún animal sagrado para él; Thot tiene la cabeza de un ibis, Amon la de un carnero, Horus la de un halcón, Anubis la de un chacal, etc. ¿Fueron los Egipcios y otros adoradores de animales guiados por el mismo simbolismo que nos lleva a nosotros a pedir al “Cordero de Dios” el perdón de nuestros pecados? Si es así, la adoración de animales corre a través de las siguientes etapas: La cercana asociación del hombre con la vida animal llena su mente con nociones compuestas – e.g. el perro fiel, el astuto zorro, la taimada serpiente, el paciente asno – en la cual el animal encarna atributos humanos. Seguidamente, el adjetivo es dejado de lado, y el nombre del animal es usado como el predicado de una persona, como un nombre personal, familiar, tribal o divino. En este punto el proceso se ramifica de acuerdo con el carácter religioso de los pueblos. Donde impera el Monoteísmo, el animal, vivo o figurado, no es sino un emblema o un símbolo; entre los salvajes no educados, como los Pieles Rojas, es el portador del espíritu tutelar de la tribu y el objeto de varios grados de adoración; en las religiones decadentes – e-g-. el politeísmo Egipcio tardío – es identificado con el dios cuyas características representa, y comparte con el los honores divinos. La luz de la Revelación ha limpiado la aberración de este proceso natural toda vez que ha penetrado, pero rastros de ella han permanecido grabados en muchos, quizás en todos, los lenguajes. Por eso el sagrado lobo de Podan entra en 357 nombres personales llevados por Alemanes. (Ver además IMÁGENES; RELIGION; ADORACION.)

Para los aspectos dogmáticos y morales, ver los trabajos citados en el texto. La idolatría es ahora estudiada como religión comparativa pero hasta hoy no hay un estándar Católico sobre la materia. Para monografías, ver BABYLONIA, CHINA, EGIPTO, GRECIA; también las series de la Sociedad de la Verdad Católica de Londres, Historia de la Religión (32 conferencias en 4 vols., Londres 1908 -); y dos series similares, cada una llamada Science et Religion (Paris).


J.WILHELM.

Transcripto por Douglas J. Potter

Dedicado al Sagrado Corazón de Jesucristo

Traducido por Luis Alberto Alvarez Bianchi

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