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Jueves, 3 de diciembre de 2020

San Gregorio de Tours

De Enciclopedia Católica

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Su Vida

San Gregorio de Tours nació en 538 o 539 en Arverni, la moderna Clermont-Ferrand; murió en Tours el 17 de noviembre de 593 o 594. Descendía de una distinguida familia galorromana y estaba emparentado estrechamente a las más ilustres casas de la Galia. Originalmente fue llamado Georgio Florencio, pero en memoria de su bisabuelo materno, Gregorio, obispo de Langres, adoptó más tarde el nombre de Gregorio. Siendo muy joven perdió a su padre y fue a vivir con su tío Gallo, obispo de Clermont, bajo quien fue educado según el modo de todos los eclesiásticos de su tiempo. Una recuperación inesperada de una grave enfermedad movió su mente hacia el servicio de la Iglesia. Gallo murió en el 554 y la madre de Gregorio se fue a vivir con unos amigos de Borgoña y dejó a su hijo en Clermont al cuidado de Avito, un sacerdote, que sería más tarde obispo de Clermont (517-594).

Avito dirigió su discípulo hacia el estudio de las Escrituras. Según Gregorio, la retórica y la literatura profana fueron lamentablemente descuidadas en su caso, omisiones que lamentaría seriamente en su vida posterior. En sus escritos se queja de su ignorancia de las leyes de la gramática, de confundir los géneros, del empleo de casos incorrectos, de no entender el uso correcto de las preposiciones ni la sintaxis de las frases, auto reproches que no necesitan ser tomados en serio. Gregorio conocía la gramática y literatura tan bien como cualquier hombre de su tiempo; es una mera afectación de su parte cuando finge estar mal instruido; quizá con ello esperaba recibir alabanzas por su aprendizaje.

Eufronius, obispo de Tours, murió en el 573, y Gregorio le sucedió; Sigiberto I era entonces rey de Austrasia y Auvernia (561-576). La muerte de Cariberto (567) le había hecho señor de Tours. El nuevo rey conocía a Gregorio e insistió que, en deferencia a los deseos del pueblo de Tours, él debía ser su obispo; y así vino a ser que Gregorio se fue a Roma para ser consagrado. El poeta Fortunato celebró la elevación del nuevo obispo en un poema lleno de entusiasmo sincero a pesar de sus defectos (N. de la T.: los defectos del poema) ("Ad cives Turonicos de Gregorio episcopo"). Gregorio justificó esta confianza, y su gobierno episcopal fue altamente loable para él y útil para su rebaño; las circunstancias de aquel tiempo ofrecían dificultades peculiares, y el oficio de obispo era oneroso desde un punto de vista civil y religioso.

Gregorio como Obispo

Gregorio emprendió con gran celo la dura labor que se le impuso. En el pasado reciente el rey Clodoveo había usado y abusado de su poder, pero sus servicios al orden social y la fama de sus hazañas causaron que se perdonaran en gran parte los abusos de su reinado. Sus sucesores, sin embargo, tuvieron menos méritos, y cuando trataron de aumentar su autoridad mediante actos de violencia, el resultado fue una guerra civil casi interminable. El poder vencía al derecho tan a menudo que la misma noción de este tendió a desaparecer. La ferocidad y la crueldad bárbaras estaban desenfrenadas por todas partes.

Durante la guerra entre Sigeberto y Chilperico, Gregorio no pudo refrenar su justa indignación a la vista de las aflicciones de su gente. "Esto", escribió, “ha sido más nocivo para la Iglesia que la persecución de Diocleciano". En la Galia, al menos, este pudo haber sido el caso. Las tribus teutónicas recién establecidas en la Galia, o vagando sin rumbo por todo el Imperio Romano, eran conscientes de su poder físico y renuentes a reconocer cualquier derecho salvo el de conquista. Los jefes reclamaban lo que deseaban, y el ejército tomaba el resto; quienquiera se atreviese a oponérseles apartado del camino con rapidez despiadada. La civilización en la que entraron tan súbitamente era para ellos fuente de molestia y confusión; los placeres materiales groseros les atrajeron mucho más que los altos ideales de la vida romana. La embriaguez era común en todas las clases, e incluso la castidad proverbial de los francos fue pronto una gloria del pasado.

La venganza desplazó a toda restricción religiosa; el poderoso y el humilde, clero y laicos, prescindían de las reglas establecidas. Se pensaba popularmente que la reina Clotilde, modelo de mujeres, había nutrido sentimientos de venganza contra los burgundios durante más treinta años (vea, sin embargo, para su rehabilitación, G. Kurth, "Sainte Clotilde", 8va ed., París, 1905, y el artículo CLOTILDE). Gontrán, uno de los mejores reyes francos, mandó a matar a dos médicos porque no pudieron restaurar la salud de la reina Austregilda. Al ser este el temperamento moral de las clases altas, es innecesario hablar de la multitud galo-franca. Es mayormente para honor de San Gregorio que en medio de estas condiciones cumplió su oficio de obispo con valor y firmeza admirables. Sus escritos y sus acciones muestran una tierna solicitud por los intereses espirituales y temporales de su pueblo a quienes protegió como mejor pudo contra el desenfreno del poder civil.

En medio de su trabajo por el bienestar general, siempre defendió lo correcto y justo con prudencia y fortaleza. Por su oficio fue el protector de los débiles y, como tal, siempre se oponía a sus opresores. En él se ve lo mejor del episcopado merovingio. La moralidad social del siglo VI no tiene un exponente más valiente o inteligente que este culto caballero. Gregorio explicó el gobierno del mundo mediante la intervención constante de lo sobrenatural: la ayuda directa de Dios, la intercesión de los santos y el recurso a los milagros obrados en sus tumbas. También tomó un papel importante al aumentar el número de iglesias, que eran entonces los centros de la vida religiosa en la Galia. La iglesia catedral de Tours, consumida por un incendio bajo su predecesor, fue reconstruida, y la iglesia de San Perpetuo fue restaurada y decorada. Desde los días de Clodoveo la Iglesia había ocupado, a través de sus obispos, una posición preponderante en el mundo franco. A los ojos del pueblo los obispos eran los representantes directos de Dios y dispensadores de sus gracias divinas tal como el rey concedía favores terrenales. Sin embargo, esto no se debía a su posición moral o religiosa, sino a su influencia social.

La antigua civilización romana, sobre todo la administración municipal, no pudo hacerle frente a la expansión de la ruda civilización bárbara en la Galia. La autoridad civil era ineficaz para las responsabilidades asumidas anteriormente y pronto se olvidó de sus obligaciones. Sin embargo, los oficios públicos que descuidó correspondieron a las necesidades sociales apremiantes que de algún modo debían satisfacerse. En esta coyuntura los obispos entraron a la brecha y se volvieron políticamente más importantes bajo los francos que bajo el dominio romano. Los reyes francos de buen grado reconocieron en ellos a auxiliares indispensables. Solo ellos poseían la ciencia y el conocimiento, mientras rendían servicios extraordinarios en las diferentes misiones que se les confiaban libremente y que sólo ellos estaban capacitados para cumplir. Por otro lado, eran lentos en reprender a sus señores bárbaros u oponerles resistencia. El propio Gregorio le dice en su contestación a Childerico: "Si uno de nosotros abandonase el camino de la justicia, le correspondería a usted enderezarlo; sin embargo, si usted, se arriesgara a desviarse, ¿quién podría corregirlo u oponérsele?". El único deber que los obispos parecen haber predicado a los reyes francos fue el cumplimiento concienzudo de los deberes reales para el bien de las almas. Los reyes no negaron este deber, aunque a menudo fallaron en ejecutarlo o se refugiaron en una conciencia demasiado liberal.

Tours, que durante mucho tiempo había poseído la tumba de San Martín, era una de las sedes más difíciles de gobernar; la ciudad estaba continuamente cambiando de amos. A la muerte de Clotario (561) le sucedió Cariberto, y a su muerte, volvió al reinado de Sigeberto, rey de Austrasia, aunque no hasta después de un animado conflicto. En el 573 la capturó Chilperico, rey de Neustria, pero pronto fue obligado a abandonar la ciudad. La tomó de nuevo solo para perderla una vez más; al final, tras el asesinato de Sigeberto en 576, Chilperico se convirtió en su amo final, y la mantuvo hasta su muerte en 584. Aunque Gregorio no tomó parte directa en estas luchas de príncipes, describió para nosotros los sufrimientos que le causaron a su gente y también sus propios sufrimientos. Es fácil ver que no amaba a Chilperico; a su vez el rey detestaba al obispo de Tours quien sufrió mucho de los ataques de los partidarios reales. Un tal Leudot, que había sido privado de su oficio debido a las quejas de Gregorio, acusó al obispo de declaraciones difamatorias contra la reina Fredegunda. Gregorio fue citado ante los jueces, y declaró su inocencia bajo juramento. En el juicio su porte estaba tan lleno de dignidad y rectitud que asombró a sus enemigos, incluso el mismo Chilperico quedó tan impresionado que desde entonces fue más conciliatorio en sus relaciones con su opositor.

Tras la muerte de Chilperico, Tours cayó en manos de Gontrán, rey de Borgoña, tras lo cual comenzó para el obispo una era de paz y casi de felicidad. Conocía a Gontrán desde hacía mucho tiempo y este lo conocía y confiaba en él. En 587, por el Tratado de Andelot, Gontrán cedió Tours a Childeberto II, hijo de Sigeberto. Este rey, al igual que su madre Brunegilda, honraron a Gregorio con particular confianza, a menudo lo llamaban a la corte y le confiaron muchas misiones importantes. Este favor duró hasta la muerte de Gregorio.

Gregorio como Historiador

Gregorio comenzó a escribir desde el tiempo de su elección al episcopado. Al comienzo de su actividad literaria parece que escogía sus temas más con el propósito de edificación que por su importancia. Su tema principal en ese entonces era los milagros de San Martín y siempre apreció más los temas hagiográficos. Incluso en sus escritos estrictamente históricos, los detalles biográficos a menudo ocupan un lugar bastante desproporcionado en cuanto a su importancia. Sus obras completas tratan sobre muchos temas, y él mismo las resumió como sigue: "Decem libros historiarum, septem miraculorum, unum de vita patrum scripsi; in psalterii tractatu librum unum commentatus sum; de cursibus etiam ecclesiasticis unum librum condidi"; es decir, he escrito diez libros de "historia", siete de "milagros", uno sobre las vidas de los Padres, un comentario en un libro sobre el salterio y un libro sobre liturgia eclesiástica. No mencionó el "Liber de miraculis beati Andreae apostoli" y el "Passio ss. martyrum septem dormientium apud Ephesum", pero indudablemente son de su mano.

Sus escritos hagiográficos deben leerse naturalmente de acuerdo al espíritu y gustos de su tiempo. Un edicto del rey Gontrán, tomado del "Historiae Francorum", ilustra ambos con bastante acierto: "Creemos que el Señor, que gobierna todas las cosas con su poder, será apaciguado por nuestros esfuerzos por defender la justicia y el derecho entre todas las personas. Por ser nuestro Padre y nuestro Rey, siempre dispuesto a socorrer la debilidad humana por su gracia, Dios suplirá nuestras necesidades aún más generosamente cuando nos vea fieles en la observancia de sus preceptos y mandamientos". La actitud mental del rey difería poco, por supuesto, de la de su pueblo. Casi todos estaban profundamente persuadidos de que todos los acontecimientos estaban divinamente previstos; pero a veces incluso hasta extremos supersticiosos. Así, a pesar de la degradación social y los crímenes de entonces, el pueblo estaba siempre alerta a las manifestaciones sobrenaturales, o a las que ellos creyeran ser tales. De esta manera surgió una devoción religiosa real y activa, de hecho, pero también impulsiva y no controlada adecuadamente por la razón.

La Providencia parecía intervenir tan directamente en cada mínimo detalle que los hombres agradecían ciegamente a Dios tanto por la muerte de un enemigo así como por alguna gracia recibida. El mundo sobrenatural siempre estuvo bastante cerca del hombre de aquella época; Dios y sus santos parecían siempre tratar íntima e inmediatamente con los asuntos del ser humano. Las tumbas y reliquias de los santos se volvieron los centros de su actividad milagrosa. En las narraciones hagiográficas de entonces los que se negaban a creer en los milagros son la excepción, y generalmente son representados como próximos a un final malvado a menos que se arrepientan de su incredulidad. De vez en cuando se nota una reacción contra esta credulidad excesiva; aquí y allá algún individuo se aventura a afirmar que ciertos milagros son ficticios y a veces imposturas. Hombres sensatos procuran calmar la credulidad demasiado apasionada de muchos. Gregorio nos cuenta de un abad que castigó severamente a un monje joven que creía haber obrado un milagro: "Mi hijo", dijo al abad, "trata con toda humildad de crecer en el temor del Señor, en lugar de enredarte con milagros".

Aunque relata una gran cantidad de milagros, el propio Gregorio parece haber dudado ocasionalmente de algunos de ellos. Sabía que hombres sin escrúpulos solían abusar de la credulidad de los fieles y muchos estaban de acuerdo con él. No todos deseaban considerar un sueño como una manifestación sobrenatural. Esta desconfianza, sin embargo, afectó sólo a casos particulares; como regla general, la creencia en la multiplicidad de milagros era general. La primera obra de Gregorio fue un relato en cuatro libros de los milagros de San Martín, el famoso hacedor de milagros galo. El primer libro fue escrito en 575, el segundo después de 581, el tercero fue completado alrededor de 587; el cuarto nunca quedó inconcluso. Después de terminar los primeros dos libros comenzó un relato sobre los milagros de un santo de Auvernia por entonces famoso, "De passione et virtutibus sancti Juliani martyris". Julián había muerto en la vecindad de Clermont-Ferrand y su tumba en Brioude era un lugar de peregrinación bien conocido. En 587 Gregorio comenzó su "Liber in gloria martyrum", o "Libro de las Glorias de los Mártires", el cual trata casi exclusivamente sobre los milagros obrados en la Galia por los mártires de las persecuciones romanas. Bastante similar es el "Liber in gloria confessorum” un cuadro vívido de las costumbres y modales contemporáneos o cuasi contemporáneos. El "Liber vitae Patrum", la más importante e interesante de las obras hagiográficas de Gregorio, nos da información muy curiosa acerca de las clases altas de su época.

La fama de Gregorio como historiador reside en su "Historia Francorum" en diez libros, destinados, según nos asegura el autor en el prefacio, a de transmitir a la posteridad un conocimiento de su propia época. El libro I contiene un resumen de la historia del mundo desde Adán hasta la conquista de la Galia por los francos, y de allí hasta la muerte de San Martín (397). El Libro II trata de Clodoveo, el fundador del Imperio Franco. El libro III llega hasta el reinado de Teodeberto (548). El Libro IV finaliza con Sigiberto (575), y contiene la historia de muchos hechos que son de conocimiento personal del historiador. Según Arndt estos cuatro libros fueron escritos en el 575. Los libros V y VI tratan de hechos que tuvieron lugar entre el 575 y el 584, y fueron escritos en 585. Los restantes cuatro libros cubren los años entre el 584 al 591, y fueron escritos a intervalos que no pueden ser determinados con exactitud.

De hecho, Gregorio relata, según ya dijimos, la historia de su época, pero en la narrativa él siempre juega un papel prominente. Gregorio desconocía el arte de exponer, de rastrear los efectos hasta sus causas, de descubrir los motivos que influyeron en los personajes que describía. Cuenta una historia sencilla y clara de lo que vio y oyó. Aparte de lo que le preocupa, siempre intenta declarar la verdad imparcialmente, y en algunos lugares incluso intenta alguna clase de crítica. Este obra es única en su clase, pues sin ella el origen histórico de la monarquía franca nos sería desconocido hasta en el detalle más pequeño. Sin embargo, ¿hizo apreció correctamente Gregorio el espíritu y tendencias de su época? Está abierta la cuestión. Su mente estaba siempre ocupada con hechos extraordinarios: crímenes, milagros, guerras, excesos de todo tipo; para él los eventos ordinarios eran demasiado comunes para ser noticias. No obstante, para captar claramente la historia religiosa o secular de un pueblo es más importante conocer su vida popular diaria que aprender de los hechos poderosos de sus clases reinantes. La moral del pueblo es a menudo superior a la de sus clases gobernantes. En los días de Gregorio las grandes fuerzas morales y religiosas, queridas por el pueblo, debieron haber estado fermentando el país, contrapesando la fuerza bruta e inmoralidad de los reyes francos, y así salvar a la nueva raza fuerte de desperdiciarse en la lucha civil. Sin embargo, a partir del relato de Gregorio apenas se puede concluir que el pueblo estaba del todo satisfecho con su religión. Lo que Gregorio no notó de manera discriminatoria, tal vez porque no entraba en el alcance de la obra, un contemporáneo, el griego Agatías, lo observó y registró.

Las ideas teológicas de Gregorio aparecen no sólo en las introducciones de sus varias obras, y especialmente de su "Historia Francorum", sino también incidentalmente a través de todos sus escritos. Su educación teológica no era muy profunda y escribió solo una obra de carácter inmediatamente teológico: su comentario a los Salmos. El libro titulado “De cursu stellarum ratio” (sobre el curso de las estrellas) fue escrito con el propósito práctico de establecer el momento, según la posición de las estrellas, en que se debía cantar el oficio nocturno. La "Historia Francorum" da a conocer, en sus primeras páginas, los puntos de vistas teológicos de Gregorio. La enseñanza de Nicea eran su guía; la doctrina de la Iglesia estaba fuera de toda discusión. Dios Padre Dios Padre nunca pudo estar sin la sabiduría, la luz, la vida, la verdad, la justicia; el Hijo es todo eso; el Padre por consiguiente nunca estuvo sin el Hijo. En Jesucristo Gregorio veía al Señor de la Gloria Eterna y el Juez de la humanidad. A veces habla de la muerte y la Sangre de Cristo como los medios para la redención, aunque no está claro que comprendiera el significado interno de esta doctrina. Veía en la Muerte de Cristo un crimen cometido por los judíos; en la Resurrección, por otro lado, le parecía que contemplaba la redención de la humanidad.

De los Salmos había aprendido que Jesús había salvado al mundo por su Sangre, pero la idea que Gregorio tenía de Cristo no era la del Cordero inmolado por los pecados "del mundo"; era más bien la de un gran rey que había dejado una herencia a su pueblo. Por lo general, sus escritos teológicos exhiben la influencia de la idea de realeza de los francos. Parece que no estaba profundamente versado en la enseñanza y las escritos de los Padres sobre la Encarnación y Muerte de Cristo. Esto es evidente a partir de la historia que cuenta de una discusión que tuvo un día con un comerciante judío en presencia de rey Chilperico. El judío había cuestionado la posibilidad del hecho de la Encarnación y Muerte de Jesús, y Gregorio, sin dar una respuesta directa, procedió a afirmar que la Encarnación y Muerte del Hijo de Dios fueron necesarias, al ver que el hombre culpable estaba en poder del diablo y sólo podía ser salvado por un Dios encarnado. El judío, fingiendo estar convencido, respondió:: "Pero, ¿dónde estaba la necesidad de que Dios sufriera para redimir al hombre?" Gregorio le recordó que el pecado era una ofensa, y que la muerte de Jesús era el único medio de apaciguar a Dios. A su vez el judío preguntó por qué Dios no pudo enviar a un profeta o a un apóstol para retornar a la humanidad al camino de salvación, en lugar de humillarse tomando carne humana. Gregorio sólo pudo contestar lamentando la incredulidad de aquéllos que no creerían a los profetas y que mandaron a matar a los que predicaban la penitencia. Y así el judío quedó sin respuesta. Esta controversia muestra la carencia de habilidad dialéctica y teológica de Gregorio.


Fuente: Leclercq, Henri. "St. Gregory of Tours." The Catholic Encyclopedia. Vol. 7, págs. 18-21. New York: Robert Appleton Company, 1910. 15 dic. 2019 <http://www.newadvent.org/cathen/07018b.htm>.

Traducido por Juan Miguel Rodríguez Sánchez, Marbella, España. lmhm