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Martes, 29 de septiembre de 2020

Diferencia entre revisiones de «Renacimiento»

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Hablando del siglo II, Walter Pater observa:  "Se manifestó incluso entonces el que ha sido en general el método de [[la Iglesia]], como un 'poder de dulzura y paciencia', al tratar asuntos como el arte y la literatura [[paganismo |paganos]]".  En esa época había habido un "Renacimiento temprano e intachable".  El principio [[católico]], de acuerdo con su nombre, asimila, purifica, consagra, todo lo que no es [[pecado]], siempre que se someta a la [[ley]] de [[santidad]].  Y los autores clásicos centrales, en cuyo estudio la educación liberal se estableció entre los griegos desde la era de [[Aristóteles]], desde la era de [[Augusto]] en [[Roma]], estuvieron felizmente dispuestos al bautismo purificador.      Como literatura, los libros escolares principales estaban singularmente libres de deformidades [[moral]]es; sus enseñanzas no alcanzaron el [[Nuevo Testamento]], pero a menudo eran heroicas y sus peligros admitían corrección.    [[San John Henry Newman |Newman]] describe felizmente la civilización grecorromana como “el terreno en el cual creció el [[cristianismo]]”.  Y Pater concluye que “fue por los [[obispo]]s de [[Roma]]... que se definió así el camino de lo que debemos llamar [[humanismo]]", como el ideal, a saber, de un entrenamiento perfecto en sabiduría y belleza.  Muy al unísono con tal temperamento mental, el [[Papa León X]] en 1515 escribió a Beroaldo, el editor de Tácito: "Nada más excelente o útil ha sido dado a los hombres por el [[Dios |Creador]], si exceptuamos el [[verdad]]ero [[conocimiento]] y [[adoración]] de sí mismo, que estos estudios".
 
Hablando del siglo II, Walter Pater observa:  "Se manifestó incluso entonces el que ha sido en general el método de [[la Iglesia]], como un 'poder de dulzura y paciencia', al tratar asuntos como el arte y la literatura [[paganismo |paganos]]".  En esa época había habido un "Renacimiento temprano e intachable".  El principio [[católico]], de acuerdo con su nombre, asimila, purifica, consagra, todo lo que no es [[pecado]], siempre que se someta a la [[ley]] de [[santidad]].  Y los autores clásicos centrales, en cuyo estudio la educación liberal se estableció entre los griegos desde la era de [[Aristóteles]], desde la era de [[Augusto]] en [[Roma]], estuvieron felizmente dispuestos al bautismo purificador.      Como literatura, los libros escolares principales estaban singularmente libres de deformidades [[moral]]es; sus enseñanzas no alcanzaron el [[Nuevo Testamento]], pero a menudo eran heroicas y sus peligros admitían corrección.    [[San John Henry Newman |Newman]] describe felizmente la civilización grecorromana como “el terreno en el cual creció el [[cristianismo]]”.  Y Pater concluye que “fue por los [[obispo]]s de [[Roma]]... que se definió así el camino de lo que debemos llamar [[humanismo]]", como el ideal, a saber, de un entrenamiento perfecto en sabiduría y belleza.  Muy al unísono con tal temperamento mental, el [[Papa León X]] en 1515 escribió a Beroaldo, el editor de Tácito: "Nada más excelente o útil ha sido dado a los hombres por el [[Dios |Creador]], si exceptuamos el [[verdad]]ero [[conocimiento]] y [[adoración]] de sí mismo, que estos estudios".
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Por lo tanto, cuando [[Papa Nicolás V |Nicolás V]] (1447-55) fundó la Biblioteca del Vaticano, su acto se inspiró en la tradición de la [[Santa Sede]], merecidamente conocida como la madre lactante de las [[escuelas]] y [[universidades]], en las que siempre se había enseñado las [[las Siete Artes Liberales |”siete artes liberales"]]. [[Universidad de París |París]], la mayor de ellas, había recibido el reconocimiento formal en 1211 de [[Papa Inocencio III |Inocencio III]].  Entre los años 1400 y 1506 podemos contar unos veintiocho estatutos otorgados por los [[Papa]]s a tantas universidades, desde [[Universidad de San Andrés |San Andrés]] a [[Universidad de Alcalá |Alcalá]] y desde [[Universidad de Caén |Caén]] y Poitiers a [[Wittenberg#Universidad de Wittenberg |Wittenberg]] y Fráncfort del Oder.   
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Pero el [[humanismo]] se propagó principalmente desde los centros [[Italia |italianos]] y por profesores italianos o [[Grecia |griegos]]. Debemos tener en cuenta un hecho que a menudo se pierde de vista que la [[filosofía]] [[escolasticismo |escolástica]] nunca había echado raíces profundas en la Península, y que sus maestros florecieron principalmente al norte de los Alpes.  [[Alejandro de Hales]], [[Beato Juan Duns Escoto |Escoto]], [[Ricardo de Middletown |Middletown]], [[Guillermo de Ockham |Occam]], eran [[Inglaterra |británicos]];  [[San Alberto Magno |Alberto Magno]] era [[Alemania |alemán]]; [[Santo Tomás de Aquino]], su [[discípulo]] enseñó en [[París]]. 
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Por otro lado, el renacimiento del [[Derecho Romano |derecho romano]], que permitió a [[Federico Barbarroja]] y a sus sucesores resistir al [[papado]], comenzó con [[Irnerio]] en [[Bolonia]].  Además fue [[Francesco Petrarca |Petrarca]] (1303-1374) quien inauguró el trascendente movimiento que reclamó para la literatura —es decir, para la poesía, retórica, historia y todas sus ramas— el rango hasta ahí ocupado por la [[lógica]] y la [[filosofía]]; [[Dante Alighieri |Dante]], que cristaliza la "Summa" de [[Santo Tomás de Aquino |Santo Tomás]] en verso [[milagro]]so, sigue siendo [[Edad Media |medieval]]; Petrarca es moderno precisamente por esta diferencia, aunque no debemos imaginar que se opuso a [[la Iglesia]] o la [[Biblia]].  Además, se buscaba ávidamente los [[manuscritos]] [[Grecia |griegos]], y cuando Cicerón dictaba los cánones de estilo latino, el silogismo con su arena de disputa no podía dar lugar a la silla del orador y al escritorio de la secretaria.  La finalidad del estudio no era la [[Ciencia y la Iglesia |ciencia]], sino la vida.  No observamos ningún logro considerable en [[metafísica]] hasta que hubo pasado tanto el período culminante del [[humanismo]] como de la [[Reforma Protestante |Reforma]].
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En 1455, la [[bibliotecas |biblioteca]] del [[Papa]] [[Papa Nicolás V |Nicolás]] contenía 824 [[manuscritos]] latinos y 352 [[Grecia |griegos]].  En 1484, a la muerte de [[Papa Sixto IV |Sixto IV]], los manuscritos griegos habían aumentado a 1,000.    A partir de los catálogos inferimos que se tomó mucho interés en coleccionar a los grandes [[Padres de la Iglesia |Padres]], el [[Derecho Canónico |derecho canónico]] y la [[Teología Dogmática |teología]] [[Edad Media |medieval]].  Nicolás poseía el famoso [[Códice Vaticano]] (B) de la [[Escritura |Sagrada Escritura]]; Sixto tenía en su poder 58 [[Biblia]]s o partes de Biblias.  El [[cardenal]] [[Juan Besarión |Besarión]] entregó su magnífica colección de libros a la Catedral de San marcos en [[Venecia]]; y la Biblioteca Medicea, recogida en [[Florencia]], donde aún reposa (la Laurenciana), fue transferida a [[Roma]] por un tiempo por [[Papa Clemente VII |Clemente VII]].  En [[Basilea-Lugano |Basilea]] el cardenal [[Orden de Predicadores |dominico]] [[Juan de Ragusa]] dejó importantes manuscritos [[Grecia |griegos]], de partes del [[Nuevo Testamento]], que [[Juan Reuchlin |Reuchlin]] y [[Desiderio Erasmo |Erasmo]] usaron provechosamente.   
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Estas ilustraciones pueden ser suficientes para indicar el movimiento, que se volvió universal en toda la [[Europa]] [[católico |católica]], hacia la recuperación multilateral de los tesoros del pasado.  Otro paso muy importante fue la impresión de lo que se había recuperado. La imprenta fue un invento alemán.    Los [[ordinario]]s y [[convento |casas religiosas]] locales la favorecieron enormemente. Los [[claustro]]s se convirtieron en el hogar de la prensa; entre ellos podemos citar a Marienthal (1468), [[San Ulrico]] en [[Augsburgo]] (1472), los [[Orden Benedictina |benedictinos]] en [[Bamberg]] (1474).  Los [[Hermanos de la Vida Común]] introdujeron la tipografía a [[Bruselas]] en 1474.  Se autodenominaron "predicadores no en palabra sino en tipo"; y los primeros libros impresos en [[Alemania]] eran de carácter [[Biblia |bíblico]], [[educación |educativo]], devocional y popular. 
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A la etapa inicial del Renacimiento pertenece el honor de la difusión generalizada de [[Revisión de la Vulgata |la Vulgata]] latina impresa, así como a las traducciones de ella a la mayoría de los idiomas europeos, por supuesto, con la aprobación de [[la Iglesia]].    Antes de 1500 se habían publicado 98 ediciones completas de la Vulgata; una docena de ediciones precedieron a la aparición en tipo de cualquier clásico latino.  El primer libro producido por [[Juan Gutenberg |Gutenberg]] fue esa sumamente hermosa [[Biblia]] de "42 líneas" según la versión de [[San Jerónimo]], conocida luego como la Biblia de Mazarino y de la cual aún existen varias copias.    La primera Biblia fechada salió de [[Maguncia]] en 1462; la primera veneciana, en 1475, fue seguida por veintiuna ediciones.  El texto hebreo se imprimió en Soncino y [[Nápoles]] entre 1477 y 1486; la Biblia rabínica fue dedicada a [[Papa León X |León X]] en  [[Venecia]] en 1517. El [[cardenal]] [[Francisco Jiménez de Cisneros |Jiménez]] renovó las labores de [[Orígenes y Origenismo |Orígenes]] por su Políglota de [[Universidad de Alcalá |Alcalá]], 1514-22, que incluía el [[Nuevo Testamento]] [[Grecia |griego]].  Pero [[Desiderio Erasmo |Erasmo]] anticipó su publicación con un texto indiferente en 1516.  [[Aldo Manucio |Aldo]] imprimió [[Versión de los Setenta |los Setenta]] en 1518.
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En cuanto a las traducciones del lado [[católico]], continuaron antes y después de [[Martín Lutero |Lutero]], desde la [[España |española]] de Bonifacio Ferrer en 1405 a la inglesa de [[Biblia de Douay |Douai]] en 1609.  Todas estas fueron impresas, pero el espacio aquí no permitirá más que una referencia a los detalles o a los cambios en política provocados bajo el [[papado]] de [[Papa Paulo IV |Paulo IV]] y el [[Concilio de Trento]], debido a las traducciones [[herejía |heréticas]] y al abuso de la lectura de las [[Escritura]]s.  Durante el período comúnmente asignado al apogeo del Renacimiento (1453-1527), la libertad era la regla. [[Papa Nicolás V |Nicolás V]] intentaba convertir a [[Roma]] en el centro intelectual del mundo.  Sus sucesores entraron en gran medida a la misma [[idea]]. [[Papa Pío II |Pío II]] (Piccolomini) era un hombre de letras, no muy diferente al gran [[Desiderio Erasmo |Erasmo.]]  [[Papa Paulo II |Paulo II]], aunque severo con los [[paganismo |neopaganos]], como [[Pietro Pomponazzi |Pomponazzi]], no condenó el movimiento clásico.  [[Papa Alejandro VI |Alejandro VI]] era estadista, no erudito ni [[Italia |italiano]]. El recio y espléndido [[Papa Julio II |Julio II]], sin cultura, les dio comisiones a [[Rafael]] y a [[Miguel Ángel Buonarroti |Miguel Ángel]], pero despreciaba abiertamente a los pedantes de su corte.  De [[Papa León X |León X]] su época recibe su título  —fue la "encarnación del Renacimiento en su forma más brillante". 
  
  

Revisión de 18:30 21 jun 2020

El Renacimiento se puede considerar en sentido general o particular como (1) los logros de lo que se denomina el espíritu moderno en oposición al espíritu que prevaleció durante la Edad Media; o (2) el resurgimiento del aprendizaje clásico, especialmente el griego, y la recuperación del arte antiguo en los campos de la escultura, pintura y arquitectura, perdidos durante mil años en la cristiandad occidental. Aunque sea imposible separar estos elementos de todo el movimiento en el que entran, podemos distinguirlos de este para nuestro propósito actual, a saber, resumir las influencias, ya sean buenas o malas, que se pueden rastrear a la Antigüedad pagana o precristiana de letras y restos plásticos, según se conoció y estudió desde finales del siglo XIV en adelante, en relación con la Iglesia Católica.

La historia eclesiástica atraviesa períodos análogos a los cambios provocados por las revoluciones sociales. Hablando en términos generales, la época de los Padres corresponde al período imperial romano terminado en 476 d.C.; la Edad Media ocupa esos años tumultuosos cuando los bárbaros convertidos al cristianismo aprendían lentamente a ser civilizados, de 476 a 1400; mientras que las relaciones modernas entre Iglesia y Estado comenzaron con el surgimiento definido de naciones en Occidente, en una era muy crítica, señalada por la destrucción del Imperio Griego, la invención de la imprenta de tipos móviles, el descubrimiento de América y todo esto conducente a la Reforma Protestante. La historia, como la vida, es una red continua; sus diversas etapas se suceden entre sí en los grados más tenues. Pero después de que el Gran Cisma fue sanado por el Concilio de Constanza en 1417, la Iglesia volvió la espalda de una vez por todas al feudalismo desgastado, y ya no involucrada en luchas con los emperadores teutones, se encontró en presencia de nuevas dificultades; el carácter de los tiempos fue alterado manifiestamente.

Vivimos ahora en esta época moderna. La Edad Media se ha convertido en un interludio, claramente limitado en ambas extremidades por una idea de vida más civilizada o humana, que los hombres se esfuerzan por realizar en política, educación, costumbres, literatura y religión. Esta combinación de épocas y pueblos ampliamente divididos por virtud de un tipo complejo en un sistema histórico consistente, aunque muy ampliado, se debió al Renacimiento, tomado en su conjunto. Un vistazo al mapa nos recordará el hecho sorprendente de que el cristianismo está ligado en el espacio no menos que en el tiempo al mundo griego y romano. Nunca ha florecido ampliamente fuera de estas fronteras, excepto en la medida en que sometió a la cultura antigua a las tribus a las que ofreció el Evangelio.

Existe un vínculo misterioso y providencial, reconocido en el Nuevo Testamento por San Pablo, San Juan y San Pedro, entre Roma como cabeza del dominio secular y el visible Reino de Cristo. El derecho romano protegió así como persiguió a los discípulos; la filosofía griega le prestó sus términos al dogma católico. La escuela de Alejandría, enseñada por Clemente y Orígenes, no tuvo escrúpulos en citar la literatura ateniense para ilustrar las verdades reveladas. San Gregorio Nacianceno escribió poemas griegos en un estilo que fue moldeado en los clásicos trágicos. Siempre hubo en Occidente un espíritu puritano, del cual, desde Tertuliano y Novaciano hasta el español Prisciliano, podemos señalar ejemplos; pero los santos que establecieron nuestra tradiciónCipriano, Agustín, Jerónimo— tenían puntos de vista más tolerantes; aunque San Jerónimo sintió aflicciones contritas por los días y las noches que le había dado a Plauto o Cicerón, su propia dicción es severamente clásica. Su Vulgata Latina, aunque obedece a la construcción del hebreo, está escrita en un lenguaje cultivado y no rústico. San Gregorio despreciaba la gramática como un logro subordinado, pero él mismo era un buen erudito.

La pérdida de autores griegos y el declive del latín eclesiástico fueron desgracias en una ruina universal; ninguno de estos eventos fue consecuencia de una ruptura deliberada con la Antigüedad. El latín y el griego se habían vuelto lenguajes sagrados; las liturgias occidentales y orientales los llevaron con la Sagrada Escritura dondequiera que iban. La Roma católica era latina por tradición y por elección. Ningún dialecto alemán alcanzó los privilegios del santuario que San Cirilo ganó para el eslavo antiguo de parte del Papa Nicolás I. Bajo estas circunstancias, podría haberse previsto un renacimiento del aprendizaje, tan pronto como Occidente fuera capaz de hacerlo. Y era igualmente de prever que el Vaticano no rechazaría un movimiento de reconciliación, similar a aquel por medio del cual muchos de los usos antiguos se habían adaptado a fines cristianos desde hacía mucho tiempo.

Hablando del siglo II, Walter Pater observa: "Se manifestó incluso entonces el que ha sido en general el método de la Iglesia, como un 'poder de dulzura y paciencia', al tratar asuntos como el arte y la literatura paganos". En esa época había habido un "Renacimiento temprano e intachable". El principio católico, de acuerdo con su nombre, asimila, purifica, consagra, todo lo que no es pecado, siempre que se someta a la ley de santidad. Y los autores clásicos centrales, en cuyo estudio la educación liberal se estableció entre los griegos desde la era de Aristóteles, desde la era de Augusto en Roma, estuvieron felizmente dispuestos al bautismo purificador. Como literatura, los libros escolares principales estaban singularmente libres de deformidades morales; sus enseñanzas no alcanzaron el Nuevo Testamento, pero a menudo eran heroicas y sus peligros admitían corrección. Newman describe felizmente la civilización grecorromana como “el terreno en el cual creció el cristianismo”. Y Pater concluye que “fue por los obispos de Roma... que se definió así el camino de lo que debemos llamar humanismo", como el ideal, a saber, de un entrenamiento perfecto en sabiduría y belleza. Muy al unísono con tal temperamento mental, el Papa León X en 1515 escribió a Beroaldo, el editor de Tácito: "Nada más excelente o útil ha sido dado a los hombres por el Creador, si exceptuamos el verdadero conocimiento y adoración de sí mismo, que estos estudios".

Por lo tanto, cuando Nicolás V (1447-55) fundó la Biblioteca del Vaticano, su acto se inspiró en la tradición de la Santa Sede, merecidamente conocida como la madre lactante de las escuelas y universidades, en las que siempre se había enseñado las ”siete artes liberales". París, la mayor de ellas, había recibido el reconocimiento formal en 1211 de Inocencio III. Entre los años 1400 y 1506 podemos contar unos veintiocho estatutos otorgados por los Papas a tantas universidades, desde San Andrés a Alcalá y desde Caén y Poitiers a Wittenberg y Fráncfort del Oder.

Pero el humanismo se propagó principalmente desde los centros italianos y por profesores italianos o griegos. Debemos tener en cuenta un hecho que a menudo se pierde de vista que la filosofía escolástica nunca había echado raíces profundas en la Península, y que sus maestros florecieron principalmente al norte de los Alpes. Alejandro de Hales, Escoto, Middletown, Occam, eran británicos; Alberto Magno era alemán; Santo Tomás de Aquino, su discípulo enseñó en París.

Por otro lado, el renacimiento del derecho romano, que permitió a Federico Barbarroja y a sus sucesores resistir al papado, comenzó con Irnerio en Bolonia. Además fue Petrarca (1303-1374) quien inauguró el trascendente movimiento que reclamó para la literatura —es decir, para la poesía, retórica, historia y todas sus ramas— el rango hasta ahí ocupado por la lógica y la filosofía; Dante, que cristaliza la "Summa" de Santo Tomás en verso milagroso, sigue siendo medieval; Petrarca es moderno precisamente por esta diferencia, aunque no debemos imaginar que se opuso a la Iglesia o la Biblia. Además, se buscaba ávidamente los manuscritos griegos, y cuando Cicerón dictaba los cánones de estilo latino, el silogismo con su arena de disputa no podía dar lugar a la silla del orador y al escritorio de la secretaria. La finalidad del estudio no era la ciencia, sino la vida. No observamos ningún logro considerable en metafísica hasta que hubo pasado tanto el período culminante del humanismo como de la Reforma.

En 1455, la biblioteca del Papa Nicolás contenía 824 manuscritos latinos y 352 griegos. En 1484, a la muerte de Sixto IV, los manuscritos griegos habían aumentado a 1,000. A partir de los catálogos inferimos que se tomó mucho interés en coleccionar a los grandes Padres, el derecho canónico y la teología medieval. Nicolás poseía el famoso Códice Vaticano (B) de la Sagrada Escritura; Sixto tenía en su poder 58 Biblias o partes de Biblias. El cardenal Besarión entregó su magnífica colección de libros a la Catedral de San marcos en Venecia; y la Biblioteca Medicea, recogida en Florencia, donde aún reposa (la Laurenciana), fue transferida a Roma por un tiempo por Clemente VII. En Basilea el cardenal dominico Juan de Ragusa dejó importantes manuscritos griegos, de partes del Nuevo Testamento, que Reuchlin y Erasmo usaron provechosamente.

Estas ilustraciones pueden ser suficientes para indicar el movimiento, que se volvió universal en toda la Europa católica, hacia la recuperación multilateral de los tesoros del pasado. Otro paso muy importante fue la impresión de lo que se había recuperado. La imprenta fue un invento alemán. Los ordinarios y casas religiosas locales la favorecieron enormemente. Los claustros se convirtieron en el hogar de la prensa; entre ellos podemos citar a Marienthal (1468), San Ulrico en Augsburgo (1472), los benedictinos en Bamberg (1474). Los Hermanos de la Vida Común introdujeron la tipografía a Bruselas en 1474. Se autodenominaron "predicadores no en palabra sino en tipo"; y los primeros libros impresos en Alemania eran de carácter bíblico, educativo, devocional y popular.

A la etapa inicial del Renacimiento pertenece el honor de la difusión generalizada de la Vulgata latina impresa, así como a las traducciones de ella a la mayoría de los idiomas europeos, por supuesto, con la aprobación de la Iglesia. Antes de 1500 se habían publicado 98 ediciones completas de la Vulgata; una docena de ediciones precedieron a la aparición en tipo de cualquier clásico latino. El primer libro producido por Gutenberg fue esa sumamente hermosa Biblia de "42 líneas" según la versión de San Jerónimo, conocida luego como la Biblia de Mazarino y de la cual aún existen varias copias. La primera Biblia fechada salió de Maguncia en 1462; la primera veneciana, en 1475, fue seguida por veintiuna ediciones. El texto hebreo se imprimió en Soncino y Nápoles entre 1477 y 1486; la Biblia rabínica fue dedicada a León X en Venecia en 1517. El cardenal Jiménez renovó las labores de Orígenes por su Políglota de Alcalá, 1514-22, que incluía el Nuevo Testamento griego. Pero Erasmo anticipó su publicación con un texto indiferente en 1516. Aldo imprimió los Setenta en 1518.

En cuanto a las traducciones del lado católico, continuaron antes y después de Lutero, desde la española de Bonifacio Ferrer en 1405 a la inglesa de Douai en 1609. Todas estas fueron impresas, pero el espacio aquí no permitirá más que una referencia a los detalles o a los cambios en política provocados bajo el papado de Paulo IV y el Concilio de Trento, debido a las traducciones heréticas y al abuso de la lectura de las Escrituras. Durante el período comúnmente asignado al apogeo del Renacimiento (1453-1527), la libertad era la regla. Nicolás V intentaba convertir a Roma en el centro intelectual del mundo. Sus sucesores entraron en gran medida a la misma idea. Pío II (Piccolomini) era un hombre de letras, no muy diferente al gran Erasmo. Paulo II, aunque severo con los neopaganos, como Pomponazzi, no condenó el movimiento clásico. Alejandro VI era estadista, no erudito ni italiano. El recio y espléndido Julio II, sin cultura, les dio comisiones a Rafael y a Miguel Ángel, pero despreciaba abiertamente a los pedantes de su corte. De León X su época recibe su título —fue la "encarnación del Renacimiento en su forma más brillante".


Bibliografía: Además de las monografías bajo nombres especiales, consulte Cambridge Mod. History, I (Cambridge, Eng., 1902); CREIGHTON, History of the Papacy (2da ed., Londres 1897); JANSSENS, Gesch. Des deutschen Volkes, tr. CHRISTIE (Londres 1902—); PASTOR, Gesch. Der Papste, tr. ANTROBUS (Londres, 1895—); BURCKHARDT, Die Cultur der Renaissance (Basle, 1860); GEIGER, Humanismus in Ital. u. Deutschland (Berlín, 1882); MICHELET, Hist. De France, I (Paris, 1855); STONE, Reformation and Renaissance (Londres, 1904); SYMONDS, Renaissance in Italy (Londres, 1875-86); también para detalles BURCARD, Diarium (París, 1883); GASQUET, Eve of the Reformation (Londres, 1900); GOTHEIN, Ignatius v. Loyola u. die Gengenreform (Halle, 1895); HETTINGER, Kunst in Christenthum (Wurtzburg, 1867); HOFLER, Rodrigo di Borgia (Vienna, 1888-89); HUGHES, Loyola and the Educational System of the Jesuits (Londres, 1892); INFESSURA, Diario d. Citta di Roma (Florence, 1890); LILLY, Renaissance Types (Londres, 1901); KRAUS, Gesch. der christilch. Kunst (Freiburg, 1896-1908); KUNZ, Jacob Wimpheling (Lucerna, 1883); MUNTE, Renaissance a l'epoque de Charles VIII (París, 1885); IDEM, La Bibliotheque au Vatican (París, 1887); Monnier, Les arts a la cour des Papes (París, 1878); NICHOLS, Select Epistles of Erasmus (tr. Londres, 1901); RASHDALL, the Universityes in the Middle Ages (Oxford, 1895); REUSCH, Index der verbotenen Bucher (Bonn. 1883); SADOLETO, Epistolae (Roma, 1760); VILLARI, Savonarola (Florencia, 1887); tr. Londres, 1890; IDEM, Machiavelli (Florencia, 1878-83; tr. Londres, 1900); VOIGHT, Enea Silvio Piccollomini (Berlin, 1856); WOODWARD, Vittorino da Feltre etc. (Cambridge, 1897). Para juicios sobre el Renacimiento a partir de puntos de vista opuestos, vea PATER, Essays (Londres, 1873); IDEM, The Renaissance (1873); BARRY, Heralds of Revolt (Londres, 1906); RUSKIN, Modern Painters, II; IDEM, Stones of Venice, III (Londres, 1903).

Fuente: Barry, William. "The Renaissance." The Catholic Encyclopedia. Vol. 12, págs. 765-769. New York: Robert Appleton Company, 1911. 20 junio 2020 <http://www.newadvent.org/cathen/12765b.htm>.

Está siendo traducido por Luz María Hernández Medina