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Domingo, 21 de abril de 2019

Interpretación de los Sueños

De Enciclopedia Católica

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Interpretación de los Sueños: Hay algo misterioso en el sueño que parece, desde los tiempos más remotos, haber impresionado al hombre y despertado su curiosidad. No conocemos qué obtuvo la filosofía del sueño a partir de la observación del fenómeno; pero al igual que todos los fenómenos cuyas causas no son obvias, con el correr del tiempo el sueño vino a ser considerado como el efecto de la agencia divina y como algo sagrado. Muy probablemente deberíamos ver un vestigio de esta filosofía simple y primitiva en la reverencia que los árabes muestran en todo momento hacia una persona durmiendo.

Pero el misterio de dormir se ve exaltado por el fenómeno del sueño que lo acompaña. La gente primitiva, incapaz de explicar la psicología de los sueños o de descubrir sus causas, observaron que, mientras que el hombre despierto puede controlar sus pensamientos y fantasías; sin embargo, cuando está dormido, es totalmente incapaz de provocar los sueños que podría desear, o de dirigir y gobernar los que se ofrecen a sus facultades; de ahí que fueron llevados a atribuir los sueños a agencias externas y sobrenaturales. Los dioses, cuyo poder se creía que se manifestaba en los efectos naturales, como las tormentas y terremotos, cuyo mensaje se suponía fuese escrito por las señales en el cielo, podían también enviar su comunicación a los hombres en los sueños. De ahí surgió la persuasión de que las personas favorecidas por los sueños frecuentes eran los intermediarios sagrados y elegidos entre la deidad y el hombre.

Lejos de ser descartadas por el avance de la civilización, estas ideas se desarrollaron con ella, y fueron hasta cierto punto incluso sistematizadas, como se desprende en particular a partir de los registros de los pueblos antiguos del Oriente. Todos ellos dieron por sentado que todos los sueños expresaban un mensaje divino. La mayoría de los sueños llegaban sin ser buscados; pero en ocasiones las comunicaciones sobrenaturales eran solicitadas por "incubación". La persona deseosa de obtener un sueño profético acudía entonces al templo de la deidad de quien esperaba instrucciones, y allí se dormía, después de un poco de preparación ritual. Entre los santuarios notorios en la antigüedad por permitir los oráculos a los adoradores durmientes los más conocidos son el templo de Esculapio en Epidauro, donde se obtenían los sueños en los que se daban a conocer los remedios para curar enfermedades, la cueva de Trofonio, el templo de Serapis y el de Jator, cerca de las minas de turquesa de la península del Sinaí. Como último medio para arrebatarle el sueño a una deidad reacia, también se recurrió a la magia. Un ejemplo interesante de fórmulas mágicas utilizadas para este fin aparece en un papiro gnóstico de fecha relativamente tardía conservado en el Museo de Leyden; que se titula "Receta de Agatócles para el envío de un sueño", y puede ser leído en Religion der alten Egypter de Wiedemann (p.144).

El significado del mensaje divino transmitido en los sueños a veces era obvio e inconfundible, como cuando los hechos a ser conocidos eran claramente revelados por la propia deidad o a través del ministerio de algún mensajero. Así, Tutmosis IV fue instruido por Ra Hormakhu en sueños para que excavara fuera de la arena la estatua de la Gran Esfinge, cerca del lugar donde estaba durmiendo. De la misma manera el rey primitivo de Babilonia, Gudea, recibió la orden de erigir el templo para Erinnu to Ninib. De esta descripción también eran los sueños registrados en los anales del rey Asurbanipal. A partir de estos documentos vemos que Asur se le apareció en sueños a Giges, rey de Lidia, y le dijo: "Abraza los pies de Asurbanipal, rey de Asiria, y vencerás a tus enemigos por su nombre." Inmediatamente Giges envió mensajeros al gobernante asirio para contar este sueño y rendirle homenaje, y en lo sucesivo logró conquistar a los cimerios. Otro pasaje relata que, en el curso de una expedición contra Elam, como las tropas asirias tenían miedo de cruzar el río Itti, Ishtar de Arba-ilu se les apareció en sueños y les dijo: “Voy al frente de Asurbanipal, el rey que mis manos han formado.” Animado por esta visión, el ejército cruzó el río ("West, As. Inscr.", vol.III; G. Smith, "Hist. Of Ashurbanipal").

El sueño divinamente enviado a veces también podía presagiar algún evento futuro. Por otra parte, su significado no siempre fue claro y podía estar envuelto en símbolos, o, si era transportado a través de la comunicación oral, envuelto en figuras del lenguaje. En cualquier caso, el conocimiento de la importancia del sueño dependía de la interpretación. Y como la mayoría de los sueños no anunciaban un mensaje claro, la tarea de explicar los símbolos y las figuras de los sueños se convirtió gradualmente en un arte, más o menos asociado con la adivinación. Se establecieron reglas elaboradas y se compilaron manuales para guiar a los sacerdotes en la explicación del portento de las visiones y símbolos percibidos por el consultante en su sueño.

Se han encontrado muchos de esos manuales en Asiria y Babilonia, cuyo contenido nos permite comprender los principios seguidos en la interpretación del sueño. A partir de Daniel 2,2 ss. Parecería que los potherim o intérpretes de sueños, podían ser llamados incluso para desempeñar la desconcertante tarea de recordar los sueños olvidados por el soñador. Sin embargo, no se puede insistir mucho en el ejemplo citado aquí, ya que el contexto claramente da a entender que esta tarea, imposible "salvo para los dioses", sin embargo impuestas a los adivinos de Babilonia por un capricho del rey, estaba más allá de sus atribuciones reconocidas. La mayoría de los libros de magia egipcios contienen asimismo encantamientos ya sea para procurar o para explicar los sueños. Estos conjuros tenían que ser recitados de acuerdo con cánticos fijos, y el arte del adivino consistía en conocerlos a fondo, copiarlos fielmente y aplicarlos correctamente. Lado a lado con este punto de vista religioso de los sueños, que los consideraba como la expresión de la voluntad de Dios, existía el punto de vista supersticioso, según el cual todos los sueños eran considerados como presagios. Asumiendo "que las cosas relacionadas causalmente en pensamientos están relacionadas causalmente de hecho" (Jevons), las personas creían ciegamente que sus sueños tenían una incidencia sobre su propio destino, y se esforzaban con entusiasmo para descubrir su significado.

Al igual que los orientales, los griegos y los romanos le adjudicaban un significado religioso a sus sueños. En la literatura clásica se pueden encontrar muchos vestigios de esta creencia. Homero y Herodoto consideraban natural que los dioses le enviaran los sueños al ser humano, incluso para engañarlos, si fuera necesario, para el cumplimiento de sus fines más elevados (el sueño de Agamenón). Las mismas indicaciones pueden encontrarse también en las obras de los dramaturgos (por ejemplo, el sueño de Clitemnestra en el "Agamenón" de Esquilo.) Platón, mientras que consideraba inconcebible que un dios engañase al hombre, admitía, no obstante, que los sueños pueden venir de los dioses (Tim., cc, XLVI, XLVII). Aristóteles igualmente fue de la opinión que hay un valor adivinatorio en los sueños (De Divin, per somn., II). Sobre esas mismas líneas fue la enseñanza de los estoicos. Si los dioses, decían ellos, aman al hombre y son omniscientes así como todopoderosos, ellos ciertamente pueden revelar sus propósitos al hombre en sueños. Finalmente, en Grecia y Roma, así como en Oriente, las opiniones populares sobre los sueños fueron mucho más lejos y se convirtieron en superstición. Fue de acuerdo con estos puntos de vista, y para satisfacer los antojos que creaban, que Daldiano Artemidoro compiló su "Oneirocrítica", en la que se establecían las normas en virtud de las cuales cualquiera podía interpretar sus propios sueños.

A la luz de la creencia y las prácticas de los pueblos antiguos, estamos en mejores condiciones para juzgar la creencia y las prácticas registradas en la Biblia. En Números 12,6 se afirma que Dios puede entrar en comunicación con el hombre a través de los sueños, y más explícitamente en Job 33,14-16 ss.: “Habla Dios una vez… En sueños, en visión nocturna, cuando un letargo cae sobre los hombres, mientras están dormidos en su lecho, entonces abre Él el oído de los hombres y les instruye en lo que han de aprender.” Como cuestión de hecho, la revelación divina a través de sueños aparece con frecuencia en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. En la mayoría de los casos registrados se dice expresamente que el sueño viene de Dios; de esta descripción son, por ejemplo, los sueños de Abimélek (Génesis 20,3); de Jacob (Gén. 28,12; 31,10); de Salomón (1 Rey. 3,5-15); de Nabucodonosor (Daniel 2,19); de Daniel (Dan. 7,1); de San José (Mt. 1,20; 2,13); de San Pablo (Hch. 23,11; 27,23), a menos que interpretemos que estos pasajes se refieren a visiones concedidas al Apóstol mientras estaba despierto. Se dice que Dios apareció Él mismo sólo en unos pocos casos, como a Abimélek, a Jacob, a Salomón y a Daniel, si, como se acepta generalmente, “El Anciano de días” del cual se habla en relación a esto, debe entenderse como que es Dios; en otros casos se dice que Él habla a través de un ángel, como en los sueños narrados por San Mateo y San Pablo.

La Biblia registra otros sueños, los cuales, aunque proféticos, no se dice claramente que vienen de Dios (Génesis 37,6; 40,5; 41,1; Jueces 7,13; Macabeos 15,11). Sin embargo, parece a partir de las circunstancias y de su importación profética, que no se puede poner en duda su origen divino; al menos se declara (Gén. 40,8) que su interpretación "pertenece a Dios". Aceptando la verdad histórica de estos hechos, no hay ninguna razón por la que Dios de hecho no use los sueños como un medio de manifestar su voluntad al ser humano. Dios es omnisciente y omnipotente, y ama al hombre; por lo tanto, con el fin de revelar sus propósitos, Él puede elegir medios naturales, así como sobrenaturales. Ahora bien, el sueño, como un fenómeno psico-fisiológico natural, sin duda, tiene sus leyes, las cuales, por oscuras que parezcan al hombre, son establecidas por Dios y obedecen sus órdenes. Pero como el hombre puede ser engañado fácilmente, es necesario que al usar causas naturales Dios suministre tales evidencias que harán su intervención inconfundible. A veces, estas evidencias se manifiestan al soñador, en otras ocasiones al intérprete, si es necesario; pero nunca se producirá un error. Se percibe fácilmente la analogía de las razones que anteceden con las planteadas por los teólogos para demostrar la posibilidad de la revelación. De hecho, hay aquí más que una mera analogía; pues la comunicación a través de los sueños no es sino una de las muchas maneras en que Dios puede seleccionar para manifestar sus designios al hombre; existe entre ellos una relación de la especie al género, y no se puede negar ninguna sin negar la posibilidad de un orden sobrenatural.

Todos los sueños efectivamente registrados en la Sagrada Escritura vinieron sin ser buscados. Algunos estudiosos deducen de las palabras de Saúl, (1 Sam. 28,15): "Dios se ha apartado de mí y ya no me responde ni por los profetas ni en sueños.”, que la práctica de buscar deliberadamente sueños sobrenaturales no era desconocida en Israel. Las palabras que acabamos de citar, sin embargo, no implican necesariamente un significado tal, pero pueden también ser interpretadas de los sueños proféticos no buscados. Menos aún se puede afirmar que los israelitas buscasen sueños proféticos recurriendo a un santuario muy conocido y durmiendo allí. Las dos instancias a veces aducen a este respecto, a saber, el sueño de Jacob en Betel (Gén. 28,12-19) y el de Salomón en Gabaón (1 Rey. 3,5-15), no conllevan tal afirmación. En ambos casos, el sueño lejos de ser buscado, fue inesperado; además, en relación con el anterior, es evidente a partir de la narración que Jacob estaba de antemano bastante desapercibido de la santidad del lugar donde dormía. Su inferencia a la mañana siguiente en cuanto a su carácter sagrado fue inspirada por el objeto del sueño, y su conducta en esta circunstancia parece incluso demostrar algún temor de haber profanado el lugar sin saberlo. Debe concluirse a partir de las observaciones anteriores que no hubo errores respecto a los sueños y su interpretación en las mentes de los israelitas individuales. Al igual que sus vecinos, tenían una tendencia a considerar todos los sueños como presagios y a darle importancia a su significado.

Sin embargo, esta tendencia fue constantemente reprimida por la parte más ilustrada y más religiosa de la nación. Además de la prohibición de "observar los sueños", incluida en la Ley (Lev. 19,26; Deut. 18,10), desde el siglo VIII a.C en adelante los profetas le advertían repetidamente a la gente a “no hacer caso de vuestros soñadores que sueñan por cuenta propia (Jer. 29.8). “Los sueños vienen de las muchas tareas”, dice Eclesiastés 5,2; y Ben Sirá sabiamente añade que “a muchos engañaron los sueños, y cayeron los que en ellos esperaban” (Eclo. 34,7). De acuerdo a 2 Crón. 33,6, esta fue una de las faltas que produjo la caída de Manasés. Sobre todo, a los israelitas se les advertía de todos modos a que no confiaran en los pretendidos sueños de los falsos profetas: “Aquí estoy yo contra los profetas que profetizan falsos sueños, dice el Señor” (Jer. 23,32; cf. Zac. 10,2; etc.).

A partir de estas y otras indicaciones, parece que la religión de Israel se mantuvo pura de la superstición relacionada con los sueños. Es cierto que un simple vistazo a las respectivas fechas de los pasajes antes citados sugieren que el celo de los profetas era de poca utilidad, al menos para ciertas clases de personas. El mal al que se opusieron continuó en boga hasta el Exilio, e incluso después de la restauración; pero es apenas necesario señalar cuán injusto sería hacer a la religión judía responsable de los abusos de personas individuales. Tampoco existió en ningún momento en Israel una clase de adivinos que hicieran un negocio de la interpretación de sueños a sus conciudadanos; no hubo los potherim entre los funcionarios del Templo, ni más tarde alrededor de las sinagogas. Los muy pocos intérpretes de sueños mencionados en la Biblia, como José y Daniel, fueron especialmente comisionados por Dios en circunstancias excepcionales. Tampoco recurrieron a arte o a habilidades naturales; sus interpretaciones les fueron sugeridas por el intelecto divino que iluminó sus mentes; "la interpretación pertenece a Dios", como les declaró José a sus compañeros de prisión. Sin lugar a dudas hubo en el pueblo algunos adivinos siempre listos para aprovechar la curiosidad de las mentes más débiles y crédulas; pero a medida que no poseían ninguna autoridad y eran condenados tanto por Dios como por la conciencia religiosa superior de la comunidad, practicaban su arte en secreto.

Los primeros Padres de la Iglesia y algunos escritores eclesiásticos parecían reconocer sin controversia que ciertos sueños pueden ser causados por Dios. Basaban esta opinión principalmente en la autoridad de la Biblia; de vez en cuando apelaban a la autoridad de los escritores clásicos. Conforme a esta doctrina, se admitía igualmente que la interpretación de los sueños sobrenaturales pertenece a Dios, que los envía, y que la debe manifestar ya sea al soñador o a un intérprete autorizado. La intervención divina en los sueños del hombre es un acontecimiento de carácter excepcional; soñar, por el contrario, es un hecho muy común. Podríamos consultar, por tanto, cómo los guardianes oficiales de la fe vieron los sueños ordinarios y naturales. En general les repitieron a los cristianos las prohibiciones y advertencias del Antiguo Testamento, y denunciaron en particular la tendencia supersticiosa a considerar los sueños como presagios. Puede ser suficiente a este respecto recordar los nombres de San Cirilo de Jerusalén, San Gregorio de Nisa y San Gregorio Magno, cuya enseñanza sobre el problema en cuestión es clara y enfática.

Unos pocos, sin embargo, sostenían opiniones un tanto en desacuerdo con la visión tradicional. Entre ellos el más notable es Sinesio de Cirene (c. 370-413 d.C.) quien es el autor de un tratado muy extraño sobre los sueños. Comenzando por la tricotomía antropológica de Platón, y a partir de ciertas hipótesis psicológicas de Platón y Plotino, le atribuyó a la imaginación un rol manifiestamente exagerado. Por encima de todas las artes de la adivinación, de cuyo uso legal no parecía dudar, exaltó el sueño como el modo más simple y más segura de profetizar. Sabemos que había aceptado ser obispo sólo con la condición de poder continuar manteniendo ciertas ideas filosóficas favoritas; y es razonable suponer que sus teorías sobre los sueños iban incluidas en el convenio.

Los teólogos medievales le añadieron a los razonamientos de sus predecesores un más cuidadoso, y hasta cierto punto más científico, estudio de los fenómenos del sueño; pero no encontraron ninguna razón para apartarse de los principios morales contenidos en los escritos de los Padres. Baste aquí citar a Santo Tomás de Aquino, que resume la mejor enseñanza de los escolásticos. A la consulta: ¿Es ilícita la adivinación a través de los sueños? responde: Toda la cuestión consiste en determinar la causa de los sueños, y examinar si el mismo puede ser la causa de los acontecimientos futuros, o por lo menos llegar al conocimiento real de los mismos. Los sueños vienen a veces de causas internas y a veces de causas externas. Dos clases de causas internas influencian nuestros sueños; una animal, en la medida en que tales imágenes permanecen en la fantasía de la persona durmiente según estuvieron con él cuando estaba despierto; la otra se encuentra en el cuerpo: de hecho es un hecho bien conocido que la disposición real del cuerpo produce una reacción en la fantasía. Ahora bien, es auto-evidente que ninguna de estas causas tiene ninguna influencia sobre los acontecimientos futuros individuales. Nuestros sueños pueden ser asimismo los efectos de una causa externa doble. Esta es corporal cuando las agencias exteriores, tales como las condiciones atmosféricas u otros, actúan sobre la imaginación de la persona que duerme. Finalmente los sueños pueden ser causados por agentes espirituales, tales como Dios, directamente, o indirectamente a través de sus ángeles, y el diablo. Es fácil concluir de ahí qué posibilidades hay de conocer el futuro a partir de los sueños, y cuando la adivinación es legal o ilegal (II-II: 95: 6).

Los teólogos modernos, mientras que se benefician de los avances de la investigación psicológica, siguen admitiendo la posibilidad de sueños sobrenaturales en su origen, y por lo tanto la posibilidad de la interpretación del sueño en función de las comunicaciones sobrenaturales. En cuanto a los sueños ordinarios, aceptan fácilmente que, debido a que las facultades imaginativas del hombre adquieren a veces un entusiasmo que no poseen de otro modo, es posible en tales casos conjeturar con un cierto grado de probabilidad algunos eventos futuros; pero en todos los demás casos, con mucho, lo más común, es inútil e ilógico intentar cualquier interpretación. Como cuestión de hecho ahora —hablamos de los pueblos civilizados— rara vez se le hace caso a los sueños; sólo las personas muy ignorantes y supersticiosas reflexionan sobre los "diccionarios de sueños" y las "claves para la interpretación de los sueños" una vez tan en boga. "Tan ocioso como un sueño" se ha convertido en un proverbio expresivo de la mente popular sobre el tema, y que indica suficientemente que hay poca necesidad hoy día de revivir las leyes y cánones promulgados en épocas pasadas contra la adivinación a través de los sueños.


Bibliografía: BOUCHE-LECLERCQ, Histoire de la Divination (París, 1879); LENORMANT, la divination et la science des presages chez les Chaldeens (París, 1875); LEHMANN, Aberglaube und Zauberei (Stuttgart, 1898); SCHANZ in Kirchenlex., s.v. Traumdeuterei; LADD, Doctrine of Sacred Scripture (Nueva York, 1883); REYNOLDS, Natural History of Immortality (1891).

Fuente: Souvay, Charles. "Interpretation of Dreams." The Catholic Encyclopedia. Vol. 5, pp. 154-156. New York: Robert Appleton Company, 1909. 24 Sept. 2016 <http://www.newadvent.org/cathen/05154a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina