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Domingo, 19 de septiembre de 2021

Imaginación

De Enciclopedia Católica

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Su Naturaleza

La imaginación es la facultad de representarse a uno mismo objetos sensibles independientemente de una impresión real de esos objetos en nuestros sentidos. Es, según la psicología escolástica, uno de los cuatro sentidos internos, distinto, por un lado, del sensus intimus, del sensus aestimativus y de la memoria, y, por otro lado, distinto del intelecto espiritual. La última distinción debe notarse especialmente debido a la semejanza entre las operaciones de la imaginación y ciertos actos del intelecto. Adquirimos conocimiento de nuestras diferentes facultades sólo a partir del estudio de sus operaciones, y la naturaleza de la imagen es objeto de una controversia sin fin. ¿Es psicológicamente idéntica a la percepción, diferenciada sólo por una menor intensidad? ¿O, por el contrario, tiene una naturaleza específica propia? Sería difícil de decir. El problema es muy complejo y quizás insoluble. La analogía y los puntos de contacto entre la imagen y la representación perceptiva son evidentes, pero difícilmente parecen justificar una identificación de la imagen con la percepción completa, y todavía nos parece más probable la opinión que las considera distintas. La imaginación es una facultad psicofísica. Pensar que se puede reducir al funcionamiento fisiológico del cerebro es una suposición injustificada y engañosa, aunque está bastante claro que sus operaciones postulan una base material. La fatiga cerebral, la enfermedad mental y el carácter necesariamente cuantitativo de sus objetos no dejan lugar a dudas sobre este punto.

Objeto

Aunque la imaginación es independiente de la impresión real de los objetos sensibles, puede representar sólo lo que de alguna manera ha pasado por los sentidos. Sin embargo, a este respecto hay una diferencia muy marcada entre los diferentes sentidos externos. En el caso de sujetos normales, las imágenes visuales son las más numerosas y las más perfectas. Las derivadas del sentido del oído también son muy habituales; pero las imágenes que surgen de los sentidos del gusto, el olfato y el tacto son mucho más raras, y muchas personas, normalmente constituidas, declaran que nunca las tienen a menos quizás en un grado casi imperceptible. Se ha hablado mucho de las imágenes "afectivas". Ribot cree que podemos afirmar su existencia sin vacilar; Afirma que están constituidas por el resurgimiento de un estado afectivo, independiente de la representación mental del objeto que la ocasionó por primera vez. Pero la cuestión no está resuelta, muchas personas niegan enfáticamente la existencia de tales imágenes, y se puede plantear la cuestión de si la llamada "imagen afectiva" no es la mera representación imaginativa de un afecto pasado, o el eco afectivo real. de una imagen inusualmente impresionante.

Divisiones

La imaginación es doble, retentiva (reproductiva) y creativa (productiva). El objeto de la primera es una realidad sensible, que previamente hemos percibido como tal. La creativa forma su objeto combinando elementos que fueron percibidos por separado. El análisis de la imaginación creativa es de considerable importancia para la psicología de la invención y de la iniciativa artística e intelectual. Nos pone en contacto con esa región aún misteriosa, que se designa con el nombre muy indefinido y ciertamente colectivo de "subconsciencia". A juzgar por su relativa perfección, las imágenes son completas o incompletas, genéricas o esquemáticas. La imagen completa se acerca, en riqueza y precisión, a la percepción objetiva. Ocurre con mayor frecuencia entre las imágenes pasivas que se discutirán más adelante. La imagen incompleta, como su nombre indica, es menos rica, menos precisa. Ciertos detalles del objeto escapan a la conciencia, pero lo representado es suficiente para caracterizar un objeto individual. Por supuesto, su carácter completo o incompleto es relativo y, en consecuencia, susceptible de innumerables gradaciones.

La imagen genérica resulta de la fusión de varias imágenes más o menos análogas, al eliminarse las diferencias incompatibles. Corresponde al conjunto de todos los objetos individuales de un tipo que el sujeto ha percibido alguna vez. Por eso los materialistas e incluso las personas incapaces de la observación psicológica la confunden con una idea abstracta, de la que, sin embargo, es absolutamente distinta. La imagen genérica es evidentemente muy incompleta. La imagen esquemática es aún más breve. Casi nunca se busca por sí misma; da sólo el esquema del objeto, es decir, ciertos contornos característicos suficientes para apoyar al intelecto en sus funciones propias. Por regla general, la imagen esquemática por sí sola sería insuficiente para este propósito; es, por ejemplo, imposible imaginar una multitud de 40,000 objetos de una manera suficientemente precisa para suministrar al intelecto los factores sensibles indispensables para las operaciones matemáticas a las que se presta este número. De ahí la irresistible tendencia a completar la imagen esquemática con la imagen verbal, y el papel que la palabra así viene a jugar en el proceso del pensamiento ha dado lugar a graves errores. No pocos psicólogos han confundido la imagen verbal, que añade precisión a la imagen esquemática, con la idea misma, y es evidente que tal error psicológico conduce directamente al nominalismo.

En cuanto a la génesis, las imágenes son voluntarias o espontáneas. Las imágenes voluntarias se producen libremente. Vamos a imaginar nuestro hogar, nuestros padres o algún lugar familiar que hemos dejado. Estas imágenes suelen ser incompletas, vagas y aburridas, las hacemos algo más definidas fijando la atención en cada parte por turno, y la agrupación de todas las partes en una unidad es obra de la memoria. Las imágenes espontáneas o pasivas son completamente diferentes. Sin el menor impulso o dirección de nuestra voluntad, brotan repentinamente en la consciencia, representando a veces un objeto que no tiene conexión aparente con la tendencia de nuestros pensamientos. Las imágenes que ocurren en un sueño son un buen ejemplo, pero el sueño no es de ninguna manera necesario para su producción; Cualquiera que esté acostumbrado a la introspección reconocerá fácilmente que constantemente surgen de las profundidades del alma imágenes pasivas que a menudo se convierten en el punto de partida de nuevas asociaciones. Sin embargo, se observan mejor en el estado de ensueño. Cuando esto es provocado por la fatiga, aparecen las imágenes más sorprendentes, y están tan bien definidas y tan perfectas que bien podrían pasar por pseudoalucinaciones.

Externalización de las Imágenes

La relación que existe entre la imagen y la "consciencia de presencia" es muy compleja. El punto principal es determinar si la imagen tiende naturalmente a externalizarse a sí misma, es decir, si la imagen, si se deja sola, representaría su objeto como existente fuera de la mente. Esto se ha negado a veces, debido a la probable distinción entre la percepción y la imagen, y también porque una imagen completa es un hecho raro. ¿Debemos admitir que una imagen genérica o esquemática podría externalizarse? Admitir esto no resolvería la cuestión, es más bien probable que toda imagen se proyecte a sí misma si no estuviera inhibida por alguna otra influencia. De hecho, es difícil reconocer en un sueño algo más que el juego de imágenes. Tanto para el animal como para el hombre, un sueño discurre manifiestamente en el espacio exterior y provoca actos que, si se niega la externalización de las imágenes, son del todo incomprensibles.

Esta teoría está respaldada por las características de la alucinación que también arrojan algo de luz sobre el mecanismo de inhibición. En el caso de la alucinación, la imagen, aunque corregida por la razón, representa su objeto como existente en el espacio exterior. Debemos señalar, además, que la alucinación se produce en casos de fatiga extrema o cuando ciertos centros cerebrales parecen estar paralizados por el veneno. Por supuesto, es posible referir el fenómeno no a la parálisis sino a la estimulación tóxica. Pero tal solución parece estar excluida por la forma en que nos aferramos a los elementos subconscientes y por las circunstancias en las que estos elementos salen a la superficie. La pseudoalucinación ofrece una forma intermedia entre la imagen totalmente inhibida y la alucinación. A veces los objetos aparecen con una claridad maravillosa haciéndonos casi sentir su presencia; pero el espacio que ocupan no se corresponde con el espacio exterior, ni tienen relación espacial con los objetos que percibimos por nuestros sentidos. Ocurren de manera más natural cuando uno está soñando o en un estado medio despierto, y es bien sabido que se deben a la fatiga o a la suspensión de la razón crítica y la actividad intelectual voluntaria.

En consecuencia, las imágenes muestran una tendencia a externalizarse y, en ocasiones, a externalizarse cuando la imagen es más intensa y cuando otra función, especialmente la razón crítica, queda en suspenso. Por lo tanto, parece que normalmente la imagen se proyectaría si no interviniera ningún otro factor. Un análisis de la percepción normal conduce a la misma conclusión. Sabemos que esto es el resultado tanto de las impresiones sensoriales como de las imágenes que externalizamos. Nos parece que lo que estas últimas aportan es tan objetivo como lo que aportan las impresiones sensoriales. Puede haber otra forma de interpretar el fenómeno; pero cuando lo consideramos en conjunto con los hechos que acabamos de mencionar, parece necesario admitir que, normalmente, la imagen se externaliza.

Los psicólogos a menudo plantean la pregunta de por qué ciertos estados de consciencia, como la percepción, nos dan la impresión de la presencia externa de un objeto. Probablemente esta impresión sea una característica primordial y, desde un punto de vista psicológico, sería más natural indagar por qué las imágenes, en ciertos casos, carecen de esa característica. Por supuesto, ésa no es la solución del problema filosófico que concierne al valor objetivo de nuestras facultades; pero el hecho es de considerable importancia en el dominio de la psicología experimental. La única respuesta posible a la pregunta parece ser la siguiente: la imagen se inhibe y aparece como subjetiva siempre que su externalización produzca incoherencia en las cosas percibidas. Es bastante cierto que los niños, que poseen menos sentido crítico y menos asociaciones adquiridas, creen fácilmente "cualquier cosa que se les ocurra" y, además, una gran fatiga, embriaguez y otros estados del tipo, que son evidentemente obstáculos para la acción de la razón, son precisamente las condiciones en las que las imágenes tienen la mayor tendencia a externalizarse.

En circunstancias normales siempre hay alguna nota especial en la imagen o en la cosa percibida que les impide corresponder exactamente. Aparecen entonces desacuerdos que nos obligan a colocar las imágenes en una categoría distinta a la de las percepciones, y nuestras asociaciones adquiridas nos convencen de que pertenecen al mundo irreal, o menos real, del sujeto consciente. Este punto de vista se ve corroborado por el fenómeno de la percepción normal. La información de los sentidos se agita a través de imágenes de asociación que la completan; las segundas, entonces, deben estar en perfecta sintonía con la primera y, de hecho, sabemos que las externalizamos espontáneamente. En los sueños proyectamos en el espacio exterior imágenes incoherentes, pero la observación frecuente muestra que las coordinamos y completamos, ordenándolas en un todo lógico. Parecería entonces más probable que junto con esta coherencia produzcamos su externalización ilusoria.

Es bien sabido que las imágenes fantásticas desaparecen de repente en cuanto reconocemos su absurdidad. No parece haber ninguna duda, entonces, que las imágenes de su propia naturaleza tienden a externalizarse, y lo hacen mientras no surja ningún conflicto. Se insistirá, quizás, en que no somos conscientes de esta crítica racional que demuestra la imposibilidad lógica de externalizar las imágenes; a esto se suma que la razón analítica interviene sólo en casos excepcionales, y que casi siempre se trata de simples asociaciones adquiridas. Los perros y gatos, sin la menor idea del principio de causalidad, buscan la causa de los fenómenos sensibles. De la misma manera espontánea inhibimos o suprimimos nuestras imágenes subjetivas cuando difieren demasiado de la realidad.

Fuerza Motriz de las Imágenes

Es bien sabido que una imagen se inclina a la acción, y Ribot ha formulado la ley general de que "toda imagen tiende a su propia realización". Si la acción externa no revela siempre todas las imágenes que surgen en la consciencia, la razón es que muchas de ellas son neutralizadas por imágenes antagónicas que, por el carácter de su objeto, tienden a desembocar en acciones de índole opuesta. Esta fuerza motriz de las imágenes se hace sentir en cada momento de nuestra vida; pero debe observarse que normalmente actúa sólo a través de un estado emocional y quizás, como sostienen los filósofos escolásticos, por medio de una facultad "locomotora" especial. Sea como fuere, parece estar probado que, para influir en la acción y los movimientos, las imágenes no tienen por qué estar necesariamente en la conciencia, y mucho menos en su foco. Imágenes "marginales", o incluso imágenes totalmente subconscientes, pueden actuar sobre nuestros miembros y producir en ocasiones movimientos muy complejos. Sería un error pensar que esto ocurre sólo excepcionalmente y en condiciones anormales; sin embargo, es a través de las prácticas del espiritismo, el girar de la mesa, la escritura automática, etc., que se le ha prestado especial atención y que ha ofrecido sus ejemplos más llamativos al psicólogo. La "fuerza motriz" de las imágenes es sólo un ejemplo particular de una ley tan general que domina toda la vida psíquica. Cada estado psíquico, dondequiera que ocurra en la persona humana, tiende a extenderse por áreas adyacentes y, por lo tanto, produce equilibrio, es decir, la condición armoniosa de toda la personalidad. Una imagen que provoca una contracción muscular ilustra esta difusión de forma muy llamativa, y por eso se ha observado antes y se ha formulado de forma más precisa que ninguna otra.

Elaboración de Imágenes por el Intelecto

La imagen es el punto de partida y, en cierta medida, el asunto inmediato de todas nuestras operaciones intelectuales. Es cierto que cualquier cese de la actividad imaginativa pone fin de inmediato a la función intelectual; y dado que estas dos facultades, imaginación e inteligencia, son subjetivamente distintas, esta dependencia debe ser de tipo objetivo, es decir, el intelecto toma prestado de la imaginación. Un análisis de nuestro conocimiento superior, incluso el más abstracto, da a esta explicación toda la corroboración que puede proporcionar la experiencia inmediata. Las ideas de las cosas más espirituales, como Dios o la virtud, arrojan a través del análisis sólo aquellos elementos que se toman del orden puramente sensible y son presentados por la imaginación. En consecuencia, no cabe duda de la cooperación objetiva de la facultad imaginativa en el fenómeno de la ideación. Pero hay que evitar ciertos errores peligrosos en este asunto.

Hasta ahora hemos insistido en la distinción que debe observarse entre la imagen esquemática y la idea. Sería un grave error admitir que cualquier combinación de imágenes, por sumaria y refinada que sea, puede proporcionar el objeto de la idea. La abstracción se explica a menudo como si su proceso inicial, el abandono de las notas individualizantes, se aplicara a la imagen misma, y como si el residuo de esa operación fuera el determinante intelectual, la species impressa, que pone en acción al intelecto mismo. Esto es claramente una ilusión. La imagen en su propia esencia es y sigue siendo individual; ninguna separación de partes puede traer a la vista lo universal, lo no cuantitativo, en ella. Debemos considerar el rol de la imagen en la ideación como algo muy diferente. Determina, no el intellectus agens, que sería inconcebible, sino el sujeto consciente, para producir el objeto intelectual. No hay proporción, en lo que respecta a la naturaleza de los procesos, entre la imagen y el objeto del intelecto. Sólo una facultad espiritual (el intellectus agens) está proporcionada a tal objeto; pero la imagen es, por así decirlo, un cebo que, de acuerdo con la naturaleza de su propio objeto, extrae los poderes superiores del sujeto consciente. De ahí que aunque todo lo que hay en nuestro conocimiento intelectual se deriva de las imágenes, todo lo que hay en él las trasciende. Estos dos aspectos de la cuestión de la dependencia esencial del intelecto de las imágenes, y su trascendencia con respecto a ellas, deben considerarse siempre si queremos comprender con precisión el papel que desempeña la imagen en el proceso de ideación. De ello resultan importantes consecuencias el estudio, que pertenece a la psicología de la inteligencia.

Para concluir: concebimos las realidades superiores sólo por analogía con las cosas sensibles, pero de ninguna manera se sigue que no concibamos nada más que lo material. Las imágenes juegan un papel muy importante en todas las actividades del orden intelectual; pero no constituyen ese orden en sí. La misma espiritualidad del alma humana depende de esta última verdad.


Fuente: Munnynck, Mark Mary de. "Imagination." The Catholic Encyclopedia. Vol. 7, págs. 672-674. Nueva York: Robert Appleton Company, 1910. 25 julio 2021 <http://www.newadvent.org/cathen/07672a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina