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Martes, 19 de octubre de 2021

Fetichismo

De Enciclopedia Católica

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Fetichismo significa la religión de los fetiches. La palabra “fetiche” se deriva, a través del portugués feitiço, del latín factitius (facere, hacer o construir), que significa hecho por arte, artificial (cf. inglés antiguo fetys en Chaucer). De facio se derivan muchas palabras que significan ídolo, Idolatría o brujería. El latín tardío tiene facturari, hechizar, y factura, brujería. De ahí el portugués feitiço, el italiano fatatura, francés antiguo faiture, que significa brujería, magia. La palabra probablemente se aplicó por primera vez a los ídolos y amuletos hechos a mano y que se suponía poseían poder mágico.

A principios del siglo XVI, los portugueses, explorando la costa occidental de África, encontraron a los nativos usando pequeños objetos materiales en su culto religioso. A estos los llamaron feitiço, pero el uso del término nunca se ha extendido más allá de los nativos de la costa. Otros nombres son bohsum, los fetiches tutelares de Costa Dorada; suhman, un término para un fetiche privado; gree-gree en la costa de Liberia; monda en el país de Gabún; bian entre los caníbales Fang; en el delta del Níger ju-ju —posiblemente del francés joujou, es decir, una muñeca o un juguete (Kingsley) — y grou-grou, según algunos del mismo origen, según otros un término nativo, pero los nativos dicen que es "la palabra de un hombre blanco". Cada líder del Congo tiene su m'kissi; y en otras tribus se usa una palabra equivalente a "medicina".

C. de Brosses empleó por primera vez “fetichismo” como un término descriptivo general y reclamó para él una participación en el desarrollo temprano de las ideas religiosas (Du Culte des Dieux Fétiches, 1760). Comparó los fenómenos observados en el culto negro de África occidental con ciertos rasgos de la antigua religión egipcia. Esta comparación llevó a Pietschmann a enfatizar los elementos del fetichismo en la religión egipcia comenzando por su carácter mágico. Basthold (1805) declaró como fetiche "todo lo producido por la naturaleza o el arte, que recibe el honor divino, incluido el sol, la luna, la tierra, el aire, el fuego, el agua, las montañas, los ríos, los árboles, las piedras, las imágenes, los animales, si se consideran objetos de culto divino". Así, el nombre se volvió más general, hasta que Comte lo empleó para designar solo la etapa más baja del desarrollo religioso. Por ejemplo de la Rialle, Schultze, Menzies, Höffding usan de vez en cuando el término en ese sentido.

Tomando como base la teoría de la evolución, Comte afirmó que la ley fundamental de la historia era la de la filiación histórica, es decir, la Ley de los Tres Estados. Así, la raza humana, como el individuo humano, pasó por tres etapas sucesivas: (1) la teológica o imaginativa, ilustrada por el fetichismo, el politeísmo, el monoteísmo; (2) la metafísica o abstracta, que se diferenciaba de la primera en que explicaba los fenómenos no por seres divinos sino por poderes abstractos o esencias detrás de ellos; (3) la positiva o científica, donde el hombre iluminado percibe que las únicas realidades no son seres sobrenaturales, por ejemplo, Dios o ángeles, ni abstracciones, por ejemplo, substancias o causas, sino fenómenos y sus leyes descubiertos por la ciencia. Bajo el fetichismo, por lo tanto, clasificó el culto a los cuerpos celestes, el culto a la naturaleza, etc. Esta teoría es una suposición pura, pero pasó mucho tiempo antes de que fuera descartada. La facilidad con la que explicaba todo la recomendaba a muchos. Spencer la repudió formalmente (Principios de Sociología), y con Tylor hizo del fetichismo una subdivisión del animismo.

Si bien, con Tylor, podemos considerar la teoría de Comte como abandonada, es difícil admitir su propia opinión. Pues el espíritu que se supone habita en el fetiche no es el alma o la fuerza vital que pertenece a ese objeto, sino un espíritu extraño al objeto, pero de alguna manera conectado y encarnado en él. Lippert (1881), fiel a su exagerado animismo, define el fetichismo como "una creencia en que las almas de los difuntos vienen a morar en cualquier cosa tangible en el cielo o en la tierra". Schultze, al analizar la consciencia de los salvajes, dice que el fetichismo es un culto a los objetos materiales. Afirma que el círculo estrecho de las ideas de los salvajes los lleva a admirar y exagerar el valor de objetos muy pequeños e insignificantes, a considerar estos objetos como vivos, sensibles y dispuestos, a conectarlos con eventos y experiencias auspiciosos o desfavorables y finalmente a creer que tales objetos requieren veneración religiosa. En su opinión, estos cuatro hechos explican el culto a los troncos y las piedras, los fardos y lazos, los cuchillos y las rayas, que llamamos fetichismo.

Pero Schultze considera el fetichismo como una parte, no como el todo, de la religión primitiva. A su lado pone un culto a los espíritus, y estas dos formas corren paralelas a cierta distancia, pero luego se encuentran y dan lugar a otras formas de religión. Sostiene que el hombre deja de ser un adorador de fetiches tan pronto como aprende a distinguir el espíritu del objeto material. Para Müller y Brinton el fetiche es algo más que el mero objeto (Rel. De Prim. Peop., Filadelfia, 1898). Menzies (History of Religion, p. 129) sostiene que el hombre primitivo, como el salvaje ignorante de hoy, al adorar a un árbol, una serpiente o un ídolo, adoraba a los objetos mismos. Considera la sugerencia de que estos objetos representaban o incluso eran la morada de algún ser espiritual, como una ocurrencia tardía, hasta la cual el hombre ha crecido en el transcurso de las edades. El estudio del negro africano refuta este punto de vista. Ellis escribe: "Todo nativo con quien he conversado sobre el tema se ha reído de la posibilidad de que se suponga que él podría adorar u ofrecer sacrificio a un objeto como una piedra, que en sí mismo sería perfectamente obvio para sus sentidos de que es solo una piedra y nada más".

De La Saussaye considera el fetichismo como una forma de animismo, es decir, la creencia en espíritus incorporados en objetos individuales, pero dice que no todo tipo de culto que se rinde a los objetos materiales puede llamarse fetichismo, sino sólo el que está relacionado con la magia; de lo contrario, todo el culto a la naturaleza sería fetichismo. El tronco y la piedra que forman el objeto de adoración se denominan fetiches. Tylor ha declarado con razón que es muy difícil decir si las piedras deben considerarse altares, símbolos o fetiches. Se esfuerza por colocar el culto a la naturaleza como un vínculo de conexión entre el fetichismo y el politeísmo, aunque se ve obligado a admitir que las etapas individuales del proceso desafían cualquier descripción precisa. Otros (por ejemplo, Reville, de La Saussaye) separan el culto a la naturaleza del animismo. Para Höffding, siguiendo a Usener, el fetiche es sólo la morada provisional y momentánea de un espíritu. Otros (por ejemplo, Lubbock, Happel) insisten en que el fetiche debe considerarse como un medio de magia —al no ser en sí mismo el objeto de adoración, sino un medio por el cual el hombre entra en contacto cercano con la deidad— y como dotado de poderes divinos. De La Saussaye sostiene que para los salvajes los fetiches son tanto objetos de culto religioso como medios de magia. Así, un fetiche puede usarse a menudo con fines mágicos, pero es más que un mero medio de magia, ya que es “antropopático” en sí mismo y, a menudo, es objeto de culto religioso.

Dentro de los límites del animismo, Tiele y Höffding distinguen entre fetichismo y espiritismo. El fetichismo se contenta con objetos particulares en los que se supone que un espíritu ha ocupado su morada durante más o menos tiempo. En el espiritismo, los espíritus no están ligados a ciertos objetos, pero pueden cambiar su modo de revelación, en parte a su propia discreción, en parte bajo la influencia de la magia. Así, Höffding declara que el fetichismo, como la forma más baja de religión, se distingue del espiritismo por el peso especial que atribuye a ciertos objetos definidos como medio de actividad psíquica. Al seleccionar los objetos del fetichismo, la religión aparece, según Höffding, bajo la apariencia del deseo. Sostiene que las ideas religiosas solo son religiosas en virtud de esta conexión entre necesidad y expectativa, es decir, como elementos del deseo, y que solo cuando se las ve de esta manera se puede entender el fetichismo.

Hübbe-Schleiden, por el contrario, sostiene que fetichismo no es una designación adecuada para una religión, porque el judaísmo y el cristianismo tienen sus fetiches, así como las religiones de la naturaleza, y dice que la palabra “fetiche” debe usarse como análoga a una palabra símbolo o emblema. Haddon considera el fetichismo como una etapa del desarrollo religioso. Jevons sostiene que la magia y el fetichismo son la negación de la religión. Niega que el fetichismo sea la religión primitiva, o una base a partir de la cual se desarrolló la religión, o una etapa del desarrollo religioso. Para él, el fetichismo no es solo antisocial y, por tanto, antirreligioso, incluso sostiene que la actitud de superioridad que manifiesta el poseedor hacia el fetiche lo priva de valor religioso, o más bien lo vuelve antirreligioso.

El fetiche se diferencia de un ídolo o un amuleto, aunque a veces es difícil distinguirlos. Un amuleto, sin embargo, es la garantía de protección de un poder divino. Un fetiche puede ser o no ser una imagen, por ejemplo, el wakapakoko de Nueva Zelanda, pero se supone que el poder o espíritu divino está totalmente incorporado en él. Farnell dice que una imagen puede verse como un símbolo, o como infundida con poder divino, o como la divinidad misma. En este sentido la idolatría es una forma superior de fetichismo. Farnell no distingue claramente entre fetiche y amuleto, y llama fetiches a las reliquias, a los crucifijos, a la Biblia misma. En su opinión cualquier objeto sagrado es un fetiche. Pero los objetos pueden considerarse sagrados por asociación externa con personas o lugares sagrados sin tener ninguna santidad intrínseca. Este uso impreciso de la palabra ha llevado a los escritores a considerar como fetiches la bandera nacional (especialmente una bandera de batalla andrajosa), la piedra escocesa de Scone, la mascota, la herradura, mientras que estos objetos no tienen valor en sí mismos, sino que son apreciados simplemente por sus asociaciones —reales en el caso de la bandera de batalla, imaginadas en el caso de la herradura.

La teoría presentada por ciertos escritores de que el fetichismo representa la primera etapa del pensamiento religioso tiene una base doble: (1) filosófica; (2) sociológica.

(1) Base Filosófica: la Teoría de la Evolución

Asumiendo que el hombre primitivo era un semi-bruto, o un semi-idiota, algunos escritores de la escuela evolucionista bajo la influencia de Comte enseñaron que el hombre en la etapa más temprana era un adorador de fetiches, ejemplificando como prueba a las tribus africanas, quienes en su opinión representan el estado original de la humanidad. Esta base es una simple suposición. Una investigación más reciente revela claramente la creencia universal en un Gran Dios, el Creador y Padre de la humanidad, sostenida por los negros de África; Comber (Gram. Y Dict, de la lengua congo) y Wilson (Guinea Occidental) demuestran la riqueza de sus lenguas en estructura y vocabulario; mientras que Tylor, Spencer y la mayoría de los defensores de la teoría animista consideran que el fetichismo no es en modo alguno primitivo, sino una forma decadente de la creencia en el espíritu y las almas. Finalmente, no hay casos bien autenticados de tribus salvajes cuya religión consista únicamente en el culto a los fetiches.

(2) Base Sociológica

Los historiadores de la civilización, impresionados por el hecho de que muchas costumbres de los salvajes también se encuentran en las etapas más altas de la vida civilizada, concluyeron que el desarrollo de la raza podría entenderse mejor tomando el nivel salvaje como punto de partida. La vida de los salvajes es así la base del desarrollo superior. Pero este argumento se puede invertir, pues si las costumbres de los salvajes se pueden encontrar entre los pueblos civilizados, también se encuentran evidentes rastros de ideales superiores entre los salvajes. Además, no se puede tomar en consideración la teoría de que un salvaje o un niño representan exclusiva, o incluso prominentemente, la vida del hombre primitivo.

Los escritores sobre filosofía de la religión han utilizado la palabra “fetichismo” en un sentido vago, susceptible de muchos matices de significado. Para obtener un conocimiento correcto del tema, debemos acudir a autoridades como Wilson, Norris, Ellis y Kingsley, que han pasado años con los negros africanos y han realizado exhaustivas investigaciones sobre el terreno. Por fetiche o ju-ju se entiende la religión de los nativos de África occidental. Visto desde fuera, el fetichismo parece extraño y complejo, pero es simple en su idea subyacente, muy lógicamente pensado y muy razonable para las mentes de sus seguidores. La noción predominante en Guinea Occidental parece ser que Dios, el Creador (Anyambe, Anzam), habiendo creado el mundo y llenado de habitantes, se retiró a algún rincón remoto del universo y permitió que los asuntos del mundo quedaran bajo el control de control de los espíritus malignos. De ahí que el único culto religioso que se realiza está dirigido a estos espíritus, con el propósito de cortejar su favor o evitar su disgusto.

Los “ashantis” reconocen la existencia de un Ser Supremo, al que adoran de manera vaga aunque, al ser invisible, no está representado por un ídolo. Al principio del mundo, Dios estaba en relaciones diarias con el hombre. Vino a la tierra, conversó con los hombres y todo salió bien. Pero un día se retiró enojado del mundo, dejando su gestión a divinidades subalternas. Son espíritus que habitan en todas partes —en aguas, bosques, rocas— y es necesario conciliarlos, a menos que se desee encontrar su disgusto. Entonces, todavía no se ha descubierto un fenómeno como el culto a los fetiches o al espíritu, que exista solo sin una creencia en un Ser Supremo que está por encima de todos los fetiches y otros objetos de culto.

Otras naciones, que sostienen la idea fundamental de un Dios que es Señor y Creador, dicen que este Dios es demasiado grande para interesarse por los asuntos del mundo; por eso, después de haber creado y organizado el mundo, encargó a sus subordinados su gobierno. De ahí que descuidan el culto a Dios para la propiciación de los espíritus. Estos espíritus corresponden en sus funciones a los dioses de las mitologías griega y romana, pero los nativos nunca los confunden con el Ser Supremo. El fetichismo, por lo tanto, es una etapa en la que se ignora silenciosamente a Dios, y la adoración que se le debe se transfiere silenciosamente a una multitud de agencias espirituales que están bajo su poder, pero no están controladas por él. "Todo el aire y el futuro está poblado por los bantúes", dice el Dr. Norris, "con una gran e indefinida compañía de seres espirituales. Tienen personalidad y voluntad y la mayoría de las pasiones humanas, por ejemplo, la ira, la venganza, la generosidad, la gratitud. Aunque probablemente todos sean malévolos, pueden ser influenciados y favorecidos por la adoración".

Frente a esta visión animista de la naturaleza y la lógica peculiar de la mente africana, todas las formas y ceremonias aparentemente extrañas del fetichismo, por ejemplo, el fetiche o el médico brujo, se convierten solo en consecuencias naturales de la idea básica de la creencia religiosa popular. Hay grados de espíritus en el mundo de los espíritus. La señorita Kingsley sostiene que se distinguen claramente catorce clases de espíritus. El Dr. Nassau cree que los espíritus que comúnmente afectan los asuntos humanos se pueden clasificar en seis grupos. Estos espíritus son diferentes en poder y funciones. La clase de espíritus que son almas humanas, siempre siguen siendo almas humanas; no se divinizan, ni se hunden permanentemente en grado.

La localidad de los espíritus no solo se encuentra vagamente en el aire circundante, sino en objetos naturales prominentes, por ejemplo, cuevas, rocas enormes, árboles huecos, bosques oscuros. Si bien todos pueden moverse de un lugar a otro, algunos pertenecen peculiarmente a determinadas localidades. Sus habitaciones pueden ser naturales (por ejemplo, árboles grandes, cavernas, rocas grandes, cabos y promontorios; y para los espíritus de los muertos, las aldeas donde habitaron durante la vida del cuerpo, o cementerios) o adquiridas, por ejemplo. por períodos más largos o cortos bajo el poder de los encantamientos del nganga o el médico nativo. Mediante su arte mágico, cualquier espíritu puede ser localizado en cualquier objeto, por pequeño que sea, y así colocado bajo el control del "médico" y subordinado a los deseos del poseedor o portador del objeto en el que está confinado. Este constituye un fetiche. El adorador de fetiches hace una clara distinción entre la reverencia con la que mira un determinado objeto material y la adoración que rinde al espíritu que por el momento lo habita. Cuando se supone que el espíritu, por cualquier motivo, salió de esa cosa y la abandonó definitivamente, la cosa en sí ya no es reverenciada, sino desechada como inútil o vendida al hombre blanco que busca curiosidades.

Todo lo que el negro africano conoce por medio de sus sentidos, lo considera como una entidad doble, en parte espíritu, en parte no espíritu o, como decimos, materia. En el hombre, esta entidad doble aparece como un cuerpo tangible y un cuerpo espiritual o "astral" de forma y características como el primero. Esta última forma de "vida" con su "corazón" puede ser robada mediante poder mágico mientras uno está dormido, y el individuo sigue durmiendo inconsciente de su pérdida. Si se le devuelve la forma de vida antes que despierte, no se dará cuenta de que ha sucedido algo inusual. Si se despierta antes de que esta parte de él haya sido devuelta, aunque viva por un tiempo, enfermará y eventualmente morirá. Si el mago que le robó la "vida" se ha comido el "corazón", la víctima enferma de inmediato y muere.

La conexión de cierto espíritu con cierta masa de materia no se considera permanente. El nativo señalará un árbol golpeado por un rayo y dirá que su espíritu ha sido asesinado, es decir, el espíritu no está realmente muerto, sino que ha huido y vive en otro lugar. Cuando se rompe la olla, se pierde el espíritu. Si su arma falla, es porque alguien le ha robado el espíritu o lo ha enfermado por brujería. En cada acción de la vida, muestra la gran medida en que vive con un gran y poderoso mundo espiritual a su alrededor. Antes de comenzar a cazar o pelear, frota medicina en sus armas para fortalecer el espíritu dentro de ellas, y mientras tanto les habla y les dice qué cuidado les ha dado y lo que él les ha dado antes, aunque era difícil de dar y les ruega que no le fallen ahora. Se le puede ver inclinado sobre el río, hablando con encantamientos adecuados a su espíritu, pidiéndole que, cuando se encuentre con un enemigo, vuelque la canoa y destruya al ocupante.

El africano cree que cada alma humana tiene un cierto lapso de vida debido o natural. Debe nacer, crecer durante la niñez, la juventud y la madurez hasta la vejez. Si esto no sucede, es porque alguna influencia malévola lo ha arruinado. De ahí que las oraciones de los africanos a los espíritus sean siempre: "¡Dejadnos en paz!" "¡Márchate!" "No entres en esta ciudad, plantación, casa; nunca te hemos lastimado. ¡Vete!" Esta influencia malévola que interrumpe la vida del alma puede actuar por sí misma de varias maneras, pero puede que haya actuado una brujería coercitiva. De ahí que se considere que la gran mayoría de las muertes, —casi todas las muertes en las que no se muestra rastro de sangre— han sido producidas por seres humanos, actuando a través de espíritus bajo su mando, y de esta idea surge la creencia generalizada en las brujas y la brujería.

Así, cada objeto familiar en la vida diaria de estas personas es tocado con alguna fantasía curiosa, y cada acción trivial está regulada por una referencia a espíritus invisibles que están incesantemente esperando una oportunidad para herir o molestar a la humanidad. Sin embargo, tras una inspección minuciosa, los principios de esta religión son vagos y no están formulados, porque con cada tribu y cada distrito las creencias varían y los ritos y ceremonias divergen.

El fetichista, fetizero, nganga, chitbone, es la autoridad en todas las observancias religiosas. Ofrece el sacrificio expiatorio a los espíritus para alejar el mal. Se le atribuye una influencia controladora sobre los elementos; los vientos y las aguas obedecen al ondear de su encanto, es decir, un manojo de plumas, o el silbido a través del cuerno de antílope mágico. Trae comida a los difuntos, profetiza y llama a la lluvia. Uno de sus principales deberes es descubrir a los malhechores, es decir, personas que por medio de la magia maligna han causado enfermedad o muerte. Es el exorcista de los espíritus, el hacedor de talismanes (es decir, fetiches), el prescriptor y regulador de los ritos ceremoniales. Puede descubrir quién "se comió el corazón" del jefe que murió ayer; quien hizo volcar la canoa y dio vida a los cocodrilos y las oscuras aguas del Congo; incluso "quién anubló las palmeras de la aldea y secó su savia, haciendo que cesara el suministro de malafu; o quién alejó la lluvia de un distrito y retuvo su campo de nguba" (cacahuetes).

Difícilmente se puede decir que los médicos fetiche formen una clase. No tienen organización y son honrados solo en sus propios distritos, a menos que sean llamados especialmente para ministrar en otro lugar. En sus ceremonias hacen bailar, cantar, tocar, golpear los tambores y se manchan los cuerpos con sus "medicinas". Cualquiera puede elegir la profesión por sí mismo y se exigen grandes honorarios por los servicios.

Entre los nativos del bajo Congo se encuentra la ceremonia de n'kimba, es decir, la iniciación de los jóvenes en los misterios y ritos de su religión. Cada aldea en esta región tiene su recinto n'kimba, generalmente un terreno amurallado de medio acre de extensión enterrado en una espesa arboleda. Dentro del recinto se encuentran las cabañas del nganga y sus ayudantes, así como de quienes reciben instrucción. Solo a los iniciados se les permite ingresar al recinto, donde se aprende un nuevo idioma en el que pueden hablar sobre temas religiosos sin ser entendidos por la gente. En otras partes del Congo, el oficio recae sobre un individuo de una manera bastante accidental, por ejemplo, porque la fortuna lo ha distinguido de alguna manera de sus compañeros. Toda acción inusual, demostración de habilidad o superioridad se atribuye a la intervención de algún poder sobrenatural. Así, el futuro nganga generalmente comienza su carrera con alguna aventura afortunada, por ejemplo, destreza en la caza, éxito en la pesca, valentía en la guerra. Entonces se considera que posee algún encanto o que disfruta de la protección de algún espíritu. En consideración de pago, pretende impartir su poder a los demás por medio de talismanes, es decir, fetiches que consisten en diferentes hierbas, piedras, trozos de madera, cuernos de antílope, piel y plumas atadas en pequeños bultos, cuya posesión se supone que cede al comprador el mismo poder sobre los espíritus que disfruta el propio nganga.

El hombre fetiche siempre lleva en su saco una extraña variedad de artículos con los que hace los fetiches. El vuelo de la flecha venenosa, el arrebato del búfalo enloquecido o la mordedura venenosa de la víbora pueden evitarse con estos hechizos; con su ayuda, las aguas del Congo se pueden cruzar sin peligro. El Moloki, siempre dispuesto a abalanzarse sobre los hombres, es frenado por el poder del nganga. Los colmillos de los leopardos son un fetiche sumamente valioso en la costa de Kroo. Los negros de Kabinda llevan en el cuello una pequeña concha marrón sellada con cera para conservar intacta la medicina fetiche que lleva dentro.

Un fetiche es cualquier cosa que atraiga la atención por su forma curiosa (por ejemplo, un ancla) o por su comportamiento, o cualquier cosa vista en un sueño, y generalmente no tiene la forma de representar el espíritu. Un fetiche puede serlo por la fuerza de su propio espíritu, pero más comúnmente se supone que un espíritu se siente atraído por el objeto desde afuera (por ejemplo, el suhman), ya sea por los encantamientos del nganga o no. Estos espíritus errantes pueden ser espíritus naturales o fantasmas. Los melanesios creen que las almas de los muertos actúan a través de los huesos, mientras que los espíritus independientes eligen las piedras como médiums (Brinton, Religions of Prim. Peoples, Nueva York, 1897). Ellis dice, si un hombre quiere un suhman (un fetiche), toma algún objeto (una imagen de madera cortada con rudeza, una piedra, una raíz de una planta o algo de tierra roja colocada en una sartén), y luego invoca a un espíritu de Sasabonsum (un género de deidades) para que entre en el objeto preparado, y le promete ofrendas y adoración. Si un espíritu consiente en establecerse en el objeto, se escucha un silbido bajo y el suhman está completo.

Cada casa de la aldea del Congo tiene su m'kissi; con frecuencia se colocan sobre la puerta o se llevan adentro, y se supone que protegen la casa de incendios y robos. El nganga nativo selecciona el objeto en el que residirá el espíritu. En él recae la habilidad de conjurar un espíritu libre y errante en los estrechos límites de este objeto material, y de obligar o subordinar su poder al servicio de alguna persona designada y para un propósito especial. Los artículos favoritos utilizados para confinar espíritus son pieles (especialmente colas de gatos monteses), cuernos de antílope, cáscaras de nueces, caracoles, garras y plumas de águila, colas y cabezas de serpientes, piedras, raíces, hierbas, huesos de cualquier animal (por ejemplo, pequeños cuernos de gacelas o de cabras), dientes y garras de leopardos, pero especialmente huesos humanos —de antepasados o de hombres de renombre, pero en particular de enemigos u hombres blancos. Las tumbas recién hechas son revueltas para ellos, y entre las partes corporales más apreciadas se encuentran las porciones de cráneos humanos, globos oculares humanos, especialmente los de los hombres blancos. Pero se puede elegir cualquier cosa: un palo, una cuerda, una cuenta, una piedra o un trapo de tela.

Aparentemente, no hay límite para el número de espíritus; literalmente, no hay límite para el número y el carácter de los artículos en los que pueden ser confinados. Sin embargo, como los espíritus pueden abandonar los objetos, no siempre es seguro que los fetiches posean poderes extraordinarios; deben dar prueba de su eficacia antes de que se pueda confiar implícitamente en ellos. Así, según Ellis, los nativos de Costa de Oro prendieron fuego a su bohsum como prueba, pues el fuego nunca daña al verdadero bohsum. Entonces, un fetiche, en el sentido estricto de la palabra, es cualquier objeto material consagrado por el nganga o el médico mágico con una variedad de ceremonias y procesos, en virtud de los cuales se supone que algún espíritu se localice en ese objeto y se someta a la voluntad del poseedor.

El nganga rellena o frota estos objetos con una mezcla compuesta de varias substancias seleccionadas según el trabajo especial que debe realizar el fetiche. Sin embargo, su valor no depende de sí mismo, ni únicamente de la naturaleza de estas sustancias, sino de la habilidad del nganga para tratar con los espíritus. Sin embargo, existe una relación, a veces difícil de captar para el forastero, entre las sustancias seleccionadas y el objetivo que ha de lograr el fetiche. Así, para dar valentía o fortaleza al poseedor, se selecciona alguna parte de un leopardo o de un elefante; para dar astucia, alguna parte de una gacela; dar sabiduría, alguna parte del cerebro humano; para dar valor, una porción del corazón; para dar influencia, alguna parte del ojo. Se supone que estas sustancias agradan y atraen a algún espíritu, que se contenta con residir en ellas y ayudar a su poseedor.

El fetiche se compone en secreto, con el acompañamiento de tambores, bailes, invocaciones, mirarse en espejos o agua límpida para ver rostros humanos o espirituales, y se empaqueta en el hueco de la concha o hueso, o se unta sobre el palo o la piedra. Si se desea poder sobre alguien, el nganga debe recibir migajas de la comida, recortes de uñas, algo de cabello o incluso una gota de sangre de la persona, lo cual se mezcla en el compuesto. Tan temerosos son los nativos del poder que se obtiene así sobre ellos, que hacen que un amigo les corte el cabello, el cual queman cuidadosamente o lo arrojan al río. Si uno se corta accidentalmente, excava el pedazo de suelo donde cayó la sangre o corta la madera que ha saturado.

Al apelar al fetiche el negro africano es impulsado únicamente por el miedo. No hay confesión, no hay amor, rara vez se agradece. El ser al que apela no es Dios. Es cierto que no niega que Dios existe; si se le pregunta, reconocerá su existencia. Sin embargo, muy raras veces y sólo en casos de extrema emergencia le hace un llamamiento, pues según su creencia, Dios está tan lejos, tan inaccesible, tan indiferente a las necesidades humanas, que una petición a Él sería casi en vano. Por lo tanto, se dirige a alguien de la masa de espíritus que cree que están siempre cerca y observando los asuntos humanos, en los que, como antiguos seres humanos, algunos de ellos alguna vez tuvieron parte. No busca seguridad espiritual, sino puramente física. El sentido de necesidad moral y espiritual se pierde de vista, aunque no se elimina del todo, pues cree en el bien y en el mal. Pero el sentimiento dominante es el miedo a posibles daños naturales por parte de enemigos espirituales subvencionados o humanos.

Esta salvación física se busca mediante la oración, el sacrificio y otras ceremonias ofrecidas al espíritu del fetiche o a espíritus no localizados, o mediante el uso de conjuros o amuletos. Estos conjuros pueden ser materiales, es decir, fetiches; vocales, por ejemplo, emisiones de palabras cabalísticas que se supone tienen poder sobre los espíritus locales; rituales, por ejemplo, comida prohibida, es decir, orunda, para la cual se puede seleccionar y consagrar al espíritu cualquier artículo alimenticio. Por la noche, el jefe del Congo trazará una delgada línea de cenizas alrededor de su choza, y creerá firmemente que ha erigido una barrera que lo protegerá hasta la mañana contra los ataques del espíritu maligno.

El africano cree bastante en las medidas preventivas y sus fetiches son principalmente de este orden. Cuando está menos consciente, puede estar ofendiendo a algún espíritu con poder para enfermarlo; por lo tanto, debe estar provisto de amuletos para cada temporada y ocasión. Al dormir, al comer, al beber, debe estar protegido de las influencias hostiles de sus fetiches. Estos se cuelgan en la cerca de la plantación, o de las ramas de las plantas en el jardín, ya sea para evitar robos o para enfermar al ladrón sobre la puerta de la casa, para impedir la entrada del mal; de la proa de la canoa, para asegurar un viaje exitoso; se llevan en el brazo en la caza para asegurar una puntería precisa; en cualquier parte de la persona, para tener éxito al amar, odiar, plantar, pescar, comprar; y así a través de toda la gama de trabajos e intereses diarios. Algunos tipos, usados en un brazalete o collar, evitan las enfermedades. El bebé recién nacido tiene un nudo de salud atado alrededor de su cuello, muñeca o cintura. Delante de cada casa en Whydah, el puerto marítimo de Dahomey, se puede percibir un cono de arcilla cocida, cuyo ápice está decolorado con libaciones de aceite de palma, etc. Hasta el final de sus vidas, la gente sigue multiplicando, renovando o alterando estos fetiches.

En la adoración de los fetiches, el negro africano usa la oración y el sacrificio. Las piedras amontonadas por los transeúntes en la base de algún gran árbol o roca, la hoja arrojada desde una canoa que pasa hacia un punto de tierra en la orilla del río, son reconocimientos silenciosos de la presencia de los ombwiris (es decir, espíritus del lugar). Se ofrece comida, como también ofrendas de sangre de un ave, una cabra o una oveja. Hasta hace poco se ofrecían sacrificios humanos, por ejemplo, a los cocodrilos sagrados del Delta del Níger; a los espíritus de los ríos de petróleo en la costa superior de Guinea, donde se realizaban los sacrificios anuales de una doncella por el éxito en el comercio exterior; los miles de cautivos asesinados en la "costumbre anual" de Dahomey por la seguridad del rey y la nación. En el fetichismo la oración desempeña un papel, pero no es prominente y no suele ser formal y pública. La oración jaculatoria se hace constantemente mediante la pronunciación de palabras, frases u oraciones cabalísticas adoptadas por, o asignadas a, casi todos por los padres o el médico. Según Ellis, en Costa de Oro no se intenta ejercer coerción sobre el fetiche, pero Kidd afirma que el negro de Guinea golpea a su fetiche si sus deseos se ven frustrados, y lo esconde en su cintura cuando está a punto de hacer algo de lo que se avergüenza.

El fetiche se utiliza no solo como prevención o defensa contra el mal (es decir, el arte blanco), sino también como un medio de ofensa, es decir, el arte negro o la brujería en el sentido pleno, que siempre connota una posible muerte. El negro medio civilizado, aunque repudia el fetiche como un arte negro, se siente justificado en retenerlo como un arte blanco, es decir, como un arma de defensa. Aquellos que practican el arte negro son todos "magos" o "brujas", —nombres que nunca se les da a los practicantes del arte blanco. El usuario del arte blanco no se oculta; un practicante del arte negro lo niega y realiza su práctica en secreto. Se supone que el arte negro consiste en prácticas malignas que causan enfermedad y muerte. Sus medicinas, danzas y encantamientos también se utilizan en el profesado e inocente arte blanco; la diferencia está en el trabajo que se encomienda al espíritu. No todos los que usan el arte blanco pueden usar también el arte negro. Cualquiera que crea en el fetiche puede utilizar el arte blanco sin someterse a la acusación de ser un mago. Solo un mago puede causar enfermedad o muerte. Por tanto, la creencia en la brujería incluye el asesinato por brujería.

Existe en Bantú una sociedad llamada "Compañía de la Brujería", cuyos miembros celebran reuniones secretas a la medianoche en las profundidades del bosque para planear la enfermedad o la muerte. El búho es su ave sagrada, y su señal de llamada es una imitación de su ulular. Manifiestan que dejan sus cuerpos corporales dormidos en sus chozas, y son sólo sus cuerpos espirituales los que asisten a la reunión, atravesando paredes y sobre las copas de los árboles con rapidez instantánea. En la reunión tienen comunicaciones visibles, audibles y tangibles con los espíritus. Tienen fiestas, en las que se come "la vida del corazón" de algún ser humano, que por esta pérdida de su "corazón" enferma y muere a menos que el "corazón" sea restaurado. El primer canto del gallo es una advertencia para que se dispersen, pues temen la llegada de la estrella de la mañana, ya que, si el sol saliera sobre ellos antes de que alcancen sus cuerpos corporales, todos sus planes fracasarían y enfermarían. Le temen a la pimienta de cayena; si sus hojas o vainas magulladas se frotan sobre sus cuerpos corporales durante su ausencia, sus espíritus no pueden volver a entrar y sus cuerpos mueren o se consumen miserablemente.

Esta sociedad fue introducida por esclavos negros a las Indias Occidentales, por ejemplo, Jamaica y Haití, y a los estados del sur como culto vudú. Así, el vudú es simplemente el fetichismo africano trasplantado a América. Se pueden obtener registros auténticos de las reuniones de medianoche celebradas en Haití, hasta 1888, en las que las que asesinaban y se comían a seres humanos, especialmente niños, en las fiestas secretas. Los gobiernos europeos en África han abandonado la práctica del arte negro, pero está tan profundamente arraigado en la creencia de los nativos que el Dr. Norris no duda en decir que sería revivida si los blancos se retiraran.

El fetichismo en África no es solo una creencia religiosa; es un sistema de gobierno y una profesión médica, aunque el elemento religioso es fundamental y colorea todo lo demás. El hombre fetiche, por tanto, es sacerdote, juez y médico. Para los que creen en el fetiche, matar a los culpables de brujería es un acto judicial; no es asesinato, sino ejecución. El hombre fetiche tiene poder para condenar a muerte; no existe un sistema judicial. Cualesquiera que sean las reglas existentes, son transmitidas por la tradición, y las personas familiarizadas con estos antiguos dichos y costumbres están presentes en el juicio de los asuntos en disputa. Los fetiches se configuran para castigar a los ofensores en determinados casos en los que se considera especialmente deseable hacer operativa la ley aunque no se puedan detectar los delitos (por ejemplo, el robo). Se supone que el fetiche no solo puede detectar sino también castigar al transgresor.

En los casos de muerte se hace la acusación de brujería, y los familiares buscan un hombre-fetiche, que emplea la ordalía con veneno, fuego u otras pruebas para detectar al culpable. Anteriormente mbwaye (es decir, ordalía con veneno) se realizaba dando al acusado una bebida venenosa; el acusador también tenía que hacer la prueba para demostrar su sinceridad. Si vomitaba inmediatamente, era inocente; si se le declaraba culpable, los acusadores eran los verdugos. En la costa superior de Guinea, la prueba es una solución del “árbol de la ordalía” (sassawood, Erythrophleum Suaveolens) y se llama "agua roja"; en Kalahari, la solución de un frijol; en el país de Gabún, de la hoja o corteza de acacia; más al sur en el país de Nkami, se llama mbundu. La distinción entre veneno y fetiche es vaga en la mente de muchos nativos, para quienes el veneno es sólo otra forma material de poder fetiche. Se ha estimado que por cada muerte natural hay al menos una ejecución, y a menudo diez o más.

El aspecto judicial del fetichismo se revela más claramente en las sociedades secretas (masculinas y femeninas) de poder aplastante e influencia de gran alcance, que antes de la llegada del hombre blanco eran el tribunal de última instancia para las disputas individuales y tribales. De este tipo fueron los Egbo del delta del Níger, Ukuku de la región de Corisco, Yasi de Ogowé, M'wetyi de Shekani, Bweti de Bakele, Inda y Njembe de Mpongwe, Ukuku y Malinda de la región de Batanga. El objetivo primordial de todas estas sociedades era el loable ejercicio del gobierno y, para ello, fomentaban el terror supersticioso con que los nativos miraban al fetiche. Pero los medios arbitrarios empleados en su manejo, las influencias opresoras en función, las falsas representaciones que se permitían, las convertían casi todas en malvadas. Todavía existen entre las tribus del interior; en la costa, han sido suprimidas por completo o existen solo por diversión (por ejemplo, Ukuku en Gabún), o como una costumbre tradicional (por ejemplo, Njembe). La sociedad Ukuku reclamó el gobierno del país. Poner "Ukuku sobre el hombre blanco" significaba boicotearlo, es decir, que nadie debería trabajar para él, nadie debería venderle comida o bebida; no se le permitía ir a su propio manantial. En Dahomey los sacerdotes fetiches son una especie de policía secreta del rey despótico. Así, mientras que la brujería era la religión de los nativos, estas sociedades constituían su gobierno.

Aunque los nativos hablan de la enfermedad como un mal, sin embargo, se dice que el paciente está enfermo debido a un espíritu maligno, y se cree que cuando este es expulsado por el espíritu benevolente del mago, el paciente se recupera. Cuando el negro pagano se enferma, lo primero es llamar al "médico" para averiguar qué espíritu invasor en su cuerpo ha causado la enfermedad. El diagnóstico se realiza mediante tambor, danza, canto frenético, espejo, vapores de drogas, consulta de reliquias y conversación con el propio espíritu. A continuación debe decidirse la ceremonia peculiar a ese espíritu, las sustancias vegetales y minerales que se supone son agradables u ofensivas para él. Si no se pueden obtener, el paciente debe morir. El médico brujo cree que sus encantamientos han favorecido el poder de un espíritu, que inmediatamente entra en el cuerpo del paciente y, escudriñando sus signos vitales, expulsa el espíritu antagonista que es la supuesta causa real de la enfermedad. Entonces el médico confina al nkinda ("el espíritu de la enfermedad") en una prisión, por ejemplo, en una sección de tallo de caña de azúcar con sus hojas atadas.

Los nativos consideran los componentes de cualquier fetiche como nosotros consideramos las drogas de nuestra materia médica. Sin embargo, sus drogas se estiman operativas no por ciertas cualidades químicas inherentes, sino como consecuencia de la presencia del espíritu del que son medios favoritos. Este espíritu es inducido a actuar por los agradables encantamientos del médico mágico. El nganga, como cirujano y médico, muestra una habilidad más que considerable para extraerles balas a los guerreros heridos y en el conocimiento de las hierbas como venenos y antídotos.

No se sabe si los esclavos negros trajeron a América el quimbombó o lo encontraron ya existente en el continente, pero el término gumbo es indudablemente de origen africano, como también lo es el término mbenda (maní o cacahuetes), corrompido a pindar en algunos de los estados del sur. El folclore del esclavo africano sobrevive en los cuentos del tío Remus sobre "Br'er Rabbit". Br'er Rabbit es una sustitución estadounidense del hermano Nja (leopardo) o del hermano Iheli (gacela) en el consejo de animales parlantes de Paia N'jambi (el Creador). Jevons sostiene que los fetiches son solo privados, aunque, de hecho, no solo los individuos tienen fetiches, sino también las familias y las tribus. El fetiche Deute en Krakje y Atia Yaw de Okwaou eran conocidos y temidos por leguas a la redonda. En la tribu Benga de África Occidental, el fetiche familiar se conoce con el nombre de Yãkã. Es un bulto con las partes de los cuerpos de sus muertos, es decir, las primeras articulaciones de los dedos de las manos y los pies, el lóbulo de la oreja, el cabello. El valor del Yãkã depende de que los espíritus de los familiares muertos se asocien con las partes de sus cuerpos, y esta combinación se efectúa mediante la oración y los conjuros del médico. Se recurre al Yãkã en emergencias familiares, por ejemplo, enfermedad, muerte, cuando los fetiches ordinarios fracasan. Este rito es muy caro y puede requerir un mes, durante el cual se suspende todo trabajo.

Las observancias del culto al fetiche se desvanecen gradualmente en las costumbres y hábitos de la vida cotidiana por gradaciones, de modo que en algunas de las creencias supersticiosas, si bien puede que no haya un manejo formal de un amuleto fetiche que contenga un espíritu, ni oración ni sacrificio real, no obstante el espiritismo es el pensamiento y se sostiene más o menos conscientemente, y en consecuencia el término fetiche quizás podría extenderse a ellos. La superstición del africano es diferente a la del cristiano, pues es la aplicación práctica y lógica de su religión. Para el cristiano es una debilidad lamentable; para el negro, una creencia confiable. Así, algunos pájaros y bestias son de mal agüero, otros de buen agüero. El lúgubre ulular de una lechuza a medianoche es una advertencia de muerte, y todos los que escuchen la llamada se apresurarán al bosque y ahuyentarán al mensajero de malas noticias con palos y piedras. De ahí surge la creencia en el poder de Ngoi, Moloki, N'doshi o Uvengwa (es decir, leopardo de espíritu maligno, como el hombre lobo alemán), es decir, que ciertos poseedores de espíritus malignos tienen la capacidad de asumir la apariencia de un animal y retomar a voluntad la forma humana. A esta superstición hay que referir la reverencia mostrada a los fetiches leopardos, hipopótamos, cocodrilos, socos (grandes monos del tipo gorila).


(Vea también los artículos AMULETO, ANIMISMO, DEIDAD, IDOLATRÍA, MAGIA, NATURISMO, RELIGIÓN, ESPIRITISMO, TOTEMISMO, CHAMANISMO, SIMBOLISMO).

Bibliografía: BRINTON, The Religions of Primitive Peoples (Nueva York, 1897); ELLIS, The Tshi-speaking Peoples of the Gold Coast of W. Africa (Londres, 1887); IDEM, The Yomba-speaking Peoples of the Slave-Coast of W. Africa (Londres, 1894); FARNELL, Evolution of Religion (Londres y Nueva York, 1905); HADDON, Magic and Fetichism in Religions, Ancient and Modern (Londres, 1906); HÖFFDING, The Philosophy of Religion, tr. MEYEA (Londres y Nueva York, 1906); JEVONS, Introduction to Study of Comparative Religion (New York, 1908); KELLOG, Genesis and Growth of Religion (Londres y Nueva York, 1892); KIDD, The Essential Kaffir (Londres, 1904); KINGSLEY, Travels in West Africa (Londres, 1898); IDEM, West African Studies (Londres, 1899); LEPPEET, Die Religionen der europäischen Culturvölker (Berlín, 1881); MÜLLER, Natural Religion (Londres, 1892); IDEM, Origin and Growth of Religion (Londres, 1878); NORRIS, Fetichism in W. Africa (Nueva York, 1904); SCHULTZE, Psychologie der Naturvölker (Leipzig, 1900); SPENCER ST. JOHN, Hayti and the Black Republic (2da ed., Londres, 1889); TYLOR, Primitive Culture (2d ed., Londres, 1873); WILSON, Western Africa (Nueva York, 1856); AMES, African Fetichism (Heli Chatelain) in FolkLore (Oct., Dec., 1894); GLAU, Fetichism in Congo Land in Century (abril, 1891); KINGSLEY, The Fetich View of the Human Soul in Folk-Lore (junio 1897); NIPPESLEY, Fetich Faith in W. Africa in Pop. Sc. Monthly (Oct., 1887); LE ROY, La religion des primitifs (París, 1909).

Fuente: Driscoll, John T. "Fetishism." The Catholic Encyclopedia. Vol. 6, págs. 52-58. New York: Robert Appleton Company, 1909. 9 sept. 2021 <http://www.newadvent.org/cathen/06052b.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina