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Lunes, 24 de septiembre de 2018

Resurrección General

De Enciclopedia Católica

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Introducción

La resurrección es levantarse de entre los muertos, la reanudación de la vida. El Cuarto Concilio de Letrán enseña que todos los hombres, ya sea elegidos o reprobados, "se levantarán con los propios cuerpos que ahora tienen" (cap. "Firmiter"). En el lenguaje de los credos y las profesiones de fe esta vuelta a la vida se llama resurrección del cuerpo (resurrectio carnis, resurrectio mortuorum, anastasis ton nekron) por un doble motivo: en primer lugar, ya que el alma no puede morir, no se puede decir que vuelve a la vida; segundo, se debe excluir la afirmación herética de Himeneo y Filito de que las Escrituras denotan por resurrección no el retorno del cuerpo a la vida, sino el revivir del alma de la muerte del pecado a la vida de la gracia. (El tema de la Resurrección de Jesucristo aparece en un artículo separado, aquí sólo se tratará el tema de la resurrección general del cuerpo.)

"Ninguna doctrina de la fe cristiana", dice San Agustín, "tiene una oposición tan vehemente y obstinada como la doctrina de la resurrección de la carne" (In Ps. LXXXVIII, sermo II, n. 5). Esta oposición se había iniciado mucho antes de la época de San Agustín: "Trababan conversación también con él (Pablo) algunos filósofos epicúreos y estoicos", nos dice el escritor inspirado (Hch. 17,18.32), "…Al oír la resurrección de los muertos, unos se burlaron y otros dijeron: ‘Sobre esto ya te oiremos otra vez’”. Entre los adversarios de la resurrección nos encontramos, naturalmente, con los primeros que negaron la inmortalidad del alma; en segundo lugar, todos aquellos, al igual que Platón, que consideraban el cuerpo como la prisión del alma y la muerte como un escape de la servidumbre de la materia; en tercer lugar las sectas de los gnósticos y maniqueos que consideraban toda la materia como mala; en cuarto lugar, los seguidores de estas últimas sectas, los priscilianos, los cátaros y los albigenses; en quinto lugar, los racionalistas, los materialistas y los panteístas de tiempos recientes. Contra todos éstos, primero estableceremos el dogma de la resurrección, y luego consideraremos las características del cuerpo resucitado.

Dogma de la Resurrección

Los credos y profesiones de fe y definiciones conciliares no dejan dudas de que la resurrección del cuerpo es un dogma o un artículo de fe. Podemos apelar, por ejemplo, al Credo de los Apóstoles, los llamados credos de Nicea y de Atanasio, el Credo del Undécimo Concilio de Toledo, el Credo de León IX, suscrito por el obispo Pedro y todavía en uso en la consagración de los obispos, la profesión de fe suscrita por Miguel Paleólogo en el Segundo Concilio de Lyon, el Credo de Pío IV, y el decreto del Cuarto Concilio de Letrán (c. "Firmiter") contra los albigenses. Este artículo de fe se basa en la creencia del Antiguo Testamento, en la enseñanza del Nuevo Testamento y en la tradición cristiana.

Antiguo Testamento

Las palabras de Marta y la historia de los Macabeos muestran la creencia judía hacia fines del sistema judío. "Ya sé", dice Marta, "que resucitará en la resurrección, el último día" (Juan 11,24). Y el tercero de los mártires Macabeos presentó su lengua y extendió sus manos, diciendo: "Por don del cielo poseo estos miembros, por sus leyes los desdeño y de Él espero recibirlos de nuevo" (2 Mac. 7,11; cf. 9,14). El Libro de Daniel (12,2; cf. 12) inculca la misma creencia: “Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno”. La palabra “muchos“ debe ser entendida a la luz de su significado en otros pasajes, por ejemplo, (Isaías 53,11-12; Mateo 26,28; Rom. 5,18-19).

Aunque la visión de Ezequiel de la resurrección de los huesos secos se refiere directamente a la restauración de Israel, tal figura apenas sería inteligible excepto para los lectores familiarizados con la creencia de una resurrección literal (Eze. 37). El profeta Isaías predice que el Señor de los ejércitos "consumirá a la Muerte, definitivamente” (Is. 25,8), y un poco más adelante añade: "Revivirán tus muertos, tus cadáveres resurgirán… descubre la tierra sus manchas de sangre, y no tapa ya a sus asesinados” (26,19-21). Por último, Job, desprovisto de todo el confort humano y reducido a la mayor desolación, es fortalecido por el pensamiento de la resurrección de su cuerpo: “Yo sé que mi Defensor está vivo, y que él, el último, se levantará sobre el polvo. Tras mi despertar me alzará junto a él, y con mi propia carne veré a Dios. Yo, sí, yo mismo le veré, mis ojos le mirarán, no ningún otro. ¡Dentro de mí languidecen mis entrañas!” (Job 19, 25-27). La traducción literal del texto hebreo difiere un poco de la cita anterior, pero la esperanza de la resurrección permanece.

Nuevo Testamento

Cristo enseñó expresamente sobre la resurrección de los muertos (Juan 5,28-29; 6,39-40; 11,25; Lucas 14,14) y la defendió contra la incredulidad de los saduceos, a quienes tachó de ignorantes del poder de Dios y de las Escrituras (Mateo 22,29; Lc. 20,37). San Pablo coloca la resurrección general al mismo nivel de certeza que la Resurrección de Jesucristo: “Ahora bien, si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos ¿cómo andan diciendo algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe” (1 Cor. 15,12-14).

El Apóstol predicó la resurrección de los muertos como una de las doctrinas fundamentales del cristianismo, en Atenas, por ejemplo (Hch. 17,18.31-32), en Jerusalén (23,6), ante Félix (24,15), ante Agripa (26,8). Él insiste en la misma doctrina en sus epístolas (Rom. 8,11; 1 Cor. 6,14; 15,12 ss.; 2 Cor. 4,14; 5,1 ss.; Flp. 3,21; 1 Tes. 4,12-16; Tim. 2,11; Heb. 6,2), y en esto él concuerda con el Apocalipsis (20,12 ss.).

La Tradición

No es de extrañar que la tradición de la Iglesia primitiva está de acuerdo con la clara enseñanza de ambos, el Antiguo y el Nuevo Testamento. Ya nos hemos referido a una serie de credos y profesiones de fe que pueden ser considerados como parte de la expresión oficial de la fe de la Iglesia. Aquí sólo tenemos que señalar una serie de pasajes patrísticos, en los que los Padres enseñan la doctrina de la resurrección general en términos más o menos explícitos.

La resurrección general apenas puede ser probada por la razón, aunque podemos mostrar su congruencia.

  • (a) Como el alma tiene su propensión natural al cuerpo, su separación perpetua de cuerpo parecería antinatural.
  • (b) Como el cuerpo es el socio de los crímenes del alma, y el compañero de sus virtudes, la justicia de Dios parece exigir que el cuerpo sea el partícipe del castigo y recompensa del alma.
  • (c) Como el alma separada del cuerpo es naturalmente imperfecta, la consumación de su felicidad, repleta de todo bien, parece exigir la resurrección del cuerpo.

La primera de estas razones parece ser instada por el propio Cristo en Mateo 22,23.; la segunda recuerda una de las palabras de San Pablo, 1 Cor. 15,19, y 2 Tes. 1,4. Además de insistir en las razones antes expuestas, los Padres apelan también a ciertas analogías que se encuentran en la revelación y en la naturaleza misma, por ejemplo Jonás en el vientre de la ballena, los tres niños en el horno de fuego, Daniel en el foso de los leones, el rapto de Henoc y Elías, la resurrección de los muertos, el florecimiento de la vara de Aarón, la conservación de las ropas de los israelitas en el desierto, el grano de semilla moribundo y que surge de nuevo, el huevo, la estación del año, la sucesión del día y la noche. Muchas pinturas del arte paleocristiano expresan estas analogías. Pero a pesar de las congruencias anteriores, los teólogos más generalmente se inclinan a la opinión de que en el estado de la naturaleza pura no habría habido resurrección del cuerpo.

Características del Cuerpo Resucitado

Todos se levantarán de los muertos en sus cuerpos propios, completos e inmortales; pero los buenos resucitarán para la resurrección de vida, los malvados para la resurrección del Juicio. Sería destruir la idea misma de la resurrección, si los muertos resucitasen en cuerpos que no fuesen los suyos propios. Además, la resurrección, como la creación, ha de ser considerada como una de las principales obras de Dios; por lo tanto, al igual que en la creación todas las cosas son perfectas de la mano de Dios, así en la resurrección todas las cosas deben estar perfectamente restauradas por la misma mano omnipotente. Pero hay una diferencia entre el cuerpo terrenal y el cuerpo resucitado; pues los cuerpos resucitados de ambos, santos y pecadores serán investidos con inmortalidad. Esta admirable restauración de la naturaleza es el resultado del triunfo glorioso de Cristo sobre la muerte, como se describe en varios textos de la Sagrada Escritura: Isaías 25,8; Oseas 13,14; 1 Cor. 15,26; Apoc. 2,4. Pero mientras el justo disfrutará de una felicidad sin fin en la totalidad de sus miembros restaurados, los malvados "buscarán la muerte, y no la hallarán, desearán morir, y la muerte huirá de ellos" ( Apoc, 9,6).

Estas tres características, identidad, integridad, e inmortalidad, serán comunes a los cuerpos resucitados de los justos y los malvados. Sin embargo, los cuerpos de los santos se han de distinguir por cuatro dotaciones trascendentes, a menudo llamadas cualidades.

(1) La primera es la “impasibilidad” que los colocará más allá del alance del dolor y las molestias. El Apóstol dice “…se siembra corrupción, resucita incorrupción” (Cor. 15,42). Los escolásticos llaman a esta cualidad impasibilidad, no incorrupción, para marcarla así como una peculiaridad del cuerpo glorificado; los cuerpos de los condenados serán de hecho incorruptibles, pero no impasibles; estarán sujetos al calor y al frío, y a todo tipo de dolor.

(2) La siguiente es el "brillo" o "gloria", por la cual los cuerpos de los santos han de brillar como el sol. "Se siembra vileza,” dice el apóstol, "resucita gloria” (1 Cor. 15,43); Mt. 13,43; 17,2; Flp. 3,21). Todos los cuerpos de los santos han de ser igualmente impasibles, pero serán dotados de diferentes grados de gloria. De acuerdo con San Pablo: "Uno es el resplandor del sol, otro el de la luna, otro el de las estrellas. Y una estrella difiere de otra en resplandor." (1 Cor. 15,41-42).

(3) La tercera cualidad es la de “agilidad”, por la cual el cuerpo será liberado de su lentitud de movimiento, y dotado con la capacidad de moverse con la mayor facilidad y ligereza a donde al alma le plazca. El Apóstol dice “se siembra debilidad, resucita fortaleza” (1 Cor. 15,43).

(4) La cuarta cualidad es “sutileza", por la cual el cuerpo se vuelve sujeto al dominio absoluto del alma. Esto se deduce de las palabras del Apóstol: "Se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual" (1 Cor. 15,44). El cuerpo participa en la más perfecta y espiritual vida del alma hasta el punto que se convierte en sí mismo como un espíritu. Vemos esta cualidad ejemplificada en el hecho de que Cristo pasó a través de los objetos materiales.


Fuente: Maas, Anthony. "General Resurrection." The Catholic Encyclopedia. Vol. 12, pp. 792-793. New York: Robert Appleton Company, 1911. 26 Sept. 2016 <http://www.newadvent.org/cathen/12792a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina