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Sábado, 25 de marzo de 2017

Orgullo

De Enciclopedia Católica

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Orgullo es el amor excesivo a la propia excelencia. Normalmente se le considera uno de los siete pecados capitales. Santo Tomás, sin embargo, haciendo suya la apreciación de San Gregorio, lo considera el rey de todos los vicios, y pone a la vanagloria en su lugar como uno de los pecados capitales. Al darle esta preminencia lo toma en un significado más formal y completo. Él entiende que es ese estado de ánimo en el que un hombre, por el amor a su propio valor, intenta sustraerse de la sujeción a Dios Todopoderoso, y desprecia las órdenes de los superiores. Es una especie de desprecio a Dios y a los que llevan su comisión. Considerado de esta manera, es, por supuesto, un pecado mortal de la especie más atroz. De hecho Santo Tomás en este sentido lo califica como uno de los pecados más negros. Mediante él la criatura se niega a permanecer dentro de su órbita esencial; le da la espalda a Dios, no por debilidad o ignorancia, sino únicamente porque en su auto-exaltación no está dispuesto a someterse. Su actitud tiene algo satánico en ella, y probablemente no se verifica a menudo en los seres humanos.

Un tipo menos atroz de orgullo es el que impulsa a apreciarse demasiado uno mismo indebidamente y sin justificación suficiente, sin, sin embargo, ninguna disposición para despojarse del dominio del Creador. Esto puede ocurrir, según San Gregorio, ya sea porque un hombre se considera como la fuente de las ventajas que puede percibir en sí mismo, o porque, si bien reconoce que Dios se les ha otorgado, considera que esto ha sido en respuesta a sus propios méritos, o porque se atribuye dones que no tiene; o por último, porque aun cuando estos son reales él cree irracionalmente estar por encima de los demás.

Suponiendo que se abrigue la convicción indicada en los dos primeros casos, el pecado sería uno grave y uno tendría la culpa adicional de la herejía. Por lo general, sin embargo, esta persuasión errónea no existe; es la actitud lo que es condenable. Los dos últimos casos, en general, no se considera que constituyan delitos graves. Esto no es cierto, sin embargo, cuando la arrogancia de un hombre es motivo de gran daño a otro, como, por ejemplo, si asume los deberes de un médico sin los conocimientos necesarios.

El mismo juicio se debe hacer cuando el orgullo ha dado lugar a tal temperamento del alma que en la consecución de su propósito está lista para cualquier cosa, incluso el pecado mortal. La vanagloria, la ambición y la presunción son comúnmente enumeradas como los vicios hijos del orgullo, porque se adaptan bien para servir a sus objetivos desordenados. En sí mismas son pecados veniales a menos que alguna consideración ajena las coloque en las filas de las transgresiones graves. Cabe señalar que la presunción aquí no representa el pecado contra la esperanza; significa el deseo de intentar lo que excede su capacidad.


Fuente: Delany, Joseph. "Pride." The Catholic Encyclopedia. Vol. 12. New York: Robert Appleton Company, 1911. 20 Dec. 2011 <http://www.newadvent.org/cathen/12405a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina.