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Lunes, 22 de enero de 2018

Elías

De Enciclopedia Católica

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(Hebreo, 'Eliahu, "Yahveh es Dios
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Es el profeta más elevado y maravilloso del Antiguo Testamento. Lo que conocemos de su vida pública está esbozado en algunas narrativas populares, en su mayoría, en el Primer Libro de Reyes. Estas narrativas, que llevan el sello de una época casi contemporánea, tomaron forma, muy probablemente, en el norte de Israel, y están llenas de detalles muy gráficos e interesantes. Cada momento de la vida del profeta allí narrado corrobora la descripción del escritor del Eclesiástico (48,1): “Después surgió el profeta Elías como fuego, su palabra abrasaba como antorcha.” Los tiempos requerían semejante profeta. Aunque Ajab quizás no pensaba abandonar totalmente el culto a Yahveh, sin embargo, bajo la perniciosa influencia de su esposa tiria, Jezabel, había erigido un templo al baal tirio en Samaria (1 Rey. 16,32) e introdujo una multitud de sacerdotes extranjeros (18,19); indudablemente había ofrecido sacrificios de vez en cuando a la deidad pagana, y, además, consagró una persecución sangrienta contra los profetas de Yahveh.

No se sabe nada sobre el origen de Elías, excepto que era de Tisbé; no hay certeza absoluta si era de Tisbé de Neftalí (Tobías 1,2) o de Tisbé de Galaad, como indican nuestros textos, aunque la mayoría de los estudiosos, basados en la autoridad de los Setenta y de Josefo, prefieren la última opinión. Algunas leyendas judías, repetidas por algunos escritos cristianos, afirman además que Elías era de origen sacerdotal; pero no hay ningún otro fundamento para tal declaración que el hecho de que ofreció sacrificios. Todo su estilo de vida se parece un poco al de los nazires y es una fuerte protesta contra la corrupción de su época. Su manto de pelo y faja de piel ceñida a su cintura (2 Rey. 1,8), su pie veloz (1 Rey. 18,46), su hábito de morar en las hendiduras de los torrentes (17,3-6) o en las cuevas de las montañas (19,9), o dormir debajo bajo un refugio insuficiente (19,5), revelan al verdadero hijo del desierto. Aparece abruptamente en la escena de la historia para anunciarle a Ajab que Yahveh había determinado vengar la apostasía de Israel y su rey, y que traería una larga sequía en la tierra. Después que entregó su mensaje, el profeta desapareció tan de repente como había aparecido, y, guiado por el Espíritu de Yahveh, se dirigió al torrente de Kerit, al este del Jordán, y los "cuervos (algunos críticos traducirían, por improbable que sea la variante, “ árabes” o “comerciantes”) “le llevaban pan y carne por la mañana y pan y carne por la tarde, y bebía del torrente" (17,6).

Después que el arroyo se hubo secado, Elías, bajo la dirección divina, atravesó Sarepta, dentro del dominio tirio. Allí fue recibido hospitalariamente por una viuda pobre a quien el hambre había reducido a su última comida (17,12); él recompensó su caridad aumentando su provisión de comida y aceite durante todo el tiempo que durasen la sequía y la hambruna, y luego le resucitó al hijo de ella. (17,17-24). Durante tres años, no cayó lluvia o rocío alguno sobre Israel, y la tierra estaba absolutamente estéril. Entretanto, Ajab había hecho infructuosos esfuerzos recorriendo el país en busca de Elías. Al fin, éste resolvió afrontar una vez más al rey, y apareciendo de repente ante Abdías, lo mandó que llamara a su amo (18,7, ss.). Cuando se encontraron, Ajab reprendió amargamente al profeta como causante del infortunio de Israel; pero el profeta le devolvió la acusación: "No soy yo el azote de Israel, sino tú y la casa de tu padre, por haber abandonado a Yahveh y haber seguido a los Baales" (18,18). Aprovechando el desconcierto del silencioso rey, Elías lo reta a convocar a los profetas de Baal al Monte Carmelo, para una confrontación decisiva entre su dios y Yahveh.

La ordalía tuvo lugar frente a una gran concurrencia del pueblo (vea Monte Carmelo) a quien Elías, en términos muy duros, indujo a elegir: "¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies? Si Yahveh es Dios, seguidle; si Baal, seguid a éste." (18,21). Entonces ordenó a los profetas paganos que invocaran a su deidad; él por sí solo “invocaría el nombre de su Señor”; y “el Dios que responda por el fuego, ése es Dios.”(24). Los adoradores de Baal habían erigido un altar y colocaron la víctima sobre él; pero sus gritos, bailes salvajes y mutilaciones a sus propios cuerpos, a lo largo del día, no dieron resultados: "No hubo voz, ni quien escuchara, ni quien respondiera.” (29). Elías reparó el arruinado altar de Yahveh que se levantaba allí, y preparó sobre él su sacrificio; entonces, a la hora de ofrecer la oblación de la tarde, mientras oraba fervientemente, "Cayó el fuego de Yahveh que devoró el holocausto y la leña y lamió el agua de las zanjas" (38). La cuestión quedó peleada y ganada. El pueblo, enloquecido por el triunfo y por orden de Elías, cayó sobre los profetas paganos y los degollaron en el torrente de Quison. Esa misma tarde la sequía cesó y en medio de un fuerte aguacero el extraño profeta corrió delante de Ajab hasta la entrada de Yizreel.

El triunfo de Elías fue breve. La ira de Jezabel, que había jurado quitarle la vida (19,2), lo obligó a huir de inmediato y a buscar refugio más allá del desierto de Judá, en el santuario del Monte Horeb. Allí, en el desierto de la montaña sagrada, con espíritu quebrantado, vertió su queja ante el Señor que lo fortaleció con una revelación y le restauró su fe. Le impuso tres mandatos: ungir a Jazael como rey de Siria, a Jehú como rey de Israel y a Eliseo como su propio sucesor. Elías sale de inmediato a ejecutar esta nueva obligación. Rumbo a Damasco se encuentra con Eliseo en el arado, y echándole su manto encima, lo convierte en su fiel discípulo e inseparable compañero, a quien le confiará la compleción de su tarea.

El traicionero asesinato de Nabot fue la ocasión para una nueva reaparición de Elías en Yizreel, como campeón de los derechos del pueblo y del orden social y para anunciarle a Ajab su condena inminente: la casa de Ajab caerá. En el lugar donde los perros lamieron la sangre de Nabot, los perros también lamerán la sangre del rey; ellos se comerán a Jezabel en Yizreel; toda su posteridad perecerá y sus cuerpos serán dados a las aves del cielo (21,20-26). Herido en su conciencia, Ajab se acobardó ante el hombre de Dios, y en vista de su penitencia se retrasó la amenazada ruina de su casa.

La siguiente vez que oímos hablar de Elías es en conexión con Ocozías, el hijo y sucesor de Ajab. Habiendo recibido lesiones severas por una caída, este príncipe envió mensajeros al altar de Baal Zebub, dios de Ecrón, para inquirir si se iba a recuperar, pero fueron interceptados por el profeta, que los envió de regreso a su amo con la notificación que sus lesiones serían fatales. Varias bandas de hombres, enviadas por el rey para capturar a Elías, fueron heridas con fuego del cielo; finalmente el hombre de Dios se presentó ante Ocozías para confirmar su amenazante mensaje. Otro episodio registrado por el cronista (2 Crón. 21,12) relata cómo Joram, el rey de Judá que había permitido el culto a Baal, recibió de Elías una carta en la que le advertía que todos los de su casa serían castigados por una plaga, y que él mismo estaba condenado a una muerte prematura.

Según 2 Reyes 3, la carrera de Elías concluyó antes de la muerte de Josafat. Esta afirmación es difícil ---pero no imposible--- de armonizar con la narrativa anterior. Como quiera que esto sea, Elías desapareció aún más misteriosamente de cómo apareció. Tal como Henoc, fue "arrebatado" para que no probase la muerte. Mientras conversaba con Eliseo, su hijo espiritual, en las colinas de Moab, "un carro de fuego con caballos de fuego se interpuso entre ellos; y Elías subió al cielo en el torbellino" (2 Reyes 2,11), y todos los esfuerzos que hicieron los escépticos hijos de los profetas por encontrarlo, descreyendo el relato de Eliseo, fueron inútiles. La memoria de Elías ha permanecido viva en las mentes tanto de judíos como de cristianos. Según Malaquías, Dios preservó el profeta vivo para confiarle una misión gloriosa al final de los tiempos (4,5-6); en el período del Nuevo Testamento se creía que esta misión precedería inmediatamente el advenimiento del Mesías ( Mateo 17,10.12; Marcos 9,11); según algunos comentaristas cristianos, consistiría en la conversión de los judíos (San Jerónimo en Mal. 4,5-6); los rabinos, finalmente, afirman que su objeto será dar las explicaciones y respuestas reservadas por ellos hasta ahora. 1 Mac. 2,58 alaba el celo de Elías por la Ley, y Ben Sira entrelaza en una bonita página la narración de sus acciones y la descripción de su misión futura (Eclesiástico 48,1-11). En el Nuevo Testamento Elías es todavía la personificación del siervo de Dios (Mt. 16,14; Lucas 1,17; 9,8; Juan 1,21). No es de extrañar, por lo tanto, que haya aparecido con Moisés al lado de Jesús el día de la Transfiguración.

Tampoco es sólo en la literatura sagrada literatura y en los comentarios a ellas que encontramos evidencias del eminente lugar que Elías ganó para sí mismo en las mentes de las épocas posteriores. Hasta el momento el nombre de Jebel Mar Elyas, normalmente dado por los árabes modernos al Monte Carmelo, perpetúa la memoria del hombre de Dios. Varios lugares en la montaña: la gruta de Elías; El-Khadr, la supuesta escuela de los profetas; El-Muhraka, el sitio tradicional del sacrificio de Elías; Tell el-Kassis, o montículo de los sacerdotes ---donde se dice que mató a los sacerdotes de Baal--- todavía son muy venerados, tanto por los cristianos de todas las denominaciones como por los musulmanes. Todos los años los drusos se reúnen en El-Muhraka para celebrar un festival y ofrecer un sacrificio en honor a Elías. Todos los musulmanes tienen al profeta en gran reverencia; ningún druso, en particular, se atrevería a violar un juramento hecho en nombre de Elías. No sólo entre ellos, sino también entre judíos y cristianos, muchos cuentos legendarios se asocian a la memoria del profeta. Los monjes carmelitas durante mucho tiempo acariciaron la creencia de que su orden podía remontarse en sucesión ininterrumpida hasta Elías, a quien aclamaban como su fundador. Los Bolandistas, especialmente Papenbroeck, se les opusieron tenazmente, y los carmelitas de Flandes ya no sostuvieron enérgicamente su pretensión, hasta que el Papa Inocencio XII, en 1698, estimó prudente imponer silencio a ambas facciones contendientes. La Iglesia Griega y la Latina honran a Elías el 20 julio.

Las viejas listas en verso y los escritos eclesiásticos antiguos ( Const. Apost., VI, 16; Orígenes, Comm. in Mt. 27,9; Eutalio; Epifanio, Haer. XLIII) mencionan un “Apocalipsis de Elías” apócrifo, citas del cual se ha dicho que se encuentran en 1 Cor. 2,9 y Efesios 5,14. Perdido de vista desde los primeros siglos del cristianismo, parte de esta obra se recuperó en una traducción copta encontrada (1893) por Maspéro en un monasterio del Alto Egipto. Desde entonces se han descubierto otros fragmentos, también en copto. Lo que poseemos ahora de este Apocalipsis ---y parece que tenemos la mayor parte de él--- fue publicado en 1899 por G. Steindorff; los pasajes citados en 1 Cor. 2,9 y Ef. 5,14; no aparecen allí; el Apocalipsis por otro lado, tiene una sorprendente analogía con el "Sepher Elia" judío.


Fuente: Souvay, Charles. "Elias." The Catholic Encyclopedia. Vol. 5. New York: Robert Appleton Company, 1909. <http://www.newadvent.org/cathen/05381b.htm>.

Traducido por José Luis Anastasio. rc