Sacerdocio

De Enciclopedia Católica

Se deriva de sacerdos , del latín. De sacer = sagrado. O como dice S. isidoro, de "sacrum dans",y, en el sentido jerárquico, equivale al término latino sacerdos, al griego iereus, y al hebreo kahane. El término significa persona (de género masculino) llamada al servicio inmediato de la Deidad y autorizada para celebrar culto público, especialmente para ofrecer sacrificios. En muchos casos, el sacerdote es el mediador religioso entre Dios (los dioses) y el hombre y el maestro responsable de enseñar las verdades religiosas, sobre todo cuando éstas incluyen doctrinas esotéricas. Aplicar el término sacerdote a los magos, profetas y médicos de las religiones de los pueblos primitivos es una mala utilización del mismo. El correlativo esencial del sacerdocio es el sacrificio, por consiguiente, los simples líderes de las plegarias públicas o los guardianes de los templos no pueden reclamar el titulo de sacerdotes.

Contenido

El sacerdocio pagano

Sacerdotes asirios
A. Desde el punto de vista histórico, la más antigua de las religiones paganas, la más desarrollada, y la más marcada por vicisitudes es la de la India. Se pueden reconocer cuatro divisiones, diferentes en historia y naturaleza: el vedismo, el braminismo, el budismo y el hinduismo. Aún en los antiguos himnos védicos se puede diferencias un sacerdocio especial, porque aunque originalmente el padre de familia era también quién ofrecía el sacrificio, solía buscar la cooperación de un bramin. De las funciones esenciales de orar y cantar durante el sacrificio, surgieron, en el vedismo, las tres clases de sacerdotes, los que ofrecen sacrificios (adhvariu), los que cantan (udgâtar), y los que oran (hotar). Las cuatro categorías que incluyen soldados, sacerdotes, artesanos o granjeros y esclavos se desarrollaron formalmente en el braminismo tardío en las cuatro castas (Dahlmann), rígidamente diferenciadas, entre tanto, los bramines avanzaron por encima de los soldados a la posición de mayor importancia. Sólo los bramines entendían el intrincado y difícil ceremonial sacrificial; gracias a sus grandes conocimientos y sacrificios, ejercían una influencia irresistible sobre los dioses; una explicación panteísta del dios Brahma los investía de carácter divino. Por consiguiente, el bramin era una persona sagrada e inviolable y asesinarlo representaba el mayor de los pecados. El braminismo se ha comparado equivocadamente con la cristianidad medieval (cf. Teichmüller, "Religionsphilosophie", Leipzig, 1886, p. 528). En la Edad Media existió, de hecho, un sacerdocio privilegiado, pero no una casta sacerdotal hereditaria; entonces, como ahora, las clases más bajas podían alcanzar las más altas funciones eclesiásticas. Aún menos justificados, desde el punto de vista del carácter panteístico de la religión bramínica, son los intentos por rastrear una relación genética ente los sacerdocios católico e indio, puesto que el espíritu monoteísta del catolicismo y la organización característica de su clero son irreconciliables con el concepto panteísta de la Deidad y el temperamento insociable de un sistema de castas.

Lo mismo puede decirse, aún con más fuerza, del budismo, que, mediante la reforma introducida mediante el Rey Asoka (239-23 A.C.), forzó al braminismo a un segundo plano. Debido a que esta reforma inauguró el reino del Agnosticismo, el Ilusionismo y la moralidad unilateral, el sacerdocio braminico, con la decadencia de los servicios sacrificiales antiguos, perdió su razón de ser. Si no había sustancia eterna, ni ego, ni alma inmortal, ni vida en el más allá, la idea de un dios, de un redentor, de un sacerdocio tenía que desaparecer de inmediato. La redención budista es sólo una autoredención ascética forjada mediante el hundimiento en el abismo de la nada (el nirvana). Los bonzos no son sacerdotes en el sentido estricto de la palabra; ni tampoco tiene el monasticismo budista nada más que el nombre en común con el monasticismo cristiano. Los celotes modernos del budismo declaran con creciente osadía desde Schopenhauer, que lo que desean ante todo es una religión sin dogma y sin un redentor extraño, un servicio sin un sacerdocio. Parecerá entonces aún más extraordinario que el budismo, como consecuencia de los esfuerzos del reformador Thong-Kaba, haya desarrollado en el Tibet una jerarquía formal y una jerarcracia en el Lamaísmo (Lama=Brahma).

El monasticismo y los servicios religiosos del Lamaísmo presentan también una similitud tan sorprendente con las instituciones católicas que los investigadores no católicos no han vacilado en referirse a un "catolicismo budista" en el Tibet. El Papa y el Dalai-Lama, Roma y la ciudad de Lasa son contrapartes; el lamaísmo tiene sus monasterios, campanas, procesiones, letanías, reliquias, imágenes de santos, agua bendita, cuentas del rosario, mitras obispales, cruces, vestiduras, capas, bautismo, confesión, misa, sacrificios por los muertos. Sin embargo, puesto que es el espíritu interior el que da a una religión su sello característico, en estas manifestaciones externas no podemos reconocer una verdadera copia del catolicismo sino sólo una distorsionada caricatura. Además, debido a que este conglomerado religioso se inició apneas en el siglo XIV, es evidente que el sorprendente paralelismo es el resultado de la influencia del catolicismo en el lamaismo y no lo contrario. Sólo podemos suponer que el fundador, Thong-Kaba fue educado por un misionero católico. Schanz presenta un panorama sombrío del hinduismo moderno: "Además de Vishnu y Siva, se veneran y temen espíritus y demonios. El Río Ganges es objeto de especial veneración. Los templos suelen construirse cerca de los lagos porque a todos los que se bañen en ellos Brama les promete el perdón de sus pecados. Las bestias (las vacas) también y especialmente las serpientes y los objetos inanimados, sirven de fetiches. Las ofrendas consisten en flores, aceite, incienso y alimentos. Se ofrecen también sacrificios cruentos a Siva y su cónyuge. No faltan tampoco la idolatría ni la prostitución" ("Apologie d. Christentums", Freiburg, 1905, II, 84 sq.).

Magos persas. Relieve de la ciudad de Persépolis
B. En la religión similar, aunque éticamente superior, de los iraníes (parseismo, zoroastranismo, mazdeismo), que, desafortunadamente nunca superaron el dualismo teológico entre el dios bueno, (Ormuzd=Athura-Mazda) y el malvado antidiós (Ahriman=Angrô-Mainyu), hubo, desde el principio, una casta sacerdotal especial, que en el Avesta (q.v.) estaba dividida en seis clases. El nombre genérico para el sacerdote era âthravan (hombre de fuego), y la principal función del sacerdocio era el servicio del fuego, dado que el fuego era el símbolo especial de Ormuzd, el dios de la luz. Después de la destrucción de la monarquía persa sólo quedaron dos categorías de sacerdotes: los oficiantes (zoatar, jôtî) y los ministros (rathwi). Ambos fueron sucedidos más tarde por los magos Median (magus), que en el parceísmo moderno se conocen como mobed (de mogh-pati, padre mágico). Además del mantenimiento del fuego sagrado, los deberes de los sacerdotes eran ofrecer sacrificios (carne, pan, flores, frutos), hacer purificaciones, recitar oraciones, cantar himnos e instruir en la ley sagrada. Los animales para el sacrificio se colocaban sobre una pila de ramas secas a la intemperie para evitar que la tierra pura quedara profanada por la sangre. Los sacrificios humanos, acostumbrados desde tiempos inmemoriales, fueron abolidos por Zoroastro (Zarathustra). En épocas antiguas, los altares del fuego se colocaban a la intemperie, de preferencia en las montañas, aunque los parses modernos tienen templos especiales para el fuego. El haoma, como el más antiguo de los sacrificios, requiere mención especial; hecho del zumo narcótico de una cierta planta y utilizado como bebida de ofrenda, se identificaba con la misma deidad y se administraba a los fieles como medio de procurar la inmortalidad. Sin duda, esta haoma iraní es idéntica al soma de la India, el embriagante zumo (asclepias acida o sacrostemma acidum) que supuestamente restauraba la inmortalidad que el hombre perdió en el Paraíso (ver EUCARISTÍA). Cuando, durante el reino de Sassanides, Mithras el dios del sol, según la versión más reciente del Avesta, el sumo sacerdote y mediador entre dios y el hombre, había suplantado gradualmente al creativo dios Ormuzd, el culto mitra persa dominó el campo prácticamente sin oposición; además, bajo el Imperio Romano ejerció una influencia irresistible sobre occidente (ver MISA).

C. Pasando a la antigüedad clásica, Grecia nunca tuvo una casta sacerdotal exclusiva, aunque a partir del período dórico-jónico, el sacerdocio público se consideró privilegio de la nobleza. En Homero los reyes también ofrecía sacrificio s a los dioses. Por lo general, el culto público era responsabilidad del estado y los sacerdotes eran funcionarios estatales asignados, generalmente, al servicio de templos especiales. La importancia del sacerdocio fue creciendo con la expansión de los misterios, representados sobre todo en los cultos órfico y eleusiano. Los sacrificios iban siempre acompañados de oraciones por las que los griegos mostraban especial preferencia debido a que expresaban sus sentimientos religiosos.

Pero ningún pueblo del mundo consideraba la religión, el sacrificio y el sacerdocio como responsabilidad del estado hasta el punto en que lo hacían los antiguos romanos. En las primeras épocas de su historia, sus reyes legendarios (entre ellos Numa) eran sacerdotes encargados de ofrecer sacrificios. Durante la República, la función sacerdotal sólo admitía patricios hasta que la Lex Ogulina (aproximadamente en 300 A.C.) admitió también a los plebeyos. Dado que el objeto especial del sacrificio romano era ahuywntar el infortunio y atraer el favor de los dioses, la adivinación desempeñó una importante función dentro del sacrificio desde las épocas más remotas. De ahí la importancia de las distintas clases de sacerdotes que interpretaban la voluntad de los dioses con base en el vuelo de las aves o en las entrañas de las bestias que sacrificaban (augures, haruspices) (augurios auspicios). Había muchas otras categorías: pontifices, flamines, fetiales, luperci, etc. Durante las épocas imperiales, el emperador era el sumo sacerdote (pontifex maximus).

D. Según Tácito, la religión de los antiguos germanos era un simple culto a los dioses, sin imágenes; sus servicios tenían lugar no en templos sino en bosques sagrados. Los sacerdotes, si se pueden llamar así, eran altamente respetados y poseían facultades judiciales, como lo demuestra el antiguo término germano para sumo sacerdote, êwarte (guardián de la justicia). Sin embargo, los sacerdotes celtas o druidas (del irlandés antiguo, drui, mago) tuvieron una influencia mucho mayor en los pueblos. Su verdadero origen fue en Irlanda y Bretaña de donde se trasladaron a Gaula en el siglo III A.C. Aquí aparecen como casta sacerdotal, exenta de impuestos y de la obligación de prestar servicio militar; junto con la nobleza constituyen la clase dirigente y, por su actividad como maestros, jueces y médicos, se convierten en representantes de una cultura más alta, religiosa, moral e intelectual. Los druidas enseñaron la existencia de la divina providencia, la inmortalidad del alma y la trasmigración. Aparentemente han tenido imágenes de dioses y han ofrecido sacrificios humanos: esta última práctica puede haber entrado en desuso desde una época mucho más remota. Por lo general, realizaban sus servicios religiosos en las cimas de las montañas o en los robledales. Después de la conquista de Gaula, los druidas perdieron la estima popular.

E. La más antigua religión china es el sionismo que puede caracterizarse como el "monoteísmo espiritualista y moral más perfecto que haya conocido la antigüedad fuera de Judea" (Schanz). No contaba con un sacerdocio propiamente dicho, los sacrificios (animales, frutas e incienso) eran ofrecidos por funcionarios estatales a nombre del mandatario. A este respecto, el reformador Confucio no cambió nada (en el siglo VI A.C), aunque desmeritó el concepto de la religión y convirtió a un emperador casi deificado, en "El Hijo del Cielo" y en órgano del intelecto cósmico. En contraste directo con este sistema carente de sacerdotes, Laotse (nacido en el año 604 A.C.), fundador del taoísmo (tao, razón), introdujo el monasticismo y el sacerdocio regular, encabezado por el sumo sacerdote. A partir del siglo primero antes de Cristo, estas dos religiones encontraron un fuerte rival en el budismo, aunque, aún hoy, el confucionismo sigue siendo la religión oficial de China.

La religión nacional original de los japoneses fue el shintoismo, una extraña mezcla de culto a la naturaleza, a los antepasados y a los héroes. Se trata de una religión sin dogmas, sin código moral, sin escrituras sagradas. El Mikado es un hijo de la deidad y, como tal, es también un sumo sacerdote; su palacio es el templo: sólo años más tarde construyó el templo de Ise. Cerca del año 280 D.C, el confucionismo se abrió camino hacia Japón, desde China, y trató de coalecer con su símil el shintoismo. Sin embargo, el mayor golpe al shintoismo provino del budismo, que llegó del Japón en el año 552 D.C y, por un extraordinario proceso de amalgama, se unió con la antigua religión nacional para formar una tercera religión. Esta fusión dio origen a lo que se conoce como Rio-bu-Shinto. En la revolución de 1868 se dejó a un lado a este religión mixta y se declaró el shintoismo como la religión del Estado. En 1877, la ley que establecía esta situación fue abrogada y, en 1889, se otorgó la libertad religiosa general. en 1879 se abolieron los distintos rangos entre los sacerdotes.

Sacerdote egipcio.Museo egipcio de Turín
F. Por varios miles de años, el concepto de sacerdocio estuvo inseparablemente unido a la antigua religión de los egipcios. Aunque el mandatario que ocupara el poder en un determinado momento era, nominalmente, el único sacerdote, se había desarrollado, aún en el reino antiguo (desde aproximadamente el año 3400 A.C.) una casta sacerdotal especial, que en el reino medio (desde cerca del año 2000 A.C), y aún más en el reino tardío (desde aproximadamente 1090 A.C), se convirtió en la clase dirigente. El gran intento de reforma del Rey Amenhotep IV (muerto en 1374 A.C.), quien trató de desterrar a todos los dioses de la religión egipcia, con excepción del dios sol, y convertir el culto al sol en la religión del Estado, se vio frustrado por la oposición de los sacerdotes. Toda la dinastía XXI fue una familia de reyes-sacerdotes. Aunque Moisés, instruido como fue en la sabiduría de los egipcios, puede haberle debido a un modelo egipcio una o dos de las características externas de su organización del culto divino, fue, gracias a la inspiración divina, totalmente original en el establecimientos del sacerdocio judío, que se basa en la idea única de la alianza de Yahvé con el Pueblo Elegido (cf. "Realencyklopädie für protest. Theologie", XVI, Leipzig, 1905, 33). Aún menos justificado es el intento de algunos autores de historia comparativa de las religiones de rastrear el origen del sacerdocio católico hasta las castas sacerdotales egipcias; porque, en el mismo momento en que este préstamo se hubiera podido llevar a cabo, la idolatría egipcia había degenerado en un culto animal tan detestable, que no sólo los cristianos sino los paganos lo despreciaban con aversión (cf. Aristides, "Apol.", xii; Clemente de Alejandría, "Cohortatio", ii).

G. En la religión de los semitas, encontramos a los primeros sacerdotes babilonios-asirios, quienes, bajo el nombre de "caldeos", practicaron la interpretación de los sueños, la lectura de los astros y los sacrificios. De ahí sus divisiones en distintas clases: los oficiantes de sacrificios (nisakku), los videntes (bârû), los exorcistas (asipu), etc. En Asiria surgieron templos grandiosos con ídolos de figuras humanas e híbridas que (fuera del culto obligatorio de las estrellas) sirvieron para propósitos astrológicos y astronómicos. Entre los sirios, el cruel y voluptuoso culto a Moloch y Astarta tuvieron su sede principal en Babilonia, sobre todo Astarta (Ishtar,) a quienes los antiguos conocían simplemente como la "Diosa Siria" (Dea Syria). Igualmente, entre los fenicios, amonitas y filistinos semitizados, estas ominosas deidades encontraron especial veneración. Con gritos y danzas, los sacerdotes procuraban apaciguar a Moloch sediento de la sangre de niños sacrificados y automutilaciones, a la vez que el análogo Galh procuraba apaciguar a la diosa frigia, Cibeles. Los notables sacerdotes de Baal de los cananitas eran para los judíos un incentivo a la idolatría tan acendrado como el culto a Astarta era una tentación a la inmoralidad. La religión semítica del sur de los antiguos árabes paganos era una religión simple del desierto, sin sacerdocio definido: el Islam moderno o mahometanismo tiene un clero (el muezzin, anunciador de la hora de oración; los imanes, líderes de las oraciones; el khâtib, predicador), pero no posee un sacerdocio propiamente dicho. La rama semítica occidental de los hebreos se analizará en la siguiente sección.

El sacerdocio judío

Sumo sacerdote judío.jpg
En la era de los patriarcas, la ofrenda de sacrificios era responsabilidad del padre o jefe de familia (cf. Gen., viii, 20; xii, 7, etc.; Job, i, 5). Pero, aún antes de Moisés, también había sacerdotes regulares, que no eran padres de familia (cf. Ex., xix, 22 sqq.). La hipótesis de Hummelauer "Das vormosaische Priestertum in Israel", Friburgo, 1899) que sostiene que este sacerdocio premosaico fue establecido por el mismo Dios y que luego se tornó hereditario en la familia de Manasses, pero que fue luego abolido en castigo por la adoración del becerro de oro (cf. Ex., xxxii, 26 sqq.), difícilmente puede establecerse sobre bases científicas (cf. Rev. bibl. internat., 1899, pp. 470 sqq.). En el período mosaico hay que diferenciar: sacerdotes, levitas y sumos sacerdotes.

Sacerdotes

Sólo después de la legislación sinaítica el sacerdocio israelita se convirtió en una clase especial dentro de la comunidad. De la tribu de Leví, Yahvé eligió la casa de Aarón para desempeñar en forma permanente y exclusiva todas las funciones religiosas; Aarón mismo, y luego el primogénito de su familia, debería encabezar este sacerdocio como sumo sacerdote, mientras que los demás levitas actuarían no como sacerdotes sino como asistentes y sirvientes. La consagración solemne de los aaronitas al sacerdocio tuvo lugar al tiempo con la unción de Aarón como sumo sacerdote y caso con el mismo ceremonial (Ex., xxix, 1-37; xl, 12 sqq.; Lev., viii, 1-36). Esta consagración única abarcaba la consagración de todos los futuros descendientes de los sacerdotes, de manera que el sacerdocio quedó establecido en la casa de Aarón por simple descendencia, y fue por lo tanto hereditario. Después del exilio de babilonia, se exigió aún con más rigidez la prueba genealógica estricta de la descendencia sacerdotal y cualquier falla en el suministro de la misma equivalía a la exclusión del sacerdocio (I Esd., ii, 61 sq.; II Esd., vii, 63 sq.). Algunos defectos físicos, entre los que los talmudistas tardíos mencionan 142, eran también motivo de descalificación del ejercicio del oficio sacerdotal (Lev., xxi, 17 sqq.). Se fijaron, además, los límites de edad (veinte y cincuenta años) (II Par., xxxi, 17); a los sacerdotes les estaba prohibido tener esposa o concubina o una mujer divorciada (Lev., xxi, 7); durante el ejercicio activo del sacerdocio, estaba prohibido el contacto sexual marital. Además de una vida previa impecable, la limpieza levítica era también requisito esencial para el sacerdocio. Quienquiera que ejerciere una función sacerdotal en impureza levítica era expulsado al igual que cualquiera que ingresara al santuario después de haber tomado vino u otras bebidas embriagantes (Lev., x, 9; xxii, 3). Estaba estrictamente prohibido incurrir en impureza "a la muerte de sus ciudadanos", excepto en el caso de parientes de primer grado, (Lev., xxi, 1 sqq.). En casos de duelo, no debía haber signos externos de tristeza (por ejemplo, desgarrarse las vestiduras). Al asumir su cargo, el sacerdote tenía que bañarse primero para purificarse (Ex., xxix, 4; xl, 12), ser rociado con aceite (Ex., xxix, 21; Lev., viii, 30), y colocarse luego las vestiduras.

Las vestiduras sacerdotales consistían en pantalones, túnica, faja y mitra. Los pantalones (feminalia linea) los cubrían desde los riñones hasta los muslos (Ex., xxviii, 42). La túnica (tunica) era un tipo de abrigo tejido de una sola pieza, con mangas estrechas, que iba desde el cuellos hasta los tobillos y se ataba al cuello con bandas (Ex., xxviii, 4). La faja (balteus) tenía tres o cuatro dedos de ancho y (según la tradición rabínica) tenía 36 metros de largo; debía ser bordada con el mismo patrón y tener el mismo color de la cortina del patio anterior del Tabernáculo de la Alianza (Ex., xxxix, 38). La mitra complementaba las vestiduras oficiales (Ex., xxxix, 26), era una especie de gorro de lino fino. Puesto que nada se dice del calzado, los sacerdotes deben haber oficiado descalzos como lo declara, de hecho, la tradición judía (cf. Ex., iii, 5). Estas vestiduras se prescribían para ser utilizados únicamente durante los servicios y el resto del tiempo permanecían guardadas en un lugar determinado para ese fin, a cargo de un custodio especial. Para información detallada sobre las vestiduras sacerdotales , ver Josephus, "Antiq.", III, vii, 1 sqq.

Los deberes oficiales de los sacerdotes se relacionaban en parte con sus ocupaciones principales y en parte con servicios subsidiarios. A la primera de esta categoría, correspondían todas las funciones relacionadas con el culto público; por ejemplo, las ofrendas de incienso, dos veces al día (Ex., xxx, 7), la renovación semanal de los panes de la proposición sobre la mesa de oro (Lev., xxiv, 9), la limpieza y llenado de las lámpara de aceite del candelabro de oro (lev., xxiv, 1). Todos estos servicios se realizaban dentro del santuario. Había, además, algunas funciones que se realizaban en el patio exterior: el mantenimiento del fuego sagrado en el altar para los sacrificios inmolados (Lev., vi, 9 sqq.), las ofrendas diarias de los sacrificios de la mañana y de la tarde, en especial corderos (Ex., xxix, 38 sqq.). Como servicios subsidiarios, los sacerdotes debían presentar el agua maldita a las esposas sospechosas de adulterio (Num., v, 12 sqq.), tocar las trompetas que anunciaban los días sagrados (Num., x, 1 sqq.), declarar puros o impuros a los leprosos (Lev., xiii-xiv; Deut., xxiv, 8; cf. Matt., viii, 4), dispensar de los votos, evaluar los objetos ofrecidos al santuario (Lev., xxvii), y, por último, ofrecer sacrificios por quienes violaran la ley de los nazaritas, es decir, un voto por el que se comprometían a evitar cualquier bebida embriagante y cualquier impureza (especialmente por contacto con un cadáver) y dejarse crecer el pelo (Num., vi, 1-21). Además, los sacerdotes eran maestros y jueces; no sólo debían explicar la ley a las gentes (Lev., x, 11; Deut., xxxiii, 10) sin remuneración (Mich., iii, 11) y preservar cuidadosamente el Libro de la Ley, copia del cual se le presentaba al (futuro) rey (Deut., xvii, 18), sino que tenían que dirimir, además, las demandas legales difíciles entre los individuos (Deut., xvii, 8; xix, 17; xxi, 5). Dada la compleja naturaleza del servicio litúrgico, más tarde, David dividió el sacerdocio en veinticuatro clases o cursos, cada uno de los cuales, a su vez, con su miembro más antiguo como cabeza, tenía que oficiar el servicio de un sábado al otro (IV Reyes, xi, 9; cf. Lucas, i, 8). Las otras clases se determinaban a la suerte (I Par., xxiv, 7 sqq.).

Los ingresos de los sacerdotes provenían de los diezmos y primicias de los frutos y animales. A esto se agregaban los ingresos accidentales y los restos de alimentos y las oblaciones presentadas en satisfacción de las culpas, cuando dichas oblaciones no fueran totalmente consumidas por el fuego; además recibían las pieles de los animales sacrificados y los productos naturales y el dinero ofrecido a Dios (Lev., xxvii; Num., viii, 14). Con todos estos requisitos previos, todo parece indicar que los sacerdotes judíos no fueron nunca una clase adinerada, debido en parte a su creciente número y en parte a las numerosas familias que criaban. Pero su alto rango, su educación superior y su posición social les garantizaba gran prestigio entre el pueblo. En términos generales, cumplían con su alto cargo en forma honrosa, aunque con frecuencia merecieron la rígida reprobación de los Profetas (cf. Jer., v, 31; Ezech., xxii, 26; Os., vi, 9; Mich., iii, 11; Mal., i, 7). Con la destrucción de Jerusalén por Tito, en el año 70 D.C, todo el servicio sacrificial y con él el sacerdocio judío, llegaron a su fin. Los últimos rabinos nunca se consideraron sacerdotes sino simples maestros de la ley.

Los Levitas en el Sentido Estricto de la Palabra

Levita
Ya se ha dicho antes que el verdadero sacerdocio fue hereditario exclusivamente para la casa de Aarón y que a los demás descendientes de Leví se les asignó una posición subordinada como sirvientes y asistentes de los sacerdotes. Estos últimos son los levitas propiamente dichos. Estaban divididos en las familias de los gersonitas, caatitas, y meraritas (Ex., vi, 16; Num., xxvi, 57), llamados así por los tres hijos de Leví, Gersón, Caat, y Merari (cf. Gen., xlvi, 11; I Par., vi, 1). Como simples sirvientes de los sacerdotes, los levitanos no podían ingresar al santuario ni oficiar actos sacrificiales, sobre todo la aspersión de sangre (aspersio sanguinis). Este era privilegio de los sacerdotes (Num., xviii, 3, 19 sqq.; xviii, 6). No obstante, los levitas tenían que asistir a las aspersiones durante los servicios sagrados, preparar las distintas oblaciones y mantener en buen estado los vasos sagrados. Entre sus principales deberes estaba el de custodiar constantemente el Tabernáculo con el Arca de la Alianza; los gersonitas acampaban al occidente, los caatitas al sur, los meraritas al norte y Moisés con Aarón y sus hijos custodiaban el Santo Tabernáculo hacia el este (Num., iii, 23 sqq.). Una vez que el tabernáculo encontró un hogar fijo en Jerusalén, David creó cuatro clases de levitas: los sirvientes de los sacerdotes, los funcionarios y jueces, los porteros y, por último, los músicos y cantores (I Par., xxiii, 3 sqq.). Después de la construcción del Templo por Salomón, los levitas se convirtieron, como era de esperarse, en sus guardianes (I Par., xxvi, 12 sqq.). Cuando se reconstruyó el Templo los levitas se establecieron como guardias en veintiún puntos a su alrededor (Talmud; Middoth, I, i). Al igual que los sacerdotes, los levitas estaban también obligados a instruir al pueblo en la ley (II Par., xvii, 8; II Esd., viii, 7), e incluso, en ciertos momentos, estuvieron facultados para ejercer funciones judiciales (II Par., xix, 11).

Se posesionaban de su cargo mediante un rito de consagración: se les roseaba con agua de purificación, se les afeitaban las cabezas y se lavaban sus vestiduras, se ofrecían sacrificios, los ancianos les imponían las manos (Num., viii, 5 sqq.). En cuanto a la edad del servicio se fijó la de treinta años para el ingreso y cincuenta para retirarse del cargo (Num., iv, 3; I Par., xxiii, 24; I Esd., iii, 8). La ley no prescribía para ellos vestiduras especiales; en tiempos de David y de Salomón, los portadores del Arca de la Alianza y los cantores utilizaban vestiduras de lino fino (I Par., xv, 27; II Par., v, 12). Cuando se dividió la Tierra Prometida entre las doce tribus, la tribu de Leví quedó sin territorio puesto que el Señor mismo era la porción de su heredad (cf. Num., xviii, 20; Deut., xii, 12; Jos., xiii, 14). En compensación, Yahvé cedió a los levitas y sacerdotes los dones de los productos naturales hechos por el pueblo y otros ingresos. En primer lugar, los levitas recibieron los diezmos de las frutas y las bestias del campo (Lev., xxvii, 30 sqq.; Num., xviii, 20 sq.), de los que, a su vez, debían entregar la décima parte a los sacerdotes (Num., xviii, 26 sqq.). Además, tenían participación en los banquetes sacrificiales (Deut., xii, 18) y, al igual que los sacerdotes, estaban exentos de impuestos y de la obligación de prestar servicio militar. El aspecto de la residencia se resolvió ordenando a las tribus dotadas de propiedad territorial a ceder a los levitas cuarenta y ocho ciudades levíticas con sus precintos, diseminadas por toda la región, (Num., xxxv, 1 sqq.);, trece de éstas fueron asignadas a los sacerdotes. Después de la división de la monarquía en el Reinos del Norte de Israel y el Reino del Sur de Judá, muchos levitas de la parte norte trasladados al Reino de Judá que se mantuvieron fieles a la ley, y se instalaron en Jerusalén. Después de que el Reino del Norte fue castigado por la deportación a Asiria, en 722, A.C., el Reino del Sur fue también derrocado por los babilonios en 606 A.C., y numerosos judíos, incluyendo muchos levitas, huyeron apresuradamente al "exilio en Babilonia". Sólo unos pocos levitas regresaron a su antiguo hogar, bajo Esdras en el año 450 (cf. I Esd., ii, 40 sqq.). Con la destrucción del templo herodiano, en el año 70 D.C., quedó sellado el final de los levitas.

El sumo sacerdote

Sumo Sacerdote con pectoral y joyas
Por orden de Yahvé, Moisés consagró a Aarón, su hermano, como el primer sumo sacerdote, repitió la consagración durante siete días y, al octavo día, lo introdujo solemnemente en el Tabernáculo de la Alianza. La consagración de Aarón consistió en abluciones, investidura con costosos ornamentos, unción con aceite bendito y el ofrecimiento de varios sacrificios (Ex., xxix). Como signo de que Aarón estaba dotado de la plenitud del sacerdocio, Moisés vertió sobre su cabeza el aceite de la unción (Lev., viii, 12), mientras que los demás aaronitas, como simples sacerdotes, sólo recibían la unción en las manos (Ex., xxix, 7, 29).Para los judíos, el sumo sacerdote era la máxima personificación de la teocracia, el monarca de todos los sacerdotes, el mediador especial entre Dios y el Pueblo de la Alianza, y la cabeza espiritual de la sinagoga. Era el sacerdote por excelencia, el "gran sacerdote" (en griego archiereus), el "príncipe de todos los sacerdotes" y, debido a la unción de su cabeza, el "sacerdote ungido". A este altísimo cargo correspondían sus vestiduras especiales y costosas, que utilizaba además de las de los sacerdotes comunes (Ex., xxviii). Una prenda (probablemente sin mangas) de color azul violeta (tunica) que le llegaba hasta las rodillas, con el borde orlado con pequeñas campanas doradas y granadas bordadas en hilos de colores. Sobre los hombros utilizaba una prenda conocida como efod; elaborada de un costo material, hecha de dos partes de aproximadamente 114 cms. de largo cada una (o la medida conocida como un "elle"), que le cubrían la espalda y el pecho, estaban unidas en la parte superior por dos bandas u hombreras, y terminaban en la parte inferior en una magnífica faja. Al frente del efod colgaba el escudo (rationale), una bolsa cuadrada que llevaba grabados en su exterior en piedras preciosas los nombres de las doce tribus (Ex., xxviii, 6), en cuyo interior se guardaban los famosos Urim y Thummim (q.v.) como medios para obtener las profecías y los oráculos; completaba las vestiduras del sumo sacerdote un precioso turbante (tiara), que ostentaba una placa de oro al frente con la inscripción "Consagrado a Yahvé".

El sumo sacerdote era responsable de la supervisión suprema del Arca dela Alianza (y del Templo), del servicios divinos en general y de todo el personal relacionado con la totalidad del culto público. Era él quien presidía el Sanedrín. Sólo él podía celebrar la liturgia en la Fiesta de la Expiación, ocasión para la cual sólo se ponía sus costosas vestiduras una vez terminados los sacrificios. Sólo él podía ofrecer sacrificios por sus propios pecados y los del pueblo (Lev., iv, 5), entrar al sanctum sanctorum y pedir consejo a Yahvé en ocasiones importantes. Inicialmente, el cargo de sumo sacerdote en la casa de Aarón fue hereditario, en la línea de su primogénito Eleazar, pero en el período desde Helí hasta Abiatar (1131 a 973 A.C.), perteneció, por derecho de primogenitura, a la línea de Itamar. Bajo el reinado de Seleucide (desde cerca de 175 A.C.), el cargo se vendió por dinero al mayor postor. En un período más tardío se tornó hereditario, en la familia de Hasmon. El sumo sacerdocio desapareció con la destrucción del Santuario Cntral por los romanos. Los críticos bíblicos negativos actuales están radicalmente en contra del anterior relato del sacerdocio mosaico, basado en el Antiguo Testamento. Según la hipótesis de Graf-Wellhausen, Moisés (aproximadamente en 1250 A.C.), no puede ser el autor del Pentateuco. No fue el legislador nombrado por voluntad divina, sino simplemente el fundador de la monolatría, puesto que el monoteísmo ético fue el resultado de los esfuerzos de Profetas que vinieron mucho tiempo después. El Deuteronomio D apareció físicamente en el año 621 A.C., cuando el astuto sumo sacerdote Helkias, mediante un fraude piadoso, le entregó al rey Josias, un hombre temeroso de Dios, el recién compuesto "Libro de las Leyes" D, como escrito por Moisés (cf. IV Reyes, xxii, 1 sqq.). Cuando Esdras regresó a Jerusalén del Exilio de Babilonia, cerca del año 450 A.C., trajo con él el "Libro del Ritual" o el código sacerdotal P, es decir, las porciones intermedias, entre el Génesis y el Deuteronomio, que había compuesto él mismo en su colegio en Babilonia, aunque sólo en el año 444 A.C., se atrevió a hacerlo público. Un ingenioso editor introdujo ahora las partes relativas al culto público en los antiguos libros históricos preexílicos, y se remontó en el tiempo, proyectando, hasta Moisés, toda una nueva idea acerca de un sacerdocio aarónico y de la centralización del culto. Así, la historia del Tabernáculo de la Alianza es una mera ficción, inventada para representar el Templo de Jerusalén tal como fue establecido en su forma plenamente desarrollada al comienzo de la historia israelita y para justificar la unidad del culto. Aunque esta hipótesis no niega la gran antigüedad del sacerdocio judío, sostiene que la centralización del culto, la diferencia esencial entre sacerdotes y levitas, la autoridad suprema de los sacerdotes del templo de Jerusalén, comparada con la de los llamados sacerdotes de montaña (cf. Ezech., xliv, 4 sqq.), debe relacionarse a la época postexílica.

Sin entrar en una crítica detallada de estas declaraciones de Wellhausen y de la escuela crítica (ver PENTATEUCO), podemos decir, en términos generales, que la escuela conservadora admite o puede admitir también que sólo la parte original del Pentateuco debe aceptarse como mosaica; que, en el mismo texto, se han incluido, aparentemente, repeticiones de distintas fuentes y, por último, que no se excluye, de ninguna manera, la posibilidad de adiciones, extensiones y adaptaciones a las nuevas condiciones por un autor inspirado de un período posterior. También debe admitirse que, aunque se fijó un lugar de culto, se ofrecían sacrificios, aún en tiempos más remotos, por parte de laicos y simples levitas, lejos del lugar donde se encontraba el Arca de la Alianza, y que, en épocas de inestabilidad y perturbación política, no siempre se observaron las órdenes de Moisés. En los períodos sombríos, caracterizados por el descuido de la ley, no se acató a la prohibición de ofrecer sacrificios en los montes y, con frecuencia, los profetas veían con agrado el que se ofrecieran sacrificios en lugares elevados (bamoth), no a dioses paganos, sino a Yahvé. Sin embargo, el problema del Pentateuco es uno de los aspectos más difíciles e intrincados de la crítica bíblica. La hipótesis de Wellhausen, con sus osadas suposiciones de engaños piadosos y proyecciones artificiales, queda abierta a dificultades y misterios tan grandes, si no mayores, que los del concepto tradicional, aunque algunas de sus contribuciones a la crítica literaria pueden ser objeto de examen. Es innegable que la estructura crítica a experimentado un duro golpe desde el descubrimiento de las cartas de Tell-el-Amarna que datan del siglo XV A.C., y desde cuando se descifró el Código Hamurabi. La suposición de que la religión más antigua de Israel debe haber sido idéntica a la de los semitas primitivos (polidemonismo, animismo, fetichismo, culto a los ancestros) ha demostrado ser falsa, puesto que mucho antes del año 2000 A.C., la religión oficial de Babilonia era una especie de Henoteísmo, es decir, un politeísmo con una cabeza monárquica. Los inicios de las religiones de todos los pueblos son mucho más puros y espirituales de lo que muchos historiadores de las religiones han estado dispuestos a admitir hasta ahora. Una cosa es cierta: aún no se ha dicho la última palabra en cuanto al valor de la hipótesis de Wellhausen.

El sacerdocio cristiano

La Iglesia Universal reunida en Concilio
En el Nuevo Testamento, según la enseñanza católica, los obispos y sacerdotes son los únicos autorizados para ejercer el sacerdocio; los primeros lo ejercen a plenitud (summus sacerdos s. primi ordinis), mientras que los presbíteros son simples sacerdotes (simplex sacerdos s. secundi ordinis). El diácono, por otra parte, es un simple asistente del sacerdote, sin ninguna facultad sacerdotal. Omitiendo todo tratamiento especial del obispo y del diácono, limitaremos nuestra atención principalmente al presbiterado, puesto que ahora el término, "preste" sin calificación, se interpreta como presbítero.

La Divina Institución del Sacerdocio

Según el concepto protestante, no había en la Iglesia cristiana primitiva distinción especial entre los laicos y el clero; no había diferencia jerárquica entre las distintas órdenes (obispo, sacerdote, diácono), no se reconocía al papa ni a los obispos como poseedores del más alto poder de jurisdicción sobre la Iglesia Universal ni sobre sus diversas divisiones territoriales. Por el contrario, la constitución de la Iglesia, en sus comienzos, fue democrática, por virtud de lo cual, las Iglesias locales eligieron sus propios jefes y ministros y les impartieron su inherente autoridad espiritual, tal como en la república moderna el "pueblo soberano" confiere a su presidente electo y a sus funcionarios la autoridad administrativa. La base más profunda de esta trasmisión de poder debe buscarse en la idea cristiana primitiva del sacerdocio universal, que excluye el reconocimiento de un sacerdocio especial. Cristo es el único sumo sacerdote del Nuevo Testamento así como su cruenta muerte en la cruz es el único sacrificio de la cristiandad. Si todos los cristianos, sin excepción, son sacerdotes por virtud de su bautismo, un sacerdocio oficial, obtenido por ordenación especial, es tan inadmisible como el Sacrificio Católico de la Misa. No el sacrificio material de la Eucaristía, que consiste en el ofrecimiento de dones (reales), sino sólo el sacrificio puramente espiritual de la oración, armoniza con el espíritu de la cristiandad. No queda más remedio que admitir que la gradual corrupción del cristianismo comenzó muy temprano (a fines del siglo primero), puesto que no se puede negar que Clemente de Roma (Ep. Cor., xliv, 4), en las Enseñanzas de los Doce Apóstoles (Didache, xiv), y Tertuliano (De bapt., xvii; "De præsc. hær.", xli; "De exhort. cast.", vii) reconocen un sacerdocio oficial con el Sacrificio objetivo de la Misa. La corrupción se difundió rápidamente por todo el oriente y el occidente y continuó sin freno durante la Edad Media, hasta que, por fin, la Reforma pudo restaurar el cristianismo a su pureza original. "Revivió la idea del sacerdocio universal; se consideraba consecuencia necesaria de la misma naturaleza del cristianismo. . . . Puesto que toda la idea del sacrificio fue desechada, se eliminó todo riesgo de reversión a las creencias que una vez de derivaron de ella" ("Realency cl. für prot. Theol.", XVI, Leipzig, 1905, p. 50).

A estos conceptos se puede responder, de forma breve, lo siguiente: los teólogos católicos no niegan que "la doble jerarquía de orden y jurisdicción" se haya desarrollado gradualmente a partir del germen ya existente en la Iglesia primitiva, al mismo tiempo que se reconocía con mayor claridad, a medida que avanzaba el tiempo, el primado del papa en Roma y, sobre todo, la diferenciación entre los simples sacerdotes y los obispos (ver JERARQUÍA). Sin embargo, el aspecto de si al comienzo existía o no en la Iglesia un sacerdocio especial es algo totalmente distinto. Si es cierto que "la aceptación de la idea del sacrificio llevó a la idea del sacerdocio eclesiástico" (loc. cit., p. 48), y si el sacerdocio y el sacrificio son términos recíprocos, entonces la prueba del origen divino del sacerdocio católico debe considerarse establecida, una vez demostrado que el Sacrificio Eucarístico de la Misa surgió simultáneamente con los comienzos y la esencia de la cristiandad. Para probar lo anterior se puede recurrir al Antiguo Testamento, cuando el Profeta Isaías prevé el ingreso de los paganos al reino mesiánico y hace un llamado a los sacerdotes de los infieles (es decir, a los no judíos), una característica especial de la Iglesia (Is., lxvi, 21): "Y de entre éstos escogeré yo para hacerlos sacerdotes y levitas, dice el Señor". Ahora bien, este sacerdocio no judío (cristiano) en la futura Iglesia mesiánica presupone un sacrificio permanente, en otros términos, un "sacrificio sin mancha"que, "desde donde sale el sol hasta el ocaso", debe ser ofrecido al Señor de los ejércitos entre los gentiles (Mal., i, 11). El sacrificio de pan y vino ofrecido por Melquisedec (cf. Gen., xiv, 18 sqq.), prototipo de Cristo (cf. Ps. cix, 4; Heb., v, 5 sq.; vii, 1 sqq.), se refiere también, en sentido profético, no sólo a la Última Cena sino a su repetición perpetua en conmemoración del Sacrificio de la Cruz (Ver MISA). Con razón, el Concilio de Trento enfatiza, por lo tanto, la íntima relación entre el Sacrificio de la Misa y el sacerdocio (Sess. XXIII, cap. i, in Denzinger, "Enchiridion", 10th ed., 957): "El Sacrificio y el sacerdocio son tan inseparables, por voluntad divina, que se encuentran unidos en todas las leyes. Dado que, por consiguiente, la Iglesia católica ha recibido por institución del Señor, en el Nuevo Testamento, el sacrificio santo y visible de la Eucaristía, hay que admitir que en la Iglesia hay un sacerdocio nuevo, visible y externo en el que se ha convertido el antiguo sacerdocio". Es evidente que esta lógica no admite respuesta. Por lo tanto, es aún más extraordinario que Harnack haya querido buscar el origen de la constitución jerárquica de la Iglesia no en Palestina sino en la Roma pagana. Escribe, refiriéndose a la Iglesia católica: "Continúa gobernando siempre a sus pueblos, sus papas ejercen dominio sobre ella como Trajano y Marco Aurelio. A Rómulo y Remo los sucedieron Pedro y Pablo; a los procónsules los sucedieron los arzobispos y los obispos. Las fuerzas correspondientes a las legiones son los ejércitos de sacerdotes y monjes; los sucesores de los guardias imperiales son los jesuitas. Hasta en sus más mínimos detalles, inclusive en su organización jurídica, para no mencionar sus vestiduras, se puede rastrear la influencia continua del antiguo imperio y de sus instituciones"("Das Wesen d. Christentums", Leipzig, 1902, p. 157). Con la mejor buena voluntad, en esta descripción se puede reconocer apenas una muestra del ingenio del autor, puesto que una investigación histórica de las instituciones citadas llevaría indudablemente a fuentes, orígenes y motivos totalmente distintos de las condiciones análogas del Imperio Romano.

Sin embargo, el Sacrificio de la Misa muestra solamente una cara del sacerdocio; la otra cara se revela en su facultad de perdonar los pecados, puesto que el ejercicio de esta facultad sacerdotal es tan necesario como su facultad de consagrar y ofrecer el Sacrificio. Al igual que la facultad general de atar y desatar (cf. Mat., xvi, 19; xviii, 18), la facultad de perdonar y retener los pecados fue solemnemente conferida por Cristo a la Iglesia (cf. Juan, xx, 21 sqq.). por consiguiente, el sacerdocio católico tiene el derecho indiscutible de rastrear su origen también, en este respecto, al Divino Fundador de la Iglesia. Ambos aspectos del sacerdocio fueron destacados por el Concilio de Trento (loc. cit., n. 961): "Si alguien dijere que en el Nuevo Testamento no hay sacerdocio visible y externo ni poder alguno de consagrar y ofrecer el Cuerpo y la Sangre del Señor, y de perdonar o retener los pecados, sino simplemente el ejercicio de un ministerio escueto para predicar el Evangelio, sea anatema". Lejos de ser una "usurpación injustificable de los poderes divinos", el sacerdocio constituye una base tan esencial del cristianismo que su remoción llevaría a la destrucción de todo el edificio. Un cristianismo sin sacerdocio no puede ser la Iglesia de Cristo. Esta convicción se fortalece al considerar la imposibilidad psicológica de la suposición protestante que sostiene que a partir del final del siglo primero, el cristianismo toleró, sin luchas ni protestas, la usurpación sin precedentes de los sacerdotes quienes, sin credenciales ni testimonio, se arrogaron, de un momento a otro, los poderes divinos en relación con la Eucaristía y, con la fuerza de una apelación ficticia a Cristo, pusieron sobre los pecadores bautizados la carga onerosa de la penitencia pública como condición indispensable para el perdón de los pecados.

En cuanto al "sacerdocio universal" en el cual basa el protestantismo su negación del sacerdocio especial, puede decirse que los católicos creen también en un sacerdocio universal; éste, sin embargo, no excluye, ni mucho menos, un sacerdocio especial, sino que presupone su existencia, dado que los dos están relacionados tanto en lo general como en lo particular, lo abstracto y lo concreto, en lo figurativo y en lo real. El cristiano corriente no pude ser un sacerdote en el sentido estricto de la palabra, puesto que no puede ofrecer un sacrificio real sino sólo el sacrificio figurativo de la oración. Por esta razón, el desarrollo dogmático histórico no siguió ni pudo haber seguido el curso que habría seguido si se hubieran enfrentado en la Iglesia primitiva dos corrientes de pensamiento opuestas (es decir, el sacerdocio universal versus el sacerdocio especial) disputándose la supremacía hasta que una de las dos hubiera sido vencida. La historia del dogma señala, por el contrario, que ambos conceptos avanzaron de manera armónica a través de los siglos y nunca han desaparecido del pensamiento católico. De hecho, el concepto profundo y hermoso del sacerdocio universal puede rastrearse a partir de Justino Martir (Dial. cum Tryph., cxvi), Ireneo, (Adv. hær., IV, viii, 3), y Origenes ("De orat.", xxviii, 9; "In Levit.", hom. ix, 1), hasta Agustín (De civit. Dei, XX, x) y León Magno (Sermo, iv, 1), y luego a Santo Tomás (Summa, III, Q. lxxxii, a. 1) y el Catecismo Romano. Sin embargo, todos estos autores reconocieron, junto con el Sacrificio de la Misa, el sacerdocio especial en la Iglesia. El origen del sacerdocio universal se remonta, como se sabe, a San Pedro, quien declara a los fieles, en su carácter de cristianos, como "sacerdocio santo, llamado a ofrecer víctimas espirituales" y "pueblo elegido, sacerdocio real" (I Pedro, ii, 5, 9). *** Sin embargo, el mismo texto indica que el Apóstol se refería únicamente a un sacerdocio figurado, puesto que las "víctimas espirituales" eran oraciones y el término "real" (regale, basileion) sólo pudo haber tenido un significado metamórfico para los cristianos. Los gnósticos, los montanistas y los cataristas, quienes, en sus ataques contra el sacerdocio especial han aplicado mal la metáfora, fueron tan ilógicos como los reformistas, puesto que los dos conceptos, sacerdocio real y sacerdocio figurado, son muy compatibles. Teniendo en cuenta lo anterior, es evidente que sólo el clero católico tiene derecho a ser designado "sacerdocio", puesto que sólo sus sacerdotes tienen un sacrificio verdadero y real que ofrecer: la Santa Misa. Por consiguiente, los anglicanos, que rechazan el Sacrificio de la Misa, caen en la inconsistencia al referirse a su clero como compuesto de "sacerdotes". Los predicadores en Alemania, con mucha lógica y cierta indignación, rechazan este título.

La Posición Jerárquica del Presbiterado

Jerarquía eclesiástica
Descrita en pocas palabras, la relación del sacerdote con el obispo y el diácono es la de una persona intermedia que, desde el punto de vista jerárquico, está subordinado al obispo y es superior al diácono (cf. Concilio de Trento, Sess. XXVI, can. vi). Mientras que la preeminencia del obispo sobre el sacerdote radica básicamente en su facultad de impartir el sacramento del Orden Sagrado, la del sacerdote sobre el diácono se basa en su facultad de consagrar e impartir la absolución (cf. Concilio de Trento, loc. cit., cap. iv; can. i y vii). La independencia del diaconado aparece en una época más temprana y de forma más clara, en fuentes más antiguas que las del sacerdocio, debido, principalmente, a la prolongada y constante fluctuación en el significado de los títulos de obispo y presbítero que, hasta mediados del siglo II, fueron intercambiables y sinónimos. Es probable que hubiera, de hecho, una razón para esta imprecisión, debido a que la distinción jerárquica entre el obispo y el sacerdote parece haberse desarrollado en forma gradual. Epifanio (Adv. hær., lxxv, 5) explicó esta incertidumbre al suponer que los sacerdotes se nombraban en algunos lugares donde no había obispo, mientras que en otras partes, donde no había candidatos al sacerdocio, las personas aceptaban tener un obispo que, sin embargo, no podía ejercer sin la ayuda de un diácono. El Cardenal Franzelin ("De eccles. Christi", 2nd ed., Roma, 1907, thes. xvi) da buenas bases para el concepto que sostiene que en la Biblia los obispos se mencionan con el nombre de presbíteros, mientras que los simples sacerdotes no reciben nunca el nombre de obispo. Sin embargo, el problema está muy lejos de resolverse, dado que en la Iglesia primitiva aún no se tenían nombres determinados para las distintas órdenes; estos debían deducirse del contexto según las funciones características desempeñadas. La adopción del uso de los griegos paganos, que tenían sus episkopoi y presbyteroi, no resuelve este interrogante, como lo ha demostrado Ziebarth ("Das griechische Vereinswesen", Leipzig, 1896) en respuesta a Hatch y Harnack. Cualquier intento por aclarar este aspecto deberá tener en cuenta los distintos usos en los diferentes países (por ejemplo, en Palestina, en Asia Menor). En algunos lugares, los "presbíteros" pueden haber sido verdaderos obispos y en otros sacerdotes en el verdadero sentido de la palabra, mientras que en otras partes pueden haber sido simples funcionarios administrativos o ancianos meritorios elegidos para representar a la iglesia local en sus relaciones externas (ver JERARQUÍA DE LAS PRIMERAS ÉPOCAS DE LA IGLESIA).

Al igual que los escritos apostólicos, el "Didache", Hermas, Clemente de Roma, e Ireneo suelen utilizar indistintamente los términos "obispo" y "sacerdote". De hecho, saber si el presbiterado se desarrolló de manera gradual como una rama del episcopado, lo que, por naturaleza, es más probable, y más fácil de entender, teniendo en cuenta las necesidades de la Iglesia en expansión, o si, por otra parte, el episcopado tuvo su origen en la elevación del presbiterado a un rango más alto (Lightfoot), algo más difícil de admitir, ha sido un punto de controversia. Por otra parte, ya a principios del siglo II, Ignacio de Antioquía (Ep. ad Magnes., vi y passim) destaca con gran claridad la distinción jerárquica entre los obispos, los sacerdotes y los diáconos monárquicos. Enfatiza esta tríada como esencial para el establecimiento de la Iglesia: "Sin estos [tres] no podría llamarse Iglesia" (Ad Trall., iii). No obstante, según la ley de la continuidad histórica, esta diferenciación entre las órdenes tiene que haber existido en forma sustancial y embrionaria durante el siglo I; y, de hecho, San Pablo ( (I Tim., v, 17, 19) menciona a los "presbíteros" que estaban subordinados al obispo real, Timoteo. Sin embargo, no hay ambigüedad entre los autores latinos. Tertuliano (De bapt., xvii) se refiere al obispo como al "sumo sacerdote" bajo cuyo mando están los "presbíteros y los diáconos"; y Cipriano (Ep. lxi, 3) habla de los "presbyteri cum episcopo sacerdotali honore conjuncti", es decir, los sacerdotes unidos por la dignidad sacerdotal con el obispo (ver OBISPO).

Aproximadamente en el año 360, mucho tiempo después de terminado el desarrollo de las órdenes, Aërius de Pontus se atrevió por primera vez a obliterar la distinción entre las órdenes sacerdotal y episcopal y a considerarlas a un mismo nivel en cuanto a sus facultades. Por esto fue contado entre los herejes por Epifanio (Adv. hær., lxxv, 3). El testimonio de San Jerónimo (muerto en el año 420), a quien los escoceses presbiterianos citan a nombre de la constitución presbiteriana de la Iglesia, presenta algunas dificultades, cuando parece aseverar la plena igualdad entre sacerdotes y obispos. Es cierto que Jerónimo se esforzó por elevar la dignidad del sacerdocio a costa de la dignidad del episcopado y por atribuir la superioridad del obispo "a una costumbre eclesiástica más que a un reglamento Divino" (En Tit., i, 5: "Episcopi noverint se magis consuetudine quam dispositionis dominicæ veritate presbyteris esse majores"). Deseaba una constitución más democrática en la que los sacerdotes, hasta entonces injustamente despreciados, tuvieran participación y urgió la corrección del abuso, diseminado a partir del siglo III, por el que los archidiáconos, como "la mano derecha" de los obispos, controlaban toda la administración diocesana (Ep. cxliv ad Evangel.). Queda en evidencia el hecho de que Jerónimo no está en contra de los rangos jerárquicos (potestas ordinis) de los obispos sino de sus facultades de gobierno (potestas jurisdictionis)-y esto no tanto en principio, sino únicamente para insistir que los diáconos debían ser retirados de esa posición que habían usurpado y que los sacerdotes debían asumir ese cargo oficial al que tenían derecho por su mayor rango. El grado hasta el que Jerónimo llegaba a ser prácticamente un seguidor de Aërius como precursor del presbiterianismo, queda claro con su importante admisión de que únicamente los obispo, y no los sacerdotes, tienen la facultad de administrar el sacramento del orden (loc. cit. en P.L., XXII, 1193: "Quid enim facit--excepta ordinatione--episcopus quod presbyter non faciat?"). Al admitir este hecho, Jerónimo establece su ortodoxia.

C. El Carácter Sacramental del Presbiterado

El Concilio de Trento decretó (Sess. XXIII, can. iii, en Denzinger, n. 963): "Si alguno dijere que el orden o la sagrada ordenación no es real y verdaderamente un sacramento instituido por Cristo Nuestro Señor. . .sea anatema". Aunque el sínodo definió únicamente la existencia del Sacramento del Orden Sagrado, sin decidir si todos los demás órdenes, o sólo algunos, corresponden a esta definición, se admite que la ordenación sacerdotal posee, aún con mayor certeza que las ordenaciones episcopal y diaconal, la dignidad de un sacramento (cf. Benedicto XIV, "De syn. dioces.", VIII, ix, 2). Los tres aspectos esenciales de un sacramento: los signos externos, la gracia interior y el haber sido instituida por Cristo, son todas condiciones presentes en la ordenación sacerdotal.

En cuanto a los signos externos, ha habido una prolongada controversia entre los teólogos, por muchos años, en cuanto a la materia y la forma, no sólo de la ordenación sacerdotal sino del sacramento del Orden Sagrado en general. ¿Debe considerarse como materia esencial del sacramento solamente la imposición de las manos (Bonaventure, Morin, y la mayoría de los teólogos modernos) o la presentación de los instrumentos (Gregorio de Valencia, los tomistas), o deben considerarse estos dos hechos como materia del sacramento en conjunto (Bellarmine, De Lugo, Billot etc)?. En cuanto a la ordenación sacerdotal en sí misma, que es la que aquí nos interesa, la diferencia de conceptos se explica por el hecho de que, además de las tres imposiciones de las manos, el rito incluye la entrega que se hace al candidato el cáliz lleno de vino y la patena con la hostia. En relación con esto último, Eugenio IV dice expresamente en su "Decretum pro Armenis" (1439; en Denzinger, n. 701): "El sacerdocio se confiere mediante la entrega del cáliz con el vino y la patena con el pan". Sin embargo, dado que en la Biblia (Hechos, xiii, 3; xiv, 22; I Tim., iv, 14; v, 22; II Tim., i, 6), en toda la literatura patrística y en todo el oriente sólo se encuentra la imposición de las manos, mientras que aún en occidente la presentación de los vasos sagrados no se remonta más allá del siglo X, hay que admitir, por fuerza, desde el punto de vista teórico, que esta última ceremonia no es esencial, como la solemne unción de las manos del sacerdote que, evidentemente, ha sido tomada prestada del antiguo testamento y pasó del rito gálico al romano (cf. "Statuta ecclesiæ antiquæ" en P.L., LVI, 879 sqq.). En defensa de la unción, el Concilio de Trento condenó a quienes la declaraban "despreciable y perniciosa" (Sess. XXXIII, can. v). En lo que se refiere a la forma sacramental, podría aceptarse como probable que la oración que acompaña la segunda extensión de las manos (cheirotonia) es la forma esencial, aunque no se descarta que las palabras pronunciadas por el obispo durante la tercera imposición de las manos (cheirothesia): "Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados les serán perdonados, etc", constituya una forma parcial. La primera imposición de las manos por el obispo (y los sacerdotes) no puede considerarse como forma, dado que se realiza en silencio, aunque también puede tener importancia esencial si se tiene en cuenta que la segunda extensión de las manos es sólo la continuación moral de la primera vez que se toca la cabeza del ordinandus (cf. Gregorio IX, "Decret.", I, tit. xvi, cap. III). Las más antiguas fórmulas, por ejemplo el "Euchologium" de Serapio de Thmuis (cf. Funk, "Didascalia", II, Tübingen, 1905, 189), las "Constituciones Pseudo-Apostólicas" (Funk, loc. cit., I, 520), el recientemente descubierto "Testamento del Señor"(ed. Rahmani, Mainz, 1899, p. 68), y los Cánones de Hipólito (ed. Achelis, Leipzig, 1891, p. 61)-contienen sólo una imposición de manos con una corta oración que acompaña este acto. En el siglo XI, el rito mozárabe es bastante sencillo (cf. "Monum. liturg.", V, Paris, 1904, pp. 54 sq.), mientras que, por el contrario, el rito armenio de la Edad Media es de una gran complejidad (cf. Conybeare-Maclean, "Rituale Armenorum", Oxford, 1905, pp. 231 sqq.). En el rito griego bizantino, el obispo, luego de trazar tres signos de la cruz, coloca su mano derecha sobre la cabeza del ordinandus, mientras reza una oración y luego, mientras ora en secreto, sostiene la mano extendida sobre el candidato e invoca sobre él los siete dones del Espíritu Santo (cf. Goar, "Euchol. Græc.", Paris, 1647, pp. 292 sqq.). Para otras fórmulas de ordenación ver Denzinger, "Ritus Orientalium", II (Würzburg, 1864); Manser en Buchberger, "Kirchliches Handlexikon", s.v. Priesterweihe.

Como sacramento de vivos, el sacramento del Sagrado Orden presupone la posesión de la gracia santificante y confiere, por lo tanto, además del derecho a las gracias actuales de la función sacerdotal, un incremento de la gracia santificante (cf. "Decret. pro Armenis" en Denzinger, n. 701). Sin embargo, en todos los casos, ya sea que el candidato se encuentre o no en estado de gracia santificante, el sacramento imprime en el alma una marca espiritual indeleble (cf. Concilio de Trento, Sess. VII, can. ix, en Denzinger, n. 852), es decir, el carácter sacerdotal al que van permanentemente ligadas las facultades de consagrar y absolver, aunque esta última bajo reserva de que, para la administración válida del sacramento de la Penitencia, se requiere también la jurisdicción (ver CARÁCTER). Dado que el carácter sacerdotal, al igual que el que confieren los Sacramentos del Bautismo y la Confirmación, es indeleble, el Sacramento del Orden no puede repetirse nunca y es totalmente imposible volver al estado laical (cf. Concilio de Trento, Sess. XXIII, can. iv, en Denzinger, n. 964). Que el Orden Sacerdotal fue instituido por Cristo queda comprobado no sólo por la institución Divina del sacerdocio (ver la sección A de este artículo), sino también por el testimonio de las Sagradas Escrituras y de la Tradición que declaran, de manera unánime que los Apóstoles transmitieron sus facultades a sus sucesores, quienes, a su vez, las transmitieron a la siguiente generación (cf. I Tim., v, 22). Puesto que los dones carismáticos de los "apóstoles y profetas" mencionados en la "Didache" no tenían nada que ver con el sacerdocio como tal, estos misioneros itinerantes necesitaban aún la imposición de las manos a fin de quedar facultados para desempeñar las funciones específicas del sacerdocio (ver CARISMAS) .

Para la recepción válida del Sacramento del Orden, es necesario que el ministro sea un obispo y que quien lo recibe sea bautizado y del sexo masculino. El primer requisito se basa en la prerrogativa episcopal de la ordenación y el segundo en la convicción de que el Bautismo abre la puerta para la recepción de todos los demás sacramentos y de que a las mujeres les está definitivamente vedado el servicio del altar (cf. Epiphanius, "De hær.", lxxix, 2). San Pablo es defensor acérrimo del sacerdocio exclusivamente masculino (cf. I Cor., xiv, 34). En lo que se refiere a este aspecto, hay una diferencia esencial entre la cristiandad y el paganismo ya que este último reconoce tanto a las sacerdotisas como a los sacerdotes; por ejemplo, las hieródulas de la Antigua Grecia y las vírgenes vestales de Roma, las bayaderas de la India, las wu de China y las mujeres bonzo de Japón. La Iglesia primitiva condenaba como un absurdo el sacerdocio femenino de los montanistas y los coliridianos y no consideró nunca la institución apostólica de las diaconesas como una rama del Orden Sagrado. Para la recepción lícita de la ordenación sacerdotal, el derecho canónico exige: estar libre de cualquier irregularidad, tener veinticuatro años cumplidos, la recepción de los órdenes anteriores (incluyendo el diaconado), la observación de los intersticios regulares y la posesión de un título al momento de la ordenación.

Además de los requisitos para la recepción válida y legal del sacerdocio, surge un interrogante en cuanto a los méritos del candidato. Según el derecho canónico antiguo, este aspecto se dirimía mediante tres balotas (scrutinia); ahora se decide por examen y certificación oficiales. Uno de los medios más importantes de obtener candidatos meritorios al sacerdocio es una cuidadosa inquisición relacionada con las vocaciones. Los intrusos en el santuario siempre han sido motivo de grandes males para la Iglesia y de escándalo para el pueblo. Por esta razón el Papa Pío X, con mucho mayor rigor que el de las reglamentaciones eclesiásticas previas, insiste en la exclusión de todos los candidatos que no muestren la mayor promesa de una vida conspicua en cuanto a firmeza de fe y rectitud moral. En este aspecto, habrá que enfatizar al máximo la importancia y la necesidad de colegios y seminarios eclesiásticos para la capacitación del clero.

Las Facultades Oficiales del Sacerdote

Confesionario
Como ya se ha dicho, las facultades oficiales del sacerdote están estrechamente relacionadas con el carácter sacramental, impreso indeleblemente en su alma. Junto con este carácter se confiere no sólo la facultad de celebrar al Sacrificio de la Misa y la facultad (virtual) de perdonar los pecados, sino también la autoridad para administrar la unción de los enfermos y, como ministro regular, el solemne bautismo. Sólo por virtud de una facultad extraordinaria, recibida del Papa, puede un sacerdote administrar el Sacramento de la Confirmación. Si bien el conferir los tres órdenes sacramentales del episcopado, el presbiterado y el diaconado corresponden exclusivamente al obispo, el Papa puede delegar a un sacerdote la administración de los cuatro órdenes menores, e inclusive del subdiaconado. Sin embargo, según el derecho canónico actual, el permiso papal conferido a los abades de los monasterios está limitado a conferir la tonsura y los cuatro órdenes menores a sus monjes (cf. Concilio de Trento, Sess. XXIII de Ref., cap. x). En cuanto al privilegio de conferir el diaconado, que según dicen fue otorgado por Inocencio VIII en 1489 a los abades cistercienses, ver Gasparri, "De sacr. ordin.", II (Paris, 1893), n. 798, y Pohle, "Dogmatik", III (4th ed., Paderborn, 1910), pp. 587 sqq. Pertenece también a las funciones sacerdotales la facultad de administrar las bendiciones eclesiásticas y sacramentales, en general, en la medida en que no estén reservadas al papa o a los obispos. Al predicar la Palabra de Dios, el sacerdote participa en la función docente de la Iglesia, aunque siempre como subordinado del obispo y únicamente dentro del ámbito del deber que le haya sido asignado por éste como pastor, cura, etc. Por último, el sacerdote puede participar en la tarea pastoral, en la medida en que el obispo se la encomiende, con una función eclesiástica definida que abarca una jurisdicción más o menos extensa, indispensable sobre todo, para la absolución válida de los pecados de los penitentes. Algunos privilegios honorarios externos como por ejemplo, aquellos conferidos a los sacerdotes cardenales, prelados, conciliares eclesiásticos, etc., no incrementan la dignidad intrínseca del sacerdocio.


La contribución del sacerdocio católico a la civilización

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Pasando a otro plano, más allá de las bendiciones supernaturales de las que se beneficia la humanidad, como resultado de las oraciones del sacerdocio, de la celebración del Santo Sacrificio y de la administración de los sacramentos, nos limitaremos aquí a la civilización secular que, a través del sacerdocio católico, se ha difundido a todas las naciones y ha hecho florecer plenamente la religión, la moralidad, la ciencia, el arte y la industria. Si la religión, en términos generales, es la madre de todas las culturas, hay que reconocer que el cristianismo es la fuente, la medida y el semillero de toda verdadera civilización. La Iglesia, la más antigua y más exitosa maestra de la humanidad, ha desempeñado en cada siglo un servicio pionero en todos los sectores de la cultura. A través de sus entidades, los sacerdotes y en especial, los miembros de las órdenes religiosas, han guiado a los fieles hacia la luz de la moralidad y la educación cristianas ¿qué hubiera sido de los países de las costas mediterráneas durante la época de la migración de las naciones (a partir del año 375), si los papas, los obispos y el clero no hubieran apaciguado a las hordas germánicas convirtiéndolas del arrianismo al catolicismo y sacándolas del orden hacia el que había evolucionado el barbarismo? Lo que Irlanda le debe a San Patricio, se lo debe Inglaterra a San Agustín, quien, enviado por el Papa Gregorio Magno, trajo no sólo el Evangelio, sino un nivel más alto de moralidad y cultura. Mientras brillaba así, intensamente, la luz de la cristiandad en toda su plenitud en Irlanda y Gran Bretaña, parte de Alemania estaba todavía sumida en la oscuridad del paganismo. Bandas de misioneros de la Isla de los Santos trajeron entonces al continente el mensaje de la salvación y establecieron nuevos centros de cultura. El gran trabajo de Carlomagno de unificar todas las tribus germanas en un imperio fue sólo el fruto gloriosos de la semilla plantada por San Bonifacio de Certon (muerto en el año 755) en tierra alemana y regada con sangre de mártires. La Iglesia de la Edad Media, ahora en el poder, continuó propagando el Evangelio en tierras paganas a través de sus sacerdotes. Fueron los misioneros quienes trajeron a Europa las primeras noticias de la existencia de China. En el año 1246, tres franciscanos, comisionados por el Papa, asistieron a una audiencia ante el emperador de los mongoles; en el año1306, se construyó la primera Iglesia cristiana en Pekín. Desde el Volga hasta el Desierto de Gobi, los franciscanos y dominicos cubrieron el territorio con sus centros de misiones. En el siglo XVI, el celo de las órdenes más antiguas se vio igualado por el de los jesuitas, a uno de cuyos miembros, San Francisco Javier, debe asignársele un lugar de honor; sus logros en las Reducciones de Paraguay son tan innegables como los enormes servicios prestados en los Estados Unidos. En lo que respecta a las colonias francesas en América, el historiador estadounidense Bancroft señala que no se fundó ninguna cuidad importante, ni se exploró ningún río, ni se circunnavegó ningún cabo sin un jesuita como guía. Aún si las declaraciones sesgadas de Bucle fueran ciertas, en relación con el hecho de que la cultura no es el resultado de la religión sino viceversa, podríamos señalar el trabajo de los misioneros católicos que se esfuerzan por hacer que los salvajes de tierras paganas alcancen un nivel más alto de moralidad y civilización y trasformarlos así en cristianos decentes.

A la saga de la religión viene su compañera inseparable, la moralidad; la combinación de estas dos formas es requisito previo indispensable para la continuidad y vitalidad de toda la civilización de más alto nivel. La decadencia de la cultura ha sido siempre preconizada por un reino de incredulidad e inmoralidad; la Caída del Imperio Romano y la Revolución Francesa son ejemplos fehacientes. Lo que logró la Iglesia en el curso de los siglos para elevar la norma de moralidad en el sentido más amplio de la palabra, mediante la inculcación del Decálogo, el pilar de la sociedad humana, con la promulgación del mandamiento del amor a Dios y al prójimo, con la predicación de la pureza en la vida célibe, marital y familiar, en su batalla contra la superstición y las costumbres malignas, a través de la práctica de los tres consejos de pobreza, obediencia y pureza perfecta voluntarias, al presentar la "imitación de Cristo" como el ideal de la perfección cristiana, se puede comprobar sin lugar a dudas en los registros de los últimos veinte siglos. La historia de la Iglesia es a la vez la historia de su actividad caritativa ejercida a través del sacerdocio. Es cierto que ha habido oleadas de degeneración e inmoralidad que han llegado, en ocasiones, hasta la cátedra papal y han resultado en una corrupción generalizada de los pueblos y en la apostasía de la Iglesia. La heroica lucha de Gregorio VII (muerto en 1085) contra la simonía y la incontinencia del clero es muestra palpable de como restauró la sal de la tierra que se había tornado sosa y le devolvió su antigua fuerza y su antiguo sabor.

Las clases más desgraciadas y oprimidas de la humanidad son los esclavos, los pobres y los enfermos. Nada contrasta tanto con las ideas de la personalidad humana y la libertad cristiana como la esclavitud de las tierras paganas. En un comienzo, los esfuerzos de la Iglesia se orientaron a librar a la esclavitud de su característica más repulsiva enfatizando la igualdad y la libertad de todos los hijos de Dios (cf. I Cor., vii, 21 sqq.; Filem., 16 sqq.), luego se encaminaron a mejorar, en la medida de lo posible, la situación de los esclavos y, por último, se centraron en lograr la abolición de este yugo infame. La lentitud del movimiento orientado a abolir la esclavitud, cuyo triunfo final sobre los traficantes de esclavos africanos se logró gracias a una cruzada del cardenal Lavigerie (muerto en 1892), se debió la necesidad de tener en cuenta los derechos económicos de los amos y el bienestar personal de los esclavos mismos, puesto que la proclamación abierta de "Los Derechos del Hombre" habría dejado en las calles a millones de esclavos indefensos y sin medios de supervivencia. La emancipación implicaba la obligación de ocuparse de las necesidades corporales de los libertos y, siempre que se llevó a cabo el experimento, fue el clero el que se hizo cargo de esta obligación. Congregaciones especiales como las de los trinitarios y los mercedarios, se dedicaron exclusivamente a la liberación y rescate de los prisioneros y esclavos en tierras paganas, sobre todo en territorio mahometano. Fue la compasión cristiana por los indios débiles y decadentes lo que sugirió al monje español De las Casas la desafortunada idea de importar los fornidos negros de África para que trabajaran en las minas americanas. El noble monje nunca sospechó que su idea pudiera dar lugar al escandaloso tráfico de esclavos negros, como lo atestigua la historia de los tres siglos siguientes (ver ESCLAVITUD).

En lo que se refiere a remediar las necesidades de los pobres y enfermos, un solo sacerdote, San Vicente de Paul (muerto en 1660), logró más en todos los aspectos de esta labor que muchas ciudades y estados en conjunto. No cabe analizar aquí los servicios del clero en general, en lo que se refiere al ejercicio de la caridad (ver CARIDAD Y CARIDADES). Sin embargo, se puede anotar que la famosa Escuela de Salerno, la primera y más famosa, y por muchos siglos la única, facultad de medicina de Europa, fue fundada por los benedictinos quienes trabajaban en parte como médicos y en parte en la formación de médicos debidamente capacitados para ejercer en todo el continente europeo. Entre los más recientes pioneros en el campo de la caridad y el trabajo social cabe mencionar al "apóstol de la templanza", el padre irlandés Theobald Matthew y al sacerdote alemán Kolping, conocido como el "Padre de los viajeros" (Gesellenvater),.

Estrechamente relacionada con lo moralmente bueno está la idea de lo verdadero y lo bello, el objeto de la ciencia y del arte. El clero católico ha demostrado ser, en todo momento, patrono de la ciencia y de las artes, en parte por sus propios logros en estos campos y en parte por el aliento y apoyo del trabajo de terceros. El que la teología como ciencia encontrara su sitio entre el clero era algo de esperarse; sin embargo, durante la Edad Media todo el ámbito de la educación estuvo controlado de forma tan exclusiva por el sacerdocio, que la diferenciación eclesiástica entre clericus (clérigo) y laicus (lego) se convirtió en la diferenciación social entre las personas educadas y las ignorantes. De no haber sido por los monjes y los clérigos, se hubiera perdido la literatura clásica antigua. Un filósofo e historiador medieval sostiene: "Es extraño que, después de la caída de la erudición romana, los anales de un pueblo tan inculto como eran los ingleses, se hayan trasmitido a la posteridad al igual que los de otras naciones europeas, de forma tan completa y con tan poca mezcla de falsedad y fábula. Esta ventaja se debe en su totalidad al clero de la Iglesia de Roma que, basado en su autoridad y en su conocimiento superior, preservó la preciosa literatura de la antigüedad de la extinción total" (Hume, "Hist. de Inglaterra", cap. xxiii, Ricardo III). Entre los historiadores ingleses, Gildas el Sabio, el Venerable Beda, y Lingard conforman un ilustre triunvirato. La idea del progreso científico, utilizada inicialmente por Vincent of Lerins en relación con la teología y transferida luego a las otras ciencias, es de origen puramente católico. El lema moderno de "La educación para todos", fue pronunciado por primera vez por Inocencio III. Antes de la fundación de las primeras universidades, que también deben su existencia a los papas, funcionaban ya famosas escuelas catedralicias y otras instituciones científicas que se ocupaban de propagar el conocimiento secular. El padre de la educación pública en Alemania es Rhabanus Maurus. Entre los antiguos centros de civilización cabe mencionar, entre los de primer rango, los de Canterbury, la isla de Iona, Malmesbury y York en Gran Bretaña; los de Paris, Orléans, Corbie, Cluny, Chartres, Toul, y Bec en Francia; los de Fulda, Reichenau, St. Gall, y Corvey en Alemania. El que, durante la Edad Media, el clero estuviera encargado del funcionamiento de estas universidades es por demás sorprendente: en 1340, la Universidad de Oxford tenía no menos de 30.000 estudiantes y, en 1538, cuando, según Lutero, las universidades alemanas estaban casi desiertas, unos 20.000 estudiantes se fueron a Paris.

También, en los lugares donde había escuelas primarias, éstas eran dirigidas por sacerdotes. Carlomagno ya había expedido el capitulario "Presbyteri per villas et vicos scholas habeant et cum summa charitate parvulos doceant", esto es, "Los sacerdotes tendrán escuelas en pueblos y aldeas y enseñarán a los niños con suma dedicación". El arte de la impresión fue recibido por toda la Iglesia, desde el menor de los clérigos hasta el papa como "arte sacro". Casi toda la producción de libros durante el siglo XV se orientó a satisfacer el gusto del clero por la lectura, lo que impulsó el desarrollo del comercio del libro. La queja de Erasmo era: "Los vendedores de libros sostienen que antes de la Reforma podían vender 3000 volúmenes en menos tiempo del que ahora les toma vender 600" (ver Döllinger, "Die Reformation, ihre innere Entwickelung u. ihre Wirkungen", I, Ratisbon, 1851, p. 348. El Humanismo Temprano, fomentado ampliamente por los papas Nicolás V y León X, contaba entre sus entusiastas seguidores con muchos clérigos católicos como Petrarca y Erasmo; la Escuela Humanista Tardía, muy influida por el paganismo, no encontró respaldo entre el clero católico sino, en gran medida, una fuerte y generalizada oposición. Los más prominentes escritores españoles del siglo XVII fueron sacerdotes: Cervantes, Lope de Vega, Calderon, etc. En Oxford en es siglo XIII, los franciscanos adquirieron fama por su destreza en las ciencias naturales y el arzobispo Grosseteste gozó de gran influencia. Fray Roger Bacon (muerto en 1249), fue famoso por sus conocimientos científicos, al igual que Gerbert of Rheims y, después de él, el Papa Silvestre II, Alberto Magno, Raymond Lully, y Vincent of Beauvais. Copernico, canónigo de Thorn, es el fundador de la astronomía moderna, campo en el cual, aún hoy, en especial los jesuitas (p.ej. Scheiner, Clavius, Secchi, Perry), han hecho importantes contribuciones. A Fray Mauro de Venecia (muerto en 1459) le debemos la primera carta (o mapa) geográfica. El jesuita español Hervas y Panduro (muerto en 1809), es el padre de la filología comparativa; el carmelita Paolino di san Bartolomeo, fue el autor de la primera gramática sánscrita (Roma, 1790). Las bases de la crítica histórica provienen de las obras y los estudios del Cardenal Baronius (muerto en 1607), los monjes de San Maur, y los bolandistas. Un estudio de la historia del arte revelaría un número proporcionalmente mayor de apóstoles de las bellas artes entre el clero católico de todos los siglos. Desde las pinturas de las catacumbas hasta los frescos de Fray Angélico y de ahí a la escuela de Beuron, encontramos múltiples sacerdotes no tanto artistas, propiamente dichos, sino mecenas de las artes. El clero ha contribuido en gran medida a justificar lo que el célebre escultor Canova le escribiera a Napoleón I: "El arte tiene una deuda infinitamente con la religión, pero con ninguna tanto como con la religión católica".

El fundamento de la cultura superior es la cultura material o económica que, a pesar de la técnica y la maquinaria modernas, radica en último término en el trabajo humano. Sin la energía del trabajador, que consiste en la fuerza y la voluntad de realizar el trabajo, ninguna cultura puede prosperar. No obstante, el sacerdocio católico, más que cualquier otro estamento, ha alabado de palabra y comprobado con obras el valor y la bondad del trabajo que requieren las labores como la agricultura, la minería y la artesanía. La maldición y el desdeño que el paganismo vertió sobre el trabajo manual fueron eliminados por el cristianismo. Inclusive Aristóteles (Polit., III, iii) llegó a anatematizar el trabajo manual como "filisteo" y las ocupaciones más humildes como "indignas de un hombre libre". ¿A quiénes, si no a los monjes católicos, se les debe, principalmente en Europa, la tala de los bosques primitivos, los planes de drenaje e irrigación, el cultivo de nuevas frutas y cosechas, la construcción de caminos y puentes? En Europa oriental, los basilianos, en Europa occidental, los benedictinos y más tarde los cistercienses y los trapistas, trabajaron en el cultivo de la tierra y erradicaron las fiebres de múltiples distritos tornándolos habitables. La minería y la fundición deben igualmente su desarrollo y, hasta cierto punto su origen, al agudo sentido económico de los monasterios. Para dar una base científica a toda la vida económica de las naciones, los primeros obispos y sacerdotes católicos establecieron las bases de la ciencia de la economía nacional: entre ellos, Duns Scotus (muerto en 1308), Nicholas Oresme, obispo de Lisieux (muerto en 1382), San Antonio de Florencia (muerto en 1459), y Gabriel Biel (muerto en 1495). La Iglesia y el clero se han esforzado, por lo tanto, en desarrollar, en todas las esferas y en todos los siglos, el programa que León XIII declarara como el ideal de la Iglesia Católica, en su famosa encíclica "Immortale Dei" del 1º de noviembre de 1885: "Imo inertiæ desidiæque inimica [Ecclesia] magnopere vult, ut hominum ingenia uberes ferant exercitatione et cultura fructus". Su "alejamiento del mundo", que con tanta frecuencia se les reprocha, o su "hostilidad hacia la civilización" a la que con tanta frecuencia los ignorantes ha hecho eco, nunca han impedido a la Iglesia ni a su clero cumplir su llamado como entidad civilizadora de primer orden, y refutar así todas las calumnias con la lógica de los hechos.


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THOMAS, Supplem., Q. xxxiv sqq., y los comentadores: PETRUS SOTO, De instit. sacerdotum (Dillingen, 1568); HALLIER, De sacris electionibus et ordinationibus ex antiquo et novo jure (Paris, 1636), also in MIGNE, Cursus theol., XXIV; MORIN, Comment. de sacris Ecclesiæ ordinat. (Paris, 1655; Antwerp, 1695); OBERNDORFER, De sacr. ord. (Freising, 1759); among later works consult: KOPPLER, Priester u. Opfergabe (Mainz, 1886); GASPARRI, Tractatus canonicus de sacr. ordinat. (Paris, 1893); SCHANZ, Die Lehre von den Sakramenten d. kathol. Kirche (Freiburg, 1893); GIHR, Die Lehre von den hll. Sakramenten der kathol. Kirche, II (Freiburg, 1903); KLUGE, Die Idee des Priestertums in Israel-Juda u. im Urchristentum (1906); POURRAT, La théologie sacramentaire (Paris, 1907); SALTET, Les réordinations (Paris, 1907). The following are written rather from the ascetical standpoint: OLIER, Traité des saints ordres (7o ed., Paris, 1868); MANNING, The Eternal Priesthood (Londres, 1883); MERCIER, Retraite pastorale (7th ed., Brussels, 1911). Sobre las supuestas influencias paganas en el Sacrificio y el Sacerdocio Católicos: DOLLINGER, Heidentum u. Judentum (Ratisbon, 1857); HATCH, The Influence of Greek Ideas and Usages upon the Christian Church, ed. by FAIRBAIRN (lONDON, 1890); ANRICH, Das antike Mysterienwesen in seinem Einfluss auf das Christentum (Göttingen, 1894); WOBBERMIN, Religionsgeschichtl. Studien zur Frage der Beeinflussung des Christentums durch das antike Mysterienwesen (Berlin, 1896); CUMONT, Textes et mon. relatifs aux mystères de Mithra (Bruselas, 1896-9); ROBERTSON, Christianity and Mythology (Londres, 1900); CHAPUIS, L'influence de l'essénisme sur les orinines chrét. in Rev. de théol. et philos. (1903), pp. 193 sqq.; CUMONT, The Mysteries of Mithra, tr. McCORMACK (Londres, 1903); GRILL, Die persische Mysterienreligion u. das Christentum (Leipzig, 1903); DIETERICH, Eine Mithrasliturgie (Leipzig, 1903); BLOTZER, Die heidnischen Mysterien u. die Hellenisierung des Christentums in Stimmen aus Maria-Laach (1906), pp. 376 sqq., 500 sqq.; (1907), pp. 37 sqq., 182 sqq.; FEINE, Ueber Babylonische Einflüsse im Neuen Testament in Neue kirchl. Zeitschr. (1906), pp. 696 sqq.; JENSEN, Das Gilgamesch-Epos in der Weltliteratur, I (Strasburg, 1906); WENDLAND, Die hellenisch-römische Kultur in ihren Beziehungen zu Judentum u. Christentum (Tübingen, 1907); SOLTAU, Das Fortleben des Heidentums in der altchristl. Kirche (Berlin, 1906); DE JONG, Das antike Mysterienwesen (Leiden, 1909); CLEMEN, Religionsgeschichtl. Erklärung des Neuen Testaments (Giessen, 1909). Sobre las relaciones entre los obispos y los sacerdotes en la Iglesia primitiva, consultar: KURZ, Der Episkopat der höchste vom Presbyterat verschiedene Ordo (Viena, 1877); HATCH, The Organization of the Early Christian Churches (2a ed., Londres, 1882); SMITH AND CHEETHAM, Dict. of Christ. Antiq., s.v. Priest; SCHULTE-PLASSMAN, Der Episkopat ein vom Presbyterat verschiedener, selbständiger und sakramentaler Ordo (Paderborn, 1883); LONING, Die Gemeindeverfassung des Urchristentums (Halle, 1889), cf. Hist. Jahrb. der Görresgesellschaft, XII (1900), 221 sqq.; SOBKOWSKI, Episkopat und Presbyterat in den ersten christl. Jahrhund. (Würzburg, 1893); GOBET, L'origine divine de l'episcopat (Fribourg, 1898); DUNIN-BORKOWSKI, Die neueren Forschungen über die Anfänge des Episkopats (Freiburg, 1900); MICHIELS, L'origine de l'épiscopat (Louvain, 1900); WEIZSéCKER, Das apostolische Zeitalter der christl. Kirche (3a ed., Leipzig, 1902); BRUDERS, Die Verfassung der Kirche von den ersten Jahrzehnten der apostolischen Wirksamkeit bis zum Jahre 175 nach Chr. (Mainz, 1904); KNOPF, Das nachapostolische Zeitalter (Leipzig, 1905); BATIFFOL, L'église naissante et le Catholicisme (2a ed., Paris, 1908); HARNACK, Entstehung und Entwickelung der Kirchenverfassung und des Kirchenrechts (Leipzig, 1910). Para el tratamiento especial de los conceptos de San Jerónimo, consultar: BLONDEL, Apologia pro sententia Hieronymi de episcopis et presbyteris (Amsterdam, 1646); KOENIG, Der katholische Priester vor 1500 Jahren: Priester und Priestertum nach Hieronymus (Breslau, 1890); SANDERS, Etudes sur S. Jérome (Paris, 1903), 296, sqq.; TIXERONT, Hist. des dogmes, II (Paris, 1909). On clerical training see bibliography under SEMINARY. SOBRE LOS BENEFICIOS DEL SACERDOCIO CATÓLICO: Para la literatura de las distintas ramas de la actividad eclesiástica y clerical en el desarrollo de la civilización deben consultarse las voces especiales, por ejemplo, MISIONES, COLEGIOS, UNIVERSIDADES, etc. Aquí sólo se mencionan unas pocas obras. De carácter general: BALMES, Der Protestantismus verglichen mit dem Katholizismus in seinen Beziehungen zur europäischen Civilisation (Ratisbon, 1844); GUIZOT, Hist. de la civilisation en Europe (Paris, 1840); LACHAUD, La civilisation ou les bienfaits de l'eglise (Paris, 1890); LILLY, Christianity and Modern Civilization (Londres, 1903); Christ and Civilization, a Survey of the Influence of the Christian Religion upon the Course of Civilization (Londres, 1910); DEVAS, Key to the World's Progress (2a ed., Londres, 1908); HETTINGER, Apologie des Christentums, V (9a ed., Freiburg, 1908); EHRHARD, Kathol. Christentum u. moderne Kultur (2a ed., Mainz, 1906), (cf.); SADOC SZALO, Ehrhards Schrift etc., ein Beitrag zur Klärung der religiösen Frage der Gegenwart (Graz, 1909); CATHREIN, Die kathol. Weltanschauung in ihren Grundlinien mit besonderer Berücksichtigung der Moral (2a ed., Freiburg, 1910). Special works are: SCHELL, Der Katholizismus als Prinzip des Fortschritts (7a ed., Würzburg, 1909); PESCH, Die soziale Befähigung der Kirche (2a ed., Berlin, 1897); DE CHAMPAGNY, La charité chrétienne dans les premiers siècles (Paris, 1856); COCHIN, L'abolition de l'esclavage (Paris, 1862); MARGRAF, Christentum u. Sklaverei (1865); RATZINGER, Gesch. der kirchl. Armenpflege (Freiburg, 1868); SCHAUB, Die Kathol. Charitas u. ihre Gegner (Freiburg, 1909); MONTALEMBERT, The Monks of the West (tr. Boston, 1872); WHEWELL, Hist. of the Inductive Sciences (Londres, 1847); WISEMAN, Science and Religion (Londres, 1853); MAITRE, Les écoles de l'Occident (Paris, 1858); WEDEWER, Das Christentum u. die Sprachwissenschaft (1867); ROSCHER, Principles of Pol. Economy (tr. New York, 1878); SECRETAN, Civilisation et croyance (Lausanne, 1882); DAHLMANN, Die Sprachkunde u. die Missionen (Freiburg, 1891); LILLY, Christianity and Modern Civilisation (Londres, 1903); PAULSEN, Gesch. des gelehrten Unterrichts (2 vols., Berlin, 1896); KNELLER, Christianity and the Leaders of Modern Science (tr. St. Louis, 1911); MöLLER, Nik. Kopernikus. Der Altmeister der neueren Astronomie (Freiburg, 1898); POHLE, P. Angelo Secchi, ein Lebens-u. Kulturbild (2nd ed., Cologne, 1904); WILLMANN, Gesch. des Idealismus (3 vols., Brunswick, 1908); ILGNER, Die volkswirtschaftl. Anschauungen des hl. Antonin von Florenz (Breslau, 1904).

J. POHLE Trascrito por Robert B. Olson Ofrecido a Dios Omnipotente por el padre Jeffrey A. Ingham y todos los padres de Nuestra Santa Iglesia Católica de Nuestro Santo Señor Traducido por Rosario Camacho-Koppel www.catholicmedia.net


Enlaces internos

[1] Sacerdote

[2]Órdenes anglicanas.

[3] Ordenación Anglicana: inválida

[4] Ordenación Anglicana: Origen de la invalidez.

[5]Ordenación Sagrada de la mujer:Absurdo, Desmán, Aberrante, Abominación y Sacrilegio.

[6]Ordenación Sagrada de una mujer: contraria a la Tradición Apostólica.


[7] Ordenación Sagrada de una mujer: Declaración Inter insigniores

[8] Carta Apostólica Ordinatio sacerdotalis del Papa Juan Pablo II sobre la ordenación sacerdotal reserbada sólo a los hombres.


[9]Ordenación Sagrada de una mujer. Decreto General.

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Jueves, 17 de abril de 2014