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Miércoles, 18 de octubre de 2017

Crítica histórica

De Enciclopedia Católica

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Definición

La crítica histórica es el arte de distinguir lo verdadero de lo falso respecto a los hechos del pasado. Su objeto son tanto los documentos que nos han llegado como los hechos mismos. Podemos distinguir tres clases de fuentes históricas: documentos escritos, pruebas no escritas y la tradición. Hay tres procesos, que son medios para llegar al conocimiento de los hechos: el argumento negativo, la conjetura y el argumento a priori. Se puede decir enseguida que el estudio de las fuentes y el uso de procesos indirectos no son muy útiles a la verdadera crítica si uno no se guía principalmente por el amor ardiente a la verdad de manera que le impida alejarse del objetivo buscado por medio de prejuicios religiosos nacionales o domésticos, que puedan oscurecer su juicio.

El papel del crítico difiere mucho del abogado. Sin embargo, debe considerar que tiene que cumplir con las obligaciones de un magistrado que examina y como un jurista experto, para el que la probidad elemental, por no decir nada de su juramento, crea una obligación de conciencia para decidir solamente hasta mayor conocimiento posible de los detalles del tema presentado a su consideración y en mantener las conclusiones que ha deducido de esos detalles, protegiéndose a si mismos contra todo sentimiento personal, afecto u odio respecto a de los litigantes. Pero inexorablemente la imparcialidad no es suficiente; el crítico debería también poseer un fondo de esa lógica natural conocida como sentido común, que nos capacita para estimar correctamente, ni más ni menos, el valor de una conclusión en estricta correspondencia con las premisas dadas. Si ,más aún, el investigador es agudo y astuto, de manera que discierna en un vistazo los elementos de prueba ofrecidos por las varias fuentes de información que tiene ante él, elementos que con frecuencia parecen no tener sentido para el observador no entrenado, entonces debemos pensar que está capacitado para la tarea del crítico. Debe entonces proceder a familiarizarse con el método histórico, i.e., las reglas del arte de la crítica histórica.

En el resto de este artículo presentaremos un breve resumen de estas reglas a propósito de las varias clases de documentos y procesos que el historiador emplea para determinar el relativo grado de certeza que asigna a los hechos que ocupan su atención.

Documentos escritos

Hay dos clases de documentos escritos. Algunos son redactados por la autoridad civil o religiosa, y reconocen como documentos públicos; otros, que emanan de individuos privados y que no poseen garantía oficial, se conocen como documentos privados. Públicos o privados, sin embargo, todos esos documentos plantean para comenzar las siguientes cuestiones: (1) autenticidad e integridad; (2) significado (3) autoridad.

Autenticidad e integridad

¿El documento que tenemos delante como fuente de información pertenece realmente al tiempo y autor que se le atribuye, y lo poseemos en la forma en que salió las manos del autor?

No hay dificultad en el caso de que sea un documento impreso en vida del autor y que se distribuyó mucho inmediatamente. Pero por el contrario, como ocurre con frecuencia, el documento es tanto antiguo y manuscrito. Las llamadas ciencias auxiliares de la historia, i.e., paleografía, diplomática, epigrafía, numismática, sigilografía, proporcionan reglas que en general bastan para determinar aproximadamente la edad de un manuscrito. En este estadio preliminar del la investigación ayuda mucho la naturaleza del material en el que está escrito el manuscrito, es decir, papiro, piel, algodón o papel de trapos; también el sistema de abreviaciones empleado, el carácter de la escritura a mano, la ornamentación y otros detalles que varían según los países y las épocas. Es raro que un ejemplar que presenta como original o autógrafo, al ser sometidos una serie de tests deje dudas sobre su autenticidad o no autenticidad. Más frecuentemente, sin embargo, los antiguos documentos sobreviven solo en forma de copias, o copias de copias, haciendo que la verificación sea más complicada. Debemos juzgar cada manuscrito y compararlos unos con otros. La comparación nos permite, por una parte, fijar su edad (aproximadamente) con las reglas de la paleografía y por otra revela un número de variantes en las lecturas. De esta manera se hace posible designar a algunos como pertenecientes a una “familia” i.e., como transcritos de un modelo original y así, en su momento, reconstruir más o menos perfectamente, el texto primitivo como salió de las manos del autor.

Estos trabajos, (meramente preliminares, después de todo, a la cuestión de la autenticidad) si todos se vieran obligados a hacerlos, alejaría a la mayoría de los estudiantes antes de comenzar la ciencia histórica. Perorada día es menos necesario, porque hay hombres especialmente dedicados a esta importante y ardua rama de la crítica, de una probidad más allá de toda sospecha, que han publicado y siguen haciéndolo, con la generosa ayuda de sus gobiernos y de las sociedades culturales ediciones más o menos caras de las fuentes históricas antiguas, que ponen a la disposición de los investigadores y que son más útiles hasta que los mismos manuscritos. En los prefacios de estas publicaciones académicas se describen cuidadosamente todos los manuscritos conocidos de cada documento, se clasifican y con frecuencia se reproducen en facsímiles con lo que se nos permite verificar los rasgos paleográficos del manuscrito en cuestión. La edición en si misma suele hacerse con frecuencia siguiendo uno de los manuscritos principales; más aún, en cada página hallaremos un resumen exacto (a veces con excesivos detalles, aparentemente) de todas las variantes encontradas en otros manuscritos del texto. Con tales ayudas, la autenticidad de una obra o texto se puede discutir sin tener que buscar en las bibliotecas de Europa y sin cansarse descifrando la caligrafía más o menos ilegible los siglos medievales.

Una vez contados y clasificados los manuscritos debemos examinar si todos, hasta los más antiguos llevan el nombre del autor a quien se atribuye la obra. Si falta en los más antiguos y se halla sólo en los de fechas más recientes, especialmente si el nombre ofrecido por los más antiguos manuscritos difiere del dado por copistas posteriores, podemos dudar con todo derecho de la fidelidad de la trascripción. Tales dudas surgen con frecuencia a propósito de pasajes que no se encuentran en los más antiguos manuscritos, sino solo en los más recientes, o viceversa. A no ser que podamos explicar la divergencia de otra manera, estamos justificados al sospechar una interpolación o una mutilación en los manuscritos posteriores. Mientras que la autenticidad de una obra se puede probar por el acuerdo de todos sus manuscritos, es posible también confirmarla por el testimonio de escritores antiguos que citan la obra con el mismo título y como obra del mismo autor. Tales citas son especialmente útiles si son amplias y corresponden bien al texto encontrado en los manuscritos. Por otra parte, si un o varios de tales pasajes citados no se encuentran en el manuscrito, o si no se reproducen en términos idénticos, hay una razón para creer que lo que no tenemos delante de nosotros el documento citado originalmente por los antiguos escritores o al menos que nuestra copia ha sufrido notablemente por la negligencia o mala fe de los que las han transcrito.

A estos signos de autenticidad llamados extrínsecos, porque se basan en testimonios extraños a la propia obra del autor, se puede añadir ciertos signos intrínsecos basados en un examen de la obra misma. Cuando se trata de actos oficiales y públicos se ha de tener cuidado de que no solo la caligrafía sino también las fórmulas de apertura y cierre, los títulos de las personas, la manera de anotar las fechas y otras indicaciones corroborativas están de acuerdo con las costumbres conocidas de la edad a la que se atribuye el documento. Entre tantos medios de verificación es extremadamente difícil que una falsificación escape a la detención.

Las palabras y la fraseología proporciones otras pruebas. Cada siglos posee su propia dicción peculiar y entre tantas dificultades de esta naturaleza es apenas posible que el falsificador logre tener éxito en su. También es verdad respecto al estilo de cada autor particular. En general, especialmente en el caso de los grandes escritores, cada uno tiene su propio y particular sello que es fácilmente reconocible o al menos nos previene de atribuir a la misma pluma composiciones que son muy desiguales en su estilo. Al aplicar esta regla, sin duda, se debe tener cuidado en no exagerar. Un escrito cambia su tono y su lenguaje según el tema del que trata, la naturaleza de la composición literaria y la clase de lectores a los que se dirige. Sin embargo una mente aguda y con experiencia tendrá pocas dificultades en reconocer entre varias obras de un autor dado ciertas cualidades que traicionan enseguida el carácter del escritor y su estilo o forma habitual de escribir. Otro y más seguro medio de detención de una falsificación positiva o de la alteración de un documento es la comisión de anacronismos en los hechos o las fechas, la mención de un documento de personas, instituciones o costumbres que son ciertamente de fecha posterior al período que dice pertenecer; de la misma clase son el plagiarismo y la imitación servil de escritores más recientes,

Significado

El crítico debe hacer ahora el mejor uso de las fuentes escritas a su disposición, i.e., debe entenderlas bien, lo que no siempre es fácil. La dificultad puede surgir por la oscuridad de ciertas palabras, de su forma gramatical, o de su forma de agrupamiento en la frase que intenta interpretar. Respecto al sentido de las palabras individuales es muy importante que el crítico pueda leer los documentos en el idioma en el que fueron escritos, en vez de usar una traducción. Sin duda que hay traducciones excelentes y que pueden ser muy útiles; pero es peligroso confiar ciegamente en ellas El especialista que entra conscientemente en la obra del crítico sentirá siempre que es un deber estricto advertir a sus lectores siempre que cite un texto de una traducción. Es bien sabido que para interpretar un término correctamente no es suficiente saber su significado en una época determinada, que estamos acostumbrados a mirar como clásica, en el idioma al que pertenece. Basta con abrir un léxico latino amplio, por ejemplo el de Forcellini o el de Freund (especialmente si tenemos a la vista la página correspondiente del "Glossarium" latino de Du Cange), para apreciar inmediatamente las notables modificaciones de significado sufridas por los términos latinos en diferentes períodos del lenguaje, ya por la sustitución de los antiguos significados por otros nuevos, o por el uso de ambos significado al mismo tiempo.

En sus esfuerzos para fijar el tiempo de texto el crítico se verá ocasionalmente obligado excluir un significado que aun no había surgido o había dejado de usarse cuando se compuso el texto en cuestión. A veces se quedará en una situación de incertidumbre o suspenso y se verá obligado a abstenerse de llegar a conclusiones agradables pero inseguras. Más aun, para captar correctamente el sentido de un texto es necesario entender las opiniones políticas o religiosas del autor, las instituciones peculiares de su tiempo y país, el carácter general de su estilo, los asuntos de los que trata, y las circunstancias en las que habla. Todas estas cosas hacen pensar que una expresión general puede tomar un sentido muy particular que el sería desastroso que el crítico la pasara por alto. Con frecuencia estos detalles solo pueden entenderse en el contexto del pasaje bajo discusión. En general siempre que hay ocasión de verificar la exactitud de una cita hecha en apoyo de una tesis, es prudente leer el capítulo entero del que se ha tomado, a veces hasta leer la obra entera. Un testimonio individual, aislado de todo lo que le rodea en la obra del autor parece con frecuencia bastante decisivo, sin embargo cuando leemos la obra, nuestra fe en el valor del argumento basado en una cita parcial se viene abajo o desaparece totalmente.

Autoridad

¿Cual es el valor del texto correctamente entendido? Toda afirmación o testimonio histórico sugiere naturalmente dos cuestiones: ¿Tiene el testigo en cuestión un conocimiento apropiado del hecho sobre el que es llamado a testificar? Y si es así, ¿es completamente sincero en su manifestación? En la respuesta imparcial a estas cuestiones está el grado de confianza que se de al testimonio.

Respecto al conocimiento del testigo podemos preguntar: ¿vivió en el tiempo y en el lugar en que en que sucedió el hecho y estaba en circunstancias de conocerlo? O, al menos ¿estamos seguros de que obtuvo esta información de una buena fuente? Cuantas más garantías a este aspecto, mejor, si todo lo demás es igual, prueba ser digno de confianza. Respecto a la cuestión de sinceridad no es suficiente estar satisfecho porque el testigo no tuviera la intención de mentir deliberadamente; si pudiera mostrarse razonablemente que tenía un interés personal en distorsionar la verdad, se debe sospechar gravemente sobre la veracidad de todas sus afirmaciones. Los casos de mendacidad formal malintencionada en las fuentes históricas se pueden considerar raros. Con mayor frecuencia el prejuicio o la pasión pervierten secretamente la sinceridad natural de un hombre que realmente se respeta a si mismo y estime el respeto de los demás. Es posible, y eso hasta con una cierta buena fe, engañarse a sí mismo y a los demás. Es deber del crítico enumerar y sopesar todas las influencias que han podido alterar más o menos la sinceridad de un testigo – sus gustos , las propiedades de oratoria, su autoestima o vanidad, así como las influencias que puedan afectar la claridad de la memoria del escritor o la corrección de su voluntad.

No se sigue en absoluto que la autoridad de un testigo sea siempre debilitada por el proceso descrito arriba: Con frecuencia ocurre lo contrario. Cuando un testigo ha vencido las influencias que normalmente afectan poderosamente la mente del hombre y le disuaden de ceder ante su natural amor a la verdad, no hay razón alguna para dudar de su veracidad. Más aún cuando afirma un hecho desfavorable a sus posturas religiosas o políticas, causas que por otra parte defiende con ardor; cuando así no gana ventaja particular, sino que al contrario se somete a una desventaja seria, en una palabra siempre que una afirmación está en manifiesta oposición a sus intereses, sus prejuicios y sus inclinaciones, es claro que sus prueba es mucho más sólida que la de un hombre perfectamente desinteresado. Es más, las consideraciones precedentes se aplican no solo al testigo inmediato el hecho en cuestión, sino también a todos los intermediarios a través de los que sus pruebas nos son trasmitidas. La confianza en las últimas debe ser establecida así como la de las autoridades a las que apela.

Dada la necesidad de observar tanta precaución en el uso de textos históricos, puede aparecer muy difícil alcanzar la certeza completa sobre los datos de la historia. ¿Cómo podemos estar seguros, especialmente al tratar de tiempos antiguos, que nuestro testigo presenta las garantías deseables? Con frecuencia nos es desconocido y anónimo. ¿Cuántos hechos, que una vez se dieron por establecidos han sido eliminados de las páginas de la historia y cuantas veces más tenemos que suspender nuestro juicio por falta de una autoridad suficientemente convincente? La certeza histórica sería difícil de hecho si para cada suceso tuviéramos solamente un testimonio. La certeza solo sería posible entonces cunado pudiera mostrarse que el carácter o posición del testigo fuera tal que no dejara dudas razonables respecto a la exactitud de su afirmaciones. Pero si la veracidad del testigo se fanatiza solo por los datos negativos, i.e., si únicamente somos conscientes de que no hay circunstancias conocidas que nos permitan sospechar la falta de cuidado o la mala fe, surge en nosotros una creencia más o menos vaga, de manera que con facilidad cedemos ante una persona muy desconocida que seriamente relatan un suceso que dicen haber visto, mientras que por nuestra parte no tenemos razones para suponer que él mismo está engañado o que nos engaña. Estrictamente hablando, nuestra creencia en tales testigos no puede ser llamada fe. Por otra parte, difiere considerablemente de una creencia que está basada en fundamentos más sólidos. No deberemos, por consiguiente, sorprendernos, si el suceso es descrito después de una manera totalmente diferente, ni pondremos objeción a abandonar nuestra creencia anterior cuando aparecen testigos más confiables y mejor informados. Si fuera de otra forma tendíamos que culpar a nuestras pasiones por hacer que nos mantengamos en creencias que nos agradas, quizás, pero que no tienen suficientes pruebas para sustentarse. Admitimos francamente, así pues, la posibilidad de una adhesión mental más o menos dubitativa a hechos que se basan en un solo testimonio y cuyo valor somos incapaces de apreciar apropiadamente. Otra cosa es en el caso de hechos confirmados por varios testigos en condiciones enteramente diferentes. Des muy difícil, y hasta quizás moralmente imposible hablando en general, que tres o cuatro o hasta más personas, no sujetas a una influencia común, sean engañadas de la misma manera, o formen parte de una misma decepción común. Por consiguiente, cuando encontramos un hecho establecido por varias aseveraciones o narraciones tomadas de fuentes diferentes y todas concordantes, hay apenas lugar a para una duda razonable sobre la verdad completa del hecho.

En este momento, sin embargo, debemos asegurarnos de que las fuentes históricas son verdaderamente diferentes. Dios o veinte escritores que copian la narración de un autor antiguo, sin fuente ninguna de nuevo conocimiento a su disposición, no añaden, en general, nada nuevo a la autoridad del que han copiado su información. No son más que ecos de un testimonio original, ya bien conocido. Puede suceder, sin embargo, y el cano no es raro en absoluto, que narraciones basadas en diferentes fuentes muestren desacuerdos ¿Cómo formaremos, entonces, nuestro juicio?

Hace falta hacer una distinción importante aquí mismo. Las distintas narraciones de un suceso ofrecen con frecuencia una perfecta armonía respecto a lo sustancial, apareciendo las divergencias solo en asuntos de detalle sobre los que la información era más difícil de conseguir. En tales casos los desacuerdos parciales de los testimonios, lejos de quietarles autoridad respecto al hecho principal, sirve para confirmarla; desacuerdos de este estilo muestran por una parte una ausencia de colusión y por otra dependencia de los testimonios de ciertas fuentes de información comunes a todos.

Sin embargo hay una excepción. Puede suceder que varios escritores de cuya veracidad dudemos justificadamente, están de acuerdo al narrar con mucha precisión de detalle un hecho favorable a sus gustos y disgustos comunes. Hasta lo manifiestan como si hubieran sido testigos presenciales y dicen que reproducen una narración fiel de los testigos. Al tratar con escritores de estas características el crítico debe examinar cuidadosamente todas sus afirmaciones hasta los detalles mínimos porque con frecuencia una circunstancia insignificante desvelará la decepción. Debemos recordar ahora el ingenioso interrogatorio con el que Daniel salvó la vida y la reputación de Susana (Dan., xiii, 52-60). Medios semejantes se emplean con frecuencia con éxito en los tribunales para derrotar a sistemas de defensa construidos por los culpables o para convencer a una de las partes que ha sobornado a falsos testigos en interés de una mala causa. En ocasiones tales medidas pueden ser aplicadas con ventaja en la investigación histórica. Supongamos que existe un conflicto de opinión sobre lo sustancial de un hecho y que ha sido imposible reconciliar los testigos y está claro que no están de acuerdo. En esto punto debemos dejar de insistir en su valor absoluto y sopesar uno contra otro. Teniendo siempre a la vista las circunstancias de tiempo, lugar y postura personal de los diferentes testigos debemos intentar asegurarnos en cual de ellos las condiciones de conocimiento y veracidad parecen predominar; este examen determinará la medida de confianza que hay que poner en ellos y como consecuencia, el grado de certeza o probabilidad que se da al hecho que narran. Frecuentemente, aunque no sea un preliminar indispensable de la convicción mental, una cuidadosa comparación de versiones más o menos discordantes de un hecho o un suceso, revelarán en los testigos rechazados las causas o fuentes de sus errores y por consiguiente colocarán en una luz más clara la solución completa de problemas cuyos datos parecían a primera vista confusos y contradictorios.

Testimonios no escritos

Para colgar a un hombre, un magistrado listo que examine el caso no necesita ni una línea de su escritura. Testigos silenciosos han convencido con frecuencia de la culpabilidad de un criminal con más eficacia que los acusadores positivos. El más insignificante objeto dejado por él en la escena del crimen, otro encontrado en su posesión, un grado poco común de prodigalidad, y un ciento de otras señales, descubre muy frecuentemente los planes cuidadosos para evitar ser detenidos por la ley.

Lo mismo ocurre en la ciencia de la historia, Nada es aquí negligente o poco importante. Monumentos arquitectónicos, objetos de arte plástico, monedas, armas, equipos de labor, utensilios caseros, objetos materiales de todas clases pueden de un u otra forma proporcionarnos información preciosa. Ciertas clases de fuentes históricas han adquirido desde hace tiempo la dignidad de ciencias auxiliares especiales., como por ejemplo, la heráldica, los grabados en la piedra, cerámica o el estudio de la alfarería de todas las épocas. Se puede añadir la numismática, sigilografía y especialmente la lingüística, no tanto para una interpretación más segura de los textos cuanto para procurar datos de los que se pueda establecer la conclusión del origen de los pueblos y sus migraciones.

La arqueología en el sentido más amplio, comprende todas estas ciencias y en el sentido más restringido trata los objetos que están más allá de sus fines. Verdaderamente es un campo muy amplio que se extiende ante el pionero histórico que necesita mucha erudición, acumen y tacto para aventurarse en él. Afortunadamente, como con los manuscritos e inscripciones ya no es necesario para el estudiante de historia poseer un conocimiento profundo de todas estas ciencias auxiliares antes de ponerse a la tarea propia. Para la mayoría de ellos existen obras especiales en las que puede encontrar con facilidad los detalles arqueológicos necesarios en la discusión de las cuestiones históricas. A estas obras y al consejo de los hombres sabios en tales asuntos hay que recurrir para solucionar las dos cuestiones preliminares respecto a las pruebas, escritas y no escritas: la autenticidad o proveniencia y la del significado es decir, en los restos arqueológicos, el uso que se dio a los objetos descubiertos.

Al tratar de las pruebas no escritas, estas cuestiones son más delicadas, de forma similar las reglas que no sirven de guía son más difíciles, tanto formularlas como aplicarlas. Es aquí donde la agudeza y el acumen y el toque profético que viene de la larga práctica ofrecen ayuda más importante que las reglas más exactas. Solo por la observación y comparación aprendemos con el tiempo a distinguir con exactitud. Una vez cumplidos estos preliminares, se entra en la tarea de la crítica histórica propiamente dicha. A través de ella las preciosas reliquias del pasado arrojan luz sobre ciertos escritos, para confirmar sus pruebas, para revelar un hecho que no expresan y más frecuentemente proporcionan una base segura para las conjeturas de las que con el tiempo se siguen los descubrimientos de gran importancia. Sin embargo, y no nos cansaremos de repetirlo, el camino del estudiante de la historia es verdaderamente peligroso. Las desgracias de los arqueólogos aficionados ya en asuntos de pretendidos descubrimientos o en las disertaciones basadas en ellos, han provocado no pocas burlas, no solo entre los profesionales críticos más severos sino también entre los novelistas y escritores dramáticos. Como ya se ha dicho es especialmente debido al uso juicioso de la conjetura por el que obtenemos de estos silenciosos testigos toda la información que pueden proporcionar. Para un tratamiento más específico de este delicado pero poderoso instrumento de la crítica histórica referimos al lector a la siguiente sedición de este artículo: La conjetura en la Historia.

Tradición

Todo estudiante de historia debe enfrentarse más tarde o más temprano a un problema muy embarazoso para un estudiante concienzudo. Aparecen hechos que no han dejado rastro en ningún escrito o monumento contemporáneo. Enterrado en la oscuridad durante siglos aparecen repentinamente a la luz pública y se aceptan como incontrovertibles. Todos repiten la historia, con frecuencia con muchísimos detalles, aunque nadie sea capaz de ofrecer ninguna prueba creíble de que lo que se afirma sea creíble. Se dice entonces que tales hechos se apoyan en las pruebas conocidas como tradición popular. ¿Qué grado de confianza merece esta tradición popular? Los que la originaron nos son desconocidos así como los intermediarios que la siguieron pasando hasta el momento en que la reconocemos por primera vez. ¿Cómo podemos obtener una garantía de la veracidad de los testigos originales y de la de sus sucesores? Quizás una comparación natural nos ayude a aclarar la situación. Puede que enseguida notemos una chocante analogía entre la tradición sobre el rumor pasado y público y los sucesos presentes. En ambos casos hay un sinnúmero de intermediarios y testigos anónimos, que están de acuerdo en lo sustancial de los hechos, pero que en los detalles se contradicen unos a otros frecuentemente; en ambos casos hay una ignorancia idéntica respecto al los testitos originales; en ambos casos, finalmente, hubo muchos ejemplos en los que la información actual era verificada y muchos otros en los que se vio que eran totalmente falsos.

Supongamos el caso de un hombre prudente profundamente interesado en saber precisamente qué sucede en un país lejano; uno que, más aún, se esfuerza mucho para estar bien informado. ¿Qué hace cuando oye el rumor público de un hecho importante que se dice que sucedió en el lugar por el que se interesa? ¿Acepta ciegamente todos los detalles rumoreados en el extranjero? Por otra parte, ¿no pone atención en absoluto al rumor? Ni una cosa ni la otra. Reúne con interés los distintos relatos que corren y los compara unos con otros, nota sus puntos de acuerdo y los elementos de divergencia. Y no saca conclusiones precipitadas. Suspende el juicio, intenta conseguir informes oficiales, escribe a sus amigos que están en el lugar para saber por ellos las noticias creíbles, es decir, la confirmación de los hechos en los que están de acuerdo los hombres, las soluciones y dificultades que surgen de las versiones discordantes del suceso. Posiblemente no tiene confianza en las personas encargadas de redactar el informe oficial; posiblemente, también no puede tener correspondencia con sus amigos, debido a la interrupción de las comunicaciones por razones de guerra u otras causas. En una palabra, si tal persona depende del rumor solamente, permanecería indefinidamente en un estado de duda, contento con un conocimiento más o menos probable hasta que aparezca alguna fuente más cierta de información.

¿No debiéramos proceder de forma similar con la tradición popular? Se nos presenta de esta manera ante nuestra atención y tenemos los mismos motivos para desconfiar. Más de una vez ha sido una ayuda para los críticos juiciosos señalando el camino de importantes descubrimientos que nunca hubieran hecho con la sola ayuda de un documento escrito o de unos monumentos. Tratemos de verlo de otra manera. ¿No les ha ocurrido a los que estudian los documentos históricos que con frecuencia se encuentran con la misma mezcla peculiar, diríamos que caprichosa, de verdadero y falso que se nos presenta en cada paso que damos en la investigación de las tradiciones populares? Sería igualmente precipitado por una parte rechazar toda tradición y creer solamente a los testimonios escritos o monumentos contemporáneos y por otra parte dar a la tradición una confianza implícita simplemente porque otros datos históricos no la han contradicho formalmente, aunque tampoco la hayan confirmado. El historiador debería recoger con cuidado las tradiciones populares de los países y épocas que está tratando, compararlas unas con otras y determinar su valor a la luz de otras informaciones científicamente adquiridas. En case de que esta luz también le falle, debe esperar con paciencia hasta que lleguen nuevos descubrimientos que la renueven, conformándose de momento con la medida de probabilidad que proporciona la tradición. De esta manera ya la riqueza histórica ya adquirida se retiene, sin peligro de que se exagere su valor o finalmente, de lanzar sospechar sobre la confianza que se tiene incorporando afirmaciones falsas o dudosas.

El argumento negativo

En historia, el argumento negativo es el que se deduce del silencio de los documentos contemporáneos o casi contemporáneos sobre un hecho dado. Los grandes maestros de la ciencia histórica lo han utilizado frecuentemente con éxito para refutar errores históricos, que a veces están bien atrincherados en las creencias populares. Hay que notar que en tales ocasiones siempre se han atenido firmemente a dos principios; primero, que el autor cuyo silencio se invoca como prueba de la falsedad de hecho dado, no podía ignorarlo si de hecho hubiera ocurrido como se relata; segundo, que si no ignoraba el hecho, no hubiera dejado de hablar de él en la obra que tenemos ante nosotros. Cuanto mayor sea la certeza en estos dos puntos, más fuerte es el argumento negativo. Cuando se quita toda duda respecto a ellos, estamos correctamente acertados al afirmar que el silencio del escritor sobre el hecho en cuestión es equivalente a una negación formal de su verdad.

Nada hay más racional que este proceso de razonamiento; se emplea todos los días en los tribunales de justicia. Muchas veces una línea de ataque legal e rompe por las prueba puramente negativas. Hombres honorables son llevados ante los tribunales que deberían ciertamente, si fuera verdad, conocer los hechos presentados pon una de las partes en litigio. Si afirman que no tienen conocimiento de ellos, sus deposiciones con correctamente consideradas pruebas positivas de la falsedad de las alegaciones. Pero estas clases de pruebas no difieren sustancialmente del argumento negativo en las condiciones expuestas arriba. En un caso, es verdad, los testigos afirman formalmente que no saben nada, mientras que en el otro sabemos tanto igualmente por su silencio. Sin embargo, este silencio, en las circunstancias dadas, significa una afirmación positiva.

Hay, sin embargo, algunos que reclaman que el argumento negativo nunca puede prevalecer contra un texto formal. Pero esto no es siquiera admisible respecto a un texto contemporáneo. Si el autor al que pertenece no ofrece una garantía absoluta e incontestable del conocimiento de la veracidad, su autoridad queda muy debilitada o hasta destruida por el silencio de otro escritor más confiable y prudente. Ocurre con frecuencia en los tribunales de justicia que la deposición de un testigo ocular o de oídas es cuestionado y hasta rechazado, a la vista de la deposición de otros testigos igualmente bien colocados para ver y oír lo que ocurrió, peor que aún declara que ni vio ni oyó nada. Mabillon estaba equivocado al mantener que el argumento negativo nunca podría usarse a no ser que uno tuviera ante sí todas las obras de todos los autores de la época en la que sucedió el hecho. Por el contrario, una sola obra de un solo autor puede en ciertos casos proporcionar un sólido argumento negativo. Launoy, por otra parte, está igualmente equivocado al mantener que el silencio universal de los escritores de un período de alrededor de dos siglos proporciona prueba suficiente de la falsedad de los hechos no mencionados por ellos; e muy posible que ningún autor del período estuviera moralmente obligado por la naturaleza de asunto-tema a constatar tales hechos. En este caso, el silencio de tales autores no es en absoluto equivalente a una negación. Pero, se objeta, para crear una duda sobre el hecho relatado por escritores posteriores, ¿acaso los mejores críticos no se han apoyado en este silencio universal de los historiadores durante un tiempo considerable? Esto es verdad, pero la época en cuestión era una ya cuidadosamente estudiada y concientemente descrita por varios historiadores. Más aún, el hecho disputado, de ser verdadero, hubiera sido necesariamente público y de tal manera, según la clase y la importancia, que ni la ignorancia ni la omisión voluntaria podría postularse para todos estos historiadores.

Tenemos pues aquí las dos condiciones necesarias para hacer inexplicable el silencia de estros autores; por consiguiente el argumento negativo no pierde nada de su fuerza y es poderoso en proporción al número de testigos silenciosos. Naturalmente, esta línea de argumentación no se aplica en el caso de detalles oscuros que pueden fácilmente haber sido desconocidos o poco notables para los autores contemporáneos e ignorados por otros. Ni, se aplica, más en particular, a un a época de la que quedan pocos restos, especialmente pocos escritos históricos. En el último caso el hecho del silencio universal por parte de todos los escritores durante un periodo considerable, puede ciertamente debilitar la certeza de un hecho, en realidad no hacemos otra cosa que segurar con ello la ausencia de una prueba positiva en su favor, aparte de la tradición de origen incierto. Sin embargo, una vez admitida la falta de información, no es permisible avanzar ni un paso más allá y presentar el silencio de los documentos como prueba de la falsedad del hecho. Su silencio en este caso no es el argumento negativo descrito arriba.

La regla establecida en los párrafos precedentes parece no carecer de elementos de precisión y ventajas prácticas. Pero al aplicarla a los tiempos antiguaos hace falta precaución En Una edad de tanta publicidad como en la nuestra, ningún suceso importante puede ocurrir en ninguna parte del mundo civilizado sin ser inmediatamente conocido en todas partes y por todos. Los principales detalles se fijan inmediatamente en la memoria de todos los interesados y no se borraran dentro de un largo período. Es sorprendente ver qué fácilmente algunos escritores modernos olvidan que las condiciones anteriores de la humanidad eran muy diferentes. Intentan establecer un argumento negativo irrefutable sobre la hipótesis de que un hecho público dado de importancia no puso ser desconocido a ciertas personas de educación y refinamiento que vivieron poco después. Esos escritores debería aprender a ser más cautos recordando un aserie de hechos históricos curiosos. Baste recordar a nuestros lectores que cuando S. Agustín fue consagrado obispo auxiliar de Hipona (391) no sabía, según el mismo dice, que el canon sexto del Concilio de Nicea (325) prohibía esta clase de consagraciones.

La conjetura en la historia

La conjetura o hipótesis ocurre en la historia cundo el estudio de los documentos nos lleva a sospechar, más allá de los hechos que revelan directamente, otros hechos, tan relacionados con ellos que del conocimiento de posprimeros podemos proceder a los segundos. Tales hechos son relatados la mayoría de las veces como causa y efecto. Cuando ocurre un evento importante ¿como lo explicamos? ¿Por qué sucedió? Evidentemente por otro hecho o grupo de hechos que constituyen su causa o razón suficiente. Estos nuevos hechos no se revelan en documentos históricos o al menos nadie los ha percibido aún. Inmediatamente, el investigador ve que es posible descubrir más de lo que se conoce en los documentos existentes. Y con esa esperanza comienza a leer extensamente, comenzar varias investigaciones interrogar en todos los sentidos a muchas obras y monumentos y restos relacionados con el hecho que le ha impresionado, para estudiar a las personas que estuvieron implicadas en él o la edad en la que sucedió y todo ello para recuperar el más invisible hilo que conecte este hecho con detalles que originalmente no fueron advertidos o puestos a un lado como poco importantes. Absorto en intensa meditación, a veces con una repentina iluminación que arroja luz sobre el camino correcto, busca con intensidad la verdad que la prueba positiva que tiene ante sí aún no manifiesta. Pasa de una a otra hipótesis, reclama todos los recursos de su memoria y así comienza de nuevo el estudio de los documentos recogiendo con cuidadoso detalle cualquier pista o indicación que pueda avalar o demostrar su exactitud o su falsedad. De una verificación tan cuidadosa a veces aparece que el camino que se eligió al principio era falso y debía ser abandonado. El investigador debe a veces modificar más o menos sus ideas originales y por otra parte a veces se encuentra con una sorprendente confirmación de las mismas. Débiles rayos de luz muy inciertos al principio crecen en potencia hasta convertirse en una luz ante la cual toda duda se desvanece. Así se revelan nuevos aspectos ante los asombrados ojos del investigador manifestándose ante él un amplio campo de conocimiento del más alto interés.

Como ya hemos dicho, la conjetura nos permite concluir de efecto a causa, pero también seguir el camino inverso para concluir de causa a efecto. Este proceso es en general menos confiable en la investigación histórica y requiere más precaución y reserva cuando se aplica a los hechos físicos. En este caso los agentes son necesariamente causas; una vez conocido su forma de obrar es posible predecir casi con certeza absoluta los resultados, en condiciones dadas, y la conjetura sirven solamente para hacer surgir la idea de un efecto que seguirá con toda certeza, pero que aún no se ha producido. Más aún, habando en un sentido general, en las ciencias físicas es fácil imaginar una variedad de métodos por los que hay que experimentar una hipótesis y verificar su exactitud.

En las ciencias históricas la situación no es la misma en absoluto. Trata sobre todo de leyes morales que regulan las acciones de seres libres y estas están muy lejos de ser tan invariables en su aplicación como las leyes físicas. Es necesaria mucha precaución antes de arriesgarse a emitir un juicio sobre los que un hombre hubiera hecho en determinadas circunstancias, más aún puesto que sus acciones pueden haber sido influidas por las acciones libes de otros hombres o por una seria de circunstancias accidentales desconocidas para nosotros pero que pueden haber modificado notablemente en un caso dado las ideas y sentimientos ordinarios de la persona en cuestión.

Y no es menos necesaria la prudencia cundo la hipótesis se basa en la analogía, es decir, cuando, para completar nuestro conocimiento sobre u hecho, ciertos detalles que nos son desconocidos en los documentos históricos, recurrimos a un hecho muy parecido al que estamos considerando y concluimos de ellos en favor del primero con una semejanza de detalles que conocemos con certeza solo respecto al segundo hecho.

Sin embargo no debemos rechazar totalmente este método de investigación que si se usa hábilmente puede rendir valiosos servicios. Una conjetura apela a la mente con más fuerza de convicción cuando resuelve enseguida un número de problemas hasta entonces obscuros y sin correlación. Una hipótesis tomada separadamente suele dar apenas una ligera probabilidad. Por otra parte la certeza completa resulta con frecuenta de la convergencia moral de varias soluciones plausibles, todas las cuales apuntan en una misma dirección. Añadamos que en la investigación histórica no obtendremos fácilmente demasiadas pistas ni deberemos exceder el límite de la verificación. Además, debemos estar vigilantes contra nuestras propias percepciones que nos tientan fácilmente a exagerar la fuerza de una conclusión favorable a nuestras hipótesis. Y no debemos negarnos a considerar los argumentos que tienden a debilitarlas o eliminarlas. Por el contrario, son precisamente estos argumentos los que debemos estudiar con más cuidado darlas las vueltas necesarias en todos los sentidos de manera que, sin resultan verdaderos, podamos abandonar oportunamente nuestra seductora conjetura o al menos modificarla una y otra ves se es necesario, hasta que llegue a adquirir la exactitud y precisión que satisfaga la más rigurosa inquisición y llegue a ser admitida por todos como una adquisición científica nueva y sólida.

Una recomendación final, que tiene la intención de advertir contra las seducciones de las conjeturas históricas de ciertos aventureros e inexpertos autores, quizá no esté fuera de lugar aquí. No hay que ceder a las ilusiones demasiado frecuentes entre ellos, que por su poder imaginativo y su genialidad están destinadas a hacer avanzar notablemente la causa de la ciencia sin adquirir a través de una penosa y dura formación el amplio y variado y exacto conocimiento que los hombres llaman erudición.

No todo sabio historiador hace brillantes descubrimientos sobre la base de hipótesis afortunadas; pero la erudición es un requisito necesario para tales descubrimientos. En el conocimiento histórico, como en todos los caminos de la vida, el trabajo duro y la paciencia son el precio que hay que pagar para lograr el éxito.

El argumento a priori

La crítica histórica tiene a su disposición otra fuente de la verdad, el argumento a priori, un arma delicada, en verdad, pero muy útil cuando se maneja con experiencia. Tal como se ha utilizado en la historia, este argumento se basa en la naturaleza intrínseca de un hecho, dejando a parte, de momento todas las pruebas a favor o en contra. En presencia del hecho desnudado de todas las relaciones extrínsecas el proceso a priori trata de mostrar que se conforma o no con las leyes generales que regulan el mundo. Estas leyes son de tres clases principales:

La primera comprende las leyes fundamentales o metafísicas es decir, el principio de contradicción, según el cual no puede existir en el mismo sujeto elementos absolutamente contradictorios unos de otros y también el principio de causalidad, según el cual no existe ningún ser sin una causa o razón suficiente de su existencia.

La segunda clase incluye las leyes físicas que gobierna los fenómenos del mundo de la naturaleza y de la actividad de los seres que la componen. A esta clase pertenecen las leyes que gobiernan las naturalezas espirituales y las facultades que son independientes, o en cuanto que son independientes, la acción de la libre voluntad.

La tercera clase, finalmente comprende las leyes morales que gobiernan la actividad de los seres libres, considerados en cuento tales. Nadie que haya adquirido un poco de experiencia, bajo una buena guía, del corazón, humano negará la existencia de esta clase de leyes, es decir que en condiciones dadas y bajo ciertas influencias podemos prever en los seres libres ciertas actividades habituales. Así, una ley moral bien asentada es que ningún hombre ama el mal y lo sigue en cuanto mal, salvo cuando se le aparece disfrazado de bien. Otra ley parecida es que el hombre, a no ser que sea un monstruo de perversidad, dirá naturalmente la verdad si no tiene ningún interés en mentir.

De esta manera, ahora, ¿pueden estas tres clases de leyes consideradas correctamente ayudarnos a pronunciarnos sobre la verdad de un hecho histórico? En primer lugar si el hecho en cuestión presenta detalles absolutamente contradictorios e irreconciliables debe evidentemente ser rechazado sin más exámenes. Sin embargo hay que probar claramente que hay esa contradicción absoluta e irreconciliable entre los detalles presentados para la aceptación simultánea. Es importante, más aún, asegurarse con certeza si la contradicción afecta a la sustancia del hecho o solo circunstancias accidentales conectadas erróneamente con el en la imaginación del testigo, como ocurre frecuentemente con las tradiciones populares. En tales casos solo hay que rechazar los detalles, precisamente como se hace con otros testimonios más o menos conflictivos. La imposibilidad física, es decir, la oposición manifiesta entre las leyes bien conocidas de la naturaleza y las afirmaciones históricas son también un argumento conclusivo contra la aceptación de tales afirmaciones.

A pesar de la oposición de los no –creyentes, la posibilidad de intervenciones milagrosas no preocupa seriamente en este punto al juicio de los críticos católicos. Ellos saben muy bien cuando admitir, en un caso particular, tal posibilidad. Estaos casos, además no son muy frecuentes. Ellos saben que para aceptar un milagro deben requerir mayores cantidades de pruebas que cuando se trata de un simple hecho natural. En el proceso de canonización católico (Ver BEATIFICACIONES Y CANONIZACIONES) tenemos un ejemplo perfecto de la manera en que las pruebas de los milagros son tratadas por el tribunal que más respetan los católicos. Puede que no sea superfluo añadir que tal prudencia sugiere cierta vacilación o reserva cuando está en cuestión la imposibilidad física de un hecho- Las leyes de la naturaleza no son tan totalmente entendidas que no corramos peligro de confundir un hecho extraño o nuevo con otro totalmente imposible. El tratamiento de las leyes morales es algo más delicado porque que son menos absolutas en su aplicación que las leyes físicas. Los misterios de la libertad están aún más ocultos que los de naturaleza material. Por consiguiente, antes de afirmar la impasibilidad moral de un hecho esta bien considerar atentamente si hay o no alguna circunstancia, aunque parezca trivial, que puede haber accidentalmente ejercido sobre una persona concreta una influencia capaz de hacerle actuar de manera opuesta a la corriente habitual de sus ideas y sentimientos. Tales excepciones a las leyes morales se dan rara vez en las multitudes; aparecen más frecuentemente entre los individuos. Hay que tener cuidado de no admitirlo sin una grava razón.

En apoyo o en posición n a una conjetura es cuando más se usa el argumento a priori; con frecuencia la misma conjetura se confunde con él. En el esfuerzo para reproducir mentalmente lo que ciertas personas, en condiciones dadas, deben haber hecho, es donde finalmente encontramos lo que realmente hicieron. El paso siguiente es la recogida de pruebas más precisas que puedan confirmar y establecer de forma muy satisfactoria la verdad que vimos primero con la imaginación. Debería recordar siempre, sin embargo, que la mera posibilidad o la no-repugnancia no deben ser consideradas como equivalentes de la probabilidad positiva, de misma manera que la mera ignorancia de las causas de un hecho no equivale a su improbabilidad y menos aún a su imposibilidad, cuando está suficientemente atestado por pruebas directas. Las mentes superficiales o apasionadas están muy expuestas a esta clase de confusión.

Al formular, como se ha hecho arriba, las leyes apropiadas para guiar a la mente en su búsqueda de la verdad histórica, debe repetirse que la mente debe aportar al proceso ciertas cualidades y disposiciones como las indicadas al principio de este artículo, siendo la primera y más esencial un sincero y constante amor a la verdad. Nada puede sustituir a este sentimiento. Es la regla de las reglas, el principio vital y eficiente en todo el proceso de la crítica. Sin él son bastante estériles


Bibliografía: DE SMEDT, Principes de La critique historique (Liège, Paris, 1884); BERNHEIM, Lehrbuch der historischen Methode (Leipzig, 1894); LANGLOIS et SEIGNOBOS, Introduction aux études historiques (Paris, 1899). BUTLER, The Modern Critical and Historical School, its methods and tendencies. Dublin Review (Londres. 1898).

Fuente: De Smedt, Charles. "Historical Criticism." The Catholic Encyclopedia. Vol. 4. New York: Robert Appleton Company, 1908. <http://www.newadvent.org/cathen/04503a.htm>.

Traducido por Pedro Royo