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Lunes, 22 de enero de 2018

Humanismo

De Enciclopedia Católica

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El humanismo es el nombre dado al movimiento intelectual, literario y científico de los siglos XIV al XVI, un movimiento que tuvo como objetivo el basar todas las ramas del aprendizaje en la literatura y la cultura de la antigüedad clásica.

Creyendo que una formación clásica solamente podría formar a un hombre perfecto, los llamados humanistas en oposición a los escolásticos, adoptaron el término humaniora (las humanidades) para denotar la erudición de los antiguos. Aunque los humanistas consideraban el intervalo entre el período clásico y sus propios días como bárbaro y destructivo igual que el arte y la ciencia, el humanismo (como todos los demás fenómenos históricos) estaba relacionado con el pasado. El uso del latín en la liturgia de la Iglesia ya había preparado a Europa para el movimiento humanista. En la Edad Media, sin embargo, la literatura clásica era considerada simplemente como un medio de educación; era conocida sólo a través de fuentes secundarias, y la Iglesia vio un atractivo para el pecado en la concepción mundana de la vida que había prevalecido entre los antiguos. Con el ascenso de la laicización estas opiniones experimentaron un cambio, especialmente en Italia. En ese país el cuerpo político se había vuelto poderoso, las ciudades habían amasado gran riqueza y la libertad cívica era generalizada. El placer mundano se convirtió en un factor importante en la vida y se le dio más libertad de acción al impulso sensorial. El concepto de vida transcendental, no mundano, que hasta entonces había sido dominante, ahora entró en conflicto con una visión mundana, humana y naturalista, que se centraba en la naturaleza y el hombre. Estas nuevas ideas encontraron sus prototipos en la antigüedad, cuyos escritores apreciaron y alabaron el disfrute de la vida, las reivindicaciones de individualidad, el arte literario y fama, la belleza de la naturaleza. El nuevo movimiento se ocupó no sólo de la cultura romana antigua sino también de la hasta ahora descuidada cultura griega. El nuevo espíritu se separó de la teología y de la Iglesia. El principio de la investigación libre y científica ganó terreno. Era bastante natural que se debía exagerar el valor del nuevo ideal mientras se infravaloraba la cultura nacional medieval.

Se acostumbra comenzar la historia del humanismo con Dante (1265-1321) y Petrarca (1304-74). De los dos, Dante, debido a su sublimidad poética, fue sin duda el mayor; pero, en lo que concierne al humanismo Dante fue simplemente su precursor mientras que Petrarca inició el movimiento y lo condujo al éxito. Dante demuestra ciertamente rasgos del cambio venidero; en su gran epopeya se encuentran lado a lado materiales clásicos y cristianos, mientras que lo que busca es el renombre poético, un objetivo tan característico de los escritores paganos aún tan ajenos al ideal cristiano. En asuntos de verdadera importancia, sin embargo, él toma a los escolásticos como sus guías. Petrarca, por otra parte, es el primer humanista; él está interesado solamente en los antiguos y en la poesía. Él descubre manuscritos perdidos de obras clásicas, y acumula medallas y monedas antiguas. Si Dante ignoró los monumentos de Roma y consideró sus estatuas antiguas como imágenes idólatras, Petrarca ve a la Ciudad Eterna con el entusiasmo de un humanista, no con el de un cristiano piadoso. Los antiguos clásicos ---especialmente sus estrellas polares, Virgilio y Cicerón--- sirvieron no solo para instruirle y encantarle; también lo incitaron a la imitación. Con los filósofos de la antigüedad declaró que la virtud y la verdad son la meta más alta del esfuerzo humano, aunque en la práctica no siempre fue muy exigente en cultivarlas.

Sin embargo, fue sólo en su tercera meta, la elocuencia, en la que rivalizó con los ancestros. Su ascenso al Mont Ventoux marca una época en la historia de la literatura. Su gozo ante la belleza de la naturaleza, su susceptibilidad ante la influencia del paisaje, su honda simpatía con y gloriosa representación de, los encantos del mundo alrededor de él, fueron una ruptura con las tradiciones del pasado. En 1341 ganó en Roma la muy codiciada corona al poeta laureado. Sus escritos en latín fueron muy apreciados por sus contemporáneos, quienes clasificaron a su "África" con la "Eneida" de Virgilio, pero la posteridad prefiere sus sonetos y canciones líricas dulces y melodiosos. Su principal mérito fue el impulso que dio a la búsqueda de los tesoros perdidos de la antigüedad clásica. Su principal discípulo y amigo, Boccaccio (1313-75), fue honrado en vida no por su erótico y lascivo, aunque elegante e inteligente “Decameron” (por el cual, sin embargo, lo recuerda la posteridad), sino por sus obras en latín que ayudaron a difundir el humanismo. Los estudios clásicos de Petrarca y Boccacio fueron compartidos por Coluccio Salutato (m. 1406), el canciller florentino. Con la introducción del estilo epistolar de los antiguos puso la sabiduría clásica al servicio del estado, y por sus gustos y prominencia promovió en gran medida la causa de la literatura.

Una generación de profesores ambulantes y sus eruditos pronto siguieron a los hombres del renacimiento. Los gramáticos y los retóricos viajaban de ciudad en ciudad, y promovían el entusiasmo por la antigüedad a círculos cada vez más amplios; los estudiantes viajaban de lugar en lugar para conocer las sutilezas de estilo e interpretación de algún autor. Petrarca vivió para ver cuando Giovanni di Conversino emprendió su viaje como profesor ambulante. Desde Rávena vino Giovanni Malpaghini, dotado con una memoria maravillosa y un celo ardiente por los nuevos estudios, aunque más habilidoso en impartir el conocimiento heredado y adquirido que en la elaboración de un pensamiento original. De otra manera el alma de la investigación literaria fue Poggio (1380-1459), secretario papal y luego canciller florentino. Durante las sesiones del Concilio de Constanza (1414-18) saqueó los monasterios e instituciones de la vecindad, hizo descubrimientos valiosos, y "salvó muchas obras" de las "células" (ergastula). Encontró y transcribió a Quintiliano de su propio puño y letra, mandó a hacer las primeras copias de Lucrecio, Silio Itálico y Amiano Marcelino, y, probablemente, descubrió los primeros libros de los "Anales" de Tácito. Alrededor de 1430 prácticamente todas las obras en latín ahora conocidas habían sido recogidas, y los eruditos pudieron dedicarse a la revisión de los textos.

Pero la verdadera fuente de la belleza clásica fue la literatura griega. Los italianos ya habían ido a Grecia a estudiar el lenguaje, y desde 1396 Manuel Crisoloras, el primer profesor de griego en Occidente, estaba muy ocupado en Florencia y en otros lugares. Su ejemplo fue seguido por otros. En Grecia también se instituyó una búsqueda entusiasta de restos literarios, y en 1423 Aurispa trajo doscientos treinta y ocho volúmenes a Italia. El colector más diligente de inscripciones, monedas, gemas y medallas fue el comerciante Ciriaco de Ancona. Entre los griegos presentes en el Concilio de Florencia estaban el arzobispo (luego cardenal) Bessarion, quien presentó en Venecia su valiosa colección de novecientos volúmenes, también Plethon, el célebre profesor de filosofía platónica, que recayó posteriormente en el paganismo. La captura de Constantinopla por los turcos (1453) condujo a Italia a los eruditos griegos Jorge de Trebisonda, Teodoro de Gaza, Constantino Lascaris, etc. Uno de los más exitosos críticos y editores de los clásicos fue Lorenzo Valla (1407-57). Señaló los defectos de la Vulgata, y declaró que la Donación de Constantino era una fábula. A pesar de sus ataques vehementes contra el papado, Nicolás V lo trajo a Roma. En un período corto de tiempo, los nuevos estudios demandaron un círculo más amplio de devotos.

Las casas principescas fueron generosas en su apoyo al movimiento. Bajo los Medici, Cosimo (1429-64) y Lorenzo el Magnífico (1469-92), Florencia fue preeminentemente la sede del nuevo aprendizaje. Su digno estadista, Mannetti, un hombre de gran cultura, piedad y pureza, fue un excelente erudito griego y latín y un orador brillante. El monje camaldulense Ambrogio Traversari fue también un erudito profundo, especialmente versado en griego; poseía una magnífica colección de los autores griegos, y fue uno de los primeros monjes de la época moderna en aprender hebreo. Marsuppini (Carlo Aretino), renombrado y querido como profesor y canciller municipal, citaba de los autores latinos y griegos con tanta facilidad que su disposición era una fuente de asombro, incluso para una edad hastiada de la citación constante. Aunque en materias de religión Marsuppini era un pagano notorio, Nicolás V intentó atraerlo a Roma para traducir a Homero. Entre sus contemporáneos, Leonardo Bruni, un discípulo de Crisoloras, gozó de gran fama como erudito griego y una reputación única por su actividad política y literaria. Fue, además, el autor de una historia de Florencia. Niccolo Niccoli fue también un ciudadano de Florencia; un mecenas del aprendizaje, ayudó e instruyó a los jóvenes, envió agentes a recoger manuscritos y restos antiguos, y amasó una colección de ochocientos códices (valorados en seis mil florines de oro), los cuales tras su muerte, y mediante la mediación de Cosimo, fueron donados al monasterio de San Marco, para formar una biblioteca pública, y son hoy día una de las posesiones más valiosas de la biblioteca Laurentiana en Florencia. El antedicho Poggio, un escritor versátil e influyente, también residió durante mucho tiempo en Florencia, publicó una historia sobre la ciudad y ridiculizó al clero y a la nobleza en su ingenioso y difamatorio "Facetiæ". Se distinguió por su extensa erudición clásica, tradujo a algunos de los autores griegos (por ejemplo, Luciano, Diodoro Sículo, Jenofonte), les añadió notas sabias e inteligentes, coleccionó inscripciones, bustos, medallas, y escribió una valiosa descripción de las ruinas de Roma. Ya se ha mencionado su éxito en buscar y desenterrar manuscritos. Plethon, también mencionado arriba, enseñó filosofía platónica en Florencia.

Bessarion fue otro panegirista de Platón, que ahora comenzó a desplazar a Aristóteles; esto, junto a la afluencia de los eruditos griegos, condujo a la fundación de la academia platónica que incluía entre sus miembros a todos los ciudadanos más prominentes. Marsilio Ficino (m. 1499), un filósofo platónico en todo el sentido de la palabra, era uno de sus miembros, y con sus obras y cartas ejerció una influencia extraordinaria en sus contemporáneos. Junto con sus otros trabajos literarios emprendió la tarea gigantesca de traducir los escritos de Platón al latín elegante, y lo logró con éxito. Cristóforo Landino, un discípulo de Marsuppini, sin compartir sus ideas religiosas, enseñó retórica y poesía en Florencia y fue también un hombre de estado. Su comentario sobre Dante, en el cual da la explicación más detallada del significado alegórico del gran poeta, es de valor duradero. Bajo Lorenzo de Medici, el más importante hombre de letras en Florencia fue Angelo Poliziano (m. 1494), primero tutor de los príncipes de Medici y posteriormente profesor y escritor versátil. Fue preeminentemente un filólogo, e hizo traducciones y comentarios sabios sobre los autores clásicos, dedicando atención especial a Homero y a Horacio. Sin embargo, fue superado por el joven y famoso Pico della Mirandola (1462-94), quien, utilizando la frase de Poliziano, "era elocuente y virtuoso, un héroe en lugar de un hombre". Percibió las relaciones entre el helenismo y el judaísmo, estudió la cábala, combatió la astrología y compuso una obra inmortal sobre la dignidad del hombre. Un movimiento literario activo también fue fomentado por el Vizconti y los Sforza en Milán, donde vivió el vano y sin principios Filelfo (1398-1481); por los Gonzaga en Mantua, donde el noble Vittorino da Feltre (m. 1446) condujo su excelente escuela; por los reyes de Nápoles; por los Este en Ferrara, quien gozó de los servicios de Guarino, después de Vittorino el pedagogo más famoso del humanismo italiano; por el duque Federigo de Urbino, e incluso por el libertino Malatesta en Rimini. Los Papas también favorecieron el humanismo. Nicolás V (1447-55) intentó restaurar la gloria de Roma mediante la erección de edificios y la colección de libros. Los intelectos más capaces de Italia se sintieron atraídos a la ciudad; la humanidad y el aprendizaje le deben a Nicolás la fundación de la biblioteca Vaticana, la cual superó a todas las demás en la cantidad y el valor de sus manuscritos (particularmente griegos). El Papa alentó, especialmente, las traducciones del griego, con resultados importantes, aunque nadie ganó el premio de diez mil florines ofrecido por una traducción completa de Homero.

El propio Pío II (1458-64) fue un humanista y había ganado fama como poeta, orador, intérprete de la antigüedad, jurista y estadista; después de su elección, sin embargo, no satisfizo todas las expectativas de sus anteriores asociados, aunque se mostró de varias formas el mecenas de la literatura y del arte. Sixto IV (1471-84) restableció la biblioteca del Vaticano, descuidada por sus precursores, y nombró bibliotecario a Platina. "Aquí reina una increíble libertad de pensamiento", fue la descripción de Filelfo de la Academia Romana de Pomponio Leto (m. 1498), instituto que fue el campeón más destacado de la antigüedad en la capital de la cristiandad. Bajo León X (1513-21) el humanismo y el arte gozaron de una segunda edad de oro. Del ilustre círculo de literati que lo rodeó se puede mencionar a Pietro Bembo (m. 1547) ---famoso como escritor de prosa y poesía, como autor latino e italiano, como filólogo e historiador, pero, a pesar de su alto rango eclesiástico, un hombre verdaderamente mundano. Al mismo grupo pertenecieron Jacopo Sadoleto, también versado en varias ramas de la cultura latina e italiana. El principal mérito del humanismo italiano, como de hecho del humanismo en general, fue que abrió las fuentes verdaderas de la cultura antigua y sacó de ellas, como tema de estudio por su propio bien, la literatura clásica que hasta entonces había sido utilizada de una manera simplemente fragmentaria. Se inauguró la crítica filológica y científica, y avanzó la investigación histórica. El tosco latín de los escolásticos y de los escritores monásticos fue sustituido por la elegancia clásica. Más influyentes aun, pero no con buenos resultados, fueron las opiniones religiosas y morales de la antigüedad pagana. El cristianismo y su sistema ético sufrieron un choque serio. Las relaciones morales, especialmente en el matrimonio, se convirtieron en el objeto de burlas obscenas. En sus vidas privadas muchos humanistas eran deficientes en sentido moral, mientras que la moral de las clases altas degeneró en un lamentable exceso de individualismo desenfrenado. Una expresión política del espíritu humanista es "El Príncipe" (Il Príncipe) de Nicolás Maquiavelo (m. 1527), el evangelio de la fuerza bruta, del desprecio de toda moral y del egoísmo cínico.

El saqueo de Roma en 1527 dio el golpe mortal al humanismo italiano, y las serias complicaciones políticas y eclesiásticas que sobrevinieron previnieron su recuperación. La "Alemania bárbara" hacía tiempo que se había convertido en su heredera, pero allí el humanismo nunca penetró tan profundamente. El fervor religioso y moral de los alemanes les impidió ir muy lejos en su devoción a la antigüedad, a la belleza y a los placeres de los sentidos, y le dio al movimiento humanístico en Alemania un carácter práctico y educativo. Los verdaderos directores del movimiento alemán eran eruditos y profesores íntegros. Sólo Celtes y algunos otros son evocadores del humanismo italiano. La reforma de la escuela y de la universidad fue el principal objetivo y servicio del humanismo alemán. Aunque el interés alemán en la literatura antigua comenzó bajo el reinado de Carlos IV (1347-78), la difusión del humanismo en países alemanes data del siglo XV. Æneas Silvio Piccolomini, luego Pío II, fue el apóstol del nuevo movimiento en la corte de Federico III (1440-93). El famoso erudito Nicolás de Cusa (m. 1464) fue versado en los clásicos, mientras que su amigo George Peuerbach estudió en Italia y luego dio lecciones sobre los poetas antiguos en Viena. Johann Müller de Königsberg (Regiomontan), un discípulo de Peuerbach, estaba familiarizado con el griego, pero fue principalmente famoso como astrónomo y matemático. Aunque Alemania no podía alardear de tantos poderosos mecenas del aprendizaje como en el caso de Italia, el nuevo movimiento no careció de partidarios. El emperador Maximiliano I, el elector Filipo del Palatinado, y su canciller, Johann von Dalberg (más tarde obispo de Worms), el duque Eberhard de Würtemberg, el elector Federico el Sabio, el duque Jorge de Sajonia, el elector Joachim I de Brandemburgo y arzobispo Albrecht de Maguncia fueron todos partidarios del humanismo.

Entre los ciudadanos, también, el movimiento encontró favor y estímulo. En Nuremberg fue apoyado por el antedicho Regiomontano, por los historiadores, Hartmann Schedel y Sigmund Meisterlein, y también por Willibald Pirkheimer (1470-1528), quien había sido educado en Italia, y era un trabajador infatigable en el campo de lo antiguo e histórico. Su hermana, Caridad, una monja apacible, unió a una verdadera piedad un intelecto cultivado. Conrad Peutinger (1465-1547), secretario de la ciudad de Augsburgo, dedicó su ocio al servicio de las artes y las ciencias, mediante la colección de inscripciones y restos antiguos y la publicación, él mismo o a través de otros, de las fuentes de la historia alemana. El mapa de la antigua Roma, que lleva su nombre "Tabula Peutingeriana", le fue legado por su descubridor, Conrado Celtes, pero no fue publicado hasta después de su muerte. Estrasburgo fue la primera fortaleza alemana de las ideas humanistas. Jakob Wimpfeling (m. 1528), campeón del sentimiento y de nacionalidad alemanes, y Sebastian Brant fueron los principales representantes del movimiento, y lograron una amplia reputación debido a su disputas con Murner, que había publicado un artículo en oposición a la "Germania" de Wimpheling, y debido a la controversia referente a la Inmaculada Concepción. Al igual que en Italia, en Alemania surgieron sociedades de eruditos, tal como el "Donaugesellschaft" (Danubiana) en Viena ---cuyo miembro más prominente, Johann Spiessheimer (Cuspinian, 1473-1529), se distinguió como editor e historiador--- y el "Rheinische Gesellschaft" (Rhenana), bajo el antedicho Johann von Dalberg. Cercanamente asociado al último estaba el abad Juan Tritemio (1462-1516), un hombre de logros universales. La vida de estas dos principales sociedades era Conrad Celtes, el apóstol audaz e infatigable apóstol y predicador itinerante del humanismo, hombre de los talentos más variados ---filósofo, matemático, historiador, editor de escritos clásicos y medievales y poeta latino inteligente, que celebraba con versos ardientes los siempre cambiantes amores a sus damas y vivió una vida de complacencia mundana.

Los representantes de los "lenguajes y bellas letras" pronto encontraron también su lugar en las universidades. En Basilea, que, en 1474, había nombrado un profesor de artes liberales y poesía, el movimiento fue representado principalmente por Enrique Glareano (1488-1563), famoso como geógrafo y músico. El humanista más conocido de Tubinga fue el poeta Heinrich Bebel (1472-1518), un patriota ardiente y un admirador entusiasta del estilo y la elocuencia. Su obra más ampliamente conocida es la obscena "Facetiæ". Agrícola (m. 1485), en opinión de Erasmo un estilista y latinista perfecto, enseñó en Heidelberg. El inaugurador del humanismo en Maguncia fue el prolífico autor Dietrich Gresemund (1477-1512). El movimiento aseguró el reconocimiento oficial en la universidad en 1502 bajo el elector Berthold, y encontró en Joannes Rhagius Æsticampianus su partidario más influyente. En el poeta ambulante Peter Luder, Erfurt tuvo en 1460 uno de los primeros representantes del humanismo, y en Jodokus Trutfetter (1460-1519), el maestro de Lutero, un escritor diligente y profesor concienzudo de teología y filosofía. El verdadero guía de la juventud de Erfurt fue, sin embargo, Konrad Mutianus Rufus (1471-1526), un canónigo en Gotha, educado en Italia. Sus principales características fueron su celo por la enseñanza junto a un temperamento agresivo, un gran placer por los libros pero no en hacerlos, el latitudinarismo religioso y el entusiasmo por la antigüedad. El escritor satírico Croto Rubiano, Euricio Cordo, el ingenioso epigramatista, y el elegante poeta y alegre compañero, Eobano Hesso, pertenecían también al círculo de Erfurt.

En Leipzig también, los primeros rastros de la actividad humanista datan de mediados del siglo XV. En 1503, cuando el westfaliano Hermann von dem Busche se estableció en la ciudad, el humanismo tenía allí una representación notable. Desde 1507 a 1511 Æsticampiano también trabajó en Leipzig, pero en el año anterior Von Dem Busche se mudó a Colonia. Desde el principio (1502) Wittenberg estuvo bajo la influencia humanista. Muchas fueron las colisiones entre los campeones de las antiguas filosofía y teología y "los poetas", que adoptaron una actitud algo arrogante. Para el 1520 todas las universidades alemanas habían sido modernizadas en torno al sentir humanístico; la asistencia a las clases sobre poesía y oratoria era obligatoria, se fundaron las cátedras griegas y los comentarios escolásticos sobre Aristóteles se substituyeron por nuevas traducciones. Las escuelas humanistas más influyentes fueron la de Schlettstadt bajo la dirección del westfaliano Ludwig Dringenberg (m. 1477), el profesor de Wimpheling, la de Deventer bajo Alexander Hegius (1433-98), el profesor de Erasmo de Rotterdam, Hermann von dem Busche, y Murmelio, y la de Münster, que experimentó la reforma humanista en 1500 bajo el preboste Rudolf von Langen (1438-1519), y la que bajo el co-rector Joannes Murmellius (1480-1517), autor de numerosos y ampliamente adoptados libros de textos, atrajo discípulos de partes tan distantes como Pomerania y Silesia. También existieron buenas instituciones académicas en Nuremberg, Augsburgo, Estrasburgo, Basilea, etc.

El movimiento humanístico alcanzó su cénit durante las primeras dos décadas del siglo dieciséis en Reuchlin, Erasmo y Hutten. Johann Reuchlin (1455-1522), el "fénix de Alemania", era experto en todas las ramas del conocimiento que se cultivaban en ese entonces. Sobre todo un jurista, experto en griego, una autoridad de primer orden sobre los autores romanos, historiador y poeta, sin embargo logró su principal renombre a través de sus obras filosóficas y sobre el hebreo ---especialmente con su "Rudimenta Hebraica" (gramática y léxico) ---en cuya composición logró la ayuda de eruditos judíos. Su modelo fue Pico della Mirandola, el "conde sabio, el más docto de nuestra época". Estudió la doctrina esotérica de la cábala, pero se perdió en el laberinto de sus problemas abstrusos, y, después de haberse convertido, en el retiro académico, en el orgullo y la gloria de su nación, un incidente peculiar lo llevó repentinamente a la notoriedad europea. A este hecho no se le ha llamado injustamente el punto culminante del humanismo. Johannes Pfefferkorn, un judío bautizado, había declarado el Talmud un insulto deliberado al cristianismo, y había conseguido del emperador un mandato en el que se suprimían las obras hebreas. Al pedírsele su opinión, Reuchlin expresó su personal desaprobación de esta acción basado en argumentos científicos y legales. Enfurecido por esta oposición, Pfefferkorn, en su "Handspiegel", atacó a Reuchlin, y como contestación este último compuso el "Augenspiegel". Los teólogos de Colonia, particularmente Hochstraten, declararon contra Reuchlin, quien entonces apeló a Roma. El obispo de Espira, a quien se le confió la solución del conflicto, se declaró a favor de Reuchlin. Hochstraten, sin embargo, ahora procedió a Roma; en 1516 se emitió un mandato papal que posponía el caso, pero finalmente en 1520, bajo la presión del movimiento luterano, Reuchlin fue condenado a guardar silencio en el futuro sobre dicha materia y a pagar el total de los costos.

Pero más importante que la demanda fue la guerra literaria que la acompañó. Esta lucha fue el preludio a la Reforma. Toda Alemania se dividió en dos campos. Los reuchlinistas, los "defensores de las artes y del estudio de la humanidad", "los famosos hombres brillantes" (clari viri), cuyas cartas aprobatorias (Epistolæ clarorum virorum) Reuchlin había publicado en 1514, predominaban en número e intelecto; el partido de Colonia, al que sus opositores llamaron "los oscurantistas" (viri obscuri), estaban más decididos a la defensa que al ataque. El documento más importante de esta contienda literaria es la sátira clásica de los humanistas, "Las Cartas de los Oscurantistas" (Epistolæ obscurorum virorum, 1515-17), cuya primera parte fue compuesta por Croto Rubiano, y la segunda, substancialmente por Hutten. Aparentemente estas cartas fueron escritas por varios partidarios de la Universidad de Colonia a Ortwin Gratius, su poeta y maestro, y fueron redactadas en latín bárbaro. Pretendían describir la vida y obras de los oscurantistas, sus opiniones y dudas, sus divagaciones y asuntos amorosos. La carencia de cultura, los métodos obsoletos de instrucción y estudio, el gasto perverso de ingenio, la pedantería de los oscurantistas, fueron ridiculizados sin piedad. Aunque el folleto fue dictado por el odio y estaba lleno de exageración imprudente, su originalidad inimitable y el poder de la caricatura aseguraron su éxito. Los humanistas consideraron que la disputa estaba decidida, y cantaron el "Triunfo de Reuchlin". Este último, sin embargo, continuó siendo siempre un partidario verdadero de la Iglesia y del Papa.

Desiderio Erasmo de Rotterdam (1467-1536) fue llamado el "segundo ojo de Alemania". Vivaracho, agudo e ingenioso, fue el líder y oráculo literario del siglo, mientras que su nombre, según el testimonio de un contemporáneo, había pasado al proverbio: " todo lo que es ingenioso, erudito y escrito sabiamente, se llama erásmico, es decir, sin error y perfecto." Es imposible detenernos aquí en su extraordinariamente fructífera y versátil actividad literaria como latinista profundo y revivalista incomparable del griego, como crítico y comentarista, como educador, escritor satírico, teólogo y exégeta bíblico (vea Desiderio Erasmo). Ulrich von Hutten (1488-1523), un caballero de Franconia y entusiasta defensor de las ciencias liberales, fue mejor conocido aun como político y agitador. La consolidación del poder del emperador y la guerra contra Roma fueron los principales artículos de su programa político, que predicó primero en latín y posteriormente en diálogos, poemas y folletos alemanes. Azotó despiadadamente a los juristas y al derecho romano, la inmoralidad y el analfabetismo del clero, la fatuidad de la pedantería poco práctica, pues su meta, por supuesto, era hacerse notable. Finalmente, se alistó al servicio de Lutero y lo alabó en sus últimos escritos como un "héroe de la Palabra", un profeta y un sacerdote, aunque Lutero siempre mantuvo hacia él una actitud de reserva. Hablando adecuadamente, la muerte de Hutten se puede considerar como el final del humanismo alemán. Un movimiento aún más serio, la Reforma, tomó su lugar. La mayoría de los humanistas se opusieron al nuevo movimiento, aunque no se puede negar que ellos, especialmente la generación más joven bajo el liderato de Erasmo y Mutiano Rufo, de muchos modos habían pavimentado el camino para ella.

El progreso del humanismo en otros países se puede repasar más brevemente. En Francia la Universidad de París ejerció una poderosa influencia. Para fines del siglo XIV los estudiantes de esa institución ya eran versados en los autores antiguos. Nicolás de Clémanges (1360-1434) enseñaba la retórica ciceroniana, pero el primer humanista verdadero de Francia fue Jean de Montreuil (m. 1418). En 1455 Gregorio de Citta di Castello, que había residido en Grecia, fue instalado en la universidad para dar clases de griego y retórica. Posteriormente, vinieron de Italia eruditos y poetas ---por ejemplo, Andreas Joannes Lascaris, Julio César Escalígero y Andreas Alciati--- que hicieron a Francia la hija dócil de Italia. Entre los eruditos principales en Francia se puede mencionar a Budé (Budæus), el primer helenista de su época (1467-1540), los pintores consumados Roberto (1503-59) y Enrique (1528-98) Estienne (Stephanus), al cual le debemos el "Thesaurus linguæ Latinæ" y el “Thesaurus linguæ Græcæ”; José Justo Escalígero (1540-1609), famoso por su conocimiento de la epigrafía, la numismática y especialmente la cronología; el filólogo Isaac Casaubon (1559-1614), bien conocido por su excelente edición de los clásicos, y Peter Ramus (1515-72), un estudioso profundo de la filosofía griega y medieval.

El aprendizaje clásico se naturalizó en España a través de la reina Isabel I (1474-1504). Se reorganizó el sistema escolar, y las universidades entraron a una nueva era de prosperidad intelectual. De los eruditos españoles, Juan Luis Vives (1492-1540) gozó de una reputación europea. En Inglaterra el humanismo fue recibido con menos favor. Poggio, de hecho, pasó algún tiempo en ese país, e ingleses jóvenes, como William Grey, un discípulo de Guarino, luego obispo de Ely y canciller privado en 1454, buscó la instrucción en Italia. Pero las condiciones turbulentas de la vida inglesa en el siglo XV no favorecieron el nuevo movimiento. William Caxton (1421-91), el primer impresor inglés, jugó un papel importante en la difusión del aprendizaje clásico. El docto, refinado, caritativo y valeroso Tomás Moro (1478-1535) fue de cierto modo el equivalente intelectual de Erasmo, con quien tenía la más profunda amistad. De especial importancia fue la fundación de excelentes escuelas tales como Eton en 1440, y la de San Pablo (Londres) en 1508. El fundador de esta última fue el decano Juan Colet (1466-1519); el primer rector fue Guillermo Lilly (1468-1523), quien había estudiado griego en la Isla de Rodas, y latín en Italia, y fue el pionero de la educación griega en Inglaterra. Durante la estadía de Erasmo en Oxford (1497-9) encontraron espíritus helenísticos afines en Guillermo Grocyn y Thomas Linacre, los cuales habían sido educados en Italia. Desde 1510 a 1513 Erasmo enseñó griego en Cambridge.


Bibliografía: BURCKHARDT, Die Kultur der Renaissance in Italien (Leipzig, 1908), I, II; VOIGT, Die Wiederbelebung des klassischen Altertums (Berlín, 1893), I, II; GEIGER, Renaissance und Humanismus in Italien und Deutschland (Berlín, 1882); PAULSEN, Geschichte des gelehrten Unterrichts, I (Leipzig, 1896); BRANDI, Die Renaissance in Florenz und Rom (Leipzig, 1909); SYMONDS, Renaissance in Italy, I-V (Londres, 1875-81); GEBHART, Les Origines de la Renaissance en Italie (París, 1879); LINDNER, Weltgeschichte, IV (Stuttgart y Berlín, 1905); The Cambridge Modern History, I, The Renaissance (Cambridge, 1902). Sobre el Renacimiento alemán vea JANSSEN, History of the German People since the Middle Ages, tr., I (San Luis, 1896); y para Italia, SHAHAN, On the Italian Renaissance in The Middle Ages (Nueva York, 1904).

Fuente: Löffler, Klemens. "Humanism." The Catholic Encyclopedia. Vol. 7. New York: Robert Appleton Company, 1910. <http://www.newadvent.org/cathen/07538b.htm>.

Traducido por Arantxa Serantes. rc