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Viernes, 31 de octubre de 2014

Arca de la Alianza

De Enciclopedia Católica

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Contenido

Descripción y Uso

La palabra hebrea aron, usada para denotar el Arca de la Alianza, no nos recuerda una construcción grande, como en el caso del Arca de Noé, sino más bien un cofre o baúl. Generalmente el texto sagrado determina el uso de la palabra; así leemos del Arca del Testimonio (Éxodo 25,16.22; 26,33, etc.), el Arca del Testamento (Éx. 30,26), el Arca de la Alianza de Yahveh (Núm. 10,33; Deut. 10,8, etc.), el Arca de la Alianza (Josué 3,6, etc.), el Arca de Dios (1 Samuel 3,3, etc.), el Arca de Yahveh (1 Sam. 4,6, etc.). De todas estas expresiones, la que se ha vuelto más familiar es el “Arca de la Alianza”.

El Arca de la Alianza era una especie de cofre que medía dos codos y medio de largo, codo y medio de ancho y medio codo de alto (N. de la T.: codo: medida de longitud equivalente a 45 cms., uno y medio pie). Estaba hecha de madera de acacia, revestida por dentro y por fuera con el oro más puro y tenía a su alrededor una moldura o reborde de oro. Para transportarla tenía en las cuatro esquinas, probablemente en el borde superior, cuatro anillas doradas, a través de las cuales se pasaban dos varales de madera de acacia revestidos de oro, los cuales debían permanecer siempre en las anillas, aun cuando el Arca fuese colocada en el Templo de Salomón. La tapa del Arca, llamada “propiciatorio” (la palabra hebrea correspondiente significa tanto “cubrir” como “hacer la expiación”), era también del oro más puro (Ex. 25,10-17).

Sobre el propiciatorio se colocaron dos querubines de oro macizo, uno de cara al otro, con las alas extendidas de modo que cubrieran ambos lados del propiciatorio. Es imposible determinar qué eran exactamente estos querubines; sin embargo, por la analogía con el arte religioso egipcio, se puede suponer que eran imágenes de personas aladas, arrodilladas o de pie. Vale la pena señalar que ésta es la única excepción a la Ley que prohibía a los israelitas hacer imágenes talladas, una excepción tanto más inofensiva a la fe de los israelitas en un Dios espiritual porque el Arca regularmente se mantendría detrás del velo del santuario.

La forma del Arca de la Alianza probablemente fue inspirada por algún artículo del mobiliario de los templos egipcios; pero no debe ser representada como uno de aquellos bari sagrados, o bricbarcas, en los que se transportaba solemnemente en procesión a los dioses egipcios; probablemente fue modelada como el patrón de las naos de oro, plata o madera preciosa que contenían las imágenes de los dioses y emblemas sagrados. Según algunos historiadores de Israel modernos, el Arca, de todos modos análoga a los bari usados en la riveras del Nilo, contenían los objetos sagrados venerados por los hebreos, quizás alguna piedra sagrada, meteórica u otra. Tal declaración procede de la opinión que durante su vida nacional temprana los israelitas eran dados no sólo a la idolatría, sino a su forma más tosca, el fetichismo; que primero adoraron a Yahveh en las cosas inanimadas, luego lo adoraron en el toro, como en Dan y Betel, y que sólo alrededor del siglo VII se elevaron a su concepción de un Dios invisible y espiritual. Pero esta descripción de la historia religiosa israelita no concuerda con las conclusiones más recientes derivadas de los textos. La idolatría de los hebreos no se puede probar más que su politeísmo; por lo tanto el Arca, lejos de ser vista como en la opinión antedicha, debe más bien ser considerada como una señal de la elección que Yahveh había hecho de Israel como su pueblo, y un signo visible de su presencia invisible en medio de su amada nación.

Al principio el Arca estaba destinada a contener el testimonio, es decir, las Tablas de la Ley (Ex. 40,20; Deut. 10,5). Luego se le ordenó a Moisés colocar en el tabernáculo, cerca del Arca, una vasija dorada conteniendo un gomor de maná (Ex. 16,34), y la vara de Aarón que había florecido (Núm. 17,23). Según el autor de la Epístola a los Hebreos (9,4) y las tradiciones judías, éstas fueron puestas dentro del Arca misma. Algunos comentadores, con Calmet, afirman que el libro de la Ley escrito por Moisés había sido asimismo incluido en el Arca; pero el texto dice sólo que el susodicho libro estaba colocado “al lado del Arca” (Deut. 31,26); además, no está claro cómo se debe interpretar este libro, si era el Pentateuco completo, o el Deuteronomio, o parte de él, aunque el contexto parece favorecer las últimas interpretaciones. Como quiera que sea, sabemos por 1 Reyes 8,9, que cuando el Arca fue colocada en el Templo de Salomón, contenía sólo las Tablas de la Ley.

La parte más sagrada del Arca parece haber sido el oráculo, es decir, el lugar desde donde Yahveh hacía sus prescripciones a Israel. “Allí”, el Señor le había dicho a Moisés, “me encontraré contigo, desde encima del propiciatorio, de en medio de los dos querubines colocados sobre el arca del Testimonio, te comunicaré todo lo que haya de ordenarte para los israelitas. (Ex. 25,22). Y de hecho leemos en Números 7,89 que Moisés “entraba a la Tienda del Encuentro para hablar con Él, oía la voz que le hablaba de lo alto del propiciatorio que está sobre el arca del Testimonio, de entre los dos querubines.”

Yahveh solía hablar a su siervo en una nube sobre el oráculo (Levítico 16,2). Probablemente, ese era también el modo en que se comunicaba con Josué después de la muerte del primer líder de Israel (cf. Josué 7,6-11). El oráculo era, por así decirlo, el corazón mismo del santuario, el lugar de la morada de Dios; de ahí que leemos en algunos pasajes del Antiguo Testamento que Yahveh “se sentaba sobre (o más bien, por) el querubín”.

En los últimos años de la historia de Israel los rabinos judíos, con motivo de la reverencia a la santidad de Dios, evitaban pronunciar cualesquiera de los nombres que designaban a la Divinidad en el lenguaje hebreo, tales como El, Elohim, etc., y mucho menos Yahveh , el nombre inefable, es decir, un nombre impronunciable para ninguna lengua humana; en lugar de éstos, ellos usaban metáforas o expresiones que hacían referencia a los atributos divinos. Entre éstos, se volvió muy popular la palabra shekinah, la cual significaba la presencia divina (de shakhan, habitar), de ahí la gloria divina, y había sido sugerida por la creencia en la presencia de Dios en una nube sobre el propiciatorio. El Arca no sólo significaba la presencia en medio de su pueblo, sino que también indicaba las empresas belicosas de Israel; en consecuencia, no podía caer un mayor mal sobre la nación que la captura del Arca por sus enemigos como vemos que sucedió hacia el final del período de los Jueces y quizás también en la toma de Jerusalén por el ejército babilonio en 587 a.C.

Historia

Según la narrativa sagrada registrada en Éxodo 25,10-22, Dios mismo había dado la descripción del Arca de la Alianza, así como la del tabernáculo y todos sus accesorios. La orden de Dios fue cumplida al pie de la letra (Ex. 37,1-9) por Besalel, uno de los hombres diestros nombrados “para concebir y realizar proyectos en oro, plata y bronce, para labrar piedras de engaste, tallar la madera y ejecutar cualquier otra labor de artesanía” (Ex. 35,32-33). Ese día Dios mostró su complacencia al llenar el tabernáculo del testimonio con su gloria, y al cubrirla con la nube que desde entonces sería para su pueblo una señal que los guiaría en sus viajes. No todos los levitas estaban autorizados a guardar el santuario y el Arca, sino que este oficio se le confió a los parientes de Quehat (Núm. 3,28).

Durante la vida en el desierto, cuando se levantaba el campamento, Aarón y sus hijos iban al tabernáculo de la alianza y al Santo de los Santos, descolgaban el velo protector que colgaba en la puerta, cubrían con él el Arca del Testimonio, le ponían una cubierta de cuero fino, luego un paño todo de púrpura, y le ponían los varales (Núm. 4,5-6). Cuando el pueblo plantaba sus tiendas para acampar por algún tiempo en algún lugar, todo se colocaba de nuevo en su orden usual. Durante los viajes el Arca iba antes que el pueblo; y cuando era levantada ellos decían: “Levántate, Yahveh, que tus enemigos se dispersen, huyan delante de ti los que te odian.” Y cuando se detenían decían: “Vuelve, Yahveh, a las miríadas de Israel.” (Núm. 10,33-36). Así el Arca presidía sobre todos los viajes y estaciones de Israel durante su vida nómada en el desierto.

Como se ha dicho antes, el cofre sagrado era el signo visible de la presencia y protección de Dios. Esto se mostró del modo más impactante en diferentes circunstancias. Cuando los espías que habían sido enviados a explorar la Tierra Prometida regresaron y dieron su informe, surgieron murmuraciones en el campamento, que ni las amenazas ni incluso la muerte de los autores pudieron calmar. Contra la voluntad de Dios, muchos israelitas subieron a la montaña para enfrentarse a los amalecitas y cananeos: “ni el arca de la alianza de Yahveh ni Moisés se movieron del campamento” (Núm. 14,44). Y los enemigos bajaron y batieron y destrozaron a los presuntuosos hebreos a quienes Dios no ayudaba. Las próximas dos manifestaciones del poder de Yahveh a través del Arca ocurrieron bajo el liderazgo de Josué. Cuando el pueblo estaba a punto de cruzar el Jordán, “los sacerdotes llevaban el arca de la alianza a la cabeza del pueblo. Y en cuanto los que llevaban el arca llegaron al Jordán, y los pies de los sacerdotes que llevaban el arca tocaron la orilla de las aguas… las aguas que bajaban de arriba se detuvieron y formaron un solo bloque a gran distancia… mientras que las que bajaban hacia el mar de la Arabá, o Mar de la Sal, se separaron por completo, y el pueblo pasó frente a Jericó. Los sacerdotes que llevaban el arca de la alianza de Yahveh se estuvieron a pie firme, en seco; en medio del Jordán, hasta que toda la gente acabó de pasar el Jordán.” (Josué 3,14-17).

Pocos días después, Israel sitió a Jericó. Por orden de Dios el Arca fue cargada en procesión alrededor de la ciudad durante siete días, hasta que las murallas se derrumbaron al sonido de las trompetas y los gritos del pueblo, dándole así al ejército atacante una abertura al lugar (Jos. 6,6-21). Luego, después de tomar e incendiar a Ay, vemos que el Arca ocupa el lugar más prominente en la solemne reunión del pueblo realizada entre el Monte Garizim y el Monte Ebal (Jos. 8,33).

Al establecerse los israelitas en la Tierra Prometida, se hizo necesario escoger un lugar para erigir el tabernáculo y mantener el Arca de la Alianza; se seleccionó a Silo, en el territorio de Efraín, cerca del centro del territorio conquistado (Jos. 18,1). Allí, de hecho, encontramos la “casa del Señor” (Jueces 18,31; 20,18), durante el período obscuro que precedió al establecimiento del Reino de Israel, con su sumo sacerdote, a cuyo cuidado se había confiado el Arca. ¿Se quedó permanentemente en Silo el precioso paladión de Israel, o era sacado de allí cuando una emergencia lo requería, como, por ejemplo, durante expediciones guerreras? Este punto apenas se puede afirmar. Sea como fuere, la narrativa que cierra el Libro de los Jueces supone la presencia del Arca en Betel. Es cierto que algunos comentadores, siguiendo a San Jerónimo, traducen aquí la palabra Betel como si fuese un nombre común (casa de Dios); pero su opinión parece apenas reconciliable con los otros pasajes donde se halla el mismo nombre, pues los mismos se refieren indudablemente a la ciudad de Betel.

Este no es el lugar para discutir en detalle las diversas explicaciones presentadas para zanjar la dificultad; base decir que no autoriza al lector a concluir, como han hecho muchos, que probablemente existían varias Arcas dispersas por el territorio de Israel. Este señalamiento, de que el Arca era transportada aquí y allá según lo requirieran las circunstancias, es demostrado por lo que leemos en la narración de los eventos que produjeron la muerte de Elí. Los filisteos le habían hecho la guerra a Israel, cuyo ejército en el primer encuentro le dio la espalda al enemigo, fueron derrotados completamente y sufrieron grandes pérdidas. A partir de esto los ancianos del pueblo sugirieron que el Arca de la Alianza fuese traída ante ellos para salvarlos de manos de sus enemigos. Así que el Arca fue traída de Silo y la recibieron en el campamento tales aclamaciones de los israelitas que los corazones de los filisteos se llenaron de pánico. Confiando en que la presencia de Yahveh en medio de su ejército significaba cierta victoria, el ejército hebreo emprendió de nuevo la batalla, para encontrarse con una derrota aún más desastrosa que la primera, y lo que completó la catástrofe fue que el Arca de Dios cayó en manos de los filisteos (1 Samuel 4).

Según la narrativa bíblica, comenzaron para el cofre sagrado una serie de memorables peregrinaciones a través de las ciudades del sur de Palestina, hasta que fue llevada solemnemente a Jerusalén, y nunca más regresó a su antiguo lugar en Silo. Los filisteos opinaron que la toma del Arca significaba una victoria de sus dioses sobre el Dios de Israel, por lo tanto la llevaron a Asdod y la colocaron como un trofeo en el templo de Dagón. A la mañana siguiente hallaron que Dagón había caído de bruces en tierra delante del Arca; lo levantaron y lo colocaron de nuevo en su lugar, y a la mañana siguiente hallaron de nuevo a Dagón en el piso, malamente mutilado. Al mismo tiempo una cruel enfermedad (quizás la plaga bubónica) azotó a los asdodeos, mientras que una terrible invasión de ratas afligió a todo el territorio circundante. Muy pronto se le atribuyeron estos castigos a la presencia del Arca dentro de las paredes de la ciudad, y los consideraron como un juicio directo de Yahveh. Por lo tanto la asamblea de los gobernantes filisteos decidió remover el Arca de Asdod y llevarla a otro lugar. Fue llevada sucesivamente a Gat y a Ecrón, a donde el Arca llevó consigo los mismos azotes que habían causado su remoción de Asdod. Finalmente, luego de siete meses, por sugerencia de sus sacerdotes y adivinadores, los filisteos decidieron renunciar a su pavoroso trofeo.

La narrativa bíblica adquiere aquí un interés especial para nosotros, por la visión que obtenemos del espíritu religioso entre los pueblos antiguos. Construyeron una carreta nueva, tomaron dos vacas que estaban criando, las uncieron a la carreta y encerraron sus becerros en el establo. Pusieron el Arca sobre la carreta, junto con una pequeña caja que contenía ratas doradas e imágenes de sus tumores. Entonces las vacas por sí mismas tomaron el camino derecho hacia el territorio de Israel. Tan pronto los betsemitas reconocieron el Arca sobre la carreta que venía hacia ellos, fueron gozosos a su encuentro. Cuando la carreta llegó al campo de un cierto Josué, se detuvo allí, y como allí había una gran piedra, astillaron la madera de la carreta y ofrecieron las vacas en holocausto a Yahveh. Con este sacrificio terminó el exilio del Arca en la tierra de los filisteos. Sin embargo, el pueblo de Bet Semes no disfrutó por largo tiempo la estancia del Arca entre ellos. Algunos de ellos no se alegraron cuando la vieron, por lo cual Dios los castigó severamente: setenta hombres fueron castigados por su atrevimiento (el texto generalmente aceptado dice setenta hombres y cincuenta mil del pueblo, pero esto es apenas creíble pues Bet Semes era sólo un pequeño lugar en el campo). Asustados por esta señal de la ira divina, los betsemitas enviaron mensajeros a los habitantes de Quiryat Yearim para decirles que los filisteos habían devuelto el Arca, y los invitaron a llevarla a su propio pueblo. Así los hombres de Quiryat Yearim vinieron y se llevaron el Arca a la casa de Abinadab, a cuyo hijo Eleazar consagraron a su servicio (1 Samuel 7,1).

El texto hebreo real, así como la Vulgata y todas las traducciones que dependen de ella, insinúan que el Arca estaba con el ejército de Saúl en la famosa expedición contra los filisteos, narrada en 1 Samuel 14. Este es un error debido probablemente a algún escriba quien, por razones teológicas, substituyó el “arca de Dios” por el efod. La traducción griega da aquí la variante correcta; en ningún otro sitio, de hecho, en la historia de Israel, oímos del Arca de la Alianza como un instrumento de adivinación. Por lo tanto, se puede afirmar con certeza que el Arca permaneció en Quiryat Yearim hasta la época de David. Es natural que después que ese príncipe tomó a Jerusalén y la hizo capital de su reino, el desearía hacerla también su centro religioso, con cuyo propósito desearía llevar allí el Arca de la Alianza. De hecho, el Arca indudablemente gozaba de gran veneración entre el pueblo; era vista como el paladión con el cual se asociaba hasta ese entonces tanto la vida religiosa como política de Israel. Por lo tanto, nada pudo realizar más adecuadamente el deseo de David que tal traslado.

Leemos en la Biblia dos relatos de tan solemne evento: el primero se halla en el cap. 6 del Segundo Libro de Samuel; en el otro, de fecha muy posterior, el cronista recopiló la mayor parte del relato anterior con algunos elementos que reflejan las ideas e instituciones de su propio tiempo (1 Crón. 13). Según la narración de 2 Samuel 6, que es la que seguiremos, David fue con gran pompa a Baalá de Judá, o Quiryat Yearim, para llevarse de allí el Arca de Dios. Fue puesta sobre una carreta nueva y sacada de la casa de Abinadab. Ajyó y Uzzá, hijos de Abinadab, guiaban la carreta, el primero al frente y el segundo al lado, mientras que el rey y el pueblo que estaban con él, escoltaban el cofre sagrado bailando, cantando y tocando instrumentos. Sin embargo, ese día, como el de la venida del Arca a Bet Semés, fue entristecido por la muerte. En cierto punto de la procesión los bueyes resbalaron, Uzzá inmediatamente extendió la mano para sujetar el Arca, pero cayó muerto al instante. David, asustado por este incidente, y ahora renuente a llevar el Arca a Jerusalén, la hizo llevar a la casa de Obededom de Gat, que estaba probablemente en las cercanías de la ciudad. La presencia del Arca fue una fuente de bendición para la casa donde estaba.

Estas noticias animaron a David a completar la obra comenzada. Tres meses después del traslado, por lo tanto, vino de nuevo con gran solemnidad y removió el Arca de la casa de Obededom a la ciudad, donde fue colocada en su lugar en medio del tabernáculo que David había hecho levantar para ella. Una vez más fue sacada el Arca de Jerusalén cuando David tuvo que huir debido a la rebelión de Absalón. Mientras el rey estaba en el valle del Cedrón, el pueblo pasaba ante él hacia el desierto. Entre ellos estaban Sadoq y Abiatar, llevando el Arca; cuando David los vio, les ordenó devolver el Arca a la ciudad: “Si he hallado gracia a los ojos de Yahveh, me hará volver y me permitirá ver el Arca y su morada”. Cumpliendo esta orden, Sadoq y Abiatar devolvieron el Arca a Jerusalén (2 Samuel 15,24-29). Sin embargo, la tienda que David había levantado para guardar el Arca no sería su última morada. El rey de hecho había pensado en un templo más digno de la gloria de Yahveh. Aunque la construcción de ese edificio sería obra de su sucesor, David mismo se tomó a pecho la consecución y preparación de los materiales para su erección.

Desde el mismo comienzo del reinado de Salomón, éste mostró la mayor reverencia hacia el Arca, especialmente después del misterioso sueño en que Dios le contestó su petición de sabiduría prometiéndole sabiduría, riquezas y honor, él ofreció holocaustos y sacrificios de comunión ante el Arca de la Alianza de Yahveh. (1 Reyes 3,15). Cuando el Templo y todos sus accesorios hubieron sido terminados, Salomón, antes de la dedicación, reunió a los ancianos de Israel, para que trasladaran solemnemente el Arca desde el lugar donde David la había colocado hasta el Santo de los Santos. De vez en cuando se sacaba de allí, ya sea para acompañar expediciones militares, o para aumentar el esplendor de las celebraciones religiosas, quizás también para cumplir los deseos impíos de reyes malvados. No importa cómo haya sido, el cronista nos dice que Josías ordenó a los levitas regresarla a su lugar en el Templo, y les prohibió sacarla de allí en el futuro (2 Crón. 35,3). Pero la memoria de este carácter sagrado pronto pasaría. En una de sus profecías referentes a los tiempos mesiánicos, Jeremías anunció que sería olvidada completamente: “no se hablará más del Arca de la Alianza de Yahveh, no vendrá en mientes, no se acordarán ni se ocuparán de ella, ni será reconstruida jamás.” (Jer. 3,16).

¿Dónde Está Ahora?

Jeremías

Existen varias tradiciones sobre lo que le sucedió al Arca tras la caída de Jerusalén en 587 d.C., una de las cuales ha hallado aceptación en los libros sagrados. En una carta de los judíos de Jerusalén a los que estaban en Egipto, se hallan los siguientes detalles según copiados de un escrito de Jeremías:

“Se decía también en el escrito como el profeta, después de una revelación, mandó llevar consigo la tienda y el Arca; y cómo salió hacia el monte donde Moisés había subido para contemplar la heredad de Dios. Y cuando llegó Jeremías, encontró una estancia en forma de cueva; allí metió la tienda, el Arca y el altar del incienso, y tapó la entrada. Volvieron algunos de sus acompañantes para marcar el camino, pero no pudieron encontrarlo. En cuanto Jeremías lo supo les reprendió diciéndoles: Este lugar quedará desconocido hasta que Dios vuelva a reunir a su pueblo y les sea propicio. El Señor entonces mostrará todo esto; yt aparecerá la gloria del Señor y la Nube, como, como se mostraba en tiempo de Moisés, y cuando Salomón rogó que el lugar fuera solemnemente consagrado.” (2 Mac. 2,4-8).

Según muchos comentadores, la carta de la que alegadamente se copió las líneas anteriores no se puede considerar como poseedora de autoridad divina, pues, como regla, una cita permanece en la Biblia como era fuera del escrito inspirado; la imposibilidad de datar el documento original hace difícil pasar juicio sobre su confiabilidad histórica. De todos modos la tradición que contiene, que se remonta por lo menos a dos siglos antes de la era cristiana, no puede ser descartada sobre meros argumentos a priori.

El Apocalipsis de Esdras:

Lado a lado con esta tradición, encontramos otra mencionada en el Apocalipsis de Esdras, según la cual el Arca de la Alianza fue tomada por el ejército victorioso que saqueó Jerusalén (IV Esdras X,22). Ciertamente esto es lo más posible, cuanto más por lo que vemos en 2 Reyes 25, que las tropas babilónicas se llevaron del Templo todo el oro, plata, y cobre del que pudieron echar mano.

El Talmud:

De todos modos, ninguna de estas tradiciones es más confiable que la adoptada por los redactores del Talmud, quienes nos dicen que el Arca fue escondida por el rey Josías en un lugar muy secreto preparado por Salomón para un caso que el Templo fuese tomado y quemado. Era una creencia común entre los antiguos rabinos que sería hallada al regreso del Mesías. Sea como fuere, todo esto es incuestionable; es decir que el Arca nunca se menciona entre los accesorios del segundo Templo. Si se hubiese conservado allí, muy probablemente se hubiese aludido a ella aquí o allá, por lo menos en ocasión de tales ceremonias como la consagración del nuevo Templo, o el reestablecimiento del culto, tanto después del Exilio como durante los tiempos de los Macabeos. Ciertamente, el cronista que vivió en la época post exílica dice del Arca (2 Crón. 5,9) que “allí están hasta el día de hoy”. Pero se acepta generalmente sobre buenas bases que el susodicho escritor usó y entretejió juntos en su obra narrativas pertenecientes a tiempos anteriores, sin siquiera cambiarle una sola palabra. Si, como los comentadores serios admiten, el pasaje anterior es una de esas “citas implícitas”, se puede inferir de ella que el cronista probablemente no intentaba afirmar la existencia del Arca en el segundo Templo.

El Arca en la Tradición Católica

La tradición católica, guiada por los Padres de la Iglesia, ha considerado el Arca de la Alianza como uno de los símbolos más ricos y puros de las realidades de la Nueva Ley. Significa, en primer lugar, al Verbo Encarnado de Dios. “Cristo mismo”, dice Santo Tomás de Aquino, “era simbolizado en el Arca. Pues del mismo modo que el arca estaba hecha de madera de acacia, así mismo el Cuerpo de Cristo estaba compuesta por la substancia humana más pura. El Arca estaba completamente revestida de oro, porque Cristo estaba lleno de sabiduría y caridad, las cuales simboliza el oro. En el Arca había un vaso dorado: éste representa la muy santa alma de Jesús llena de la plenitud de la santidad y la divinidad, figurada por el maná. También contenía la vara de Aarón para indicar el sacerdocio eterno de Jesucristo sacerdote. Finalmente las tablas de la Ley estaban en el Arca, para denotar que Jesucristo es el autor de la Ley”. A estos puntos tocados por el Doctor Angélico, se puede añadir que la Ascensión de Cristo a los cielos después de su victoria sobre la muerte y el pecado está figurada en la llegada del Arca a Sión. San Buenaventura ha visto también en el Arca una representación mística de la Sagrada Eucaristía. Del mismo modo también se puede considerar el Arca como una figura mística de la Bendita Virgen María, a la que la Iglesia llama “Arca de la Alianza”---Faederis Arca.


Bibliografía: KITTO, The Tabernacle and Its Furniture (Londres, 1849); LAMY, De tabernaculo, de sancta civitate et templo (París, 1720); LIGHTFOOT, Obras, Vol. I, Descriptio templi hiersol.; POELS, Examen critique de l'histoire du sanctuaire de l'arche (Lovaina y Leyden, 1897); VIGOUROUX, La Bible et les decouveries modernes (París, 1889), II and III.

Fuente: Souvay, Charles. "Ark of the Covenant." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. <http://www.newadvent.org/cathen/01721a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina