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Viernes, 21 de septiembre de 2018

Revisión de la Vulgata

De Enciclopedia Católica

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En la primavera de 1907, la prensa pública anunció que Pío X había decidido iniciar los preparativos para una revisión crítica de la Biblia en latín. La necesidad de tal revisión había sido ampliamente reconocida y, de hecho, constituyó un tema en el programa de la Comisión Bíblica establecido por el Papa León XIII. A pesar del cuidado que se le había concedido durante cuarenta años al texto de la edición auténtica emitida por el Papa Clemente VIII, en 1592, se había reconocido desde el principio que el texto tendría que ser revisado algún día, y que de cierto modo esta revisión clementina era inferior a la versión sixtina de 1590, a la que había sustituido precipitadamente. Muchas generaciones han pasado sin la realización de esta esperada revisión. Las últimas décadas han sido eminentemente un plazo para el examen crítico de los textos, clásicos y otros, y últimamente se ha instado frecuentemente a las autoridades eclesiásticas de que ha llegado el tiempo cuando se deben aplicar los principios bien establecidos de la crítica textual para determinar el texto latino más correcto de la Sagrada Escritura. Los individuos privados, como el sabio barnabita Fray Carlo Vercellone, habían hecho algo para preparar el terreno para dicha obra mediante la colección de variantes de manuscritos, etc, y estas obras habían recibido el agradecimiento y otras señales de aprobación de las autoridades de la época, pero no se tomó ninguna acción oficial hasta que el Papa San Pío X anunció su intención de prepararse para la revisión.

En mayo de 1907, los abades presidente de las distintas congregaciones benedictinas reunidos en Roma recibieron una comunicación del cardenal Rampolla, solicitando a la Orden en nombre del Papa que comenzaran las primeras etapas en el proceso de revisión de los textos de la Vulgata. Si bien los padres reconocen plenamente que esta obra necesariamente debe ser ardua, largo y costosa, votaron unánimemente por la aceptación de la honrosa tarea que así se les encomendó. En el otoño del mismo año, el que esto escribe (Francis Aidan Cardenal Gasquet), fue nombrado jefe de una pequeña comisión de benedictinos para organizar el trabajo, para considerar el mejor medio de cumplir con los deseos del Papa, y para determinar los principios sobre los que debía proceder el trabajo de las revisiones.

Puesto que se ha expresado duda considerable sobre el alcance exacto de la actual Comisión, puede ser útil aquí establecer claramente que su fin no es producir una Biblia Latina, a ser propuesta como un texto oficial para la aprobación de la Iglesia, sino meramente dar un paso preliminar hacia la versión oficial. El objeto se establece claramente en el cargo que el Papa da a la Comisión; el cual es determinar lo más exactamente posible el texto de la traducción latina de San Jerónimo, hecha en el siglo IV. En todos lugares se admite que este texto es una necesidad absoluta como base de cualquier revisión más extensa y crítica.

El texto latino de la Sagrada Escritura había existido desde los primeros tiempos del cristianismo. San Agustín y San Jerónimo no conocieron al traductor o traductores. pero el primero dice que la antigua versión latina ciertamente provenía "de los primeros días de la fe”, y el segundo que "ha contribuido a fortalecer la fe de la Iglesia naciente ". Hecha y copiada sin supervisión oficial, estos textos occidentales pronto se volvieron corruptos o dudosos y para la época de San Jerónimo Habían variado tanto que el doctor pudo declarar que había casi "tantas variantes como códices". Como declaró Richard Bentley en su comunicado al arzobispo Wade, fue esto “lo que obligó a Dámaso, obispo de Roma, a emplear a San Jerónimo para que ajustara la última traducción revisada de cada parte del Nuevo Testamento al griego original, y comenzara una nueva edición tan castigada y corregida.” Esto mismo hizo San Jerónimo, según lo declara en su prefacio "ad Graecam Veritatem, ad exemplaria Graeca sed Vetera."

Al presente (1907) los estudiosos están prácticamente de acuerdo en cuanto a la competencia de San Jerónimo para la obra que le había encomendado el Papa San Dámaso. Él, además, tenía acceso a los manuscritos griegos y otros, incluso en ese momento considerados antiguos, que ahora no se sabe si existen; pudo comparar docenas de textos importantes, y tenía la “Hexapla” de Orígenes y otros medios de determinar el valor de su material, que no poseemos nosotros ahora. Es evidente que el texto puro de San Jerónimo debe formar la base de cualquier versión crítica de la Biblia Latina, y, lo que es más, que debe tenerse en cuenta en cualquier edición crítica de la versión griega de Los Setenta del Antiguo Testamento y los diversos textos griegos del Nuevo Testamento, cuyas copias manuscritas no son más antiguas que la traducción al latín de San Jerónimo hecha sobre copias antiguas en ese entonces. Ya en 1716 Richard Bentley, el gran erudito, vio la importancia de la traducción de San Jerónimo. “Era evidente para mí ", escribe, "que cuando dicha copia vino primero de la mano de ese gran Padre, debe coincidir exactamente con los ejemplares griegos más auténticos; y si ahora pudiese ser recuperado, sería el mejor texto y garantía para la verdadera interpretación de los varios supuestos”. Sustancialmente, sin duda, el actual texto clementino auténtico representa al que produjo San Jerónimo en el siglo IV, pero no es menos cierto que el texto impreso necesita un examen más cuidadoso y mucha corrección mucho para hacerlo concordar con la traducción de San Jerónimo. No se sabe si existe alguna copia del texto actual; y las corrupciones introducidas por los escribas, etc, en los siglos posteriores a San Jerónimo, e incluso el trabajo bien intencionado de los diversos correctores, han hecho muy difíciles y delicadas las labores de tratar de recuperar el texto exacto de los manuscritos existentes. Esto, sin embargo, es el trabajo que debe hacerse como el primer paso en la revisión de la Vulgata. En consecuencia, es el objetivo de la actual Comisión para determinar con toda exactitud posible el texto latino de San Jerónimo y no producir una nueva versión de las Escrituras en latín. Por supuesto, es completamente otra cuestión el determinar en qué medida San Jerónimo estuvo correcto en su traducción: resolver esto sin duda será obra de alguna comisión futura.

En el otoño de 1907, el autor de este artículo llegó a Roma para los preparativos para el comienzo de la obra así confiadas a la Orden Benedictina. Desde el principio Pío X manifestó su interés personal en el trabajo, y discutió varios puntos de detalle. Dejó en claro que deseaba que el trabajo de revisión se realizará sobre los métodos científicos más autorizados de los tiempos modernos y que no se escatimara en gastos para garantizar un trabajo minucioso y preciso en la recopilación y comparación de manuscritos. El 3 de diciembre de 1907 le dirigió una carta a la Comisión a fin de dejar claro, de forma tan pública como fuese posible, su propio y personal interés en la obra. Expresó su deseo de que se hiciese un examen exhaustivo de las bibliotecas públicas y privadas de Europa para arrojar luz sobre cualquier manuscrito desconocido hasta el momento y para proporcionar copias fidedignas y colaciones de los más importantes textos antiguos. Instó a todos los que de alguna manera podrían ayudar en la promoción de este trabajo a así hacerlo, ya fuese por servicio personal o por ayudar a sufragar los gastos con sus limosnas, y les concedió a todos su bendición apostólica.

Antes del inicio del año 1908, la pequeña Comisión había iniciado sus sesiones en Roma, que se ocuparon principalmente durante algunos meses en considerar la mejor manera de comenzar el trabajo. Con el fin de reunir a las intercalaciones de los varios manuscritos, se determinó imprimir una edición del texto clementino para ser usada por los implicados en el trabajo. Tres métodos parecían abiertos: las variantes podían ser escritas en hojas de papel con referencia a un texto ya impreso; o por este medio el texto elegido podría ser impreso para trabajarlos de tal modo que las variantes de manuscritos pudiesen ser entradas a las hojas según preparadas. El Papa mismo escogió este último método, quien deseaba que se adoptara el mejor sistema a pesar del gran gasto que esto conllevaba al imprimir la Biblia completa.

La impresión de esta Biblia tomó un tiempo considerable, y no fue hasta el otoño de 1908 que estuvo lista para su distribución. La edición se ha impreso de tal manera que la impresión ocupa aproximadamente un tercio de cada página, y el resto se deja en blanco; no hay letras mayúsculas ni paradas; y ninguna palabra se divide entre dos líneas. De este modo se corrige más fácilmente el texto impreso de acuerdo con cualquier manuscrito con el que se compare. Si hay una letra mayúscula en los manuscritos, se indica con dos rayas debajo de la letra impresa; si una palabra o letra, etc., es diferente en los manuscritos, se corrige en la hoja impresa del modo usual que se corrige una hoja de prueba. Las adiciones de palabras o frases o su ausencia en el manuscrito se muestran en la forma habitual. Cuando las hojas impresas han sido plenamente cotejadas, si esto se hizo correctamente, el resultado es que la copia corregida de la Biblia o cualquier libro de la Biblia representan, o debería representar, exactamente el manuscrito. Para garantizar un trabajo preciso se estableció la norma de que no se aceptaría como definitivo ningún cotejo de cualquier manuscrito a menos que la recopilación hecha por un trabajador fuese revisado por otra persona.

La Biblia impresa de esta manera ocupó casi 5,000 páginas; el Antiguo Testamento ocupó aproximadamente 4000; los Salmos, 299 páginas y las Epístolas de San Pablo, 278 páginas. La versión de los Salmos preparada para los trabajadores se organizó de una nueva forma, que ha demostrado ser muy útil en la práctica. San Jerónimo fue el responsable de tres versiones de los Salmos. Su primera recensión se hizo sobre la versión latina en uso en este tiempo. La comparó con el griego de la Versión de los Setenta, y emitió sus correcciones, que fueron aceptadas y pasaron al uso, especialmente en Italia, llegando a ser conocida como la “versión romana". Sin embargo, al poco tiempo San Jerónimo descubrió que las correcciones que había hecho no eran adecuadas, e hizo una segunda recensión con más correcciones del griego, que posteriormente fue aceptada en Francia, y fue la versión más usada en la Galia cristiana, etc., y se llegó a conocer como la "galicana". Poco a poco esta recensión sustituyo la “versión romana", que, sin embargo, permaneció en uso en Roma durante un tiempo considerable, y en la actualidad (1907) todavía se utiliza en el Oficio Divino que se canta en la Basílica de San Pedro. La “versión romana" fue la que San Agustín de Canterbury trajo a Inglaterra cuando vino de Roma, y al parecer siguió siendo la versión más común en ese país hasta la conquista normanda.

Las dos versiones que hizo San Jerónimo, al corregir la antigua versión en latín a la vista de la versión griega, naturalmente contenía muchas cosas que eran iguales. Para demostrar esto de un vistazo la parte común ha sido impresa en el centro del texto y las variantes a cada lado, en uno las variantes de la "Romana", en el otro las de la "Galicana". Con la ayuda de este impreso es posible ver de una vez qué versión hay que cotejar, y el espacio vacío en la página sirve para el cotejo de cualquier versión. La tercera versión hecha por San Jerónimo en un período posterior de su vida se tradujo directamente del hebreo. Aunque San Jerónimo consideró que esta versión representaba realmente el verdadero sentido del salmista, nunca fue aceptada por la Iglesia para uso práctico. Se encuentran en algunas Biblias, especialmente de origen español, ya sea como una adición a la “versión galicana” usual, o en lugar de ella. A los efectos de cotejar este salterio de San Jerónimo A partir del hebreo era necesario imprimir el mejor texto del mismo por separado.

La impresión de esta Biblia duró casi doce meses, y la preparación del texto y las correcciones de las hojas de prueba por sí solos no fueron tarea fácil. Se imprimieron cien copias en el mejor papel de tina para ser utilizado en el cotejo de los manuscritos más importantes; doscientas en papel ordinario para libros para los menos importantes; y cien en papel fino para llevarlo a varias bibliotecas con mayor facilidad de lo que habría sido el caso con Biblias impresas en papel más pesado.

Estas hojas para cotejo han estado en uso desde principios de 1909, y ya las copias cotejadas, que han sido devueltas a San Anselmo, Roma, forman una considerable colección de unos sesenta y cinco volúmenes. Cuando se reciben las hojas terminadas se encuadernan fuertemente en volúmenes que contienen porciones de la Biblia que ocupan quizás seis o siete volúmenes. Así, cuando se termine el cotejo completo del manuscrito ya comenzado, habrá más de un centenar de volúmenes encuadernados en las estanterías de la sala de trabajo en Roma.

Para determinar la importancia de cualquier texto, obviamente, es de valor poder determinar de qué lugar o país provino originalmente el manuscrito. Esto a veces es muy difícil, y cualquier ayuda en la solución de esta cuestión es de gran utilidad, ya que con frecuencia muestra la influencia de que fue objeto el manuscrito en el proceso de preparación. Se entiende ahora que "capítulos" o "breves", o, como podríamos llamarlos, "tablas de contenido", que en las Biblias más antiguas se encuentran antes de cada libro de la Sagrada Escritura y son de gran valor para determinar el lugar o país de origen. Puesto que estos “capitula” no eran parte del texto sagrado, a menudo variaba en número y forma de expresión, de acuerdo con el deseo de la autoridad dedicada a la copia de un manuscrito. El escriba ordinario, sin duda, copiaba exactamente lo que estaba ante él, incluso los "capitula" del volumen particular. Pero cualquier hombre especialmente erudito o alguien interesado en el texto sagrado por alguna razón u otra, no dudaría en hacer sus propias divisiones y expresar el contenido a su propio modo. Estos serían probablemente copias posteriores por escribas locales, y las variaciones posiblemente determinarían ahora la localidad donde se realizó el manuscrito. A los efectos de la recopilación y organización de las diferentes versiones de estos “capitula”, se elaboraron tablas, en las que se podía observar fácilmente los cambios. Ya la recopilación de estas porciones extra-bíblicas de los manuscritos más antiguos es tan considerable que se ha hecho posible organizarlas provisionalmente en un volumen que se está imprimiendo para ayudar a los investigadores en las diversas bibliotecas para clasificar, al menos en primera instancia, los manuscritos que pasan por sus manos.

Otra obra que ha sido necesario emprender de inmediato, a fin de ayudar al trabajador en las bibliotecas de Europa, es una lista a mano provisional de los manuscritos bíblicos latinos, biblias enteras, partes o fragmentos de Biblias. En esta se espera dar indicaciones de dónde, si todos, se han registrado o publicado estos manuscritos, y que gradualmente la Comisión sea capaz de recolectar y publicar un cuerpo de todos los manuscritos y fragmentos bíblicos latinos. La preparación de esta lista manual no está muy avanzada.

En el curso de las investigaciones de los manuscritos de la Vulgata era probable que salieran a la luz muchos fragmentos de la antigua versión latina y otros documentos importantes. Como, por otra parte, era necesario, a fin de determinar el texto de San Jerónimo, conocer las versiones de la Escritura qué el tuvo para trabajar, la Comisión determinó publicar de tiempo en tiempo el más importante de ellas bajo el título general de "Collectanea Biblica Latina". En esta colección aparecerían dos antiguos salterios casinenses, editados por el abad Amalle; fragmentos de la antigua Biblia latina, desde el margen de la Biblia León, y un manuscrito encontrado por Dom Donatien de Bruyne en España; el Pentateuco de Tours, editado por Dom Henre Quentin, etc. Pronto se le hizo evidente a la Comisión que era necesario utilizar la fotografía en la labor de cotejo. Era obvia la utilidad de una gran colección de representaciones fotográficas de manuscritos bíblicos. Nadie es absolutamente exacto en el cotejo, y cuando se comparan los diferentes cotejos, algunas veces deben surgir dudas sobre la variante correcta. Si la colación es una que se ha hecho de una transcripción en alguna biblioteca muy distante, es imposible al momento resolver la duda y sin gran dificultad y el gasto de mucho tiempo y problemas. La posesión de una copia fotográfica del manuscrito permite que se verifique la variante en pocos minutos.

Por otra parte, las copias fotográficas ayudan considerablemente en el proceso de cotejo. Si la fotografía es realmente buena, es más fácil trabajar con ella que con el manuscrito, y el trabajador no está atado a las horas y días de la biblioteca en la que se preserva. Por otra parte, las fotografías se pueden enviar a personas dispuestas y capaces de hacer el trabajo, que no pueden ir al lugar donde está el manuscrito.

Se resolvió adquirir el mejor aparato posible, y Dom Henri Quentin se encargó de velar por el departamento de la comisión. Mons. Graffin, que tenía una larga experiencia con el proceso de negro y blanco en la copia de manuscritos orientales, puso sus conocimientos a disposición de la Comisión, y los resultados obtenidos han sido incluso mejores de lo previsto. La máquina utilizada es capaz de producir copias en cualquier tamaño deseado, y hay ahora volúmenes encuadernados de fotografías desde tamaño folio a octavo pequeño. Copias de muchos de los manuscritos bíblicos más importantes ya han sido tomadas en París, Londres, Roma y otros lugares, y recientemente se añadió a la creciente colección de la Comisión una reproducción fotográfica completa del Códice Amiatino, con sus varios cientos de folios. La lista hecha en noviembre de 1911 produjo alguno ciento de volúmenes encuadernados de fotografías. Muchos de éstos ya han sido comparados, y otros esperan ser despachados a colaboradores para someterse al proceso.

Debido a los defectos de los manuscritos mismos, y, a veces, por supuesto, en las fotografías, ha sido necesario cotejar la copia con el texto original. Cuando hay algún defecto o lugar de duda en cuanto a la variante de la fotografía, la interpretación se consigna en el margen de la fotografía montada. Cuando esto se ha hecho, el resultado es que la copia es una reproducción tan perfecta del texto original como es posible obtener, y las colecciones de fotocopias y manuscritos cotejados con los textos impresos de la Biblia preparada por la Comisión, forman como una masa de material para fines de trabajo tan bueno como es posible adquirir.

Además del material para la revisión del texto actual, la Comisión se ha esforzado durante los últimos dos años por reunir una colección de todos los textos bíblicos ya en imprenta. Este ha sido un proceso difícil y costoso, pero ha habido progresos considerables con esta rama de la obra, y la presente colección en los estantes de la sala de trabajo en Roma, ya ha demostrado cuán útil y necesario es tener todos estos textos a la mano para referencia.

El proceso de recopilación de las variantes de los diferentes manuscritos con el propósito de comparación comenzará casi de inmediato. A principios de 1911 se preparó un volumen de prueba de un libro del Antiguo Testamento, con columnas para una treintena de variantes de manuscrito, y se han hecho amplios registros para continuar y ampliar el proceso. La experiencia adquirida por el volumen de prueba muestra que con este método será posible dividir los manuscritos comparados por familias, y por otra parte determinar las mejores lecturas.

El trabajo de explorar las diversas bibliotecas de Europa se comenzó casi de inmediato. El contenido de la mayoría de ellos ya estaban organizados y catalogados, pero en su mayor parte los diversos manuscritos bíblicos en latín no habían sido lo suficientemente estudiados o cotejados como para permitirle a la Comisión prescindir de un examen más completo y una comparación minuciosa, lo cual se puso en marcha en varios lugares a la vez. La mejor colección de tales manuscritos está, probablemente, en la Biblioteca Nacional de París. Desde 1909 a 1912 dos, y a veces tres, benedictinos han estado trabajando en esta preciosa colección de tesoros bíblicos. Las autoridades les han dado a los trabajadores todas las facilidades para fotografiar y comparar cualquier manuscrito deseado. De este modo, la Comisión dispone ahora de fotografías completas de varios de los códices más importantes, y la colación de todos estos ya está terminada, o en proceso de ser realizada por los colaboradores. En Londres las autoridades del Museo Británico también le permitieron fácilmente a la Comisión hacer lo deseado para obtener copias y colaciones. El verano pasado Dom Henri Quentin viajó con la cámara fotográfica en Italia. En Florencia obtuvo una copia de gran tamaño de la célebre "Biblia Amiatina", ahora en la Biblioteca Laurenciana de esa ciudad. Puede ser útil decir unas palabras sobre la historia casi romántica de este manuscrito, especialmente puesto que puede ser muy posible que se encuentre entre los manuscritos más importantes para el texto de la Vulgata.

El "Códice Amiatino", llamado así porque en algún tiempo perteneció al monasterio de Amiata, fue muy utilizado por los revisores del siglo XVI que produjeron la versión sixtina de 1590. En ese entonces se le consideraba un manuscrito italiano excelente, y fue considerado así hasta tiempos muy recientes. Ahora sabemos que el volumen fue realmente copiado en el norte de Inglaterra hacia el año 700. En la segunda página del códice hay una inscripción que dice que cierto abad, Pedro Lombardo, le regaló el volumen al monasterio de Amiata de San Salvador. Algunos años atrás el célebre De Rossi, al examinar estas líneas, señaló que no eran las líneas originales, y que, en particular, el nombre del abad Pedro se había escrito sobre una tachadura y que el nombre original era un nombre como "Ceolfridas". Esta conjetura fue confirmada por el erudito de Cambridge, el doctor Hort, quien señaló que estas mismas líneas con cambios en esos lugares donde se habían efectuado cambios en el original aparecían en las antiguas vidas de los abades de Wearmouth y Jarrow, donde decía que habían estado en la copia de la Biblia, llevada desde Inglaterra a Roma en el año 715 d.C. como un regalo al Papa.

La historia de este precioso volumen es clara. San Benito Biscop, el fundador de los monasterios gemelos de Wearmouth y Jarrow, fue varias veces a Roma en el siglo VII y trajo muchos manuscritos. San Beda, que escribió acerca de los abades de su monasterio, nos dice que en una ocasión Biscop regresó con una gran Biblia "de la nueva traducción" (es decir. La Vulgata de San Jerónimo), de la cual el sucesor de San Benito Biscop, Ceolfrido, había hecho tres copias en Wearmouth: una para cada uno de los monasterios y la tercera destinada como regalo para el Papa. El abad Ceolfrido renunció a su abadía en 715, y decidió hacer una visita a Roma a fin de llevarle al Papa la Biblia que había preparado para él. San Beda describe la saluda en su viaje con uno de sus monjes y llevando el gran volumen. San Ceolfrido murió durante el viaje, y es dudoso si la Biblia llegó alguna vez a Roma; de cualquier modo todo rastro de ella se perdió hasta que fue reconocida en el “Códice Amiatino”, por medio de la erudición de De Rossi y el Dr. Hort.

El libro en sí es de gran tamaño, cada página mide diecinueve y media x trece y media pulgadas. Está escrito en la letra uncial más regular en dos columnas por página. No se sabía que existía ni siquiera un fragmento de las otras dos copias que menciona San Beda, hasta hace muy poco. En 1910 el escritor del artículo recibió, debido a la generosidad de Mr. Cuthbert Turner de Oxford, dos grandes fotografías de una página de una Biblia, la cual es sin duda un fragmento de uno de esos dos manuscritos. Algunos años antes, Canon Greenwell de Durham había obtenido la hoja de una encuadernación de un antiguo libro de cuentas que había sido encuadernado en New Castle en el año 1798. Sin embargo, parecería que en ese tiempo existían algunas porciones de estos preciosos códices. Es posible, por supuesto, que se puedan hallas otras partes en otras ataduras. La hoja que halló Canon Greenwell ha sido adquirido por el Museo Británico.

Para los Evangelios otro célebre manuscrito, conocido como los "Evangelios de Lindisfarne", escrito también en el norte de Inglaterra alrededor del mismo tiempo (700 d.C.), debe señalarse aquí que proveyó una bella página en la historia del texto sagrado. Este maravilloso manuscrito, que está entre los tesoros del Museo Británico, fue escrito por el obispo Eadfrith de Lindisfarne (698-721 d.C.) e iluminado por su contemporáneo, Etewaldo. Las iluminaciones, que manifiestan características del arte irlandés, son de una belleza excepcional, y en algunos aspectos no son superadas por ningún otro manuscrito contemporáneo. La historia del volumen merece una breve reseña. Estuvo en Lindisfarne hasta que la invasión de los daneses en 875 obligó a los monjes a llevárselo, junto con la urna de San Cutberto. La tradición dice que mientras los monjes huían de los daneses, al llegar a la costa occidental del continente, tuvieron la intención de llevar sus tesoros a Irlanda. Al hacer el intento se vieron obligados a regresar, pero no antes de que el volumen de los Evangelios que llevaban hubiese caído al mar. Fue recuperado de manera maravillosa, la cual es relatada por Simeón de Durham en el siglo XII. Es extraño decirlo, algunas de las hojas en blanco al final parecen mostrar signos de manchas de agua.

El gran interés del volumen, además de sus méritos artísticos, se encuentra en sus imágenes de los evangelistas, etc. Mientras que los bordes de estos cuadros son característicos de la exquisita labor de patrón entrelazado de los escribas irlandeses, las figuras en sí son muy diferentes y son sugerentes a la vez de los modelos bizantinos. Ha sido durante mucho tiempo un rompecabezas para los arqueólogos explicar la existencia de esos modelos en el norte de Inglaterra en la primera parte del siglo VIII. Es raro que tan satisfactoria respuesta pueda darse a un problema de esta naturaleza. El texto de los Evangelios fue copiado de un volumen traído a Inglaterra por los misioneros romanos, y por lo tanto proviene del sur de Italia, probablemente habría tenido iluminaciones hechas siguiendo el estilo bizantino de arte. Le debemos este conocimiento a las investigaciones del Sr. Edmund Bishop, que fueron publicadas por primera vez por Dom Morin en el “Revue Bénédictine.” Los “capitula” del Evangelio (las indicaciones de las porciones de los Evangelios a ser leídas en las iglesias) siguen el uso de Nápoles, y el calendario del volumen le permitió al señor Bishop dar el lugar exacto como la isla de Nisita, en la Bahía de Nápoles. Rellenar la historia es fácil: El abad Adriano, quien acompañó a San Teodoro el Griego a Inglaterra cuando fue enviado como arzobispo de Canterbury, fue abad de Nisita. San Benito Biscop, que actuaba como su guía a Inglaterra, les dio la bienvenida a sus monasterios en el norte, y no puede haber duda de que el abad Adriano llevó allí el volumen con los modelos bizantinos, hecho en el sur de Italia, que fueron copiados por los escribas irlandeses como los vemos hoy en el Libro del Evangelio de Lindisfarne.

En Roma se ha hecho un cotejo parcial y una copia fotográfica completa de la importante Biblia de San Pablo Extramuros. Esta es una excelente copia de la Biblia de Alcuino, con muchas letras y páginas bellamente iluminadas. Probablemente el mejor ejemplo de esta Biblia es el códice grande en Zurich, una copia fotográfica que también se ha asegurado, junto con una comparación del Octateuco hecha para la Comisión por el asistente del bibliotecario, el Dr. Werner. Un tercer ejemplar es el más conocido de los tres, el que está en la Biblioteca Vallecelliana en Roma. El Padre Bellasis del Oratorio hizo una comparación del Pentateuco de este último para la Comisión, pero aún no ha sido fotografiada, debido a las dificultades puestas por los custodios. La Comisión llegó a la conclusión de que el cotejo de estos tres manuscritos sería suficiente para determinar el tipo de las correcciones realizadas por Alcuino. Estas serían de interés para los ingleses, ya que para propósitos de su revisión Alcuino mandó a pedir a las bibliotecas de Inglaterra la mejor evidencia en manuscrito. La copia de la Biblia de Alcuino en la Basílica de San Pablo en Roma tiene un interés especial, ya que en el siglo XIII, el obispo de Gradisson de Exeter ordenó que se corrigieran todos los ejemplares de las Sagradas Escrituras en su diócesis de acuerdo con una copia del texto de la Biblia.

Mientras que en Italia Dom Quentin fue al monasterio de La Cara y fotografió la interesante Biblia de origen español, que ha estado durante mucho tiempo en posesión del monasterio allí. La mayor parte del texto ha sido también cotejado en el manuscrito por Dom Cottereau, quien ha pasado muchos meses en el monasterio para ese fin.

Se suponía que sería probable hallar una gran cantidad de material importante en la catedral y otras bibliotecas de España; y en la primavera de 1909, Dom de Bruyne emprendió un voyage littéraire a ese país a nombre de la Comisión. Su objetivo era examinar los manuscritos bíblicos conocidos existentes y ver si podía hallar otros. Él dijo en su informe a la Comisión: "He tenido una excelente guía en las ‘Handschriftenschätz Spaniens’ "de R. Beer. Las dos lacunae más importantes en él se refieren a los manuscritos de Roda y Urgel. Se podría pensar que estas dos importantes colecciones han desaparecido o se han perdido. Yo, sin embargo, las hallé intactas o casi intactas, la primera en la Catedral de Lérida, guardada en un librero especial; la segunda en el mismo Urgel. En la mayoría de las bibliotecas de España se pueden hallar catálogos suficientemente buenos.” Sería de interés dar una lista de las bibliotecas de España que fueron examinadas por Dom de Bruyne en el curso de su viaje. Barcelona (Archivo de la Corona de Aragón y la catedral); Vich; Tarragona (Bibl. Provincial y el Seminario); Zaragoza (Séo, N.D. del Pilar; y la universidad); Sigüenza; Madrid (Bib. Nacional, Academia de la Historia, Museo Arqueológico, Archivo Histórico Nacional, universidad y Bib. Real); Escorial; Toledo; León (biblioteca catedral y la de San Isidoro); Burgos (catedral, seminario y biblioteca provincial), Urgel, Gerona y Pamplona.

Dom de Bruyne resume así los resultados de su viaje a España: “Tengo descripciones de todas las Biblias, más o menos en general, según su edad e importancia. Algunos de los volúmenes han sido cotejados, ya sea completamente o en parte. Todas las hojas de un palimpsesto bíblico (Escorial, R. II, 18, y León, archivos de la catedral, 15) han sido identificados; el texto de Baruc, hasta ahora sólo conocido por el Códice Gothicus Legionensis, que había sido publicado por Hoberg a partir de una copia en el Vaticano hecha en el siglo XVI, ha sido cotejado con el manuscrito en León y comparado con otras copias independientes que descubrí. En Sigüenza hallé una copia en árabe-latín de San Pablo, la cual fue publicada en el ‘Revue Biblique’ en 1910. Las interesantes notas marginales de la misma Biblia de León, publicadas en parte por Carlo Vercellone a partir de una copia del siglo XVI en el Vaticano, fueron revisadas y completadas con el manuscrito original; y encontré otro texto independiente en manuscrito de estas notas en Madrid, de modo que ahora será posible dar una edición crítica de estos importantes fragmentos.” Dom de Bruyne está preparando la edición de fragmentos del antiguo texto en latín, y a su debido tiempo será publicada en la propuesta serie de textos y estudios llamada la “Collectanea Biblica Latina”, proyectada por la Comisión.

Durante el 1911 la Comisión pudo añadir a su colección de comparaciones las de Mr. Pierpont Morgan, quien amablemente permitió que Mr. Hoskier examinara y cotejara esos manuscritos para la Comisión. La primera es el precioso códice conocido como los “Evangelios Dorados”. Samuel Berger ha dicho de este volumen: “En el importante y antiguo grupo de manuscritos escritos en letras doradas, el más antiguo es más allá de toda duda, el famoso manuscrito Hamilton, 251.” En la venta de la colección Hamilton en 1890, este volumen fue comprado por un caballero americano llamado Thomas Irwin de Oswego. A su muerte, fue comprado por Mr. Pierpont Morgan y añadido a su colección. El cotejo hecho para la Comisión por Mr. Hoskier ha sido publicado recientemente en un magnífico volumen en folio con varios facsímiles a color. Mr. Hoskier le preparó un prefacio con una amplia introducción tanto paleográfica como crítica. En este mismo volumen está el cotejo de un fragmento de los Evangelios, también en posesión de Mr. Pierpont Morgan. Este fragmento de diecisiete hojas está escrito en notable manuscrito uncial fino, y el resto del manuscrito se halla en el “Musée Germanique” de Nuremberg. Un cotejo de esta parte fue hecho en 1881, e impreso por Dombart en el "Zeitschrift für Wissenschaftliche Theologie" (De Codice Cremifanensi Millenariio, Pars. I).

El trabajo de cotejo es necesariamente largo y tedioso. Requiere gran cuidado y una observación minuciosa, puesta que nada es demasiado pequeño para ser pasado por alto, pues se puede hallar la cosa más insignificante que arroje luz sobre el problema o ayuda a identificar un manuscrito. Unos pocos trozos de unas hojas rotas en un manuscrito de San Pablo en Monza han ayudado a aclarar una un punto importante en discusión. La adición a mano de un corrector irlandés del símbolo para autem (pero) en un Heptateuco muy antiguo en la Biblioteca del Vaticano es la única indicación cierta de que el volumen había estado en un tiempo bajo las influencias célticas, y esto inmediatamente lo relacionó con la colonia de San Columbano en Bobbio. En los fragmentos de la antigua versión Itala, en los márgenes del Códice Toletano y en otro manuscrito en Madrid, aparece la palabra mulecula, la cual no aparece en ningún diccionario, pero sí aparece en una de las inscripciones en Pompeya: mula docet muleculam. De Rossi conjeturó que era una palabra en latín bárbaro para “mosca” y esta explicación fue aceptada hasta el presente, cuando, a partir del griego del pasaje de la antigua Itala, evidentemente significa “mula joven”. Así la oración de Pompeyo adquiere claridad.

De tiempo en tiempo en el curso de las investigaciones en las bibliotecas, la Comisión se ha encontrado con fragmentos de Biblias que muestran cuán preciosos manuscritos han sido destruidos. Cuando se han hecho otros y más nuevos textos para usarse en alguna iglesia o monasterio, parece que ha habido poca vacilación en usar las copias más antiguas con propósitos de encuadernación, o, en aras del pergamino, tachar el escrito original y ponerle otro texto encima. Así en las encuadernaciones de los libros en Durham y en Worcester se han hallado algunos preciosos fragmentos de Biblias muy antiguas. Los fragmentos que se recuperaron en Worcester de este modo posiblemente son hojas de una Biblia presentada a Worcester por el rey Etelredo en el siglo X. Quizás el fragmento más curioso de un Libro del Evangelio que ha llegado a llegado a la atención de la Comisión es una porción de un fino manuscrito español de gran tamaño. Ése, que contenía todo el Evangelio según San Juan, había sido arrancado de un volumen de tal modo que varios fragmentos del Evangelio según San Lucas habían sido dejados en hojas rota de fino pergamino. La Comisión trató en vano de localizar el resto del texto de donde este fragmento visigótico había sido tan cruelmente arrancado.

A la Comisión se le ha preguntado frecuentemente cómo se sufragan los enormes gastos de esta obra. Es obvio que fue considerable el costo de imprimir el texto de la Biblia Clementina, así como el de reunir las comparaciones, especialmente porque parte de la impresión fue sobre el mejor papel de tina, para evitar el peligro de pérdida debido a lo perecedero de un papel de calidad inferior. El aparato fotográfico fue también un gran costo inicial, y aunque las fotos se tomaron al costo menor posible, la producción de Biblias completas ascendió a una gran suma. Además de esto, está el costo de montar y encuadernar las fotografías en volúmenes, además de la encuadernación de volúmenes de cotejos completados. Esto puede ser llamado la parte mecánica del trabajo. El trabajo de investigación y colación es por supuesto hecho gratuitamente, pero hubo que pagar los viajes necesarios para hacer las debidas investigaciones en las bibliotecas de Europa y el apoyo de los eruditos comprometidos en la obra.

Para sufragar estos gastos el Papa San Pío X le encargó al presente escritor apelar a la generosidad de los católicos y otros a través del mundo. Él pensó que era tan obvia la necesidad de tales revisiones del texto latino de la Sagrada Escritura que los fondos serían provistos por lo dispuesto generosamente. Desde el principio el Papa declaró que él sería responsable como último recurso; pero hasta aquí la generosidad de los fieles, particularmente en América, han capacitado al escritor para hallar el dinero requerido para mantener la obra en marcha luego que el Papa incurrió en el gasto inicial de imprimir el texto para los cotejos.


Fuente: Gasquet, Francis Aidan Cardinal. "Revision of Vulgate." The Catholic Encyclopedia. Vol. 15. New York: Robert Appleton Company, 1912. <http://www.newadvent.org/cathen/15515b.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina