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Martes, 20 de octubre de 2020

Procesiones

De Enciclopedia Católica

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Las procesiones, un elemento en todo ceremonial, se encuentran, como es de esperar, en casi toda forma de culto religioso. El ejemplo de las procesiones con el Arca en el Antiguo Testamento (cf. especialmente 2 Sam. 6 y 1 Rey. 8) y la entrada triunfante de nuestro Salvador a Jerusalén en el Nuevo probablemente tuvieron su influencia en el ritual de las edades posteriores. Incluso antes de la época de Constantino, las procesiones fúnebres de los cristianos parecen haberse llevado a cabo con cierta solemnidad, y el uso de la palabra por Tertuliano (De Praescriptio, XLIII) puede posiblemente hacer referencia a algún progreso o movimiento formal de los fieles hacia la iglesia, lo que condujo luego a que la asamblea misma o el servicio se llamara processio, así como ''synaxis'' y collecta (Probst, "Sakramentarien und Ord.", 205).

Alrededor de la época de San Gregorio Magno, y posiblemente antes, dos formas de procesión jugaron un gran papel en la ceremonia papal. Una fue la procesión a la "Estación", la otra, la entrada solemne del celebrante desde el secretarium, o sacristía, hasta el altar. En el Ordo de San Amando, n. 6 (Duchesne, "Christian Worship", 474) se da una buena descripción de la procesión estacional. El pontífice, el clero y la gente se reunían en la iglesia designada, donde el clero se revestía y se iniciaba el oficio. Primero iban los pobres del hospital con una cruz de madera pintada; seguían las siete cruces estacionarias, con tres velas cada una y un séquito, y luego los obispos, sacerdotes y subdiáconos; finalmente iba el Papa rodeado por sus diáconos, precedido por dos cruces y seguido por la schola cantorum, o coro. A medida que la procesión avanzaba hacia la iglesia estacional donde se ofrecería la Misa, se cantaban el Kirie Eleison y las letanías, por lo cual la procesión misma a menudo se llamaba litania.

La entrada solemne del celebrante cuando salía de la sacristía hacia el altar era, por supuesto, una procesión en una escala menor, pero esta también es descrita detalladamente en el primer “Ordo”. El pontífice era nuevamente rodeado por sus diáconos y precedido por los subdiáconos, uno de los cuales balanceaba un incensario; y una característica notable fue el grupo de siete acólitos portando cirios, lo que nos hace pensar en las siete velas ahora encendidas en el altar en una Misa pontifical. En esta procesión al altar se cantaba la antífona del introito. En ciertas ocasiones especiales, especialmente el Día de San Marcos (25 de abril), que coincidía con la antigua fiesta romana de la Robigalia, y en la Galia durante los tres días de rogaciones antes de la Fiesta de la Ascensión, había procesiones de solemnidad excepcional (vea LETANÍA).

Aunque ahora en los libros litúrgicos no se reconoce formalmente como una procesión, podemos decir que el rociado de la congregación con agua bendita al comienzo de la Misa parroquial los domingos nos conserva el recuerdo de la muy familiar procesión de principios de la Edad Media. El rito se prescribe en las Capitulares de Carlomagno y de Luis el Piadoso, así como en otros documentos del siglo IX. Por ejemplo, un concilio de Nantes antes del año 900 ordena que "todos los domingos antes de la Misa, cada sacerdote bendiga el agua en un recipiente que sea limpio y adecuado para un misterio tan grande, que rocíe a las personas cuando entren a la iglesia, y que recorra el atrio [atrium] de dicha iglesia con las cruces [procesionales], que lo rocíe con agua bendita, y que rece por las almas de los que allí descansan" (Mansi," Concilia " , XVIII, 173).

En las ceremonias monásticas del mismo período generalmente se describía con mucho detalle esta procesión de agua bendita el domingo por la mañana. Después de la aspersión del altar mayor y de los otros altares de la iglesia en orden, todo el grupo de monjes, después de ser rociados, entraban en procesión por el claustro, haciendo estaciones allí, mientras el celebrante, asistido por dos hermanos legos bendecía las diferentes partes del monasterio (ver Martène, "De antiq. eccles. rit.", IV, 46-9). Al presente (1910) el Misal Romano, que es la principal autoridad litúrgica para esta “bendición al pueblo con agua bendita a ser impartida los domingos” (Benedictio populi cum aqua benedicta diebus dominicis impertienda), no dice nada sobre una procesión, aunque es muy común la marcha del celebrante y los clérigos asistentes alrededor de la iglesia. La rúbrica solo indica que el sacerdote, habiendo entonado la antífona "Asperges me", asperjará el altar y luego a sí mismo y a sus ayudantes, tras lo cual debe rociar al clero y al pueblo, mientras recita el y sus asistentes recitan el Miserere en voz baja.

El Ritual Romano especifica que las otras procesiones ordinarias, a diferencia de las procesiones extraordinarias, que el obispo puede ordenar o permitir según las circunstancias exijan tal forma de súplica pública, serán la procesión de velas en la Fiesta de la Purificación de María (2 de febrero), la de las palmas el Domingo de Ramos, las grandes letanías en la fiesta de San Marcos (25 de abril), las procesiones de rogaciones en los tres días anteriores a la Ascensión y la procesión del Santísimo Sacramento en la Fiesta de Corpus Christi. Las prescripciones que deben observarse en todas estas ocasiones están debidamente establecidas en el Ritual Romano. Para su historia, etc., vea Fiesta de la Purificación de María; Corpus Christi; Semana Santa; letanía, etc. También podríamos agregar a estas procesiones "ordinarias" el llevar el Santísimo Sacramento al altar de reposo el Jueves Santo y el regreso el Viernes Santo, así como la visita a la fuente el Sábado Santo y la procesión que forma parte del rito de la consagración de los santos óleos en las catedrales el Jueves Santo. Esta última función se describe en su totalidad en el Pontifical Romano. En épocas anteriores, generalmente se realizaban una serie de procesiones a la fuente después de las vísperas todos los días de la semana de Pascua (Morin en "Rev. Benedict", VI, 150). Las huellas de este rito perduraron en muchas iglesias locales hasta los siglos XVIII y XIX, pero no encuentra reconocimiento oficial en los libros de servicio romanos.

Bajo el título de procesiones "extraordinarias", el Ritual Romano provee para las siguientes emergencias: una procesión para pedir lluvia, otra para rogar por buen tiempo, una tercera para ahuyentar tormentas, otras tres asignadas respectivamente a temporadas de hambruna, epidemias y guerra, una más general en caso de cualquier calamidad (pro quacunque tribulatione), una forma más extensa (en la que se indica la recitación de varios salmos jubilate y laudate) a modo de acción de gracias solemne, y finalmente una forma para la traslación de reliquias importantes (reliquiarum insignium). En la mayoría de estas procesiones extraordinarias se ordena que se cante la Letanía de los Santos como en las procesiones de rogaciones, que se añada y repita una súplica especial para la ocasión, por ejemplo, en la procesión "para pedir lluvia" se inserta la petición: "Ut congruentem pluviam fidelibus tuis concedere digneris. Te rogamus audi nos [Para que concedas la lluvia adecuada a tus fieles, te rogamos, óyenos]. En los Rituales y Procesionales medievales se puede encontrar una gran variedad de tales formas excepcionales, especialmente relacionadas con las súplicas por el producto de la tierra. Una característica común en muchos de estos era hacer una estación hacia los cuatro puntos de la brújula y leer en cada una el comienzo de uno de los cuatro Evangelios con otras oraciones. En los sínodos medievales a menudo se condenó la práctica de llevar el Santísimo Sacramento en tales ocasiones.

En Inglaterra, el recorrido por las parroquias en los "días de cuadrillas", como se llamaban los días de rogación, duró hasta el siglo XVII. Aubrey, por ejemplo, en una nota de lápiz a sus "Restos": "En los días de rogación, aquí en Inglaterra se leían los Evangelios en los maizales hasta la época de las guerras civiles" (Hazlitt, "Faith and Folklore", II, 478). La costumbre de hacer estas procesiones aparentemente se mantuvo con miras a su utilidad para imprimir en la memoria los límites de la parroquia, y en algunos lugares se azotaba a los niños en los límites para que en su vejez pudieran recordar el lugar.

En las liturgias griegas y algunas orientales, las dos procesiones conocidas como las entradas grandes y pequeñas forman una característica muy imponente del rito. En la "pequeña entrada", el Libro de los Evangelios es llevado por el diácono acompañado de acólitos que portan antorchas y dos flabelos. La "gran entrada" se lleva a cabo cuando los dones sagrados, es decir, el pan y el vino, se llevan solemnemente al altar mientras el coro canta el famoso "himno querúbico". Parece que existieron características similares en la liturgia gala temprana; Incluso en la Misa mayor romana, la procesión que anuncia el canto del Evangelio es probablemente la supervivencia de una ceremonia más imponente de una época anterior.


Bibliografía: Martene, De antiquis ecclesiae ritibus (Venecia, 1788), III, 177; IV, 45 ss., 280 ss.; CATALANI, Commentarius in Rituale Romanum (Roma, 1750); GRETSER, De processionibus in Opera omnia, V (Ratisbona, 1735), v; SANDERUS, Auctarium de ritu processionum (Ypres, 1640); EVEILLON, De processionibus ecclesiasticis (París, 1641); QUARTO, De processionibus ecclesiasticis (Nápoles, 1649); WORDSWORTH, Ceremonies and Processions of the Cathedral Church of Salisbury (Cambridge, 1901); Ceremonial of the Church (Filadelfia, 1894).

Fuente: Thurston, Herbert. "Processions." The Catholic Encyclopedia. Vol. 12, págs. 446-448. New York: Robert Appleton Company, 1911. 20 junio 2020 <http://www.newadvent.org/cathen/12446c.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina