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Domingo, 18 de noviembre de 2018

Primeros Documentos Históricos sobre Jesucristo

De Enciclopedia Católica

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Los documentos históricos referentes a la vida y obra de Cristo pueden ser divididos en tres clases: fuentes paganas, fuentes judías y fuentes cristianas. Estudiaremos las tres sucesivamente.

Fuentes Paganas

Las fuentes no cristianas para la verdad histórica de los Evangelios son pocas y están contaminadas por el odio y el prejuicio. Se han propuesto varias razones para explicar esta condición de las fuentes paganas:

  • El lugar de la historia de los Evangelios es la remota Galilea;
  • Se percibía a los judíos como una raza supersticiosa, si creemos a Horacio (Credat Judoeus Apella, I, Sat., v, 100);
  • El Dios de los judíos era desconocido e ininteligible para la mayoría de los paganos de ese período:
  • Los judíos en cuyo seno había nacido el cristianismo estaban dispersos entre naciones paganas que los odiaban;
  • La religión cristiana misma era frecuentemente confundida con una de las muchas sectas que habían surgido del judaísmo, y las cuales no excitaban el interés del espectador pagano.

Al menos es cierto que ni los judíos ni los gentiles sospechaban en absoluto la enorme importancia de la religión de cuyo nacimiento entre ellos estaban siendo testigos. Estas consideraciones explican la rareza y aspereza con que los autores paganos mencionan los sucesos cristianos. Pero aunque los escritores gentiles no nos dan información acerca de Cristo y las primeras etapas del cristianismo que no tengamos en los Evangelios, y aunque sus afirmaciones estén hechas con odio y desprecio manifiestos, aún así prueban involuntariamente el valor histórico de los hechos relatados por los evangelistas.

No es necesario demorarse sobre un escrito titulado “Actas de Pilato” (Acta Pilati), que debió haber existido ya en el siglo II (San Justino, "Apol.", I, 35), y debió haber sido utilizado en las escuelas paganas para advertir a los jóvenes contra la creencia de los cristianos (Eusebio., "Hist. Ecl.", I.9; IX.5); ni necesitamos ahora inquirir la cuestión de si existieron tablas censales auténticas de Quirino.

Tácito

Tenemos al menos el testimonio de Tácito (54-119 d.C.) para las afirmaciones de que el fundador de la religión cristiana, una superstición mortal a los ojos de los romanos, había sido condenado a muerte por el procurador Poncio Pilato en el reinado de Tiberio; que su religión, aunque suprimida durante un tiempo, volvió a resurgir, no sólo en Judea, donde se había originado, sino hasta en Roma, la confluencia de todos los ríos de maldad e impudor; más aún, que Nerón había desviado la sospecha que recaía sobre él, acusando a los cristianos de haber quemado Roma; que éstos no eran culpables, pero que merecían su destino por su misantropía universal. Además Tácito describe algunos de los terribles tormentos a los que Nerón sometió a los cristianos (Ann., XV, XLIV). El escritor romano confunde a los cristianos con los judíos, a los que considera como una secta especialmente abyecta. Y se puede inferir cuán poco investigó la verdad histórica hasta de los documentos judíos, por la credulidad con la que aceptó las absurdas leyendas y calumnias sobre el origen del pueblo hebreo (Hist., V, III, IV)

Suetonio (75-160 d.C.)

Otro escritor romano que muestra su familiaridad con Cristo y los cristianos es Suetonio (75-160 d.C.). Se ha notado que Suetonio consideraba a Cristo (Chrestus) como un insurgente contra Roma que urdió sediciones en el reinado de Claudio (41-54 d.C.): "Judaeos, impulsore Chresto, assidue tumultuantes (Claudius) Roma expulit" (Clau., XXV). En su vida de Nerón considera a ese emperador como un benefactor público por su severo tratamiento a los cristianos: "Multa sub eo et animadversa severe, et coercita, nec minus instituta… afflicti Christiani, genus hominum superstitious novae et maleficae" (Nero, XVI). El escritor romano no entiende que los problemas con los judíos surgieron por el antagonismo judío al carácter mesiánico de Jesucristo y a los derechos de la Iglesia cristiana.

Plinio el Joven

De mayor importancia es la carta de Plinio el Joven al emperador Trajano (alrededor de 61-115 d.C.) en la que el gobernador de Bitinia consulta a su majestad imperial sobre cómo tratar con los cristianos que vivían en su jurisdicción. Por una parte sus vidas eran claramente inocentes; no se les podía probar crimen alguno, excepto sus creencias cristianas, que aparecían ante los romanos como una superstición extravagante y perversa. Por otra parte no se les podía hacer tambalearse en su obediencia a Cristo a quien celebraban como su Dios en las reuniones matutinas tempranas (Ep., X, 97, 98). El cristianismo ya no aparece aquí como una religión de criminales, como en los textos de Tácito y Suetonio. Plinio reconoce los altos principios morales de los cristianos, admira su constancia en la fe (pervicacia et inflexibilis obstinatio), que parece retrotraer a su adoración de Cristo (carmenque Christo, quasi Deo, dicere).

Otros escritores paganos

El resto de los testigos paganos son de menor importancia. En el siglo II Luciano se burló de Cristo y los cristianos, de la misma manera que se mofó de los dioses paganos. Alude a la muerte de Cristo en la Cruz, a sus milagros, al amor mutuo que prevalece entre los cristianos ("Philopseudes", nn. 13, 16; "De Morte Pereg"). También hay supuestas alusiones a Cristo en Numenio (Orígenes, "Contra Celsus", IV.51), a sus parábolas en Galerio, al terremoto que ocurrió en la crucifixión en Flegón (Orígenes, "Contra Celso", II.14). Antes del final del siglo II el “logos alethes” de Celso, citado por Orígenes (Contra Celso, passim), testifica que en aquel tiempo los hechos relatados en los Evangelios eran generalmente aceptados como históricamente verdaderos. A pesar de lo escasos que son los testimonios paganos sobre la vida de Cristo, al menos dan testimonio de su existencia, de sus milagros, de sus parábolas de su reclamación al culto divino, su muerte en la Cruz y de las más impactantes características de su religión.

Fuentes Judías

Filo Judeo

Filo Judeo, quien murió después del año 40 d.C., es muy importante por la luz que arroja sobre ciertos modos de pensamiento y fraseología encontrados de nuevo en algunos de los Apóstoles. Eusebio (Hist. Ecl. II.4) ciertamente preserva la leyenda de que Filón se había encontrado con San Pedro en Roma durante su misión al emperador Cayo; más aún, que en su obra sobre la vida contemplativa describe la vida de la Iglesia de Alejandría, fundada por San Marcos, y no la de los esenios y terapeutas. Pero es apenas probable que Filón hubiera oído hablar lo suficiente de Cristo y de sus seguidores para dar una base histórica a las leyendas corrientes.

Josefo

El primer escritor no cristiano que se refiere a Cristo es el historiador judío Flavio Josefo; nació el 37 d.C., fue contemporáneo de los Apóstoles y murió en Roma el 94 d.C. Son indiscutibles dos pasajes en sus “Antigüedades” que confirman dos hechos de los registros cristianos inspirados. En uno de ellos informa del asesinato de “Juan llamado el Bautista”, por Herodes (Ant., XVIII, V, 2), y además describe el carácter y obras de Juan; en el otro (Ant., XX, IX, 1) desaprueba la sentencia pronunciada por el sumo sacerdote Anás contra “Santiago, hermano de Jesús que es llamado Cristo”. Es anteriormente probable que un escritor tan bien informado como Josefo debiera estar muy familiarizado con la historia y la doctrina de Jesucristo. Viendo, además, que recoge sucesos de menor importancia en la historia de los judíos, sería sorprendente que guardara silencio sobre Jesucristo. Su respeto a los sacerdotes y fariseos no impidió que mencionara los asesinatos judiciales de Juan el Bautista y de Santiago el Apóstol. Su intento de encontrar el cumplimiento de las profecías mesiánicas en Vespasiano no le indujo a pasar en silencio sobre varias sectas judías, aunque sus creencias aparecieran como inconsistentes con las demandas vespasianas. Era de esperarse, por consiguiente, alguna noticia sobre Jesús en los escritos de Josefo.

Las Antigüedades XVIII, III, 3, parecen satisfacer estas expectativas: "Por estos tiempos apareció Jesús, un hombre sabio (si en verdad es correcto llamarle hombre, porque realizaba obras sorprendentes, un maestro de los hombres que reciben la verdad con alegría) y Él atrajo a sí a muchos judíos (también a muchos griegos. Este era Cristo) y cuando Pilatos, por la denuncia de los más importantes entre nosotros, le había condenado a la Cruz, aquellos que le habían amado primero no le abandonaron (porque apareció vivo de nuevo al tercer día, como ya habían dicho de él los profetas y otras muchas maravillas acerca de El). La tribu de cristianos llamados así por causa de él no ha desaparecido hasta este día”.

Un testimonio tan importante como el anterior no podía escapar al análisis de los críticos. Sus conclusiones pueden reducirse a tres: los que consideran el pasaje completamente falso; los que lo consideran completamente auténtico y los que lo consideran un poco de cada uno.

1. Los que consideran falso el pasaje: Primero están los que consideran el pasaje como completamente falso. Las principales razones parecen ser las siguientes:

  • Josefo no podía representar a Jesucristo como un simple moralista, y por otra parte no podía enfatizar las profecías y expectativas mesiánicas sin ofender las susceptibilidades romanas;
  • Se dice que Orígenes y los primeros escritores patrísticos desconocían el pasaje de Josefo citado arriba;
  • Es incierto el lugar exacto en que se encuentra en el texto de Josefo, puesto que Eusebio (Hist. Eccl., II.6) puede haberlo encontrado antes de las noticias que conciernen a Pilato, mientras que ahora está colocado detrás.

Pero la falsedad del pasaje disputado de Josefo no implica la ignorancia del historiador sobre los hechos conectados con Jesucristo. El informe de Josefo sobre su propia precocidad juvenil ante los maestros judíos (Vit., 2) recuerda la historia de la estancia del Cristo en el Templo a la edad de doce años; la descripción de su naufragio camino a Roma (Vit., 3), recuerda el naufragio de San Pablo tal como se relata en los Hechos. Finalmente su arbitraria introducción de una traición practicada por los sacerdotes de Isis a una dama romana, tras el capítulo que alude a Jesús, muestra una disposición a explicar el nacimiento virginal de Jesús y a preparar la falsedad de los últimos escritos judíos.

2. Los que ven el pasaje como auténtico, con algunas adiciones espurias: Una segunda clase de críticos no ven todo el testimonio de Josefo sobre Cristo como falso, sino que afirman que hay una interpolación, incluida arriba en paréntesis. Las razones para sustentar esta opinión pueden reducirse a las dos siguientes:

  • Josefo debió haber mencionado a Jesús, pero no pudo haberle conocido como el Cristo, por lo que parte del texto de Josefo puede ser genuino y parte interpolado.
  • Y la misma conclusión se deriva del hecho de que Orígenes conocía un texto de Josefo sobre Jesús, pero no estaba familiarizado con la variante actual; pues según el gran doctor alejandrino, Josefo no creía que Jesús era el Mesías ("In Matth.", XIII, 55; "Contra Cels.", I.47).

Cualquier fuerza que tuvieran estos argumentos se ha perdido por el hecho de que Josefo no escribía para los judíos sino para los romanos, y consiguientemente cuando dice” Este era el Cristo” no implica necesariamente que Jesús fuera el Cristo considerado por los romanos como fundador de la religión cristiana.

3. Los que consideran que es completamente genuino: La tercera clase de eruditos creen que todo el pasaje que trata de Jesús, como se encuentra hoy en Josefo, es genuino y los principales argumentos a favor son los siguientes:

  • Primero, todos los códices o manuscritos de la obra de Josefo contienen el texto en cuestión; para afirmar la falsedad del texto debemos suponer que todas las copias de Josefo estuvieron en manos de los cristianos y se cambiaron de la misma forma.
  • Segundo, es verdad que ni Tertuliano ni San Justino usan el pasaje de Josefo sobre Jesús; pero este silencio se debe probablemente al desdén con el que los judíos contemporáneos miraban a Josefo y a la relativamente poca autoridad que tenía entre los lectores romanos. Escritores del tiempo de Tertuliano y Justino podían apelar a testigos vivos de la tradición apostólica.
  • Tercero, Eusebio ("Hist. Eccl"., I, XI; cf. "Dem. Ev.", III, V) Sozomeno (Hist. Eccl., I.1), San Nicéforo (Hist. Eccl., I, 39), San Isidoro de Pelusio (Ep. IV, 225), San Jerónimo (catal.script. eccles. XIII), San Ambrosio, Casiodoro, etc., apelan al testimonio de Josefo; no debió haber dudas sobre ello en tiempos de todos estos ilustres escritores.
  • Cuarto, el silencio completo de Josefo respecto a Jesús habría sido un testimonio más elocuente que el que poseemos en el presente texto; éste no tiene afirmación incompatible con la autoría de Josefo: el lector romano necesitaba la información de que Jesús era el Cristo o el fundador de la religión cristiana; los hechos maravillosos de Jesús y su resurrección de entre los muertos eran tan incesantemente recordados por los cristianos que sin estos atributos el Jesús de Josefo difícilmente habría sido reconocido como el fundador del cristianismo.

Esto no implica necesariamente que Josefo viera en Jesús al Mesías de los judíos, pero aunque hubiera estado convencido de que lo era, tampoco se sigue que se hiciera cristiano ya que siempre hay un cierto número de subterfugios por los que el historiador judío no se habría convencido al cristianismo.

Otras fuentes judías

El carácter histórico de Jesucristo también es atestiguado por la literatura judía hostil de las centurias siguientes. Su nacimiento se atribuye ("Acta Pilati" en Thilo, "Códice apócrifo N.T., I, 526; cf. Justino, "Apol.", I, 35), a un acto ilícito o hasta adulterio de sus padres (Orígenes, "Contra Celso," I.28 y I.32). El nombre del padre es Pantera, un soldado común (Gemara "Sanhedrin", VIII; "Schabbath", XII, cf. Eisenmenger, "Entdecktes Judenthum", I, 109; Schottgen, "Horae Hebraicae", II, 696; Buxtorf, "Lex. Chald.” Basle, 1639, 1459, Huldreich, "Sepher toledhoth yeshua hannaceri", Leyden, 1705). La última obra en su edición final no apareció antes del siglo XIII, de manera que pudo dar al mito de Pantera su forma más avanzada. Rosch opina que el mito no comenzó antes de finales del siglo I.

Los escritos judíos posteriores muestran señales de conocimiento del asesinato de los Santos Inocentes (Wagenseil, "Confut. Libr.Toldoth", 15; Eisenmenger op. cit., I, 116; Schottgen, op. cit., II, 667), de la huída a Egipto (cf. Josefo, "Ant." XIII, XIII), de la estancia de Jesús en el Templo a la edad de doce años (Schottgen, op. cit., II, 696), de la llamada de los discípulos ("Sanhedrin", 43a; Wagenseil, op. cit., 17; Schottgen, loc. cit., 713), de sus milagros (Orígenes, "Contra Celso", II.48; Wagenseil, op. cit., 150; Gemara "Sanhedrin" fol. 17; "Schabbath", fol. 104b; Wagenseil, op.cit., 6, 7, 17), de su afirmación de que es Dios ( Orígenes, "Contra Celso", I.28; cf. Eisenmenger, op. cit., I, 152; Schottgen, loc. cit., 699) de la traición de Judas IscarioteJudas]] y su muerte (Orígenes, "Contra Celso", II, 9, 45, 68, 70; Buxtorf, op. cit., 1458; Lightfoot, "Hor. Heb.", 458, 490, 498; Eisenmenger, loc. cit., 185; Schottgen, loc. cit., 699 700; cf. "Sanhedrin", VI, VII). Celso (Orígenes, "Contra Celso", II.55) trata de arrojar dudas sobre la resurrección, mientras que Toldoth (cf. Wagenseil, 19) repite la ficción judía de que el cuerpo de Jesús fue robado del sepulcro.

Fuentes Cristianas

Entre las fuentes cristianas de la vida de Jesús apenas necesitamos mencionar los llamados “Agrapha” y Apócrifos, pues si los “agrapha” contienen “Logia” de Jesús, o se refieren a incidentes de su vida, son muy inciertos o presentan solamente variaciones de la historia evangélica. El principal valor de los Apócrifos consiste en mostrar la infinita superioridad de las Escrituras inspiradas al contrastar las vulgares y erróneas producciones de la mente humana con las simples y sublimes verdades escritas bajo la inspiración del Espíritu Santo.

Entre los libros sagrados del Nuevo Testamento, especialmente los cuatro Evangelios y las cuatro grandes Epístolas de San Pablo, son los más importantes para la construcción de la vida de Jesús. Las cuatro grandes epístolas paulinas (Romanos, Gálatas, Epístolas a los Corintios, 1 y 2,) no pueden ser sobreestimadas por el estudioso de la vida de Jesús. A veces se les ha llamado el “quinto evangelio”; los críticos serios nunca han asaltado su autenticidad. Su testimonio es anterior al de los Evangelios, al menos de la mayoría de ellos y son más valiosas porque son incidentales e imprevistas; son el testimonio de un escritor altamente intelectual y culto que había sido el peor enemigo de Jesús, que escribe dentro de los veinticinco años de los sucesos que relata. Al mismo tiempo esas cuatro grandes epístolas dan testimonio de los más importantes hechos de la vida de Cristo: su descendencia davídica, su pobreza, su mesiazgo, su enseñanza moral, su predicación del Reino de Dios, el llamamiento a los apóstoles, su poder milagroso, su afirmación de ser Dios, la traición, la institución de la Eucaristía, su Pasión, Crucifixión, sepultura y Resurrección, sus repetidas apariciones (Romanos 1,3-4; 5,11; 8,2-3; 8,32; 9,5; 15,8; Gálatas 2,17; 3,13; 4,4; 5,21; 1 Corintios 6,9; 13,4; etc.). Pero por más importantes que sean las cuatro Epístolas, los Evangelios lo son más, no porque ofrezcan una biografía completa de Jesús, pero explican el origen del cristianismo con la vida de su fundador. Cuestiones como la autenticidad de los Evangelios, la relación entre los Evangelios Sinópticos y el Cuarto, el problema sinóptico, debe ser estudiado en los artículos sobre los temas respectivos.


Fuente: Maas, Anthony. "Early Historical Documents on Jesus Christ." The Catholic Encyclopedia. Vol. 8. New York: Robert Appleton Company, 1910. <http://www.newadvent.org/cathen/08375a.htm>.

Traducido por Silvina Sironi Pisano. L H M