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Jueves, 20 de julio de 2017

Tumba

De Enciclopedia Católica

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Tumba es un monumento a los muertos en el lugar de entierro, habitual, especialmente para personas distinguidas, entre casi todos los pueblos. Es de mucha importancia en la historia del arte porque el desarrollo del arte plástico se puede rastrear casi en su totalidad por medio de tumbas, pues las tumbas, que por regla general han sido erigidas en las iglesias, se conservan mejor. Aparte de las losas sepulcrales en las catacumbas, sarcófagos adornados con retratos y ejemplos dispersos de mausoleos, las tumbas se pueden dividir en cuatro clases especiales.

(1) La primera clase consiste en tumbas con lápidas reclinadas; entre tales están las placas de piedra o de metal insertadas en el pavimento de las iglesias. Estos son los monumentos cristianos más antiguos. Originalmente, al menos en Alemania, fueran decorados con una cruz que tenía un eje largo; desde el siglo XI también llevaban la figura del fallecido. La placa de metal monumental de la tumba del rey Rodolfo de Suabia (m. 1081), en la catedral de Merseburg, es de esta época. Durante el período gótico una placa de latón grabada fue el monumento sepulcral favorito, mientras que el Renacimiento volvió a la placa de yeso en relieve, tales como las placas de Peter Vischer de Nuremberg.

(2) La segunda clase consiste de las tumbas altares separadas, es decir, una tumba en relieve que contiene el cuerpo del difunto (Vea el artículo TUMBA-ALTAR). Una variedad se eleva como una mesa por encima del lugar de enterramiento. El arte románico deja generalmente las paredes laterales de la tumba-altar sin ornamentos, mientras que el arte gótico los adorna con numerosas figuras pequeñas, como las de los parientes, deudos, figuras orantes y formas alegóricas. En la tapa se representa al difunto en toda su longitud. En todas las catedrales medievales e iglesias monásticas se encuentran numerosos ejemplos de éstas. Incluso en Inglaterra, donde hay escasos restos plásticos, tiene un rico tesoro de tales monumentos. Probablemente ninguna tumba-altar es más famosa que la del emperador Maximiliano en Innsbruck. Otra digna de mención es la tumba de Carlos el Temerario en Dijon por Claus Sluter. Monumentos más elaborados tienen a menudo una estructura adicional encima y alrededor de ellos, como un baldaquino, por ejemplo, la tumba Della Scala en Verona; principalmente la de Cansignorio (m. 1375). Durante el Renacimiento el baldaquino asume una forma completamente monumental, casi la de un arco de triunfo; buenos ejemplos son los monumentos de Galleazzo Visconti en la Cartuja de Pavía y de Francisco I en Abadía de Saint-Denis.

(3) La tercera clase puede ser llamada tumba parietal (o mural), es decir, tumbas-altares puestas originalmente en un nicho contra la pared, y luego levantadas sobre pilares, cariátides o una estructura inferior sólida. Estaban decoradas en todos los lados con una rica ornamentación plástica. Eran habituales ya en el periodo gótico y alcanzaron su más alto desarrollo en Italia, donde el ansia desmesurada por la fama y el deseo de ser recordado por la posteridad dio lugar a la producción de aquellos magníficos monumentos sepulcrales para médicos, abogados, profesores, hombres de Estado, y de ningún modo últimos, los prelados, que llenan las iglesias desde Venecia hasta Nápoles.

Durante el período del Renacimiento temprano era una costumbre favorita colocar una estatua yacente del difunto sobre un lecho decorado o un sarcófago y ponerla a una altura moderada; esta estructura está rodeada de ángeles de pie o de rodillas que retiran una cortina del nicho en el que a menudo se ve la Virgen. Un buen ejemplo es la tumba de Leonardo Bruni (m. 1444) en Santa Cruz en Florencia. Durante el Renacimiento tardío se prestó consideración indebida a la arquitectura, al igual que en el monumento sepulcral de Giovanni Pesaro en la iglesia Frari en Venecia. En los siglos XVII y XVIII el arte de la escultura obtuvo de nuevo una mayor oportunidad en el tratamiento de la tumbas, pero desafortunadamente en el monótono estilo barroco. Apenas más que la figura del fallecido se llevaba a la prominencia. Era colocada dentro de un altar de estilo similar o sobre un amplio podium y estaba rodeada de todo tipo de figuras simbólicas en las posiciones más arriesgadas. En un sentido material estas tumbas son a menudo muy finas, pero con frecuencia carecen de la seriedad y reposo espiritual deseados.

(4) La cuarta clase consiste de monumentos sepulcrales colgantes (lápidas memoriales). Estas aparecen ya en el arte gótico en forma de escudos funerarios y escudos de madera o cuero; y son especialmente prominentes en el período de los estilos rococó y barroco. Además de la mesa en forma de altar a menudo construida en varios niveles, la cartela con el retrato del fallecido fue muy popular en los monumentos sepulcrales de esta clase.

Puesto que la era moderna puso fin a casi todos los lugares de entierro dentro del edificio de la iglesia, una nueva forma de arte sepulcral se ha desarrollado gradualmente; ha producido obras de la mayor belleza en todos los países, pero también ha demostrado grandes perversiones del sentido artístico, especialmente en Italia, donde la tendencia es más a un exceso de técnica que a la concepción de lo eterno. El mejor monumento sepulcral de los tiempos modernos es tal vez el diseñado por A. Bartolomé y erigido en Pere Lachaise.


Bibliografía: STOTHARD, Monumental Effigies of Great Britain (Londres, 1817); COTMAN, Engravings of Sepulchral Brasses in Norfolk and Suffolk (Londres, 1839); MALE, L'art reliqieux en France (Paris, 1908), 423-477; BURGER, Gesch. des florent. Grabmals (Estrasburgo, 1904); SCHUBRING, Das italien. Grabmal der Fruhrenaissance (Berlin, 1904); DAVIES, The Sculptured Tombs of the Fifteenth Century in Rome, with chapters on the previous centuries (Londres, 1910); GERLACH, Alte Grabmalskunst (Leipzig, 1909).

Fuente: Kleinschmidt, Beda. "Tomb." The Catholic Encyclopedia. Vol. 14, pp. 773-774. New York: Robert Appleton Company, 1912. 28 Sept. 2016 <http://www.newadvent.org/cathen/14773b.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina