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Martes, 20 de octubre de 2020

Otón I el Grande

De Enciclopedia Católica

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Otón I el Grande fue rey alemán y emperador del Sacro Imperio Romano; nació en 912; murió en Memleben el 7 de mayo de 973. Fue hijo de Enrique I y su consorte Matilde. En 929 se casó con Edith, hija del rey Atelstan de Inglaterra. Sucedió a Enrique como rey en 936. Su coronación en Aquisgrán demostró que las tradiciones carolingias del imperio todavía estaban en vigor. Otón proyectaba un poder central fuerte, al que se oponía el espíritu de individualismo alemán. Enrique, el hermano de Otón, encabezó esos grandes movimientos insurreccionales que Otón se vio obligado a reprimir primero. El nuevo duque de Baviera, Eberardo, se negó a rendir homenaje al rey. Otón sometió a Baviera y otorgó el trono ducal al hermano de Arnulfo, Bertoldo. Esta actitud del poder real hacia el poder ducal, ahora asumida abiertamente por primera vez, provocó una fuerte oposición.

Los francos, antiguos rivales de los sajones, resintieron esta absorción de poder. El duque franco Eberhard formó una alianza con el medio hermano de Otón, Thankmar, y con otros nobles descontentos. Enrique, el hermano menor de Otón, y el rebelde duque Eiselberto de Lorena, alzaron la bandera de la insurrección. La agitación se agitó en el Rin y en el Palatinado real en el Saale. El asunto primero dio un giro decisivo cuando los duques Eberardo y Giselberto cayeron en la batalla de Andernach; sin embargo, la victoria no resultó en poder absoluto. Una inquietud interna en Franconia entre los nobles menores y el ducado favoreció al rey. Enrique ahora se reconcilió con su hermano real, pero su falta de sinceridad se puso de manifiesto cuando, poco después, conspiró con el arzobispo de Maguncia y los nobles fronterizos sediciosos para asesinar a Otón. La trama fue descubierta y en el 941 hubo una reconciliación final.

El principio monárquico había triunfado sobre el particularismo de los nobles y se abrió el camino para una reorganización de la constitución; Otón hizo buen uso de su éxito. Los ducados hereditarios fueron ocupados por hombres estrechamente relacionados con la casa real. Otón retuvo a Franconia en su propia posesión; Lorena cayó en manos de Conrado el Rojo, su yerno; su hermano Enrique recibió Baviera, habiéndose casado mientras tanto con Judith, hija del duque bávaro; mientras que Suabia fue otorgada a su hijo Ludolfo. El poder de estos suques se redujo substancialmente. Otón se esforzaba manifiestamente por restaurar su antiguo carácter oficial a los ducados. Este menosprecio de su posición política se adaptaba a su propósito de hacer de su reino cada vez más el único exponente de la idea imperial. Habría sido un paso significativo en la dirección correcta si él la hubiera convertido en una monarquía hereditaria, y trabajó enérgicamente hacia este objetivo.

El reino aparentemente unido volvió ahora a las políticas de Carlomagno en las regiones donde había allanado el camino. Las razas del sur promovieron el trabajo de germanización y cristianización en los estados eslavos adyacentes y, gradualmente, la influencia alemana se extendió al Oder y a Bohemia. La antigua idea del imperio universal ahora poseía la mente de Otón. Se esforzó por extender su soberanía sobre Francia, Borgoña e Italia, y acogió con satisfacción la disputa entre Hugo de Francia y Luis IV, cada uno de los cuales se había casado con una de sus hermanas. El rey y los duques de Francia equilibraron la balanza de poder que Otón podía alcanzar en cualquier momento como árbitro supremo. Con una intención similar, se aprovechó de las disputas privadas de la casa reinante de Borgoña. Conrado de Borgoña ahora apareció como el protegido de Otón.

Más significativa fue la actitud que estaba a punto de asumir ante la complicada situación de Italia. La degradación espiritual y moral en la península italiana era impactante, incluso en Roma. Los nombres de Teodora y Marozia recuerdan un capítulo indeciblemente triste de la historia eclesiástica. El desorden en la capital de la cristiandad fue solo un síntoma de las condiciones en toda Italia. La Alta Italia fue testigo de las guerras de Berengario de Friuli, coronado emperador por el hijo de Marozia, Juan X, contra Rodolfo II de la Alta Borgoña. Después del asesinato de Berengario en 924, se reanudó la lucha entre este Rodolfo y Hugo de la Baja Borgoña. Hugo finalmente se convirtió en el único gobernante de Italia y asumió el trono imperial. Pero su supremacía pronto fue derrocada por Berengario de Ivrea, contra quien, también, apareció una creciente oposición a favor de Adelaida, la hija de Rodolfo II de la Alta Borgoña, para suprimir lo cual Berengario encarceló a la princesa.

Otón había estudiado todos estos trastornos. Convencido del significado de las antiguas ideas del imperio, quiso someter a Italia a su autoridad, basando su derecho en su rango real. En 951 llegó a Italia, liberó a Adelaida y se casó con ella, mientras que Berengario le juró lealtad. Bajo la influencia del romano Alberico, el hijo de Marozia, el Papa Agapito le negó la corona imperial al rey alemán. Pero incluso sin la coronación, la universalidad de su gobierno era aparente; estaba de facto a la cabeza de Occidente. El poder real ahora necesitaba el apoyo más fuerte, y nuevas y peligrosas insurrecciones demostraban la falta de solidaridad interna; el particularismo volvió a levantar la cabeza. El hijo de Otón, Ludolfo, era el espíritu del nuevo levantamiento. Demandaba participación en el gobierno y estaba sumamente irritado por la influencia de la consorte borgoñesa de Otón. El elemento particularista se reunía en el campamento de Ludolfo; fermentó a través de casi todo el ducado y estalló abiertamente en algunos lugares. El peligro era más amenazante que en la primera insurrección. En 954 los magiares volvieron a invadir el imperio. Debido a esta crisis, se reconoció en general la necesidad de un poder central fuerte y la insurrección se extinguió. Se terminó definitivamente en la Dieta Imperial de Auerstadt, donde se anunció que Conrado y Ludolfo habían perdido sus ducados.

Mientras tanto las hordas de magiares rodeaban a Augsburgo. El obispo Ulrico defendió heroicamente la amenazada ciudad. En la gran batalla de Lechfelde en 955, el ejército húngaro fue derrotado por completo por Otón, que había avanzado a la defensa de la ciudad. Con esta victoria liberó finalmente a Alemania del peligro húngaro. Marcó una crisis en la historia de la raza magiar, que ahora se independizó y fundó un imperio con límites definidos. También hizo que Otón se diera cuenta de que su gran objetivo de impedir la participación del poder con los ducados no se podía conseguir por la fuerza ni por el prestigio de su rango real. De inmediato se esforzó por obtener un fuerte apoyo de la Iglesia alemana en todo el imperio.

Se inició el sistema otoniano, una estrecha alianza del reino alemán con la Iglesia. También Carlomagno había llevado a cabo la gran concepción de la unidad de la Iglesia y el Estado, pero la idea eclesiástica había dado un matiz religioso a la habilidad política franca, mientras que Otón planeaba una Iglesia estatal, con la jerarquía espiritual como una mera rama del gobierno interior del reino. Para resolver este problema, Otón se vio obligado primero a impregnar la Iglesia con una nueva vida espiritual y moral y también a liberarse del dominio de la aristocracia laica. Su propia naturaleza profundamente religiosa era su mejor garantía. Una parte del espíritu de piedad ascética que distinguía a su madre, Matilde, se encontraba también en el hijo; y su hermano Bruno, más tarde arzobispo de Colonia, como hábil representante de los puntos de vista eclesiásticos, también ejerció una gran influencia sobre las disposiciones religiosas del rey.

La estrecha unión de la Iglesia y el Estado tuvo un efecto igualmente saludable sobre los dos poderes interesados. Al conceder a la Iglesia los dominios reales que no estaban en uso, el Estado podía dedicar sus ingresos a fines militares. Para los reinos unidos esta situación también fue rica en bendiciones, ya que bajo la protección de los obispos, el comercio y los negocios se desarrollaron en los grandes estados eclesiásticos, y las clases bajas recibieron de la Iglesia protección contra los nobles. El reino conservaba en todas partes la supremacía sobre la Iglesia: el rey podía nombrar obispos y abades; los obispos estaban sujetos a los tribunales reales; y los sínodos sólo se podían convocar con la aprobación real. La corte alemana se convirtió en el centro de la vida religiosa y espiritual. En el llamado renacimiento otoniano, sin embargo, las mujeres estaban principalmente ocupadas, guiadas por las mujeres de la familia real: Matilde, Gerberga, Judith, Adelaida y Teófanes. Quedlinburgo, fundada por Otón en 936, era un influyente centro de cultura.

Pero este sistema otoniano dependía de una premisa: si iba a beneficiar al Estado, el rey debía controlar a la Iglesia. De hecho, la autoridad suprema sobre la Iglesia alemana era el Papa. Sin embargo, la política de imperialismo de Otón se basaba en el reconocimiento de la premisa anterior. La conquista de Italia debería resultar en la sujeción de la máxima autoridad eclesiástica a la realeza alemana. Otón, en consecuencia, se vio obligado a realizar esa campaña; y se resuelve la muy discutida cuestión del motivo que dictaba la política imperial. El indigno Juan XII (955-63) reinaba en ese momento en Roma. Era el hijo de Alberico, el tirano de Roma, cuyas miradas codiciosas se dirigían al exarcado y a la Pentápolis. Un rival en estas aspiraciones surgió en la persona de Berengario, quien trataba de extender su dominio sobre Roma. Otón cumplió con el pedido de ayuda del Papa, que se ajustaba exactamente a la política de su iglesia proyectada.

Anteriormente había hecho que su hijo, Otón, un menor de edad, fuera elegido y ungido rey en la Dieta de Worms en 961. Dejó a su hermano Bruno y a su hijo natural, Wilhelm, como regentes en Alemania, y viajó por el Brenero y así a Roma, donde el 2 de febrero de 962 fue coronado emperador (N. de la T.: por el Papa Juan XII). En esta ocasión el emperador concedió el llamado privilegio otoniano (Diploma Ottonianum), cuya autenticidad ha sido atacada a menudo, aunque injustamente. En su primera parte, este privilegio recuerda el Pactum Illudovici de 817. Confirma las concesiones que la Iglesia recibió de los carolingios y sus sucesores. La segunda parte se remonta a la Constitución de Lotario (824), según la cual no se debe permitir la consagración de reyes antes de jurar lealtad al gobernante alemán. Cuando Otón marchó contra Berengario, el Papa Juan entabló relaciones traidoras con los enemigos del emperador; después de lo cual Otón regresó a Roma y obligó a los romanos a prestar juramento de no elegir nunca un Papa sin la aprobación de él o de su hijo. Juan fue depuesto y se colocó en el trono papal a un laico, León VIII. Entonces Berengario fue derrotado a su vez y llevado prisionero a Bamberg. Una vez más Roma, siempre en estado de inquietud, se levantó en armas.

Juan, el Papa exiliado, obligó a su suplantador a huir. Pero Juan murió en 964 y los romanos eligieron a un nuevo Papa, Benedicto V. El emperador restauró el orden enérgicamente y León fue reinstalado en su posición. Ya era aparente que el emperador en realidad controlaba el papado, que ocupaba una posición de simple eslabón en la constitución alemana. El sistema otoniano fue de gran importancia para Alemania en su posición frente a las potencias seculares. A través del progreso que el “teutonismo” y el cristianismo estaban logrando en territorio eslavo se evidencia lo mucho que se fortaleció el rey alemán a través de la estrecha alianza entre la Iglesia y el Estado y cómo aumentó el prestigio del imperio. Otón escogió a Magdeburgo, por la cual tenía un apego especial, como el centro local de su nueva civilización y la elevó a arzobispado.

Los desórdenes recurrentes ahora lo llamaron a Roma. El Papa que él había nombrado, Juan XIII, encontró antagonistas en la nobleza romana. El emperador cumplía con sus deberes de protector de la Iglesia con severa justicia y castigó a los nobles turbulentos. Entonces Juan XIII coronó como emperador a Otón II, hijo de Otón. Como consecuencia lógica de su política imperial, ahora declaró abiertamente su intención de adquirir la Baja Italia. Su supremacía estaría absolutamente salvaguardada si lograba apoderarse de la parte sur de la península. Sin embargo, finalmente Otón abandonó la guerra en el sur. La perspectiva de su hijo de obtener por novia una princesa bizantina puso la balanza en su contra. El viejo axioma alemán de legitimidad, que una vez más fue honrado en este matrimonio, estaba destinado más tarde a vengarse amargamente a sí mismo.

Otón fue enterrado en Magdeburgo. Sus contemporáneos compararon su tremenda fuerza física con la de un león. Era un sajón de pies a cabeza y en su juventud había aprendido todas las artes de las armas. Aunque sujeto a violentos ataques de mal genio y consciente de su poder y genio, oraba con devoción cuando era niño. Astuto calculador, siempre convincente y siempre afanoso, estimó acertadamente la importancia de las negociaciones diplomáticas. Era un observador entusiasta y poseía un excelente conocimiento de la naturaleza humana que siempre le permitía seleccionar a las personas adecuadas para los cargos importantes en el gobierno.


Bibliografía: KÖPKE AND DÖNNIGES, Jahrbücher des deutschen Reiches unter Otto dem Grossen (Berlin, 1838); KÖPKE AND DÜMMLER, Kaiser Otto der Grosse (Leipzig, 1876); FICKER, Das deutsche Kaiserreich in seinen universellen und nationalen Beziehungen (Innsbruck, 1861); VON SYBEL, Die deutsche Nation und das Kaiserreich (Düsseldorf, 1862); SACKUR, Die Quellen für den ersten Römerzug Ottos I in Strassburger Festschrift zur 46. Versammlung deutscher Philologen (Strasburg, 1901); SICKEL, Das Privilegium Otto I für die römische Kirche vom Jahre 962 (Innsbruck, 1883); MENKEL, Ottos I Beziehungen zu den deutschen Erzbischofen seiner Zeit und die Leistungen der letzteren für Staat, Kirche und Kultur (Program, Magdeburg, 1900); MITTAG, Erzbischof Friedrich von Mainz und die Politik Ottos des Grossen (Halle, 1895).

Fuente: Kampers, Franz. "Otto I, the Great." The Catholic Encyclopedia. Vol. 11, págs. 354-355. New York: Robert Appleton Company, 1911. 23 agosto 2020 <http://www.newadvent.org/cathen/11354a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina