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Sábado, 27 de mayo de 2017

Alemania

De Enciclopedia Católica

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HISTORIA DE ALEMANIA HASTA 1909

Alemania antes de 1556

Desde su primera aparición en la historia del mundo los alemanes representan un individualismo sin restricción en cuanto opuesto al principio romano de la autoridad que todo lo abarca. La historia alemana en la Edad Media está fuertemente influenciada por dos principios que se oponen: el universalismo y el individualismo. Desde que Arminio luchó por la libertad germana en el bosque de Teotoburgo, la idea de que la raza tenía el derecho a ser independiente se fue convirtiendo gradualmente en un poderoso factor en su desarrollo histórico. Esta concepción tomó forma por primera vez cuando los estados germanos se desarrollaron a partir del imperio romano. El mismo Teodorico el Grande pensó en unir los discordantes estados bárbaros con la ayuda de las leges gentium para convertirlas en una gran confederación mediterránea. Y aunque finalmente fue el principio romano el que prevaleció en estos países mediterráneos, por ser una civilización más avanzada, sin embargo las fuerzas individualistas que contribuyeron a fundar estos estados, no solamente no desaparecieron, sino que lo destruyeron el imperio romano que abarcaba el mundo y prepararon el camino para el principio nacional. Pero no fue posible fundar el gran reino de los francos hasta después de la caída del Imperio de Occidente y los francos, ya sin la restricción imperial, fueron capaces de reunir a las tribus de procedencia teutónica y poner los cimientos de un imperio germano. Anteriormente las tribus germánicas estaban en conflicto entre ellas, sin lazos que las unieran, ya que ni siquiera la lengua común produjo esa unidad. Por otra parte la llamada Lautverschiebung, o cambio de consonantes, en alemán, separaron a los germanos del norte y del sur. Tampoco la mitología germana era un lazo de unión, porque los centros tribales de culto sirvieron más bien para aumentar particularismo existente. Los germánicos ni siquiera tenían un nombre común. Desde el siglo octavo la designación de “Francos” se extendía con mucha probabilidad más allá de las fronteras de las tribus francas. Hasta el siglo noveno no apareció la expresión theodisk (en alemán posterior, Deutsch), que quería decir "popular," o "perteneciente al pueblo" y hubo de pasar mucho tiempo hasta que se comenzó a usar esta palabra como nombre de la nación.

La obra de la unión de Alemania no comenzó por una tribu que vivía en el interior, sino por una que estaba en el exterior del país. Los llamados Francos aparecen repentinamente en la historia en el siglo tercero. No representan a ninguna tribu individual sino que eran una mezcla de tribus alto-alemanas y bajo-alemanas. Bajo el liderazgo de Clodoveo (Clovis, Chlodwig) los francos se deshicieron de los restos del poder romano en la Galia y construyeron el estado Franco sobre un fundamento romano-germano. Las tribus germanas fueron conquistadas una tras otra y colonizadas a la manera romana. Grandes extensiones eran señaladas como pertenecientes al rey y en ellas se fundaron colonias militares. Los comandantes de esas colonias militares gradualmente se convirtieron en funcionaros administradores y las colonias mismas se convirtieron en pacíficas comunidades agrarias. Durante un largo tiempo las expresiones políticas como Hundreds, recordaron el carácter militar original del pueblo. Desde entonces el gobernador franco se convirtió en el señor germano pero la tendencia centrífuga de las tribus germanas reaccionó contra la soberanía en cuanto la dinastía merovingia comenzó lentamente a declinar, debido a las luchas internas. Después de esto, el duque se convirtió en, en cada una de las tribus, en la suprema autoridad sobre sus compañeros de tribu. Desde el siglo siete el duque se convirtió casi en un soberano independiente. Estos estados ducales se basaban en la fuerza de grandes cuerpos de tropas y más tarde en la administración, por los duques, de grandes territorios. Al mismo tiempo, la mala administración de los condes, que eran los encargados de los distritos territoriales (Gau) que no tenían la supervisión de una autoridad central, causaba la desintegración. Pero aún era más desastroso que la arisca aristocracia tratara de controlar todos los intereses económicos y quisiera ejercer influencia arbitraria sobre la política. Estos nobles soberanos se habían convertido en poderosos gracias al sistema feudal, una forma de gobierno que dio a la Alemania medieval su carácter peculiar. César ya había notado en su tiempo que era una costumbre entre los galos que un hombre libre, el “cliente”, entrara voluntariamente en relación de dependencia del “senior”. El que se sometía (commendatio) lo hacía para obtener la protección del señor o conseguir el usufructo de la tierra.

De este sistema galo de clientelismo provino, en tiempos de los francos, el concepto de “hombre del señor” (homagium u hominium), que juraba fidelidad a su superior y se convertía en vasallo (vassus gasindus, u homo) El resultado de la expansión de esta idea fue finalmente la aparición, por todo el reino, al mismo tiempo que la realeza, de poderosos señores territoriales con sus vassi o vassalli, como se llama a sus seguidores desde el siglo octavo. Los vasallos recibían como feudo (beneficium) un trozo de tierra del que disfrutaban el usufructo de por vida. La lucha de los francos contra los árabes aceleró el desarrollo del sistema feudal, al hacerse evidente la necesidad de crear un ejército de hombres a caballo. Más aún, a los hombres más pobres, con frecuencia empobrecidos por las frecuentes guerras, no se les podía exigir que sirvieran como caballería, que era una obligación exigible sólo a los vasallos de los grandes terratenientes. Para obligar a esos señores territoriales a prestar un servicio militar se les aseguraban los feudos del ya existente dominio público y a su vez los grandes señores concedían parte de estos feudos a sus subordinados. Así, el rey franco se fue transformando gradualmente de un en señor de la tierra y de la gente en un señor feudal de los beneficiarios que recibían la tenencia directa o indirectamente de él. A finales del siglo noveno el sistema feudal mantenía unida a la mayor parte de la población.

Mientras la aristocracia secular aumentaba así su poder, también la Iglesia se fortalecía gracias al feudalismo. Durante esta época, la Iglesia Cristiana era la guardiana de los restos de la cultura clásica – un factor de la mayor importancia. Con esta cultura es con la que la Iglesia dotó a los germanos. Es más, iba a trasmitirles un gran fondo de nuevas concepciones morales y principios, aumentar mucho sus conocimientos y habilidades en las artes y en los oficios. La bien tejida organización de la Iglesia, la convincente lógica del dogma, la grandeza de la doctrina de la salvación, la dulce poesía de la liturgia, todo esto en su conjunto captaron el entendimiento de los alemanes primitivos, sencillos de mente pero de buena naturaleza. De hecho fue la iglesia la primera en someter a control el exagerado individualismo de la raza y fue desarrollando, por medio del ascetismo, las virtudes sociales esenciales para el Estado. El país se convirtió al cristianismo muy lentamente porque la Iglesia tenía un difícil problema que resolver, es decir, remplazar la concepción natural de la vida por otra completamente diferente que parecía muy extraña al pueblo. La aceptación del nombre e ideas cristianas fue al principio puramente mecánico, pero después se convirtió en una convicción interior. Ningún pueblo ha mostrado una comprensión más lógica y más profunda de la organización y fines salvadores de la Iglesia Cristiana. Ninguno ha exhibido una devoción similar a la idea de la Iglesia, ni pueblo alguno contribuyó tanto a la grandeza de la Iglesia en el medievo como los alemanes. Mucho del mérito de la conversión de Alemania hay que atribuirlo a los irlandeses, escoceses pero los verdaderos fundadores de la cristiandad en Alemania son los anglo-sajones, sobre todo S. Bonifacio. Entre los primeros misioneros están S. Columbano, el primero en venir al Continente (alrededor del 583) que trabajó en Suabia; Fridolin, el fundador de Saeckingen; Pirminius, que estableció el monasterio de Reichenau en 724; y Gallus (m. 645), el fundador de S. Gall. La causa del cristianismo fue impulsada en Baviera por Ruperto de Worms (a principios del siglo séptimo), Corbiniano (m. 730), y Emmeram (m. 715). El gran organizador de la iglesia de Baviera fue S. Bonifacio. El principal heraldo de la fe entre los Francos fue el escocés S. Kilian (final del siglo siete); los Frisios recibieron el cristianismo gracias a Willibrord (m 739).

El apóstol real de Alemania fue S. Bonifacio, cuya obra se desarrolló en Alemania central y Baviera. Actuando coordinadamente con Roma, organizó la iglesia alemana y finalmente murió como mártir en 755 a manos de los Frisios. Una vez que la Iglesia había logrado establecerse, pronto alcanzó una posición de gran importancia a los ojos de los jóvenes pueblos alemanes. Los príncipes le hicieron grandes concesiones, lo que le dio un poder económico que aumentó en gran manera cuando muchos hombres libres se convirtieron voluntariamente en dependientes de los nuevos señores espirituales, de manera que además de la aristocracia secular territorial, se desarrolló un segundo poder, el de los príncipes eclesiásticos. El antagonismo entre ellos comenzó a percibirse desde muy temprano. Pipino intentó evitar las dificultades reforzando la iglesia franca y colocando entre los señores espirituales y seculares, al nuevo rey carolingio, que al asumir el título Dei Gratia, obtuvo de alguna manera un carácter religioso.

La concepción agustiniana del Reino de Dios influyó tempranamente en el Estado Franco; las teorías políticas y religiosas se mezclaron inconscientemente. La Unión de Iglesia y Estado parecía el ideal a realizar. Cada uno necesitaba al otro, el Estado necesitaba a la Iglesia como única fuente de orden real y de verdadera educación; la Iglesia necesitaba para sus actividades la protección de la autoridad secular. En compensación por la educación en la moral y los conocimientos que la Iglesia impartía, el Estado le concedió grandes privilegios como el privilegium fori o libertad de la jurisdicción del Estado; la inmunidad , es decir, exención de tributos y servicios al Estado, de donde gradualmente tomó cuerpo el derecho a percibir impuestos de los que trabajaban en las tierras exentas y el derecho de administrarles justicia; más aun, exención del servicio militar y finalmente la concesión de grandes feudos que fueron el origen de las posesiones eclesiásticas posteriores. El reverso de esta situación enseguida se pudo vislumbrar: los eclesiásticos a los que se habían concedido feudos se convertían en dependientes de los señores seculares. Así, el Estado tomó parte desde el principio en la creación de leyes eclesiásticas, ejerciendo el derecho de patronato, nombrando candidatos para las diócesis y muy pronto se encargó, sobre todo en tiempos de Carlos Martel, de la secularización de las tierras de la iglesia. Así pues, la cuestión de la relación entre la Iglesia y el Estado reclamó enseguida la atención, convirtiéndose en la cuestión más importante en la historia de la Edad Media alemana. Bajo el primer emperador alemán este problema pareció hallar la solución definitiva. La historia real de Alemania comienza con Carlomagno (768-814). La guerra con los Sajones fue la más importante que se llevó a cabo y el resultado de esta lucha, tan fundamental en la historia alemana, fue que los Sajones fueron puestos en contacto con otras tribus germanas y no cayeron bajo la influencia escandinava. La permanente unión de Francos, Sajones, Frisios, Turingios, Hessianos, Alamanes y Bávaros, que Carlomagno llevó a cabo, fue la base de la combinación nacional y poco a poco se fue olvidando que había sido realizada a la fuerza. Desde tiempos de Carlomagno, las tribus arriba mencionadas vivieron bajo la constitución franca, reteniendo sus propias leyes, las leges barbarorum, que Carlomagno codificó.

Otro punto importante para el desarrollo alemán fue la fijación de las fronteras por Carlomagno, entre sus dominios y los eslavos, incluyendo a los Vendos en la parte más lejana del Elba y el río Saale. Es cierto que Carlomagno no hizo esto deliberadamente sino principalmente para intentar conseguir que todos estos pueblos germánicos se convirtieran al cristianismo. La conquista por Carlomagno de Alemania no fue un hecho de fuerza bruta, sino una unión que se reforzaría con los lazos de la moral y la cultura que crearía la religión cristiana. El amalgama de los elementos eclesiásticos y seculares que había comenzado con Pipino, llegó a su término con Carlomagno. El hecho de que Pipino consiguiera la aprobación papal de su reino reforzó los lazos entre la Iglesia y el reino Franco. La conciencia de ser el campeón de la cristiandad contra los árabes dio al reino de los francos el carácter religioso de protector predestinado de la iglesia, adquiriendo así una posición de gran importancia en el reino de Dios. Carlomagno estaba imbuido por estas ideas; le indignaba, como a S. Agustín, la supremacía del imperio pagano. El tipo de Reino de Dios de Carlomagno y sus consejeros no era el imperio romano sino la teocracia judía. Eso tenía en mente cuando quiso hacer realidad el Reino de Dios. El rey Franco deseaba, como Salomón, ser un gran potentado secular y eclesiástico, un sacerdote real. Era consciente de que esta concepción de su posición como cabeza del Reino de Dios, según las ideas alemanas, se oponía a la esencia del cesarismo romano y por ello puso objeciones a ser coronado emperador por el papa en la Navidad del año 800. En esta fecha, la idea germánica del Reino de Dios, de la que Carlomagno era el representante, se inclinó ante la idea romana, que tiene a Roma como su centro, Roma el lugar del antiguo imperio y el lugar más sagrado del mundo cristiano. Aunque en 774 confirmó la donación de su padre a la res publica romana, se preocupó de que Roma permaneciera conectada con el Estado Franco; en contrapartida Roma conseguía la protección franca. Llegó hasta interferir en cuestiones dogmáticas.

Carlomagno consideraba el imperio romano redivivo desde el antiguo punto de vista puesto que deseaba ardientemente ser reconocido por el Imperio Oriental. Consideraba su posesión del imperio como resultado solamente de su poder propio y por consiguiente él mismo coronó a su hijo Luis. Pero por otra parte veía su imperio solamente como un imperio cristiano, cuya más noble vocación era educar a los distintos pueblos que habitaban dentro de sus fronteras en el servicio de Dios, y así conseguir unificarlos.

Sin embargo, el imperio declinó rápidamente bajo su débil hijo Luis el Piadoso (814-40). La decadencia se aceleró por la idea dominante de que el Estado es la propiedad personal del soberano, idea que contenida el germen de constantes luchas internas cuando había varios hijos. Luis intentó prevenir los peligros de la división por medio de leyes para la sucesión hereditaria, que publicó en 817, según las cuales el poder soberano y la corona imperial debían pasar al hijo mayor. Probablemente fue la iglesia la promotora de esta idea, que mantenía positivamente esta unidad del poder supremo y la corona ya que estaban más en armonía con la idea del reino de Dios y que además convenía a la economía jerárquica de la organización de la iglesia. Cuando Luis tuvo un cuarto hijo, de su segunda esposa Judit, enseguida dejó a un lado la ley de partición del 817 en beneficio de su nuevo heredero. Pronto surgió una odiosa lucha entre padre e hijos y entre los hijos. En 833 el emperador fue capturado por sus hijos en la batalla de Luegenfeld (campo de las mentiras) cerca de Colmar. El papa Gregorio IV estaba esta vez de parte de los hijos. El comportamiento del papa y la humillante penitencia eclesiástica que Luis tuvo que sufrir en Soissons manifestaba el cambio que se había producido desde Carlomagno respecto a la teoría de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. El punto de vista de Gregorio de que la Iglesia estaba bajo el mando del representante de Cristo y que era una autoridad superior, no solo espiritual sino sustancialmente, y por ello también en lo político, contaba con defensores en Francia. Oponiéndose al hijo mayor, Lotario, Luis y Pipino, hijos de Luis el Piadoso, restablecieron al padre en el trono (834) pero cada vez que uno de los hijos resultaba insatisfecho, surgían levantamientos. El emperador moría cerca de Ingelheim en el 840. Las luchas entre los hijos siguieron después de la muerte de su padre y en 841 Lotario fue completamente derrotado cerca de Fontenay (Fontanetum) por Luis el Germánico y Carlos el Calvo. El imperio se dividió no por fuerza de las amenazas nacionales sino como consecuencia de la partición que se hizo y que se conoce como Tratado de Verdún (agosto, 843), que dividió el territorio entre los hijos de Luis el Piadoso: Lotario, Luis el Germánico (843-76), y Carlos el Calvo y que dio como resultado el fin de la monarquía carolingia.

A medida que el poder imperial se debilitaba, la Iglesia se elevaba sobre el Estado. El escandaloso comportamiento de Lotario II, que se divorció de su mujer legítima para casarse con su concubina, trajo una gran desgracia al reino. Sin embargo, la Iglesia, que se había convertido en un poder imponente y bien organizado, juzgó al rey adúltero. Cuando murió Lotario II sus tíos se dividieron sus posesiones entre ellos. Por el tratado de Ribemont (Mersen), La Lorena, que está entre el reino franco del este de Luis el Germánico y el occidental de Carlos el Calvo, se asignó al reino franco del este. Así se trazó una frontera, llamada a durar, entre los poderes crecientes de Francia y Alemania. Curiosamente esa frontera coincidía casi exactamente con la línea divisoria lingüística.

Carlos el Gordo (876-87), último hijo de Luis el Germánico volvió a unir todo el imperio. Pero según una antigua idea germánica, perdió el derecho a su soberanía por su cobardía cuando los temidos hombres del norte aparecieron ante París en una de sus frecuentes incursiones en Francia y por su incapacidad como gobernante. Consiguientemente los francos del este, nombraron rey a su sobrino Arnulfo (887-99). Este cambios e produjo por una rebelión de los laicos contra los obispos en alianza con el emperador. Arnulfo acabó de una vez por todas con los peligros de invasiones normandas con su victoria en Lovaina (891) sobre el Dyle. También venció en el este tras la muerte de Swatopluk (894), el gran rey de Moravia. La forma de proceder de algunos de sus grandes nobles, le obligó a volver en ayuda de los obispos; apoyado por la iglesia, fue coronado en Roma como emperador en 896. Teóricamente, su gobierno extendió su influencia sobre el reino franco del oeste, pero con su hijo Luis el Niño (899-911), último descendiente de la línea masculina de los carolingios alemanes, su influencia se limitó solo al reino franco del este. Tanto en el reino del este como en el del oeste el poder de los nobles creció mucho en esta época de confusión; un creciente número de hombres libres se convirtieron en vasallos para evitar las cargas que el Estado les imponía; la ilusión del título imperial ya no daba fuerza al imperio. A príncipes vasallos como Guido y Lamberto de Espoleto y Berenguer de Friuli se les permitió llevar la diadema de los césares.

A medida que se debilitaba la idea de unidad política, aumentaba el poder de la unidad de la Iglesia. El Reino de Dios, que el sacerdote real Carlomagno, por su imponente personalidad creyó haber construido, demostró ser imposible. Iglesia y Estado que durante un breve período se unieron en Carlomagno, comenzaron a separarse ya en el reinado de Ludovico Pío. El Reino de Dios se identificaba ahora con la Iglesia. El papa Nicolás I afirmaba que la cabeza de la única e indivisible Iglesia no podías estar subordinada a ningún poder secular; sólo el papa podía regir la Iglesia y era obligatorio para los príncipes obedecer al papa en las cosas espirituales; y no sólo eso, sino que los carolingios habían recibido su derecho a gobernar de manos del papa. Esta gran idea de unidad, este sentimiento total de un lazo común de unión no podía ser aniquilado ni siquiera en los tormentosos tiempos cuando el papa era humillado por los reyezuelos italianos. La idea de unidad dio a la Iglesia la fuerza para elevarse rápidamente a una posición más alta que la del Estado. Desde tiempos de S. Bonifacio, la Iglesia del reino Franco del Este había tenido relaciones directas con Roma, mientras que numerosos monasterios y nuevas iglesia le proporcionaban una firme implantación en esta región. Pronto controló toda la vida religiosa y como depositaria de la cultura, toda la vida intelectual. Además con frecuencia tuvo una influencia decisiva en la vida económica de Alemania, ya que era la que se encargaba de diseminar muchos de las habilidades y oficios de la antigüedad. Más aún, la Iglesia misma se había convertido en un poder económico en el reino franco del este. La piedad llevó a muchos a ponerse junto con sus tierras bajo el control de la Iglesia.

En este período se dio además un cambio en la vida social que tuvo importantes consecuencias sociales. Desapareció la antigua milicia compuesta por cada hombre libre capaz de llevar armas, porque los hombres libres cada vez eran menos. Surgió en su lugar un orden superior en el estado que era el único encargado del servicio militar. En esta era caótica los alemanes no progresaron mucho en su civilización. Sin embargo la unión que se había formado entre los elementos romanos, germanos y la cristiandad preparó el camino para el desarrollo de la civilización del reino franco del este que produjo los grandes resultados que se podían esperar. Al terminar el periodo carolingio la posición externa del reino era muy precaria. Los piratas del norte avanzaban atrevidamente dentro del imperio; daneses y eslavos cruzaban continuamente sus fronteras, pero las incursiones mas peligrosas fueron las de los magiares que en 907 ocasionaron en Baviera muchísimo sufrimiento; en sus expediciones en busca de botín arrasaron Sajonia, Turingia y Suabia. Entonces la salvación surgió dentro del mismo imperio. La débil autoridad del último de los carolingios, Luis el Niño, de pocos años, desapareció y resurgió al antigua forma ducal de gobierno revivida por varias tribus. Esto era lo que deseaba el pueblo. Los duques intentaron salvar al país en estos momentos críticos aunque también ellos vieron que solo la unión de los ducados podía alejar con éxito el peligro exterior. El poder real iba a encontrar su apoyo en los laicos. Una vez más, ciertamente, Conrado I (911-18) intentó de hacer de la Iglesia la base de su poder real, pero la política centralizadora clerical del rey halló mucha resistencia en los poderes subordinados. Enrique I (919-36) fue elegido por el poder laico en Fritzlar. Con su elección desaparecía la vieja teoría del Estado como Estado soberano del soberano y el reino franco se transformó en germano, en alemán. La forma de la elección le dejó muy claro a Enrique el curso que debía seguir. Era necesario ceder al deseo de algunas tribus de vivir su existencia separada y con cierto autogobierno bajo el poder imperial aceptado. De esta manera cobran fuerza los ducados a expensas de la corona. La fama de Enrique I quedó asegurada por su victoria contra los magiares cerca de Merseburg (933). Al volver a ganar la Lorena, que se había perdido durante el reino de Conrado, fortificó el lugar, frente a Francia, lo que le permitió la consolidación interrumpida de su reino. El mismo resultado consiguió en otras fronteras por sus victoriosas campañas contra los Vendos y los Bohemios. El reino de Enrique se formó de una confederación de tribus, porque aún no existía la idea de un “rey de los germanos”. Solo existía el Sacro Romano Imperio de la Nación Germánica, que Alemania consiguió convertir en una nación compacta con las tribus germanas. Los alemanes se unieron como partidarios del poder supremo y como vasallos del emperador.

Otón I el Grande (936-73) continuó con la política imperial. Durante su largo reinado, Otón intentó establecer un fuerte poder centrar en Alemania, esfuerzo que enseguida encontró la oposición de los poderes particulares alemanes que se aprovecharon de las disputas de la familia real. Otón demostró la necesidad de un gobierno fuerte con su victoria sobre los magiares cerca de Augsburgo (955), que además produjo como resultado la creación de la Marca Oriental. Juan XII le pidió auxilio desde Roma, amenazada por Berengario II de Italia, y firmando un tratado que le aseguraba la dignidad imperial y una participación en la elección papal, consiguió la corona imperial, el 2 de febrero de 962. Pero necesitaba conseguir el poder político para llevar a cabo sus planes político –eclesiásticos. Su intención era convertir a la Iglesia en un órgano de la constitución germana y eso sólo podía hacerlo si la Iglesia estaba absolutamente bajo su control, cosa que sería imposible a no ser que tanto el papado como Italia estuvieran bajo su esfera de poder. La finalidad del emperador era establecer su poder real entre los germanos, inclinados al particularismo, sobre una íntima unión de iglesia y Estado. Los alemanes habían revitalizado el imperio y habían librado al papado de sus desafortunadas relaciones con la nobleza de la ciudad de Roma. El papado ganó fuerza rápidamente y reanudó la política de Nicolás I. Al salvaguardar la unidad de la Iglesia de Europa occidental, los germanos protegían tanto el pacífico desarrollo de la civilización, que dependía de la religión, como el progreso de la cultura que difundía la iglesia. Así, los alemanes, en unión con la Iglesia, fundaron la civilización de la Europa Occidental. Para Alemania, la época heroica de los emperadores medievales fue un periodo de progreso en el saber. El renacimiento de la antigüedad durante la época de los Otones fue superficial, pero denotó un avance en el conocimiento, aunque de carácter eclesiástico, en contraste con las tendencias contemporáneas del gramático Wilgard en Rávena, que intentó revivir no solo la literatura antigua sino también las ideas de la antigüedad, aunque se opusieran a las ideas cristianas. Alemania tomo resueltamente el liderazgo de Europa occidental impidiendo así que cualquier otro poder reclamara la supremacía. Más aún, el nuevo imperio intentó establecer en Francia, Borgoña e Italia su carácter universal. Otón puso sus ojos en la Baja Italia, que estaba en manos de los griegos, aunque prefirió un arreglo pacífico con Bizancio y así casó a su hijo Otón II, en 972, con la princesa griega Teofano.

Otón II (973-83) y su hijo Otón III (983-1002) defendieron firmemente la unión con la iglesia que había inaugurado Otón I. El Segundo Otón intentó extender su poder por el Mediterráneo, lo que distrajo su mente de la política imperial alemana. Su campaña contra los sarracenos tuvo un fin desastroso en Calabria en 982 y no sobrevivió mucho a esa calamidad. Su romántico hijo intentó revivir el antiguo imperio, cuyo centro era Roma, como en los tiempos antiguos, donde en unión con el papa, quiso establecer el Reino de Dios. Papa y emperador debían ejercer un poder único e indivisible. Esta política idealista, llena de vagas abstracciones, llevó a severas pérdidas alemanas en el este, porque tanto polacos como húngaros se volvieron a independizar. En Italia Arduin de Yvrea fundó un nuevo reino; y como era natural, la península de los Apeninos se reveló contra la política imperial. Pero sin la posesión de Italia el imperio era imposible: Se vio claramente la ventaja de la teoría otoniana de gobierno y la iglesia se convirtió en la defensora de la unidad y legitimidad del imperio.

Después de la muerte de Otón III y el colapso del imperialismo, la Iglesia elevó al trono a Enrique II (1002-24) que revivió la política de Otón I, abandonada por Otón III, e hizo de Alemania y de la Iglesia el fundamento del sistema imperial, intentando dirigir la Iglesia como lo había hecho Otón I. En 1014 derrotó a Arduin y así consiguió la corona imperial. El enfermizo emperador, cuyos nervios le hacían comenzar proyectos de los que se cansaba rápidamente, hizo lo que pudo por recuperar lo perdido en la frontera este. No pudo derrotar al rey polaco Boleslaw II: lo único que logró fue reforzar la posición de los alemanes en la frontera del Elba aliándose con los Lusicios, una tribu eslava. Hacia el final de su reinado estalló una agria disputa entre el emperador y los obispos. En el sínodo de Seligenstadt, 1023, el arzobispo de Maguncia Aribo, que se oponía a la reforma cluniacense apeló al papa sin el permiso del obispo. Esta política eclesiástica de Aribo hubiera llevado a la larga a la fundación de una iglesia nacional germana independiente de Roma. La mayoría del clero apoyó a Aribo, pero el emperador se puso de parte de los reformistas. Henry murió antes de que se solucionar la disputa.

Con Conrado II (1024-39) comienza la influencia de los emperadores sálicos de Franconia. Los emperadores de esta línea fueron vigorosos, vehementes y aristocráticos. Conrado estaba dotado de una gran habilidad política y su reinado fue el más floreciente del imperialismo medieval. La situación del imperio en el concierto internacional era excelente. Conrado reafirmó el poder alemán en Italia. Tuvo unas amistosas relaciones con el rey Canuto de Dinamarca. Las disputas intestinas de Polonia hicieron que no representara un peligro exterior, y al conquistar Lasatia, los alemanes recuperaron la antigua preponderancia sobre los polacos. En Borgoña se recuperaron importantes partes, con lo que se logró separar temporalmente a los antiguos estados románicos Francia e Italia, quedando los grandes pasos por los Alpes bajo control alemán. La cercanía del imperio permitió a la población germana del noroeste de Borgoña preservar su nacionalidad. Conrado mantuvo la unión del estado con la iglesia, manteniendo su autoridad sobre ésta. Reclamó los mismos derechos sobre la iglesia que habían ejercido sus predecesores y como ellos nombró obispos y abades; se reservó para sí el control total sobre las propiedades de la iglesia. Sin embargo su política eclesiástica carecía de definición. No logró entender los intereses más importantes de la iglesia ni vio la necesidad de reformas. Tampoco intentó liberara al papado, desacreditado con Juan XIX y Benedicto IX, de su dependencia de los gobernadores civiles de Roma. El propósito de su actividad financiera fue emanciparse económicamente de la iglesia; puso funcionarios económicos reales junto a los ministeriales, o agentes financieros de los obispos y monasterios. Conrado quería que el reino de Alemania se apoyara en esos funcionarios reales así como en los vasallos normales, de manera que la laicidad de todos ellos fuera la garantía de la independencia del emperador respecto al episcopado. Aplicando estos métodos en Italia logró mantener una posición independiente entre los obispos y los pequeños déspotas italianos que luchaban unos contra otros. Así deja de ser importante la influencia de la iglesia en la teoría de gobierno de Conrado.

Este estilo de política de estado fue seguida por su hijo, el joven Enrique III (1039-56), quien, lo contrario que su padre, tenía una buena educación y había sido instruido desde temprana edad en los asuntos del Estado. Era un gobernante nato y no permitió influencia de nadie; a su fuerza de carácter y valentía, añadía un fuerte sentido del deber. Su política exterior tuvo éxito al principio. Impuso la soberanía del imperio sobre Hungría, aunque no siempre pudo mantenerla; Bohemia era también un estado dependiente. El imperio logró una posición dominante en la Europa occidental y en los alemanes se despertó una cierto orgullo nacional que abrió el camino hacia un espíritu nacional. Pero la finalidad de estas aspiraciones nacionales, la hegemonía en Europa occidental, era una ilusión fantasmagórica: cada vez que el emperador iba a Italia a ser coronado tenía que reconquistarla. Hasta en este mismo momento la supremacía corría un gran peligro por la amenaza de conflicto entre el poder imperial y el poder sacerdotal, entre Iglesia y Estado. La iglesia, única guía en la tierra para la salvación, había obtenido el dominio sobre la humanidad a la que trataba de ir apartando de lo terrenal para dirigirla hacia lo espiritual. El claro contraste entre el ideal y la realidad despertó en muchos el deseo de dejar el mundo, Apareció un espíritu de ascetismo, primero en Francia, que se apoderó de muchos corazones. Ya en tiempos del de los primeros emperadores sajones se intentó introducir en Alemania el movimiento de reforma de Cluny y en tiempos de Enrique III es reforma se había fortalecido. Enrique III, más que sus predecesores, puso gran énfasis en la parte eclesiástica de su posición real. Sus puntos de vista religiosos le llevaron a ponerse de parte de los hombres de Cluny. El gran error de su política eclesiástica fue creer que bastaba con enfatizar su autoridad real para imponer la reforma de la Iglesia. Presidió y convocó repetidamente sínodos y tomó decisiones en asuntos de la Iglesia. Su error principal consistió en creer que podía transformar a la Iglesia a la manera que querían los reformadores y al mismo tiempo mantener su dominio sobre ella, lo que también quedó patente en su relación con el papado. Intentó poner fin a los desórdenes de Roma, causados por el desafortunado cisma, tomando enérgicas medidas para deponer a los tres papas que competían y sentando a Clemente II en la sede apostólica. Clemente le coronó emperador y le nombró patricio romano, con lo que parecía que Enrique había logrado el mismo control sobre la Iglesia que había ejercido Otón. Pero el papado, purificado por las elevadas concepciones de los reformistas y liberado por Enrique de la influencia de la degenerada aristocracia romana, se esforzaba por ser absolutamente independiente. La iglesia debía estar libre de todas las ataduras humanas. Y así las principales metas de la política papal eran el celibato de los clérigos, la presentación de los cargos eclesiásticos solamente por la iglesia y la consecución, por así de la mayor centralización posible. Enrique había actuado con absoluta honestidad al ayudar al papado, peor no tenía la intención de que se librara de su control. Era sinceramente piadoso y estaba convencido de la posibilidad y necesidad de un acuerdo completo entre imperio y papado. Pero su imaginativa política se convirtió en un idealismo poco práctico y como consecuencia el poder monárquico comenzó rápidamente a perder fuerza. Hungría logró su libertad y el sur de Italia fue retenido por los Normandos, mientras que el ducado de Lorena, que había sido causa de muchas dificultades, mantuvo su hostilidad hacia el rey. Al final del reinado de Enrique III el descontento era universal en el imperio, permitiendo el surgimiento de poderes particularísticos, sobre todo por parte de los duques.

Cuando Enrique III murió, Alemania había llegado a un momento clave de su historia. Su esposa Inés asumió la regencia de su hijo de cuatro años, Enrique IV (1056-1106), mostrando inmediatamente su incompetencia para el puesto al conceder a los grandes ducados a opositores a la corona. Intentó apoyar a la nobleza inferior con lo que se granjeó el odio de los grandes príncipes. Los grandes príncipes, dirigidos por Anno (Hanno) arzobispos de Colonia, organizaron una conspiración para apoderarse del príncipe niño en Kaiserswert consiguiendo el control del poder imperial. Enrique IV prefirió dejarse guiar por Adalberto, arzobispo de Bremen, que de momento pudo dar a la política gubernamental un carácter más nacional. Así, en 1063 recuperó la influencia alemana sobre Hungría, empeñándose en fortalecer el poder central. En la Dieta de Tribur, 1066, fue depuesto por los particularistas. Sin embargo el rey era ya capaz de tomar por si mismo el mando. Mientras tanto, el papado había avanzado rápidamente hacia su independencia absoluta. La Curia aplicaba ahora el significado de simonía a la concesión de un beneficio eclesiástico hecha por un laico, demandando un cambio total en las condiciones del imperio enfrentándose al poder imperial. Las ordenanzas de 1059 para la reglamentación de las elecciones papales excluían todos los derechos imperiales sobre el asunto. Las condiciones en Italia eran cada vez más desfavorables para el imperio. El principal apoyo de la política papal, eran los normandos sobre los que reclamaba autoridad soberana. Los obispos alemanes fueron cediendo más y más ante la autoridad de Roma: la teoría otoniana de gobierno era contestada. Entonces surge la pregunta: ¿En el reino de Dios sobre la tierra, quien ha de tener la primacía para gobernar, el emperador o el papa? En Roma la cuestión se había resuelto hacía ya tiempo. El poderoso oponente de Enrique IV, Gregorio VII, afirmaba que los príncipes debía reconocer la supremacía del reino de Dios y que la ley de Dios debía llegar a todas partes, ser obedecida y aplicada. La lucha que ahora estalló fue en principio un conflicto sobre los derechos respectivos del imperio y del papado. Pero el conflicto pronto derivó del campo espiritual al temporal. A la larga se convirtió en un conflicto por la posesión de Italia, y durante la lucha lo espiritual se confundió con frecuencia con lo terrenal. Enrique no era adversario para el genio de Gregorio VII. Era valiente e inteligente y, aunque de naturaleza apasionada, luchó con obstinación por los derechos de su poder monárquico. Pero Gregorio, como representante del movimiento reformador en la Iglesia, exigiendo completa libertad para ella, era demasiado poderoso para él. Ayudado por la nobleza inferior, Enrique trato de convertirse en un poder absoluto. Sin embargo los poderes particularistas insistían en el mantenimiento de los límites constitucionales de la monarquía. La revuelta de los Sajones contra la autoridad real fue dirigida tanto por lo príncipes seculares como por los espirituales y Enrique hubo de sufrir muchas humillaciones antes de someterlos en la batalla de Unstrut (1075). Inmediatamente después comenzó su conflicto con el papado. La ocasión surgió en el nombramiento del arzobispo de Milán por parte del emperador sin tener en cuenta la elección realizada por parte de los eclesiásticos. Gregorio VII envió inmediatamente a Enrique una carta amenazadora. Airado por esto, Enrique hizo que, en el sínodo de Worms del 24 de enero de 1076, se declarara depuesto al papa. Gregorio se sintió liberado de toda restricción y excomulgó al emperador. El 16 de octubre de 1076, los príncipes alemanes decidieron que el papa debía juzgar al rey y que hasta que se levantara su excomunión, debía perder la corona durante un año y un día. Enrique intentó romper la alianza entre los particularistas y el papa con un inteligente golpe de timón: no podía recuperar a los príncipes alemanes para su causa, pero sí al papa. Con una peregrinación penitencial obligó al papa a concederle la absolución. Enrique apeló al sacerdote y Gregorio mostró su grandeza. Liberó al rey del entredicho, aunque al hacerlo iba contra sus propios intereses, que sugerían que conservase el acuerdo para actuar en unión con los príncipes alemanes.

Así, el día de Canossa (2 y 3 de febrero de 1077) acabó siendo una victoria para Enrique. No traía consigo la paz porque los confederados alemanes del papa no reconocieron la reconciliación de Canossa y eligieron como rey en Forchheim el 13 de marzo, a Rodolfo, duque de Suabia Rodolfo. La guerra civil estalló en Alemania. Después de muchas dudas, Gregorio tomó por fin partido por Rodolfo y volvió a excomulgar a Enrique. Rodolfo perdida trono y vida poco después en la batalla de Hohenmoelsen no lejos de Merseburg. Enrique abandonó su política absolutista, reconociendo que era impracticable. Volvió a la teoría otoniana del gobierno y el episcopado alemán, que estaba amargado por la severidad de la administración eclesiástica romana, se pasó al campo del rey. Confiando en su posición dentro de la Iglesia, Enrique hizo que el papa fuera depuesto en un sínodo en Brixen y que se eligiera a Guiberto de Rávena como Clemente III, con el que entró en Roma para ser coronado emperador en 1084. El amor por los derechos de la Iglesia llevó al gran Gregorio al exilio en el que murió poco después. Tras su muerte, Enrique tuvo más poder que los particularistas que habían elegido a nuevo rey, Herman de Luxemburgo, en 1090 volvió Enrique a Italia a defender sus derechos contra los dos poderosos aliados del papado, los Normandos en el sur y la condesa Matilde de Toscana en el norte. Mientras estaba en Italia, su propio hijo Conrado se declaro rey en oposición a él. Apesadumbrado por este golpe, Enrique permaneció inactivo en Italia no volviendo a Alemania hasta 1097. No había habido reconciliación entre él y el papa Urbano II. En Alemania intentó restaurar la paz en el interior por su política popular intensificó el particularismo de los príncipes. Su hijo, el joven Enrique, en unión con ellos, se rebeló contra su padre. El papa apoyó la revuelta y el emperador no pudo oponerse a tantos oponentes. En 1105 abdicó. Sin embargo volvió de nuevo a defender sus derechos, pero poco después (1106) la muerte termino con su agitada vida tan llena de sucesos interesantes y trágicos. A él se debe que la monarquía no pereciera. Ha sido llamado el más brillante representante de la laicidad alemana en la Alta Edad Media. Durante su reinado comenzó el desarrollo de las ciudades alemanas, que resultó tan fructífero.

Enrique V (1106-25) también adoptó la política de los Otones. En las numerosas discusiones sobre el derecho de investidura hombres de juicio sobrio insistieron, como el mismo emperador, en que éste no podía renunciar a la investidura de sus vasallos obispos con los beneficios materiales y que se debía distinguir entre el poder espiritual y secular de los obispos. El papa hizo entonces la extraña propuesta de que el emperador renunciara a la investidura y el papa a los beneficios materiales. Esta propuesta de quitar a la Iglesia el poder secular hubiera llevado a una revolución en Alemania porque no solo se hubieran opuesto a ella los obispos, que eran príncipes gobernadores, sino también muchos nobles, así como los vasallos de la iglesia, que se hubieran rebelado. La tormenta de insatisfacción que estalló en Roma en 1111 obligó al papa a anular la prohibición de la investidura. Pronto se vio la imposibilidad de aplicar el permiso concedido y el conflicto sobre las investiduras comenzó de nuevo. Al partido eclesiástico se unieron los príncipes que se oponían al emperador y las fuerzas imperiales pronto sufrieron derrotas en el Rin y Sajonia, lo que permitió a los partidarios del papa ganar terreno en Alemania, alejándose de Enrique la mayoría de los obispos. A pesar de ello, Enrique viajó a Italia en 1116 para reclamar los estados feudales de la condesa Matilde, que había fallecido, y para confiscar sus propiedades libres. Esta acción empeoró las relaciones con el papa y el conflicto volvió a estallar a pesar del universal hastío que producía. La influencia de los príncipes seglares alemanes había de ser reconducida, porque por esta época ciertas familias de la nobleza secular comenzaban el poder hereditario y aparecían como dinastías hereditarias con nombres familiares y residencias precisos. En este tiempo los emperadores franconianos se fundan las familias dinásticas de los principados alemanes, que actúan como poderes independientes en la disputa entre el emperador y el papa. Calixto II quería la paz y en 1122 se alcanzó un acuerdo y se proclamó el concordato en el sínodo de Worms, en el que el papa estaba de acuerdo en que la elección de obispos en Alemania se efectuase de acuerdo a los procedimientos canónicos en presencia del rey o de su representante y que el obispo electo fuera entonces investido por el rey con el cetro como símbolo de las regalías. En Alemania la investidura había de preceder a la consagración eclesiástica mientras que en Italia y Borgoña se celebraría después. Así pues, el emperador mantenía toda su influencia en le nombramiento de las sedes vacantes y los obispos, como príncipes seglares, respondían ante él. Sin embargo, este concordato de Worms fue un fracaso para las exigencias imperiales porque el papado, que hasta entonces había sido un poder subordinado, se convertía en otro del mismo rango. Estaba ahora libre del control de la corona alemana y mantuvo una postura independiente, al derivar su dignidad solo de Dios. El emperador, por el contrario, recibía su dignidad del papado. El talentoso pero intrigante y engañoso había logrado que se fortalecieran las tendencias anti-imperiales en toda Europa. Durante el conflicto de las investiduras, los reyes habían logrado librarse completamente de la influencia imperial: el papa que era la garantía de su independencia, se había convertido en el representante de toda la cristiandad, mientras que la dignidad imperial había perdido su atributo de universalidad. Se había abierto el camino para que el papa se convirtiera en el árbitro sobre reyes y naciones. Había una tregua entre el papa y el emperador, aunque sólo se había resuelto una cuestión menor, peor el conflicto había despertado le intelecto de los hombres y en ambos bandos fue apareciendo una voluminosa literatura. Surgió la afirmación de que la concepción cristiana del papado no se había realizado en las condiciones existentes. Surgieron otras manifestaciones de pensamiento independiente. Las Cruzadas abrieron un mundo de nuevas ideas, los escritos históricos hacían grandes progresos y surgen nuevas formas en el arte y la arquitectura. Aumentan e comercio y los viajes por el activo intercambio con Italia, lo que benefició el crecimiento de las ciudades. Alemania creció en civilización aunque no alcanzara el nivel de Italia y Francia.

Enrique V murió sin hijos y su sobrino, el duque Federico de Suabia, representante de la familia más poderosa en el imperio esperaba ser el sucesor. Sin embargo, el clero, dirigido por el arzobispo Adalberto de Maguncia, temía que Federico continuara con la política eclesiástica de los emperadores franconianos y lograron derrotarlo como candidato. En Maguncia votaron la mayoría de los príncipes a favor de Lotario de Supplinburg (1125-37); con esto demostraban los electores su desacuerdo con los derechos hereditarios al trono. Los hermanos Hohenstaufen, Federico y Conrado, lo concedieron la corona a Lotario sin luchar. Los Hohenstaufen estaban en posesión de las tierras de la corona que pertenecía a la herencia de los emperadores franconianos, surgiendo una larga lucha por estos territorios. La soberanía de Lotario estuvo durante un tiempo en una posición muy crítica; el poder de los Hohenstaufen había crecido tanto que en 1127 sus partidarios se aventuraron a proclamar rey a Conrado. Pero Lotario venció con las armas. Era un hombre valiente algo, inclinado a la acción rápida, que logró mantener las exigencias del imperio contra Bohemia, Polonia y Dinamarca. Como hombre de estado, sin embargo, Conrado era menos agresivo. Permitió el cisma de 1130, cuando Inocencio II y Anacleto II contendían por la Santa Sede, sin aprovechar en beneficio del imperio la debilidad del papado. Después de algún retraso reconoció a Inocencio como papa y lo llevó a Roma, donde fue coronado emperador el 1133. Pero la curia no estuvo de acuerdo con su exigencia de restauración del derecho de investidura. Pero recibió los dominios de la condesa Matilde como feudo papal y así puso los cimientos de la fortaleza de la casa de Welf (Güelfos) en Europa central. Mientras tanto los dos hermanos Hohenstaufen fueron derrotados y Lotario pudo por fin (1136) sin temor de un levantamiento en Alemania, ir a Roma por segunda vez. El objetivo de esta campaña era derrotar al rey Roger de Sicilia, protector del antipapa, aunque el éxito del ejército imperial fue solo temporal. Las diferencias de opinión sobre los derechos imperiales y papales en la Italia inferior y Sicilia puso en peligro en ocasiones el entendimiento entre los dos grandes poderes. El emperador enfermó y murió volviendo a casa y tras su muerte, el vigoroso Roger reunió a toda la Italia inferior, con la excepción de Benevento, en un reino que mantuvo una posición sin rival en Europa por su brillante y extraña mezcla de cultura. En la lucha entre el papa y el imperio, este reino siciliano iba a tener pronto un papel importante.

La política papal estaba influenciada por su desconfianza en los propósitos de la dinastía sajona en la Italia inferior; así que con un atrevido golpe logró la elección de Conrado III (1138-52), el Hohenstaufen duque de Franconia, saltándose al duque Enrique el Orgulloso, que gobernaba en Sajonia y Baviera y era descendiente del duque de Welf (Güelfo). El nuevo rey exigió a Enrique que rindiera el ducado de Sajonia. Aunque el doble ducado de Baviera-Sajona se disolvió tras una larga lucha, el de Sajonia, que se le concedió al joven Enrique el León, hijo de Enrique el orgulloso por el tratado de 1142, siguió siendo una amenaza para el gobierno de los Hohenstaufen. Conrado no fue capaz de terminar con los desórdenes de su reino y el respeto por el imperio decayó el la frontera oriental. Tampoco pudo imponer su dominio en Italia. A pesar de todos estos problemas, no podo resistir la tremenda elocuencia de Bernardo de Claraval y se unió a la Segunda Cruzada, cuyo éxito había sido prometido por S. Bernardo y el papa, resultó un completo fracaso. Cuan do Conrado volvió, con su espíritu roto, tuvo que enfrentarse al peligro de un formidable levantamiento de los Güelfos. Murió en 1152. Durante su reinado comenzaron a manifestarse los resultados intelectuales de las Cruzadas. La imaginación de los hombres había sido estimulada y les alejó de los sentimientos medievales tradicionales. El mundo se vio inundado por un impulso romántico y la concepción de las Cruzadas se fue desarrollando en primer lugar las naciones románicas, influyendo en la civilización y en la moral de aquel tiempo. Durante mucho tiempo, la condición de caballeros alemanes, en particular, se caracterizó por unas ideas y maneras románticas.

Cuando el nuevo rey Federico Barbarroja (1152-90), ascendió al trono, su reino germánico parecía estar a punto de desintegrarse. Intentó reforzarlo viajando por todas partes de su reino y, contrariamente a su antecesores, se puso personalmente a la tarea de terminar con las luchas entre los Güelfos y los Hohenstaufen. Quiso apoyar el poder de los Welf (Güelfos) de tal manera que quedase claro que los intereses de éstos coincidían con los de la corona. Además de Sajonia, Enrique el León recibió el ducado de Baviera que se le había quitado a su padre Enrique el Orgulloso. Como protector seglar de la iglesia, Federico llegó a un acuerdo con el papa sobre los adversarios de éste, los ciudadanos de Roma y el rey Roger de Sicilia. Federico tenía grandes planes en su política imperial que solo podía llevar a cabo teniendo un firme apoyo en Italia. Las ciudades- república se habían levantado contra su soberanía. Federico quiso forzarlas a que reconocieran la supremacía del imperio, desconociendo el poder de resistencia de las ciudades libres. Para evitar que el papa interfiriera en la disputa, Federico resolvió no permitir su intervención en asuntos seculares. Creía que los alemanes estaban destinados en la historia del mundo a ejercer un gobierno universal y esta idea era precisamente la que exasperaba a los italianos y recrudecía su odio. Federico creía que no podía llevar adelante su política universal sin la posesión de Italia, lo que llevo a nuevos enfrentamientos entre Iglesia y Estado. Cuando en 1155 Federico llegó a Roma para ser coronado emperador, la mayoría de las ciudades le rindieron homenaje. A su vuelta restauró Baviera como feudo de Enrique el león, habiendo separado antes del ducado a la Marca Oriental (después llamada Austria). Con el tiempo esto llevó a un gran desarrollo de la Marca que resultó de máxima importancia en la futura historia del imperio. La política de Federico, en general, no interfería en los derechos de los príncipes alemanes, mientras obedeciesen las leyes del imperio. A los príncipes eclesiásticos los mantuvo más cerca de sí. Los obispos más poderosos de este período, Rainald de Colonia, Christian de Maguncia, y Wichmann de Magdeburgo, apoyaron al emperador. La mayoría de los obispos pensaban en Federico como protector contra las interferencias y usurpaciones de Roma de los gobernantes seglares. El emperador intentaba al reforzar su poder dinástico, independizarse tanto de los príncipes eclesiásticos como de los seglares y para llevar a cabo esto necesitaba el concurso de los funcionarios inferiores (Ministerialen) que aún eran siervos y de los que después surgiría una importante nobleza militar. Así preparó Federico el camino para el floreciente periodo de caballería, que iba a dar el nombra e aquella época. Surgió una cultura romántica, caballeresca, aunque el amor a la lírica de su tiempo con frecuencia expuso posturas poco sanas sobre la moral y el matrimonio. Sin embargo el movimiento no penetró muy profundamente y la gente corriente permaneció incorrupta. Más aún, la poesía no se limitaba a canciones artificiales de amor; Wolfram von Eschenbach tuvo la valentía de afrontar grandes problemas. Walther von der Vogelweide fue el heraldo0 del imperialismo alemán. El arte intentó solucionar grandes cuestiones y comenzó a sacar sus temas de la vida. El conocimiento científico, sin embargo no hizo los mismos progresos; aun no se había terminado el tiempo de los aprendices, mientras que en Francia e Italia, la Escolástica ya había comenzado a mostrar su creatividad.

En 1158 Federico inició su segunda campaña en Italia, que terminó con el saqueo de Milán, la sumisión de Italia y la huida del papa Alejandro III a Francia: Sin embargo, cuando el resto de Europa se puso de parte del papa legítimo, la derrota del emperador quedó asegurada, porque el papado, cuando era apoyado por otros países, no podía coaccionado por Federico. La tercera campaña del emperador (1162-64) terminó en el fracaso de su política sobre Italia inferior y el estallido de la plaga destruyó los aspectos más prometedores de la cuarta expedición. En la quintera campaña (1174) se dio la memorable derrota cerca de Lugano que abrió los ojos del emperador sobre la necesidad de un tratado de paz. En 1177 hizo las paces con el papa en Venencia y reconoció a Alejandro III al que se había opuesto tan obstinadamente. El papado había defendido victoriosamente su igualdad con el imperio. En Alemania, Federico hubo de tomar medidas contra las violentas formas de proceder de Enrique el León. El insubordinado güelfo fue depuesto y sus feudos divididos, dando Baviera a Otón de Wittelsbach. Con las sucesivas concesiones de estas tierras Federico coopero en la ruptura del imperio y cuando en 1184 casó a su hijo con Constanza, heredera del reino normando, se metió en nuevas complicaciones. Federico tomó parte en la Tercera Cruzada para que el poder más grande del la cristiandad luchara activamente contra el infiel. Se ahogó en Asia menor el 10 de junio de 1190 y en el momento de su muerte era un héroe popular. Había logrado reforzar el sentimiento de que los germanos eran un gran pueblo, aunque en aquel momento no era posible un verdadero imperio nacional; la unidad no se logró por el carácter internacional de la vida intelectual y, en parte, social.

El hijo de Federico, Enrique VI (1190-97), quiso establecer un poder mundial en el Mediterráneo. Pero sus ideales contradecían a la combinación sajón-güelfa encabezada por Ricardo Corazón de León de Inglaterra y también a los príncipes alemanes que intentaban impedir el incremento de de poder real que deseaba Enrique. La captura de Ricardo en 1192 disolvió la liga de príncipes y llevó a la paz con la casa de los Güelfos. En 1194 Enrique conquistó Sicilia parecía que sus ideas imperialista iban a imponerse, pero fallaron gracias a la oposición de los príncipes alemanes y del papa. Cuando Enrique murió en 1197 los países de Europa occidental habían tomado posturas contra las ambiciones imperialistas del emperador alemán. Alemania estaba bajo la amenaza de los horrores de la guerra civil. Todas las fuerzas anti-nacionales estaban activadas.

En vez de que la corona fuese para Federico, hijo de Enrique, que estaba en Nápoles, el arzobispo Adolfo de Colonia intentó, por el ejercicio de los derechos electorales de los príncipes, que la obtuviera Otón IV (1198-1215). Pero los Hohenstaufen se dieron cuenta y se aseguraron de que fuera elegido el duque Felipe de Suabia (1198-1208). Por primera vez surgió la cuestión de qué príncipes tenían derecho al voto. El número de electores no se había cerrado aún, aunque ya desde la elección de Lotario y Conrado solo habían votado los principies y el derecho del arzobispo de Maguncia para presidir la elección era admitido por todos. No mucho después se impuso la opinión de que solo seis príncipes gobernantes tenían derecho a actuar como electores: los tres arzobispos renanos, el Palgrave renano, el duque de Sajonia y el Margrave de Brandenburgo; con el tiempo se añadió e rey de Bohemia. La "Sachsenspiegel" (compilación de leyes sajonas, c. 1230) confirmó este punto de vista. En el momento de la doble elección de Otón y Felipe la política seguida por los príncipes alemanes era simplemente egoísta. El enérgico Inocencio III, que entonces era papa, reclamó el derecho de decidir en la disputa y asignó la corona a Otón, con lo que éste, durante un tiempo llevó ventaja a Felipe. En este conflicto, los príncipes alemanes cambiaban de bando siempre que convenía a sus intereses, El arzobispo Adolfo de Colonia, que había lleva a cobo la elección de Otón, acabó alejándose de él. Felipe ganó autoridad y después de la victoriosa batalla cerca de Wassenberg en 1206 hubiera vencido a Otón y su aliado el papa si no hubiera sido asesinado en Bamberg en 1202 por Otón de Wittelsbach.

Otón IV fue entonces admitido universalmente como rey. Había prometido al papa renuncia a sus reclamaciones sobre los territorios de la condesa Matilde de Toscana y permitir la libre elección de obispos. Pero una vez que estuvo en Roma se negó a cumplir esas promesas. El papa, a pesar de estar disgustado, le coronó emperador en 1209. Pero cuando Otón quiso después revivir sus reclamaciones imperiales a Nápoles, el papa le excomulgó (1210). Mientras tanto la posición suprema del imperio se había convertido en un asunto tan importante que los principies extranjeros empezaron a intervenir en la política alemana. El gran conflicto entre Felipe II Augusto de Francia y Juan de Inglaterra se reflejó en las luchas entre los Hohenstaufen y los Güelfos en Alemania. Federico II (1212-50), protegido por los franceses y por el papa, llegó a Alemania y fue coronado en Maguncia. La coalición de los ingleses y los güelfos fue rota por los franceses en la batalla de Bouvines (1214), aunque Otón mantuvo siguió luchando por sus derechos hasta su muerte en 1218. El largo conflicto había debilitado la fuerza de la dinastía Hohenstaufen. Tanto los territorios imperiales como los de los Hohenstaufen se habían arruinado y los príncipes alemanes eran conscientes de su poder. Federico II, como su padre, había hecho de Italia el centro de su política pero al mismo tiempo intentaba mantener el control de Alemania en sus manos, ya que el poder imperial estaba conectado con ese país y los soldados que necesitaba para sus proyectos italianos salían de allí. Para mantener la paz en Alemania y asegurarse la ayuda de los príncipes alemanes para su política italiana Federico hizo grandes concesiones a los príncipes eclesiásticos en la "Confoederatio cum principibus ecclesiasticis" (1220) y a los seglares en el "Statutum in favorem principum" (1232). Estas dos leyes fueron la base de la constitución aristocrática del impero germánico. Ambas contenían un gran número de ordenanzas separadas que puestas juntas serían la base segura de la futura soberanía de los príncipes locales. En estos estatutitos aparece por primera vez la expresión landesherr (señor de la tierra). En estos momentos Alemania aparece dividida en un gran número de soberanías territoriales que consistían en territorios eclesiásticos, ducados, que yo no eran ducados tribales, los margravatos, entre los que sobresalía el de la Marca Norte, gobernado por Alberto el Oso, los palatinados, los condados y los dominios independientes de los que se había convertido de propietarios de terrenos en soberanos de los mismos. Además existían los distritos que estaban bajo la soberanía directa del rey por medio de tenentes imperiales. Lo que Federico intentaba conseguir al favorecer a los príncipes, lo conseguía. No tenía interés real en Alemania, que al principio era gobernada por el enérgico Engelbert, arzobispo de Colonia; desde 1220 solo estuvo una vez. Para él era como un apéndice d Sicilia. La política alemana de Federico amenazaba al papado, aunque por medio de concesiones intentaba evitar conflictos con él. El talentoso y muy culto emperador iba muy por delante de su tiempo. Era un gobernador autocrático y creó en el sur de Italia el primer estado moderno, pero por su preocupación por Italia agotó los recursos del imperio, lo que dio ventajas a los reino s vecinos de Francia e Inglaterra, que desde hacía tiempo eran poder independientes, así como a Hungría, Polonia y los países escandinavos. El conflicto entre el poder sacerdotal y el imperio había ayudado al desarrollo de los estados de Europa occidental. La posesión de Italia y el voto de ir a la Cruzada regularon las relaciones de Federico con la Curia. Fue coronado emperador 1212. Se le urgía repetidamente que cumpliera con el voto de la cruzada y finalmente fue excomulgado por no hacerlo. En 1227-29 logró éxitos en el este que no gustaron al papa. El silencioso reconocimiento de estos éxitos por parte de la curia fue una victoria para Federico. Su hijo Enrique dirigió un levantamiento que fue rápidamente aniquilado, pero los lombardos, confederados con Enrique mantuvieron una postura amenazadora. El emperador logró poner orden en el caos alemán por medio de l apolítica de concesiones a los príncipes. Federico comenzó las hostilidades contra los lombardos y contra el papa Gregorio IX (1227-41) casi al mismo tiempo. Los príncipes alemanes apoyaron fielmente al emperador y por consiguiente, a la muerte del papa, la victoria parecía pertenecer a los imperiales. Inocencio IV (1243-54), sin embargo, renovó la lucha y desde Lyon excomulgó al emperador, que quedó en una situación preocupante. So hijo Conrado hubo de enfrentarse en Alemania contra con pretendientes Heinrich Raspe de Turingia y Guillermo de Holanda. En Italia, sin embargo, las condiciones parecían favorables, pero entonces precisamente murió Federico (13 diciembre, 1250), y cónsul muerte terminó la lucha por la soberanía del mundo.

El año 1250 señala el momento de un extraordinario cambio en Alemania. Se abandonan los romances de caballería my surgen nuevas fuerzas que dirigen la vida de la nación. Debido a los extraordinarios cambios económicos, la población creció rápidamente. La mayoría eran campesinos pero en comparación con los nobles y eclesiásticas no tenían ningún peso político. El factor importante de la nueva edad fue la municipalidad y su desarrollo fue el principio de una apolítica puramente alemana. El glamour de la idea imperial se había desvanecido y los hombres querían ahora hechos y realidades. La educación va entrando entre los laicos y se desarrolla con el comercio. Se abran nuevos mercados, asentamientos comerciales que reciben “cartas ciudadanas, bajo la cruz real. Los mercaderes de estos asentamientos necesitan artesanos y estos desde el siglo doce se organizan en gremios, formando una unidad política nueva. Los concejos elegidos por las ciudades tratan de dejar aparte a los señores de las ciudades, especialmente a los obispos del Rin. El apoyo de los Hohenstaufen a los obispos contra al independencia de las ciudades fue en vano, porque los gobiernos de las ciudades son podían ser destituidos. Para proteger sus derechos, algunas de las ciudades formaron alianzas, como la confederación de ciudades renanas, que ya se había formado en el período del Gran Interregno para mantener la paz pública. Estas confederaciones iban a ser peligroso adversarios de los señores territoriales, pero tales alianzas no se generalizaron y las confederaciones más pequeñas, divididas entre ellas, sucumbieron sin apoyo mutuo ante el poder unido de lo príncipes. El crecimiento de las ciudades trajo la ruina del comercio de trueque e intercambios en especie; wel crecimiento del sistema capitalista de comercio afectó inmediatamente a la visión germana de la vida, hasta este momento absorta casi totalmente en lo sobrenatural, mientras que en adelante los alemanes se interesaron más por las cosas prácticas de este mundo. Este cambio en la forma alemana de pensar fue fomentada por la oposición que surgió en las ciudades entre los ciudadanos y los anteriores señores del territorio, que con frecuencia eran lo obispos y el clero. La opinión de la ciudad se notaba aquí y allá en la forma en que manifestaban los clérigos. Los dominicos y franciscanos, al menos, enseñaban sus doctrinas en lenguaje que el pueblo entendía muy bien. El crecimiento de las ciudades tuvo también mucha importancia en la vida social de aquel tiempo. Existía el dicho “el aire de la ciudad da libertad (Stadtluft macht frei); se creó una clase completamente nueva de hombres libres.

Bajo el gobierno del último de los Hohenstaufen comenzó a aparecer un principio de cultura nacional. El latín había caído en desuso y el alemán se bajía convertido en el idioma de la escritura. Por primera vez Alemania tenía la sensación de ser una nación. Esto llevó a muchos alemanes a oponerse a la Iglesia. En el conflicto entre el papado y el imperio en el que la iglesia parecía con frecuencia oponerse al nacionalismo la oposición no era contra la iglesia en cuento tal sino contra algunos de sus representantes. Los alemanes siguieron siendo profundamente religiosos, como se puede comprobar en los místicos alemanes.

Lo más valioso del aumento del sentimiento nacionalista fue la conquista de la parte oriental del imperio alemán. Enrique I ya lo había intentado pero hasta el siglo trece no se llevó a cabo y gracias sobre todo a la energía de la Orden Teutónica. Las Marcas de Brandenburgo, Pomerania, Prusia y Silesia fueron colonizadas por los alemanes de forma que causa admiración y la influencia alemana avanzó hasta el golfo de Finlandia, los centros de la civilización alemana en estos pagos fueron los monasterios premostratenses y cistercienses. Este éxito extraordinario se consiguió en un tiempo en el que parecía que el gobierno imperial parecía estar a punto de desaparecer: el Periodo del Gran Interregno (1256-73). Comienzan a notarse los síntomas del caos interno ya desde el reinado del hijo de Federico, Conrado IV (1250-54), creciendo la confusión en el de Guillermo de Holanda y después de él durante los reinados nominales de Ricardo de Cornualles y Alfonso de Castilla. Al mismo tiempo, Bohemia crecía rápidamente en poder bajo Ottocar II, convirtiéndose en un elemento peligroso para la política interior y exterior de Alemania. Fue el papa Gregorio X quien restauró el orden en Alemania. Para realizar sus planes en Tierra Santa, necesitaba una Europa occidental en paz, así que comisionó a los príncipes electores, que aparecen ahora por primera vez, para que eligieran a un nuevo rey. En 1273 los príncipes eligieron a Rodolfo de Habsburgo (1273-91), un hombre de recursos familiares limitados. Mientras tanto el poder imperial había entrado en decadencia, los estados imperiales habían sido saqueados, no había impuestos imperiales y el antiguo método de reclutamiento de soldados al servicio del imperio había dejado de existir. Rodolfo vio que era necesaria la posesión de territorios imperiales para mantener la autoridad imperial y se propuso crear una fuerza dinástica. Ottocar II, rey de Bohemia, intentó inducir a la Curia a que se opusiera a la elección de Rodolfo, pero la Curia había llegado rápidamente a acuerdos con él sobre las condiciones de Italia. Después de la Elección, Rodolfo exigió a Ottocar la devolución de los territorios feudales y el rechazo de éste, llevó a la guerra (1276). Ottocar perdió la vida y la corona en el llano de Marchfeld. Esta victoria dejó aseguradas en manos de Rodolfo las provincias austríacas. Como el rey alemán no podía apoderarse de los feudos vacantes, evadió la ley concediendo Austria, Estiria, Carniola Y Lusacia en feudo a sus hijos Alberto y Rodolfo, con lo que aumento grandemente el poder familiar. Pero Rodolfo ni siquiera pensó en aumentar su poder por medios constitucionales. Intentó mantener la paz pública pero sin demasiado éxito. Su política era guiada por las circunstancias del momento: a veces favorecía a los príncipes y a veces a las ciudades, por lo que nunca tuvo un éxito completo. Su mayor éxito consistió en fortalecer la posición de su familia en el este de Europa, lo que iba a ser muy importante en el futuro.

El sucesor de Rodolf fue Adolfo de Nassau (1292-98), no su hijo Alberto, como él quería. La política del nuevo rey consistía en debilitar a Austria, que era su oponente natural. Como Rodolfo, se dio cuenta de que era importante obtener posesiones para su familia, intentándolo en Turingia. El éxito de Adolfo contra Federico el Degenerado de Turingia hizo que los príncipes se inclinaran a favor Adolfo. En una batalla cerca de Goellheim, entre Adolfo y Alberto, éste, ayudado por los numerosos enemigos de Adolfo, derrotó al rey, que murió.

Alberto I de Austria, un hombre muy capaz pero algo taciturno (1298-1308), tenía una ambición ilimitada de poder. Sin importarle los derechos de otros obligó a reconocer sus propios derechos en su condado. Deseaba mantener la paz en Alemania y se opuso a la persecución de los judíos que era casi una costumbre en esos tiempos. También deseaba organizar las tierras imperiales que había que volver a ganar para posibilitar la conexión en los territorios de los Habsburgo en el este y el oeste, Si lograba unirlos estaría al mismo nivel que el más poderoso de los príncipes, pero éstos se opusieron a sus plan. Alberto logró además enfadar a los electores eclesiásticos al ponerse de acuerdo con el rey francés Felipe IV contra Bonifacio VIII, que no había reconocido a Alberto. Bonifacio declaró la intención de llamarle ante su tribunal por el asesinato de Adolfo. Pero Alberto luchó con éxito contra los electores renanos, ayudado por las ciudades. Para llevar a cabo sus planes de engrandecimiento de su familia hizo las paces con el papa lo que también puso fin a la oposición de los citados electores. El único opositor que se mantenía era el temido Wenceslao II de Bohemia, aunque la línea sucesoria Przemysl pronto se agostó y Alberto reclamó enseguida sus tierras, dándoselas en feudo a su hijo Rodolfo. Antes de poder realizar sus planes en Turingia fue asesinado por Juan de Suabia, llamado Juan el Parricida. Según la leyenda, su tirano gobierno en Suiza produjo una cruel lucha por la libertad en la confederación suiza. La finalidad de Alberto siempre fue la misma: hacer poderosa a Austria, para hacer que otros príncipes soberanos reconocieran su soberanía y logra hacer hereditaria la corona en su familia. No es de extrañar que después de su muerto, los príncipes decidieran elegir a un príncipe no tan poderoso.

El arzobispo Balduino de Tréveris manejó el asunto con tanta habilidad que su hermano Enrique de Luxemburgo (Lützelburg) salió elegido (1308-13). Era un hombre gentil de amable carácter que pronto fue muy popular. Tenía un entusiasmo visionario y demás estaba lleno de energía. Simpatizaba con los franceses, por nacimiento, Los intereses alemanes le preocupaban menos y estaba fascinado por Italia; era lo suficientemente ambicioso para recibir la corona imperial, el primero tras un gran interregno. Clemente V le reconoció y el partido gibelino italiano le saludó con entusiasmo. Al principio intentó mantener una posición neutral respecto a las disputas de los grupos italiano, pero a la larga no fue posible. Los güelfos, liderados por el rey Roberto de Nápoles comenzaron a enfrentársele. Cuando Enrique quiso atacar a Nápoles, volvió a surgir el viejo conflicto con la iglesia. La muerte puso repentinamente fin a sus sueños imperiales. El único éxito de Enrique fue la boda de su hijo con Isabel, hermana de Wenceslao, heredera de Bohemia, aunque este reino no trajo ninguna ventaja a Alemania. La elección de su hijo Juan no fue posible y el partido de Luxemburgo eligió a Luis de Baviera (1314-47) en contra de Federico el Hermoso (1314-30). Hubo una doble elección, cada partido eligió a su propio candidato y estalló la guerra civil entre los partidarios de las dos casas de Wittelsbach y Habsburgo. La lucha terminó con la captura de Federico en la batalla de Mühldorf (1322); Luis fue entonces reconocido por todos.

Mientras se desarrollaba este conflicto estalló la vieja lucha entre Iglesia y Estado. En el momento de la doble elección, Juan XXII reclamó los derechos de administrador del país. Afirmaba que ningún rey elegido por los electores podía ejercer autoridad alguna antes de que el papa su aprobación. Esta exagerada reclamación papal provocó una insatisfacción que crecía continuamente, añadiéndose a todo ello las quejas por la mundanidad de la Iglesia. Los frailes menores pusieron a disposición del rey elocuentes predicadores que denunciaran las formas mundanas del papado, que había rechazado como herética la predicación de los franciscanos sobre la pobreza de Cristo y de los apóstoles. En 1324 Luis fue excomulgado por no obedecer el mandato del papa que ordenaba deponer su autoridad. Luis contestó duramente en la proclamación de Sachsenhausen, en la que negaba las exigencias papales y al mismo tiempo defendía las enseñanzas sobre la pobreza que predicaban los franciscanos. En este conflicto con el papa, que defendía la candidatura de Carlos IV de Francia para el trono imperial, las ciudades alemanas y el episcopado, dirigido por Balduino de Tréveris, apoyaban a Luis. La muerte de Federico el Hermoso no produjo la reconciliación con la Curia. En este momento, los escritos de los franciscanos Miguel de Cesena y Guillermo de Occam comenzaban a ejercer su influencia. El espíritu revolucionario en la iglesia se ve en el "Defensor Pacis" de Marsilio de Padua, profesor de Paris que fue a la corte de Luis de Baviera, en el que se ataca el sistema eclesiástico papal del medievo. El fermento intelectual animó a Luis a organizar una expedición a Roma. Los magnates del norte de Italia le habían invitado a entrar en Italia, especialmente los Visconti de Milán y los Scala de Verona. La ciudad de Verona le recibió con alegría y fue el primer rey alemán en recibir la corona imperial de manos de la mancomunidad romana que siempre se había considerado a si misma fuente de toda soberanía. Pero el voluble populacho pronto le expulsó. Los medios a su alcance eran demasiado escasos para llevar a cabo su política imperial e Italia se perdió. A pesar de la falta de éxito en Italia, Alemania en general le apoyó, a pesar de haber sido excomulgado de nuevo. Pero ahora quedaba claro que los entredichos papales habían dejado de infundir terror, las organizaciones y comunidades civiles no les hacían caso y en algunos sitios los eclesiásticos eran obligados a celebrar misas. El crecimiento del espíritu mundano comenzó a minar el respeto antiguo y Alemania fue el primer país que volvió contra los ideales medievales.

Aparecieron sectas que se oponían al concepto de sacerdote; la mística tendía a defender la independencia del alma en su progreso hacia Dios, aunque todavía sin rechazar los sacramentos. Pero aun sin ser intencionado, la mística reforzó la postura que tendía a negar la absoluta necesidad de la intercesión de la iglesia. Más aún, la mística dio un matiz impronta nacional a la vida religiosa alemana, sobre todo porque los líderes intelectuales de la mística, el Meister Ekkehard, Suso, y Taulero, escribieron y predicaron en alemán. Esto movimiento religioso era sobre todo urbano. En el conflicto entre Iglesia y Estado, las ciudades se pusieron de parte del emperador, paro sin ayuda aun no eran lo suficientemente fuertes para mantener la autoridad del emperador germano. Por ello, la postura de los príncipes era decisiva para Luis. Como por su parte pretendía mantener una política dinástica, como habían hecho sus predecesores, pronto entró en conflicto con los príncipes y para fortalecerse frente a ellos buscó establecer relaciones amistosas con el papa. Luis podía actuar resueltamente si era necesario, pero carecía de la persistencia necesaria; no era un hombre hábil ni tenía una gran potencia intelectual. Intentaba cuasar buena impresión a todos y por ello no complacía a nadie. Entabló negociaciones con la curia, pero las intrigas de Felipe IV de Francia consiguieron que no se firmara la paz. Esto llevó a Luis a ponerse de parte de Eduardo III de Inglaterra al comienzo de la guerra entre franceses e ingleses por la sucesión al trono francés. Esto ganó a Luis más simpatías en Alemania: los electores estaban influenciados por la opción pública cuando declararon en Rense, 1338, que un emperador legítimo podía crearse solo con sus votos, un rey elegido así no necesitaba ningún reconocimiento papal y el papa, al coronar al rey alemán, sólo le daba el título imperial. Declararon a Luis totalmente sin culpa en la disputa con la curia. Cuando Eduardo III apareció ante Luis en Coblenza y éste le nombró vicario imperial para los territorios más allá del Rin, el emperador había alcanzado el zenit de su poder. Sin embargo, el inconstante Luis, que a través del rey de Francia esperaba reconciliarse con la curia, y conseguir su apoyo en sus planes de engrandecer a su familia, se alió con el francés en 1341. En vez de paz, lo que resultó fue un empeoramiento de sus relaciones con el papa.

Margarita Maultasch del Tyrol, que se había casado con Juan de Luxemburgo (Lützelburg), se divorció con el permiso del emperador, sin esperar la decisión papal y se casó con el hijo del emperador, Luis de Brandenburgo. Los seguidores de Luxemburgo recurrieron inmediatamente a Clemente VI. En 1346 Luis fue excomulgado y Carlos IV de Moravia (1347-78) fue elegido rey de Alemania con la ayuda del papa y cinco electores sometidos a condiciones humillantes. Al principio Luis tuvo el apoyo de las ciudades alemanas, pero su muerte inesperada hizo que Carlos fuera reconocido universalmente. Así pues, la dinastía Luxemburg-Bohemia mantuvo el trono durante casi cien años. El rey puesto por el los Wittelsbach, Guenther de Schwarzburg, no logró imponerse contra la recta política de Carlos IV. En 1347 Llegó la Peste Negra a Alemania e inmediatamente se acusó a los judíos de envenenar los pozos, por lo que fueron terriblemente perseguidos. En medio de toda la confusión surgían por todo el país bandas de flagelantes, penitentes llenos de hostilidad hacia la Iglesia. Mientras en Italia Petrarca y Cola di Rienzo revivían el sueño del dominio universal de la Ciudad Eterna, Carlos IV veía la política italiana con más realismo. Los italianos dijeron que había ido a Roma (1355) para conseguir la corona imperial como un comerciante va a una feria. Carlos intentó en Alemania regular la elección a la corona en las dietas de Nueremberg y Metz en 1356 y emitió la Bula Dorada, que fuer el primer intento de poner por escrito las estipulaciones más importantes de la constitución imperial. Pero sobre todo, la Bula tenía el propósito de regular la elección del rey y definir qué príncipes tenían derecho al voto electoral. El colegio electoral iba a consistir en tres arzobispos, los de Maguncia, Colonia y Tréveris, el conde el Palatinado renano, el duque de Sajonia (Sachsen-Wittenberg), y el margrave de Brandenburgo; más tarde se añadió el rey de Bohemia. A los electores se les garantizaron privilegios especiales. Además de los derechos reales (regalia) y los poner impuestos y acuñar moneda, recibieron el privilegium de non evocando, es decir, sus súbditos no podían ser reclamados ente los tribunales de ninguna otra jurisdicción, ni siquiera ente la imperial. La autoridad real iba a encontrar en los electores distribuidos por todo el territorio del imperio apoyo contra los muchos pequeños principados. Otros artículos de la Bula Dorada protegían los derechos de los señores contra sus vasallos y súbditos, y especialmente contra las ciudades. Nada se dice de la participación del papa en la elección del rey. El elegido por mayoría sería el rey. Solo la coronación como emperador se le asignaba al papa. La Bula Dorada fue la parte más importante de la ley fundamental del Sacro Romano Imperio.

El saber floreció bajo el gobierno de Carlos, que era un intelectual entre sus contemporáneos. Se rodeó de hombres muy bien educados, como Juan de Neumarkt, que fue el jefe de su cancillería. Sus intereses estaban casi exclusivamente centrados en Bohemia por lo que se preocupó del avance del saber allí, fundando el 7 de abril de 1348, la Universidad de Praga. Carlos se aferró al catolicismo y a la escolástica, peor esto no impidió que llevara políticas independientes del papa. Al reorganizar la chancillería imperial fomentó el uso del alemán en los documentos imperiales asegurando así la preeminencia de la lengua nacional sobre el latín logrando con esto dar a la cultura alemana una postura independiente.

Carlos también fomentó los intereses del imperio en toros campos. No destruyó el poder de los príncipes, que había crecido durante cientos de años, pero intentó mantener la paz interna para preservar su poder supremo. Para promover los intereses alemanes quería librar al papado de su unión con Francia y persuadir al papa de que abandonara Aviñón para volver a Roma. Gregorio volvió a Roma, pero a la “Cautividad de Babilonia” iba a seguir el Gran cisma de Occidente. Mientras tanto, Carlos había aumentado considerablemente las posesiones territoriales de su familia: las Marcas de Brandenburgo, Lusacia y Silesia pasaron a sus manos. Intentó por medio del matrimonio, obtener para su hijo, y por ende para su dinastía, Hungría y Polonia. Durante un tiempo parecía que la casa de Luxemburgo iba a terminar con la de Habsburgo. Solo hubo dos campos en que su sus acuerdos y habilidad no tuvieron éxito. La Confederación Suiza se separó más y más completamente del imperio y las ciudades, con sus ligas, se establecieron en posiciones independientes en el imperio. Al final de su vida logró que su hijo Wenceslao fuera elegido como rey alemán.

Wenceslao (1378-1400) reino sin la confirmación del indefenso papa de aquel momento. La corona alemana ya no dependía del papado. Otros asuntos mucho más importantes habían sido planteados con el Gran Cisma. Un clamor que crecía continuamente y no podía ser suprimido, reclamaba la reforma de la Iglesia en su cabeza y en sus miembros. La demanda de reformas había insuflado nueva vida a la concepción general de la iglesia aunque los líderes de este movimiento aun se atenían a los dogmas católicos. La tarea más difícil de nuevo rey y ante la que no se acobardó, era poner fin al cisma. Se puso de parte de Roma y apoyó Urbano VI mientras que Francia, a la cabeza de los países románicos, sostenía a Clemente VII. Sin embargo, Wenceslao, no tomó ninguna acción enérgica en los asuntos eclesiásticos. Los desordenes internos de Alemania no se lo permitieron, porque las confederaciones de príncipes, caballeros y ciudades, luchaban unos contra otros. En 1381 las ciudades renanas formaron una coalición con la liga de las ciudades suabas y las del norte de Alemania. Con esta fortaleza quisieron participar en el gobierno del imperio. Los príncipes, superiores militarmente a las ciudades, se opusieron. El intento de los que regía Austria de destruir a los confederados suizos: no tuvo éxito, pero en Alemania, la Liga Suaba sufrió una aplastante derrota en 1388 cerca de Doeffingen, después de lo cual Wenceslao cambio de bando y se alineó con los príncipes. Se prohibieron las confederaciones de ciudades, que sucumbieron debido a su falta de unidad en esta lucha por la independencia política, resultando vencedores los príncipes. El explosivo e irascible rey intentó fortalecer su dominio de las provincias hereditarias protegiéndose de los otros príncipes gobernantes, pero no tuvo éxito. La nobleza y el clero estaban indignados ante el gobierno de favoritismo de la peor especie. Una disputa con el arzobispo de Praga llevó al asesinato, ordenado por el rey, del vicario general del arzobispo, Juan de Pomuk causando una rebelión abierta. En 1394 los nobles, encabezados por Jost, margrave de Moravia, apresaron al rey. Fue liberado prontamente por petición de los príncipes alemanes pero su liberación no terminó con el gobierno de la nobleza en Bohemia. En estos momentos de confusión no se intentó detener las repetidas incursiones de Carlos VI de Francia en Alemania. Wenceslao observaba de forma pasiva cuando el rey francés intentó poner fin al cisma asegurándose de que ganara papa de Aviñón con un atrevido golpe de mano; pero en 1392 Carlos VI se volvió loco y sus planes fracasaron. La cada vez menos influencia del impero germano era patente en todas partes y producía indignación general. La incapacidad de gobierno del rey llevó a la mayoría de los electores a formar una liga para proteger los intereses del país. Poco después, los tres electores obispos eligieron a Ruprecht, conde palatino del Rin, como rey de Alemania (1400-10). Debido a que solo una parte de los electores intervinieron en esta elección, Ruprecht fue siempre considerado como un pretendiente y aunque era ambicioso y capaz nunca logró unir el imperio. Intentó ganar popularidad restaurando la influencia alemana en Italia del norte y asegurándose la corona imperial para demostrar que era el rey legítimo. Pero su falta de recursos hizo que su expedición a Italia resultase un desastre y el fracaso tuvo un efecto pésimo en la posición de Alemania germana. Pero ni el reconocimiento del papa, que durante mucho tiempo apoyaba a la dinastía Luxemburgo, ni sus partidarios hicieron gran cosa a favor de su causa y su trono comenzó a desmoronarse. En 1405 el arzobispo Juan de Maguncia unió a los príncipes contra Ruprecht en la Liga de Marbach, aunque tampoco ésta logró nada. En la cuestión del Cisma, Ruprecht apoyó a Bonifacio IX. Como rey de los alemanes Ruprecht fue un fracaso. Durante el periodo que siguió a su muerte corrieron peligro de perderse las conquistas alemanas del este. Había aparecido un nuevo factor en la historia: el reino de Polonia.

Durante todo este tiempo la confusión de los asuntos de la Iglesia fue empeorando y ahora se proponía poner fin al cisma por medio de un concilio. Los cardenales de los dos papas rivales convocaron un concilio en Pisa que desposeyó a los papas Gregorio XII y Benedicto XIII, eligiendo a Alejandro V. Pero los dos papas depuestos tenían aún seguidores de manera que en vez de dos, ahora había tres papas. La mayor parte de Alemania siguió al nuevo papa Alejandro V, pero el conde del Palatinado y el obispo de Tréveris y sus seguidores continuaron con Gregorio. Siguió un período de extrema confusión y presión sobre las conciencias. Todas los aspectos de la vida sufrían las consecuencias y también, desde luego, la política. En Alemania, los problemas llevaron a una doble elección: Segismundo de Luxemburgo, rey de Hungría, hermano de Wenceslao fue elegido (1410-37), y también Jost, el margrave de Moravia. Jost se retiró y Wenceslao cedió el gobierno a Segismundo quien en 1411 fue reconocido generalmente como emperador. La impotencia del último reinado convenció a los electores, que habían elegido al margrave Jost, debido a la política eclesiástica, de que un rey sin gran poder territorial era incapaz de hacer nada. En consecuencia dejaron de oponerse a Segismundo.

La vida de Segismundo, antes de su elección, había sido muy agitada. Se había casado con la hija y heredera de Luis engrande de Hungría y había sido coronado rey del país en 1387. En la guerra contra los turcos había sido completamente derrotado por el sultán Sultan Bajazet; tras lo cual hubo de enfrentarse a una rebelión en Hungría. Segismundo tenía talento, era elocuente, ingenioso y extremadamente ambicioso e inclinado a elaborar planes visionarios, aunque deseaba honestamente que se solucionaran los males de su tiempo. En sus dominios hereditarios, a los que se había añadido Hungría, reinaba al desorden. A pesar de ello, logró que se reunieran los concilios de Constanza y Basilea. La ambición le llevó a querer resolver las dificultades en las que se hallaba inmersa la iglesia, aunque también se sentía obligado a tener en cuenta las consideraciones políticas. Pensó que un concilio le ayudaría a solventar los problemas religiosos fomentados en su reino hereditario de Bohemia por Juan Hus. Pero no era el bien de la Iglesia lo que perseguía en su interés por el concilio, como es patente por sus inclinaciones ideológicas. A pesar de todos sus conocimientos literario su todo su saber, Segismundo evitaba verse envuelto en problemas teológicos. Es más denunció con gusto los problemas del clero.

Sin embargo fue su energía la que mantuvo reunido el gran concilio de Constanza. Y no fue culpa suya que muchos quedaran descontentos con los resultados de éste y del siguiente concilio. La forzada interferencia del Concilio de Constanza en las dificultades religiosas de Bohemia y la muerte de Hus en la hoguera eran una injuria para los intereses dinásticos de Segismundo y tampoco encajaban en sus planes políticos. En Bohemia y Moravia los husitas enseguida actuaron para impedir que el rey tomara posesión de esos países y especialmente en Bohemia se dio un levantamiento violento nacional y religioso. Se hacía al rey directamente responsable de la quema del héroe y santo nacional. Hordas fanáticas dirigidas por Ziska derrotaron repetidamente al ejército de Segismundo en su cruzada contra los husitas y la tormenta se extendió por las provincias adyacentes del imperio: Baviera, Franconia, Sajonia y Silesia fueron terriblemente devastadas. El gobierno imperial se desintegró completamente. El egoísmo de las ciudades impidió la reforma del sistema militar alemán, aunque la necesidad de hacerlo era patente por los sucesos de los husitas. En 1427 se presentó ante la Dieta de Fráncfort una ley imperial para recaudar impuestos para la guerra, pero nunca salió adelante.

Además de los problemas en Bohemia, la ya insegura situación de Segismundo se hizo más precaria con la reciente invasión turca de Hungría. Solo recibió ayuda del duque Alberto de Austria, su yerno y posible heredero del gran legado de las posesiones de los Luxemburgo. Las envidias entre los estados alemanes impidieron una acción común contra los enemigos. La principal ambición de Segismundo, después de la unión y reforma de la Iglesia, el unir a todos los países occidentales contra los turcos, resultaba desesperanzadora. La derrota de los husitas también parecía imposible y se abrieron negociaciones con ellos, logrando por fin la paz en Basilea. Segismundo indujo al papa a que cediese algo en su actitud respecto a la teoría conciliar y sobre todo ante el concilio de Basilea que iba a tratar de los problemas husitas. Para apoyar su postura había ido a Roma, donde fue coronado emperador en 1433. En Bohemia donde la existente anarquía había aumentado debido a una disputa religiosa en la que los calixtinos moderados habían obtenido una victoria decisiva sobre los taboritas bajo Procopio el Grande en 1434, la necesidad de paz era cada más intensa. El año anterior, 1433, una comisión del concilio de Basilea había hecho algunas concesiones a los husitas en el Compacto de Basilea o de Praga, entre otras, la concesión del cáliz a los laicos. Basándose en el Compacto, se acordó una paz a la que siguió (1346) el reconocimiento de Segismundo como rey de Bohemia. Una vez conseguido esto, Segismundo pareció perder todo el interés en la reforma de la Iglesia y del imperio, que tanto había manifestado antes. Pero tampoco se le puede culpar por el egoísmo sin límites y los celos de los príncipes que repetidamente frustraron la obra de la reforma, así como tampoco se le debe hacer totalmente responsable de los escasos avances del imperio durante su reinado. Solo dos de sus medidas iban a perdurar: la transferencia de la Marca de Brandenburgo a los Hohenzollern y la concesión de la Sajonia electoral a la casa de Wettin. Los grandes concilios pasaron sin traer las grandes reformas tan fervientemente deseadas. Las asambleas fueron testigos de grandes cambios. En 1433 se autorizó a Procopio entrar en Basilea a la cabeza de sus heréticos seguidores y plantear sus opiniones ente los padres conciliares sin ser molestados. Aparecieron repetidamente en Basilea algunas opiniones que eran signos de movimientos revolucionarios en la Iglesia. El estilo de este concilio difiere completamente de los anteriores. Había tantas expectativas que con frecuencia se daban algaradas y tumultos. En contra de los deseos de Roma, el concilio permaneció en Basilea por temor de que si era trasladado a tierras italianas se olvidarían del trabajo de reforma. No se puede dudar de la honestidad de las intenciones de la mayoría de los miembros conciliares. A final ganó el papa y el concilio fue trasladado a Ferrara, aunque algunos de los miembros permanecieron en Basilea y se ofreció al mundo el espectáculo de un cisma conciliar.

En este momento tan angustioso, Alberto II (1438-39), duque de Austria, fue elegido emperador. Los electores reconocían el hecho de que el centro de gravedad del imperio se había trasladado hacia el este. Alberto, un Habsburgo, no se había presentado como candidato y los electores probablemente le eligieron por miedo a que los importantes y necesarios territorios más orientales se separaran de l imperio. Pero antes de poder llegar a Roma, Alberto, un duro soldado, murió durante una campaña contra los turcos. La elección recayó ahora en la cabeza de la familia Habsburgo, el inerte e indolente Federico III que como rey de los romanos era Federico IV (1440-93). Durante su reinado los planes de reforma del imperio fueron completamente olvidados, pero hubo de enfrentarse a las dificultades de la iglesia. Los electores habían decidido permanecer neutrales en la disputa entre el papa y el concilio de Basilea, pero esa neutralidad se rompió en cuento la Dieta de Maguncia de 1439 aceptó el decreto de reforma de Basilea, aunque sin aceptar la aserción de la superioridad del concilio sobre el papa. En consecuencia los obispos y abades habían de ser elegidos canónicamente, aunque el rey tenía el derecho de asegurarse por negociación de que la persona elegida era apropiada. Se abolieron las reservas papales y annatas. El concilio de Basilea, sin embargo se aferro a su exagerada idea de los poderes del concilio y sus miembros quisieron establecer el dogma de la superioridad conciliar deponiendo al papa Eugenio IV. Los electores permanecieron neutrales. La reforma de la Iglesia estaba cada vez más lejos de los intereses de Basilea en su lucha contra el papa. Federico, que fue reclamado tanto por Basilea como por el papa, permaneció neutral al principio, pero después sugirió la convocatoria de un nuevo concilio para unir a la cristiandad dividida. Europa occidental se fue volviendo hacia el papa legítimo y el papa elegido en Basilea, Félix V, apenas recibió reconocimientos. Durante algún tiempo se mantuvo la actitud de neutralidad alemana, pero poco después Federico promovió el reconocimiento universal del papa Eugenio. El cambio se debió a Aeneas Silvio Picolomini, después Pío II, diplomático experto que logró convencer al rey y a los más importantes príncipes. Se llegó a un acuerdo con Roma en el Concordato de Viena (1448), en el que la Curia hizo algunas concesiones sin importancia, y la cuestión de la reforma recibió escasa consideración. En adelante, el Sínodo de Basilea, trasladado a Lausana, dejó de tener importancia. La curia había vuelto a ganar a pesar de las presiones. En realidad fue el miedo a un nuevo cisma en la Iglesia lo que llevó a un arreglo, más que las acciones de Federico. Es más, éste mostró su falta de habilidad de otras maneras. En 1444, los suizos derrotaron con extraordinario valor a los mercenarios franceses, los armagnacs, en la batalla de S. Jacobo junto al río Birs, cerca de Basilea, frustrando los planes de control de la Liga Suiza por los Habsburgo. A pesar de los constantes desórdenes en el imperio y las frecuentes guerras, Federico nunca dudó de la futura grandeza de la dinastía Habsburgo. Esta confianza le llevó a Roma en 1452, donde fue coronado emperador por el papa, siendo el último rey coronado como emperador en Roma. Inmediatamente después la ciudad de Constantinopla cayó en manos de los turcos, lo que obligó al emperador a tomar las armas para defender la frontera este de su reino. Pero no pudo mantener ni la paz ni los más importantes derechos imperiales. Luxemburgo y las posesiones de los Wittelsbach en los países Bajos cayeron en manos de Borgoña, los polacos se anexaron el oeste de Prusia y los restos de la Orden Teutónica de Prusia orientas fueron obligados a reconocer la soberanía del rey polaco. Las influencias germanizantes que habían obrado durante siglos en la parte orienta de Alemania, fueron destruidas.

El completo descalabro del poder del imperio exigía que el emperador fuera depuesto y se le ayudara con un coadjutor. Pero la falta de armonía entre los electores impidió todo cambio. Los clamores de reforma interior aumentaron, pero nada se hizo, excepto leyes para mantener la paz pública. Naturalmente, durante esta confusa época la situación de Federico en sus posesiones hereditarias era muy precaria. Los checos habían mantenido el poder preponderante en Bohemia desde el tiempo de los problemas husitas y ahora eligieron como a Jorge de Podiebrad. Los húngaros también eligieron como gobernante propio a un héroe de las guerras turcas, Matthias I Corvinus, que pronto eliminó al rey bohemio y en 1487 intentaba, aparentemente formar un gran reino uniendo las provincias orientales alemanas con los territorios bohemios, moravos y húngaros. En el norte de Alemania también ocurrieron importantes cambios. Los condes de Holstein, que habían llevado la nacionalidad alemana al territorio del norte habían recibido, en feudo de Dinamarca, Schleswig ya en 1386. Las dos provincias Holstein y Schleswig, se unieron pronto. Tras la muerte del último conde de Holstein, el rey Cristian de Dinamarca fue elegido en 1460 duque de por Schleswig y Holstein, entrando así a ser un príncipe del imperio, algo muy importante para el próximo futuro, porque iba a tener influencia en los países bálticos y en los intereses alemanes allí. Durante siglos, el centro del imperio había sido el sur y Alemania no tenía intereses marítimos. Pero ahora, como en el caso de la germanización del este, la auto-ayuda fue el medio de conseguir el deseado fin. La Liga Hanseática, unión de los gremios mercantiles alemanes, se extendió rápidamente desde Colonia hasta Reval en el Golfo de Finlandia. Desde mediados del siglo trece las principales ciudades de la Liga eran Luebeck y Hamburgo. El comercio alemán floreció en todas los mares porque los miembros de la Liga llevaron la fama de su país por todos los mares que rodeaban la Europa de entonces. Y es un fenómeno notable que el espíritu nacional se iba fortaleciendo mientras que la fuerza del imperio iba debilitándose por la división entre tantas soberanías. La Liga Hanseática mantuvo su ascendencia en el Báltico hasta los siglos quince y dieciséis.

Por otra parte un nuevo gran poder parecía que iba a surgir en le occidente. Carlos el Atrevido, duque de Borgoña (1467-77), intentó conseguir con acuerdo pacífico la aprobación de Federico a su elección como rey de los romanos y la elevación de sus posesiones al rango de reino independiente. Sin embargo estos planes se vinieron abajo al morir Carlos en la batalla de Nancy en 1477. Las posesiones del duque pasaron a Luis XI de Francia, mientras que Maximiliano, hijo del emperador Federico y yerno de Carlos el Atrevido se apresuró a ir a Países Bajos que retuvo para sí (1479) con la brillante batalla de Guinegate, aunque no logró imponerse en Borgoña y Artois. Más aún, Flandes no aceptaba someterse voluntariamente al nuevo régimen y hasta 1489 no fue completamente sometida. Algo más tarde, al morir Matías Corvino, en 1490, la enérgica acción de Maximiliano conquisto para su dinastía las futuras posesiones de Hungría y Bohemia, mientras que al mismo tiempo reunía el Tirol con Austria. Así pues, al morir el viejo emperador, todo parecía estar a al espera de que el caballeresco héroe Maximiliano restaurara el imperio.

Cuando Maximiliano I (1493-1519) ascendió al trono, las circunstancias no parecían desfavorables. Había indicadores de mejora de los asuntos interno. La Liga Suaba, formada por las ciudades libres y los caballeros, intentaron, especialmente en 1486, ajustar los intereses de los diferentes estados que más amenazaban la existencia del imperio. Otro signo favorable era el rápido desarrollo en civilización y cultura de los distintos principados. Y no menos prometedora fue la decisión de los electores, una vez que le autoridad imperial había mostrado su completa impotencia para acentuar el centralismo. Las turbulentas agitaciones reclamando reformas en las ciudades indicaban también la dirección a seguir. Maximiliano intento efectuar vigorosas reformas para ganarse la buena voluntad de las ciudades, cuya ayuda sería necesaria en lecha contra Francia que se avecinaba. Sin embargo los obstáculos que había que superar, antes de que las reformas pudieran llevarse a cabo, parecían crecer de forma regular. La dificultad más seria era y seguiría siendo el antagonismo entre los intereses del imperio y los del los príncipes. Maximiliano no era capaz de superar las fuerzas opuestas con los recursos dinásticos, provenientes de muy distintas fuentes. En la Dieta de Worms de 1495 no se pudo hacer gran cosa por las reformas por la oposición de los príncipes, caballeros libres del imperio y las ciudades imperiales. En dicha Dieta se proclamó la “Pacificación Universal del Imperio”, prohibiendo todas las guerras privadas y estableciendo una Cámara Imperial como corte suprema y perpetua para el mantenimiento de la paz pública y los miembros fueron elegidos por el emperador y los estados del imperio. Pero desde el principio llegaron a este tribunal tal número de asuntos que se le condenó a la inactividad desde el principio. Tampoco pudo esa Cámara Imperial promover la paz pública, puesto que carecía de la fuerza necesaria para imponer sus decretos. El orden no podría lograrse en el imperio hasta que los gobernadores subordinados fueran lo bastante fuertes para ejercer un papel policial efectivo en sus territorios. Maximiliano había accedido a la creación de dicho tribunal con la condición de que se creara un impuesto imperial general “el penique común” y se le prometiera ayuda militar contra Francia y los turcos. Los príncipes gobernadores habían requerido del rey concesiones de muy distinto género. El poderoso arzobispo de Maguncia Berthold de Henneberg, fue el primero en manifestar que la administración del imperio debía dejarse en manos de los electores, sin suprimir la monarquía. Maximiliano rechazó esta proposición en la Dieta de Worms. Sin embargo, cinco años más tarde, cuando la ayuda militar y financia no llegaba, consintió en el nombramiento de un Consejo Imperial permanente en Nueremberg. Si este tribunal hubiera mantenido una existencia activa durante un largo tiempo, el emperador se hubiera convertido en una marioneta. Sin embargo, dos años después, el poder imperial se había afianzado lo suficiente para eliminar las limitaciones impuestas por los estados.

Durante estas discusiones constitucionales dentro del imperio el sentimiento de hostilidad entre Francia y Alemania continuó creciendo. Francia se había hecho más poderosa y volvía querer tener firmes posesiones en Italia y reclamó Nápoles y Milán. Así comenzó la larga lucha entre Francia y la dinastía Habsburgo por la posesión de Italia. Maximiliano era incapaz de desbaratar los planes italianos del rey francés. Hasta hubo de cambiar su política, aliándose con Francia para conseguir ayuda contra Venecia. Pero ni aún así consiguió nada en Italia. Tampoco tuvo éxito en su intervención en la guerra de Suabia, que los cantones suizos promovían contra la Liga de Suabia. De hecho Maximiliano fue obligado, en el tratado de Basilea de 1501 a reconocer la independencia de la Confederación Suiza. En es curso de estas guerra, los suizos se habían convertido en entusiastas soldados; Suiza dispuso después de verdaderos ejércitos de mercenarios, al mejor postor, lo que le dio verdadera importancia en las luchas entre los Habsburgo y Francia. La obra de la reforma del imperio quedó embarrancada debido a los fracasos internacionales. El único resultado permanente fue la Cámara Imperial. El curso de la historia no iba a retroceder: el desarrollo territorial de los estados separados era demasiado lógico para permitir su vuelta atrás. Ya no era posible reforzar la administración central, que era la condición preliminar de una reforma del imperio. En 1508 Maximiliano había asumido el título de “Emperador Romano Electo”, proclamando así que la dignidad imperial era independiente de la confirmación papal. Trabajando sin descanso apostó todo al éxito de la política exterior que reforzaría su poder real. Por ello volvió a los planes anteriores y se unió a la Santa Liga contra Francia. El brillante éxito de Francisco I contra los suizos en Marignano (1515) forzó a Maximiliano a firmar la par por la que Francia conseguía Francia conseguía Milán y Venencia lograba Verona. Mientras tanto varias dietas imperiales volvieron a retomar el tema de la reforma del imperio pero sin resultado alguno y los estados separados ganaron la batalla contra la administración central. Al morir Maximiliano no se había conseguido casi nada para la constitución del imperio.

La vida política y cultural siguió el curso descrito; los focos estaban en los distintos estados, entre los que sobresalían los principados electores, a los que la Bula Áurea había concedido honores especiales. Los tres electores renanos eran los personajes políticos más importantes. Sajonia creció mucho con la adquisición de Meissen. Y hubiera sido el estado del norte de Alemania más importante si sus territorios no se hubieran dividido en 1485 entre las ramas Albertina y Ernestina de la familia reinante. La Marca Electoral de Brandenburgo, desde 1417 de los Hohenzollern, estaba aún en el principio de su crecimiento. La guerra husita había desgajado casi completamente a Bohemia del imperio. El Palatinado del Rin, siempre un hogar para la cultura, seguía siendo uno de sus centros. Los ducados de Brunswick-Lueneburg y Baviera también sobresalían. En 1495 los hábiles condes de Wirtemberg (Würtemberg) recibieron el condado de Suabia, que había sido elevado a ducado. Baden se convirtió en principado más lentamente. Hesse se desarrolló más rápidamente. Sus soberanos tenían el título de landgraves, pronto sobresalieron. El futuro del imperio dependía de estos estados menores. Pero el imperio carecía de funcionarios civiles imperiales, de impuestos imperiales, de ejército imperial, de una sistemática y general administración de justicia, mientras que estos estados subordinados surgían gobiernos definidos, centralización de los funcionarios civiles y una administración sistemática de la ley. Esto también era cierto para las posesiones hereditarias de Maximiliano, las provincias austriacas. Las ciudades imperiales dirigían el progreso y en ellos comenzó a florecer la vida intelectual. En arte produ7jeron un Alberto Durero y los dos Holbein. Pero tampoco faltaba en las ciudades un parte oscura: el inquieto proletariado producía frecuentemente sangrientas algaradas y los caballeros libres eran un grupo insatisfecho, al perder su anterior importancia como consecuencia del cambio en los sistemas militares, que había hecho de la infantería el elemento decisivo en las batallas. Más aún, hasta los campesinos estaban descontentos. Los caballeros se habían convertido en ladrones y asaltantes. Aunque había sido expulsado del imperio, Franz von Sickingen, sin autoridad alguna, llevó adelante una guerra contra Worms. Los cambios económicos tuvieron consecuencias desastrosas entre los campesinos.

La era de los descubrimientos, del crecimiento del comercio y de los grandes inventos es también la era en la que hace aparición el capital como gran poder mundial. Hubo unos cambios en el valor del dinero que trajo serios sufrimientos a los campesinos, generalmente despreciados y sin derechos políticos, sobre todo en la muy poblada parte sur de Alemania. Aparecieron escritos de tendencia comunista que plantearon la posición de los campesinos. La inquietud creció en Franconia, Suabia y el Ato Rin, llegando a haber revueltas. Se propuso fundar un reino de Dios comunista y todas las esperanzas estaban puestas en el emperador. Mezclados estos deseos con las expectativas de una reforma profunda de los asuntos religiosos que producían una insatisfacción expresada cada vez en voz más alta.

La inquietud social - religiosa crecía continuamente. El periodo de confusión política no había pasado sin dejar huella en el carácter alemán. La brillantez exterior de la vida apenas cubría con una delgada capa la brutalidad interior. Estaban muy extendidas la falta de moralidad en la vida doméstica, la barbaridad en la administración de la justicia y la inhumanidad de la guerra. Cada día había menos lealtad hacia la Iglesia, aunque una voluminosa literatura religiosa se había difundido gracias a la prensa. Aparecieron grandes predicadores como Geiler von Kaysersberg en Estrasburgo. Los Hermanos de la Vida Común tomaron por ideal la abnegación frente el mundo. Pero no fue suficiente para impedir el declinar de la influencia y autoridad de la iglesia en la vida del pueblo El pueblo común se había alejado de la iglesia. El gran cisma había removido los cimientos del papado. Surgió un anhelo de auto ayuda religiosa y los movimientos religiosos opuestos a la iglesia ganaron muchos adeptos. El saber fue separándose de la relación que hasta entonces había tenido con la teología. Un nuevo movimiento intelectual disputaba con la Escolática por la primacía universitaria. Nicolás de Cusa, Eneas Silvio y Gregorio de Heimbug iban preparando el camino para el humanismo. Los ideales medievales parecían haber perdido su atracción y los hombres se volvían hacia otros que reclamaban el mundo y sus placeres en oposición a la auto-abnegación y en lugar del universalismo medieval predicaba la libertad del individuo.

La segunda parte del siglo XV entró en Alemania el humanismo italiano para destruir aquí, como había hecho en Italia el absoluto dominio de la concepción eclesiástica del mundo. Pero el humanismo adoptó en Alemania una forma completamente distinta. En Alemania la finalidad no era la búsqueda de la belleza de la forma en el saber, en el arte y en la vida, aquí manifestó más bien una tendencia práctica, pedagógica y finalmente religiosa. Ayudada por el arte de la imprenta, por su gusto por en experimentar y tendencia a la inducción despertó a otras ciencias a una vida nueva, como la ciencia histórica y especialmente las ciencias naturales. Más aún, el individualismo reforzado al sentimiento nacional y se convirtió en una poderosa fuerza para desplazar al universalismo medieval, poniendo fin al ideal del mundo medieval de la universalidad del reino de dios. Al fin del reinado de Maximiliano signos de los tiempos eran sin duda amenazadores, aunque una investigación más detenida muestra que la idea cristina aun era poderosa. A pesar del alejamiento de muchos de la Iglesia au había en Alemania hombres con esta idea. Y ellos no guardaban para si la necesidad de reforma moral genuina. El mismo poder e intensidad del sentimiento cristiano que había construido las catedrales en la baja edad media estaba aun vivo en la parte de la nación más seria. Solo unos pocos elegidos lograron trasladar esos sentimientos a la época posterior y con ellos, la expectativa de una reforma de la Iglesia desde dentro de la misma.

De 1556 a 1618

Tras la muerte de Maximiliano I, los grandes competidores por la corona imperial eran Francisco I de Francia y Carlos, el nieto de Maximiliano. A pesar de la oposición de León X y la pérdida de las simpatías francesas, la elección recayó en Carlos (28 de junio, 1519), que fue coronado emperador en Aquisgrán el 23 de octubre de 1520 y por Clemente VII en Bolonia el 23 de febrero de 1530. En enero de 1521 Carlos V (Carlos I de España) inauguró la Dieta de Worms y su administración de Sacro Imperio Romano duró hasta su abdicación del trono imperial en 1556. Este acto implicaba una seria ruptura de la historia religiosa y política del pueblo alemán. El reinado de Carlos había durado algo más de una generación pero solo una parte insignificante de él había sido dedicada a Alemania. Su atención había estado principalmente en los Países Bajos, España y a las guerras con Francia y los turcos. Por consiguiente, desde 1520 la defección de la iglesia había ido creciendo más y más rápidamente a pesar de los edictos imperiales de prohibición emanados de la Dieta de Worms (1521) y de la Dieta a Augsburgo (1530) y poco después, en 1540, esta apostasía amenazaba con abarcar a toda Alemania. Al mismo tiempo, las tendencias separatistas de los príncipes se fueron fortaleciendo. Hasta final de su reinado no tomó Carlos medidas para sujetar a los príncipes. En la guerra de Gelderland (1543), la deposición del arzobispo de Colonia (1547), y la guerra de Esmalcalda (1546-47), logró poner freno a la carrera triunfante del protestantismo, logrando así salvar la mayor parte del sur occidental alemán para el catolicismo. Arrojados de estos territorios, los protestantes se centraron, durante las décadas siguientes en las provincias bávaras y austro - bohemias del sureste. Pero tampoco allí lograron los protestantes imponerse. Por otra parte Carlos no tuvo éxito en hacer volver a los príncipes a sus posiciones iniciales en el imperio y a la subordinación al emperador. Los más importantes de ellos eran los gobernantes de los estados del norte que no se vieron afectados por los éxitos militares de Carlos ya que no forzó sus operaciones militares hasta el norte de Alemania.

Los duques de Sajonia y Baviera, amigos de Carlos, que participaron en sus campañas tampoco sufrieron recortes en su poder. El fracaso parcial de Carlos determinó el futuro desarrollo del imperio, cuyas bases se pusieron en el receso de la Dieta Imperial de 1555, en la que, por la llamada Paz de Augsburgo, se dividió Alemania entre Católicos, los seguidores de la Confesión de Augsburgo mientras que los príncipes territoriales se convirtieron prácticamente en los árbitros políticos del imperio. Se reconoció el principio, cujus regio, ejus et religio. La Cámara Imperial (Reichskammergericht) fue sometida a la influencia de los estados del imperio. En el recientemente instituido sistema de administración por “círculos” tampoco se permitía ya el control del emperador. Más aún, el Consejo Permanente de la Administración (Reichsdeputationstag), órgano de centralización desarrollado en 1588 desde el sistema de “círculos” fue reclamado y presidido por el Elector de Maguncia como canciller del imperio y no por el emperador. La legislación económica y judicial se realizaba en los estados separados. En la Dieta de Espira (1570) los príncipes anularon la suprema autoridad del emperador en materias militares.

Todo esto significaba so solo un cambio en el gobierno del imperio, ya que estaba controlado por los electores y no por el emperador, sino que el imperio mismo se convirtió casi en una sombra incapaz de acciones administrativas. Su poder constitucional se desvaneció; rara vez se convocaban dietas (sólo 10 hasta 1618), olas decisiones de la Cámara Imperial no se obedecían y la administración por “círculos” no echó raíces. El imperio también falló como poder europeo en el mantenimiento de sus intereses durante la gran guerra del rey Felipe II de España en Europa Occidental, si exceptuamos el caso de la Pacificación de Colonia (1579) que intentó restaurar el orden en los Países Bajos, aunque se le hizo poco caso. Ni siquiera se mantuvieron las fronteras del imperio. Desde alrededor de 1580, los españoles y holandeses se establecieron en las provincias del Rin y Emden; España intentaba conseguir Alsacia. Francia estaba metida de lleno, como muchas de las secciones sur-occidentales del imperio, en sus intrigas, especialmente la ciudad de Estrasburgo. James I de Inglaterra casó a su hija con el Elector del Palatinado. En la costa báltica los suecos, rusos y polacos expoliaron a los alemanes de los territorios más distantes colonizados por ellos, mientras que los daneses se establecían en el rincón sudoeste del Báltico. Al mismo tiempo, los holandeses superaban la supremacía a la liga anseática en el báltico y en el océano alemán. En el Danubio, los Habsburgo fueron obligados a comprar un armisticio con los turcos, pagando un tributo. La culpa de la desesperada condición del imperio la tenían los príncipes reinantes. No les importaban sus asuntos, no porque carecieran del sentimiento alemán, sino porque el horizonte de sus ideas era demasiado restringido y porque no pensaban demasiado en la política o estaban absortos en los detalles de la administración de sus propios dominios. La organización gubernamental de sus propios principados era aun imperfecta. La conservación y gradual desarrollo de sus territorios absorbía las energías de los principies, sobre todo del más poderoso de ellos el elector Augusto de Sajonia (1553-86) y del duque Alberto de Baviera (1550-89). Ellos evitaban la guerra sobre todas las cosas. La única alianza entre ellos que tuvo alguna estabilidad, la” Liga de Landsberg” del sur de Alemania (1556-90), tenía como objetivo el mantenimiento de la paz.

Losa emperadores de este periodo, Fernando I (1556-64), Maximiliano II (1564-76), Rodolfo II (1576-1612) y Matías (1612-19), no lograron despertar el interés de los príncipes en los asuntos del imperio sino que por su propia política les animaban a perseguir fines personales, ya que , al contrario que Carlos V , que reinó en un imperio mundial, su sucesores gobernaban territorios , cuya importancia apenas superaba al de la mayoría de los estados germanos y que sólo los sobrepasaba en extensión. Como además ninguno de ellos sobresalió por una habilidad preeminente, los fines políticos eran estrechos, la urgente necesidad de paz, teniendo además un inadecuado crédito puesto que los poderes occidentales se habían desarrollando mucho desde Carlos V. Más aún, las condiciones para hacer frente a sus dominios eran más duras que las de otros príncipes. La mayoría de sus territorios estaban en el este de Europa donde, desde finales del siglo quince, los pequeños nobles rurales, que eran un gran número se oponían con creciente éxito al avance de las comunales y a la introducción de un administración ordenada bajo el control del soberano. Esta nobleza inferior dentro de los territorios de los Habsburgo, era atraída por los protestantes que trataban de unir a todos los elementos descontentos en una causa común. De esta manera los emperadores eran de tal manera hostigados en sus propios territorios que hacia el final del reinado de Rodolfo, el poder cayó en manos de la nobleza y Matías, aunque alertado por el hábil ministro cardenal Klesl, apenas fue capaz de mantener su autoridad.

En el período de 1556 a 1618 el único movimiento general de política interior del imperio, y el único que originó importantes cambios en la relativa influencia del los gobernantes alemanes, es decir, el intento de poner los más importantes principados eclesiásticos en manos de de los hijos más jóvenes de los príncipes reinantes, se debió enteramente al deseo de esos príncipes de aumentar sus territorios. Los dominios eclesiásticos en las provincias orientales de Alemania eran pocos e insignificantes, mientras que en el noroeste así como en el oeste y sur, eran numerosos, y muchos de ellos eran muy extensos e importantes. Con excepción del poderoso territorio de la diócesi de Münster y la pequeña diócesis de Hildesheim, los del este y norte quedaron bajo control de los príncipes protestantes como “administradores”, para engrandecimiento de las casa de Wettin, Hohenzollern, y Guelph. Así, estos territorios estaban maduros para la secularización. Obispos bávaros fueron obispos de Colonia y Hildesheim con lo que se salvaron del destino se impuso a los otros. Estas medidas apresuraron el proceso de consolidación por el que los territorios de unas pocas casas dinásticas del norte de Alemania crecieron permanentemente en extensión, siendo el resultado de considerable importancia en el futuro desarrollo político alemán. Por otra parte, los intentos de los príncipes de conseguir los principales principados espirituales, fue un fracaso. El protestantismo entró en estos territorios en fechas posteriores y con menos fuerza que en norte de Alemania. Así pues, las tierras eclesiásticas del sur tenían más poder de resistencia que las del norte, mientras que los príncipes eran más débiles, porque eran muchos en número pero con territorios pequeños, excepto los de los Habsburgo austriacos del Alto Rin y quizás también los territorios que pertenecía a Würtemberg. En estas circunstancias la Reserva Eclesiástica (Reservatum Ecclesiasticum), adoptada a instancias de los católicos, En el Receso de la Dieta Imperial de 1555, resultó una medida de precaución efectiva en el sur de Alemania que preveía que cualquier obispo o abad que se convirtiera al protestantismo no podía aprovecharse de la regla cujus regio, ejus religio, sino que debía renunciar a su sede.

Los principales oponentes de los principales eclesiásticos del sur de Alemania eran los representantes de la casa de Wittelsbach, soberana del Palatinado y de Baviera, importante por su noble ascendencia, de hecho el elector del Palatinado era el de mayor rango, pero todos ellos pobres en tierras. La rama que gobernaba en el Palatinado de Neuburg adquirió por herencia el Bajo Rin casándose dentro de la casa ducal de Cleves-Juelich, que estaba a punto de extinguirse. Las otras ramas intentaron extender sus dominios a expensas de sus vecinos. Lo que decidió el predominio de los católicos en el sur fue el resultado de dos movimientos que solucionaron la cuestión sobre si los protestantes, a pesar de las victorias de Carlos V en 1543-47 iban por fin a quedarse con Colonia y todo el territorio del Bajo Rin y desde allí aplastar a los católicos del sur de Alemania. En el primero de estos conflicto, la “guerra de Colonia” (1582-84), que surgió por la apostasía del arzobispo Gebhard Truchsess, último arzobispo de Colonia que no era bávaro, los católicos ganaron. En el segundo, el conflicto sobre la sucesión Cleves-Juelich al extinguirse la familia ducal nativa, la herencia, es verdad, pasó a manos de gobernantes protestantes. Los Palatinos de Neuburg y los Hohenzollern; pero en 1612 la línea Neuburg se hizo católica de manera que el peligro surgió de nuevo. Como consecuencia, la Iglesia católica ganó tiempo suficiente, después del Concilio de Trento, para realizar gradualmente la reconversión de gran parte de Alemania de occidental y del sur, sobre todo por que Baviera en el sur y Münster y Colonia permanecieron fieles a ella. La consecuencia política de la victoria católica en el suroeste fue que esta parte del imperio, en contraste con el norte, continuó formada por muchos principados, lo que causo un estado permanente de intranquilidad entre los príncipes reinantes y los nobles del imperio del suroeste de Alemania. Los electores palatinos especialmente estaban insatisfechos con su fortuna. Siguieron dentro del imperio una política de hostilidad contra los católicos y contra la casa imperial que era cada vez más imprudente con el paso de cada década. Más aun, se coaligaron con Francia y otros países extranjeros. En consecuencia abandonaron la fe luterana para adoptar la calvinista. Y se pusieron al frente de los elementos descontentos del imperio. Hasta 1591 su propósito era conseguir la unidad de los príncipes alemanes protestantes, incluidos los luteranos para fortalecer las exigencias del protestantismo en el sudoeste alemán. Incluso Sajonia llegó a tomar parte en estas negociaciones. Al mismo tiempo, el calvinismo penetró subrepticiamente en Alemania central (el llamado cripto–calvinismo). Pero en 1592 Sajonia dio un vuelco completo después del cual los únicos seguidores de los príncipes del Palatinado eran unos pocos príncipes gobernantes menores y condes de la zona, entre ellos Cristian de Anhalt, que parece haber sido el inspirador de las políticas del Palatinado electoral en 1592-1620. Después de otros dieciséis años de continua presión unos pocos príncipes de Alemania del suroeste se unieron a los príncipes palatinos, en 1608m para formar la “Unión Protestante”. Su valor como aliados está en relación inversa a su fama histórica. La esperanza de ayuda extranjera que los príncipes palatinos habían esperado resulto ser vana.; en 1609 los Países Bajos firmaron un armisticio con España; en 1610 Enrique VI de Francia fue asesinado. En 1613, desilusionados, los calvinistas paralizaron la maquinaria completa del imperio al abandonar la Dieta Imperial, dispuestos a reaccionar violentamente ante cualquier circunstancia.

Sin embargo los calvinistas, eran demasiado débiles para cuasar serios daños. Los luteranos, bajo el liderazgo de Sajonia se reiteraban más y más. Los católicos, dirigidos por Baviera mantuvieron una actitud puramente defensiva. El renacimiento de la vida religiosa entre ellos progresaba lentamente, a pesar de los continuaos esfuerzos de los dirigentes bávaros, de los Habsburgo, de los jesuitas y de obispos individuales entre los sobresalía el de Würzburg, Julius Echter de Mespelbrunn. La situación no se vio alterada por el hecho de que en 1598 Maximiliano I sucedió al soberano de Baviera. Sobrepasaba a todos los príncipes de su época en habilidad y energía y en unos pocos años hizo de Baviera el más poderoso de los estados alemanes. Pero era prudente, pacífico y sobre todo dedicado a mejorar internamente su principado. Sólo en una ocasión ofreció una posición decidida a los calvinistas: en 1607 tomó Donauwörth, que había perseguido a sus habitantes católicos. La Liga Católica, que él organizó en 1609 para oponerse a la Unión Protestante, tenía un carácter exclusivamente defensivo.

Así pues, a pesar de toda la inestabilidad, la paz del imperio no parecía estar en peligro inminente as principios del siglo diecisiete. Su impotencia se podía percibir mejor en su vía económica e intelectual. Bajo Carlos V el instinto mercantil alemán había cometido el error de entregarse a negocios productivos de transacciones de dinero con los gobiernos, pero esto ya no era lucrativo pero no existía, pero apenas exigía ya la iniciativa necesaria para conseguir ganancias más difíciles en empresas industriales. Las circunstancias políticas hacían al comercio ser muy tímido y prudente. Las ciudades libres del imperio, centros de la vida mercantil, habían perdido el apoyo del poder imperial. Los príncipes les eran hostiles o tenían prejuicios por sus visiones económicas basadas en la tierra y en la agricultura. Más aún, el territorio de algunos de esos principados era poco extenso para formar empresas comerciales y los pagos de los portazgos cerraban sus fronteras. La competencia extranjera se estaba manifestando como una fuerza superior; el comercio y las manufacturas, aspectos con los que está universalmente unido el crecimiento de los granes estados estaban a punto de colapsar en Alemania. La vida intelectual estaba igualmente en un estado descorazonador. Casi sin darse cuenta, la nación había sido dividida en dos campos religiosas por la Reforma y una gran parte de ella había aceptado una fe completamente diferente. Los pensamientos de la gente se centraban, más y más en este hecho. Y a ello les animaban los príncipes que habían sacado grandes beneficios en posición y e posesiones con el cisma, y por el clero de ambas partes. Los invencibles prejuicios de los luteranos del norte de Alemania contra los católicos se notan en los discursos de sus predicadores del siglo dieciséis.

Desde un punto de vista completamente diferente, los jesuitas exhortaban a los católicos a no tener nada que ver con los protestantes. La lucha sectaria controlaba las mentes. De ahí que la consciencia común de la nación estuviera tan oscurecida como la gente y en los príncipes estaba adormecida por el egoísmo político.

DE 1618 A 1713

1618 a 1648

La vida política de la nación alemana se aceleró en nueva actividad debido al fuerte carácter de algunos príncipes que en respectivos estados que casi simultáneamente comenzaron la lucha contra el poder preponderante de la pequeña nobleza territorial. Los príncipes que dejaron su rastro en la historia de Alemania fueron Fernando II de Austria, Gustavo Adolfo de Suecia y, una generación después, Federico Guillermo de Brandenburg, llamado el Gran Elector. En 1617 Federico fue elegido por su familia para ser asociado y suceder a Matías, por el vigor que había mostrado en el gobierno de Estiria. En cuanto los nobles comenzaron a sentir su fuerte mano, se rebelaron en Bohemia, donde estaban los más revoltosos (1618). Como Fernando no tenía los medios para suprimirla, la rebelión se extendió por las provincias del Danubio donde los gobernantes de Transilvania la apoyaban. Cuando en 1619 murió Matías, los rebeldes, por mediación de Cristian de Anhalt, llegaron hasta el extremo de nombrar par el trono de Bohemia al jefe de la rebelión Federico V del Platinado (agosto de 1619), para conseguir la ayuda de los protestantes alemanes. En ese mimo momento Federico fue elegido emperador por los electores, por lo que Maximiliano de Baviera y el Elector de Sajonia prometieron luchar a su lado El asunto que se debatía era la existencia misma de la dinastía Habsburgo. La lucha la llevaron a cabo principalmente las tropas de los dos Wittelsbach y el Elector Palatino fue derrotado por el duque de Baviera el 8 de noviembre de 1620, en la batalla de la Montaña Blanca (Weissenberg) ante las puestas de Praga. Fernando II aprovechó esta victoria y desde 1621 a1628 estableció unas nuevas bases para la administración política de sus dominios. La multiplicidad y heterogeneidad de los territorios de los Habsburgo, unidos casi exclusivamente por la unidad dinámica iba a ser remplazada por un estado austriaco compacto, que se había de fundamentar en la lengua oficial, el alemán, en la uniformidad de los principios administrativos, en la profesión de la fe católica por toda la población y en el apoyo constante de la casa reinante por un cuerpo de grandes propietarios territoriales cuyos estados se formaron con las tierras confiscadas a las pequeña nobleza territorial. Estos grandes propietarios de tierras, establecidos en los distintos dominios de los Habsburgo y sin antecedentes separatistas iban a representar el principio de un solo estado contra los pueblos de varias provincias.

Las consecuencias de este cambio de sistema se sintieron pronto en toda Europa. El plan de unir tan extensos territorios en un estado austriaco tenía también como finalidad que Austria se convirtiera en un gran poder Europeo. Hasta este momento solo se habían desarrollado grandes poderes en el occidente de Europa, es decir España y Francia. Sus territorios conflictivos eran Italia y Borgoña. Pero ahora surgía un gran poder en las fronteras de Europa central que parecía tener un campo de expansión ilimitado del los territorios del este de Europa. Por medio de su conexión dinástica con España era también una amenaza para Francia. Ya dese 1623 Austria y España se apoyaron mutuamente en Suiza; en 1628 Fernando como emperrado protegió los intereses de España en la Guerra de la Sucesión a Mantua. Como resultado Francia se convirtió en el enemigo natural de Austria, desde el mismo comienzo.

Por esta razón el imperio estaba interesado desde el principio en el resultado de la guerra en Bohemia porque su territorio estaba en su mayor parte entre Francia y Austria. En las condiciones de paralización del imperio, una guerra entre estas dos grandes potencias habría de librarse en territorio imperial. Enseguida comenzaron a juntarse las nubes que anunciaban la tormenta de la guerra. Porque los estados de Europa occidental estaban, sobre todo, impedidos por sus problemas internos y sus relaciones mutuas, mientras que los Habsburgo estaban bien ocupado sen su casa, hasta Maximiliano, después de la batalla de la Montaña Blanca, esperaba dar un rápido fin a al guerra venciendo a Cristian de Anhalt y unos pocos seguidores del fugitivo Elector del Palatinado. Para llegar a un arreglo final con el viejo feudo de los Wittelsbach, quedarse con el Palatinado como indemnización de guerra y asegurarse de pasar a la línea bávara de la casa de Maximiliano el derecho electoral del Palatinado, Maximiliano ocupó todo el Palatinado. Pero la guerra, una vez iniciada cada en el imperio no podía ser confinada dentro de sus límites y lentamente se fue extendiendo (ver GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS). Se había acumulado demasiado material inflamable por el descontento de la pequeña nobleza, por las animosidades religiosas, por la falta de empleos que resultó del declinar del imperio y por la ocupación de las provincias vecinas por potencias extranjeras. Allí donde Maximiliano ganaba una batalla, sus enemigos alistaban con facilidad una hueste de mercenarios; los países bajos proporcionaban el dinero. Pronto se vio obligado a enviar su ejército al noroeste de Alemania y así la guerra continuó extendiéndose.

Dos sucesos de los años 1624 -29 aumentaron la animosidad y finalmente, en 1630, dieron a la lucha un carácter internacional.

(a) El desarrollo de los Habsburgo alemanes había llevado a establecer una conexión íntima entre su poder dinástico en sus propios dominios y la autoridad imperial de manera que la recuperación de sus dominios llenó a Fernando con la ambición de restaurar el imperio. Cuando expulsó de Bohemia al elector del Palatinado también lo declaró fuera de la ley como príncipe del imperio. Aura que los territorio se Maximiliano crecían más y más y la guerra se generalizaba por Alemania, a Fernando no le quedó más remedio que asumir su dirección. No tenía los fondos necesarios para tal empresa debido a los continuos errores de la administración económica de Austria, pero aceptó la oferta de Wallenstein que iba a mantener un ejército para él.

Wallenstein ambicionaba ser investido, como jefe del ejército, con poderes extraordinarios tanto militares como diplomáticos. Era un genio en lo tocante a la organización y un hombre notable, pero más que un hombre de estado era un condottiere. Sin embargo el emperador le puso a la cabeza del ejército (1625). Wallenstein no actuaba coordinadamente con las tropas de Maximiliano; por el contrario, mostró poco respeto por las relaciones históricas entre el emperador y los príncipes o por la posición de éstos en el imperio. Acuartelaba sus tropas en territorios de los príncipes, exigía pesados impuestos a sus súbditos y trataba a los mismos soberanos con arrogancia, mientras que no era un general que consiguiera resultados rápidos. La ciega envidia que había animado a los príncipes contra Carlos V fue ahora dirigida contra Fernando. Hicieron correr la especie de que el emperador estaba poniendo sobre ellos “el yugo de una esclavitud brutal”, y que se estaba convirtiendo en monarca del imperio y autócrata.

(b) Maximiliano completó la victoria de las fuerzas bávaras e imperiales restaurando el catolicismo en el Alto Palatinado. Los católico exigieron la restitución de pequeños territorios en Alemania del sur, que les habían sido expoliados desde 1550, a pesar del Reservatum ecclesiasticum. Más aún, sobreestimando su éxito en el campo de batalla intentaban recuperar las diócesis del norte de Alemania que habían pasado a manos protestantes. El emperador se vio impelido por interés platico a ejecutar las reclamaciones de restitución en el sur, puesto que esto debilitaría grandemente a la dinastía Würtemberg que era un obstáculo para la expansión de los Habsburgo A Suabia. Además, autorizó la reclamación de los obispados del norte de Alemania en el distrito del Elba y en la desembocadura del Weser, para ponerlos en manos de un archiduque de Austria. Así pues, emitió el Edicto de restitución (1629). El partido calvinista del Palatinado había sido completamente derrotado y ahora el Luteranismo corría el peligro de ser confinado a un territorio comparativamente menor con distritos separados entre si por principados eclesiásticos católicos. Los estados protestantes del imperio estaban llenos de desconfianza y resentimiento, aunque no estaban bien preparados para levantarse en armas para defenderse.

El cardenal Richelieu, mientras tanto, había vencido a los hugonotes en Francia y tenía planes para reforzar la postura de Francia en Europa, ocupando parte del norte de Italia así como la Lorena, territorio alemán. Vio una amenaza a sus planes en el crecimiento del poder imperial y en la interferencia de Fernando en la guerra de la Sucesión de Mantua. Recordó a los príncipes que Francia había protegido anteriormente sus libertades y había influido en ellos con su carácter amante de la paz y les exigió, sobre todo a Maximiliano de Baviera que renunciase a elegir al hijo del emperador como rey de los romanos requiriéndole que despidiera a Wallenstein (1629-30). Mientras trataba de privar al emperador de su comandante en jefe y su principal ejército, Richelieu usó todos los medios para convencer a Gustavo Adolfo, rey de Suecia, para que invadiera el imperio. La aparición de Wallenstein en las costas del Báltico y la invasión de los principados eclesiásticos del Elba por los católicos inquietó al ambicioso rey de Suecia. Era el más hábil de todos los príncipes que en la primera mitad del siglo diecisiete mantuvieron la autoridad del soberano contra los abusos de la pequeña nobleza en el centro y este de Europa. Después de un rápido éxito en Suecia comenzó la conquista de los territorios del Báltico donde los príncipes estaban sometidos a los caprichos de la pequeña nobleza, consiguiendo para Suecia el control de este mar y un lugar entre las grandes potencias. Si los Habsburgo lograban realizar sus planes de restauración del catolicismo, los planes de Gustavo Adolfo se hubieran visto frustrados ya que para controlar todas las tierras del Báltico y separar permanentemente del imperio las provincias germanas de esta región, debía unirlas en un sistema político orgánico y una civilización; esto sería imposible a no ser que todas ellas estuvieran separadas por una religión de la gran parte del resto de Europa profesando el luteranismo. En el verano de 1630 el rey sueco desembarcó en Pomerania; en agosto el emperador sacrificó a Wallenstein a los príncipes.

El éxito de las intrigas de Richelieu y la invasión de Gustavo Adolfo parecía más amenazador al principio de lo que en verdad fue. No hicieron tambalearse el poder dinástico de los Habsburgo. Gustavo Adolfo murió en Lützen (1632); sus mejores tropas, lo mejor de su fuerza, fueron aniquiladas en Nördlingen (1634). En adelante los suecos solo pudieron conseguir éxitos efímeros por medio de rápidas incursiones de la costa al interior del imperio pasaron años antes de que Richelieu pudiera remplazar el ejército de Gustavo Adolfo por tropas francesas. Durante la invasión sueca él había ocupado toda la Lorena y la región entre el Mosela y el Alto Rin. Después de la batalla de Nördlingen declaró la guerra abiertamente contra el emperador (1635), pero no se atrevió a penetrar más allá del Rin: Dentro del imperio, posprimeros éxitos de los suecos llevaron a una reconciliación entre Maximiliano y el emperador y al mismo tiempo la ocupación permanente de suelo alemán por los suecos y la declaración de guerra de Richelieu llevó a la mayoría de los príncipes a volver a unirse con el emperador, incluida Sajonia que la promovió. Hubo un estallido de indignación patriótica y los hombres estaban listos de nuevos para sacrificar sus intereses en beneficio de los del imperio. En la Paz de Praga (1635) emperador y príncipes acordaron la futura reorganización del imperio. Este tratado hizo concesiones tanto para el desarrollo histórico del imperio y como para sus necesidades: se suspendió la aplicación del Edicto de restitución, se reconoció al autonomía de los dominios austríacos, de Baviera y de los grandes estados del norte de Alemania, y el ejercicio de la autoridad imperial, en tanto que se refiriera a asuntos internos, se confinó a los territorios más pequeños del oeste y sur. Por otra parte, la administración por” círculos” debía ser actualizada y mejorada. Todos se comprometieron a actuar común acuerdo contra los enemigos extranjeros. Nadie deseaba nuevas ligas separadas. En caso de guerra se establecería un ejército imperial consolidado. Ya desde 1635 se inició una ofensiva contra Francia y los suecos. En 1636 Fernando III fue elegido rey de los romanos y fue emperador en 1637-57.

Así, la unidad política de la nación alemana, aunque había sufrido dolorosamente por la debilidad de la autoridad imperial, el excesivo crecimiento del separatismo y el cisma religioso, pasó la prueba en una hora de peligro. Sin embargo, sus escasos recursos después de veinte años de guerra no permitían cumplir el pacto de Praga y eliminar las tiranteces del imperio de un solo golpe. Austria en particular no dio la talla en su tarea. No resultó factible echar de la Alemania al enemigo por la fuerza de las armas y hacer que todos los estados se unieran al emperador. La protección de las fronteras había estado abandonada y los estados individuales habían mantenido relaciones con países extranjeros demasiado tiempo para que se pudieran conseguir aquellos propósitos. En Alemania del oeste el landgrave de Hesse apoyaba a los franceses, mientras que el joven Federico Guillermo, elector de Brandenburgo, que había logrado tenido éxito en su electorado en la parte final del año 1640, concluyó un armisticio con los suecos. Desde 1640, Richelieu pudo enviar ejércitos franceses a Alemania. Los servicios inadecuados que Austria daba al imperio y el apoyo a los españoles, odiados en toda Alemania, volvió a despertar el disgusto con el emperador. Más aún, las condiciones económicas de los estados alemanes eran peores, después de casi un siglo de decadencia, además de los saqueos desde 1621 de la soldadesca. El deseo de tranquilidad superaba a cualquier otra consideración. Hasta los grupos religiosas antagonistas deseaban una paz duradera. Los pequeños estados del imperio no tenían ningún interés en la guerra y exigían la paz a cualquier precio con los enemigos extranjeros, y hasta los más grandes, poco a poco arruinados, se declararon neutrales. Ya junto con el emperador o sin él, negociaron la paz en Münster y Osnabrück con Francia y Suecia, que naturalmente consiguieron una mayor influencia. Sin embargo no murió la conciencia de que eran parte del imperio. Una oscura percepción de que Austria en su desarrollo como gran potencia pertenencia en gran parte a Europa del Este había profundizado la convicción, que Francia promocionaba, de que los intereses del imperio y los de Austria no eran absolutamente idénticos y que la política de uno no tenía que coincidir necesariamente con la del otro y que el imperio tenía necesidades propias que debían ser salvaguardadas por los estados. Para cumplir con esas exigencias los estados reclamaban, en nombre del imperio, el derecho a buscar la protección de otras grandes potencias además de la del emperador, para hallar protección en todas las emergencias en un sitio o en otro. Algunos declaraban que esas necesidades eran, sobre todo, la restauración y mantenimiento de la paz y la preservación de la independencia de los diferentes estados del imperio y de las variadas formas de administración gubernamental alemana opuestas a la centralización de otros países. El obispo de Würzburg, Juan Felipe de Schönborn, el más representativo de los estados pequeños, estaba profundamente imbuido de estos principios.

Estos puntos de vista fueron oficialmente reconocidos por la Paz de Westfalia (1648). Para conseguir la evacuación de Alemania de los ejércitos extranjeros, Francia indemnizada con la parte de Alsacia que pertenecía a Austria, y Suecia con los territorios de la desembocadura del Oder y el Weser. Las grandes posesiones ganadas por Austria en Bohemia y en los países del Danubio no se tocaron, pero estuvo de acuerdo en dejar de apoyar a España. Dentro del imperio todos recuperaron sus posesiones y sus propios derechos. Al mismo tiempo, sin embargo, las posesiones de los príncipes que tenían recursos militares fueron aumentadas de tal manera que el balance del poder se mantuviera entre ellos. Para hacer esto, se les asignaron las tierras de principados decadentes, sobre todo episcopales que estaban listos para ser secularizados. La consolidación del norte de Alemania en un número decreciente de estados avanzó bastante, como se ve por el hecho de que hacia el final de la guerra hasta las muy divididas posesione de los Güelfos en el noroeste se habían concentrado bajo un solo gobierno, como las de otras dinastías del norte. Se intentó asegurar el mutuo reconocimiento de las nuevas divisiones territoriales estableciendo una completa igualdad entre protestantes y católicos. Los católicos quedaron satisfechos con un ligero aumento de las posesiones respecto a 1618, tomando como punto de referencia el año 1624. Se reconoció a la confesión calvinista. Se protegió el nuevo orden de cosas, respecto al emperador, proclamando la soberanía de los príncipes del imperio, devolviéndoles el derecho de establecer alianzas y haciendo que Francia y Suecia fueran los garantes de la ejecución del tratado. Es cierto que los disturbios del sur fueron suprimidos, pero como la división de esa región en muchos pequeños estados se mantuvo, su desarrollo se vio impedido por ello. Sin embargo no había protección contra las dos potencias y el resultado fue que las tierras fronterizas con Francia estaban mal protegidas y la ocupación de las desembocaduras del Oder y el Weser por los suecos fue un motivo de peligro permanente para el norte de Alemania.

1648 a 1673

A pesar de la pavorosa devastación de la propiedad y perdidas de vida, la conclusión del la paz no encontró a un pueblo arruinado. La guerra había producido la renovación del vigor nacional en los asuntos políticos y en el avance de la civilización. En la mayoría de los estados, los gobiernos se dedicaron arduamente al y trabajo, Algunos centros comerciales revivieron gradualmente y con una incansable energía la Alemania agrícola del norte recuperó su fuerza laboral. La vida intelectual también se renovó y creció rápidamente. En jurisprudencia, ciencia política, educación, el perfeccionamiento del idioma alemán y en poesía, un grupo de intelectuales, por medio de una constante maestría de forma y materia, produjeron una serie de grandes obras. El estudio de dichas obras durante las dos décadas siguientes produjo el genio de Leibniz (1646-1716) de alcance universal. Francia, que alcanzó la mayor altura de su cultura literaria en la generación siguiente fue la maestra de Alemania, y el catolicismo sacó ventaja de la influencia francesa. La reputación del catolicismo creció rápidamente y pronto ejerció una poderosa fuerza de atracción en muchos intelectuales protestantes alemanes que acabó llevándoles a la Iglesia, Especialmente alrededor de Schönborn que en 1647 fue nombrado arzobispo de Maguncia y canciller del imperio, se reunió un círculo de católicos, conversos y protestantes bien intencionados entre los que estaba Leibniz. De Schönborn emanaba una influencia que permeaba toda la vida intelectual de Alemania. En el campo de la política se pusieron muchas esperanzas en el triunfo militar de Austria y Baviera, que habían mostrado que eran los estados alemanes más fuertes, y en los esfuerzos de Schönborn de infundir vida a la administración por “círculos” y en su intento de formar alianzas entre los príncipes con el fin último de lograr una confederación general de los estados. Schönborn quería, con esa confederación general, hacer una Alemania que, bajo su liderazgo, estuviera libre del favor de las grandes potencias. Aunque esta confederación había de tener un carácter pacífico y por ello ser solo una potencia de segundo orden, esperaba hacer de ella el medio de establecer un balance en el poder en Europa entre Francia y Austria, como algunos italianos habían intentado hacer con su país en la centuria anterior. La política de Schönborn tuvo más éxito en 1657-58, cuando Fernando II murió sin dejar un heredero de mayoría de edad y sin ser nombrado rey de los romanos, dejando a Francia la oportunidad de intentar dictar la sucesión a la corona imperial. Schönborn, sin embargo, propuso otro Habsburgo, Leopoldo I (1658-1705) y logró unir a un gran número de príncipes de la Confederación del Rin (Rheinbund), que buscaban el apoyo de Francia.

Más poderosa pero no más ventajosa para Alemania fue la influencia ejercida por en el curso de estos acontecimientos, por otro príncipe reinante Federico Guillermo de Brandenburgo, el Gran Elector. Sus contemporáneos le veían como el más turbulento de los gobernadores del imperio. Su propósito era el engrandecimiento de Brandenburgo hacia el este del Elba, pero en la Paz de Westfalia había sido compensado con territorios del oeste de Alemania. Insatisfecho con este arreglo, afirmaba abiertamente que puesto que gran parte de su territorio estaba bordeando el este de Europa, él como Austria y aun más escrupulosamente, no consideraba que los intereses de Alemania coincidieran con los de Brandenburgo. Cuando Suecia declaró la guerra a Polonia en 1655 se puso de parte de Suecia con todos sus recursos. En 1658 el nuevo emperador unió con él sus fuerzas para expulsar a Suecia de Alemania. Y para asegurarse de conseguir la ayuda de las tropas imperiales de Federico Guillermo, en la elección del emperador, exigió que Austria no apoyara a España, a la que Francia estaba a punto de dar el golpe definitivo. Esto trajo de nuevo el peligro para Alemania ya que Francia, después de forzar a España a aceptar La Paz de los Pirineos en 1659, en 1660 dictó la paz en el Báltico en Oliva y Copenhague en tales términos que Suecia quedó protegida contra cualquier disminución de sus territorios. Cuando los turcos, tras una larga tregua, reanudaron su avance sobre Viena en 1662, Francia forzó tropas auxiliares en Austria en cuento ésta comenzó a ofrecer una enérgica defensa. En consecuencia Leopoldo prefirió llegar a un acuerdo secreto con los turcos en Vasvár (1664). Francia interfería en todas las luchas entre los estados del imperio.

El encanto personal del joven rey de Francia, Luis XIV que tomó las riendas del gobierno en 1661, contribuyó a que Francia apareciera como la fuerza dominante en Alemania, de la misma forma que antes Carlos V en Italia. Lo que Francia había inútilmente querido conseguir con la guerra, parecía conseguirlo ahora con los diez años de paz. Aparentemente en todas partes del imperio, Austria incluida, existía una creciente necesidad de paz. Los subsidios que Luis hacía llegar a las haciendas de los arruinados príncipes que estaban comenzando a elaborar un sistema racionas de impuestos, estaban pensados como favores. Las clases altas alemanas se rindieron completamente a la influencia de la cultura y costumbres francesas. Más aún, la diplomacia, la política económica, el sistema militar representaba para los príncipes un ejemplo de organización administrativa efectiva que parecía poner a Alemania más y más bajo la influencia de su vecino occidental. Los Güelfos y los Wittelsbach y los gobernantes de Sajonia se dejaron ganar por Francia. En 1667-68 Luis pudo poner controles al Elector de Brandenburgo así como sobre Austria, cuya línea dinástica, había quedado reducida a una persona y corría peligro de extinguirse, como la española. Aunque la Paz de Westfalia inclinaba a los alemanes a tomar como modelo a Francia, sin embardo de muchas formas no visibles preparó la emancipación de Alemania. La concienciación nacional se aceleró in proporción a la vida intelectual que se despertaba y el espíritu nacional encontró, una vez más, su voz. Los príncipes se fueron alejando gradualmente de Francia de manera que sólo la Casa de Wittelsbach buscaba su amistad. Cuando De Lionne, consejero de Luis XIV en asuntos exteriores le aconsejó que no llevara a cabo su propósito de atacar a los Países Bajos hasta asegurarse de tener la simpatía de los principales príncipes alemanes, todos sus esfuerzos de los hábiles diplomáticos franceses no lograron conseguir su asentimiento. Sin embargo Luis avanzó contra los holandeses y en Alemania estalló una tormenta de indignación popular que arrastró a los príncipes alemanes con la excepción de los Wiitelsbach. En 1674 el imperio declaró la guerra a Francia.

1674-1713

Esta fue la señal para una guerra que duró cuarenta años que se divide en tres períodos. En el primero las ventajas fueron para Francia gracias a los capaces generales, bien entrenadas tropas y abundancia de medios. Los contingentes de los príncipes alemanes formaban un cuerpo abigarrado; en 1675 el elector de Brandenburgo se retiró y avanzó sobre Pomerania contra los suecos. Los aliados del emperador, los Países Bajos y España, no fueron eficientes. Solo algunos episodios aislados, como la batalla Fehrbellin (1675), revivieron el coraje militar alemán. En 1679 se firmó la paz entre el imperio y Francia en Nimega. Sin embargo Luis sobreestimó su victoria. Por una parte pensó en separar definitivamente al elector de Brandenburgo de la causa alemana obligándole en 1680 a devolver el territorio ganando a los suecos y después a aliarse con Francia de manera que quedaba casi reducido a una dependencia feudal. Por otra parte, después de haber firmado la paz, Francia tomó varios trozos de territorio en la frontera occidental (llamados “Reuniones”) forma injustificada de proceder que culminó con la toma de Estrasburgo (1781). Esta conducta estimuló la indignación patriótica de los pequeños estados occidentales (Alianza de Laxenburg, 1682), mientras que en los principados más grandes, incluidos los de Wittelsbach, todos se reunían entusiastas en torno al emperador por su victoria en la guerra contra los turcos. El rechazo de los turcos en el sitio de Viena (1683) fue seguido por una magnífica recuperación en Hungría y dio un nuevo impulso al poder político de Austria. El aumento de la interferencia francesa en los asuntos alemanes (sucesión al Palatinado en 1685; elección del obispo de Colonia ,1688) la resistencia contra Luis, a la que se unió Brandenburgo, fue unánime. Luis contestó renovando la guerra. Aunque Austria estaba aun ocupada en la lucha contra los turcos, las fuerzas militares de ambos bandos estaban equilibradas. El margrave Luis Guillermo de Baden organizó las tropas de los pequeños estados sudoccidentales alemanes de forma muy eficiente. Austria halló en Eugenio de Saboya, general y estadista que, en una posición similar a la de Wallenstein, le sobrepasaba en genio y carácter. Más aun, el emperador encontró en Inglaterra un aliado más eficiente que los Países Bajos. Ambos bandos levaron al campo de batalla ejércitos cada vez más grandes, hasta que cada uno de ellos mantuvo unos 400.000 hombres. En la Paz de Ryswick (1697) Luis devolvió parte del territorio que había robado al imperio, Austria, con la brillante victoria de Zenta (1697), expulsó a los turcos completamente fuera de Hungría y Transilvania (Tratado de Carlowitz, 1699).

La muerte del último Habsburgo español (1700) renovó a guerra en 1701. Esta vez Austria pudo emplear la mayoría de sus fuerzas contra Francia. Inglaterra a era aliada del imperio. Las potencias aliadas ganaron brillantes batallas alguna conjunta y otras separadamente (Blenheim, 1704, Ramillies y Turín, 1706, Oudenarde, 1708, Malplaquet, 1709). Forzando su capacidad al máximo, Francia mejoró su posición después de 1709. En el curso de la guerra, Austria cambió dos veces de gobernantes: José I (1705-11) y, Carlos VI (1711-40). Cuando Carlos VI ascendió al trono, Inglaterra abandonó a Austria. Con los Tratados de Rastatt y Baden in 1713-14 Francia retuvo solamente la Alsacia de entre todas sus conquistas en la frontera alemana. Mientras tanto Austria había comenzado de nuevo las luchas contra los turcos, los derrotó de nuevo e impuso sus términos en el tratado de paz de Passarowitz en 1718, extremadamente favorables al comercio austriaco en el oriente. Al mismo tiempo se declaraba la guerra entre Suecia y Rusia y los príncipes del norte de Alemania aprovecharon expulsar completamente de Alemania a los suecos (tratado de Estocolmo entre Suecia y Hannover en 1719; entre Suecia y Prusia en 1720).

Las victorias sobre los turcos y su oposición a Francia hicieron de Austria una gran potencia mientras que Francia no vio afectadas sustancialmente la extensión de sus fronteras. De esta manera los planes de Fernando II se consiguieron, durando un largo tiempo. Pero al mismo tiempo, el sucesor de Fernando, permitió que el poder y la organización del imperio decayeran. En el reinado de Leopoldo I la Dieta se había convertido en un órgano permanente en Ratisbona desde 1663 y el imperio tomó parte como un todo en los tres períodos de la guerra. Los príncipes soberanos contemporáneos sin embargo estaban sobretodo interesados en el desarrollo político de los distintos estados separados. Sus políticas se basaban en los principios absolutistas centralizadores de Luis XIV, que eran susceptibles de aplicarse a los distintos principados, pero no al imperio que por su propia naturaleza era federal y parlamentario. El imperio nunca podía tener la misma forma de administración que los distintos principados estaban ahora implementando ni podía organizarse sobre bases fiscales similares a ellos. Por Consiguiente Austria, Prusia, que se había convertido en reino en 1701 y los otros grandes estados alemanes se iban separando cada vez más del imperio. Algunas casas reinantes, insatisfechas con la pequeñez de sus territorios que no podían ser ampliados, estaban dispuestas a principios de nuevo siglo a buscar nuevos países. El elector de Sajonia, que pertenencia a la línea Wettin aceptó la corona de Polonia (1697), mientras que la rama principal de los Güelfos ascendía al trono en Inglaterra (1714). La rama de la casa de Wittelsbach que reinaba en Baviera aspiraba a la corona de España o al menos a la soberanía sobre los Países Bajos españoles. Cuando esto se frustró se aliaron con Francia en 1701 lo que les condeno a una inútil y separatista política en sus territorios: Entre la gente, el concepto de unidad imperial ya no interesaba. Es cierto que la nación hizo progresos hacia la unidad intelectual de la nación, a medida que mejoraba y se desarrollaba su idioma escrito. Más aún, entre 1660 y 1690 el sentimiento patriótico de la nación se manifestó claramente pero se debilitó de nuevo en el preciso momento en que era decisivo para organizar una política constitucional. El pueblo no se interesó en los planes del último periodo de guerra, la lucha pos la sucesión a la corona española, mientras que al mismo tiempo la totalidad de la vida orgánica de la nación estaba sufriendo una crisis vital. Desde el punto de vista económico, el país progreso poco porque sus recursos se habían agotados y las continuas guerras no permitían la recuperación. En consecuencia la organización social de la nación perdió su elasticidad, la nobleza se mostró arrogante, decayó la clase media y la burocracia convirtió en altiva excluyendo a los demás de la participación en los asuntos del estado. Durante este periodo los alemanes no hicieron esfuerzos para conseguir la unidad nacional. En estas circunstancias, sin embargo, a pesar de las victorias alemanas, los países extranjeros afectaban profundamente la política alemana. Francia seguía siendo la potencia garante. Otras dos grandes potencias, Inglaterra y Rusia, tenían considerable influencia, la primera en Hanover, con la que estaba relacionada por una dinastía común y la otra en todos los estados alemanes del Báltico, especialmente Prusia.

El catolicismo perdió su preponderancia una vez más debido tanto a la nueva decadencia de la vida social y política alemana como al declive de Francia. A principios del siglo dieciocho su progreso estaba en el campo artístico, especialmente en la arquitectura. En Viena y en las capitales de los señores espirituales y temporales, se construyeron muchos edificios arquitectónicamente notables. Entre los grandes arquitectos y pintores al fresco de ese periodo estaban Hildebrand, Prändauer, Fischer de Erlach, Neumann, y los hermanos Asam. El protestantismo, sin embargo sobresalía en el saber ejemplificado por los profesores de la universidad de Halle Thomasius, Christian Wolff, Francke. Más aún, las intimas relaciones entre Inglaterra y Alemania comenzaban a hacerse sentir y el protestantismo alemán encontró en Inglaterra una ayuda poderosa y progresiva ayuda intelectual que Suecia no había sido capaz de proporcionar.

De 1713 a 1848

1713 a 1763

Muchas diferencias no muy significativas estaban aun sin solucionarse en 1713 y muchas ambiciones no se habían realizado. En Alemania, como en el resto de Europa había cuestiones que requerían soluciones diplomáticas, pero las espadas tenían que estar envainadas. El pueblo mostraba un intenso deseo de paz. Las clases industriales deseaban levantarse de la miserable existencia de tantos años y volver de nuevo a los beneficios del comercio y acumulación de capital para operaciones más amplias. Durante varias décadas siguientes se vieron obligadas a trabajar sin resultados visibles. Pero el esfuerzo vigorizó la voluntad y les dio fuerza necesaria para conseguir el fenomenal progreso económico del pueblo alemán en el siglo diecinueve. La principal tendencia entre los príncipes y la nobleza estaba orienta al disfrute voluptuoso de los placeres sociales y artísticos de la vida que plasmaron erigiendo magníficos edificios y estableciendo brillantes ceremoniales cortesanos. Ejemplos de de tales gustos fueron los gobernantes de Sajonia Augusto II (1694-1733)y Augusto III (1733-63), que también era rey de Polonia; Maximiliano II Emanuel de Baviera (1679-1726); Eberhard Louis (1677-1733) y Carlos Eugenio (1737-93) de Würtemberg. Hombres de ideales más altos fueron Maximiliano III Joseph de Baviera (1745-77), y, entre los obispos, sobre todo los de la familia Schönborn. En el interior de los estados, los príncipes trataban de completar la organización de su territorio según el modelo absolutista y burocrático francés, introduciendo funcionarios del estado en los gobiernos locales, recogiendo impuestos en moneda y una moneda básica para el comercio, aumentando los ejércitos permanentes, reprimiendo los privilegios de la nobleza y extinguiendo los derechos parlamentarios y corporativos. Para perfeccionar dicho sistema se realizaban esfuerzos persistentes cuando era necesario: pero la mayoría de los estados no lo lograron. En Hanover, los nobles recuperaron gradualmente el control del gobierno; en Austria se instaló un peligroso estado de inercia política bajo Carlos I.

Federico Guillermo I de Prusia (1713-40) fue el único soberano que completó con energía la obra de recuperación económica. El estado ideal que los estadistas de la época de Luis XIV, impracticable en los grandes países se llevó a cabo en gran parte en Prusia. A pesar de su pequeño territorio y de su civilización retrasada, creció hasta ser un apotencia influyente de forma desproporcionada en relación a su población y área, gracias a la gran eficiencia de la administración, a la utilización de todos los recursos en beneficio del estado y a la inagotable energía del rey mismo. Poco después de 1740 Prusia era capaz de mantener un ejército de mas de 100.000 hombres preparados para la guerra y con este ejército podía inclinar la balanza en un conflicto entre fuerzas equilibradas de los granes países. En 1740 Federico II el Grande, accedió al trono de Prusia. En el período inmediatamente anterior Austria y Francia se habían agotado en una guerra que comenzó en 1733 sobre asuntos que no se habían aclarado en 1713, como la sucesión en Polonia y el derecho de Francia sobre la Lorena. Por la Paz de Viena de 1738 Francia obtenía Lorena y en 1739 Austria perdía Belgrado ante los turcos. Poco después del acceso al trono de Prusia de Federico, moría el emperador Carlos VI, dejando una hija, María Teresa (1740-80). Francia y Baviera tomaron las armas para evitar que ella fuera reina de Austria, lo que era una violación directa de las promesas hechas a Carlos VI cuando estos países reconocieron la Pragmática Sanción. Bajo instigación afrancesa, los electores eligieron emperador, con el título de Carlos VII, a Carlos Alberto de Baviera (1742-45).Federico el Grande se aprovecho de las dificultades de María Teresa y ocupó Silesia y ante su negación se entregarla, firmó una alianza con Francia y Baviera. Las guerras que siguieron son las llamadas Guerras de la Sucesión Austriaca (1740-48), la Primera Guerra de Silesia (1740-42), y la Segunda Guerra de Silesia (1744-45). Con su fuerza disminuida durante el débil gobierno de Carlos VI, Austria parecía que iba quebrarse ante la fuerza de choque. Pero las vacilaciones de Federico el Grande, la ayuda de Inglaterra, aliada de Austria después de 1742 y sobre todo la energía política de María Teresa y su inspiradora personalidad ayudaron a Austria a aguantar el envite. Silesia no se pudo recuperara pero todas las demás provincias se mantuvieron y en 1745, su marido, Francisco I, fue elegido emperador. Ella encontró en Kaunas un valioso guía en asuntos de política exterior y un sabio ayudante en la dirección de los asuntos domésticos.

La administración fue mejorando imitando a Prusia. El ejército fue organizado por Daun, Laudon y Lacy. Más aún, con la nueva alianza entre las tres grandes potencias europeas, Austria; Francia y Rusia, Austria quedó una vez más en una posición de mando en Europa. Sin embargo, Federico, con la ayuda de Inglaterra, evitó que las consecuencias de todas estas medidas salieran a la luz durante un tiempo. En 1756 atacó de nuevo a Austria mientras al mismo tiempo Inglaterra declaraba la guerra a Francia para quedarse con sus colonias. Era la Guerra de los Siete Años que expuso las debilidades de los planes de Kaunitz y especialmente el declive del poderío militar francés, antes de que estas debilidades pudieran ser utilizadas. Más aun, al llamar María Teresa como emperatriz a los franceses para que entraran en el país, sofocó en los príncipes todo sentido de la obligación para con el imperio, mientras que Federico con su victoria sobre los Franceses en Rossbach (1757) se convirtió en un héroe a pesara de la impopularidad de Prusia. La terca defensa que el rey prusiano ofreció a las tres potencias, aunque no venciera, impresionó al mundo político de forma favorable para Prusia con no menos resultados que las consecuencias en el norte de Alemania de su alianza con Inglaterra.

1763 a 1815

Después del Tratado de Hubertusburg (1763) Prusia no solo era un estado independiente sino que tenía una apolítica independiente. En adelante, el resto de Alemania también se separó de Austria y del sur de Alemania. Los estados recibían ahora De Inglaterra unos impulsos que nunca habían recibido del imperio ni de Europa central porque Inglaterra, en este periodo avanzaba rápidamente en el comercio industria y vida intelectual exhibiendo una política enérgica y de largo alcance. Las minas de carbón y los depósitos de mena en el distrito del Rin, de Westfalia y Silesia fueron explotados a gran escala, incrementando el número de fábricas. Las ciudades anseáticas aprovecharon la Declaración Americana de Independencia para establecer relaciones transoceánicas preñadas de fructíferos resultados para el futuro del comercio alemán, mientras que la agricultura del este del Elba adoptaba mejores, como el uso del capital para desarrollar el comercio de grano con Inglaterra. Además de Halle, otras universidades alemanas se hicieron notar como centros de vida intelectual, entre ellas Göttingen, fundada en 1737, que tuvo como profesores a los historiadores y escritores de ciencia política Schlözer y Spittler; Königsberg, donde enseñaban Kant y Kraus. La mayoría de los precursores de la época clásica de la poesía alemana, como Klopstock y Lessing, eran alemanes del norte, así como muchos de los escritores del período Sturm und Drang). Y aunque Goethe y Schiller, los grandes poetas de la época clásica, eran del sur, habían vivido en el norte, siendo el centro de expansión de su influencia la corte de Weimar. Herder y los Humboldts eran prusianos. La escuela romántica, bajo la dirección de los alemanes del norte, los Schlegels, Hardenberg, Tieck, Schleiermacher, se desarrolló en torna a dos ciudades del norte, Berlín y Jena. Debido a esta ascendencia intelectual ejercida por Alemania del norte, Dinamarca y Holanda fueron atraídas casi completamente a la esfera de influencia de la cultura alemana. Del noroeste alemán procedían las principales influencias de la prensa periódica que crearon la opinión pública alemana (la crítica de Schlöze a la política contemporánea en su "Staatsanzeigen," los escritos políticos de Gentz) fomentando el espíritu de nacionalidad (Möser, conde Stolberg). En esta parte de Alemania recibió si educación y aprendizaje en la vida oficial Freiherr vom Stein. El área relativamente grande de los estados del norte de Alemania, resultado de los últimos doscientos cincuenta años de evolución política, animaron el progreso intelectual y desde allí se fue promoviendo. Por primera vez el norte de Alemania sacaba ventaja al sur en desarrollo al mismo tiempo que los estados protestantes tomaban el liderazgo de los católicos.

Es cierto que el sur enseguida comenzó a competir con el norte, pero la división en pequeños principados paralizaba el comercio y retardaba el progreso intelectual y el desarrollo de las industrias. José II, co-regente con María Teresa y en solitario desde 1780 a 1790, quería remediar esta desintegración con la anexión de Baviera Austria y extendiendo el poder de Austria a Suabia y al Alto Rin, resultado que esperaba conseguir haciendo de la ciudad de Constanza un emporio de comercio entre Italia y Alemania. En Austria poso en movimiento grandes proyectos de reforma. El la parte no material él y otros gobernantes intentaron infundir nueva fuerza en vida intelectual y civilizadora de la catolicidad en cuanto opuesta al protestantismo. El catolicismo en el sur de Alemania, que se mantenía en cercano contacto con la vida intelectual francesa, sufría de las influencias paralizadoras del racionalismo francés y de sus tendencias críticas destructivas. Los campeones de la iglesia, sobre todo el príncipe -abad Martin Gerbert de S. Blasien, le dio una base más nacional de nuevo infundió un espíritu más positivo. Pero todos fallaron, sin excepción, al no renunciar al movimiento racionalista; este fallo llevó a muchos hombres como as José II y Wessenberg, a graves errores. El progreso en el sur de Alemania dependía en última instancia del progreso de Austria. Los planes políticos de José II para Alemania no solo fracasaron ante la oposición de Federico el Grande, como queda patente en la guerra de la Sucesión de Baviera (1778-79) y en la liga de príncipes formada por Federico contra José (1785), sino que al final del reinado de José II surgieron serios movimientos revolucionarios contra él en sus propios dominios. Parecía que se iba a dar de forma inminente un cambio total en la relativa situación de las fuerzas del norte y sur de Alemania. Sin embargo Alemania del norte no utilizó completamente para el progreso intelectual la ventaja que había obtenido. En su espíritu, Federico no simpatizaba el estado de las cosas. El sistema político inglés descansaba en principios que estaban muy lejos del absolutismo francés, a cuyos métodos y propósitos se aferraba Federico tenazmente, siguiendo los pasos de su padre. Hasta iba más allá, sobre todo en la administración económica. Tomados en conjunto sus logros políticos fueron los mayores y más efectivos del sistema francés. Después de 1763 con la anexión de Prusia occidental, lograda con la primera partición de Polonia en 1722, extendió sus dominios en el distrito de los ríos Oder y Weichsel y adoptando la política de Catalina II de Rusia logró una posición potente entre los estados de Europa del este. Más aún, declaró su intención de dar una especial importancia a la parte de Prusia del este de su reino convirtiendo a su nobleza, los Junker, en su principal instrumento tanto en la administración civil como en la militar. Desde el momento de su llegada a estas tierras, los Junker habían sido preparados para luchar y colonizar. El impulso para lograr una Alemania del norte unida solo podía venir de Federico el Grande, puesto que la clase media del noroeste aún había hecho acto de presencia. En 1760 murió Federico y el prestigio de Prusia volvió a declinar. Privada de un fuerte estímulo de vida intelectual, Alemania, tanto del norte como del sur, adquirió un carácter puramente cosmopolita y humanitario.

La revolución Francesa produjo al principio en Alemania exclusivamente una conmoción, pero no progreso. Las ideas de 1789 fueron saludadas con aprobación, pero cuando la Revolución se convirtió en radical en 1792 y metió a Alemania en la guerra, la gente que desea solamente la paz, la rechazó sin excepción. Austria, reorganizada por Leopoldo II (1790-92), volvió a la política de expansión, iniciada por José II, bajo Thugut, primer ministro de Francisco II, que era Francisco I de Austria (1792-1835). Sin embargo Thugut prefería realizar las conquistas en Italia más que en el sur de Alemania aunque las victorias de Napoleón en 1798 le hicieron desistir de ellas. (Tratado de Campo-Formio, 1797). Los príncipes del sur de Alemania, dejados a si mismos, se volvieron a al gobierno francés y con humildes peticiones, consiguieron expandir sus territorios a costa de los eclesiásticos que se iban a secularizar. En el Congreso de Rastatt (1797-99) Francia estaba inclinada a conceder sus peticiones, pero Rusia, Inglaterra y Austria terminaron prematuramente con el Congreso declarando la guerra a Francia. Un poco antes, en 1792, Prusia se había levantado en armas Austria contra la Revolución. Pero en el Tratado de Basilea (1795), abandonó a Austria, influenciada por la diplomacia francesa, y por primera vez hizo pública su ambición de con vertirse en la potencia principal del norte de Alemania, de anexionarse Hannover y de llevar a cabo la secularización de las tierras de la Iglesia. Pero los sucesores de Federico el Grande, Federico Guillermo II (1786-97) y Federico Guillermo III (1797-1840), carecía de su energía. Más aún, en la Segunda (1793) y Tercera (1795) Partición de Polonia, Prusia había adquirido más territorio del que podía asimilar; sus recursos administrativos fueron incapaces de soportar la tensión y se paralizaron. Así que el final del siglo dieciocho Alemania estaba en un completo desorden.

Alemania del suroeste, en constante contacto con Francia con unas relaciones comerciales activas, manifestaba ahora un deseo de organización política comprensiva y eficiente. Porque ahora, por la impetuosidad con la que la Revolución Francesa predicaba el principio de racionalidad y los derechos del individuo en el Estado , la mente alemana era de nuevo accesible a las ideas nacionales y a las fuertes convicciones políticas. Desde el principio del siglo diecinueve la escuela romántica exaltaba las glorias de la nacionalidad alemana y del imperio y la generación más joven de oficiales de los distintos estados, especialmente los de Prusia, promovieron medidas reformistas. Napoleón, como instrumento de los tiempos, contribuyó a la realización de estas ideas. . Al derrotar de nuevo a Alemania en 1800 (Tratado de Luneville, 1801), y en 1805 (Tratado de Presburg), Napoleón procedió a una nueva distribución del territorio alemán. Por el Tratado de Lunevill se anexionó la orilla izquierda del Rin. Por los pactos de partición con Prusia y Baviera de 1802 y por la Promulgación de los Delegados Imperiales de 1803, secularizó los estados eclesiásticos que aún existían y en 1805-06 abolió el resto de los pequeños y decadentes principados del sur incluyendo los dominios libres de los Caballeros del Imperio y de las Ciudades Libres. Retuvo solamente tres divisiones territoriales en el sur: Baviera, Würtemberg y Baden, que su genio creativo organizó como estados secundarios, similares a los del norte tanto en extensión como en capacidad de desarrollo interno. Los alemanes del sur tenían ante si por fin un curso claro hacia el progreso renovado. Napoleón esperaba que con ello quedaran en perpetua obligación con Francia; en 1806 los unió aún más a sí, también a los estados centrales, en la Confederación del Rin (Rheinbund).

Con la abolición de los pequeños principados dio el golpe de gracia al Sacro Romano Imperio, que dejo de existir el 6 de agosto de 1806. La administración y situación económica de los estados secundarios mejoró rápidamente, pero contra las expectativas de Napoleón, las simpatías de sus habitantes no se volvieron hacia Francia. Entonces Napoleón venció a Prusia en las batallas de Jena y Auerstädt (1806) y con el tratado de Tilsit (1807) dejó a Prusia solamente con sus provincias originales entre el Elba y la frontera Rusa. Después, con medidas reformistas liberales de largo alcance organizadas bajo la dirección ilustrada de Freiherr von Stein ayudado por Gneisenau y Scharnhorst, tanto el estado como el ejército prusianos se fortalecieron y se convirtieron en más progresivos que nunca antes. En todas las tierras alemanas del margen derecho del Rin las clases educadas estaban llenas de fervoroso patriotismo y tanto en Prusia como en Austria, la gente llevaba el yugo con impaciencia. En 1809 estalló en Austria una guerra nacional contra Napoleón. Los tiroleses dirigidos por Hofer lucharon heroicamente y el archiduque Carlos derrotó a los franceses en la batalla de Aspern. Es verdad que a pesar de ello, napoleón mantuvo su supremacía en el tratado de Schoenbrunn, llamado también de Viena, 1809) y Austria, desde entonces, y por consejo de Metternich, que fue primer ministro desde 1809 hasta 1840, adoptó una política de inacción. Siguiendo un camino opuesto el pueblo prusiano se levantó como un solo cuerpo en 1813 después de la desastrosa campaña napoleónica en Rusia. Napoleón no pudo reprimir este levantamiento; por el contrario, iba siendo derrotado en las Guerras de Liberación por la coalición de Rusia, Austria, Prusia e Inglaterra. El interior de Alemania, verdadero hogar de la vida teutónica nacional, había sido obligado a retirarse del escenario durante el siglo dieciocho por Prusia y Austria. Durante la época napoleónica avanzó materialmente en influencia como resultado de la formación de los estados secundarios y el crecimiento de las opiniones políticas nacionales. Sin embargo Austria y Prusia reestablecieron su superioridad militar sobre el interior durante las Guerras de Liberación. En los Tratado de Paris (1814) y en el Congreso de Viena (1814-15) se intentó hacer justicias con estas dos circunstancias. Bajo la dirección de Metternich Austria llegó al clímax de su poder en el Congreso de Viena. Se convirtió en el estado líder de Europa, pero al mismo tiempo hizo del Danubio y del territorio al este de los Alpes los centros de su poder y se retiró completamente del sur de Alemania. Prusia, reconocida ya como una gran potencia y líder del este de Europa recibió, con la condición de entregar parte de sus posesiones polacas, una posición fuerte en el extremo noroeste, pero no consiguió la hegemonía en el norte de Alemania.

El sistema napoleónico de estados secundarios fue ratificado y amplificado como en los cuatro reinos de Baviera, Würtemberg, Hanover y Sajonia etc. Se esperaba que este arreglo se convirtiera en permanente puesto que se basaba en la responsabilidad conjunta de los estados europeos, un principio reconocido por el Congreso de Viena y cuyo mantenimiento estaba garantizado tanto por Prusia como por Austria. Más aún, se suponía superada la rivalidad política entre las diferentes creencias, puesto que de ellas grandes potencias, Austria era católica y Prusia protestante y ambas tenían ahora unas amistosas relaciones. Con la concesión de muchos distritos católicos a soberanos protestantes la catolicidad había tenido, ciertamente, muchas pérdidas en Alemania central, siendo Würtemberg un tercio católica, Baden dos tercios y Prusia casi la mitad. Pero se creía que en adelante ninguno de esto estados, ni siquiera Prusia, podrían mantener un carácter enteramente protestante. Es más, el catolicismo consiguió gran influencia sobre las mentes de los hombres debido al movimiento romántico y la difusión de las ideas pre-revolucionarias. Metternich continuando con la política decidida en 1548 y 1635 se dedicó a hacer seguimiento desprograma: dar nuevas garantías al recientemente despertado sentimiento nacional estableciendo Confederaciones Alemanas; que cada estado alemán debía pertenecer a una Confederación, pero sin perjuicio `para su autonomía ; que el objetivo prioritario de la Confederación era la defensa de la independencia y estabilidad de Alemania contra enemigos externos así como contra las agitaciones revolucionarias, pero debía permitirse que evolucionara hacia un estado confederado aumentando gradualmente su autoridad sobre los asuntos internos, como el comercio, la administración económica civil y la ley constitucional. El órgano de esta confederación debía ser una asamblea permanente compuesta de plenipotenciarios nombrados por los príncipes reinantes, como en la Dieta Imperial antes de 1806. Este Cuerpo estaba autorizado para aplicar leyes fundamentales para la Confederación y a organizar su maquinaria administrativa (Actas Federales del Congreso de Viena, 9 junio, 1815).

1815 a 1848

La Dieta Federal estuvo en sesión desde 1816 a 1848 y de nuevo desde 1850 hasta 1866, sin aplicar ninguna ley fundamental y sin crear ninguna maquinaria administrativa. El único resultado de las deliberaciones fue un informa más detallado pero no más definido de los problemas que debía resolver la Confederación (Acta Federal Final de Viena, 1820) y esto a pesar de la presión de Metternich para que se solucionaran estos problemas. Prusia y los estados secundarios se oponían a cualquier progreso en el trabajo de la Dieta. Hasta Metternich ya no estaba tan preocupado por ello. En otoño de 1815 había el conseguido la Santa Alianza con el zar y el rey de Prusia y se había comprometido a una política común con las grandes potencias del este de Europa: se llama a los tres países, Rusia, Austria y Prusia, las potencias orientales. Esta política, en vista de la posible agitación revolucionaria, se opuso a la corriente nacional y constitucional de la época. Más aún, como Primer Ministro de Austria, Metternich había tender hacia la paz y el reposo que el país necesitaba, después de los problemas del reinado de José II y las pérdidas de la guerra durante los últimos veinticinco años. Austria mantuvo a su pueblo al margen de cualquier competición comercial y en la política evitó el contacto con naciones extranjeras, Por consiguiente su política dentro de la Confederación estaba sustancialmente restringida a la salvaguardia de sus propios intereses.

Entre 1815 y 1848 Prusia y los estados secundarios también se dedicar exclusivamente a la solución de sus problemas dentro de su fronteras. Hasta 1848 Alemania fue testigo de la más completa autonomía de toda su historia en los estados individuales. La necesidad de unidad nacional fue completamente ignorada. En a mayoría de los estados individuales se hizo mucho para mejorar la administración y la política económica. Prusia, que había reforzado la confianza en si misma en las guerras de independencia contra Napoleón, completó las reformas iniciadas en el periodo anterior a 1815, aunque no con el espíritu nacionalista de sus autores sino más bien de acuerdo con sus anticuadas ideas prusianas. Hasta las más occidentales provincias se vieron sometidas a la antigua ley prusiana así como a la antigua política prusiana respecto a la Iglesia y a las métodos de gobierno. En la universidad de Berlín, fundad en 1909 por Guillermo von Humboldt, Hegel elevaba a la dignidad de un sistema filosófico la visión prusiana del Estado, imbuida del espíritu protestante y con raíces en el absolutismo. Daba al Estado la posición como más alta y absoluta forma de control de la sociedad. Sin embargo, los distintos estados alemanes había sobrepasado el límite en su capacidad de organización. La rutina dominaba la administración. Una burocracia bien formada pero arrogante tomo el control del gobierno en Prusia así como en los estados secundarios y aunque se excedió en los principios políticos tradicionales sin embargo no los impuso con la mano firme de los gobernantes de la época anterior. Este era el caso sobre todo en el conflicto de los matrimonios mixtos en la cuarta década del siglo, cuando el gobierno prusiano arrestó al arzobispo Droste-Vischering de Colonia por “insubordinado servidor del Estado “(1837). Su debilidad se vio claramente también cuando el pueblo del sur y oeste de Alemania objetaron contra la interferencia supervisora del los funcionarios del Estado.

La clase media debía a Metternich más de treinta años de paz interrumpida, durante los cuales la protegido de las revueltas dentro y fuera y debían a Prusia leyes más favorables al comercio que todas las existentes anteriormente. Eran las moderadamente protectores leyes aduaneras prusianas de 1818 y la fundación de la Unión Aduanera (Zollverein), 1833, que convertía a Prusia en una unidad comercial compuesta por Prusia y la Alemania central y meridional. Ahora por primera vez los esfuerzos de las clases comerciales durante el siglo dieciocho producía su fruto y Alemania volvió a tener la habilidad de emprender grandes empresas comerciales. Florecieron importantes empresas y el tráfico aumento de mil maneras mientras las clases medias eran conscientes de la influencia de las políticas domésticas y exteriores sobre las condiciones económicas. Los líderes (Hansemann, Mevissen, y von der Heydt) en el distrito manufacturero del Bajo Rin, que era la región más prometedora desde el punto de vista económico, estaban listos ya desde 1840 para dirigir las fortunas de Prusia, siempre que obtuvieron derechos políticos. Con posturas radicales en política y religión, adoptaron también las exigencias políticas de los intelectuales franceses, los liberales: la creación de un parlamento constitucional y la remodelación del cuerpo político de acuerdo con sus principios sociales y económicos.

Como Prusia, como Austria no había garantizado a sus súbditos una constitución, la laucha de estos hombres encontró muchas dificultades. Sin embargo, sus esfuerzos se vieron reforzados por la existencia de gobiernos constitucionales desde 1819 en algunos de los pequeños estados, en los que algunos hombres, sobre todo profesores universitarios, pudieron atacar en las distintas Dietas a las administraciones burocráticas. Estos hombres eran también liberales, pero su exigencia principal era la sustitución del gobierno burocrático por uno popular; Los líderes fueron Rotteck y Welcker de Baden; en entre los moderados, Dahlmann. Desde 1837 las cosas entraron en fase crítica en Hanover, mientras que en Baden la lucha duró de 1837 a 1844. En respuesta a la oposición que presentaban, los liberales salieron con el grito de batalla de la unidad nacional, afirmando que la unión era la mejor garantía de la libertad civil. Sus programas así como el llamamiento al sentimiento moral de la gente que hacían muchos de los líderes, produjo una simpatía general. Como defensores tanto de principio de la unidad nacional y del progreso económico y social, esperaban poder en breve tiempo dirigir al todo el pueblo en la lucha contra las administraciones reaccionarias de los estados individuales. Estos, cegados por su prejuicios particulares, no intentaron unir sus fuerzas para enfrentarse al ataque les amenazaba. Ya desde los años cuarenta, las diferencias en las cuestiones económico políticas debilitaron la unión aduanera entre Prusia y Alemania del sur. Metternich había exigido repetidamente que Austria se convirtiera en miembro de la unión aduanera, pero parece que las diferencias socio – económicas que siempre existieron entre Austria y el resto de Alemania, se habían acentuado debido a la política egoísta seguida por Austria desde 1815, de manera que desde el interior mismo de Austria surgió una fuerte a oposición a entrar en la unión aduanera.

La postura de la Iglesia Católica también llegó a un estado crítico. Las expectativas del Congreso de Viena no se habían cumplido. El catolicismo, es cierto, debido a las espléndidas habilidades de algunos hombres, en parte hijos de la iglesia y en parte conversos, ejerció un gran influencia en el campo de las ciencias políticas (Haller, Adam Müller, Frederick von Schlegel, Görres, Jarcke, Radowitz), en la Historia (Buchholtz, Hurter), en el arte (Cornelius, Overbeck, Veit), y en la teología (Möhler, Döllinger, Kuhn, Hefele). Pero la vida política en relación con la vida de las masas no iba bien, La administración burocrática del estado tenía a la Iglesia Católica con atrapada que apenas podía moverse, mientras que el Liberalismo, en su mayoría anticatólico, amenazaba con alejar a la Iglesia del pueblo. Sin embargo, la profunda piedad del pueblo, se manifestó tanto en 1848, con ocasión de la peregrinación a Tréveris como en el rechazo de los Viejos Católicos (1844-46). Sin embargo, el intento de fundar un partido católico antirrevolucionario en unión de unos pocos protestantes conservadores (los dos von Gerlachs, y el periódico semanal "Politisches Wochenblatt" en Berlín, Görres y su círculo de amigos en Munich), sobre la base de las enseñanzas políticas de Haller, resultó antipático e impopular en la actual situación político-cultural y político-económica de la nación. Sin embargo, unos pocos y valientes políticos atacaron al mismo tiempo a la administración burocrática y al liberalismo. Así, Görres publicó en 1837 su "Athanasius" y fundó con amigos el periódico "Historisch-politische Blätter" en 1838; otros fueron Andlaw y Buss en Baden, Kuhn y Hefele en Würtemberg, Moritz Lieber en Nassau. En Baviera los católicos estaban representados por el ministerio de Abel (1837-47) y en Austria, Metternich se mostró favorable a ellos.

De 1848 a 1871

La extendida agitación política en Europa occidental, que desde 1846 había estado minando los cimientos del sistema de gobierno establecido en el Congreso de Viena, culminó en Alemania, en marzo de 1848. Los príncipes reinantes sin preparación para al emergencia entregaron los gobiernos a los liberales y ordenaron elecciones a un parlamento alemán sobre la base del sufragio universal. Austria y Prusia, además, concedieron ahora constituciones a sus gentes y además de al parlamento nacional, llamaron a los parlamentos locales. El 18 de mayo se inauguró el Parlamento nacional alemán en Fráncfort, presidido por Heinrich von Gagern. El archiduque Juan de Austria fue elegido administrados imperial provisional. El éxito del liberalismo parecía completo, habiendo anulado prácticamente la existencia de los estados individuales separados y establecido un estado constitucional nacional alemán, en contraposición a una confederación. La única dificultad era, al parecer, cómo integrar a Prusia en Alemania. Como Federico Guillermo IV de Prusia (1840-61) había expresado su simpatía por la unidad alemana, mientras que los liberales estaban preparados para ponérselo fácil a Prusia, como cabeza de la unión aduanera y potencia protestante líder en Alemania, y a cambio de rendir su individualidad como estado, ofrecerían a Prusia la corona imperial hereditaria. Y Austria corroída por sus propias disensiones internas estaba preparada para apartarse voluntariamente.

En el otoño de 1848, sin embargo, la situación se complicó. La redacción de una nueva constitución hizo a los liberales darse cuenta de la desconfianza de los católicos por sus enmiendas respecto a la iglesia y las escuelas. por sugerencia de la Asociación Pius (Piusverein) de Maguncia, los católicos inundaron el parlamento enmiendas, mientras que en octubre, las sociedades católicas se reunieron en Maguncia y los obispos alemanes en Würzburg. Los liberales cedieron pera la tensión siguió. La gran masa de católicos repudiaron el arreglo prepuesto para la cuestión del “pequeño alemán “(Kleindeutsche) que defendía la exclusión de Austria de lo alemán y la entrega de la corona imperial a Prusia. Exigieron que Austria permaneciera como parte de Alemania, siendo además su líder. A esto se llamó postura de “gran Alemán” " (Grossdeutsche). Simultáneamente estalló una reacción radical contra los liberales. El Liberalismo se mantuvo solo como progreso ético y político, no para el progreso social; sin embargo había recibido el apoyo de las clases trabajadoras, empobrecidas por el reciente desarrollo industrial, pero que aun no estaban listas para convertirse en una organización política, debido a la oposición liberal al estado existente de las cosas. Ahora que el parlamente no hacía nada para mejorar sus condiciones se unieron bajo el estandarte de los agitadores radicales. Antes de la primavera de 1849 hubo varias algaradas, sobre todo en el sur de Alemania; más aún, el radicalismo consiguió la mayoría en la asamblea constitucional de Berlín. Los liberales no fueron capaces de conseguir derrotar a este movimiento: Las tropas prusianas tuvieron que restablecer la autoridad del Estado y entretanto, los príncipes reinantes de habían ganando confianza. Austria, que ahora estaba bajo el liderazgo de Schwarzenberg (Francis Joseph era emperador desde noviembre de 1848), declaró en diciembre de 1848 que no permitiría ser expulsado de Alemania.

La agitación católica así como los movimientos político económicos estaban a favor de Austria. Las clases industriales del sur de Alemania, temerosas de que Prusia adoptara el libre comercia, deseaban una alianza político-económica con Austria, mientras que los grandes mercaderes de las ciudades anseáticas preferían para el campo de su operaciones comerciales a Alemania con Austria incluida, un área que se extendía desde el Báltico al Levante a la pequeña Alemania solamente. Una vez que hubo impuesto una constitución en su reino, el rey de Prusia rehusó aceptar la corona imperial de manos del parlamento de Fráncfort (abril, 1849). Maximiliano II de Baviera (1848-64), con un extraño recurso a las ideas del siglo XVII, defendía una unión de los estados secundarios, que junto con Prusia, pero sin estar sometidos a ella, debería controlar la política alemana (la “Triada”).

En mayo de 1848, el parlamento de Fráncfort terminó de manera un tanto penosa. Inmediatamente después se intentó por parte de Prusia con ayuda de los liberales y de los estados secundarios, llegar a un acuerdo sobre una constitución alemana manteniendo el principio federal (La Unión, Dieta de Erfurt, 1850), y formar una alianza meramente defensiva y ofensiva con Austria; pero Austria lo frustró. Pero aunque Austria forzó a Prusia a ceder en las negociaciones de Olmütz en diciembre de 1850, no logró que se renovara la Confederación Alemana en condiciones que la hubieran fortalecido no tampoco ser admitida en la Unión Aduanera. La Dieta Alemana, sin reformar, reinició sus deliberaciones en 1851, mientras que, por le Tratado de Febrero de 1853 (Februarvertrag) las negociaciones para la entrada de Austria en la Unión Aduanera se pospusieron por seis años. Austria y Prusia se neutralizaban mutuamente y nada se hacía ni en la Dieta ni en la Unión Aduanera. Consiguientemente, los estados centrales, Sajonia, con von Breust de primer ministro y Baviera, con von der Pfordten, creían ser la balanza del poder. Maximiliano II llamó ala católica Munich a los profesores liberales y protestantes llamados las Lumbreras del Norte, para conseguir que la opinión pública de toda Alemania aceptara su proyecto de la “Triada”. Ambas grandes potencias trataron de asegurarse el apoyo de la prensa alemana. El fracaso en el asunto de la unidad alemana dio a la burocracia el control de los estados individuales. Pero ya no podía controlas el crecimiento de las ideas democráticas entre la gente y las masas estaba cada vez más influenciadas por os movimientos sociales y político de la época. En 1849-50 el Liberalismo fue derrotado y entonces cambió dedicándose solo a los asuntos económicos. Y lo consiguió fundando incontables asociaciones político económicas como ligas de consumidores, uniones de mayoristas, asociaciones de prestamistas (Schulze-Delitzsch); y sobre todo controlando el uso del capital a gran escala. Durante los cincuenta los representantes del gran capital lograron, fundando bancos de grandes accionistas sobre todo para construir ferrocarriles y financiar empresas mineras y conseguir un aposición dominante en la vida económica alemana. Los grandes propietarios de terrenos de las provincias prusianas al este del Elba también habían formado en 1848 un partido económico conservador. Vigilaban los intereses agrarios y trataban de restaurar el antiguo carácter protestante prusiano de la monarquía y la monarquía absoluta del rey. Durante un tiempo el crecimiento se vio impedido por líderes incompetentes. Por otra parte el movimiento católico se extendió pronto entre la gente aunque aún ni está organizado en un partido político. Los católicos, que no se dejaron engañar por el verdadero carácter del liberalismo, pero sin entrar en contacto con los conservadores, se dedicaron sobre todo a los intereses de las sufridas masa cuyas necesidades sociales y económicas habían interesado al radicalismo solamente como pretexto de agitación y que habían sido abandonadas por todos los partidos. Así surgió la asociación de trabajadores especializados (Gesellenvereine) organizada por Kolping la de los granjeros de Schorlermer-Alst, y los intentos de resolver las cuestiones laborales que fue abordada especialmente por Ketteler y Jörg. Al mismo tiempo los católicos lucharon contra la restauración de la supremacía protestante en Prusia ("Fracción Católica”, 1852, Mallinckrodt, los Reichenspergers), y en el suroeste contra el control de la Iglesia por la burocracia.

Los principios del socialismo se parecían al movimiento católico. La sensación de una comunidad de intereses despertó en las clases trabajadoras; pero hasta 1864 Lassalle no utilizó ese sentimiento para fines políticos. Durante los cincuenta y sesenta los Liberales eran los líderes. Desde 1859 creyeron que el tiempo estaba maduro para volver al poder político, pero ya sin las revueltas revolucionarias de 1848. La disminución de la influencia de Austria desde la muerte de Schwarzenberg (1852) les animaba. En la guerra de Crimea la política contemporizadora de Austria, que ofendió a Rusia y no satisfizo a las potencias occidentales le costó una seria derrota diplomática, mientras que la guerra en Italia le costó una derrota militar. En ambos casos Austria se había opuesto a Napoleón III que con estas guerras estableció su prestigio en Europa.

El crecimiento de grandes empresas comerciales en Alemania amplió la brecha con Austria de manera que en 1859 ésta última se vio obligada a consentir un nuevo retraso en su admisión a la Unión Aduanera. En la política eclesiástica Austria trató de satisfacer las aspiraciones del “Gran Alemán” de los católicos del sur y oeste de Alemania firmando un Concordato (1855) .Würtemberg y Baden también negociaron con Roma sobre el concordato; pero cuando en 1859 Austria fue derrotada, abandonaron el proyecto. El desconcierto de Austria en 1859 y su fracaso en formar una alianza con Prusia contra Napoleón excitó mucho a la opinión pública en Alemania pues se imponía la impresión de que Alemania estaba amenazada por Francia. Los Liberales aprovecharan la ocasión para renovar la agitación a favor de la unión de Alemania en un solo estado constitucional. En 1860 el gran duque Federico de Baden (1852-1907), cuya tierra estaba expuesta a los ataques de Francia, confió a los Liberales el gobierno de Baden. En 1861 los liberales emprenden la tarea de forzar un gobierno parlamentario en Prusia para obviar toda oposición futura del rey a la creación de un estado alemán consolidado. El rey Guillermo I (1861-88), opuso una obstinada resistencia, pero el antagonismo existente entre la burocracia y el pueblo hizo que la simpatía de casi toda la nación alemana se pusiera de parte de los Liberales. Los estados más pequeños, nerviosos ante los acontecimientos, propusieron reformas que tendían hacia una mayor unidad, en la constitución de la Confederación Alemana. Austria, donde von Schmerling era primer ministro desde también se acercó a los liberales para reforzar su posición en Alemania (Constitución Austriaca de 1861; congreso de los príncipes en Frankfurt, 1863). Sin embargo, el nombramiento de Bismarck a la presidencia del gobierno prusiano en otoño de 1862 y la organización política de 1864 del Socialismo por Lassalle, de nuevo contuvo el crecimiento del liberalismo ya hacia 1863-64. Además estaba la determinación de Bismarck de poner fin de una vez por todas, por la fuerza, al antagonismo existente entre Prusia y Austria desde 1848 en los asuntos alemanes. Como enviado prusiano a la Dieta federal en los años cincuenta, Bismarck había observado la inestabilidad de los estados alemanes menores y el declive de la fuerza austriaca así como los métodos de Napoleón, especialmente el uso que éste hizo del principio de las nacionalidades; pero también pudo ver que desde 1860 las estrella de Napoleón iba desvaneciéndose. Hasta cierto punto se apropio de los puntos de vista de napoleón de manera que Prusia pudiera recoger la cosecha de los que el emperador francés había sembrado en Europa. Al mismo tiempo preservó un juicio independiente para encajar sus medidas en las condiciones alemanas y demostró que su genio contenía mayores cualidades y más elementos de éxito.

En la Guerra Danesa (1864), intentó solucionar si Schleswig y Holstein pertenecían a Dinamarca o Alemania y obligó al ministro austríaco de asuntos exteriores, Rechberg, a adoptar su política. Entonces maniobró para dejar a Austria en una posición de aislamiento En Europa y, después de formar una alianza con Italia, atacó furiosamente a Austria en 1866. Tras dos semanas de guerra, Austria fue completamente derrotada en Königgrätz (3 julio) y a mediados de Julio, Prusia había ocupado toda Alemania. Mientras tanto había intervenido Napoleón. Bismarck logró calmarlo a través de inexistentes concesiones verbales, tranquilizando también a los Liberales alemanes cuya continua oposición hubiera obstaculizado la realización de sus propósitos de unidad alemana. Entonces firmó con Austria el Tratado de Praga (23 agosto 1866) que tomo la forma de un compromiso. Austria se separaba completamente de Alemania, los estados alemanes del sur se declaraban completamente independientes, Prusia era reconocida como líder del norte alemán, mientras Hanover, Hesse-Kassel (Hesse electoral), Nassau, Schleswig-Holstein y Frankfurt eran directamente anexionados a Prusia y se hicieron los preliminares para la adopción de una constitución federal por parte de los estados del norte de Alemania que aún existían. La Constitución de la Confederación Norte-Alemana establecida el 1 de julio de 1867 fue enmarcada por Bismarck de manera que el desarrollo federal de la ley constitucional alemana quedara resguardado; así la constitución fue adoptada por medio de tratados con varios príncipes soberanos, asegurando la autonomía de los estados individuales, siendo el Consejo Federal (Bundesrat) el representante de los varios gobiernos el Consejo Federal (Bundesrat). La necesidad de unidad del gobierno quedó garantizada (1) dotando a Prusia de gran poder administrativo, dándole el mando del ejército y la dir3ección de4 las relaciones diplomáticas; (2) al asignar los asuntos exteriores, la formación del ejército, los asuntos económicos, tráfico y medios de comunicación a la autoridad de la confederación , cuya competencia debía ir aumentando gradualmente ( se tomó como modelo las Actas federales del Congreso de Viena de 1835); (3) creando el Reichstag (Parlamento), elegido por sufragio universal directo e igual, como exponente del deseo de unidad de la nación. En los años inmediatamente siguientes el Reichstag aprobó leyes que regulaban la administración de justicia.

Bismarck consideraba que la ausencia de la confederación de los estados del sur de Alemania era alto temporal. En agosto de 1866 se había asegurado, en secreto, de su cooperación en caso de guerra. En 1867 reestableció con ellos la unión aduanera. Las cuestiones político económicas de interés común habían de ser presentadas en el futuro ante el Reichstag de la confederación alemana del norte que, para estos casos, había era complementada con delegados de Alemania del sur, de manera que se constituía un parlamento para las aduanas. En todo los demás aspectos dejó las relaciones diplomáticas con los estados del sur in statu quo. Por su parte fracasaron los intentos de fundar una confederación del sur. De la misma manera, Bismarck pospuso todo lo que pudo el ajustar las cuentas con Francia respecto a la unificación de Alemania, aunque se dio cuenta que era inevitable. En una conferencia celebrada en Londres en 1867, se aseguró la neutralidad de Luxemburgo. En 1868 intentó que se aprobara en el parlamento aduanero, una resolución a favor de la unidad alemana. Para lograrlo se apoyaba en el progreso económico que crecía más y más como resultado de la gradual unificación alemana, causando un cambio completo hacia una dirección liberal en la legislación sobre las cuestiones sociales y económicas y en la administración de la ley tanto en el norte como en Baviera. Ejemplos de estos cambios más liberales son, por ejemplo: la organización del sistema postal por parte de Henry Stephan; la introducción de la libertad de comercio y en el derecho a residir en cualquier parte de Alemania, y la actualización del Código Penal de 1870. A pesar de todos estos esfuerzos en pro de la unificación, la oposición, dirigida por Ludwig Windthorst, logró obtener la mayoría contra él.

En julio de 1870 estalló la guerra con Francia por la candidatura del príncipe Leopoldo de Hohenzollern al trono español. Napoleón no había logrado el apoyo de Austria e Italia y su ejército no estaba preparado para la guerra: Bismarck, por el contrario, había logrado calentar al máximo el entusiasmo nacional alemán. Los ejércitos alemanes cruzaron rápidamente el Rin poniendo un pie firme en la otra orilla con una rápida sucesión de victorias en Weissenburg, Wörth y en los Altos de Spicheren. En Metz el principal ejército francés dirigido por Bezaine, fue derrotado y encerrado en la ciudad, el 14-18 de agosto. El ejército de apoyo que traía MacMahon fue derrotado en Sedan el 1-2 de septiembre. La guerra se convirtió en una serie de victorias: Estrasburgo cayó el 28 de septiembre, Metz el 27 de octubre y París el 28 de enero. Mientras tanto, Gambette había organizado una milicia nacional de 600.000 hombres que junto con los restos del ejército acosaba y obstruía el avance de los alemanes en el Loira y en el noroeste desde octubre a enero. El 10 de mayo de 1871, por la paz de Francfort, Alemania recuperó Alsacia y Lorena como territorio imperial (Reichsland). Los estados del sur ya se habían unido a la confederación ahora convertida en Imperio alemán (con un área de 208,748 mi² = 538.717 km²). Se adoptó la constitución de la confederación alemana del norte, con reserva de ciertos privilegios a favor de Baviera y Würtemberg, siendo proclamada el 16 – 20 de abril de 1871. Prusia se quedó con 17 de los 58 votos en el Bundesrat (o Consejo Federal y con 236 de los 397 diputados en el Reichstag o parlamento imperial, el 18 de enero de 1871, Guillermo I asumió el título de “emperador alemán”, en Versalles, el imperio se hizo hereditario.

El Nuevo Imperio Alemán

1871-1888

El proceso que había ido progresando durante muchos siglos que había tenido tantas complicaciones había llegado prácticamente a su culminación. La unión política de los alemanes en un solo cuerpo político, sin abandonar el principio federal, se había conseguido en lo que se refiera a las relaciones entre las casas gobernantes, aprovechando el movimiento popular hacia la unificación de los distintos estados un todo orgánico. Austria había sido excluida de Alemania y la consolidación de Alemania del norte estaba casi completada, habiéndose además establecido la superioridad económica de Prusia más allá de toda duda. Mientras que Alemania del sur y central (exceptuando Sajonia y Nassau) así como Hanover experimentaron un incremento de la población de alrededor del 22 al 36 por ciento entre 1830 y 1880; Prusia creció un 60 por ciento y casi todas las minas de carbón y depósitos minerales estaban dentro de sus fronteras. Durante los siguientes años, los pueblos unidos no se dedicaron solamente a programas pacíficos, aunque estos recibieran mucha atención: los intereses económicos y comerciales alemanes se extendieron pro todo el mundo, se establecieron medidas estándar en pesos y medidas (1872), moneda, (1875) administración de justicia (1879), se codificaron las leyes imperiales y poco tiempo después se comenzó a prestar atención a los problemas sociales. Por otra parte, siguió la preparación militar se llevaron a cabo con mucho interés, en caso de que Francia renovara la guerra. Más aún, las antiguas enemistades entre credos religiosos y partidos estallaron con renovada pasión como consecuencia de la declaración dogmática de la infalibilidad y con la organización del partido del Centro (Zentrum), Bismarck dirigía todo esto, mientras que los Liberales se convertían en el partido del gobierno (ver KULTURKAMPF).

Hasta 1875 no estabilidad ni tranquilidad. Bismarck se dio cuenta de que estaba perdiendo la extraordinaria estima que todo el mundo le profesaba por su excesiva intimidación a Francia. Más aún, la derrota en Francia de los realistas y católicos por los protestantes le libró de la sensación de peligro desde esa zona. Como Rusia se había alejado del imperio por su política antifrancesa, Bismarck buscó la amistad de Austria –Hungría. En 1879 formó una alianza con Austria que, al unirse Italia en 1883, se convirtió en la Tripe Alianza -la liga de las grandes potencias centroeuropeas. Mejoró sus relaciones con Rusia con un tratado secreto (1887). La elección de León XIII, el papa de la paz (1878), predispuso a Bismarck a llegar a un entendimiento con la Iglesia Católica, pero como condición previa exigió que se disolviera el partido del Centro o que se convirtiera en un partido del gobierno. Al mismo tiempo pensaba en hacer cambios en la política interna. La ascendencia liberal, a principios de 1871, había sido la responsable de emprender excesivos proyectos económicos, que dieron como resultado la depresión de 1873. En política financiera produjo una casi completa paralización en el desarrollo de los sistemas fiscales tanto del imperio como de los estados pertenecientes a él. En política social había habido un rápido crecimiento de en las filas socialdemócratas, que tras la muerte de Lassalle se habían convertido en un partido internacional con Bebel y Liebknecht, pero en le que mezclaron numerosos elementos anarquistas. En 1875 se dio una fusión de las facciones de Lassalle y Bebel. Se elaboró el Programa de Gotha y en las elecciones de 1877 consiguieron su primer éxito importante. El Liberalismo también había fracasado en su oposición al Cetro, que también había crecido hasta controlar un cuarto de los votos del Reichstag. Bismarck estaba decidido a restringir una vez más la influencia de los liberales en la política interna. Las transformaciones de la facción conservadora del antiguo partido prusiano de los propietarios de tierras en un partido alemán agrario (1876) le nuevas potencialidades y fue un apoyo para Bismarck. Propuso formar una mayoría combinando este partido Conservador el los Liberales Nacionales moderados (bajo Bennigsen y Miquel), mientras que al mismo tiempo el Partido del Centro, entro habiéndose negado a disolverse, había una posibilidad de formar una mayoría de Conservadores con el Centro (Zentrum).

Entre 1876y 1879 el Reichstag creó, bajo el canciller, que era el responsable constitucional, para organizar la administración del imperio, los siguientes secretariados del Estado: Ministerio de Asuntos exteriores, Oficina imperial de Interior, Ministerio imperial de Justicia, Tesoro imperial, Administración de los Ferrocarriles imperiales, (1907). También se establecieron algunos departamentos no políticos, en parte bajo los varios secretarios de estado, de los que el principal era el Departamento de Seguridad Imperial. Los asuntos militares se pusieron bajo el ministerio prusiano de la Guerra. En 1879 se concedió autonomía, aunque bastante limitada, al territorio imperial de Alsacia-Lorena. En 1878, después de los atentados contra la vida de Guillermo I perpetrado por Hoedel y Nobiling, Bismarck tomó medidas de carácter temporal para suprimir la agitación social democrática, es decir, la ley socialista que prohibía todas las organizaciones socialdemócratas y sus periódicos. El siguiente año, animado por el sentido creciente de unidad nacional, resultado sobre todo del crecimiento del comercio e industria alemanes, emprendió la reforma financiera y económico-política. Su grito de guerra era: “Protección para el Trabajo Alemán”. Se impusieron algunas pequeñas tasas a las importaciones agrarias e industriales y una tarifa a los beneficios de los productos coloniales. Estos ingresos iban a convertirse en el principal ingreso del imperio, pero solo 130 millones se iban a reservar para el tesoro imperial, dividiendo el resto entre los estados federales, que en retorno por ello iban a contribuir enormemente a los déficit del imperio, por medio de contribuciones federales (Matrikularbeiträge). Durante los ochenta y las cargas sobre la agricultura fueron incrementándose gradualmente (sobre todo en 1887); demás se crearon varios provechosos impuestos indirectos, sobre el brandy, tabaco y sellos para hacer frente a los crecientes gastos del imperio. En 1881 un mensaje imperial al Reichstag anunció la inauguración de una política de reforma social a favor de las clases trabajadoras. Entre 1881 y 1889 se crearon por ley los seguros obligatorios de los trabajadores en casos de enfermedad, accidente, incapacidad y vejez. Este fue el mayor logro de Bismarck en la política doméstica. El imperio era ahora por primera vez el centro de los intereses civiles de los alemanes que hasta entonces se habían ocupado principalmente de los acontecimientos de sus respectivos estados, porque el los estados habían retenido bajo su control los asuntos de la Iglesia y de la escuela. Bismarck, que estaba en el zenit del segundo periodo creativo de su vida, concibió la idea organizar los seguros del trabajo sobre la base de una comunidad de intereses de los que se dedicaban al mismo trabajo. Con ello se propuso establecer en el imperio un autogobierno en la política social que sería tan importante como el autogobierno de las subunidades subordinadas a los estados individuales y que sería un complemente del establecimiento del sufragio universal al educar a la gente para la administración de los asuntos públicos.

Bismarck apoyó también los grandes intereses comerciales alemanes que insistían en la adquisición de colonias; en 1884 se adquirieron África suroccidental, Camerún y Togo: en 1885-56 África oriental alemana, Nueva Guinea alemana y el archipiélago Bismarck. Llegó tan lejos que pudo haber interferencias con Inglaterra aunque era un principio fundamental inviolable de su política no usurpar los privilegios de dicha nación. Daba la impresión de que Bismarck, aunque había crecido bajo condiciones completamente diferentes y había aprendido ideas completamente distintas, entrara en el espíritu del alemán democrático del futuro, con su comercio y sus intereses económicos a escala mundial. Sin embargo, dio un paso atrás. No llevó a la práctica su plan de organización cooperativa. En la lucha contra el crecimiento de las tendencias democráticas alemanas dentro del imperio agotó su fortaleza en los años ochenta. La paz doméstica se logró por fin al cerrar, tardíamente, el asunto Kulturkampf (1886-87); pero los efectos benéficos quedaron disminuidos por la severidad y violencia de las medidas con las que Bismarck había comenzado (1885-86) a atacar al movimiento nacional de los polacos prusianos, consecuencia de la prosperidad creciente y el surgir entre ellos de la clase medias. Los mediaos utilizados fueron el exilio, los esfuerzos para suprimir el idioma polaco y la utilización de fondos del estado para colonizar Polonia con campesino s alemanes. Incapaz de respetare a los partidos políticos y trabajar en armonía con ellos, se vio incesantemente envuelto en trifulcas parlamentarias con ellos. En concreto las exigencias del gobierno en fortalecimiento del ejército, que se formaba por levas obligatorias, le creo conflictos con el Centro y la izquierda debido a su insistencia en que la apropiación para el ejército debía ser de siete años en vez de año que decía la constitución, o al menos durante el término de la duración de un parlamento. Agrias disputas por las cuestiones sociales porque Bismarck no aceptaba la protección de los trabajadores por parte del estado, aunque había concedido el seguro estatal.

Los partidos políticos, que habían sido organizados antes de la creación del imperio, empezaban a adaptarse a las nuevas condiciones, dejando aparte los temas relativos a la división de Alemania en estados, y a alterar sus posiciones para adaptarse a los nuevos puntos de vista. Pero su desarrollo estaba seriamente obstaculizado por esos conflictos. En 1879 los liberales renunciaron a la presidencia del Reichstag por la adopción de la reforma financiera y de las tarifas. El presidente fue elegido de entre los conservadores, creando una larga era de conservadora del imperio, exceptuando la ventaja del Centro desde 1895 a 1906. Desde su perdida del poder, los liberales se dividieron en muchas facciones según sus opiniones en los asuntos de política comercial. El grupo más importante el Partido Nacional Liberal fue reorganizado en 1884 por Miquel. Se reconcilió con Bismarck y ganó algunos escaños en el Reichstag, pero no el poder anterior. Los conservadores tomaron enérgicamente el asunto de la protección del las clases trabajadores. Con el tiempo se impuso el elemento agrario existente entre ellos, pero no lograron atraer a sus filas a la clase media baja, es decir a los comerciantes detallistas que se habían organizado para resistir a los intereses de la gran industria: tampoco atrajeron a los funcionarios civiles ni a los socialistas cristianos a sus grupos evangélicos. Como consecuencia, surgieron pequeños partidos en el oeste y sur de Alemania que eran fundamentalmente conservadores aunque no tenían relación con el gran Partido Conservador. El intento de Kleist-Retzow de fundar un partido protestante del centro con la esperanza de atraer a su causa al heredero del trono, el príncipe Guillermo, fue impedido por las intrigas de Bismarck por las que el príncipe se alejó de los conservadores. El Centro mantuvo su fuerza y dirigió su atención a la política social del imperio a la cuestión de las escuelas en los estados individuales. Se convirtió en el partido dominante en el Reichstag, representado pro Hitze y von Hertling. En 1890 se fundó la Unión Popular para la Alemania Católica (Volksverein für das katholische Deutschland). La ley socialista impedía a los socialdemócratas hacer propaganda pública de su causa, pero siguieron con su reclutamiento de forma secreta, lo que les permitió conservar su fuerza. Bismarck quiso asegurarse unos resultados electorales favorables disolviendo el Reichstag en 1887 y conservando una mayoría abrumadora de conservadores y liberales (el llamado Kartell-Reichstag), pero fue incapaz de trabajar armoniosamente con ellos.

De 1888 a 1909

Guillermo I murió en 1888 y noventa y nueve días después le siguió Federico III, con el que también se enterraron las esperanzas de los liberales. Comenzaba el reinado de Guillermo II. El joven y capaz gobernante quería que Alemania participara lo más rápidamente posible en el comercio mundial, para lo cual era consciente de necesitar tranquilidad interna tanto como la paz externa. En marzo de 1890 depuso a Bismarck, poniendo en su lugar a Caprivi (1890-94). A continuación se aseguró de que el deseo unánime del Reichstag sobre los seguros obligatorios fuera completado con legislación aplicable a las fábricas. En marzo de 1890 se celebró una conferencia internacional sobre la protección de los trabajadores y el 1 de junio de 1891 se aprobó una ley complementaria (Gewerbsordnungs-Novelle). Moderó las medidas represivas contra los polacos y propuso la ley sobre la escuela nacional intentando garantizar a los católicos que las escuelas nacionales seguirían siendo cristianas, pero la retiró cuando los liberales tomaron una actitud hostil. En los asuntos internacionales llegó a un acuerdo con Inglaterra en los problemas que habían surgido con la expansión colonial alemana, es decir, el cambio de Zanzíbar por Heligoland en 1890. En interés de la paz tuvo éxito al firmar tratados comerciales con Austria, Italia, Rusia y otros estados más pequeños, bajando las tasas agrícolas que habían subido excesivamente. Intentó establecer con Francia reilaciones libres de resentimientos. Dedicó especial atención a las relaciones con Turquía, que dominaba los Balcanes y el este, al darse cuenta de que esos países eran el mejor mercado para el comercio alemán, pero enseguida comenzaron los problemas. La tendencia autocrática del emperador y sus repentinos cambios de opinión fueron muy criticados entre el pueblo. El nueva Ley del Ejército de 1893, que proponía reducir el periodo de servicio militar a dos años tenía buenas intenciones por su parte, pero se manejó tan mal que enseguida llegó a colisionar con el Centro (Disolución del Reichstag, 1893). Por otra parte, los tratados comerciales a los que se oponía el partido de los agricultores creó al emperador dificultades con los conservadores. En 1895 el Reichstag desoyó a sus exigencias de renovar las duras medidas de represión contra las agitaciones que fueran “hostiles al Estado” (el llamado "Umsturzvorlage"). En consecuencia sus puntos de vista se liberalizaron, buscando el apoyo sobre todo de las clases intelectual, industrial y comercial (Krupp, Ballin, Harnack).

El éxito de la política imperial durante los años siguientes despejaron las nubes de la oposición, especialmente de sucesor de Caprivi, Chlodwig Hohenlohe (1894-1901), que era un hombre astuto y conciliador, mientras que en el conde Posadowsky, Secretario de Estado de Interior, el emperador tenía el apoyo de un hombre extremadamente competente y enérgico. Alemania se convirtió en consejera de Turquía. El mantenimiento de relaciones amistosas con los Estados Unidos de Norteamérica, potencia en rápido crecimiento, a pesar de los intereses contrapuestos e aislados casos de fricción entre oficiales, reforzaba la confianza pública en la situación internacional. Al ocupar Kiao-chau en 1898, Alemania conseguía poner el pie en Asia oriental y con la partición de Samoa y la compra de las Carolinas (1898-9), perdidas por España en la Guerra contra Estados Unidos, cumplía su deseo de expansión por le Pacífico. La marina mercante transatlántica alemana mantuvo durante algún tiempo el record de travesía del Atlántico y hasta en frica y Asia parecía que se iba a convertir en un serio rival de Inglaterra. La última década del siglo diecinueve fue un periodo de extraordinaria prosperidad en todo el país. De los 41 millones de 1871 la población pasó a 60 millones en 1905. El aumento del bienestar nacional se ve en el hecho de que en 1909 el producto agrícola alcanzaba alrededor de $3,525,000,000, y la producción industrial sobre $8,460,000,000. En 1871 dos tercios de la población vivía en el campo, mientras que en 1900 el 54.3 % vivía en ciudades de más de 2000 habitantes y en 1905 el 19 % vivía en ciudades de más de 100.000 habitantes. En los distritos agrícolas, sin embargo, las condiciones seguían siendo saludables – el 31 por ciento era cultivado por campesinos, el 24 por ciento eran grandes latifundios y el resto en lotes de menos de 20 hectáreas. Los bosques ocupaban un cuarto del área total.

Durante este periodo el estándar de vida nacional se hizo más lujoso y las tendencias revolucionarias y anarquistas comenzaron a desaparecer apreciablemente. Toda la nación parecía poseída por una ardiente tendencia a formar nuevas asociaciones , un espíritu que se debe a la fundación del la Unión Popular Católica (der Volksverein: que tenía en 1908, 600,000 miembros ), La liga de los granjeros (1908: 300,000 miembros), los sindicatos libres (Socialistas) 1908: más de 750,000 miembros), los grupos cristianos (1908: más de 200,000 miembros), etc. Los grandes partidos políticos (Conservadores liberales nacionales y Centro) estaban más unidos en el parlamento; la presidencia volvió al Centro por su mayoría de votos y la habilidad de su líderes. En 1899 el reiterado conflicto entre la corona y el Reichstag sobre los fondos para los gastos militares fue solucionado por la asamblea a legislativa que votaría los recursos cada periodo parlamentario, que había pasado de tres a cinco años en 1888. Entre la medidas importantes aprobadas, la unificación de los códigos de leyes (1896) y las leyes Navales (1898, 1901) que ya consideraban a Alemania como una potencia naval. En 1902 se aprobó la resolución para volver a implantar altas tasas protectoras de los productos agrícolas que la firme oposición de los socialdemócratas había logrado retener durante meses ( Leyes de Tarifas, que sirvieron de base para los tratados comerciales de 1905) El proyecto prusiano de construcción de un canal en su propio territorio desde el Oder al Rin halló mucha resistencia no precisamente en el Reichstag sino en la Dieta Prusiana ( fue rechazado en 1899 y aprobado en 1903). Bismarck murió en medio de esta era de prosperidad (1898).

En política exterior hobo cambios a peor después de que Inglaterra sometiera a los Boers. Con Eduardo VII Inglaterra obligó a Alemania a salir de casi todos los lugares que había ocupado recientemente. Mientras tanto Guillermo II se dedicó a una política calculada de apaciguamiento (viaje a Jerusalén en 1898; intervención en las complicaciones en China en 1900; desembarco en Tánger, 1905) El príncipe Buelow, que había sustituido a Hohenlohe en 1900 fue incapaz de controlar la situación. En la controversia entre Alemania y Francia sobre Maruecos, Alemania apeló a una conferencia internacional (en Algeciras 1906) donde sufrió un severo desaire. Eduardo VII aisló su rival con sus intentos de en separa a la triple Alianza y sus ententes con las potencias de Europa (1907 Triple – Entente entre Inglaterra, Rusia y Francia ). La política polaca de Bülow, aún más drástica que la Bismarck (ver la Ley de Expropiación de 1908) produjo desventajas sin llegar a solucionar el problema polaco. En 1907, debido en parte a la crisis financiera en America, la prosperidad comercial alemana comenzó a declinar. Solo la agricultura siguió floreciendo debido a las tasas agrícolas. El producto total del imperio descendió al hacerlo los beneficios comerciales. Al mismo tiempo, la rebelión de los Herreros en África suroccidental en 1904 requería gastos enormes, al mismo tiempo que la situación internacional necesitaba tremendas inversiones en armamento (ver los Estatutos navales de 1908). El gasto “ordinario” en 1907 fue de 2329 millones de marcos; la deuda nacional en 1873 era de 1800 millones y en 1908 4400 1908 4400 millones de marcos). Se habían intentado una y otra vez realizar una reforma fiscal (1904 eliminación de la Cláusula Franckesntein; 1906, se votaron 150 millones de marcos ($35,250,000) anuales de tasas; en 1908-09, el gobierno exigió 500 millones, pero a pesar de todo seguía teniendo déficit. Las renovadas y violentas disensiones debidas al espíritu partidista ( desde 18929 y el choque de ideales opuestos, impidieron la total recuperación.

La coalición que había logrado formar mayorías en los noventa se rompió en 1903. El factor más importante era el Centro, cuyo número de escaños en el Reichstag y el de los apoyos permaneció estacionario hasta durante el periodo de su ascenso parlamentario. Ahí estaba su debilidad, puesto que mientras tanto sus aliados, los partidos oficiales liberal y conservador ganaban terreno. Los liberales avanzaban como consecuencia del movimiento de concentración entre los Liberales de la izquierda, a poco de comenzar el siglo veinte ( fusión de los liberales de izquierda en 1906) y de la reconciliación entre los liberales nacionales y las liberales de izquierda por medio del movimiento surgido entre sus filas de los “Jóvenes Liberales”. Los conservadores, que habían ideo creciendo como partido ininterrumpidamente desde 1876, sobre todo después de la fundación de la liga de los granjeros de 1893, se fueron apoderando del territorio agrario del oeste y suroeste.

Hasta 1906 la liga protestante, fundada en 1886 mantuvo una agitación fanática entre el populacho para frustrar los intentos de los católicos, que a través del Centro, intentaban que se les reconocieran los mismos derechos como ciudadanos en la vida pública de la nación. Cediendo a esta agitación se disociaron del Centro primero los liberales y después los conservadores. A pesar de sus enormes esfuerzos, el Zentrum no pudo en 1906 rechazar lo que aún quedaba de las leyes del Kulturkampf excepto en los dos párrafos de la ley de los jesuitas (es decir las cláusulas de expulsión). Más aún, el llamado “edicto de tolerancia” en el que el Zentrum intentó por medio de legislación imperial fijar el mínimo de derechos que se debían conceder a los católicos en los diferentes estados y que aunque se presentó reiteradamente al Reichstag desde 1900, siempre fue derrotado, Cuando, en 1906, el carácter cristiano de las escuelas nacionales se estableció por fin por estatuto en Prusia , después de un intervalo de 13 años , el gobierno redactó la ley de acuerdo con los deseos de los conservadores y de los liberales nacionales y dejó al Zentrum únicamente el derecho a votarlo.

Otro factor importante al hablar de las discrepancias entre partidos fue el aumento en las clases más pudientes, tanto liberales como conservadores, de un sentimiento de oposición a continuar con nuevas leyes sociales. Este sentimiento halló un escape en la formación de influyentes sindicatos y estaba dirigido contra el Centro como promotor principal de las medidas de remedio social. La brecha abierta entre los partidos se manifestó en una cuestión al parecer insignificante sobre los presupuestos coloniales. El gobierno rechazó al Zentrum y disolvió el Reichstag (13 diciembre, 1906). La situación quedaba muy complicada, Como resultado de las elecciones, el Centro retenía su capacidad de voto anterior, pero quedó aislado. El gobierno formó una nueva coalición llamada “el Bloque” que estaba formada por los Conservadores y el partido liberal unido – los liberales de izquierda habían hasta entonces estado en la oposición. En esto se dejó llevar por los sentimientos de hostilidad hacia el centro provenientes de los Protestantes y las clases propietarias. Sin embargo, cuando la administración hizo concesiones a los principios liberales (extensión del derecho de asociación, rechazo parcial de la legislación sobre la bolsa de valores y promesa de introducir el sufragio universal en Prusia), los Conservadores, después de alguna vacilación, decidieron oponerse al gobierno por lo que buscó de nuevo al Zentrum como aliado, que era más fuerte que los liberales, pero las simpatías del gobierno y de la parte anti-católica de la población ayudó a los liberales en su lucha contra los Conservadores. La lucha entre los partidos civiles impidió una mayor pérdida de escaños parlamentarios a los Socialdemócratas, cuyo poder fue creciendo firmemente desde 1890 (en 1907 consiguieron 3, 259,000 votos, 29 por ciento del total , aunque solo sacaran 43 escaños en el Reichstag , comparado con los 81 de 1903). Con lo que además se impidió la reconstrucción del programa de los socialistas muchos de los cuales, especialmente en el sur de Alemania - proponían una transformación pacífica de la sociedad. Las diferencias de opinión existentes entre los socialistas se puso claramente de manifiesto en el violento enfrentamiento entre los sectores de la oposición en la Convención de Dresde de 1903

La postura del gobierno, en vista de las relaciones de los partidos era en 1909 no muy favorable. La organización administrativa del imperio apenas era suficiente administra. Además el toque de atención al poder del emperador de noviembre de 1908, causado por el resentimiento popular por su ingerencia personal en la política, como reveló en una entrevista el "Daily Telegraph”, no cooperó a reforzar al gobierno. Por otra parte su prestigio estaba en cuestión por el restablecimiento de la influencia alemana en la política internacional, debido a su apoyo de Austria –Hungría en la crisis de los Balcanes (1908-9). Esto puso fin al aislamiento de Alemania, reforzó los lazos de la Triple Alianza y daba la impresión de que llevaría a un acercamiento a Rusia.

En la cuestión de la situación del catolicismo en Alemania hacia 1909 (fecha de este artículo) las relaciones de la Iglesia y el estado han de separarse de la cuestión de los derechos civiles de los católicos alemanes. Las autoridades de la iglesia y del estado trabajaban conjuntamente en un espíritu de benevolencia mutua, gracias al mérito del cardenal Kopp, obispo-príncipe de Breslau desde 1886. Desde el punto de vista eclesiástica, Alemania estaba entonces dividida en 5 arzobispados, 14 sufragáneos y 6 obispados exentos, 3 vicariatos apostólicos y dos prefecturas apostólicas. El clero se forma en su mayor parte en las 15 universidades teológicas o facultades de los liceos (la más reciente la de Estrasburgo, 1902) en un pequeño número de seminarios. Los asuntos eclesiásticos no estaban regulados por el imperio sino por los estados individuales. En Prusia se basan en la Bula "De Salute Animarum" y en el Breve explicativo "Quod de Fidelium" de 1821 (aunque no se había cumplido la promesa de dotación de terrenos a los obispados), en la constitución 1850 y en las leyes de 1886-87 que regulaban la política eclesiástica. En Würtemberg, se apoyan en el Estatuto de 1862; en Baden en los de 1860; en Baviera en el Concordato de 1817 que por las fechas a las que nos referimos no se aplicaba y dejaba la situación en una especie de incertidumbre legal. En estas zonas del imperio, la iglesia tenía el derecho de una corporación privilegiada. En el reino de Sajonia y en Saxe-Weimar, todas las ordenanzas eclesiásticas y nombramientos, hasta los que nombra Roma, así como la construcción de nuevas iglesias etc., estaban sometidas a la aprobación del gobierno. Estaba prohibida la apelación a Roma. En otros estados pequeños de Turingia y en Brunswick y Mecklenburg, loas católicos tenían que presentar hasta fechas recientes los asuntos parroquiales a la autoridad de los pastores protestantes llegando los católicos a pagar diezmos a los pastores protestantes por ese servicio y no deseado. La construcción de iglesia y escuelas estaba sometida a restricciones descaradas.

Los obispos eran elegidos en los capítulos catedralicios, excepto en Baviera (donde son elegidos por acuerdo entre el gobierno y Roma); en la provincia del Alto Rin, en Osnabrück, y en Hildesheim, se obtenía por el método irlandés de elección. En todos los demás sitios existía la costumbre de presentar al gobierno una lista de candidatos: El establecimiento de conventos dependía en todas partes de la aprobación estatal, En Würtemberg y Baden solo se permitían órdenes femeninas; en Sajonia y el los estados protestantes pequeños solo asociaciones de enfermeras. Las instituciones de jesuitas no estaban permitidas en parte alguna. Las escuelas de primaria eran sobre todo confesionales, aunque en Baden eran neutrales, parcialmente en Baviera y en dos provincias prusianas. Son fundadas por el estado y las comunidades, pero el pastor supervisaba la instrucción religiosa al mismo tiempo que era el inspector local. El sistema de escuelas medias y bachillerato para chicos es neutral casi sin excepción y estaban bajo el control del estado o municipal. Las escuelas para chicas estaban en general bajo gerencia privada confesional, llevadas generalmente por monjas. La ceremonia civil del matrimonio tenía precedencia respecto a la religiosa debido a la ley imperial de 1875; el divorcio estaba regulado en el código civil. Para las parejas católicas se podía conceder la separación a mensa et thoro. El trabajo dedicado a las obras de caridad estaba bien regulado y cuidadosamente estimulado en el Charitasverband (Organización de Sociedades Caritativas) fundada en Friburgo en 1897 y funcionaba bien coordinado con el trabajo de ayuda social. Había muchas sociedades religiosas y las multitudes que asistían a los festivales religiosos eran impresionantes, mientras que los que recibían los sacramentos eran también abundantes. A las peregrinaciones asistían grandes cantidades de gente; los sitios más famosos eran Kevelaer, en Prusia y Altötting en Baviera. Comenzaba a existir preocupación por el dominio de la Social democracia en ciertos distritos y por la indiferencia religiosa de las nuevas generaciones de las clases propietarias.

El estado civil de los católicos no era bueno, de los 60, 641,272 de habitantes en Alemania en 1905, el 36.0 por ciento eran católicos (36.1 en 1900 comparado con el 36.2 de 1871. Hacia 1909 los católicos estaban espléndidamente organizados (en política por el Zentrum y en el aspecto sociológico por los sindicatos católicos y el Volksverein). Sus esfuerzos para conseguir el reconocimiento en la vida publica (cf. las manifestaciones en Prusia desde 1890, de igualdad de derechos para los católicos; el llamado “Movimiento de Auto-examen” existente en todo el imperio, es decir, la investigación de las injusticias sufridas por los católicos en la vida educativa y económica del país). Los alumnos católicos de bachillerato fueron aumentando, pero solamente en los temas humanísticos, mientras que en las universidades y en las escuelas politécnicas eran desproporcionadamente poco numerosos, en relación a los de otras comuniones. Y solamente en situaciones aisladas los puestos importantes tanto en el estado como en las comunidades estaban ocupados por católicos. Ni un solo ministro estatal en Prusia y solo secretario de estado era católico. Su parte de la riqueza pública no se correspondía con su fuerza numérica.


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Fuente: Kampers, Franz, and Martin Spahn. "Germany." The Catholic Encyclopedia. Vol. 6. New York: Robert Appleton Company, 1909. <http://www.newadvent.org/cathen/06484b.htm>.

Traducido por Pedro Royo