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Miércoles, 13 de noviembre de 2019

Matilda de Canossa

De Enciclopedia Católica

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Condesa de Tuscana, hija del Marqués Bonifacio de Tuscana y de Beatriz, hija de Frederick de Lorraine; nació en 1046 y murió el 24 de julio de 1114. En 1053 su padre fue asesinado. El Duque Gottfried de Lorraine, un oponente del Emperador Henry III, fue a Italia y se casó con la viuda Beatriz.

Cuando en 1055 Henry III entró en Italia tomó a Beatriz y a su hija Matilda como prisioneras y las llevó a Alemania. La joven condesa se vio involucrada en la turbulencia intensa de esos tiempos. Eso, no obstante, no fue obstáculo para que recibiera una esmerada educación y capacitación. Sabía latín y tenía seria afición por libros serios. Fue también profundamente religiosa y aún en su juventud manifestó interés en asuntos eclesiásticos, que fueran prominentes.

Antes de la muerte de Henry III en 1056, envió de regreso a Gottfried de Lorraine, su mujer e hijastra. Cuando Matilda creció, contrajo matrimonio con su hermanastro Gottfried de Lower Lorraine, de quien se separó en 1071. El fue asesinado en 1076; el matrimonio no tuvo hijos, pero como muchos historiadores indican, no puede ser demostrado que el matrimonio no llegó a consumarse.

Desde 1071, Matilda entró en la administración directa de sus posesiones en todo lo extenso en tierras de la medianía y la parte alta de Italia. Estos dominios tenían una gran importancia en las disputas eclesiásticas y políticas de la época, debido a que las rutas de Alemania a Italia pasaban por esas tierras.

El 22 de abril de 1071, Gregorio VII llegó a ser papa y principió una gran batalla por la independencia de la Iglesia y la reforma de la vida eclesiástica. En este contexto, Matilda no mostró miedo, tuvo coraje, siendo aliada de Gregorio y sus sucesores.

Inmediatamente de haber sido entronizado como papa, Gregorio estableció cercanas relaciones con Matilda y su madre. Las cartas a Matilda (Beatriz murió en 1076) evidencia la alta estima y simpatía del pontífice por la princesa.

El papa las llamaba “la hermana e hija de San Pedro” (Regest., II, ix) y les expresaba deseos en función de establecer una cruzada que pudiera liberar a los cristianos en la Tierra Santa (Reg., I, xi). Matilda y su madre estuvieron presentes en los sínodos de Roma, de la cuaresma de 1074 y 1075, en los cuales el papa estableció los decretos importantes sobre la reforma de la vida eclesial. Tanto la madre como la hija le reportaron al pontífice favorablemente, acerca de la disposición del Rey Alemán Henry IV; y el 7 de diciembre de 1074, Gregorio le escribió a este monarca agradeciéndole la amigable recepción del legado papal, y por la intención de cooperar en la eliminación de la simonía y el concubinato entre los clérigos.

Sin embargo, las disputas entre Gregorio y Henry IV no tardaron en aparecer. El papa, en una carta a Matilda y Beatriz (11 de septiembre de 1075) se queja de la inconsistencia y la volatilidad del rey, quien aparentemente no tiene intenciones de estar en paz con la Santa Sede. Al año siguiente (1076) el primer esposo de Matilda, Gottfried de Lorraine, fue asesinado en Antwerp.

Gregorio le escribió al Obispo Hermann de Metz, el 25 de agosto de 1076, indicándole que desconocía en donde estaba Matilda “la fiel sirviente de San Pedro”.

En una de las resoluciones del Sínodo de Worms (1707) se amenazaba a Henry IV con la excomunión. Debido a que la mayoría de los príncipes del imperio tomaron partido contra el rey, Henry deseó reconciliarse con el papa. Para ello, viajó a Italia en medio de un severo invierno; deseaba ver al papa, antes de que éste último tratara de llegar a Alemania.

Gregorio ya había arribado a Lombardía, cuando supo lo del viaje del rey, y siguiendo el consejo de Matilda, fue a su fuerte en las montañas de Canossa, por motivos de seguridad. El rey excomulgado, le había pedido a la suegra de Matilda, Adelaida, y al Abad Hugo de Cluny, que intercedieron por él ante el papa. Estas personas hicieron lo que el monarca solicitaba, y luego de gran oposición, Gregorio permitió ver a Henry, en Canossa, y que enfrentara su culpa con penitencia pública.

Después del encuentro, el pontífice tomó rumbo a Mantua. Por seguridad, Matilda le acompañó con un conjunto de hombres armados, pero sabiendo que existía un rumor, de que el Arzobispo Wibert de Rabean, enemistado con Gregorio, le tendería una emboscada, prefirieron regresar a Canossa. Aquí Matilda hizo un regalo en el sentido de que daba sus dominios de Ceperano y Radicofani a la Iglesia de Roma. Sin embargo, mientras viviera, los continuaría administrando de manera libre e independiente.

Cuando de nuevo se iniciaron las hostilidades entre Henry y Gregorio, Matilda constantemente manifestó su adhesión al pontífice, por medio de dinero y soldados. En el sitio donde se sentía segura, el monasterio de Canossa, su riqueza se derretía; le envió a Gregorio setecientas libras de planta y nueve libras de oro como una contribución de la guerra contra Henry.

Este último se retiró de las tierras de Romagna a Lombardía en 1082, y trató de llegar a las tierras de Matilda en Tucana. No obstante, la condesa se mantuvo inamovible en su respaldo a Gregorio. Fue confirmada en esta posición por su confesor, Anselmo, Obispo de Lucca.

De manera similar la condesa apoyó a los sucesores del gran papa en el respaldo a la libertad de la iglesia. Cuando en 1087, luego de la coronación del Papa Víctor III, fue llevado desde Roma por el antipapa Wibert, Matilda avanzó sobre Roma con su ejército, ocupando el castillo de San Ángel y parte de la ciudad; hizo un llamado para que Víctor regresara. Sin embargo, con las amenazas del emperador de los romanos, Víctor de nuevo desertó, de manera que se vio obligado a ponerse en fuga, nuevamente.

Como deseo del Papa Urbano II, Matilda, en 1089, se casó con el joven Duque Welf de Bavaria. Ello a fin de que quien más fervientemente defendía la papa, obtuviera un poderoso aliado. En 1090, Henry IV retornó a Italia para atacar a Matilda, a quien ya le había privado de sus posesiones en Lorraine.

Conquistó Mantua, la principal posesión de la dama, mediante traiciones en 1091, así como también se adueñó de varios castillos. Aunque los vasallos de la condesa se apresuraron a establecer condiciones de paz con el emperador, Matilda una vez más prometió fidelidad a la causa del papa y continuó la guerra, la que ahora tomó sentido a su favor.

El ejército de Henry fue derrotado frente a Canossa. Welf, Duque de Bavaria, y su hijo del mismo nombre, esposo de Matilda, fueron sobre Henry en 1095, permaneciendo la condesa en sus posiciones. Matilda rindió homenaje al rey alemán Henry V, cuando entró en Italia en el otoño de 1110.

Al regresar, se detuvo durante tres días en Tuscana para ver a Matilda. Le mostró mucho respeto y la hizo su vice-regente imperial en Liguria. En 1112, ella reconfirmó la donación de sus propiedades a la Iglesia Romana, lo que inicialmente había hecho en 1077 (Mon. Germ. Hist.: Legum, IV, i, 653 sqq.). Después de su muerte, Henry fue a Italia en 1116 y tomó las tierras de ella, no solamente lo que habían sido regales imperials, sino también las adyacencias.

La Iglesia Romana estableció su legítimo alegato sobre las tierras, que eran herencia. Se inicio entonces una larga disputa sobre los dominios de Matilda, la que resultó en un compromiso entre Inocencio II y Lothair III en 1133. El emperador y el Duque Henry de Saxonia tomaron las tierras de Matilda a una renta anual de 100 libras de plata. El duque hizo el juramento ante el papa; luego de la muerte del duque, las posesiones de Matilda se restauraron a la Iglesia Romana.

Después de un tiempo continuaron las disputas en estas tierras. Estas son circunstancias que se mencionan en los acuerdos que trataron de establecerse entre diferentes papas y emperadores del Siglo XII. En 1213 el Emperador Frederick II reconoció el derecho de la Iglesia Romana en las posesiones de Matilda.

DONIZO, Vita Mathildis, ed. BETHMANN in Mon. Germ. Hist.: Script., XII, 348-409; Vita alia in MURATORI,Scriptores rer. Italicorum, V, 389-397; Libelli de lite in Mon. Germ. Hist., I-III; HUDDY, Matilda, Countess of Tuscany (London, 1905); FIORENTINI, Memorie di Matilda, la gran contessa di Toscana (Lucca, 1642; new ed., 1756); TOSTI, La contessa Matilde e i Romani Pontefici (Florence, 1859; new ed., Rome, 1886);RENÉE, La grande Italienne, Mathilde de Toscane (Paris, 1859); OVERMANN, Die Besitzungen der Grossgräfin Mathilde von Tuscien (Berlin, 1892); HEFELE, Konziliengeschichte, v (2nd ed., Freiburg im Br., 1886); MEYER VON KNONAU, Jahrbücher des deutschen Reiches unter Heinrich IV. und Heinrich V. (6 vols., Leipzig, 1890-1907); POTTHAST, Bibl. hist. med. ævi, 2nd., II, 1486.

J.P. KIRSCH Transcrito por WGKofron Traducción al castellano de Giovanni E. Reyes