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Lunes, 22 de septiembre de 2014

Cáliz

De Enciclopedia Católica

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Caliz de Pío IX. Fotografía de la Revista Life
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Contenido

Historia

El cáliz ocupa el primer lugar entre los vasos sagrados, y, como figura de lenguaje, la copa material se usa a menudo como si fuese sinónimo de la Preciosa Sangre misma. “La copa de bendición que bendecimos”, escribe San Pablo, “¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo?” (1 Cor. 10,16). No se ha conservado ninguna tradición fiable en relación con el vaso usado por Cristo en la Última Cena. En los siglos VI y VII se les hizo creer a los peregrinos a Jerusalén que el cáliz auténtico se veneraba aún en la iglesia del Santo Sepulcro, y que el mismo tenía en su interior la esponja que se le presentó a Nuestro Salvador en el Calvario. Curiosamente, mientras que Antonino de Piacenza se refiere a él como hecho de ónix, San Adamnan, menos de un siglo más tarde, lo describe como una "copa de plata en la que cabía la medida de un sextario gálico y con dos asas opuestas" (vea Geyer, Itinera Hierosolimitana, págs. 154, 173, 234, 305).

En un período muy posterior otras dos copas han sido veneradas como el cáliz de la Última Cena. Una, el sacro catino de Génova, es más bien un plato que una copa y está hecho de vidrio verde, aunque por mucho tiempo se supuso que era una esmeralda, de catorce y media pulgadas de diámetro y de un valor inestimable. El otro, en Valencia, España, es una copa de ágata. El hecho es que toda la tradición no es confiable y de fecha posterior. Nos referiremos más adelante a ella en el articulo GRIAL, y mientras tanto nos conformaremos con citar las palabras de San Juan Crisóstomo (Hom. 1 in Matt.): “La mesa no era de plata, no era de oro el cáliz en el que Cristo dio a beber su sangre a sus discípulos, y sin embargo, todo era precioso y verdaderamente apto para inspirar sobrecogimiento."

En la medida en que es posible recoger fragmentos de información sobre los cálices en uso entre los primeros cristianos, la evidencia parece favorecer la prevalencia de vidrio, aunque también se usaban copas de metales preciosos y de inferiores, de marfil, madera e incluso de arcilla (Vea Hefele, Beiträge, II, 323-5). Un pasaje de San Ireneo (Hær., I, c. XIII) que describe un pretendido milagro obrado por Marco el Gnóstico, quien vertió vino blanco en su copa y luego, después de la oración, mostró que el contenido era rojo, casi supone necesariamente un vaso de vidrio; y las patenas de vidrio (patenas vitreas) mencionadas en el "Liber Pontificalis" bajo el pontificado de Ceferino (202-19), así como ciertos pasajes en Tertuliano y San Jerónimo, favorecen del todo la misma conclusión. Sin embargo, la tendencia a utilizar preferentemente los metales preciosos se desarrolló temprano. San Agustín habla de dos cálices de plata y seis de oro desenterrados en Cirta, África (Contra Crescon., III, c. XXIX), y San Juan Crisóstomo de un cáliz de oro engastado con piedras preciosas (Hom. 1 in Matt.).

En cuanto a forma, nuestra información principal en este primer período se deriva de ciertas representaciones, que se dice estaban destinados para cálices eucarísticos, que se encuentran en los primeros mosaicos, sarcófagos y otros monumentos del arte cristiano. La prevalencia general de un tipo casi sin tallo, con forma de jarro con dos asas, nos inclina a creer que un recipiente de vidrio de este tipo descubierto en las catacumbas de Ostria en la Via Nomentana, y que ahora se conserva en el Museo de Letrán, en realidad pudo haber sido un cáliz. En una fecha temprana se hizo común inscribir el nombre del donante sobre los vasos costosos regalados a las iglesias. Así se sabe que Gala Placidia (m. 450) ofreció un cáliz con tal inscripción a la iglesia de Zacarías, en Rávena, y el emperador Valentiniano III envió otro a la iglesia de Brive. Estas copas se conocían a veces como calices literati.

El primer ejemplar de un cáliz de cuyo propósito original podemos estar razonablemente seguros es el cáliz de Chelles, conservado hasta la Revolución Francesa y que se creía haber sido realizado por, o por lo menos hasta la fecha desde el momento de, el famoso artífice de San Eligio de Noyon, que murió en 659. El material era oro, ricamente decorado con esmaltes y piedras preciosas. En la forma, era sin asas y al igual que un vaso para apios, con una copa muy profunda y sin tallo, pero la copa se unía a la base con un nudo, que bajo el nombre de nodus o pomellum se convirtió en un rasgo muy característico en los cálices de la Edad Media. En muchos de los ejemplares descritos o conservados de los períodos merovingio, carolingio y románico, es posible hacer una distinción entre el cáliz del sacrificio ordinario utilizado por los obispos y sacerdotes en la Misa y los cálices ministeriales destinados a la comunión de los fieles en Pascua y otras estaciones del año, cuando muchos comulgan. Estos últimos cálices son de tamaño considerable y a menudo, aunque no siempre, tienen asas, lo cual, es fácil de entender, habría ofrecido mayor seguridad contra accidentes cuando el vaso sagrado se llevaba a los labios de cada comulgante por turno.

En una época primitiva y bárbara debieron haber sido considerables las dificultades prácticas de la Comunión bajo la especie de vino, y no es de extrañar que a partir del periodo carolingio se adoptase el dispositivo de la utilización de un tubo o caña (conocido por una variedad de nombres, fistula, tuellus, canna, arundo, pipa, calamus, siphon, etc.) para la Comunión tanto del clero como del pueblo. Al presente (1912) en la Misa mayor papal solemne, se trae el cáliz desde el altar hasta el Papa en su trono, y el pontífice absorbe su contenido a través de una pajilla dorada. Esta práctica también se prolongó hasta la reforma entre los cistercienses.

Cálices de la Edad Media

De los cálices anteriores a la época de Carlomagno los ejemplares existentes son tan escasos y tan dudosos que es casi imposible la generalización de cualquier tipo. Además del ya mencionado cáliz de Chelles, ahora destruido, sólo dos de éstos todavía conservados se pueden referir confiadamente a una fecha anterior al año 800. El más notable de ellos es el de Tassilo, que lleva la inscripción TASSILO DUX FORTIS + LUITPIRG VIRGA (sic) REGALIS. Esta hermosa pieza de orfebrería exhibe una copa en forma de huevo unida por un nudo a una base cónica pequeña. El carácter de la ornamentación muestra claramente el predominio de las influencias irlandesas, aunque no sea en realidad el trabajo de un artesano de Irlanda. Más sencillo en el diseño, pero muy similar en forma, es el cáliz que se dice perteneció a San Ledger. Su carácter eucarístico se demostró sin lugar a dudas por la inscripción que lleva: HIC CALIX SANGVINIS DNI IHV XTI. Si, como es posible, estas palabras tienen la intención de formar un cronograma, dan la fecha del año 788.

Del período siguiente, con mucho, el ejemplo más notable conservado es la magnífica reliquia del arte irlandés conocida como el Cáliz de Ardagh, por el lugar cerca del cual fue descubierto accidentalmente en 1868. Se trata de un cáliz "ministerial", el cual tiene dos asas. Mide siete pulgadas de altura, pero tanto como nueve y media pulgadas de diámetro, y el recipiente es capaz de contener casi tres litros de líquido. El material es plata aleada con cobre, pero en su maravillosa ornamentación, que consiste mayormente de patrones entrelazados y ricos esmaltes, se ha usado oro y otros metales. Una inscripción en caracteres antiguos muy interesantes, simplemente da los nombres de los Doce Apóstoles, una lista, por supuesto, altamente sugestiva de la Última Cena. La fecha asignada por conjeturas a esta obra maestra a partir de las letras de la inscripción es el siglo IX o X. Pero en cualquier caso, la ampliación de la copa y la base firme y amplia indican un desarrollo que es notable en casi todos los cálices de la época románica.

El cáliz conocido como el de San Gozlin, obispo de Toul (922-62), aún se conserva en la catedral de Nancy. En su forma amplia, baja y circular se parece mucho al último cáliz nombrado. Otro hermosísimo cáliz ministerial con asas, pero de fecha posterior (¿siglo XII?), es el de la Abadía de Wilten]] en el Tirol. Cabe añadir que, aunque estas tazas de mango doble de metal precioso eran, sin duda, destinadas principalmente a la Comunión de las personas, también en las grandes ocasiones el celebrante las utilizaba en el Santo Sacrificio. El fresco en la cripta de la iglesia de San Clemente en Roma (¿siglo XI?), que representa la Misa de San Clemente, muestra un cáliz con dos asas sobre el altar, y lo mismo se puede ver en el famoso panel de marfil litúrgico de la colección Spitza (Kraus, Christliche Kunst, II, 18).

Sin embargo, es cierto que los cálices comúnmente usados para las Misas privadas de los párrocos y monjes eran de un carácter más simple, y en los siglos VIII, IX y siguientes se dedicó mucha legislación a asegurar que los cálices se hiciesen de un material adecuado. A partir de una observación atribuida a San Bonifacio (c. 740), que en los primeros tiempos de la Iglesia, los sacerdotes eran de oro y los cálices de madera, pero que ahora los cálices de oro y los sacerdotes de madera, se puede inferir que habría favorecido la sencillez en los muebles del altar, pero los decretos sinodales de este período sólo se dirigían a la fomentar una reverencia adecuada hacia la Misa. Inglaterrra parece haber tomado la delantera en este asunto, y en todo caso, los cánones ingleses pueden ser citados como típicos de los que poco después se aplicaron en todas partes. Así, el Concilio de Celchyth (Chelsea) prohibió el uso de cálices o patenas de cuerno quod de sanguine sunt, y los cánones aprobados en el reinado de Edgar, bajo San Dunstan, ordenaban que todos los cálices en los que se “consagra la Eucaristía” deben ser de trabajo fundido (calic gegoten) y que ninguna debe ser santificada en un recipiente de madera. Las leyes de los sacerdotes de Northumbria le impuso una multa a todos los que "consagraran la Eucaristía" en un cáliz de madera; y los llamados cánones de Aelfric repitieron la orden de que se debían usar cálices de material fundido, oro, plata, vidrio (glaesen) o estaño, no de cuerno, y no especialmente de madera. Se rechazaba el cuerno ya que la sangre había entrado en su composición. Probablemente, sin embargo, el decreto más famoso fue el incluido en el "Corpus Juris" (cap. XLV, dist. I, de consecratione) "que el cáliz del Señor, junto con la patena, si no de oro, deben ser hechos totalmente de plata. Sin embargo, si alguien es tan pobre, que al menos tenga un cáliz de estaño. El cáliz no debe ser de latón o de cobre, ya que genera óxido (es decir, cardenillo), que provoca náuseas. Y que nadie se atreva a celebrar la Misa con un cáliz de madera o de cristal ". Este decreto se atribuye tradicionalmente a cierto concilio de Reims, pero Hefele es incapaz de identificarlo.

Desde el siglo XI en adelante, sobreviven suficientes cálices y representaciones de cálices que nos permiten sacar conclusiones respecto a la evolución de su forma. Un nudo redondo, tallo corto, base firme y amplia, y la copa amplia, más bien llana, son característicos del período temprano. Uno de los ejemplos existentes más rico es el cáliz conocido como el de San Remigio. Es notable por la inscripción maldiciente grabada en su base: QUICUNQUE HUNC CALICEM INVADIAVERIT VEL AB HAC ECCLESIA REMENSI ALIQUO MODO ALIENAVERIT ANATHEMA SIT. FIAT AMEN. En el siglo XIII, mientras que la copa del cáliz común sigue siendo amplia y más bien baja, y la base y el nudo son de forma circular, encontramos un cierto desarrollo del tallo. Por otro lado la copa, en un gran número de ejemplos del siglo XIV, tiende a asumir una forma cónica o de embudo, mientras que el tallo y el nudo se vuelven angulares, o prismáticos en sección, generalmente hexagonales. La base a menudo se divide en seis lóbulos para coincidir con el tallo, y el nudo mismo a veces se resuelve en un grupo de bollones o bultos, que en algunos ejemplares del siglo XV dan lugar a una masa de adornos de arquería y arquitectónicos creada con figuras. El tallo es al mismo tiempo alargado y se vuelve mucho más alto. Por otro lado, bajo las influencias renacentistas la ornamentación en los ejemplos más suntuosos de cálices es a menudo excesiva, y se disipa en la forma de trabajo repujado figurado sobre la base y el tallo. La copa casi siempre asume una forma de tulipán, que continúa durante los siglos XVII y XVIII, mientras que la altura del cáliz aumenta en gran medida. Con esto, en el siglo XVII, a menudo iba un tallo muy delgado, o también una base totalmente inadecuada, por lo que muchos cálices de este período dejan la impresión bien fundada de ser frágiles o demasiado pesados.

La cuestión de la restricción de la Comunión bajo ambas especies y la consecuente retirada del cáliz de los laicos es un asunto de cierta oscuridad, y no pertenece al presente artículo. En muchos lugares donde ya no se daba la Preciosa Sangre al pueblo, parece que para reconciliarlos más fácilmente al cambio, se le presentaba a cada comulgante una copa que contenía simple vino según iban saliendo del presbiterio después de haber recibido la Sagrada Hostia. Se les ordenaba a los párrocos que explicasen cuidadosamente a la gente que éste era sólo vino ordinario para que pudiesen tragar la hostia más fácilmente. Esta práctica, llamada purificatio, se sigue imponiendo como parte del rito de la Comunión general para el día de Pascua en el "Caeremoniale Episcoporum" (II, cap. XXIX). Probablemente para este propósito se reservaba un cáliz especial de gran capacidad. Como lo fue, muy probablemente, un cáliz de gran capacidad, con asas, parece imposible distinguir tal copa del calix ministerialis de épocas anteriores. Otro tipo de copa mencionada por los arqueólogos es la que se dice se utilizaba después del bautismo para darles leche y miel a los neófitos, pero no parece conocerse ningún ejemplo sobreviviente definido de tal envase.

Legislación hasta 1912

De acuerdo con la legislación vigente (1912) de la Iglesia el cáliz, o por lo menos la copa del mismo, debe hacerse ya sea de oro o de plata, y en este último caso, el recipiente debe ser dorado en el interior. En circunstancias de extrema pobreza o en tiempo de persecución se puede permitir un calix stanneus (de estaño), pero el recipiente de éste también, al igual que la superficie superior de la patena, debe ser dorado. Antes de que el cáliz y la patena se utilicen en el Sacrificio de la Misa requieren la consagración. Este rito se lleva a cabo de acuerdo a una forma especial contenida en el "Pontifical", y que implica el uso del santo crisma. La consagración debe ser realizada por un obispo (o, en el caso de los cálices para uso monástico, por un abad que posea el privilegio), y un obispo no puede de una manera común delegar en un sacerdote para llevar a cabo esta función en su lugar. Además, si el cáliz pierden su consagración, ---lo cual ocurre, por ejemplo si se rompe o se perfora la copa, o incluso si se ha tenido que enviar para que la copa sea redorada--- es necesario que el obispo la vuelva a consagrar antes que se pueda utilizar de nuevo. En rigor, sólo a los sacerdotes y a los diáconos se les permite tocar el cáliz o la patena, pero a menudo se les concede licencia a los sacristanes y a aquellos designados oficialmente para hacerse cargo de las vestimentas y los vasos sagrados.

Adjuntos del Cáliz

Los adjuntos del cáliz son el corporal, el purificador, la palia, la bolsa de corporales y el velo del cáliz.

El corporal será considerado separadamente. Vea el artículo CORPORAL.

El purificador (purificatorium o más antiguamente emunctorium) ahora consiste de un trozo rectangular de lino doblado dos veces por lo general a lo largo y tendido sobre la parte superior del cáliz. Se utiliza para limpiar y secar el cáliz, o la patena o los labios del sacerdote, por ejemplo, después de las abluciones. A diferencia del corporal y la palia, no requiere una bendición especial. En la Edad Media no era habitual, como lo es hoy día, que cada sacerdote tuviese un purificador propio, frecuentemente renovado, pero parece ser que un paño de este tipo se mantenía sobre el altar para ser usado en común por todos. Vea artículo paños de altar.

La palia es un pequeño cuadrado de lino rígido adornado con una cruz, que se coloca sobre el orificio del cáliz para proteger su contenido de las moscas y el polvo. La palabra pallium, o palla, fue originalmente utilizado para todo tipo de cubiertas, en particular lo que ahora llamamos manteles de altar y también para el corporal. Incluso en San Gregorio de Tours (Hist. Franc., VII, XXII) leemos sobre los dones sagrados velados por una palia, que era probablemente alguna especie de corporal. Pero para la época de San Anselmo (c. 1100) parece haber crecido la costumbre en algunos lugares de la utilización de dos corporales en el altar. Uno se extendía afuera, y sobre él se colocaban el cáliz y la hostia. El otro, doblado más pequeño, sólo servía para cubrir el cáliz (ver Giorgi, Liturgia Rom. Pont., II, 220, III, 79-81). Este corporal doblado ahora es representado por el pequeño disco de lino que llamamos la palia. En una época estaba prohibido cubrir la palia con seda o ricos bordados de seda; ahora bien la parte de arriba puede ser de seda y bordado, pero la parte de abajo, que hace contacto con el cáliz, todavía debe ser de lino. La identidad original de la palia y el corporal se ilustra además por el hecho de que ambos igualmente requieren ser especialmente bendecidos antes de su uso.

El velo del cáliz y la bolsa de corporales son de introducción relativamente reciente. Incluso Burchard, el compilador del "Ordo Missae" (1502), representado ahora por las rubricæs generales del Misal Romano, supone que el sacerdote llevaba el cáliz y la patena al altar en un sacculum o lintheum , que parece haber sido el ancestro del velo actual. La bolsa de corporales, que es simplemente una cubierta usada para evitar que el corporal se manche, y por cuya razón era conocido en Inglaterra como “cubierta de corporas”, es algo antigua. Varias bolsas medievales se conservan todavía en la colección en Danzig. Hoy día tanto la bolsa como el velo se hacen generalmente del mismo material que el del conjunto de vestimentas a las que pertenecen, y son ornamentados de manera similar.

El Cáliz en el Arte

A partir de lo dicho, se hace claro que el cáliz, como el más importante de todos los vasos sagrados en el uso de la iglesia, debe haber ejercido una influencia incalculable en el desarrollo temprano de la orfebrería. Tales monumentos como el cáliz de Ardagh y el cáliz Tassilo, ambos de origen irlandés, son casi únicos en la información que proveen de una habilidad mecánica y riqueza de ornamentación de otro modo insospechadas, sobre todo en materia de esmaltes, en una época remota y bárbara. Los primeros documentos relacionados con la vida de San Patricio revelan el hecho de que los artífices de cálices y campanas tenían un cierto estatus que en esa época primitiva ganó el respeto para las artes de la paz. El cáliz de una manera particular se identificó con el sacerdocio. Este vaso sagrado, que ahora se coloca sobre el féretro del sacerdote durante sus exequias, recuerda el momento en que un pequeño cáliz de metal o de cera era enterrado con él en su tumba; y el cáliz que es el emblema reconocido de tantos santos ---por ejemplo, San Juan Evangelista--- sugiere en muchos casos la promesa hecha por Cristo a sus seguidores: "Si habéis de beber cosa mortífera, no os hará daño". Para tratar de ilustrar las características de la obra artística de plata en los diferentes países de Europa nos llevaría demasiado lejos. Pero es mucho que desear que por el favor demostrado por un buen material, mano de obra hábil, y un tipo de arte puro, los cálices construidos para el uso litúrgico de la Iglesia todavía pueden servir como un estímulo de todo lo que hay de mejor en el arte del trabajador en los metales preciosos.


Bibliografía: HISTORY AND ARCHÆLOGY-HEFELE, Beiträge zur Kirchengeschichte (Tübingen, 1864), II, 322-30; ROHAULT DE FLEURY, La Messe (París, 1886), Vol. IV, una obra que contiene por mucho la major colección de cálices medievales; BÄUMER, en Kirchenlex. s.v. KELCH; THALHOFER, Litugik (Friburgo, 1890), I; BOCK en el Jahrbuch de la Comisión Central de Viena, IV; WEISS, en el Mittheilungen de la Comisión Central de Viena, IV; REUSENS, Eléments d'archéologie chrét. (Aquisgrán, 1885), I, 232, 460, II, 320; OTTE, Handbuch der Kunst-Archeologie (1886), I; LINAS, Orfèvrerie Mérovingienne (París, 1864); CORBLET, Histoire de l'Eucharistie (París, 1886), II, 241-273; BERGNER, Handbuch der kirchlichen Kunstalterhümer (Leipsig, 1905), 320-27; WILLIAMS, The Arts and Crafts of Spain (3 vols., Londres, 1907)

ECCLESIASTICAL LAW.-BARBIER DE MONTAULT, Le mobilier ecclésiastique (2 vols., París, 1887) ; VAN DER STAPPEN, Sacra Liturgia (Mechlin, 1903), III, 96-110; WERNZ, Jus Decretalium (Roma, 1903), III.

Fuente: Thurston, Herbert. "Chalice." The Catholic Encyclopedia. Vol. 3. New York: Robert Appleton Company, 1908. 18 Mar. 2012 <http://www.newadvent.org/cathen/03561a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina.