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Jueves, 19 de octubre de 2017

Paños de altar

De Enciclopedia Católica

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Los paños de altar son el corporal, la palia, el purificador y los paños para los dedos. Vea también el artículo CORPORAL.

El Santísimo Sacramento y el vaso que lo contiene deben ser siempre colocados sobre un corporal, que debe ser hecho de lino (Mis. Rom., Ritus celebr. tit. I, n. 1) o cáñamo (Sag. Cong. Rit. 15 mayo 1819) sin ningún tipo de adorno o bordados. Se prohíben los corporales hechos de muselina (Sag. Cong. Rit., 15 mar. 1664) o algodón (ibid., 15 mayo 1819). Los bordes pueden ser adornados con finos encajes, y se le puede labrar una cruz cerca del borde frontal. No se permite la cruz en su centro (De Herdt, I, n. 167), lo que necesariamente daría algún grado de dificultad en la recogida de los fragmentos. Las rúbricas no prescriben su tamaño. Debe ser lo suficientemente amplio como para sostener el cáliz y la hostia de grandes dimensiones utilizados por el sacerdote, y también el copón que contiene las hostias más pequeñas para la comunión de los laicos. Debe ser un cuadrado, de por lo menos 15 x 15 pulgadas, o un rectángulo de 14 x 18 pulgadas.

Antes de que pueda ser usado por primera vez, el corporal debe ser bendecido por un obispo o un sacerdote que tenga la facultad para hacerlo. Después de lavado no hay que bendecirlo de nuevo: el uso en el Santo Sacrificio no constituye una bendición (Sag. Cong. Rit. 31 ago. 1867). La forma de la bendición es la "Benedictio corporalium" que se encuentra en el Ritual Romano (tit. VIII, cap. XXII), que no se cambia al plural, aunque cuando se estén bendiciendo muchos corporales a la misma vez (Sag. Cong. Rit., 4 sep. 1880). El corporal pierde su bendición cuando ninguna parte de él es lo suficientemente grande para sostener el cáliz y la hostia juntos, y está prohibido el uso de un corporal roto o rasgado (Hartmann, -. § 316, n º 6, b). Cuando el corporal se vuelve no apto para el uso, debe ser destruido por el fuego, y sus cenizas arrojadas en la piscina.

Después de que el corporal ha sido lavado, blanqueado y planchado, se dobla en tres partes iguales, tanto en su longitud como en su anchura, es decir, la parte anterior se dobla sobre el medio, y luego la parte posterior se dobla hacia abajo sobre la anterior; luego la parte de la derecha del sacerdote se pliega sobre el medio, y finalmente la parte de la izquierda del sacerdote se dobla sobre éstos. El corporal se coloca en la bolsa de corporales de tal manera que el borde del último pliegue quede hacia la apertura de la bolsa.

Es probable que el corporal fue prescrito tan temprano como el siglo IV. Originalmente era más largo y más ancho que el que se usa al presente (1912). Cubría toda la mesa del altar, y era considerado como un cuarto mantel de altar. Alrededor del siglo XI comenzó a reducirse, y poco a poco se redujo a su tamaño actual. Los cartujos usar el físico en su forma antigua (Benedicto XIV, De Sacrif Missae, I, no. 31).

Originalmente la palia no era distinta del corporal, ya que este último era tan grande como para acabar con la necesidad de una palia distinta, y la parte posterior del corporal se arreglaba de manera que podía ser fácilmente extendida sobre la hostia y el cáliz. Cuando el corporal se redujo a su tamaño actual, la palia se convirtió en una cubierta distinta, y Benedicto XIV la llamó Corporale quo calix tegitur (ibid., no. 34). Aunque es prescrita por las rúbricas, los teólogos sostienen que su uso no obliga sub gravi. Puede ser una sola pieza de lino o cáñamo, o puede consistir en dos piezas de lino o cáñamo, entre las cuales se inserta un trozo de cartón en aras de ponerla rígida. La parte superior puede ser adornada con bordados o pintura en varios colores, o cubierta con tela de oro, plata, seda o de cualquier color excepto negro (Sag. Cong. Rit., 17 jul. 1894). Puede ser adornada con una cruz o algún otro emblema. La pieza inferior debe ser siempre de lino blanco o de cáñamo (ibid.) y debe ser desmontable para propósito del lavado (ibíd., 24 nov. 1905). Puesto que la palia era originalmente una parte del corporal, la bendición "Benedictio corporalium" se utiliza sin cambio en el número o las palabras al bendecir una o más palias solas, o una o más palias con uno o más corporales (ibíd., 4 sep. 1880). Al igual que el corporal, es bendecida por un obispo o un sacerdote que tenga facultades para hacerlo. Debe ser lo suficientemente grande como para cubrir la patena. Si falta la palia, se puede utilizar en su lugar un corporal doblado.

El purificador es una pieza de lino de color blanco puro o cáñamo (Sag. Cong. Rit., 23 jul. 1878) que se utiliza para limpiar el cáliz. Su tamaño no está prescrito por las rúbricas. Por lo general mide de 12 a 18 pulgadas de largo y 9 ó 10 de ancho. Se dobla pliega en tres capas, de modo que cuando se coloca sobre el cáliz debajo de la patena su anchura es de aproximadamente 3 pulgadas. Se le puede labrar una pequeña cruz en su centro, para distinguirlo de las pequeñas toallas para los dedos usadas en el "lavabo", aunque esto no está prescrito. No se bendice. En el idioma inglés también se le llama el "mundatory" (mundificativo, que limpia). Los griegos usan una esponja en lugar del purificador de lino. Antes de que los corporales, palias y purificadores sucios se les den a las monjas o laicos para ser lavados, blanqueados, remendados o planchado, primero deben ser lavados, luego enjuagados dos veces por una persona en las Órdenes Sagradas (Sag. Cong. Rit., 12 sep. 1857). En la preparación de corporales sucios para el altar se puede usar un poco de almidón para endurecerlos y darles una superficie lisa. Lo mismo se puede hacer con las palias. Los purificadores se preparan siempre sin almidón.

Las toallas para los dedos, usadas en el “Lavabo” y después de administrar la Sagrada Comunión, pueden ser de cualquier material, preferiblemente, sine embargo, de lino o cáñamo, y de cualquier tamaño.


Fuente: Schulte, Augustin Joseph. "Altar Linens." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. 28 Feb. 2012 <http://www.newadvent.org/cathen/01355a.htm>.

Traducido por Luz María Hernández Medina