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Lunes, 27 de enero de 2020

Celibato del Clero

De Enciclopedia Católica

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Definición

Celibato es la renuncia al matrimonio, implícita o explícita, que hacen los que reciben el Sacramento de las Órdenes en cualquiera de los grados más altos para la más perfecta observancia de la castidad. Como veremos, el carácter de esta renuncia es variamente entendido en la Iglesia Latina y en la Oriental. Hablando, por el momento, sólo de la cristiandad occidental, cuando los candidatos a las Órdenes se presentan para el grado de subdiácono, al comienzo de la ceremonia los obispos les advierte solemnemente sobre la gravedad de la obligación en que están incurriendo. Les dice:

"Ustedes deben considerar ansiosamente una y otra vez qué clase de carga es esta que están tomando sobre ustedes por su propia voluntad. Hasta aquí ustedes son libres. Aún pueden, si lo desean, regresar a las metas y deseos del mundo (licet vobis pro pro artitrio ad caecularia vota transire). Pero si ustedes reciben esta orden (la del subdiaconado) ya no será lícito volver atrás. Se les requerirá continuar al servicio de Dios, y con su ayuda observar la castidad y estar atado para siempre en el ministerio del altar, para servir a quien reinará.”

Al continuar adelante a pesar de esta advertencia, cuando se les invita a ello, y al cooperar en el resto del servicio de ordenación, se entiende que el candidato se obliga igualmente a un voto de castidad. A partir de ahora no puede contraer un matrimonio válido, y cualquier transgresión en materia de este voto no sólo es un grave pecado en sí, sino que incurre en la culpa adicional de sacrilegio.

Principios generales

Antes de pasar a la historia de esta observancia será conveniente tratar en primer lugar con ciertos principios generales involucrados. La ley del celibato ha sido objeto de frecuentes ataques, especialmente en los últimos años (vea, por ejemplo, H. C. Lea, History of Sacerdotal Celibacy, 3ra. Ed., 1907, en dos volúmenes), y es importante en primer lugar, para corregir ciertos prejuicios así creados. Aunque no encontramos en el Nuevo Testamento ninguna indicación de que el celibato se haya hecho obligatorio ya sea a los Apóstoles o a aquellos a quienes ellos ordenaron, tenemos amplio fundamento en el lenguaje de nuestro Salvador, y de San Pablo para mirar a la virginidad como la llamada más alta y, por inferencia, como la condición digna de aquellos que son separados para la obra del ministerio. En Mt. 19.12, Cristo claramente ensalza a aquellos que “por amor al Reino de los Cielos” se han mantenido al margen del estado matrimonial, aunque añade: "Quien pueda entender, que entienda.” San Pablo es aún más explícito.  :"Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo; más cada cual tiene de Dios su gracia particular, unos de una manera, otros de otra. No obstante, digo a los célibes y a las viudas: Bien les está quedarse como yo.” " Y más adelante: "Yo os quisiera ver libres de preocupaciones. El no casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor. El casado se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer; está por tanto dividido. La mujer no casada, lo mismo que la doncella, se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. Mas la casada se preocupa de las cosas del mundo, de cómo agradar a su marido. Os digo esto para vuestro provecho, no para tenderos un lazo, sino para moveros a lo más digno y al trato asiduo con el Señor, sin división.” (1 Cor. 7,32-35).

Además, si bien aceptamos que el motivo al que se apela aquí es en cierta medida utilitario, probablemente estaríamos justificados en decir, con el distinguido canonista George Phillips, que el principio que subyace a la acción de la Iglesia en imponer el celibato a su clero no se limita a este aspecto utilitario, sino que va aún más profundo. Desde los primeros tiempos los discípulos personificaron y concibieron a la Iglesia como la Novia Virgen y como el cuerpo puro de Cristo, o también como la Virgen Madre (parthenos mëtër), y era claramente apropiado que esta Iglesia virgen debía ser atendido por un sacerdocio virgen. Entre judíos y paganos el sacerdocio era hereditario; sus funciones y poderes eran transmitidos por generación natural. Pero en la Iglesia de Cristo, como una antítesis de esto, el carácter sacerdotal era impartido por el Espíritu Santo en el Sacramento instituido divinamente del Orden. La virginidad es en consecuencia una prerrogativa especial del sacerdocio cristiano. La virginidad y el matrimonio son santos, pero de diferentes maneras. La convicción de que la virginidad posee una santidad más alta e intuiciones espirituales más claras parece ser un instinto plantado profundo en el corazón del hombre. Incluso en la Legislación de Moisés, donde el sacerdote engendraba hijos que heredaban sus funciones, sin embargo, se les ordenaba observar la continencia durante el período en el que servían en el Templo. Sin duda, una razón mística de este tipo no es un llamamiento a todos, pero tales consideraciones siempre han ocupado un lugar prominente en el pensamiento de los Padres de la Iglesia; como se ve, por ejemplo, en la advertencia muy comúnmente dirigida a subdiáconos de la Edad Media en el momento de su ordenación. "Con respecto a ellos le ha placido a nuestros Padres que los que manejan los sagrados misterios deben observar la ley de la continencia, como está escrito: ‘Sed limpios ustedes los que se ocupan de los vasos del Señor" (Maskell, Monumenta Ritualia, II, 242) .

Por otra parte, motivos como los que se hace hincapié en el pasaje citado de la Epístola a los Corintios son de un tipo que deben apelar a la inteligencia de todos. Cuanto más santo y eminente se representa el estado del matrimonio, más se justifica al sacerdote casado en dar el primer lugar en sus pensamientos a su esposa y familia y el segundo a su obra. Sería difícil encontrar un testimonio más irrecusable a este punto de vista que el del Dr. Döllinger. Ningún erudito de esta generación estuvo más íntimamente familiarizado con los caminos poco frecuentados de la historia medieval. Nadie podría haber proporcionado tanto material para una chronique scandaleuse como el que el Dr. Lea ha recopilado en su historia del celibato. Por otra parte, cuando el Dr. Döllinger cortó su conexión con la Iglesia después del Concilio Vaticano I, él no tenía absolutamente ningún motivo para modificar su juicio a favor de la disciplina tradicional de Roma, si no hubiera sido porque creía que la lección tanto del pasado como del presente era clara. Sin embargo, cuando los Viejos Católicos abolieron el celibato obligatorio para el sacerdocio, el Dr. Döllinger, como nos dice un íntimo amigo suyo, un anglicano, estaba "sumamente afligido" por la medida, y esto parece haber sido una de las principales cosas que le impidió cualquier participación formal en la comunión Católica Antigua. En referencia a este asunto le escribió al mismo amigo anglicano:

"Ustedes en Inglaterra no pueden entender cuán completamente arraigado está en nuestro pueblo el que un sacerdote es un hombre que se sacrifica por el bien de sus feligreses. No tiene hijos propios, a fin de que todos los hijos de la parroquia sean hijos suyos. Su gente sabe que sus pequeñas necesidades están satisfechas, y que él puede dedicar todo su tiempo y reflexión a ellos. Ellos saben que es de modo muy diferente con los pastores casados de los protestantes. Los ingresos del pastor pueden ser suficientes para sí mismo, pero no para su esposa e hijos también. Con el fin de mantenerlos él debe tomar otro trabajo, literario o académico y sólo puede dedicar a su pueblo una parte de su tiempo; y saben que cuando los intereses de su familia y los de su rebaño chocan, su familia es lo primero y su rebaño segundo. En pocas palabras, él tiene una profesión u oficio, una Gewerbe, más que una vocación; tiene que ganarse la vida. En casi todas las congregaciones católicas, un sacerdote casado se arruinaría; toda su influencia se iría. La gente no está en absoluto preparada para un cambio tan fundamental, y las circunstancias del clero no lo admiten. Es una resolución fatal." (A. Plummer en "El Expositor", diciembre de 1890, p. 470.)

Un testimonio prestado en esas circunstancias tiene más peso que el que tendrían largas explicaciones. Tampoco fue la única ocasión en que el historiador se expresó de ese modo. En 1876 Döllinger escribió en una carta a uno de sus amigos Viejos Católicos "Cuando un sacerdote ya no pueden dirigir al sacrificio personal lo que hace por el bien de su pueblo, entonces todo está perdido para él y para la causa que representa. Se hunde al nivel de los hombres que hacen de su trabajo un negocio [Er rangiert dann mit den Gewerbetreibenden]." (Vea Michael, Ignaz von Döllinger, ed. 1894, p. 249.)

Suponiendo siempre que el voto de celibato se mantenga fielmente, el poder que esta lección práctica de desinterés debe prestar a las exhortaciones del sacerdote al dirigirse a su pueblo es demasiado evidente para insistir en él. Innumerables observadores, protestantes y agnósticos, así como católicos, han dado testimonio del efecto así producido. Por otro lado, son bastante reales los obstáculos a las relaciones verdaderamente confidenciales y más especialmente a la confesión en el caso de los casados del clero ---aun cuando esta dificultad suele ser bastante injustamente exagerada en las muchas historias actuales de clérigos anglicanos que comparten los secretos de la confesión con sus esposas. Cuando el otrora famoso P. Hyacinth (M. Loyson) dejó la Iglesia y se casó, este fue el primer punto que sorprendió a un librepensador como George Sand. "¿Podrá el P. Hyacinth seguir oyendo confesiones?” escribió Ella. "Esa es la pregunta. ¿Es el secreto de confesión compatible con las confidencias mutuas del amor conyugal? Si yo fuera un católica, le diría a mis hijos: «No tengan secretos que les cueste demasiado contar y entonces no tendrán que temer a los chismes de la esposa del vicario. "

Una vez más, respecto a la labor misionera en países bárbaros, apenas hay que insistir en las ventajas que tiene un clero célibe, las cuales son libremente admitidas tanto por los observadores indiferentes como por los mismos misioneros no católicos. Los testimonios que se han reunido en una obra como “Children Missions” de Marshall se conjetura tal vez que, por su yuxtaposición, dan una imagen exagerada, mientras que el tono burlón del editor a veces hiere y repele; pero la acusación es sustancialmente correcta, y los materiales para la continuación de esta obra estándar, que han sido recogidos de fuentes recientes por el Rev. B. Solferstan, S.J., confirman en todos los aspectos el argumento principal de Marshall. Observadores muy cualificados, que son indiferentes o se oponen a la fe católica, hacen la admisión de que cualquier obra genuina de conversión que se haga, es realizada por los misioneros católicos cuya condición de célibes les permite vivir entre los indígenas como uno de ellos. Para hablar sólo de China, vea, por ejemplo, Stoddard: "Life of Isabella Bird" (1906), págs. 319-320; Arnot Reid, "Pekín to Petersburg" (1897), p. 73; Prof. E. H. Parker, "China Past and Present” (1903), págs. 95-96.

No hay que insistir en el costo comparativamente bajo de las misiones católicas con sus clérigos célibes. Para tomar un solo ejemplo, el difunto obispo anglicano Bickersteth, el muy respetado obispo del sur de Tokío, Japón, describe en una de sus cartas publicadas cómo tuvo "una conversación muy larga" con un vicario apostólico católico, que iba de camino a China. Tras lo cual Bickersteth señala que "los católicos romanos ciertamente pueden enseñarnos mucho por su disposición a soportar las dificultades. Este hombre y sus sacerdotes son a veces objeto de las privaciones más graves que yo pudiese temer. En Japón un sacerdote romano recibe una séptima parte de lo que la Sociedad Misionera de la Iglesia y la Sociedad para la Propagación del Evangelio le conceden a un diácono casado. Por supuesto que sólo pueden sustentarse de los alimentos del país. " (Vea "The Life and Letters of Edward Bickersteth”, 2da. ed., Londres, 1905, p. 214.)

Respecto una vez más al efecto sobre el trabajo de un sacerdote el siguiente testimonio sincero de un distinguido clérigo casado y profesor de Trinity College, Dublín, es muy llamativo. "Pero desde el punto de vista de la predicación", escribe el profesor Mahaffy, "no puede haber duda de que la vida matrimonial crea grandes dificultades y obstáculos. Las distracciones causadas por enfermedad y otras desgracias humanas aumentan necesariamente en proporción al número de miembros en la casa; y como el clero en todos los países tienden a tener familias numerosas el tiempo que podría ser usado en la meditación de sus discursos le es quitado por otros deberes y cuidados. Cuando el sacerdote católico termina su ronda diaria de deberes afuera, vuelve a la casa a un estudio tranquilo, donde no hay nada que perturbe sus pensamientos. El padre de familia es recibido en la puerta por la tropa de niños que le dan la bienvenida y reclaman su interés en todos sus pequeños asuntos. O bien los desacuerdos del hogar le reclaman como árbitro y su mente es perturbada no por la mera contemplación especulativa de los defectos y locuras de la humanidad, sino por su invasión real de su casa." (Mahaffy, The Decay of Modern Preaching, Londres, 1882, p. 42.)

Objeciones presentadas

Historia del celibato clerical

Primer período

Segundo período

En Inglaterra

Situación actual

Ley del celibato en las Iglesias Orientales

Fuente: Thurston, Herbert. "Celibacy of the Clergy." The Catholic Encyclopedia. Vol. 3. New York: Robert Appleton Company, 1908. <http://www.newadvent.org/cathen/03481a.htm>.

Está siendoTraducido por Luz María Hernández Medina