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Sábado, 19 de agosto de 2017

Salve Regina

De Enciclopedia Católica

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Las palabras iniciales (usadas como título) de la más célebre de las cuatro antífonas del Breviario de la Santísima Virgen María. Se reza desde las primeras vísperas de la Fiesta de la Santísima Trinidad hasta la nona del sábado antes de Adviento. Migne, en su “Dict. de liturgie”, señala una excepción, a saber, que en el rito de Châlons-sur-Marne se asigna desde la Fiesta de la Purificación de la Virgen María hasta el Jueves Santo. Otra variante, peculiar de la catedral de Espira (donde se canta solemnemente cada día “en honor de San Bernardo”), puede haberse basado en una de las dos leyendas que relacionan la antífona con el santo de Claraval. Una leyenda relata que, mientras el santo actuaba como legado apostólico en Alemania, entró (la víspera de Navidad de 1146) en la catedral con el canto procesional de la antífona, y, cuando se cantaron las palabras “O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria”, se arrodilló tres veces. Según la narración más común, sin embargo, el santo añadió la triple invocación por primera vez, movido a ello por una repentina inspiración. “Se pusieron placas conmemorativas en el pavimento de la iglesia, para señalar las pisadas del hombre de Dios a la posteridad, y los lugares dónde tan emotivamente imploró la clemencia, la misericordia y la dulzura de la Santísima Virgen María “ (Ratisbonne, “Vida y época de San Bernardo”, ed. americana, 1855, p. 381, donde se dan detalles más completos). Se puede decir de pasada que la leyenda se presenta como muy dudosa por varias razones:

  • La narración se originó aparentemente en el siglo XVI, y relata un hecho ocurrido en el siglo XII;
  • El silencio de los contemporáneos y de los compañeros del santo es de cierta significación;
  • El argumento musical sugiere un único autor tanto de la antífona como de sus palabras finales.

Generalmente se le atribuye la autoría a Hermann Contractus. Durandus, en su “Rationale”, la atribuyó a Petrus de Monsoro (murió hacia el año 1000), obispo de Compostela. También se ha atribuido a Adhémar, obispo de Podio (Puy-en-Velay), por lo que se le ha titulado “Antiphona de Podio” (Antífona de Le Puy). Adhémar fue el primero en pedir permiso para ir a las Cruzadas, y el primero en recibir la cruz del Papa Urbano II. “Antes de su partida, hacia fines de octubre de 1096, compuso la canción de guerra de la Cruzada, en la que pedía la intercesión de la Reina del Cielo, la Salve Regina” (Migne, “Dict. des Croisades”, sub voce Adhémar). Se dice que les pidió a los monjes de Cluny que lo admitieran en su oficio, pero no hay rastro de su uso en Cluny hasta el tiempo de Pedro el Venerable, quien decretó (hacia 1135) que la antífona fuera cantada procesionalmente en ciertas fiestas. Tal vez estimulado por el ejemplo de Cluny, o por la devoción a la Virgen María que profesaba San Bernardo (el santo fue diligente en extender el amor por la antífona, y muchos lugares de peregrinaciones lo reclaman como fundador de la devoción a ella en su localidad), se introdujo en la Abadía de Citeaux a mediados del siglo XII, y hasta el siglo XVII se usó como antífona solemne para el Magnificat en las fiestas de la Purificación, la Anunciación, y la Natividad de la Santísima Virgen, y para el Benedictus en los Laudes de la Asunción. En 1218 el capítulo general prescribió su canto procesional diario ante el altar mayor después del Capítulo; en 1220 se mandó su recitación diaria a cada uno de los monjes; en 1228 se ordenó su canto “mediocri voce”, junto con siete Salmos, etc. en cada viernes “pro Domino Papa” (el Papa Gregorio IX se había refugiado en Perugia huyendo del emperador Federico II), “pro pace Romanae Ecclesiae” etc., etc.---la larga lista de “intenciones” indica cuán saludable se consideraba esta invocación a Nuestra Señora. Hacia 1221 los dominicos comenzaron el uso de la antífona en completas, y su uso se propagó rápidamente. Antes de mediados de ese siglo, se incorporó con las demás antífonas de la Santísima Virgen al Breviario franciscano “modernizado”, de dónde entró en el Breviario Romano. Algunos estudiosos dicen que la antífona ha estado en uso en esa orden (y probablemente desde su fundación) antes de que Gregorio IX prescribiera su uso universal. Los cartujos la cantan diariamente en vísperas (excepto desde el primer domingo de Adviento hasta la Octava de Epifanía, y desde el Domingo de Pasión hasta el domingo inferior (primer domingo después de Pascua, ahora llamado Fiesta de la Misericordia) así como después de cada hora del oficio menor de la Santísima Virgen. Los cistercienses la cantaban después de completas desde 1251 hasta finales del siglo XIV y la han cantado desde 1483 hasta ahora---una devoción diaria, excepto el Jueves Santo y el Viernes Santo; las carmelitas lo rezan después de cada hora del Oficio. El Papa León XIII prescribió su recitación (el 6 de enero de 1884) después de cada Misa rezada, junto con otras oraciones---una ley aún en vigor.

Mientras que la antífona está en prosa sonora, la melodía del canto la divide en porciones que, aunque de longitud silábica desigual, se pretendía que acabaran con el débil efecto rítmico perceptible cuando se ponen en forma dividida:

Salve Regina (Mater) misericordiae,
Vita, dulcedo, et spes nostra, salve.
Ad te clamamus, exsules filii Hevae;
Ad te suspiramus gementes et flentes in hac lacrymarum valle.
Eia ergo advocata nostra, illos tuos misericordes oculos ad nos converte.
Et Jesum, benedictum fructum ventris tui, nobis post hoc exsilium ostende.
O Clemens, O pia,
O dulcis (Virgo) Maria.

De manera similar Notker Balbulus terminaba con el sonido (latino) de “E” todos los versos de su secuencia, “Laus tibi, Christe” (Santos Inocentes). La palabra “Mater” en el primer verso no se encuentra en ninguna fuente, sino que es una inserción tardía del siglo XVI. De manera similar, la palabra “Virgo” en el último verso parece datar sólo del siglo XIII. Franz Mone (Lateinische Hymnen des Mittelalters, II, 203-14) da nueve himnos medievales basados en la antífona. Daniel (Thesaurus hymnologigus, II, 323) da un décimo. La “Analecta hymnica” da diversas transferencias y tropos (vg. XXXII, 176, 191-92; XLVI, 139-43). Los compositores adoptan formas curiosas para la introducción del texto, por ejemplo (siglo XIV):

Salve splendor praecipue
supernae claritatis,
Regina vincens strenue
scelus imietatis,
Misericordiae tuae
munus impende gratis, etc.

El poema tiene catorce de tales estrofas. Otro poema, del siglo XV, tiene cuarenta y tres estrofas de cuatro líneas. Otro del siglo XV es más condensado:

Salve nobilis regina
fons misericordiae, etc.

Una característica de estos es su aparente preferencia por la fórmula más breve, “O clemens, O pia, O dulcis Maria”.

La antífona figuró en gran medida en las devociones vespertinas de las cofradías y gremios que se constituyeron en gran número hacia el comienzo del siglo XIII. “En Francia este oficio fue conocido generalmente como Salut, en los Países Bajos como Lof, en Inglaterra y Alemania simplemente como la Salve. Ahora parece seguro que nuestro actual Oficio de bendición ha resultado de la adopción general de este canto vespertino de cánticos ante la estatua de Nuestra Señora, realzada, como a menudo vino a serlo en los siglos XVI y XVII, por la exposición del Santísimo Sacramento, que al principio se empleó sólo como añadidura para prestarle una solemnidad adicional” (Padre Thurston; Ver Bendición del Santísimo Sacramento, para alguna ampliación). Lutero se quejaba de que la antífona se cantaba en todas las partes del mundo, que grandes campanas de las iglesias sonaban en su honor, etc. Ponía objeciones especialmente a las palabras “Reina de misericordia, vida, dulzura, esperanza nuestra”; pero el lenguaje de la devoción no es el del dogma, y algunos protestantes, no queriendo que desapareciera de las iglesias luteranas, la reconstruyeron “evangélicamente” (por ejemplo, una versión en uso en Erfurt en 1525: “Salve Rex aeternae misericordiae”). Los jansenistas encontraron similar dificultad, y buscaron cambiar la expresión en “dulzura y esperanza de nuestra vida” (Beissel, I, 126). Mientras que la antífona figuraba así ampliamente en la devoción católica litúrgica y popular en general, fue especialmente querida por los marineros. Los estudiosos dan ejemplos del canto de la Salve Regina por los marineros de Colón y los indios.

El exquisito canto llano ha sido atribuido a Hermann Contractus. El Antifonario Vaticano (pp. 127-8) da la forma revisada oficial o “típica” de la melodía (primer tono). La ahora no oficial edición “de Ratisbona” dio la melodía en una forma simple y adornada, junto con una versión que la describe como estando en el tono undécimo, y que es también muy hermosa. Un eco insistente de esta última versión se encuentra en el canto llano de Santeul, “Stupete gentes”. Hay muchos arreglos para polifonía y de compositores modernos. El de Pergolesi (para una voz, con dos violines, viola, y órgano) fue escrito poco antes de su muerte; se la coloca entre sus “más felices inspiraciones”, está conceptuada como su “máximo triunfo en la dirección de la música eclesiástica” e “insuperada en pureza de estilo, y de expresión patética y conmovedora”.


Fuente: Henry, Hugh. "Salve Regina." The Catholic Encyclopedia. Vol. 13. New York: Robert Appleton Company, 1912. <http://www.newadvent.org/cathen/13409a.htm>.


Traducido por Francisco Vázquez. L H M

Selección de imágenes: José Gálvez Krüger